hola!!!!!!!!!!

les traje otro cap. :x

quizas se sorprendan, o quizas ya se lo imaginaban...

pero spero que lo disfruten :D

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Capítulo Catorce: UNA HISTORIA NO CONTADA

Robert POV

Cuando llegué a mi departamento, de inmediato fui en busca de las llaves de mi auto, y además, tomé las que Katherine me había entregado el sábado por la mañana del lugar de donde vivía.

Ella había tomado la noticia sobre su hermana peor de lo que me imaginé, y no podía permitirme que estuviera sola en estos momentos. La contrariedad en su expresión me decía que esto había sido mucho más grande de lo que pude esperar, pero tan pronto como pudo, se marchó sin darme respuestas como siempre lo hacía, y de cierta manera o en otras palabras; cada vez que sentía que la de su vida era invadida. Pero yo aún necesitaba saber que había sucedido y qué significaba yo en comparación al Thomas que fue su prometido, así que por lo tanto, después de que me dejara marcando ocupado y al no saber a donde se dirigía, no me quedó otra opción que ir a la casona y esperarla, en el caso de que aún no se encontrara allí.

Teniendo las llaves en mi poder, bajé a toda prisa por el ascensor, salí del edificio hasta llegar a mi coche y comencé a conducir entre las calles a toda velocidad recordando el camino exacto hasta el norte de la ciudad que era en donde se ubicaba la casona.

No me costó trabajo encontrarla a pesar de que mi mente estaba aún en la reacción de Katherine ante lo que había dicho, la cual también, era mayor que el hecho de saber que ella no podía irse así como así, mal que mal, ella misma lo había dicho antes; "no podía alejarse aunque quisiera", y esto definitivamente me decía que no puede haber surgido su idea de pronto en solo dos días.

Estacioné el vehículo una cuadra más allá de la entrada la casona. No sé muy bien el por qué de que lo hiciera tomando en cuenta la hora que era: más de las una de la mañana, pero aún así apagué el motor y comencé a caminar hasta la entrada del lugar en donde vivía y en donde se supone que encontraría todas mis respuestas.

Saqué las llaves de mi bolsillo, y en el mismo recorrido que hice el viernes por la noche y con la misma claridad que tenía ahora, llegué hasta la puerta ubicada al final de las escaleras en el tercer piso. Di un par de golpes a la puerta, y solo en el caso de que ya se encontrara allí, pero al no obtener respuesta desde el interior introduje la llave a la cerradura y entré a la oscuridad de la habitación, la cual me recibió igual a como lo había hecho antes. La diferencia esta vez, era que ésta oscuridad solo inquietaba; tanto por no tener a Katherine a mi lado, como porque la situación previa no fuera una cena, si no que prácticamente fue una discusión.

Saqué un encendedor para alumbrar mis pasos y de a poco comencé a prender las velas que iba encontrando, hasta que la habitación quedó bañada en una tenue luz mortecina que traía recuerdos a mi mente. Todo se veía igual a la última vez que pisé este lugar, solo que no había desorden y tampoco ropa en el suelo que evidenciara lo que había sucedido momentos antes.

Me senté en la orilla de la cama con dosel blanco e inconscientemente las imágenes del cuerpo de Katherine cubierto por las suaves sábanas blancas que insinuaban su perfección, además de la sensación de sus besos y caricias, comenzaron a pasar por mis pensamientos una y otra vez de manera incansable e irrefrenable, hasta que por el rabillo del ojo, un destello brillante desde el velador junto a la cama llamó mi atención.

Era el collar que yo le había obsequiado, y la luz anaranjada de las llamas de las velas daba de lleno en la piedra de lapislázuli. Con una mano lo tomé dejando colgar el dije para verlo a contraluz, mientras que con la otra, lo volteé para leer las palabras que había pedido que grabaran en él para ella.

"Solo por ser mi Amor. Solo porque tú eres mi amor".

Eran tan breves esas palabras y tan simples los motivos por los que yo estuviera allí esa noche esperándola, que no quedaban en mi mente espacios para posibles cuestionamientos. No podía haber nada más que incondicionalidad en esto, tal y como se supone que debe ser, pero a la vez era tan compleja la situación que le estaba llevando a Katherine sin un sentido que yo supiera, porque, ¿por qué no iba a permitir que la quisieran?

Dejé nuevamente el collar que me recordaba a la intensidad de sus ojos sobre el velador y comencé a caminar alrededor de la habitación viendo las cosas que antes no había podido ver.

Habían varios CD's en una repisa junto a su equipo de música. Algunos grupos antiguos que no conocía y otros modernos que yo escuchaba con frecuencia, pero por sobre todo, había mucha música clásica y estilos similares. Beethoven, Vivaldi, Edward Grieg, Eric Satie, Sebastian Bach, Chopin, y solo por mencionar algunos de los que vi a simple vista. Había bastante variedad y mucho de donde elegir para una cálida tarde en la cual relajarse bajo la sombra de un árbol…

Pero Katherine no podía salir a la luz del sol.

Seguí recorriendo con mi mirada los demás estantes entre débil luz que me otorgaban las velas, y me percaté que también había una cantidad impresionante de libros con títulos tan variados como en una librería, desde literatura clásica hasta literatura infantil. Incluso había algunos libros que me leía mi madre cuando era niño. Antologías de Wilde junto a otros escritores, y también, gran diversidad.

De la repisa de más arriba de donde seguí observando, me llamó la atención un libro que no tenía título visible y que solo me mostró una cubierta de tela burdeo cuando lo tomé.

Era antiguo. Se evidenciaba tanto por el desgaste del forro, como por la amarillenta apariencia de los bordes de las páginas cuando lo abrí, pero a pesar de eso, también percibía que era un texto muy cuidado.

Se trataba de un libro de Poemas de Edgar Allan Poe, según las letras negras de la segunda página de la antigua edición, y más arriba de su título impreso, me percaté de que había una dedicatoria escrita a mano con negras letras despreocupadas, pero estilizadas; letras femeninas.

Con Amor, para mi Arthur.

De tu amada esposa,

Ángela.

Ninguno de los nombres hizo eco en mis recuerdos, pero antes de que siguiera buscando más indicios de ello, tras abrir el libro en donde había marcado un poema titulado "A Alguien en el Paraíso" cayeron un par de fotografías.

Eran antiguas, al igual que el libro, y en la primera de ellas había una pareja vestida con trajes de época que inconscientemente me recordaban a las fotografías que tomaban en algunos estudios especializados, en donde la gente se disfrazaba y a las fotos les daban unos tonos sepia o en blanco y negro para que parecieran antiguas, aunque era más que obvio que a estas no se les había hecho ningún tipo de montaje. Eran completamente originales, tanto por calidad como por definición, aún así, podía ver a un hombre joven de pie sonriendo ampliamente detrás de una mujer muy bella que supuse que sería su esposa, la cual se encontraba sentada y tenía a una bebé entre sus brazos.

El parecido de la mujer con Katherine era increíble, era incluso más sorprendente que el parecido con Marianne, quien, si no me hubiese dicho la relación de hermanas entre ellas, yo no habría sido capaz de encontrar las similitudes sin detención. Pero ahora no era necesaria ninguna previa indicación para encontrar el parecido.

¿Será ésta su familia?

La bebé podría ser perfectamente Katherine y las demás personas sus padres, pero ¿cómo saberlo? Era solo una bebé la que aparecía.

Volteé la imagen para ver que decía, en el caso de que hubiera algún nombre o algo, pero solo encontré una fecha escrita en ella: Diciembre de 1878.

No me decía mucho… Bueno, aparte de que era "muy" antigua…

Después de un par de segundos, pasé a la segunda fotografía que seguía la misma línea de la primera: parecer un montaje de estudios especializados. Vi al mismo hombre que antes, pero esta vez, con bastantes años encima. No estaban acompañándolo ni la mujer, ni la bebé (obvio, la bebé debería haber crecido mucho…) pero en vez de ellas, se encontraban dos jóvenes de pie sonriendo; una a cada lado del hombre que se encontraba sentado. Una de ellas era Marianne y la otra era Katherine. Fue imposible no reconocerlas a pesar del cambio en los atuendos.

Era increíble que esas dos jóvenes que parecían quererse tanto la una a la otra en la fotografía, llevaran más de cien años sin hablarse siendo hermanas. Ahora no había rastro de aquellas especiales sonrisas y no dejaba de repetirme una y otra vez lo sorprendente que era que las cosas pudieran cambiar tan drásticamente…

Como la razón que me traía aquí ahora, pensé; Lo de "cambiar drásticamente".

Pero no permitiría que siguiera ocurriendo así para Katherine. Yo le devolvería la sonrisa a la mujer que amaba costara lo que me costara, aunque para eso tuviera que dar la vuelta al mundo en ochenta días, como decía el título de uno de sus libros.

Katherine POV

¿Cómo podían seguir existiendo formas de torturar mi consciencia aún más de lo que de por sí, ya estaba? ¿Por qué después de más de cien años continuaba ocurriendo esto?

Simplemente no podía ser cierto. Era imposible.

Aún ausente en este mundo y perdida en mis pensamientos que me llevaban décadas atrás en mis recuerdos, logré saciar el hambre, que antes me complicaba, en tiempo record. No hubo espacio ni siquiera para el remordimiento y el aborrecimiento de lo que estaba haciendo, y solo era consciente de ello cuando la tibia sangre fluía lentamente a través de mi garganta hacia mis venas, sin otorgarme nada de la satisfacción que normalmente me hubiese entregado. Como si solo fuera un placebo el que estuviera alimentándome en realidad.

Cuando mi sed se hubo calmado, sin siquiera querer contar los cadáveres que dejé atrás deambulé entre los árboles apoyándome en ellos en cada paso y cada traspié que daba, como si así tratara de mantener mi equilibrio, aunque en realidad no lo necesitara. Yo podía tener el mejor sentido del equilibrio a más de diez kilómetros a la redonda si solo había mortales, pero mi mente no parecía asimilarlo por completo.

Mirada ausente y pasos inciertos. Eso parecía ser en lo que estaba convertida.

Sin nada más que hacer allí, decidí volver a la casona. No podía hacerle frente a todo esto en estos momentos, incluso a pesar de que lo intentara de alguna manera, pero tampoco había algo más por hacer, que digamos. Mis acciones estaban completamente imposibilitadas.

Tal vez tendría que dejar que todo siguiera su camino. Tal vez debía dejar que mi travieso y cruel destino continuara con el curso de su traicionero juego conmigo.

Dejé a mi a veces compañero, y a veces enemigo bosque atrás y me interné a un hábitat completamente distinto. Uno en donde los senderos los hacían calles de cemento, los cálidos árboles los hacían un montón de edificaciones frías e inertes y su fauna solo lo hacían los mortales que no disfrutaban la vida que tenían. Lo único que seguía siendo igual entre las dos realidades, era el depredador.

Anduve a pasos lentos, pero no porque alguna situación lo ameritaba como otras veces, más bien porque la consternación y el ánimo no me daban para más.

Llegué en la parte lateral de la casona para subir hasta mi habitación, y de inmediato recordé al fotógrafo que había estado espiando a hurtadillas entre los arbustos antes de que saliera esa noche y la anterior. Al menos no se encontraba allí aún, lo que me daba una razón menos por la cual preocuparme.

Levanté mi vista para ubicar los puntos y escalar la muralla hacia la ventana, que se supone, estaría abierta para recibirme, pero de mi habitación se veía una escasa luz saliendo de su interior que no debía estar ahí.

Balthazar, pensé de inmediato. Al fin había venido como lo esperaba.

Fue la primera idea que se me vino a la cabeza, a pesar de que a estas alturas, no era el único vampiro que me conocía y que podría aparecer.

Con cierto temor por quien fuera el que estaba en mi habitación, escalé el muro hasta llegar a la ventana del tercer piso, y al escabullirme a través de ella, la primera imagen que vi fue la figura tan conocida de Robert de espaldas, sentado a la orilla de mi cama.

¿Cómo podía estar aquí después de cómo lo había tratado?

Yo no quería que se siguiera involucrando conmigo y por eso actuaba a la defensiva, pero mi protección no quitaba el hecho de haberlo tratado mal.

¿Qué haría con él?

Me apoyé en el umbral de la ventana reposando las manos por detrás de mi espalda antes de hablarle, y mientras que el aire fresco de la noche se filtraba tocando mis brazos desnudos.

De cierto me alegraba y me aliviaba que solo fuera él, pero a la vez lo hacía todo más complicado. ¿Por qué simplemente no lo dejaba así como se lo había pedido?

Suspiré en silencio.

—Robert —lo llamé de inmediato logrando que diera un pequeño salto sobre la cama por haberlo tomado desprevenido.

Su reacción me hizo sonreír inconscientemente. Se vio tan adorable cuando se avergonzó y luego trató de recuperar la compostura poniéndose rápidamente de pie para enfrentarme, pero no podía seguir rindiéndome ante él en cada momento que lo viera. Aún recordaba la intensidad de sus besos en mis labios hace un par de horas.

—¿Qué haces aquí? —exigí de inmediato sin darle tiempo para hablar.

Tomó una amplia bocanada de aire y resopló.

—Vine a saber de ti —dijo decididamente, dejando sobre la cama un libro que reconocí de inmediato a pesar de los años que habían pasado sin tener el valor de abrirlo—, y no me iré de aquí hasta que contestes a todas mis preguntas.

Reí con cierta ironía por lo que me decía. No a cualquiera se le ponía algo entre ceja y ceja tan decididamente, y menos se había atrevido a encararme así antes. No es que hubiese tenido la oportunidad tampoco, pero era tan distinta la manera en que él me trataba en comparación a cualquier otra persona con la que haya tenido algún tipo de contacto. Era como si incluso intentara protegerme.

—No te das por vencido, ¿verdad?

—¿Ahora? —comentó con despreocupación—. Realmente no.

Volví a sonreír sin ánimos, esta vez estando de espaldas a él para que no me viera hacerlo, mientras que cerraba la ventana asegurándome de que no pudiera entrar ningún rayo de luz por la mañana; algo que ya hacía todas las noches al volver.

—¿También entras por la ventana aquí? —preguntó con humor y recordé, además, que él tenía mis llaves.

—Así es —respondí sin darle mucha importancia y volteé nuevamente para encontrarme con sus ojos soñadores como aguamarina lanzando destellos por la luz de las velas.

Era tan perfecto. Su mandíbula firme se ubicaba cabalmente en su rostro enmarcando las facciones más atractivas que había conocido, una perfecta euritmia, y completamente acordes a aquel cuerpo seductor, incluso, cuando en esos momentos llevaba su ancha ropa deportiva.

Alejando el rumbo de los pensamientos que conseguía al pensar en él, seguí con lo importante mientras caminaba internándome aún más en mi habitación.

—¿Y de qué te servirá saber sobre mí? —le pregunté—. En algunas semanas… o incluso días yo me iré, y después de un tiempo, ni siquiera me recordarás —concluí con todo mi dolor, porque aunque ahora podría dolerle, más adelante ni siquiera lo recordaría.

Ventajas de ser mortal: la pérdida de memoria con el tiempo. Memoria frágil.

No decía nada por unos momentos mientras miraba hacia abajo con detenimiento, hasta que finalmente se dio por vencido en su silencio.

—Yo no quiero que te vayas.

Ya lo había dicho antes. Él me quería y yo lo quería, pero nada podía cambiar.

¿Por qué tenían que ocurrir las cosas así? ¿Por qué yo tenía que ser lo que soy?

—Eso no importa mucho —respondí inconscientemente.

Mi intención no fue el lastimarlo tras ver su expresión de decepción, pero solo era la verdad. Que me quisiera no bastaba para eliminar la gran diferencia entre nosotros, incluso si Balthazar no estuviera involucrado. Pero tal vez eso fuera lo mejor, tal vez tendría que mentirle para que se decidiera a no insistir y se alejara.

—Marianne dijo varias cosas anoche —soltó de pronto ignorando mi último comentario.

De nuevo Marianne. ¿Cómo podía ser ella?

—Dijiste que tenía un anillo como éste —indiqué recordando lo que me había comentado hace unas horas mientras le indicaba mi dedo pulgar y el anillo de oro blanco con el escudo en él—. ¿Podrías estar seguro?

Nadie además de mi padre y de mi hermana podría tener un anillo semejante, y si ese era el anillo, no podía ser nadie más que Marianne.

Pero ¿por qué-ahora?

—Estoy completamente seguro —respondió, y noté como el humor en el tono de su voz se tornaba más bajo—. Además, es la misma mujer de la fotografía.

"Fotografía"

Robert tomó el libro de cubierta burdeo con una mano y me lo entregó para que viera a que se refería, aunque no fuera necesario, ya que conocía de memoria lo que había en su interior.

Ese libro y las fotos en él, eran unas de las pocas cosas que pude obtener de mi hogar después del deceso de mi padre, y además, eran las que constantemente me acompañaban de forma incondicional a través eones solitarios.

Instintivamente me senté a la orilla de la cama y comencé a mirar la cubierta desgastada por los años. Me traían un sinfín de recuerdos, tanto dulces, como amargos. Tanto las noches en que mi padre se sentaba junto al fuego a leerme, como las circunstancias que me llevaron a tenerlo en mi poder.

—Quiero que me hables sobre ti —escuché de pronto.

Cuando me di cuenta nuevamente de esta realidad, noté que Robert se había sentado al otro extremo de la cama y me miraba fijamente desafiándome sin saberlo.

Bufé sin ánimos.

—No hay nada qué saber, ni mucho menos un por qué.

—El "por qué" es asunto mío —me reprochó calmadamente—. Y sí, hay muchas cosas que debo saber. Casi todo lo que se de ti, fue porque tu hermana aparece y me lo dice, la que por cierto, ni siquiera sabía de su existencia y de era como tú.

"Como yo"…

—Y si ella ya habló de mí, ¿no fue suficiente para ti?

—Por supuesto que no. Solo dijo que tu nombre era Katherine Jacobs, que tienes 127 años, que no se hablan hace más de cien años por ciertas diferencias familiares, y que…

—¡Diferencias familiares! —solté con incredulidad, interrumpiéndolo. Incluso llegaba a parecer cómico a pesar de que no me riera por ello—. ¿En serio fue eso lo que te dijo? ¿No te dijo nada más? —pregunté tras darme por vencida de que efectivamente era Marianne quien lo había visitado y nadie más.

—Bueno, dijo otras… cosas, pero no el por qué de que no se hablaran hace tanto tiempo —respondió—. De hecho, dijo que sería más interesante preguntártelo a ti.

¿Por qué Marianne se presentaría después de tantos años ante un desconocido para ella para hablarle sobre mí? ¿De qué se trataba su juego?

—¿Y te parece esto interesante? —inquirí—. ¿Te parece interesante venir hasta aquí y enterarte de lo que sucedió entre nosotras? ¿Es solo eso?

—¡No! —se apresuró a responder—. No se trata de un interés banal, pero quiero saber qué te sucedió; que está sucediendo contigo ahora. Quiero conocerte y saber el por qué de que de la noche a la mañana decidas irte cuando fuiste tú quien me buscó.

—Una cosa no tiene nada que ver con la otra —le dije al ver su rostro confundido, logrando que se confundiera aún más.

—Entonces explícame. Cuéntame sobre ti. Quiero saber lo que ha sucedido para comprenderlo —insistió—. Y te prometo que dependiendo de las conclusiones que obtenga, me iré y no insistiré más.

¿Era eso lo mejor que podría conseguir?

Tal vez si se enteraba de la verdad sobre mí, se marcharía sin más daños colaterales.

—Ok. De acuerdo —dije dándome por vencida—. Te hablaré sobre mí. Te contaré mi historia.

Abrí el libro que tenía en las manos en la página que marcaban las fotos; donde estaba el poema "A Alguien en el Paraíso". Las palabras que leía resonaban fuertemente con la voz de mi padre en lo más profundo de mi memoria en aquellas noches que solía leernos a Marianne y a mí.

Tú lo eras todo para mí, amor,

por quien mi alma languidecía.

Una verde isla en el mar, amor,

una fuente, un santuario

toda adornada con flores y frutos mágicos,

y todas las flores eran mías.

¡Ah, sueño demasiado brillante para durar!

¡Ah estrellada esperanza! que se elevó

¡mas para ser nublada!

Una voz desde fuera del futuro clama,

¡Sigue! ¡Sigue! —pero sobre el pasado

(¡oscuro abismo!) mi espíritu vacilante yace

¡mudo, inmóvil, consternado!

Porque, ¡ah! ¡ah! Conmigo

¡la luz de la vida se ha ido!

No más, no más, no más

(este lenguaje sostiene el solemne mar

con la arena de la playa).

¡Florecerá el árbol golpeado por la tormenta!

o el águila herida habrá de elevarse.

Y todos mis días son trances,

y todos mis sueños nocturnos

están donde su oscuro ojo mira,

y donde brilla tu paso:

en que etéreas danzas,

por qué eternales corrientes.

Cada vez que mi padre terminaba de leer ese poema, yo me podía imaginar que pensaba en mi madre y en el dolor que le había provocado perderla, incluso aunque él lograra darle un toque y sentido distinto a las palabras que recitaba, mismo sentido que yo adquirí cada vez que pensaba en ella al ver su imagen.

—Estos son mis padres —comencé indicando una de las fotos que tenía en mis manos—. Mi madre se llamaba Ángela y mi padre se llamaba Arthur —me detuve un momento en sus rostros —. Y la bebé que sostiene ella es Marianne, a los dos meses de que naciera —agregué antes de dejar el libro sobre la cama entre ambos.

No era capaz de levantar la vista hacia Robert, no quería sentirme vulnerable por ser esta la primera vez que hablaba ante alguien sobre lo que fue mi vida.

Jugueteaba con mis dedos y con las fotos buscando las palabras para continuar, pero no se me ocurría nada.

¿Qué más podía decirle?

Como él había reconocido a los personajes de la última fotografía, preferí evitarla y solo la dejé a un lado junto al libro que Robert miró atentamente antes de tomarlo.

—Entonces, este libro fue un obsequio de tu madre para tu padre —comentó.

También había leído la dedicatoria.

—Así es —afirmé—. Mi padre era un apasionado por la literatura; en especial de Poe; entre sus hijas y la vida de negocios que llevaba, claro. Este libro, por ser el último recuerdo de mi madre, él siempre lo cuidó como un tesoro hasta el día de su muerte…

Muerte que yo provoqué…

Una punzada de dolor me atravesó desde lo más profundo de mi pecho ante aquel pensamiento, y guardé silencio tomando un minuto para el tormento que arreciaba con fuerza entre recuerdos dolorosos, pero de inmediato su voz me sacó del suplicio.

—Continúa —dijo en voz baja.

¿Qué más podía decirle?, me seguía preguntando. Incluso me estaba arrepintiendo de haber accedido a hablarle sobre mí. No tenía ningún caso hacerlo.

—Insisto; no sé de qué te serviría saber.

Pero luego recordé que era para que se diera cuenta de lo que yo era.

—¿Hace cuánto tiempo me conoces? —lo desafié esperando su respuesta, mirando fijamente aquellas esmeraldas o a veces, aguamarinas, las que me habían hipnotizado desde la primera vez.

—Hace unos… cinco o seis meses —contestó frunciendo el ceño—, pero eso ¿qué tiene que ver?

—No —lo contradije y rehíce mi pregunta—. ¿Hace cuánto que "realmente" me conoces? —insistí, pero antes de que pudiera decirme algo, yo continué—. No puedes contestar, porque no me conoces. No sabes lo que soy realmente, ni tampoco lo que hecho y lo que he causado. Si supieras, no estarías aquí ahora.

Guardó silencio unos segundos mientras analizaba lo que le había dicho. Aún tenía tiempo de huir.

—Eso no podría suceder —dijo finalmente.

—Claro que sí, si supieras la verdad todo cambiaría.

—Entonces explícame. Cuéntame todo lo que ha sucedido y déjame decidir a mí lo que haré. Quiero saber de ti y quiero conocerte. Por favor, cuéntame lo que sucedió en tu vida.

—"Mi vida" —repetí con ironía—. Mi muerte, y lo que vino después…

Era complicado… ¿Por dónde debería comenzar?

Bueno, si. Por el comienzo, obviamente. Pero ¿qué comienzo?

Robert POV

Por fin se abriría a mí. Por fin me contaría sobre su vida y comprendería lo que sucedía. Por fin podría ayudarla, incluso aunque no quisiera, según su barrera de reserva y su actitud cada vez más defensiva en el momento en que me acercaba un tanto a ella.

Escuchaba atentamente el preámbulo de la historia, inclusive cuando me advirtió no conocer quien era realmente y prácticamente, amenazarme al evidenciarme no saber lo que había hecho, y como si fuera algo por lo cual salir corriendo. Pero no sería así. Por muy grave que fuera lo que había sucedido, no sería un cobarde.

¿No se supone que el amor es incondicional?

—Entonces explícame —la incité—. Cuéntame todo lo que ha sucedido y déjame decidir a mí lo que haré. Quiero saber de ti y quiero conocerte. Por favor, cuéntame lo que sucedió en tu vida.

—"Mi vida" —repitió con melancólica ironía—. Mi muerte y lo que vino después… —replicó.

No podía saber lo que realmente significaban sus palabras esta vez. Siempre parecía referirse a más de una cosa cuando hablaba y esta no era la excepción. Pero no sabría nada hasta que ella no concluyera con todo lo que me diría, así que solo me dediqué a escucharla atento.

Dejé el libro nuevamente sobre la cama entre ambos y vi como cerraba sus potentes ojos azules tomando una amplia bocanada de aire. Cuando los abrió nuevamente, estaba decidida a hablar.

—Tal vez lo mejor que puedo hacer sería comenzar por el principio de todo —comenzó, mientras que solo escuchaba su suave voz inundando toda la habitación y las luces bañaban con contemplación su rostro—. Mi nombre es Katherine Annette Jacobs Deveroux. Annette por Annie, de un poema de Poe —comentó con una tenue sonrisa.

Y sí, era simpática la referencia de su padre por llamarla como el personaje de un poema, y se notaba que a ella le causaba la misma simpatía aunque su mirada tuviera tristeza por los años pasados hace tanto tiempo.

—A veces solo me llamaba Annie. "Pequeña Annie", me decía, aunque a veces la gente que lo escuchara ni siquiera supiera a quien se estaba refiriendo —continuó sonriendo.

Se veía tan bella sonriendo. Si tan solo pudiera cambiar la tristeza en su mirada…

—Nací en el año 1981 en Nueva Orleans, Estados Unidos. Mis padres eran Arthur y Ángela Jacobs, y mi hermana mayor es Marianne, como ya la conoces —dijo sin mirarme, y al mencionar ese nombre su entonación comenzó a cambiar—. La llamaron Marianne Annabel. "Annabel" por otro personaje de un poema de Poe —¡vaya! Otra Annie—. Lo sé, mi padre era su fiel seguidor —agregó tratando de darle humor y así alegrar su tono de voz, pero no me engañaba.

Podría estar sonriendo muy ampliamente en medio de la función más cómica del mundo, pero si ella no estaba feliz, jamás me engañaría diciendo que estaba bien, y esto era algo similar.

—Mi madre murió al poco tiempo después de que naciera, aunque en realidad, nunca supe muy bien el por qué —suspiró hondamente—. No la recuerdo. Yo solo tenía unas cuantas semanas cuando falleció.

Pero mi padre siempre me hablaba de ella, y todos decían que me parecía mucho —estaba absolutamente de acuerdo—. Además, siempre miraba sus fotografías, y para mí, eso logró ser suficiente. Después estuvimos solo mi padre, Marianne y yo, y desde ese entonces que fuimos los más unidos que pudiesen existir, incluso más que cualquier otra familia que hubiera conocido.

Su boca volvió a curvarse en otra tenue sonrisa, pero sus ojos me seguían diciendo que le dolía recordar.

—Yo tomaba clases de piano y de violín desde que tuve seis años, y para mi cumpleaños en ese entonces, mi padre me obsequió el violín que está allí —me indicó apuntando el lugar en donde se encontraba aquel estuche que había sacado hace dos días cuando tocó aquella hermosa melodía para mí.

En realidad, amaba los dos instrumentos, pero el violín me permitía más libertad. No podía llevar el piano cuando viajábamos, tampoco sacarlo al jardín cuando quería, ni mucho menos subirlo a un árbol cuando jugaba —comentó riendo suavemente al igual que yo.

Incluso podía imaginármela de pequeña jugando arriba de un árbol y lo anecdótico que podía resultar verla con un violín en sus manos; simplemente adorable. Pero de inmediato esa imagen de la niña alegre sonriendo y jugando, pasó a la imagen de la hermosa mujer frente a mí, lastimada por fantasmas del pasado.

—Había veces en que, según mi padre, Marianne y yo nos perdíamos de su vista, pero solo podía encontrarnos siguiendo el sonido del violín —agregó.

Marianne siempre fue mi mejor amiga, además de ser mi única hermana. Siempre estábamos juntas y no íbamos a ningún lugar sin la compañía de la otra. De pequeñas, fueron extrañas las veces en que nos veían separadas, incluso tomando en cuenta de que ella era mayor que yo.

Su tono de voz me decía claramente: "añoranza", incluso podía apostar en que ahora, a igual que yo, se preguntaba sobre cómo las cosas podían haber cambiado tanto entre ellas.

¿Qué habría sucedido para que todo llegara hasta este punto?

Eso solo lo averiguaría más adelante. De momento, seguía absorto en sus palabras ya que para mí, todo sobre ella tenía la misma importancia.

—Cuando crecimos, y como toda adolescente, necesitábamos algo de independencia. Y sí, nos independizamos un poco, pero solo un poco, porque seguíamos saliendo juntas y ella seguía siendo mi mejor amiga. Cumplí dieciocho, y ya estaba comprometida para casarme al año siguiente con un muchacho que trabajaba con mi padre en ese entonces. Era de una familia respetable y también un caballero…

—Thomas Delade —interrumpí con una punzada de celos.

Katherine frunció el ceño.

—¿Cómo lo sabes? —inquirió en voz baja, afectada por los recuerdos.

—Marianne me lo dijo —contesté recordando aún más de la conversación de anoche—, y también me dijo que… bueno, que yo le recordaba a él.

—Si. Tiene razón —dijo de inmediato.

Sus palabras abrieron instantáneamente la molestia que creía sin sentido en mí, y eso que ni siquiera tuve que preguntar si acaso pensaba lo mismo. Ella misma respondió a eso.

—A mí también me recordabas a él en un principio —siguió—, aunque en realidad no se parecieran.

Me quedé en silencio unos segundos.

—¿Por eso viniste a mí? —reproché sin mirarla, pero no contestaba, así que alcé la vista para encontrarme con su mirada penetrante—. ¿Katherine? —insistí.

—Así es. Yo solo tenía curiosidad en un principio —soltó de prisa como si se disculpara, algo extraño, tomando en cuenta que se quería ir—, pero de inmediato supe que no eras como él.

—¿Por eso te vas? —inquirí sin mirarla de nuevo—, ¿porque no soy como él?

—¡No! ¡Por supuesto que no! —soltó—. No me iré por eso. No-no tiene nada que ver.

Extraño. Todo seguía siendo extraño.

—¿Lo querías? —pregunté después de unos segundos de silencio.

—Si, lo quería.

—¿Aún lo quieres?

—Por supuesto que sí… —respondió.

Entonces, ¿por qué seguía viniendo a mí? Si desde el primer momento se dio cuenta que yo no era como él, ¿por qué continuó apareciendo?

—Solo que mi cariño por él siempre fue distinto —agregó—. No tuve nunca un punto de mira ni un contexto diferente en mi vida que contrastara las cosas.

—¿A qué te refieres? —pregunté.

—Es solo que… Es solo que cuando crees… amar a alguien y de pronto… conoces algo mayor, simplemente no hay nada que hacer.

Conoció su punto de enfoque distinto…

—¿Significa que conociste algo más grande? —pregunté con una pequeña esperanza.

Su mirada me advirtió con nerviosismo, pero no respondía.

—¿Dónde me deja a mí aquello? —seguí insistiendo, pero tampoco respondía, así que le recordé tal cual como lo había hecho antes—. Este es el presente y yo estoy en él. ¿Lo que sientes por mí es más fuerte o no? —¿por qué no me respondía?—. Yo no soy como él, tú lo has dicho…

—Todo es distinto —interrumpió, pero en vez de aclararme, me confundió aún más—. Yo era humana cuando estaba comprometida y tampoco te conocía. Ahora todo ha cambiado completamente.

—¿Pero existe la posibilidad de que yo sea tu punto de mira distinto? ¿Podría llegar a ser distinto a ese Thomas de manera positiva?

Al percatarme de estar insistiendo tanto, me pareció que nunca antes lo había hecho por alguien.

—Definitivamente —contestó—. Tú eres el punto de mira más grande.

Bien. Valía la pena insistir. Pero eso no quitaba el hecho de que todo tuviera menos sentido.

—¿Por eso te irás, entonces, porque supuestamente me quieres más a mí? —pregunté con ironía.

—Robert, por favor. No confundas las cosas.

—Entonces, lo siento —me apresuré a decir—, continúa. Quiero saber por qué te irás.

Su mirada se volvió más cautelosa de lo normal. Algo así como si se estuviera decidiendo en seguir hablando, pero aunque continuó hablando, resolviéndose así la expresión de lo que yo traducía, aquella mirada no cambió.

—De acuerdo —siguió tomando otro hondo respiro, advirtiendo el cambio en el hilo de sus pensamientos—. Una semana antes de desposarme era el cumpleaños de Marianne, así que esa mañana, salí a comprar un regalo para ella. En realidad no sé por qué esperé hasta el último momento para hacerlo, pero solo lo hice —me explicó—. El punto es que esa tarde yo volvía a casa para su fiesta, pero… —suspiró profundamente—, pero jamás pude llegar a casa.

Miraba a la distancia, muy lejos de aquí, mientras que sus dedos se movían nerviosamente entre ellos inconscientemente, pero de inmediato yo supe lo que había ocurrido. Supe a lo que se refería.

—Bal-Balthazar se llamaba el vampiro que me convirtió —dijo con dificultad y bastante resentimiento—. Con él estuve por bastantes años al no tener el valor suficiente para alejarme, incluso a pesar de que me había apartado de todo lo que yo quería en la vida en ese momento.

Había sufrido demasiado, yo lo sabía. Pero no creí que fuera de esa manera. Incluso me estaba arrepintiendo de acosarla tanto para que hablara. Le estaba haciendo daño.

—¿Recuerdas que una vez te dije que jamás había matado? —preguntó ausente del presente con una mueca de disgusto, pero no le pude contestar antes de que continuara hablando—. Te mentí. Yo maté a Thomas, maté a mi padre…

No podía creer lo que me estaba diciendo. Mi expresión era de completa incertidumbre, asombro e incredulidad. ¿Me estaba hablando en serio?

—Y también maté a Marianne —agregó.

No. Espera. Marianne estaba viva. Yo la había visto con mis propios.

—Yo desaparecí una semana antes de que contrajera matrimonio —siguió y parecía que ahora era un solo hilo en la historia, que no había más que sus palabras y sus recuerdos a la distancia—. Algunos pensaron que había muerto, e incluso otros que había huido. Y semanas después, me enteré de que Thomas se había suicidado, porque creyó que yo lo había abandonado por no quererlo —bufó.

Ok. Ella no lo mató literalmente, pero se sentía culpable de ello.

—Katherine, tú no tuviste la culpa —dije intentando reconfortarla, pero no pareció escucharme.

—No sabía como remediar lo que había causado y solo me apegaba a mi humanidad visitando a mi padre y a mi hermana desde las sombras, incluso a pesar de que Balthazar me lo prohibía. En ese entonces yo solo debía de tenerlo a él como mi única familia, o eso era lo que me decía, y por lo mismo, siempre tenía que salir a hurtadillas.

Mi familia ya no era como antes —continuó—. Ahora parecían estar en un luto permanente pues no sabían de mí, pero no podía acercármeles y decirles que estaba bien. Balthazar no me lo permitía y tenía miedo de que les pudiera hacer algo por mi culpa.

¿Quién había sido ese Balthazar que le había hecho tanto daño sin un por qué? ¿Cómo podía existir en la mente de alguien tanta maldad? Mi odio solo iba creciendo mientras su voz se impregnaba, cada vez más, con el rencor de cuando hablaba de él y del dolor que componía el porcentaje restante.

—Una noche de las que me escapé de Balthazar, fui al cementerio a visitar la tumba de Thomas. Quería despedirme y entregarle mi anillo de compromiso —dijo alzando leve e inconscientemente una ceja, y claro, recordaba a Marianne cuando había comenzado a hablar sobre eso—, pero cuando llegué allí, vi a Marianne sentada a los pies del sepulcro. A pesar del peligro que significaba estar ahí, no pude contenerme las ansias que tenía de volver a hablar con ella y abrazarla.

Su voz se estaba quebrando, y por lo menos, desde mi punto de vista, me daba cuenta de los esfuerzos que hacía por contenerse. Su mirada estaba tan perdida, que ni siquiera notó cuando me coloqué a su lado y tomé su fría y suave mano entre las mías. De inmediato comenzó a acariciar mis dedos, pero como si no fuera consciente de que lo estuviera haciendo, más bien como si ya antes lo hubiera hecho.

Pero no me importaba, si por el momento eso era lo único que podía hacer por ella, lo haría.

Katherine POV

Las imágenes que pasaban en mi cabeza parecían ser sacadas de una película, o peor aún, como si estuvieran sucediendo en estos momentos frente a mí. Los rostros de mi padre, Thomas, Balthazar y por sobre todo, Marianne cuando vio que yo estaba viva, eran las imágenes que jamás olvidaría, como aquellas imágenes que parecían estar grabadas a fuego vivo en la memoria.

—Primero pareció estar aliviada al verme, pero luego comenzó a reprocharme el haber desaparecido —seguí hablando y recordando cada detalle—. Le expliqué como pude lo que ahora ocurría conmigo a pesar de que no debía, pero cuando supo lo que era… me tuvo miedo —el tan solo recordarlo, hizo que el dolor que sentí en ese momento volviere a mí—. Iba a decirme que no me acercara y que me alejara, estaba segura, pero antes de que pudiera decir cualquier cosa… Balthazar… Balthazar apareció de la nada y la mordió —concluí recordando todo—. Simplemente la mordió.

Todavía recuerdo la expresión de Balthazar distorsionándose por el placer que le daba poseerla, y todo por mi culpa. Solo mi culpa. A ella también la maté… —creo que mi voz estaba cambiando para convertirse en susurros—. Y cuando la dejó en el suelo desangrándose, lo único que dijo fue que ella… fue que ella no merecía mi cariño.

Maldito infeliz. ¿Qué se creía él al decidir algo así? Yo solo quería descuartizarlo con mis propias manos, pero sabía que no sería capaz —solté recordando claramente todo lo que había sentido aquella vez.

Me arrodillé junto a su cuerpo y noté que aún respiraba. Con dificultad, pero aún lo hacía —mi vista se nubló, pero las imágenes que seguían pasando por mi mente; no. De hecho, parecían cobrar cada vez más fuerza y mas intensidad.

¿Cómo saber la diferencia entre una buena y una mala decisión, sobre todo, cuando tienes tu mente completamente incapacitada para pensar con claridad?

Lamentablemente, eso solo te lo dicen las consecuencias de aquellas decisiones.

¿Y qué es lo peor de todo?

Lo peor de todo es seguir existiendo y viendo como pasan los años con sus respectivos resultados sobre tu consciencia, y aún más importante; sobre la vida de los que más quieres.

¿Quieres acabarla, bonita? —me preguntó Balthazar deleitándose de lo que había hecho—. Tiene una sangre deliciosa.

Quería encontrar pronto alguna idea que me dijera como asesinarlo, pero solo tenía a Marianne en mi mente viendo como se le iba la vida en un suspiro.

Entonces, sin pensarlo con detenimiento, hice lo que me condenó para el resto de mi existencia contra los últimos que me podían querer en la tierra.

Con mis propios colmillos abrí mi muñeca derecha y dejé que mi sangre se deslizara por su boca. Ella estaba muriendo, lo sabía, pero no podía hacer nada más por ella en esos momentos, tanto por mi desesperación, como por la ignorancia de lo que debía hacer. Estaba tan desesperada, que ni siquiera logré ver la diferencia entre intentar salvarla y condenarla a lo que a mí me habían condenado.

Levanté a mi hermana como pude llevándola conmigo hasta una choza que había reemplazado al granero que me recibió en un principio, mientras que Balthazar se paseaba a mi lado jactándose de todo lo que había hecho.

¿No te parece adorable, bonita? —me preguntó, pero como si solo le hablara al aire paseándose a mi alrededor con su cabello rubio brillando por el brillo de la luna—. ¿No seríamos una gran familia feliz? Tú, yo, y tu bella hermana. ¿Te gusta la idea?.

Yo no lo quería escuchar, pero se me hacía casi imposible teniéndolo a cada instante a mi lado hablándome al oído y susurrándome sus planes para nosotras, cruzándose en mi camino, y todo mientras se galardonaba de sus actos.

Seguí adelante con Marianne a cuestas y no le contesté en ningún momento. La tendí sobre la cama e intenté darle de mi sangre otra vez, aunque ni siquiera sabía si daría resultado. Lo único que yo quería era verla con vida.

Pasaron un par de horas, pero nada ocurría. No sabía como funcionaba esto, pero tampoco quería hablarle a mi creador ni preguntarle al respecto, y mucho menos pedirle que me ayudara. Sentía que si solo le decía una palabra, no iba a poder contenerme luego para lanzarme sobre él, logrando solo que acabara conmigo y no podía dejar a Marianne a su merced.

¿Sabes una cosa? —dijo de pronto recostándose en el umbral de la puerta. Pero no levanté la vista del lecho, no quería mirar aquellos negros ojos—. Creo que tu hermana se está tardando mucho y realmente me he aburrido, así que… cuando despierte, me avisas. Voy a dar un paseo antes del amanecer —pero antes de marcharse, se volteó y soltó sus palabras sin la más mínima importancia—. Ah, y solo si despierta.

Golpeé la cama conteniendo la furia de lo que eso significaba y Marianne aún no se despertaba, faltando solo unas cuantas horas para el alba.

¿Qué sucedería si jamás volvía a despertarse?

Justo cuando mis esperanzas se estaban desvaneciendo, finalmente sus ojos comenzaron a abrirse.

Estaba viva..., fue lo primero que pensé con júbilo en lo más profundo de mí, pero luego inconscientemente lo modifiqué: O por lo menos respiraba…

Marianne dio varias respiraciones dificultosas antes de que su mirada se encontrara con la mía, no solo mostrándome lo asustada y confundida que ella estaba, si no que también, lo asustada y confundida que quizás en un momento yo también estuve.

Marianne, ¿estás bien? —le pregunté preocupada por como se encontraba, mientras que sostenía su mano entre las mías y acariciaba sus dedos como siempre lo hacía antes de estar… ¿muerta?

Su temperatura había bajado considerablemente, llegando incluso a estar a la mía, lo que en otras palabras me decía que había completado el cambio.

La había obligado a firmar el contrato que yo misma aborrecía.

¿Katherine? —me reconoció de inmediato mientras enderezaba su postura sobre la cama mirando todo el lugar, aún confundida.

La capa que la había protegido del frío de la noche, y la cual ahora se encontraba a un lado tirada sobre el suelo, había permitido cubrir cierta parte de su vestido blanco, pero aún así, no había sido capaz de protegerlo todo de las manchas de sangre que tenía en la parte superior, las cuales yo era capaz de percibir con mi olfato sin despertar ningún deseo en mí. Pero ella no parecía percatarse de la sangre que la cubría, solo actuaba como si no recordara nada.

No sabía si su reacción estaba bien o mal, porque teniendo en cuenta que yo recordaba perfectamente todo lo que había ocurrido y jamás había tenido alguna instrucción sobre las distintas reacciones frente al cambio, no podía saber qué era normal y que no… Y solo si es que había algo normal en todo este circo. Lo único que podía tener seguro, era que me aliviaba que aún me recordara.

Su mirada terminó de escrutar la choza y se detuvo en mí nuevamente.

Hermana, ¿qué…? —comenzaba a preguntar, pero sus palabras murieron en un susurro inaudible antes de que sus ojos se ampliaran por el miedo y el resentimiento.

Ya había visto esa expresión en ella antes, hace solo unas horas cuando le había contado en lo que me había convertido y antes de que Balthazar nos encontrara…

Marianne apartó su mano de la mía en un brusco movimiento colocándose de pie al otro lado de la cama, que era lo que se interponía entre nosotras, pero el movimiento fue demasiado rápido para ella al no saber aún que estaba sucediendo. Su propia agilidad terminó por aterrorizarla aún más de lo que ya estaba.

¿Qu-qué me hiciste? —exigió lanzándome su odio desde el primer momento.

Hermana, déjame explicarte —comencé de inmediato, pero no me dejaba hablar mientras trataba de acercármele.

¡No te me acerques! —gritó.

Lo siento, Marianne —dije deteniéndome, conteniéndome de tranquilizarla.

Me dolía tanto que me negara tocarla cuando por meses estuve sin ella, solo viéndola a través de ventanas, pero no la podía culpar.

¿En qué había pensado cuando le hice esto?

Olisqueó el aire a nuestro alrededor antes de mirar sus manos con detenimiento, como si nunca antes las hubiera visto así, pero sin alejar su actitud defensiva conmigo. Mientras más pendiente se fue volviendo su escrutinio, lo inevitable la golpeó.

Se percató de las manchas de sangre en su ropa.

¡Maldito monstruo! ¡Qué me hiciste! —soltó furiosa, con la mirada refulgiendo por la ira.

Marianne, escúchame —le pedía por sobre las maldiciones que me lanzaba y que cada vez, una era peor que la anterior—, no podía dejarte morir. No así.

¿Y quién diablos te crees que eres? ¡Qué te dio el derecho de convertirme en un monstruo!.

No es así —le decía a modo de defensa.

Pero yo sabía que así era. Sabía que ella tenía razón y que yo era un monstruo, y no lo podía negar.

¿Cómo que no es así? —increpó con sarcasmo—. ¡Así es! Ahora yo soy un monstruo como tú.

Por favor, escúchame —seguía insistiendo.

¡No! —me gritó con todas sus fuerzas—. ¡Tú estás muerta para mí! ¡Lo estuviste desde el primer día que desapareciste! ¡Ya no tengo ninguna maldita hermana!.

Comenzó a salir por la puerta.

Detente —le pedí, aunque no quisiera escucharme y comprenderlo, no podía dejar que se fuera sin saber nada—. Solo faltan un par de horas para que amanezca.

No me hizo caso.

¡No me sigas nunca más! ¡No vendré a ti nunca más! —gritó—. ¡TE ODIO!.

Eso fue lo último que escuché de ella tras ver como salía a toda prisa de la choza sin saber si la volvería a ver de nuevo: un "Te Odio".

Caí de rodillas al suelo inerte, indefensa como nunca antes, y después de no sé cuánto tiempo, la profunda voz de Balthazar interrumpió mi absorto y ensimismado dolor y culpa.

Tu hermanita es una mala agradecida, bonita. ¿Ves que no se merecía tu cariño?

Solo quise lanzarme sobre él y arrancarle el cuello con todas mis fuerzas, pero sabía que yo había sido la culpable. Yo había provocado todo esto al hablarle cuando sabía que no debía hacerlo. Si Balthazar no me hubiera visto con ella, no le habría hecho daño jamás y yo no habría cometido el mayor error de toda mi historia. Yo no la habría condenado a esto.

¿Cómo una decisión puede seguirte por el resto de tu existencia? ¿Cómo tan solo un buen deseo por alguien que amas pasa a convertirse en una maldición para esa persona?… Maldición que te persigue a donde sea que vayas como una espina invisible clavada en el pecho.

¿Cómo de la hija menor del viudo y respetable hacendado de Nueva Orleans pasé a ser una depredadora de las sombras? ¿Cómo de la perfecta y dulce futura esposa pasé a ser una criatura sin alma a la cual hay que temer? "¿Cómo de la querida hermana menor pasé a ser su condenación y el objeto de su más profundo odio?".

Y sus últimas palabras resonaban con potencia una y otra vez en mi cabeza.

"Te Odio".

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hasta que se digno a hablar, o no???

aunque todavia falta la segunda parte....

se unio otra fan!!!!

gracias marry por tu review, y tambien a majo y juls...

mmm.... creo que tendre que agradecerle en especial a majo por recomendarme a sus amigas :D

gracias, chica!!!!!!!