Hi, gracias por el apoyo Rawr-Cookie-Rawr, pero

ahora pasamos a un punto de vista distinto…

Capítulo 18:

Hermana Mayor, primera parte; EL TRATO

Hace dos semanas atrás…

Marianne y Jack

«Debes cuidar a tu hermana, mi hermosa pequeña. ¿Lo entiendes? Desde ahora solo serán tu padre, ella y tú» —dijo la mujer desde el lecho de su cama con una voz débil; apenas audible—. «¿Me lo prometes?».

«¿Por qué, mami?» —preguntó la niña asustada—. «¿Y tú dónde estarás?».

«Eres una niña valiente, Marianne» —seguía diciendo sin responderle—. «Prométeme que lo harás, hija».

«Te lo prometo, mamá».

El maldito sonido de una sirena, la despertó de golpe de aquel repetitivo sueño en una cama desconocida. A la misma mujer que antes era una niña, a la misma mujer que antes era hija, hermana y mortal.

Usualmente no se quedaba dormida después de una sesión de sexo, pero la última experiencia había sido tan deplorable, que no pudo evitar cerrar los ojos y dejarse llevar en el mundo de sueños odiados.

Hermana…, pensó. Sí, como no. Ella nunca sería la hermana de ella.

Miró junto a ella, y el apuesto y gran deportista yacía exhausto bajo el edredón de la cama de aquel motel en el que habían ido a parar. Era una lástima que tantos músculos no sirvieran para poder entregar todo lo que recibió. Habían sido solo dos orgasmos y el tipo, el cual ni siquiera recordaba su nombre, había caído exhausto sin nada más que entregar. Al parecer, los anabólicos estaban acabando con lo bueno del sexo masculino.

Pero al menos tenía una excelente sangre, pensó evitando la tentación de morderlo de nuevo mientras dormía.

Aún podía ver la mordedura que le había hecho en el cuello ya cicatrizando. A lo mucho, desaparecería en un par de horas para dar paso a un lindo y seductor moretón, pero ella seguía insistiendo: «Nada en comparación a todo lo que recibió».

¡Qué desperdicio!

Marianne se acercó con lentitud hasta su oído para poder hablarle.

—Ey, guapetón —susurraba, pero él no despertaba, en vez de eso seguía roncando con la boca ligeramente abierta, así que decidió que haría todo en breve, sin alargarse; tenía cosas más importantes de las que ocuparse—. Cuando despiertes no recordarás lo que soy —comenzó a decir como lo hacía cada vez que tenía un encuentro—. Te vestirás, te marcharás, y jamás le dirás a alguien que estuviste aquí, lo único que estará en tu memoria será que… —lo pensó y sonrió con complacencia ante sus palabras—… será que tuviste la noche más maravillosa de tu vida.

Podría haber hecho que pensara que estuvo con una prostituta, pero aún tenía su dignidad, aunque a nadie le importara.

Tener sexo con un vampiro era algo que nunca se olvidaba, a menos que utilizaran sus capacidades para interferir, algo a lo que siempre tenían que recurrir cuando veían algo demás, pero era un mal menor teniendo en cuenta todas las ventajas.

—Y no olvides visitar un médico por esos ronquidos —agregó con una ceja alzada, antes de levantarse y recoger su ropa para poder vestirse.

Cuando chequeó la hora en el reloj sobre la mesa de noche, eran solo las dos de la madrugada, pero agradeció que el sonido de la molesta sirena la despertara para poder irse. No hubiese sido agradable esperar más por lo que la televisión le había informado.

Mientras el tipo estaba en el baño hace un par de horas, ella había encendido la televisión esperando encontrar algo interesante, pero ¿qué encontró? La fugaz imagen de su hermana en la pantalla, y la misma que hubiese reconocido en cualquier parte.

Qué irónico era para ella encontrarse con Katherine en la televisión, en un canal de espectáculos, después de no haberla visto en ¿cuánto? ¿Veinte años? Y más encima, con ese actorcito que se creía vampiro. Al parecer, el luto por Thomas ya se había acabado para su hermana…

¿Cómo se atrevía, después de todo lo que les había hecho?

Pero no se saldría con la suya. No mientras Marianne estuviera cerca. Sería fácil apartarla de ese falso vampiro, al igual como lo había hecho con su "amiguita", Elizabeth. Para ella fue fácil hacerlo, y ni siquiera tuvo que esforzarse con sus dones para que aquella mortal odiara a Katherine y saliera huyendo.

, se dijo mirando fijamente el interior de sus recuerdos, esto también sería fácil.

Marianne se fue a la estación de trenes como los viejos tiempos, y calculó el tiempo que se demoraría en llegar, antes del amanecer, hasta la ciudad en la que Katherine se encontraba. La cacería ya había terminado y había sido buena (evitando el tema del sexo, claro), así que no había más por hacer… en ninguna parte.

Cuando vivías tanto como ella lo había hecho, o cuando habías visto todas las cosas que ella había visto, y a pesar de que el mundo era un tumulto de constantes cambios, simplemente terminaba por aburrirte. Siempre eran las mismas cosas… Aparece algo revolucionario, pero luego se vuelve como todo: repetitivo, repetitivo, repetitivo.

Cuando llegara nuevamente la fastidiosa noche, iría a dónde la habían visto, y aunque nunca le había sido difícil encontrarla (lo que eso no significaba necesariamente que la hubiese buscado antes), ahora todo se mostraba ante sus ojos.

¿Qué mejor momento que éste para hacerla pagar?

Llegó hasta su nuevo destino cerca de las cinco de la madrugada y se bajó del tren como otro insignificante mortal. Aunque había poca gente a esa hora, no pudo evitar ver lo que ocurría a su alrededor. Abrazos iban y venían, reencuentros, alegría. Madres, hijos, amigos, hermanos…

Nunca esperaría un reencuentro como el de aquellos con su hermana. Para ella Katherine estaba muerta, y no se sorprendería si ella pensaba lo mismo recíprocamente.

—¿A dónde vamos? —le preguntó de pronto Mike, el hombre que había conocido en uno de los vagones del tren, y solo en ese momento se dio cuenta de que él aún seguía a su lado.

—Lo siento, guapo —le habló girando para atrapar su mirada—, pero mi grata compañía solo llega hasta aquí.

Aún faltaba para el amanecer, pero todavía necesitaba dinero y un lugar donde pasar el día, así que se replanteó el hecho de dejar ir a su acompañante tan rápido.

—Aunque pensándolo mejor… —continuó, y tras hablar unos momentos, ambos se fueron a un hotel que él "amablemente" pagaría.

Pasó el día con él, aunque la mayor parte se lo llevó durmiendo después de que Mike le diera "algo" de lo que el otro tipo no había podido, pero por más que quiso disfrutar, sus intentos fueron infructuosos. No podía dejar de pensar en lo que se venía encima, y todo el rencor guardado volvía con más fuerzas.

A mediodía logró que Mike se fuera a dar un paseo por la ciudad, y ella se quedó durmiendo; preparándose para lo que se venía, pero fue antes del atardecer cuando otro sueño volvió a aparecer.

La niña jugaba con una muñeca de risos dorados brillando al sol en el jardín de la inmensa casona colonial, y un hombre joven, de cabellos castaños peinados hacia atrás, se le acercó con paso seguro.

«Hija, ¿dónde está Annie?» —preguntó mirando a su alrededor, más allá del jardín; más allá de los altos setos verdes.

«No sé» —contestó con su vocecilla impregnada por la inocencia, antes que el llanto de otra pequeña niña se hiciera escuchar.

El hombre corrió alarmado al encuentro de su otro tesoro, y segundos más tarde regresó con una pequeña muñeca de porcelana de dos años con delicados rizos negros, y unos llorosos ojos de un azul tan límpido como el océano.

«Sht» —decía calmando a la pequeña réplica de una muñeca con la ternura que solo un padre podría tener—. «No pasa nada. Solo fue un rasguño» —agregó dándole un beso en la mejilla que hizo sonreír a ambos.

El hombre se dirigió a su otra hija, y su expresión cambió de inmediato de la ternura a la severidad, ante los ojos de una infanta.

«Deberías poner atención a tu hermana cuando sales al jardín» —la reprendió—. «Eres su hermana mayor y debes cuidarla».

Marianne no respondió, pero se quedó muy quieta pensando, a su corta edad, en todo lo que había pasado.

Si acaso no fue nada lo que se hizo su hermana, según su padre, ¿por qué la había mirado de ese modo?

Arrojó lejos su muñeca de risos rubios sobre la glorieta, haciéndose añicos en el suelo, y salió corriendo para refugiarse bajo el gran manzano florecido de primavera, con lágrimas recorriendo sus sonrojadas mejillas.

En ese momento Mike entró nuevamente a la oscura habitación del hotel, y de golpe Marianne abrió los ojos con la respiración agitada, y un corazón, que si latiera, estaría palpitando desesperadamente.

Cada vez que se acercaba a su hermana, comenzaban a frecuentar ese tipo de sueños.

—¿Por qué está todo tan oscuro? —se hizo escuchar cuando se dio cuenta de que Marianne lo escuchaba; la bella y misteriosa chica que había conocido en el tren.

Avanzó hasta las ventanas para correr las cortinas y lo que las cubría, pero aún era de día.

—¡NO! —soltó Marianne poniéndose de pie al instante para detener la mano de Mike, quien se espantó con la fuerza del agarre de una mujer, más que por la velocidad con que había llegado hasta él.

A estas alturas, su mente lo asimilaba como si fuera algo normal.

—¡Qué te pasa! —dijo molesto zafándose del agarre de ella—. ¿Estas loca, o qué?

El chico se frotó la mano afectada, pero Marianne optó por ocupar sus capacidades de nuevo para tranquilizarlo, y que así no hiciera un escándalo antes de tiempo.

—Deja la oscuridad —susurró acercándose con suavidad y con una provocadora sonrisa—. Me gusta.

Llevó su mano a la entrepierna de Mike que comenzaba a reaccionar de inmediato ante sus caricias, y eso fue suficiente para ella. Podían pasar cien años, o cien siglos, pero a los hombres seguirías convenciéndolos de lo que quisieras de la misma manera: con sexo.

—¿No lo prefieres así? —continuo susurrándole cerca del cuello, acariciando sus labios en él.

—A-a decir verdad… está perfecto —contestó Mike, sintiendo que el calor comenzaba a subir rápidamente, dando paso a lo que él buscaba y necesitaba, pero a lo que Marianne acudía solo por diversión y placer.

Un largo rato después de que hubiesen concluido con sus juegos, Mike se paseaba de un lado a otro en la habitación, y Marianne podía percibir la confusión que sentía.

Tal vez tantas veces de interferir en su mente podrían causarle un daño en el cerebro, pensó con despreocupación, y luego sonrió por lo estúpido que sonaba. Como si fuera a importarle lo que le pasara a un humano.

Tras otra vuelta, vio como se detenía, tomaba el control remoto del televisor y lo encendía, comenzando a pasar de canal en canal como si buscara algo que ni él sabía.

Marianne pensó que la escena que veía era cómica por unos momentos, pero la imagen de Robert Pattinson, el mismo con el que había estado su hermana, apareció en la pantalla llamando toda su atención, dejando todo lo demás de lado.

—¡Déjala allí! —le ordenó enervándose de un salto para acercarse más a la televisión.

—No me digas que tú también estás loquita por él —soltó Mike despectivamente, pero notándose más normal—. Mis amigas babean por ese tipo, pero yo no sé qué…

—Silencio —soltó para poder poner su máxima atención.

Todo lo que saliera sobre él en esos momentos, le serviría para encontrar a esa bastarda.

Lo que ocurrió a continuación fue aún más irónico de lo que había estado sucediendo hasta ese momento. Tras fotos que ya había visto el día anterior, aparecieron imágenes en vivo (según el enunciado) de donde se suponía que estaba viviendo la supuesta novia de aquel actorcito, su propia hermana.

Sonrió con deleite y diversión por todo lo que veía. Decir que era simple curso del destino era mucho, ¿pero qué otra cosa podría ser? Ya conocía esta ciudad al revés y al derecho, porque ya había estado antes en ella, y también sabía en dónde se ubicaba esa casona.

Sería fácil. Todo hablaba a su favor.

Tiempo más tarde abandonaba a Mike, haciendo que el afectado creyera una de sus tantas historias antes que la verdad, disponiendo también el salir del hotel en busca de su desagravio, para lo cual tomó un taxi que la llevaría a la vieja casona del lado norte de la ciudad.

Mientras avanzaban, el taxista no dejaba de mirarla por el espejo retrovisor, pero por primera vez desde que salió al mundo, ella no era consciente de lo que sucedía. Solo se limitaba a mirar por la ventana sin percatarse de cómo las luces brillantes de la ciudad de noche dibujaban figuras surrealistas con su halo a medida que avanzaban, ya que recuerdos antiguos seguían amenazándola con torturar su mente. Aún sentía el mismo rencor, rabia y desdicha de hace diez o cien años. Pero por sobre todo, culpaba a una sola persona; la culpaba a ella.

Mejor hubiese sido estar solo sus padres y ella, y sin nadie más. Desde que nació que se dedicó a arruinar y destruir a su familia. Si no fuera por ella, su madre no hubiera muerto, su padre hubiera sido un hombre feliz, y ella hubiese tenido en su tiempo al hombre que quería, y no a tipos como Mike cada noche por medio, o a veces todas las noches por aburrimiento. Pero ahora estaba condenada a vivir entre sombras, y también era por culpa de Katherine.

Cuando llegaron a la dirección indicada, Marianne volvió a reaccionar y se bajó del vehículo sin siquiera flirtear con el tipo, como acostumbraba a hacerlo. Solo se detuvo a mirar y analizar el lugar, descubriendo que todo seguía absolutamente igual a como lo recordaba… O casi igual. Había pintura más reciente y la verja estaba en mejor estado que la última vez, pero todos eran detalles insustanciales, ya que a su vez, se dio cuenta de que no había nada de prensa como lo había pensado. Ni una sola alma quedaba de dónde se supone había un verdadero show. El lugar estaba vacío y de inmediato sintió una ola de desilusión consentida, ya que no podría delatarla frente a todo el mundo como lo quería. La venganza tendría que esperar.

Y bueno, ¿qué más serían unos días en comparación a décadas?, pensó.

Se paseó por el lugar y dejó que sus sentidos desarrollados hicieran lo suyo. Escuchaba risas y conversaciones insignificantes a su alrededor, proveniente de las casas contiguas que no le llamaron en lo más mínimo la atención, pero pronto notó un familiar efluvio que inundó no solo sus sentidos, sino que también su memoria, activando lo que no quería aceptar; la cercanía que iba más allá de una relación familiar, la cercanía que le recordaba a las tardes escuchándola tocar el violín de niñas, corriendo por la playa a la que su padre las llevaba, y también escuchándolo a él mismo cuando les leía antes de dormir.

Eran sentimientos encontrados, pero a la vez quiso que desaparecieran. No quería recordar sentimentalismos tontos que aquí no tenían cabida. Prefirió pensar que solo era el mismo y conocido aroma dulzón que le decía que allí estaba; que la había encontrado otra vez, o mejor dicho, que el destino se la había presentado nuevamente.

No sabía qué hacer primero, estando a un paso de verla frente a frente. Pensó en enfrentarla de una vez por todas y terminar de una buena vez, pero de pronto, entre los matorrales que había junto a la alambrada que daba a un sitio eriazo, vio a un hombre agazapado esperando por algo impacientemente. Era de tez bronceada y de cabello negro, con unos ojos oscuros, misteriosos y astutos. Era guapo, bastante a su parecer… aunque demasiado para la percepción hacia un humano.

Decidió dejar de lado esa imagen, ya que él solo era la comida, y luego se percató de que aquel hombre tenía una cámara fotográfica, por lo que en resumidas cuentas, estaba más que claro lo que ese hombre era, y fue él mismo quien le hizo cambiar de opinión. En vez de actuar de pronto, como se lo había planteado, decidió que sería mejor esperar; esperar a ver qué sucedía.

Sabía que su hermana estaba adentro, y podía sentir en todo el ser de aquel extraño y apuesto mortal, que según sus emociones, él estaba esperando algo. Se sentía inquieto, y la emoción por un triunfo lo inundaba por completo, lo que según los augurios que recorrían la mente de Marianne, sería mejor esperar.

El destino le estaba formando un camino, y ella lo iba a tomar sin preocuparse de tomar atajos. Iba a ir lento, pero seguro. Tomaría cualquier indicio que le jugara a su favor y luego barajaría todas sus cartas. Tenía un haz bajo la manda, y solo tenía que saber cómo y dónde usarlo. Pero eso solo el tiempo se lo diría.

Y el tiempo no fue mucho. Minutos después, mientras se entretenía degustando su visión con el mortal, escuchó como algo se abría en lo alto. Al ponerse en alerta, se dio cuenta que el sonido provenía del tercer piso, de una ventana que se estaba abriendo, y tras observar la escena con atención, logró ver a un rostro pálido con un perfecto y delicado fino cabello largo y negro cayendo por sobre sus hombros.

Está igual, pensó con una sonrisa de burla. Nunca cambia… Y nunca cambiará.

Lo último se lo dijo más con resentimiento que con otra cosa, y tuvo que contener las ansias de ir y gritarle como la hermana mayor que era por haber hecho algo inapropiado.

En ese momento también se dio cuenta de que no fue la única que se percató, sino que el guapo mortal también lo había notado, y se había levantado de su escondite para tener mayor facilidad al tomar la fotografía que tanto había estado esperando. Comenzaba a enfocar el lente de la cámara para la toma, cuando a Katherine se le ocurrió saltar en ese mismo momento desde el tercer piso como si nada, sin percatarse del espectador o "los" espectadores que tenía a su haber.

¿Cómo podía ser tan despistada e imprudente?, se preguntó con un bufido. Se supone que quiere pasar desapercibida, pero ahí estaba haciendo estupideces, otra vez…

Pero a ella no le importaría. No estaba allí para eso, y de hecho, le convenía que todo eso hubiera sucedido, ya que así se ahorraba la lata de unas cuantas explicaciones a favor de su propósito.

El hombre, al apenas verla en el suelo a salvo y sin ningún rasguño, dejó caer la cámara que tenía en las manos por el asombro, la cual quedó colgando de la correa alrededor su cuello. Estaba a punto de abrir la boca como un completo bobo, cuando Marianne vio como su hermana se apresuró al reaccionar al percatarse de que la habían visto, y sonrió al ver como el pánico se apoderaba de su hermana.

»—Tú no has visto nada y ahora te irás —escuchó como decía mirando fijamente al mortal, que aturdido, le hizo caso y comenzó a caminar alejándose lentamente.

Marianne observó toda la escena desde las sombras, y a pesar de la distancia a la que estaba, se percató de que su hermana no tenía idea de qué era lo que acababa de hacer, porque la confusión que sentía desde ella, llegaba a ser incluso más fuerte que la de la expresión de su rostro.

Tan rápido como el hombre se alejó, vio que Katherine comenzó a hacer lo mismo, y ella se quedó de pie en las sombras observando sin hacer nada, sorprendida a la vez de que la que por desgracia era su hermana, tuviera algún tipo de don desarrollado que significaba que había abandonado su voto de abstinencia; su auto prohibición de humanos.

Dejó que Katherine se fuera, ya que después podría seguirle el rastro tan fácilmente como la había encontrado, y se dedicó a seguir al aturdido fotógrafo ante la repentina y acertada idea de que él podría servir en su propósito.

Él caminó por la orilla de la calle ignorando vehículos que hacían sonar sus cláxones, y por un momento ella se preguntó qué estaría pasando por esa cabeza ahora. No parecía reaccionar, y por más que intentaba percibir sus emociones, no había nada además que un repentino vacío circular, como si sus emociones, de momento, fueran una réplica de un particular sonido blanco.

El hombre siguió caminando del mismo modo, pero de pronto se detuvo y su mente reaccionó en un chispazo, como si se hubiese sintonizado en el dial correcto. Miró a su alrededor, pero ya había llegado a un tramo en el que no había absolutamente ni una sola alma a varios metros a la redonda, y su confusión atrajo a Marianne.

Ella salió de entre las sombras, y se paró de frente a su mirada perdida que ya pasaba a una expresión de sorpresa y admiración por su repentina aparición, pero aún así, con cautela y cierto miedo sumamente reservado. Aunque a ella, obviamente, no se lo podía ocultar.

Marianne sonrió mientras se le acercaba para encararlo, dejándolo embobado por su belleza y su piel tan blanca como la porcelana; tan blanca como alguien que había visto hace poco, pero no podía recordar dónde, y aquello daba paso a su confusión.

Cuando ella estuvo a menos de un metro de distancia, el hombre retrocedió intimidado mientras Marianne lo flanqueaba, mirándolo de pies a cabeza, y encantada por tal perfección humana. La ropa moderna resaltaba su tonificado cuerpo, y no pudo evitar sonreír cuando tuvo una perfecta visión de su espalda, y con admiración y diversión, pensó que él tenía un culo sexy.

Absorbió el aroma a loción mezclado con la esencia de su piel con agrado, pero ella venía a otra cosa.

—¿Q-quién eres tú? —balbuceó el apuesto hombre con los nervios a flor de piel, despertando en él, la fascinación de lo que ella tanto deseaba.

Siguió observándolo, pero no respondió, y su intensa mirada amenazaba con traspasarlo y romper sus defensas.

De momento, ella sabía que él no recordaba lo que le había sucedido, pero sabía que si seguía distrayéndose de esa manera, tampoco lo iba a recordar pronto.

—¿Qué quieres? —insistió, esta vez con la voz un poco más firme.

—Qué gentil y educado, mi buen hombre —se burló con ironía, haciéndose escuchar por entre el tranquilo silencio de la noche, y recordando con nostalgia los modales que antes tenían los hombres frente a una mujer—. Al parecer, los años van carcomiendo la elegancia del sexo masculino. ¡Qué lástima! —agregó haciendo un florido movimiento con su mano derecha, pero a la vez aquel movimiento, en conjunción con la luz de las farolas de la calle, sacó destellos brillantes de un anillo en particular en su mano; un anillo que por más que fuera especial, le recordaba de nuevo la relación que tenía con la propietaria del otro ejemplar; sin contar a su padre, que ya estaba muerto.

El hombre alzó una ceja confundido sin percatarse del repentino flash, tanto por su manera de hablar, como por lo que había sucedido antes, y con gracia le siguió el juego sorprendiéndose al mismo tiempo de lo que estaba haciendo.

—Mis disculpas, bella dama —le dijo haciendo una reverencia, y esta vez ella también se sorprendió por la gracia innata del hombre, a pesar de que tenía una laguna mental en su mente—. Mi nombre es Jackson Orwell, pero puedes llamarme Jack.

Tomó su mano derecha y rozó sus labios en el dorso de su mano, enviando una corriente eléctrica por su brazo.

—¿Me haría el honor de conocer su nombre, bella dama? —preguntó sonriendo, con la galantería de todo un don Juan.

—En realidad, no —le respondió Marianne sin prestarle importancia, provocando que la expresión de Jack se desencajara de la sonrisa que le dedicaba—. ¿Te gustaría caminar? —sugirió tomando su brazo para guiarlo con ella, y con un poco de su toque, Jack aceptó sin decir una palabra.

Caminaron por minutos de incomprensible silencio, y Marianne sonreía cada vez más complacida por lo que causaba mientras avanzaban. Después de un rato, finalmente ella decidió que era mejor comenzar.

—Jack, ¿recuerdas dónde estabas? —le preguntó logrando que su acompañante se detuviera de pronto.

—¿"Dónde estaba"? —balbuceó mirando a la nada, ajeno a la extraña situación; ajeno a su galantería y a su realidad.

—¿Qué es lo último que recuerdas? —continuó notando el esfuerzo que él hacía por recordar.

—Yo-yo… estaba trabajando —dijo con dificultad y Marianne tomó su brazo para continuar caminando, llevándoselo contigo.

—¿En qué trabajas? —preguntó, aunque para ella era más que obvio que Jack era uno de los nuevos caza recompensas del medio, e incluso podría ser él quien tomó las fotos que ella vio en la televisión.

—Soy fotógrafo —contestó en voz baja.

—¿Qué estabas haciendo hace un rato? ¿Lo recuerdas? —insistió, y él tuvo que hacer grandes esfuerzos por tratar de que su mente se aclarara.

Iban caminando como si fueran un par de amigos que se conocían de toda la vida, a pesar de que acababan de verse por primera vez hace solo unos momentos, y todo gracias al don innato y desarrollado que ella poseía, resultando verdaderamente fascinante. Él le respondía todo lo que ella quería.

—Fui a trabajar, y estuve esperando afuera de una casona para poder tomar una fotografía —comenzó a decir, pero luego se detuvo recordando que había algo más en la sensación de familiaridad con Marianne, y eso ella lo pudo sentir en el instante.

Era el momento preciso. Marianne lo hizo detenerse y lo guió para que se sentara junto a ella en una banca al lado de la vereda.

—Escúchame —le dijo tomando su rostro entre sus manos para observarlo fijamente, deleitándose al mismo tiempo de su mirada temerosa y de la increíble calidez de su piel—. Tú estabas trabajando y tu memoria solo llega hasta ahí, pero ahora no hay nada que puedas olvidar —continuó viendo como sus palabras dichas con cautela en conjunción a su toque personal, comenzaban a hacer efecto en la mente de Jack—. Ahora, recuerda —agregó, y su última palabra caló hondo en la mente de Jack.

Había sido sencillo romper el efecto de su hermana en él, lo que también le decía que seguía siendo débil, y que quizás en una lucha, ella perfectamente podría derrotarla. Pero también estaba el importante punto de que no se ensuciaría las manos al saber que alguien más podría hacerlo por ella, o que incluso todavía se quería dar tiempo para disfrutar del show.

Jack se soltó de su delicado agarre y se puso de pie mirando a su alrededor.

—¡La mujer! —soltó sorprendido en un efecto retardado, y su mirada se detuvo de pronto en Marianne para hablarle—. Ella saltó de la ventana y no le sucedió nada. Ella…

—Sht —lo hizo callar antes de que siguiera balbuceando. Nunca fue buena para soportar ese tipo de escenas—. Yo te lo puedo explicar todo.

—¿Dónde estoy? —le preguntó.

Marianne miró a su alrededor y frunció el ceño con sutileza.

—Buena pregunta, pero después lo solucionaremos —respondió poniéndose de pie para quedar a su altura.

Tanta cercanía entre ellos, aumentó el miedo en él al ver que la piel tan blanca de aquella mujer, se parecía a la de la mujer que había ido a ver; la misma que vio saltar de un tercer piso. Estaba seguro de que había una especial familiaridad.

—¿Quién eres? —preguntó dando un paso atrás.

—¿Estás bien? ¿No hay daño cerebral? —bromeó alzando una mano para tocar su cabeza, pero él se aparto de inmediato recordando que incluso había flirteado con ella—. Mi nombre es Marianne y estoy aquí para ayudarte —continuó ignorando su repentina hostilidad.

—¿Ayudarme? —repitió abriendo los ojos más confundidos que antes.

Si Marianne pudiera hacer un gráfico con el nivel de desconcierto de Jack, el cual equivaliera a sus ingresos monetarios diarios, ahora sería millonaria; de eso no le cabía duda. Pero aunque no tuviera ingresos monetarios, podría divertirse bastante con él.

—Así es. Estoy aquí para ayudarte, y a la vez, proponerte un trato que nos beneficiaría a ambos —le contó, notando como llamaba su atención en breve, al darse cuenta que era algo que le beneficiaría.

Era un hombre astuto.

—Resulta que tú quieres conseguir algo de esa mujer que acechabas —dijo dando justo en el cabo según la emoción de Jack, pero él la interrumpió.

—¡Yo no la acechaba!

—Como sea —dijo Marianne enarcando una ceja—. El asunto es que yo puedo ayudarte a conseguirlo, pero siempre y cuando hagas algo por mí.

—Yo no necesito ayuda para conseguir lo que quiero —soltó volviendo a la calma.

—¿Seguro? —le preguntó con incredulidad—. ¿Quieres volver a salir de allí sin recordar nada?

—Espera. ¿Tú cómo…? Tú… ¿Viste lo que hizo? —se alteró de pronto, pero más con admiración que otra cosa—. Eso es…

—¿Increíble? Lo sé —lo interrumpió un poco molesta por la fascinación de él—. Resulta que ella puede hacer eso y más.

—Pero… ¿cómo?

—Fácil —respondió cruzándose de brazos—. Es un vampiro.

Era increíble como tantas emociones pasaban a la vez por Jack, pero aún así su expresión se detuvo en una arrogante sonrisa de incredulidad, que hizo pensar a Marianne que tal vez esto sería más complicado de lo que se lo imaginaba.

—¿Y tú qué eres? ¿Una bruja? —se burló.

—¿Una bruja es lo que te parezco? —inquirió molesta por un instante, pero solo fue hasta ver cómo Jack apremiaba a disculparse.

—¡No! ¡Por supuesto que no! —dijo nervioso—. No fue eso lo que quise decir, es solo que… —su actitud volvió a cambiar—. Bueno, es solo que… ¿no te das cuenta de lo ridículo que suena lo que me dices?

Marianne dio un profundo suspiro.

—Por supuesto —respondió ya de mejor ánimo—. Pero ella sí es un vampiro, y no es la única… Somos muchos como ella, aunque mejores —comentó mostrando sutilmente sus colmillos, haciendo que Jack se estremeciera en un escalofrío y ella riera por dentro—. Si quieres puedo demostrártelo —sugirió lascivamente.

—¿Qué? ¡No! Yo no… Yo…

—No importa, de todas maneras no es a eso a lo que vine —lo interrumpió dándose cuenta que ya no necesitaba de sus capacidades para que él lo estuviera escuchando, a pesar de el tumulto de emociones que lo embargaban—. ¿Y qué me dices? ¿Aceptas el trato?

—Yo solo quiero fotos del actor y de ella, nada más —respondió ignorando el hecho de que acabara de decirle que era un vampiro.

La incredulidad de Jack por lo que acababa de escuchar la dejó de lado, y prefirió anteponer lo que por tanto había trabajado, y esa propuesta le daría algo.

—¿Tú qué querrías a cambio de ayudarme? —le preguntó por fin.

Bien. A él no le importaba lo que ella dijera con tal de conseguir su propósito, y por eso ni siquiera le importó haber perdido una parte de sus recuerdos y luego haberlos recuperado.

Él era un caso increíble, pensó con diversión.

—Yo quiero que desenmascares y le muestres al mundo, lo que la chica del actor, de verdad es —habló sintiendo una pequeña ola de ira contenida—. Que se avergüence por todo lo que ha hecho, y que ella misma se de cuenta de que debe mirar el sol por primera vez —concluyó.

Sus ojos brillaron por el odio que despidió, y aquello heló la sangre de su acompañante, sintiendo cosquillas desde la punta de los pies a la cabeza. Ya cuando Marianne se percató de cómo la veía, de inmediato le dirigió una sonrisa.

—¿Y cómo se supone que haría lo que quieres? —preguntó mirándola fijamente, preguntándose por qué había tanto rencor impregnado en sus palabras.

—Simplemente con decirle al mundo quién es y lo que hizo —le respondió—. Eso sería suficiente para que hiciera algo.

—Bien, y suponiendo que fuera un vampiro en realidad —continuó sin querer convencerse de las palabras que había escuchado—, ¿cómo lo probaría?

—Aún no me crees —dijo en voz baja tras un suspiro, dándose cuenta de lo que sentía—. ¿Cómo crees que saltó de siete metros sin ningún rasguño? —le preguntó con ironía, y causó efectivamente el efecto que quería en él—. Te voy a dar su nombre, y con lo inteligente que debes ser, tú mismo descubrirías la verdad, y así mismo te convencerás —lo tentó.

A Marianne siempre le gustó subir el ego de los hombres, o de cierto modo tentarlos, pero en este caso sintió que era distinto; sintió que era más un juego, o incluso un desafío para él.

—De acuerdo —respondió finalmente—. Habla y yo te escucho.

Caminaron hasta el departamento de Jack tras encontrar el camino correcto, y allí ella se dispuso a darle el nombre de su hermana, su fecha de nacimiento y el lugar del mismo, y le dijo que eso sería suficiente para comenzar. Lo que sí, en ningún momento le dijo que ella era la hermana mayor de quien querían exponer, ni mucho menos por qué lo quería hacer.

A Jack no le importó la falta de información. No preguntó sobre ella, ni de dónde venía, y mucho menos eso de los vampiros que todavía no se creía. Pensó que tal vez sería mejor comenzar averiguando acerca de alguna paciente que se escapó de un hospital psiquiátrico, pero luego se arrepintió por todo lo que le ofrecía. Con tal de ganar dinero; lo que sea. Y lo que pagarían cuando consiguiera lo que ella le prometía, sería grandioso.

Marianne vio la hora y decidió que era mejor marcharse. Aún debía ir a la casona, y desde allí seguir el rastro de Katherine.

—Ha sido un placer hacer negocios contigo, Jack —le dijo alzando una mano para estrechársela.

—Igualmente —se apresuró a responder antes de que se marchara, y lo que fue más sorprendente, sin apenas verla.

Estaba frente a algo grande, pensó. Incluso más grande que ir a la siga de estrellas de cine del momento.

Esta noche Jack tendrá mucho en qué pensar, se dijo Marianne deleitándose con sus pensamientos mientras avanzaba por las calles como una sombra, hasta que de pronto alcanzó el rastro reciente de su hermana, incluso antes de llegar a la casona, y lo siguió. Por lo que se pudo percatar, llevaba bastante tiempo tomando el mismo camino.

Tras unos minutos, el rastro se detuvo de pronto frente a un edificio enorme junto a un parque, llegando justo a tiempo para ver como su hermana volvía a saltar de una ventana, pero esta vez desde un quinto piso, lo que le hizo cuestionarse con diversión si acaso se había convertido en un ladrón, o algo parecido… O incluso si en realidad pensaba en querer pasar desapercibida cuando cualquier mortal podría verla.

Bueno, no. Podía ser que su hermana aún fuera débil como para identificar a otro de su especie como ella lo era, pero para identificar a un simple mortal, seguía siendo fácil.

Gran cosa, pensó.

Katherine se quedó unos momentos frente al edificio como si esperara algo, así que fueron otros momentos los que tuvo que esperar hasta que por fin se marchó, y de nuevo estuvo en la encrucijada de si echar un vistazo al lugar de dónde venía, o seguirla a ella finalmente.

Decidió la primera opción. Tal vez hubiera algo interesante.

Subió con tedio hasta el quinto piso del edificio hasta llegar al balcón de donde había salido su hermana. Se dio cuenta de que estaba cerrado con llave, así que tuvo que forzar un poco para que la cerradura cediera. En el interior estaba oscuro, aunque nada que para ella la cegara, así que se detuvo a observar el lugar, mientras que de una habitación del mismo departamento, podía escuchar el correr del agua en la ducha y sus posteriores movimientos. Solo por el tenue aroma que percibía, se pudo dar cuenta de que su hermana había estado allí en compañía de un hombre.

Se detuvo en el balcón a degustar de la brisa nocturna que acariciaba sus brazos, y además de la vista que era realmente maravillosa, aunque ella estaba segura de que hubiese sido mejor si pudiese ver un amanecer y no más oscuridad.

Justo en ese momento la puerta de una habitación se abrió, y una suave voz masculina le habló.

—Volviste —dijeron llamando su atención, y por su tono de voz, dedujo que estaba bastante aliviado—. Me alegra, porque necesitaba decirte unas cuantas cosas —agregó.

Ciertamente la había confundido con alguien más, y no le cabía duda de que hubiese sido con su hermana.

Marianne ignoró aquello y se dio la vuelta para encontrarse con la persona que le había hablado, y se deleitó bastante ante tal visión.

—Vaya. ¡Chico Cullen! —soltó al percatarse de quién era.

Se apresuró a encender la luz, porque sentía la incertidumbre aumentar en el chico vampiro, sobre todo después de hablarle.

Lo miró de pies a cabeza deteniéndose unos momentos en la pequeña toalla blanca que le cubría ciertas partes, y realmente se veía mejor en persona que en fotos. Ya se podía imaginar lo mucho que disfrutaría con ese cuerpo, pero a pesar de todo aquello, una extraña sensación la invadió al verlo de cerca con mejor claridad. Aún no sabía qué era, pero el moretón en su cuello la distrajo. Era una clara marca de que Katherine había vuelto a las viejas andadas.

Cuando le habló de su hermana llamándola por su apellido, como cuando eran adolescentes, se sorprendió nuevamente al saber que él no tenía idea de quién hablaba. En realidad no sabía nada de ella.

Y pensar que había pensado en sacarle algo de información…, pensó. Increíble. Deplorable. Humillante.

Después de que Robert se fuera a vestir, rápidamente se ubicó frente al sillón que ella había elegido; un cómodo diván de cuero negro.

Comenzaron a conversar, y a pesar de que no sentía ninguna pizca de miedo ni incredulidad de su parte, la curiosidad y la necesidad de saber que sentía de parte de él, eran extraordinarios. Nunca se había imaginado que un mortal pudiese sentir esas emociones de esa manera.

A medida que iban hablando, se dio cuenta de que había dicho muchas cosas, pero el moretón que Robert tenía en su cuello la volvió a despertar de su plática.

—Creo que tampoco te imaginas el tiempo que ha pasado sin que haya bebido la sangre de un humano —le dijo con el refulgir latente en su mirada; con rencor de que hubiese comenzado a vivir como si fuera libre.

Sintió que Robert se sobresaltaba antes de comenzar a hablar atropelladamente.

—Ella lo hace porque no se siente bien tomando algo de alguien sin su consentimiento.

Bien. Eso era más de lo que se imaginaba.

—¿De verdad dijo eso? —soltó con incredulidad tras una carcajada al pensar en todo pasado, y que parecía que por primera vez le hubiese importado.

¿Cómo podía ser tan cínica?, pensó. ¿Era, acaso, un mal chiste?

—Esas son las ironías de la vida... —dijo recordando todo lo que había pasado estos últimos días—. Nunca dejan de sorprenderme, si hasta pareciera que cada una es más irónica que la anterior.

Y hablando de ironías, se detuvo observando al actor con detenimiento, y aunque Robert Pattinson era de piel pálida, cabello cobrizo y de ojos verdes, no dejó de llamarle la atención la familiaridad con otra persona, pero no podía recordar con quién.

Robert le siguió preguntando cosas que ella no se molestó en negar. Esa noche había hablado bastante y ya se estaba acostumbrando a la sensación, pero cuando le preguntó sobre el anillo que llevaba puesto, ella sintió un leve ápice de celos en el actor cuando le contó que su hermana estuvo comprometida. Pero además de eso, recordó algo sumamente importante al respecto.

—¡Thomas! —exclamó sintiendo como el nombre de su antiguo y turbulento amor, le hacía hervir la sangre a pesar de la sonrisa que intentaba mantener.

Ironía. Maldita ironía, pensó. Incluso esa misma pudo ser la razón por la cual su hermana se acercó al actor. Conociéndola, podrían ser por las cosas más cursis.

A medida que continuaban, Marianne se deleitaba cada vez más como podía convertir la pequeña chispa de celos que él tenía, en una enorme llamarada de furia. Sabía que en ese momento él no la podía comprender totalmente, pero no le importaba. Mencionar a Thomas había sido un golpe duro a su ego que aumentaba su enfado. Fueron palabras tras palabras que hacían aumentar su furia a nuevos niveles.

Esto estaba resultando fácil, igual que con la amiguita que tenía, Elizabeth. Ahora solo tenía que hacer que cediera ante ella, y el resto sería pan comido.

Lentamente se acercó colocando sus manos por sobre su pecho, despertando su nerviosismo.

—Yo te daría mucho más de lo que ella podría —lo desafió a tan solo unos centímetros de sus labios, a punto de probar el motivo por el que su hermana se tomara tantas molestias.

De pronto el desconcierto rozó su expresión al ver como Robert se resistió ante ella. Nunca le había sucedido algo así; ni siquiera cuando era mortal y engatusó a Thomas Delade.

Lo escrutó con la mirada analizando lo que había sucedido, pero no podía llegar a ninguna conclusión que le diera una explicación para lo que había sucedido. No podía ser que fuera porque se estuviera debilitando, ya que había comido solo unas cuantas horas antes, y tampoco podría decir que fuera porque el actor fuera más poderoso que ella, porque él ni siquiera era un vampiro; solo era el alimento, un simple mortal. ¿Cómo podía resistir tal fuerza?

—No te preocupes, tengo paciencia —dijo finalmente forzando una sonrisa que le mostrara lo sin cuidado que le tenía su actitud, por mientras que aprovechaba de rozar su abdomen con delicadeza—. Sé que terminarás cediendo, y cuando ocurra; esperaré.

Se despidió depositando un fugaz beso en la comisura de sus labios, que no solo despertó una repentina lujuria en su víctima, si no que también le hizo sonreír internamente por lo que estaba consiguiendo. No servía para completar lo que planeaba, pero al menos era algo, o eso era de lo que intentaba convencerse.

Volvió nuevamente hasta la ventana para marcharse ante la promesa de que él volvería a verla de nuevo, y saltó a una solitaria calle que la esperaba para seguir maquinando su camino, pero no sin la dura ira que sentía en su estómago. El enfado era constante mientras se alejaba.

¿Cómo ese mortal pudo haber bloqueado su toque de la manera en que lo hizo? ¿Estaba perdiendo su don? Al menos había despertado cierto enojo hacia Katherine en él… Pero no era suficiente, se seguía diciendo, y no podía dejar de compararlo con su antigua amiga, Elizabeth, o incluso con Thomas cuando era humana. Le había resultado fácil conseguir lo que quería en ellos, pero él ¿cómo pudo resistirse?

Pero no se quedaría así. Marianne no iba a descansar hasta que ella terminara quedándose sola; hasta que él terminara odiándola. Iba a insistir, aunque por el momento, debería esperar a que Jack hiciera su trabajo

Volvió a la casona en donde Katherine se hospedaba, incluso antes que ella misma, y ocupó una habitación bajo la suya para esperarla. Nadie la molestaría por ese día, tampoco nadie sospecharía nada, y lo que era aún mejor; desde allí podría escucharlo todo.

Otra ventaja de todo lo que era capaz de hacer.

Pronto subo la otra parte… ;D

Espero que les haya gustado.

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Abrazos.