Aquí está la segunda parte.
Capítulo 19:
HERMANA MAYOR, 2ª parte; MAQUINACIONES
Marianne y Jack
Pasó el día en una oscura habitación con olor a humedad, y para nada cómoda. Sin lujos, ni electricidad, y reconsideró si tal vez sería mejor buscar otro lugar cerca donde quedarse. El lugar era lamentable, y ni siquiera escuchó algo productivo del tercer piso.
Su hermana se paseó por la habitación, se dio un baño, vio televisión, y luego volvió a salir. Estuvo a punto de seguirla, pero nuevamente una corazonada se lo impidió, y se quedó a esperar.
Tras un par de horas de no hacer nada, y de no escuchar nada interesante alrededor tampoco, el sonido de una puerta abriéndose, y luego pasos que iban subiendo por la escalera, la alertaron. Se levantó y corrió hasta la puerta que daba efectivamente a la escalera que conectaba las tres habitaciones de esa ala, y tras abrir levemente la puerta, logró ver a Pattinson entrando a la habitación de Katherine.
Marianne estuvo de nuevo en la encrucijada de si ir hasta donde él estaba, y terminar ya el trabajo que había comenzado, o mejor esperar hasta que algo más cayera a su sesto.
Finalmente se decidió por la segunda opción; nuevamente esperar.
Paseó de un lado a otro hasta que finalmente la voz de su hermana la sacó de un tedio realmente insoportable. Había estado encerrada en esa habitación desde antes de que amaneciera y estaba llegando a sentir claustrofobia.
Escuchó como discutieron brevemente, lo que le dijo que ya habían hablado de ella y de que estaba de vuelta. Su hermana estaba algo sorprendida de que estuviera viva y de que por primera vez alguien le hubiese hablado de ella, pero a pesar de eso, se dio cuenta de que el actor no le había dicho todo lo que había sucedido en su apartamento, ni tampoco lo que había sentido.
Bueno. Eso también era por algo.
Él le pedía que hablara sobre ella con un interés que Marianne no lograba comprender, y ya que al principio su hermana se rehusaba a hacerlo, la necesidad en él iba aumentando. No había conocido nunca a alguien con tanta preocupación por una persona. ¿Es que acaso no le importaba lo que era?
Cuando Marianne escuchó que Katherine finalmente accedió a hablar, ella se tendió sobre un polvoriento mueble con los brazos cruzados bajo su cabeza preparándose para, después de tanto tiempo, saber algo de ella directamente.
En cuanto, comenzó la dejó petrificada.
—Estos son mis padres —escuchó de la voz de su hermana, y pudo imaginarse algo de lo que ella tenía en sus manos para que hablara así—. Mi madre se llamaba Ángela y mi padre se llamaba Arthur —se detuvo un momento, y Marianne tuvo que volver a sentarse mirando el cielo raso, como si así pudiese ver a través de las paredes.
¡Cómo le gustaría poder ver a través de las paredes!
—Y la bebé que sostiene ella, es Marianne, a los dos meses de que naciera —agregó.
¿Estaba escuchando bien? ¿Acaso aún guardaba esos recuerdos? ¿Ella, la misma que había destruido la familia que ahora osaba a pronunciar?
—Entonces, este libro fue un obsequio de tu madre para tu padre —escuchó del actor, y aquellas palabras la descolocaron.
También tenía el libro de su padre.
Imágenes fugaces de dos niñas sentadas frente al fuego en invierno, mientras su padre les leía, pasaron por su mente como halos de estrellas.
Risas, alegría… Algo que no había vivido desde hacía muchas décadas.
—Así es —continuó, y a estas alturas sentía la ira traducida a una extraña sensación en su garganta—. Mi padre era un apasionado por la literatura; en especial de Poe; entre sus hijas y la vida de negocios que llevaba, claro. Este libro, por ser el último recuerdo de mi madre, él siempre lo cuidó como un tesoro hasta el día de su muerte…
¡Muerte que tú provocaste!, pensó con ira.
No pudo quedarse allí por más tiempo y seguir escuchando lo que aquella extraña tenía que decir. No podía continuar allí como si nada, fingiendo que lo que escuchaba era ajeno a ella, como si solo fuera una película que no quería ver.
Salió de la casona sin preocuparse de que Katherine la pudiera oír, y caminó sin rumbo hasta que el recuerdo de Jack despertó su apetito.
Solo se había alimentado el día anterior, pero no pudo ignorar el hecho de que su boca se hacía agua al recordar su aroma. Tal vez era el hecho de que la rabia que sentía, le hacía necesitar hincar sus colmillos en una piel tersa y masculina, o quizás era simple costumbre. Lo único que sabía, era que necesitaba tenerlo.
Cuando llegó a su departamento él continuaba despierto, y lo pudo ver sentado en una silla móvil frente a un computador portátil, leyendo muy atentamente documentos que ella no le puso atención. Vestía solo un pantalón holgado que seguramente usaba para dormir, dejando a la vista una buena armería de músculos bien marcados y tonificados. Iba descalzo, y usaba unos finísimos anteojos de armazón al aire que le ayudaban a poder ver con la luz de la pantalla, y además le hacían lucir más sexy de lo que era.
Jack no la oyó entrar, pero en cuanto Marianne se ubicó de pie detrás de él, él inmediatamente volteó a mirarla intuyendo que algo pasaba, y su expresión fue de total sorpresa.
—¡Vaya! Creí que no te volvería a ver —exclamó girando en la silla despreocupadamente, como si no fuera consciente de lo que ella era capaz de hacer, sobre todo cuando esa mirada podía decir más de lo que aparentaba.
Marianne no respondió, y en vez de eso su mirada lo traspasó, preguntándose a la vez si alguna vez alguien como Jack se interesaría por ella, o si tan solo existía una persona para ella, como su hermana tenía… aunque ni siquiera se lo mereciera.
Recordaba que él ni siquiera se había interesado por ella más allá de su trato, y tampoco le había preguntado sobre cómo era su vida, cómo se sentía ser como era, y ninguna de las preguntas que Robert insistía en hacerle a su hermana. Lo único que preguntaba, era como atrapar al actor y a Katherine.
¿Es que acaso nunca podría importarle a alguien antes que a su hermana?
—Tendrás que darme más información si quieres destruir a Katherine Jacobs —dijo sin tomarle importancia a su potente mirada—. Por más que he buscado sobre ella, aún no e podido encontrar nada concreto —continuó—. Todas las referencias de ese nombre son simples comentarios, de los que ni siquiera la mitad corresponden a ella… Y solo si es que hay alguno que corresponda.
—Tienes que esforzarte más —soltó sin más con la voz punzante y fría.
—Vamos, nena. Soy solo un fotógrafo con acceso a google —se quejó meciéndose en la silla, mientras jugueteaba con un bolígrafo en sus labios, al tiempo que esbozaba esa arrogante sonrisa que ya había visto antes—. No me puedes pedir lo que haría un federal, o un mago. Tienes que darme más.
Darle más. Cómo quería darle más en ese momento. Lo único que quería era darle una buena lección y olvidar lo que había escuchado. Sentir ese abdomen duro contra ella, y no sentir nada más. Y fue eso mismo lo que la hizo tomar más a en serio sus deseos.
—¿Quieres más? —lo desafió sin apartar su mirada al ignorar sus bromas, y sin esperar a que le respondiera, lo tomó de los hombros atrayéndolo hacia sí misma para luego besarlo exigentemente, entregándose por completo a lo único que era capaz de sentir en esos momentos.
Jack tardó en reaccionar ante la ardiente y exótica boca que lo reclamaba. Ella era hermosa, y él lo sabía, pero por sobre todo, era desafiante, y jamás se imaginó que sería capaz de hacerlo reaccionar de la manera en que lo estaba haciendo.
En ese mismo instante, deseó tenerla por completo a su merced y tocar hasta el último centímetro de su cuerpo.
Se quitó los anteojos con dificultad y se apresuró a tomar a Marianne de su cintura con fuerza, sintiendo como su cuerpo podía tocarla más allá de lo que se veía a simple vista.
Él jamás se preocupó de las relaciones que nunca quiso comenzar, por lo que era un ser libre que vivía y disfrutaba de todo. Solo cuando necesitaba sentir el aroma y la sensación de la piel femenina friccionándose contra la suya, eran los momentos en cuando ocupaba los encantos que lo habían galardonado como un conquistador empedernido cuando estaba en la universidad, y de esa manera, se llevaba a la cama a la mujer que quería para satisfacer sus necesidades.
Pero esto era totalmente distinto.
Desde el primer momento en que la vio, pudo sentir la fuerza sensual y provocativa que la rodeaba; cuando le hablaba, cuando lo miraba, cuando lo tocaba. Parecía que cada momento fuera un momento previo a lo que nunca imaginó que ella le estuviera dando. No es que se sintiera insuficiente, pero sí se sentía intimidado.
Podía sentir su furor en aquellos apremiantes besos que lo dejaban sin aliento, y pronto los envites de sus roces iracundos fueron abriéndose paso desde la excitación, a la lujuria desmesurada que no daba tiempo de pensar con claridad.
Con sus brazos, y sin separar sus labios, la levantó tomando sus piernas para colocarlas una a cada lado de sus caderas. Ya necesitaban embestirla y azotarla contra la cama, como nunca antes lo había sentido. Jadeos profundos y gemidos sordos comenzaban a escucharse por el departamento, impregnando cada pared con una naciente pasión, y aquellos sonidos solo pudieron interrumpirse por el sonido del choque de dos cuerpos en contra de las mismas, acompañándose luego, con el de sus propias ropas cuando cayeron al suelo con suma desesperación.
Se miraron brevemente, cada uno viendo el fuego descomunal en los ojos del otro, y luego volvieron a besarse, sintiendo como un tumulto de pensamientos se enredaban con el repentino deseo.
Marianne convirtió toda la ira que había sentido hace un momento, y las calientes caricias desenfrenadas que recorrían su cuerpo, parecían ser un consuelo para ella, pero a la vez una tortura; la misma que le decía que nunca podría volver a sentir como era estar viva, y sentir el deseo y la lujuria sin la necesidad de beber la sangre de alguien, como en ese momento lo sentía cuando raspaba sus colmillos contra su cuello.
Jack, por su parte, no dejaba de pensar en que esto no era solo uno de sus tantos encuentros casuales, y el sabor de esa mujer lo único que hacía era volverlo loco; casi tanto como el hecho de que no decía ni una palabra. La seducción que lo tentaba, también era peligrosa, y percibía, aunque aún no se pudiese convencer del todo, de que cada beso y cada furioso ronce entre ambos, era un incesante jugueteo con la muerte para él.
Olvidaron su trato, que era solo obtener lo que cada uno quería, aunque esto perfectamente podría considerase un buen ejemplo de lo que cada uno quería. Olvidaron preguntas, olvidaron pasado, olvidaron futuro, lo olvidaron todo, y solo recordaban aprovechar el momento como si fuera el último.
Jack levantó el cuerpo de Marianne entre sus brazos nuevamente, sintiendo que de momentos estaba algo frío, pero esta vez se dejó caer con ella en la superficie de su cama, prometiéndose que la haría entrar en calor.
Masajeó sus pechos con rudeza y delicadeza a la vez, mientras que al mismo tiempo mordisqueaba sus pezones duros por la excitación, sintiendo como su cuerpo se movía bajo el suyo. Recorrió cada centímetro de su cuerpo con sus manos, llegando a la altura de su trasero en donde con ímpetu, atrajo su pelvis hacia sí mismo.
Marianne acariciaba su cuello rozando sus dedos por todas partes, deslizándolos por su espalda, bajándolos firmemente, con cuidado de no clavar sus uñas en su piel, sobre todo cuando lo sentía mordisquear la suya con tanta destreza.
Las manos de Jack comenzaron a bajar con lentitud por su cuerpo. Sus dedos rozaron su centro húmedo, deleitándose de lo que había provocado en ella.
Estaba lista para recibirlo.
Después de acariciar su sexo unos momentos más, aprovechándose de los ardientes sonidos que salían de sus labios ligeramente entreabiertos, deslizó su mano y sujetó su pierna para levantarla levemente, dejándole libre acceso para deleitarse con el cuerpo que deseó, mientras que con la otra guiaba su miembro hinchado dentro de sus más íntimas, húmedas, y calientes profundidades.
Era increíble como su temperatura se pudo haber elevando tanto y tan rápido cuando sintió su miembro duro e incandescente entrar con lentitud y fuerza a través de su cuerpo. No había comparación a nada, y solo pudo arquear su espalda hacia él por la nueva ola de vida que acababa de recibir, dejándose entrever a través de un fuerte pero ahogado gemido.
Sus embestidas se volvieron cada vez más salvajes, y sus gemidos salían desde lo más profundo de sus gargantas en cada exhalación, mirándose y desafiándose a poder sostener la mirada.
Jack veía repentinos flashes destellantes en sus ojos, y los cuales le parecieron fascinantes antes de que ella apartara la mirada, y se le acercara atrapando sus labios nuevamente. En un confuso movimiento, Marianne pasó a morder con demasiada fuerza su labio inferior, dejando de inmediato fluir de la herida el excitante líquido rojo que se resistía a probar de él.
Él se sobresaltó por el pequeño dolor, pero no le tomó importancia al haber algo mejor y más importante debajo de él, moviéndose a su ritmo, ahuecando su trasero de una forma increíble que lo hacía querer atravesarla con su miembro, y oírla gritar su nombre.
Pero para ella, el solo hecho de tocar esa sangre, la hizo gemir con más fuerza y desesperación. No lo quería morder, pero no era capaz de ir en contra de sus instintos en ese instante. Buscó su mirada apartándose unos centímetros, y él pudo ver en ella sus labios rojos por un líquido que era suyo.
—¿Todavía no crees en vampiros? —logró decir contra su piel, pero Jack no tuvo tiempo de reaccionar ante sus palabras antes de sentir como los labios de Marianne bajaban hasta la base de su cuello, en donde sus colmillos perforaron la delicada piel, dejando fluir el deleitante néctar.
Jack soltó un quejido de dolor, pero solo fue antes de comenzar a caer en el efecto de lo que estaba viviendo. Sus manos temblaban, y sentía algo extraño que iba desde el pecho recorriéndolo hasta su bajo vientre.
Sus embestidas se hicieron más lentas, pero la intensidad iba aumentando, sintiendo que en cada una, podía tocar un poco más allá de su interior. Sintiendo que con cada envite, llegaba cada vez más cerca de la gloria. Sintiendo que nunca antes se había sentido así con una completa extraña.
Eran casi dos completos extraños que pactaron el bien del otro en su propio beneficio, sin importarle las consecuencias irremediables que pudiesen traer sus actos.
El último gemido fue el más libidinoso que Marianne hubiese escuchado de sus propios labios, y Jack por su parte, no había escuchado canto más excitante que se uniera a la exhalación ronca de un orgasmo y su clímax.
Cada uno tocó lo más alto del otro, y los espasmos experimentados hicieron sonar la quejumbrosa cama.
Jack lanzó su ímpetu en contra de ella, y sintió como los colmillos salían de a poco de su cuello, pero no con dolor, sino que más bien, con deleite, incapaz de creer lo que acababa de vivir. Incluso con diversión, pensó que había conocido el nirvana.
Ella calmó su respiración con dificultad, después de lo que acababa de hacer. Esa sangre tan deseable y tan exquisita, había provocado que por un momento se cuestionara el hecho de matarlo. Era tan embriagadora, que no quería apartar sus labios de su piel y dejar de beber, pero lo consiguió. Tal vez fue el hecho de que él le había dado algo casi tan bueno que se comparara, o tal vez que no quería manchar su expediente, pero apartó sus colmillos de su cuello, y dejó que su cuerpo se deshiciera en respiraciones acompasadas, a la vez que el cuerpo de Jack hacía lo mismo, caliente y sudoroso sobre el de ella.
La explosión de emociones que sentía de él era tan grande, que la confundían, y ni siquiera se percató de que tenía intenciones de hablar.
—Así que, vampira, ¿eh?
Los días de Marianne pasaron entre pesadillas que la llevaban al pasado, risas que Jack le robaba de pronto con sus preguntas, y por sobre todo, largas horas de esperar a Katherine y a su novio.
Bueno, no tantas. Solo eran unos momentos en la habitación del segundo piso o en el patio lateral escuchando, antes de que comenzaran a revolcarse. Realmente le revolvía el estómago y le hervía la sangre.
No era Marianne quien predicaba castidad y profesaba culpa, precisamente. Y ahí la veía a ella, como si nada, y más encima, ni siquiera le daba tiempo para acercarse al actor.
La primera noche después de haberlos escuchado a ambos por primera vez, notó que el actorcito nombraba bastante el nombre de un tal Balthazar, pero su hermana siempre zanjaba el tema dejándolo en jaque.
Balthazar…
Percibió que le temía a ese nombre, y se le ocurrió que tal vez lo podría utilizar en su contra. Ella no sabía de quién se trataba; no lo conocía y recordaba que jamás había escuchado hablar de él antes, ni siquiera cuando estaba por algún tiempo alrededor de Katherine, así que decidió que de eso se encargaría Jack.
Cuando llegó a su departamento, y aunque a veces él también se instalaba afuera de la casona sin que supiera que ella estaba allí, esa noche él estaba durmiendo plácidamente. Se había arrojado sobre la cama a medio vestir y no se había quitado sus anteojos aún. Su ordenador portátil estaba con la tapa baja, pero aún seguía encendido, así que fue hasta la silla que él utilizaba y en la que acostumbraba a mecerse y trasladarse de un lado a otro, y levantó la tapa nuevamente para ver qué estaba haciendo… Solo por simple curiosidad.
No entendía mucho de tecnología, y se sorprendió un poco cuando la pantalla sonó al encenderse. Esa era una gran desventaja de aquellos aparatos: jamás podrías predecir cómo funcionaría, a diferencia de un humano.
Al menos sabía leer.
En la pantalla estaban los primeros indicios de una Katherine Jacobs nacida en 1881 en Nueva Orleans, y su mirada se iluminó de inmediato porque al fin Jack pudo conseguir algo. ¿Cuántas personas con ese nombre podrían existir en ese tiempo tan importantes como para figurar?
—Lo acabo de encontrar —escuchó de pronto a sus espaldas, y también se sorprendió por haberla tomado desprevenida, pero le echó la culpa al estar absorta en el texto que recién había comenzado a leer.
Jack seguía de espaldas recostado en la cama, y se comenzaba a quitar sus anteojos para dejarlos encima de su velador. Tenía el cabello revuelto, bostezaba, y no se veía sorprendido por verla allí.
—Bien, ahora sabes que ella existió —dijo volteándose para verlo de frente, sin evidenciar lo que acababa de suceder, pero también imaginándose y queriendo revolcarse en esa cama nuevamente con él.
—Pero aún no sé si es la misma —refutó sentándose con las piernas cruzadas—. No hay ninguna foto de ella que lo compruebe.
—¿Aún no me crees? —inquirió sorprendida de que quisiese más pruebas, pero él no es estaba hablando de lo mismo.
—Claro que sí te creo, pero si quieres que haga mi parte del trato, necesito algo que le demuestre a los demás que lo que diga es cierto —le explicó—. No creo que quieras acostarte con todo el que dude de tus palabras…
Marianne arqueó una ceja ante su proposición, ya que si eran todos como Jack, no tendría ningún problema en demostrárselo a cada uno.
—¿O si? —agregó haciendo la misma mueca que ella.
—No seas payaso —soltó arrojándole un cojín que estuvo a su alcance, y el cual él esquivó riendo.
Jack se sentó a la orilla de su cama para estar más cerca cuando hablaba, y comenzó a recordar cosas de las que había en el documento abierto en la pantalla de su ordenador portátil; las mismas que pensó antes de quedarse dormido. Sentía curiosidad por algunas cosas que descubrió cuando estuvo investigando, y Marianne se percató de inmediato de lo que sucedía.
—¿Hubo algún problema en lo que averiguaste? —le preguntó de improviso, siendo él el sorprendido ésta vez.
—No —respondió de inmediato—, es solo que me preguntaba… ¿cuál es tu apellido? —agregó.
¿Su apellido? Extraña pregunta para tanta inquietud, y aunque se sintió bien de que se interesara por ella, luego recordó lo que eso podía significar.
—¿Por qué lo preguntas? —inquirió meciéndose en la silla.
Ahora entendía por qué él lo hacía tanto.
—Katherine Jacobs tenía una hermana —respondió con cautela, y sus sospechas fueron fundadas.
Claro. Era por ella. ¿Por qué otra cosa se iba a interesar?
—Ella se llamaba Marianne, al igual que tú —agregó escrutándola con la mirada—. ¿Eres tú? ¿Tú eres aquella Marianne, su hermana mayor?
—Yo no tengo hermanas —soltó de inmediato con recelo, que en otras palabras, Jack lo tradujo como una afirmación a su pregunta.
Ahora, lo que no entendía, era por qué estaba maquinando todo esto en contra de su propia hermana. Es familia, ¿no? Y las familias se protegen entre ellos.
Aunque él nunca tuvo hermanos para comprobarlo, lo sabía, por lo tanto, y sin ponerlo en duda, algo muy grave debió de haber pasado entre ellas para que percibiera tanto odio de parte de Marianne hacia su hermana.
—¿Qué pasó entre ustedes? —preguntó ignorando su respuesta, pero ella no iba a responder, en vez de eso, volteó hacia la pantalla nuevamente para ver con disimulo en dónde la mencionaban.
La información era una recopilación de hechos, y la mayoría era de la misteriosa desaparición de las dos únicas hijas de un importante hacendado de Nueva Orleans: Arthur Jacobs, su padre. Ahí la mencionaban como la segunda desaparición meses después de la de su hermana menor, Katherine.
Tuvo una punzada de dolor en el pecho cuando se enteró más de lo que ella misma se había negado a saber. Cuando se fue de Nueva Orleans, nunca quiso volver a encontrarse con nada que le recordara al pasado, pero Katherine se había encargado de hacer aquello cruzándose en su camino varias veces.
Sintió que Jack insistiría preguntando, pero antes de le diera oportunidad, giró hacia él otra vez para encararlo, sin mostrar lo doloroso que era leer de su padre; aunque fueran un par de líneas.
—Necesito que averigües algo sobre alguien más —dijo finalmente, y no quiso tomar en cuenta la próxima protesta de Jack por ignorarlo.
—¿No me contestarás? —preguntó él.
—Eso no importa, ¿puedes hacer lo que quiero, o no? —exigió, y Jack se dio por vencido aquella vez por averiguar algo más, pero solo esa vez.
Su gen de encontrar lo más oculto de las personas no era algo que pudiera ignorar tal fácilmente, de hecho, por algo había elegido aquella odiada profesión.
—De acuerdo, ¿de qué se trata? —siguió, y Marianne se conformó por dejarlo pasar.
—Se llama Balthazar, y necesito que averigües quién es él —le explicó.
—Eso es muy vano. ¿Hay algún otro dato? —preguntó—. ¿Sabes el montón de personas que existen con ese nombre? Incluso aunque ese nombre sea anticuado.
—Es todo lo que tengo —reconoció—. Necesito saber si alguna vez hubo alguien con ese nombre involucrado con ella, sobre todo últimamente —agregó recordando que era algo que la atemorizaba en el presente, así que no podría ser alguien de hace muchos años, a menos que… a menos que fuera vampiro.
Su rostro se volvió inexpresivo de pronto. No había pensado aún en que pudiera ser uno como ellos, y si era así, sería difícil controlarlo, o imposible, en el caso de que fuera más poderoso que ella, y eso si solo tomaba en cuenta que pudiese encontrarlo antes que ellos. En el caso de que lo lograra, tendría que entrar a usar la persuasión para que la ayudara, pero tampoco sabía qué tipo de relación tendría Balthazar con Katherine, y si querría ayudarla.
Esto se volvía cada vez más complejo.
—¿Recordaste algo más? —le preguntó Jack contemplando su silencio, y solo en ese momento ella pareció volver a reaccionar.
—No. Solo es eso —respondió—. Quiero cualquier referencia a ese nombre en lo que averigües.
—A su orden, jefa —dijo con diversión, y decidió que dejaría las preguntas para otro día; uno no muy lejano.
Marianne se levantó de la silla y decidió que volvería a la casona, ya que aún debía encargarse del actorcito.
—¿Ya te vas? —le preguntó Jack cuando ella se levantó.
Aunque no le extrañó que pronto lo hiciera, mal que mal, ya se había acostumbrado a ese tipo de cosas, y tampoco creía que se sintiera cómoda cando él no dejaría de averiguar qué le había sucedido, y cómo ambas llegaron a convertirse en vampiros, y eso sin mencionar que Marianne le negó que tuviera hermanas.
—¿No quieres jugar un rato conmigo? —sugirió esbozando esa arrogante sonrisa que a ella le gustaba—. Hay unas páginas en internet con ideas bastante interesantes.
Marianne intentó sonreír honestamente por su ofrecimiento, y por unos momentos pensó en su propuesta, imaginando sentirse entre sus brazos nuevamente, pero se contuvo. Aún debía seguir con sus planes por el momento, pero solo para que aquellos lo trazaran a otro aún mayor.
Ahora, Jack la distraería.
—Lo siento, culo sexy —dijo conteniendo una sonrisa por su falsa mueca de ofensa—, pero tengo trabajo que hacer.
—No soy solo un juguete sexual —oyó que dijo cuando salía de allí, y con cierto dejo de broma en su voz al alzarla, agregó —. También tengo sentimientos.
En ese momento, en lo más profundo de ella, y aunque no lo quiso reconocer y jamás lo reconocería, quiso que de verdad él hablara en serio.
Marianne llegó a la casona, y esa noche se quedó atrapada en la habitación del segundo piso por esperar a que el actor saliera, ya que éste solo lo hizo hasta después del amanecer.
Eso sucedió por lo menos dos veces más.
Tampoco lo encontraba en su departamento cuando lo iba a buscar apenas se oscurecía, porque como supuso, había salido antes a ver a su hermanita. Al parecer, acordaron que él no saldría cuando el sol se hubiera puesto. Aunque lo que nunca entendió, eso sí, fue si acaso lo hacían por ella, o por el que se llamaba Balthazar.
Después de unas noches, decidió que perdía su tiempo espiándolos. Ya no podía insistir por ese lado, así que optó por seguir de vez en cuando a su hermana cuando salía dejándolo solo.
Hubiera aprovechado esos momentos para abordar al actor, pero sabía que si Katherine se enteraba de que sabía sobre su residencia, todo se pondría más complicado, y no lo dejaría solo ni a sol ni a sombra, restándole las nulas oportunidades que tenía, así que lo que más se repetía en esos momentos en su cabeza era la palabra «paciencia».
Cuando la siguió, reconoció que era bastante aburrido lo que hacía. Eran viajes al bosque, cazas de animales, y luego volvía a la casona en donde el actorcito la esperaba para… bueno, seguir con sus habituales juegos, de los cuales ella no se quedaba atrás, tampoco, ya que cuando se aburrió de seguirla, observarla, y no conseguir nada, terminaba por disfrutar unos momentos que Jack podía entregarle.
Era maravilloso. Más que cualquier otro mortal, y lo mejor de todo, es que no tenía que hacer nada para controlarlo ni inducirlo, porque incluso él mismo la deducía con sus encantos. Y tampoco hablaría, porque si no salió gritando cuando se convenció de lo que era, ¿por qué lo haría ahora? Además que ella no sentía ningún tipo de reacción de su parte que evidenciara una traición, y si es que eso llegara a sucede, solo en ese caso tendría que ocupar sus capacidades con él. Pero de momento, era grato vivir como lo más parecido a un mortal.
Por momentos temía olvidar su verdadero objetivo de estar allí, sobre todo al perderse entre sábanas y el aroma masculino de Jack, pero pronto, él mismo se lo hacía recordar cuando al pasar los días, cada noche le mostraba algo nuevo de sus investigaciones, aunque nunca supo quién era ese tal Balthazar que ya ni siquiera mencionaban.
Las sonrisas que Jack le dirigía, o a veces esas divertidas miradas después de tener sexo eran las que la perturbaban, y que a la vez le hacían temer que el fotógrafo le gustara demasiado; más de lo permitido.
Los días que lo conoció, descubrió que era inteligente, divertido, un verdadero galán, y ambicioso… Eso la aterró. No podía dejar que eso pasara. Tenía que volver a encontrar su norte.
Esa noche, en que aquellos pensamientos la amenazaban, salió molesta del departamento ignorando las preguntas que Jack le hacía. Esa misma tarde él había traído una revista de espectáculos de la semana anterior, y se la entregó para que la viera. Tenía la foto en donde salía el actor y su hermana, la que ella había visto en la televisión. La misma que él había tomado, y por la cual le habían pagado bastante dinero
Molesta por lo que le seguía viendo, la guardó en el cinturón de su pantalón y se encaminó a la casona, decidida a hacer algo. Decidida a obligarse a seguir con su plan, pero antes de llegar a su destino, vio desde lejos que Katherine salía a toda prisa de la ventana de su habitación.
La siguió. Era por ella por quien había venido. Y era por ella que Marianne estaba furiosa con una revista en su cinto como si fuera una espada.
Llegaron hasta el bosque nuevamente, y la vio comer.
¡Puaj! Sangre de venado. Completamente repulsivo.
El bosque estaba en total silencio, y supuso que era por la presencia de ambas, pero en ese momento se percató de que Katherine se había inquietado por algo. Tal vez la había sentido.
Extraño, porque nunca antes se había percatado de ella rondando cerca.
Vio como se detenía en medio de la nada, y comenzaba a mirar a su alrededor con la ansiedad y el miedo a flor de piel. Esas impresiones eran tan grandes, que por un momento pudo sentir cierto grado de ansiedad de su parte.
Estaba comenzando a caer en ese mismo efecto de alerta a su alrededor, pero para no caer en él, decidió que saldría de las sombras.
—Toc-Toc —soltó como cuando jugaban siendo niñas, y Katherine la pudo reconocer de inmediato.
Sintió tantas emociones de su parte en ese momento. Sorpresa, miedo, y varias otras que ella ni siquiera conocía, pero todas aquellas se quedaron en la alegría cuando sus ojos se encontraron con los de ella, y sus labios dijeron su nombre.
Katherine se acercó a ella con claras intensiones de abrazarla, pero su ira era tan grande al verla, que solo se apartó algunos pasos de su alcance.
—También es un gusto verte —espetó con sarcasmo y de manera desafiante, con su mirada fija en la de ella, esperando que cometiera algún error.
Sentía su mirada escrutándola de pies a cabeza, y se percató de un extraño brillo en sus ojos que no podía reconocer bien, pero aquello se interrumpió cuando sintió la ola de culpabilidad que emanaba de ella. Al menos, era consciente de lo que le había hecho.
—No me digas que ahora te alimentas de animales teniendo a un bombón a tu lado —soltó acercándose un poco, pero el mencionar aquello no pareció causarle el efecto que ella esperaba. Es más, seguía pensando en otra cosa.
—¿Por qué estás aquí, ahora? —le preguntó—. Se supone que nunca antes habías querido acercarte. ¿Por qué ahora?
Al parecer, su novio le había hablado de ella. Pero ¿le habrá dicho todo?
Quiso averiguarlo.
—Veo que el "chico Cullen" no se ha reservado nada —comentó rodando los ojos, pero no pudo evitar jactarse de lo evidente—, ¿o si? —agregó.
—¿Qué quieres decir?
Era obvio que no entendía.
—Veo que no —agregó sonriendo con ironía—. Pero ¿no te hace feliz verme después de tanto tiempo?
Ahora percibía la cautela de ella ante su persona, lo que le decía que comenzaría a actuar de la misma manera.
Su brillo en los ojos no cambiaba, y en ese momento, en el cual ya nada la podía desenfocar de su propósito, se percató del motivo de aquel efecto, porque aunque tuviera los ojos de un azul intenso, aquel refulgir no era normal como cuando uno se alimentaba, o cuando estaba excitado. Eso ya lo había visto antes; estaba enamorada.
Esto se pondría cada vez mejor
—Te he visto muchas veces antes, para saber que no es algo normal —le dijo tras hablar unos momentos, moviéndose alrededor de Katherine, disfrutando como la acechaba—. Ese mortal debe ser muy importante para ti, como para ir a su departamento y salir con él arriesgándote a que pudieran descubrir la mierda que eres. Además, el brillo en tus ojos aparece solo en los vampiros cuando están enamorados. ¿Lo estás, o me equivoco?
Marianne se dio cuenta de que Katherine no tenía idea de lo que decía, y la incertidumbre fluctuaba en hablar o mantenerse en silencio.
Le habló, pero solo eran preguntas que a ella no le interesaban, sobre todo cuando comenzó a disculparse como antes lo había intentado hacer. Era realmente lamentable. Tanto, que le provocó soltar una risa carente de emoción más allá del rencor.
¿Acaso se trataba de autocompasión?
—Aún así ya te cansaste de ser odiada —le dijo ante sus inútiles disculpas—, de pasar tu eterna existencia disolviéndote entre tu patético arrepentimiento por lo que me hiciste.
Y no solo lo que le había hecho a ella, sino que también a los que ella quería.
La atacó con palabras que una venganza justificaría la crueldad de ver aquel golpe bajo en ella.
—Marianne, por favor —decía de todas formas—. No sigas. Termina.
—¿Terminar? —repitió son una sonrisa sin inmutarse por nada, disfrutando cada segundo de aquella mirada agónica.
Todavía tenía el anillo que era de Thomas, el que se supone que debía haber sido para ella, y no iba a desperdiciar lo que aquello podía entregarle.
—Esto recién está comenzando —agregó apretando sus puños—. ¿Sabes por qué se suicidó tu querido Thomas?
Y ¡bang! Ahí comenzaba de nuevo. Atacándola para saborear su culpa.
—¿De verdad creías que él se había suicidado porque pensaba que tú no lo querías? —se burló recordando lo cobarde que había sido Thomas cuando Katherine fue hasta su habitación el día de su cumpleaños, pero también recordando que por lo estúpido que había sido, se suicidó-
—Tú me lo dijiste —habló confundida
—Bueno, es cierto —comentó regodeándose—, pero no esperarías que te dijera la verdad cuando yo creía que estabas viva, ¿o si?
Aún recordaba lo que le había dicho la primera vez que la vio de nuevo.
—¿La verdad? —repitió frunciendo el ceño.
—Así es —comenzó con el mismo semblante—. ¿Recuerdas la mañana de mi cumpleaños, antes de que desaparecieras?
Vio como su expresión la hacía recordar, y se preguntaba qué tanto podía hacerlo al ser tan tonta que hasta Meme, la sirvienta, lo sabía y ella no.
—Lo recuerdo —contestó finalmente.
—¡Perfecto! —soltó sonriendo—. Digamos que Thomas me estaba dando su propio regalo de cumpleaños.
La impresión cayó encima sobre ella, y le provocó reír. Si todo lo que sucedió no hubiera sucedido, ella estaba segura de que las cosas podrían haber sido iguales, y ella nunca se enteraría.
—Él se iba a casar conmigo… —balbuceó mirando a la nada, afectada por lo que le acababa de decir, pero también recordándole cómo sucedía todo.
Él no amaba a Katherine, y ella lo sabía, pero aún así prefería casarse con ella porque era la mano que su padre le había ofrecido, además que ellos se conocieron después de que volviera de vacaciones.
Pero ¿por qué no arrepentirse?
Por simple ambición. Por conseguir sus propósitos.
—«Thomas, ¿tú me amas?» —recordó como le había preguntado una noche en que él se había escabullido hasta su habitación.
—«Por supuesto que sí, preciosura» —le respondió el apuesto hombre desnudo junto a ella en su cama—. «Nadie podría hacer lo que tú haces».
—«Si es así, ¿por qué no la dejas y te casas conmigo?» —preguntó como otras veces, recostándose en su pecho—. «Yo soy todo lo que necesitas».
—«Ya hemos hablado antes de eso, Marianne» —le contestó evitando su mirada—. «¿Sabes lo que haría tu padre si dejo a Katherine por ti? Jamás lo permitiría».
—«Pero no nos hace falta. Podríamos huir solos, tú y yo» —insistió observándolo esos oscuros ojos que la habían hipnotizado desde el primer momento, buscando su amor.
Pero lo que encontró en ellos, fue algo que no le hubiese gustado saber.
—«¿Estás loca?» —lanzó apartándose de su abrazo para ponerse de pie.
Le dio la espalda y comenzó a vestirse.
—«Perdería todo lo que he conseguido hasta ahora» —dijo abrochando sus pantalones—. «Adiós a mi apellido. Adiós dinero. Adiós todo —concluyó encarándola».
Aún así, nunca logró obtener nada.
Al recordar todo aquello, inconscientemente también se cuestionó si esa ambición era la misma que percibía en Jack.
—No me lo recuerdes —soltó disgustada—. Siempre le convino casarse contigo antes que conmigo, además que nuestro padre ofreció tu mano, no la mía, y no iba a negar la oportunidad que le daban. Debo reconocer que era bastante interesado —reconoció antes de que una idea asaltara su mente inundada de rencor—, pero que fuera un buen amante lo compensaba todo. ¿Por qué creerías que se enamoraría de una simple niñita como tú?
Otro asalto, y se seguía aprovechando de Katherine. Sabía que los recuerdos eran los que más la torturaban.
—Yo era una mujer y eso era lo que él quería —continuó burlándose—, y definitivamente nada ha cambiado —y ahí tenía una carta bajo la manga—. Solo que ya no es Thomas, ahora es ese actorcito, ¿cómo se llama? —se detuvo al ver una fracción de segundo su reacción—. ¿Robert?
De inmediato vio como sus ojos llamearon de ira.
—¡No te acerques a él! —le gritó.
Nunca la había visto tan enojada, y eso la divirtió bastante.
Como si pudiese hacer algo para detenerla. ¿Con lo débil y cobarde que era? Desde niña; siempre llorando. Nada cambiaría.
Entre más se burlaba, más la alteraba.
—Vete —le ordenó como si su palabra pudiera influenciarla en algo, aunque si la molestó.
No era quién para darle órdenes, ni por mucho que se riera.
—Si no querías que te encontrara, ¿por qué te dio esa repentina obsesión de salir en todas las portadas de las revistas? —soltó con desprecio tomando la revista que tenía en su cinto para de lanzársela contra el rostro, y ella apenas la esquivó—. ¿Te gustó la fama?
Marianne vio como Katherine quiso golpearla, y eso la enfureció más. Jamás le iba permitir que lo hiciera. Nunca llegaría alguien que la hiciera doblegarse.
—Necesitarás algo más que tu simple fuerza para hacer que me vaya —le lanzó a la cara tras frenar su mano con fuerza, sin soltarla—. Recuerda que fuiste tú quien me hizo así, por lo tanto ahora tendrás que atenerte a las consecuencias.
Apartó de golpe su mamo soltándola con fuerza, y aquel movimiento la hizo trastabillar hacia atrás, pero aún así no se daba por vencida, como si con palabras pudiese conseguir algo más.
—No te acerques a Robert —repitió, pero por un momento había olvidado quién era Robert.
Cuando lo recordó, también recordó que lo iba a alejar de ella, y Katherine sería consciente de todo lo que haría.
—No me importa cómo se llame, y con que sigas repitiéndolo, no significará que lo vaya a hacer —la retó—. Decláralo como el comienzo de nuestra pequeña gran batalla, "hermanita" —concluyó con sarcasmo alejándose de ella, deseando en ese momento estar lo más lejos posible de ese lugar. No verla, no sentirla, y que ojalá nunca hubiera nacido.
Ese encuentro había sido gratificante, pero además, sumamente irritable. Creyó que cuando le dijera unas cuantas cosas, tendría algo de paz, pero aunque la satisfacción de ver su molestia la complacía, no era lo que ella esperó.
A bastantes metros de allí, se detuvo en un lugar en donde no pudiera sentirla, en donde pudiera pensar y tragar la amargura que tenía en su garganta, pero el silencio apremiante que la comenzó a rodear en ese instante la colocó nerviosa. Era un nerviosismo inexplicable, extraño, y que a la vez le hizo recordar lo que emanaba de Katherine hace algunos momentos.
Pensó que tal vez estaba paranoica por lo que acababa de hacer y lo que acababa de decir, y por eso no supo controlar su ansiedad; traduciéndola a lo que sentía. Como no quiso continuar sintiendo aquello, decidió que sería mejor volver a la casona para escuchar cuando volviera. A pesar de la rabia, sabía que cualquier cosa podría servir.
Al llegar a sus destino, se percató de que incluso había llegado antes que Katherine, y que además, al igual como las últimas semanas, su novio estaba allí.
Podría habérsele acercado, pero decidió que escucharía sobre qué hablarían primero.
Se sorprendió de inmediato de la terrible ansiedad y angustia que emanaba ese mortal mientras oía sus pasos al pasearse de aquí para allá. Había descubierto de la manera más grafica el sentimiento de que Katherine estaba enamorada, y fue más que obvio que el humano también. Tal vez por eso fue que no pudo influirlo cuando lo intentó. Ese debía ser un muy buen motivo, y no que ella estuviera perdiendo sus poderes.
Todo le dijo que sería divertido seguir, y que disfrutaría de gran manera separarlos. Lo único que esperaba era que cuando todo esto terminara, ella pudiera sentir la paz que no sintió hace unos momentos.
De pronto, cuando ya se estaba aburriendo, pasos se apresuraron hasta la ventana, y que con lo que escuchó luego, su hermana por fin había llegado.
¡Aleluya!
»—¿Por qué tardaste tanto? —escuchó que decían el humano con premura—. ¿Sucedió algo? Estaba preocupado por ti.
¿Preocupado? ¡Pero si solo había salido unas horas!, pensó con burla. ¡Bah!. Otro melodramático para integrar al club.
»—Solo me encontré con alguien —escuchó la respuesta de su hermana, pero tan imperceptible que apenas la pudo escuchar.
Sin duda lo que habían hablado la afectó.
»—¿Con alguien? ¿Balthazar? ¿Te hizo algo? ¿Te dañó? —escuchó de inmediato en respuesta, y ese nombre la alertó.
Después de todo, ese Balthazar si era importante, y a ambos los ponía alerta. Iba a insistir en que Jack averiguara.
Con aburrimiento descubrió que no tardaron nada para enfrascarse en cursilerías que la harían vomitar si fuera otra la situación, y mucho menos se demoró en contarle lo que habían hablado.
Si ella le tenía confianza para decirle las cosas, era evidente que él no hacía lo mismo. Tal vez por miedo, porque en ningún momento se percató que él hubiese hablado alguna vez de los detalles de su conversación.
Cuando Katherine le dijo lo que Marianne quería, ella misma se sorprendió de la seguridad con que él habló luego sobre ella. Si tan solo supieran que Marianne estaba escuchándolos en ese momento, quizás pensarían más antes de hablar.
»—No te preocupes, amor, que eso no ocurrirá —le dijo, y Marianne estaba atenta recostada sobre un mueble con los brazos cruzados detrás de su cabeza—. Yo solo quiero que tú me tengas.
¡Puaj! ParaMarianne, esto estaba siendo peor que beber sangre de animal.
»—Pero nada —continuó ante un «pero» inconcluso de Katherine—. Ella está cegada por el odio de algo que en realidad tú no tuviste nada que ver, y pronto ella se dará cuenta de todo lo que ha hecho, así que ahora no te envenenes más. Ya sufriste bastante por mucho tiempo, y lo que pasó hace más de cien años ya no vale tu condena. Es el ahora lo que importa. Y en cuando a mí, ella no podrá hacer nada para separarme de ti. ¿Lo entendiste?
Marianne quedó aturdida por unos momentos. ¿Cómo él podía decir aquello sin conocerla, sin saber toda la verdad? ¿Y cómo, más encima, creía a Katherine como la victima de todo aquello? ¿Qué había de ella? ¿Qué había de todo lo que Marianne había pasado? ¿Que acaso, a nadie le importaba lo que pudo sentir? ¿Acaso tuvo que ser una débil niña desde el principio para que alguien se preocupara por ella una sola vez? ¿Acaso tenía que arruinarles la vida a todos quienes la rodearon para una vez ser importante?
Se fue de la habitación sin importarle que alguien la sintiera, y de camino aplastó una araña con su tacón, como si aquel animal hubiese tenido la culpa de todo.
Abordó a un adolescente y su amigo cerca de un parque a unas cuantas cuadras de la casona, y su enojo lo tradujo clavando sus dientes en el rubio chico que parecía jugador de futbol americano.
El olor a tabaco le molestó, ya que le recordó a Katherine y a sus vicios, así que no se detuvo mayor tiempo en ellos antes de seguir su curso.
Faltaba aún para el amanecer, pero por esa noche decidió que no volvería a la casona, y en vez de eso, optó por apresurar las cosas. Tomó su nuevo teléfono celular, y marcó el número que Jack le había dado, pero solo después de varios toques, él contestó.
—Jack, habla Marianne —soltó sin esperar un saludo.
—¡Vaya! ¿Pero ahora, quién no tiene modales? —se burló con la voz impregnada de pereza. Lo acaba de despertar—. Espero que sea importante, porque me despertaste de un ardiente sueño contigo —agregó antes de reprimir un bostezo.
Marianne se dio cuenta de que, a pesar de lo furiosa que se encontraba, estuvo a punto de sonreír al escucharlo.
—No te hagas el payaso —lanzó en tono frío—. Será mejor que traigas tu culo sexy a la casona antes de que amanezca. El actorcito no debería tardar en salir.
Escuchó unos momentos al otro lado de la línea, pero no decían nada.
—Su auto está en la esquina oeste de la dirección, junto a un gran árbol, así que tú deberías hacer lo que tengas que hacer —continuó, recordando que Jack ya tenía bastante información como para comenzar a asustarlo—. Tú ves cómo lo abordas. Yo solo quiero que entregues a Katherine Jacobs tal como es. ¿Me oíste? —concluyó sin detenerse más.
Jack guardó silencio otros segundos, seguramente asimilando lo que acababa de escuchar.
—¿Hablas en serio? —preguntó finalmente, y aunque no estaba a su lado para poder percatarse de sus emociones, el tono de su voz se inundaba de emoción.
—Por supuesto que sí. No me gusta perder mi tiempo —respondió—. Ahora iré a dar un paseo y te veré en tu departamento más tarde, cuando hayas hecho tu trabajo.
Y en realidad esperaba que todo saliera bien.
—Perfecto. Nos vemos —escuchó al otro lado de la línea, y esta vez fue Marianne quien guardó silencio esperando por algo que ni ella conocía muy bien.
—Como sea —fue lo único que dijo antes de colgar.
Regresó el celular a su bolsillo, y se sentó en la acera hacia la calle en donde no pasaba ningún vehículo a esa hora. Estaba pensando, y era lo único que hacía mientras miraba las estrellas, tratando de recordar el nombre de al menos una constelación, pero se dio por vencida cuando el tumulto de emociones la seguía torturando. Por fin estaba consiguiendo algo después de dos semanas de estar en esa ciudad, y después de más de cien años de esperar, pero aún así no se sentía como creyó que se sentiría al estar a pasos de una esperada revancha.
Su madre le dijo que la cuidara, su padre le dijo que la cuidara, pero la vida se encargó de demostrarle que solo debía acabarla.
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