Hola, volví!

ah, y gracias por el review!

Capítulo 20:

ASESINA O INOCENTE

Robert

—¿Esa sangre es para tu novia, la vampira?

¿Acababa de escuchar bien? Tenía que ser una broma.

Ni por más que quisiera convencerme de lo contrario, las palabras que acababa de escuchar, no se borrarían de mi memoria. Se repetían una y otra vez, y a pesar de lo imposible que fue escucharlas, yo había oído bien.

Pero, ¿cómo lo supo? ¿Lo dedujo solo por una botella de… sangre?

¿Cuánto tiempo tratando de ser cuidadoso después de haber cometido un error? ¿Cuánto tiempo preocupándonos del tal Balthazar? Pero ahora, por un descuido, había alguien que sabía lo que había tratado de ocultar por tanto tiempo.

Y encima de todo, ese tipo era un paparazzi.

¿Coincidencia? ¿Mala suerte?

Él desconocido continuaba sujetándome del brazo, y no borraba esa sonrisa de triunfo de su rostro. A falta de palabras, me estaba diciendo que me tenía en dónde quería.

Por inercia, y ya que no sabía qué más hacer, hice lo que cualquiera en mi caso ya que, después de todo, guardaba la supuesta evidencia bajo mi chaqueta. Me solté de su agarre con cortesía encima de los nervios que me apresaban y me tenían paralizado de la angustia, y le devolví la misma sonrisa.

—Disculpa, pero no sé a qué te refieres —dije fingiendo inocencia.

Me di la vuelta y comencé a caminar a mi auto cuidando de no dejar caer la botella que llevaba, pero él de nuevo me volvió a atajar; ésta vez, atravesándose en mi camino.

—Oh, vamos —soltó riendo, ajeno a cualquier cosa que nos rodeara—. ¿No sabes de lo que te hablo?

Por supuesto que sabía a qué se refería, pero no era algo que me gustaría aceptar ni en un millón de años.

—Me refiero a tu novia y a la sangre que, seguramente, es para ella —agregó.

Miré de inmediato en derredor ante sus acusatorias palabras, pero por fortuna, solo éramos él y yo.

—Insisto: No sé a qué te refieres —seguí con mi pobre excusa.

—Okey. Lo quieres hacer de de ese modo —soltó acomodándose la cámara fotográfica a un lado.

Al menos no me "dispararía" con ella.

—Me refiero a Katherine Jacobs, de padre norteamericano y de madre inglesa. Nacida en Noviembre de 1881 en Estados Unidos, y desaparecida en 1900 —comenzó demasiado seguro de sí mismo, como si se lo hubiese aprendido todo de memoria, y a la vez llamando más mi atención.

Él sabía más de lo que me imaginaba, y con cada palabra que decía, parecía que mis ojos fueran a salir de sus orbitas por la sorpresa y la conmoción. Todo lo que él decía era verdad, y lo recordaba muy bien al saber lo que Katherine me contó de ella.

Miraba con miedo a todas partes nuevamente a través de los oscuros anteojos que llevaba, esperando que de la nada alguien saliera con una cámara de video, y se formara un desagradable espectáculo por lo que ocurría.

Pero ahí, él no terminaba.

—Posteriormente, aparece una conocida violinista de los años 40's con las mismas características, y en donde no solamente sospecharon de ella, ni nadie supo más sobre su paradero —continuaba regodeándose ante mi impotencia—, sino que también, los periodistas que la estaban investigando murieron en extrañas circunstancias al mismo tiempo que ella desapareciera.

¿Qué estaba diciendo? ¿Qué insinuaba?

—Pero eso no termina ahí —agregó fingiendo que se acababa de acordar de algo—: Ahora, en el año 2009, es vuelta a ver una mujer exactamente igual a las que te acabo de mencionar, y de la que nadie sabe nada. No tiene licencia de conducir, ni registros ni nada, y si es la misma persona que la Katherine Jacobs de 1881, ¿no se supone que debería estar muerta? —inquirió clavando su mirada en la mía con el claro triunfo en su expresión—. A menos, claro, que haya encontrado la fuente de la juventud, o claro, que sea un vampiro.

Lo había dicho todo, y aún más de lo que podía aguantar.

—Cierra la boca —solté tomándolo del brazo, guiándolo a mi auto para que así nadie pudiera oírlo (aunque ni siquiera hubiera alguien cerca).

El tipo sonrió triunfante y no le molestó subir al auto, es más, dio un sonoro y relajado suspiro pagado de sí mismo cuando se dejó caer en el asiento del copiloto.

—¿Quién eres? —exigí tras cerrar la puerta tras de mí al entrar, y quitarme el jockey y los anteojos que no pudieron protegerme de él—. ¿Qué quieres?

—Soy Jackson Orwell —respondió extendiéndome su mano para estrechársela, pero la rechacé sin mirarlo—, pero puedes llamarme Jack —continuó, y no pareció importarle mi irritación para continuar regodeándose—. Soy quien tomó las fotos de ti y tu novia en el restaurante hace algunas semanas…

—Maldito infeliz…

—Sin ofensas, por favor —me interrumpió en una sarta de maldiciones que comenzaba a decir.

Por él, habíamos tenido que pasar por un montón de problemas con Katherine.

—¿Qué quieres conseguir con esto? —exigí con la respiración descontrolada—. No basta con arruinar la vida de las personar a tu antojo, que ahora…

—¿Que ahora quiero arruinar la de una vampira? —volvió a interrumpirme desafiándome con su mirada, aunque eso no era lo que yo iba a decir—. No se trata de eso, mi amigo; es solo que ahora tengo una enorme historia en mis manos, nada más.

No sabía qué decir, con qué atacar, ni mucho menos qué hacer, así que volví a la ignorancia que había mantenido hasta hace unos momentos.

—Debes estar loco —me reí con nerviosismo, sabiendo en el fondo que no podía resultar—. No sé de qué hablas… y además… nadie te creerá.

Enarcó una ceja con un bufido antes de sonreír, lo que en otras palabras me dejaba claro que no me estaba creyendo.

—Si me creerán —dijo con la seguridad que a mí me hubiese gustado tener—. Tengo pruebas.

—¿Y qué pruebas podrías tener? —lancé con sarcasmo entre una corta carcajada que ni yo mismo me podría creer—. ¿Una foto mías comprando sangre? —agregué sacando la botella de mi chaqueta para dejarla en el asiento trasero.

Evité mirarla.

Jack arrugó la nariz con asco antes de comenzar.

—Bueno, eso no sería nada —comentó recobrando su expresión—. Aunque sí llamaría la atención ver al ídolo de adolescentes con sus extraños gustos… —se dijo más así mismo—. Pero en realidad, me refiero a los antecedentes que demuestran quien es ella realmente —volvió al hilo de su historia.

—¿Antecedentes? —repetí entre risas monocordes.

—Así es —respondió pensativo—. Serios estudios históricos han arrojado pruebas concluyentes acerca de lo que tu novia es, y deberían servir para demostrárselo al mundo.

No. Eso no podía ser cierto.

—¿No te parece grandioso? —se dijo riendo con una emoción que no podría entender—. ¡Un vampiro! ¡Con colmillos y todo!

Apreté mis puños alrededor del volante y apoyé la cabeza en el tablero, conteniéndome de golpearme contra él, o tal vez conteniéndome de golpear a Jack a mi lado.

Estaba atrapado, y nunca antes me planteé esta situación. Me enfrenté mentalmente a Balthazar, e incluso a Marianne, pero jamás a un paparazzi.

Maldición. ¿Qué se suponía que debo hacer ahora?

Jack

Aún recordaba la primera vez que vio Marianne cruzarse en su camino, y también la vez en que ella misma le propuso aceptar su trato, sin imaginarse todo lo que conseguiría a posteriori.

Esa madrugada, ella lo había llamado y le había dicho lo que, por tanto tiempo, había esperado. Le había dicho lo que quería escuchar; le había dado libertad para seguir.

Por fin lo tenía.

Salió en su vehículo a toda prisa y cuando llegó a su destino, efectivamente, allí donde le habían dicho que estaba, se encontraba el auto que se suponía era de Pattinson.

No debería dudar de Marianne, pensó con diversión.

Esperó en un lugar apartado con perfecta visión a su blanco, hasta que después de varias horas, y solo a la luz del día, lo vio salir. Le tomó algunas fotografías saliendo de la casona sin que se diera cuenta, y no sospechó nada mientras comenzó a seguirlo.

Pensó en atajarlo cuando llegara a su departamento, y ya comenzaba a planear alguna táctica para detenerlo, pero de improviso, y para su suerte, se estacionó frente a unos locales y entró a una… ¿carnicería?

Extraño, se dijo al principio. Tal vez quiere comer carne para el almuerzo…

Pero lo que le pareció extraño en un principio, después tomó sentido para él. No supo cómo, pero lo hizo, así que se bajó de su jeep y entró a la misma carnicería en donde Pattinson entró, y cuando lo vio, sus sospechas fueron más que esclarecidas. El dueño le estaba entregando una botella transparente con un líquido rojo.

¿Podía ser cierto? ¿Lo tenía tan fácilmente?

Lo siguió hasta la calle cuando salió, y lo detuvo para encararlo.

La expresión que vio en él le dijo que no se estaba equivocando, que había algo más allá en esa particular compra, y sobre todo cuando le dio un resumen de lo que ya sabía de su novia.

Todo, gracias a las pistas que Marianne le había dado sobre su propia hermana, además del trabajo que él mismo había hecho al investigar.

Y así estaba ahora ante sus ojos: desesperado, y sin saber qué hacer.

—¿Qué sabes? —le preguntó finalmente, abatido tras unos largos segundos de silencio con la cabeza gacha encima del tablero.

Le gustó que se lo preguntara; tanto como a un niño al que le piden mostrar su juguete nuevo.

Jack se acomodó en el asiento haciendo memoria, disimuladamente, de todo lo que tenía que decir.

—Bueno, como ya te lo había, su nombre es Katherine Annette Jacobs Deveroux, nacida el 27 de Noviembre de 1881 en la ciudad de Nueva Orleans, Estados Unidos. Tenía una hermana mayor, de nombre Marianne —decía palabra tras palabra viendo el efecto de ellas en Pattinson, pero a esas alturas volvió a preguntarse, como tantas otras veces, por qué había tanto odio de parte de Marianne, pero continuó—. Su padre era un importante hacendado de la ciudad, y su madre murió después de que ella naciera… Pero me imagino que eso ya lo sabes —comentó viendo si era necesario repetir todo de nuevo, pero no obtuvo respuesta alguna—. Desapareció de la nada el 12 de Octubre de 1900, y nadie volvió a saber de ella hasta 1943, en donde se convirtió en una importante violinista de la ciudad de Boston.

»Un periodista llamado Víctor Garland comenzó a investigarla alrededor del 46', siguiendo sus indagaciones por un año más —continuó llegando a la parte que lo ponía más ansioso… y nervioso—, pero él y su equipo murieron justo cuando nadie volvió a verla nunca más, desapareciendo nuevamente de la faz de la tierra.

En ese momento, Pattinson alzó la vista amenazadoramente para él, y no le cupo duda de que sus palabras lo tomaron de improviso.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó.

—¿No te parece extraño que, justo en el momento en que aquel periodista comenzó a sospechar de ella, él y su equipo murieran, y nadie más vuelve a saber nada más de la violinista? —ironizó la información que tenía, provocando la cólera del actor—. No sé si piensas lo mismo, pero aquellos hombres no murieron porque sí. ¿Quién sabe si se le paso la mano con una pequeña mordida?

—¡No hables así de ella! —lanzó de pronto alzando la voz—. No la conoces. Ella no es ninguna asesina.

—Yo no me fiaría si fuera tú —comentó seriamente—. Ya sabes, a veces la sangre te hace perder la cabeza.

En un rápido recuerdo, pensó en la sensación de cuando Marianne lo mordía, y que en cualquiera de esos momentos podría matarlo.

Con un escalofrío que recorrió su espina dorsal, apartó ese recuerdo para continuar. Lo miró atento viendo el efecto de sus palabras, pero Pattinson solo cerró los ojos con cansancio, después de mirar hacia la calle.

—Y como te iba diciendo —continuó regodeándose—, posteriormente nadie vuelve a saber de una tal Katherine Jacobs hasta éste año, en donde la vieron saliendo con nada más ni nada menos que "el galán del momento" —soltó con ironía—. ¿Y sabes una cosa? Las tres personas son la misma. ¿Me podrías creer que tengo fotografías de ellas?... Oh, perdón —corrigió evitando toser—: de "ella". ¿No es asombroso?

Podía sentir la respiración de Pattisnon violentándose a medida que pasaban los segundos, y no podía creer lo mucho que le estaba afectando. Oyó que tomó un fuerte respiro, y levantó la mirada otra vez, antes de que hablara.

—¿Cuánto quieres? —él exigió con agresividad, y sus palabras no pudieron menos que robarle una gran sonrisa por mencionarlo.

Se notaba que no tenía idea de lo que hablaba.

—Vamos… No somos de la mafia —se burló—. Además, lo que tú podrías darme no se compara a lo que obtenga cuando saque a la luz todo lo que sé.

—¿Por qué haces esto? ¿Por qué quieres dañar a alguien inocente? —le preguntó con una clara mueca de repulsión, como si él fuera la botella de sangre, pero por sobre todo pudo ver el dolor en sus ojos cuando habló.

Por un segundo se cuestionó lo que estaba haciendo.

Pero solo por un segundo.

—¿Inocente? —le preguntó—. ¿No te has puesto a pensar en toda la gente inocente que ha matado?

—Ella no ha matado a nadie —refutó marcando palabra por palabra con una frialdad que lo sorprendió y lo puso nervioso, pero aún así no se dejó intimidar.

—¿Y cómo puedes estar tan seguro? ¿Acaso estuviste con ella todos esos años para asegurarlo? —lanzó sin importarle lo que decía, pero de momento, se cuestionó nuevamente el caso de que no fuera totalmente cierto.

Nunca hubo pruebas que dijeran que Katherine Jacobs matara a esos periodistas, y solo lo aseguraba porque en eso habían quedado con Marianne.

¿Por qué seguía haciéndole caso?

Pero en el caso de que no los hubiera asesinado y solo fue un lamentable accidente lo que les ocurrió, fue imposible que Jack no se preguntara si alguna vez mató a alguien para alimentarse.

Cuando los vampiros se alimentaban de alguien, esa persona no moría por la mordida y él lo sabía perfectamente. Tenía los moretones que le hizo Marianne escondidos bajo la ropa para demostrarlo.

Si Marianne aseguraba que su hermana había matado, y a la vez era como ella, ¿no era una prueba de que podría ser inocente?

Él nunca se imaginaría a Marianne matando a alguien más; mal que mal, ¿cuántas veces había tenido su cuello a su merced?

¿Mataría ella alguien?

Robert

—¿Y cómo puedes estar tan seguro? —lanzó ante su protesta—. ¿Acaso estuviste con ella todos esos años para asegurarlo?

Cerré los ojos con fuerza tratando de contener la furia que se estaba acumulando dentro de mí.

¿De dónde había sacado éste tipo, tantas mentiras?

Katherine no era una asesina y no iba a permitir que él siguiera tratándola como una.

—Ella no es ninguna asesina —repetí mirándolo de frente—, pero si sigues repitiéndolo y si se te ocurre decir una sola palabra de lo que sabes, el asesino aquí será otro —lo amenacé tomándolo por la ropa, sintiendo el temor reflejado en sus ojos cuando hablé.

Rápidamente buscó la manilla de la puerta y se logró zafar de mi agarre antes de que pudiese hacer otra cosa; algo peor que solo amenazarlo.

Parecía que tenía costumbre escapando ante ese tipo de cosas.

Por el espejo retrovisor pude ver como corría hasta un jeep gris estacionado más atrás de donde yo me encontraba, y la vergüenza porque me hubiesen estado siguiendo sin darme cuenta me calló encima como un balde de agua fría. Ni siquiera lo sospeché.

El fotógrafo arrancó su jeep y pasó junto a mí haciéndome una seña con su mano. Un descarado saludo.

—¡Nos vemos, chico Cullen! —soltó abriendo la ventanilla, y aquellas palabras, más que una burla, me parecieron especialmente familiares, pero no recordaba de dónde.

—Púdrete —murmuré molesto, antes de tomar un profundo suspiro que pudiese tranquilizar de algún modo, lo que sentía.

¿Cómo una sola persona podía transformar las pocas cosas buenas que había conseguido en este tiempo, a algo luctuoso en tan solo unos minutos?

Si esto se sabía, no solo Katherine podía quedar en medio de todo escándalo, sino que también sería mucho más fácil para ese tal Balthazar, encontrarla.

Tomé otra profunda bocanada de aire y solo después de ese momento, recién pude encender el motor de mi vehículo y comenzar a conducir de vuelta a casa.

No podía dejar de pensar en lo que Jack había dicho… Palabra por palabra, como si las hubiese sacado directamente de un diario. Pero, ¿qué diario podría ser ese? ¿Cómo se había enterado?

Llegué a mi departamento, y me apresuré a guardar la botella que acababa de adquirir dentro del congelador, para después poder comenzar a pensar en qué debía hacer.

La primera idea que se me vino a la mente, fue decirle a Katherine lo que estaba ocurriendo. Advertirla, de algún modo, sobre el fotógrafo que sabía quién era y lo que era. Tal vez estaría más atenta y no se dejaría ver, o incluso encontraría una solución.

Tomé el teléfono celular que tenía en mi bolsillo dispuesto a decirle todo, pero cuando tenía su número en la brillante pantalla, un rápido aviso de mi inconsciente me hizo arrepentirme.

No podía permitir que otro problema la copara, sobre todo cuando ya había visto el efecto de todo lo que sucedió en estos días en ella. Todos aquellos recuerdos que no la dejaban tranquila, solo golpeaban su alma con más fuerza cada vez.

Pensando en que todos los problemas surgieron por salir conmigo, no pude menos que deducir en que todo era mi culpa. Si no fuera por mí y por ser un… "rostro conocido", ella jamás hubiese tenido miedo en que alguien pudiera encontrarla, en las amenazas de su hermana, ni en todo lo que ocurrió desde nos conocimos.

Por todo eso y por lo que pudiera venir luego, preferí guardar silencio.

Ya vería como me las arreglaría con ese Jack, ya que después de todo, él no podría hacer nada si yo se lo impedía. Este sería un problema que solucionaría yo mismo, sin involucrarla; y de momento, no me quedaba nada más que usar lo que tenía a mi disposición.

Habían pasado un par de horas desde que me arrojé al sofá a pensar, y ya sentía mis ojos pesados y cansados.

Estaba creyendo que tendría que utilizar la fuerza para salir de ésta, cuando el nombre de Cindy se me vino a la cabeza. No tardé en buscar el teléfono nuevamente y buscar su número para contactarla. Ella era la persona indicada que me podría ayudar, y no haría muchas preguntas al respecto.

El teléfono marcó, y no tardaron en contestar.

—¿Rob? —escuché de inmediato su conocida voz al otro lado de la línea—. ¿Qué sucede?

—Cindy… Hola —comencé algo nervioso, enderezándome para sentarme en el sofá, sin saber cómo debía explicarme.

Tal vez debí pensarlo antes de llamar.

—Necesito tu ayuda —dije finalmente.

—Pues dime. Para eso estoy —dijo, y de inmediato pude escuchar el repentino cambio en el dejo de seriedad del tono de voz.

Me sorprendí que no comenzara a bromear, como era su costumbre, pero supuse que la tensión en mi voz podía decir algo más que mis palabras.

—Necesito que averigües cuanto puedas acerca de un tal Jack… —por un momento olvidé el nombre del infeliz—. Se llama Jack… ¡Orwell! Jackson Orwell es su nombre —recordé.

Fue extraño. El solo hecho de mencionarlo, hizo que mi cuerpo reaccionara agarrotándose por la rabia.

—Jackson Orwell —dijo checando—. Okey. ¿Por qué? ¿Quién es él?

Buena pregunta. Él era un maldito miserable que quería arruinar la felicidad que tenía.

—Es un paparazzi… que me encontré hace unas horas —respondí, y de inmediato Cindy reaccionó.

—Dime, Rob. ¿Qué estabas haciendo? —preguntó, seguramente imaginándose lo peor.

Aunque tal vez, sí era así.

—¿Estabas con alguna chica? —continuó—. ¿Lo golpeaste?

¿Golpearlo? Me hubiese encantado.

—Faltó poco —reconocí.

Y realmente no era una mentira, pero no podía contarle toda la verdad.

—Él fue quien me tomó las fotos en el restaurante con Katherine y…

—¿Katherine? —me interrumpió.

—Sí, así se llama mi novia —contesté notando que a pesar de toda la tensión, el mencionar su nombre me hizo avergonzar como un adolescente.

—¿Tu novia? ¿Ya es oficial? ¡Eso es excelente! —alzó la voz, antes de continuar con sus más habituales parlamentos—. Sabes que no me gusta entrometerme en tus asuntos, pero tienes que presentarme a esa chica… —de pronto se detuvo de golpe, y el tono serio en su voz me advirtió de que acababa de darse cuenta de algo—. Espera. ¿Ese Orwell está haciendo algo en contra de tu chica? —preguntó dando justo en el cabo.

Cindy era demasiado intuitiva, pero, ¿qué decir?

—Sí —respondí dubitativo, procurando no decir algo de más—. Él averiguó unas cuantas cosas sobre ella que no pueden salir a la luz, y yo no sé realmente qué hacer aún para protegerla de todo esto —reconocí al final.

Hubo un corto silencio al otro lado de la línea, y cuando volvió a hablar, su tono era cauteloso.

—Ella sabía en lo que se mentía cuando aceptó ser la novia de un actor famoso —habló de pronto, y la molestia apareció en mí tan pronto como lo dijo.

No se trataba de lo que Cindy se podía estar imaginando, y por supuesto que Katherine nunca se imaginó lo que sucedería con un maldito paparazzi; de hecho, ella aún no se enteraba de lo que estaba sucediendo.

—No es lo que te imaginas… es solo que… —¡diablos!, no podía hablar—. Cindy, realmente no puedo decírtelo…

—No te preocupes —me interrumpió y, en serio y como nunca, le agradecí que no insistiera en preguntas que no podría responder—. Averiguaré lo que pueda de él y… ya vemos que sucede.

—Gracias, Cindy. Eres la mejor —le agradecí deseando que cualquier cosa que me pudiera entregar sobre él me sirviera para detenerlo. Un chantaje, o lo que sea.

—Lo sé, lo sé —dijo teatralmente como lo acostumbraba, antes de que el dejo de su voz volviera a cambiar—. Solo procura ver bien en donde estás parado, y pensar en si acaso vale la pena seguir en lo que estás.

Nunca se iba con rodeos…

—Por supuesto que lo vale —respondí apretando mis puños inconscientemente, y en ese momento me percaté de que también movía mis piernas sin cesar.

Cuando logré calmar mis impulsos, logré continuar.

—Gracias de nuevo y espero tu llamada —agregué.

—Descuida. Estamos en contacto —fue lo último que escuché antes de que ambos colgásemos.

Conociéndola, tal vez ahora mismo comenzaría a buscar lo que le pedí.

Aún no me podía explicar cómo Cindy había aceptado trabajar conmigo. Siempre estaba allí para solucionar los problemas en los que me metía, y si alguna vez no estuvo, al final siempre encontraba la manera de solucionarlo. Ahora, yo solo esperaba que pudiera ayudarme a encontrar la solución que necesitaba.

Ella era una gran persona. Cuando todo esto terminara, le debería mucho más de lo que le pagaba

El sonido de la línea muerta me hico reaccionar de nuevo y lancé el teléfono lejos sobre el sofá. Me dispuse a comer algo antes de ir a darme una ducha con la intención de que el agua caliente me despejara la mente para poder pensar en algo, sin embargo a medida que pasaron los minutos, ocurría todo lo contrario: Después de haber albergado una esperanza con la participación de Cindy, los recuerdos de las acusaciones de Jack contra Katherine, se hacían presentes una y otra vez.

«¿No te parece extraño que, justo en el momento en que aquel periodista comenzó a sospechar de ella, él y su equipo murieran…?».

¿Extraño?

No. Yo ni siquiera sabía si aquello era cierto. Katherine nunca mencionó nada de ningún periodista fallecido… Además que ella misma me confesó que nunca había matado a nadie.

«… Aquellos hombres no murieron porque sí. ¿Quién sabe si se le paso la mano con una pequeña mordida?».

Por supuesto que ella no era así. Ella ni siquiera se… alimentaba de las personas; incluso cuando yo se lo ofrecía. Me tenía a mí, y aunque la tentaba, ella se negaba. ¿Qué más seguridad que esa?

«¿No te has puesto a pensar en toda la gente inocente que ha matado?».

Aunque ella se culpara de la muerte de su padre y su ex prometido, el mismo que la engañaba con su propia hermana, yo me negaba a aceptarlo. Lo que sucedió con ellos no fue por que ella los hubiese matado. Fue un hecho completamente aislado.

«¿Y cómo puedes estar tan seguro? ¿Acaso estuviste con ella todos esos años para asegurarlo?».

No fue suficiente estar con ella por esos años, porque ella me dijo lo que yo quería saber, y yo le creo.

Ella no es ninguna asesina.

« Solo procura ver bien en donde estás parado, y pensar en si acaso vale la pena seguir en lo que estás».

Cindy no la acusaba de nada, pero aún así sus palabras entrechocaron al final.

Me hubiese gustado tenerla en frente y, aquí mismo, decirle: «Valdría la pena llegar hasta el mismísimo infierno por ella».

Si tan solo la conociera. Si tan solo supiera todo lo que me ha hecho sentir. Si tan solo supiera lo que causa en mí cuando pasa a mi lado, cuando me roza accidentalmente, cuando sus manos acarician mi piel, y sobre todo cuando sus labios asaltan los míos, llevándome a la gloria en tan solo un segundo.

Por supuesto que valía la pena. Valía mi sudor, mis lágrimas, y hasta mi sangre.

Yo confiaba en ella, además si no lo hacía yo, ¿quién lo haría?

Cuando el tiempo avanzaba, y aunque por más que intenté alejar los pensamientos que no servían para traer ideas que sí, nada resultaba. Continuaba divagando erráticamente, cuando en cualquier momento ese Jack podría hacer algo en contra de Katherine.

Resoplé mirando el techo, frustrado, por lo demás, mientras que el peso del cansancio apremió contra mi organismo. No fueron muchas cosas las que recordé antes de caer completamente dormido.

Solo porque estaba cansado y no podía pensar bien, fue el por qué de que no pudiera soñar nada, o por lo menos, que más tarde no lo recordara.

Jack

¡Rayos!, pensó Jack cuando conducía de regreso a su departamento en su jeep pagado a costa de la privacidad de otros.

Hizo lo Marianne quería, y también lo que en realidad acostumbraba a hacer en su trabajo, pero esta vez lo sintió distinto. No sintió satisfacción como cuando le encaraba alguna fotografía escandalosa a algún famoso cualquiera y luego veía su rostro rojo como un rábano fluorescente de la vergüenza y la rabia.

Esta vez no veía caer a un dios falso de la gente ante sus propios ojos y bajo su propio lente, sino que ésta vez vio solo a un hombre desesperado por proteger a alguien; pero no de alguna infidelidad, ni tampoco del acoso de los medios, y mucho menos de la vergüenza pública, sino que la protegía de algo mucho mayor a lo que cualquiera de los otros famosos que había acosado se podrían llegar a imaginar.

Fue eso mismo lo que lo perturbó, porque ese tipo estaba realmente enamorado de la vampira y desesperado por protegerla. Vio su sufrimiento más allá de su enojo, y aún le daba vueltas en la cabeza sus palabras.

¿Se atrevería a hacerle daño por descubrir a su novia ante los ojos del mundo? O incluso si Pattinson no lo hacía, ¿se atrevería él mismo a delatarlos? Y si lo hacía, ¿qué sucedería después? ¿Qué pasaría con ellos?

Pero eso ya no sería de su incumbencia, ¿cierto? Él haría su parte del trato, obtendría lo que quería, tendría su dinero y viviría como siempre. Tal vez con más fama, pero ya no tendría que preocuparse jamás por todo el asunto de colmillos; ya fueran falsos o verdaderos.

O eso era de lo que intentaba convencerse, porque aún no sabía qué sucedería con Marianne.

Mientras avanzaba por las calles en su jeep, aún rememoraba su conversación con Marianne, lo que ella le había insistido en decir a Pattinson y que él, por supuesto, había cumplido…

—«Aquí dice que el periodista que la investigaba y su equipo, murieron en la misma fecha en que ella desapareció» —le informó a su acompañante, tras leer distintas páginas de algunos diarios antiguos comparando las fechas—, «pero no están relacionados explícitamente» —concluyó.

—«Eso no importa» —soltó Marianne acercándose para leer mejor, habiendo tanta cercanía entre ambos, que él podía sentir su aroma—. «Sigue buscando anteriormente algo que sí los relacione» —agregó, y Jack volvió a reaccionar.

Vio su mirada excitada por el triunfo y el rencor, y no pudo lograr imaginarse qué pasaba por sus enigmáticos pensamientos.

Era tanto lo que ella decía y no le decía siempre, que Jack había logrado crearse una inmensa lista de preguntas internas que, ni por más que la observara cuando hablaba para respondérselas, aquello no resultaba. Por el contrario, esa lista solo aumentaba.

Jack la vio por una vez más, agregando otra pregunta que iba de la mano con las demás, y pasó a dar un disimulado suspiro para volver a buscar en los archivos dentro de su computadora.

Tras media hora de seguir buscando, mientras oía a Marianne paseándose de un lado a otro a su alrededor, Jack por fin se encontró con lo que ella le había insistido; aquel mismo archivo que había visto hace días (pero en el cual esa vez no le había dado importancia) y que le había dado el nombre del periodista.

Fue difícil encontrarlo, ya que los periódicos usualmente estaban repletos de los efectos posteriores a la segunda guerra, pero de todas maneras pudo encontrar un archivo del 06 de Julio de 1947 de la ciudad de Boston, en el que estaba el pequeño artículo que hablaba de Katherine Jacobs, escrito por Víctor Garland, el periodista.

—«Aquí dice que la investigaron por supuesta suplantación de identidad de alguien desaparecida en 1900» —dijo en voz alta pasando a través de las líneas, llamando la atención de Marianne que en un segundo estuvo nuevamente a su lado—, «y adivina qué».

En respuesta, Marianne le sonrió.

—«Bien» —se dispuso a hablar—. «Dos meses después ella desaparece para siempre, y el periodista muere en un inexplicable accidente de tráfico junto a su equipo».

Tráfico… extraño para la fecha.

—«¿Por qué inexplicable?» —preguntó de inmediato.

—«Porque no hubo desperfectos en el vehículo, y pareció que fueron asesinados antes de caer al río» —respondió—. «Como no hubo pruebas concluyentes para esclarecer los hechos, cerraron el caso como un lamentable accidente».

—«¿Fue de noche?».

Cuando oyó la pregunta hecha con tanta agitación y expectación, supo de inmediato que ella quería escuchar como nunca la respuesta que le daría.

—«Correcto».

—«¡Eso es perfecto!» —soltó—. «Y es suficiente para asustar a ese actorcito».

La mera mención de Pattinson lo hizo soltar un molesto resoplido.

—«¿Y cómo estás tan segura de que fue ella quien los asesinó?» —se apresuró a decir ignorando cualquier otra cosa.

—«No estoy segura, pero eso no importa» —le respondió, adoptando una fría y molesta mueca—. «Ella ha hecho cosas peores, y no me extrañaría que se hubiera deshecho de ellos».

¿Algo peor que matar? Difícil, pensó.

—«Entonces, también menciono eso» —continuó evitando mirar esos labios fruncidos por la rabia, pero que a la vez que lo tentaban de una manera inexplicable.

—«Así es. Del resto me encargo yo» —le respondió volteando para atrapar su mirada en una rápida sonrisa, algo muy distinto a su antigua expresión—. «Amo internet» —agregó.

A Jack lo hizo sonreír.

—«Y eso que no has conocido lo que puedes ver en él» —bromeó antes de acercarse a ella con una lasciva sonrisa, tratando de no pensar en todo lo que tenía en frente ya que, prácticamente, era una mentira lo que acababan de acordar.

O por lo menor, una parte de ello.

Lo último que recordó, fueron sus labios exóticos sobre los suyos, y sus piernas rodeando calientemente sus caderas.

Jack exhaló bastante cansado como lo venía haciendo desde que se escapó, literalmente, del vehículo de Pattinson; aunque decir que estaba cansado, era decir poco.

Dio la vuelta en una esquina, faltando ya pocos minutos para llegar a su destino, y la amenaza del actor volvió a aparecer en su mente.

Montones de veces lo habían amenazado antes por fastidiar a los demás, pero nunca sintió tan cercana aquella advertencia, ni tampoco caló tan hondo como lo había hecho ésta.

Tal vez él no hiciera nada, pero, ¿qué sucedía si lo que le había dicho era cierto; lo de que su novia había matado a los periodistas? Entonces, ¿tal vez ella sería quien hiciera algo?… Era extraño, lo reconocía, pero si era así, ¿no corría peligro él también?

—¿En dónde me vine a meter? —pensó en voz alta tras otro profundo suspiro.

A estas alturas, a Jack solo le quedaba confiar en que nada le ocurriría. Marianne se lo había dicho.

Él tenía sueño. Estaba exhausto. El hecho de que la mujer que lo traía loco como un perro queriendo otro filete lo hubiera despertado tan temprano esa madrugada para su trabajo, lo tenía somnoliento. Es cierto que gracias a eso había tomado algunas fotos de Pattinson, pero lo cierto es que no le servirían de nada ni no pudo tomarlo con la botella de sangre al descubierto antes de que se escapara.

Bueno, eso no importa, pensó. Aún tengo algo más grande que tomar.

Cuando llegó al edificio en donde vivía, aún seguía suspirando ensimismado mientras subía en el ascensor.

Pero, ¿y si la hermana de Marianne nunca hizo nada, y ella solo la estaba arruinando por un capricho? Más encima estaba ese actor que la quería…

Suspiró de nuevo.

¿Qué hacía?

Más tarde debía juntarse con Marianne y conversar de lo que había pasado en su encuentro.

Marianne…

Tan rápido como su ardiente y apasionada aliada ocupó la totalidad de su mente, en un nuevo chequeo de la situación, que incluso fue más rápido de lo que se lo había estado cuestionando antes, decidió que Katherine Jacobs sí asesinó a los periodistas.

Esos tipos no murieron porque sí, y ¿quién más que ella pudo hacerlo? La tenían amenazada y probablemente para ella, no hubo otra opción. Todo lo que había visto en los documentos tenían muchos espacios en blancos, y si los rellenaba con el nombre de ella, podían resolverse fácilmente. Ella tenía motivos y medios, y solo tendría que mostrárselo al mundo. Pagaría por sus crímenes y también pagaría por lo que sea que le hubiera hecho a Marianne.

Abrió la puerta de su departamento, y solo un pensamiento cruzaba por su cabeza en esos momentos: "Ella es una asesina, y todos los sabrán".

Aunque tal vez los hechos posteriores lo obligaran a volver a cuestionar sus pensamientos…

Marianne

Se había quedado dormida esperando a que Jack regresara.

Después de haber escuchado todo lo que su hermana y su novio habían dicho, quería acabar con todo de una vez; separarlos, aunque ese actorcito ni siquiera le gustara tanto, y así poder darle donde más le doliera. Quería dejarla sola, sin su amor, sin el más mísero deseo de seguir viviendo en éste mundo.

Se imaginaba su rostro cuando cerró los ojos.

«¡Marianne, me duele!» —lloraba la pequeña con sus rodillas ensangrentadas junto al bebedero del gran caserón colonial.

Su hermana mayor corrió a verla para cuidar de ella, tal como su padre siempre le pedía que lo hiciera, y al verla comenzó a reírse.

«¿De qué te ríes?» —preguntó hipando con su vocecilla aguda, zarandeándole el brazo para que le pusiera atención.

«Porque ya no te duele» —le contesto Marianne sonriendo—, «por eso me río».

«Pero si tiene sangre» —se quejó confundida mostrándole su rodilla por debajo del vestido celeste con aplicaciones de encaje blanco, igual al de su hermana.

«Así es, pero la sangre no significa dolor» —le contestó, y con su propio vestido y agua, limpió la herida que tanto aquejaba a la niña—. «¿Cómo te sientes ahora? ¿Mejor?».

Ante su pregunta, su hermana asintió enjugándose las lágrimas.

«Más adelante no sentirás el dolor» —continuó mientras sacudía la ropa de su hermana del polvo—. «Siempre es así».

Katherine se acercó a Marianne, y depositó un beso en su mejilla derecha.

«Ya no duele. Gracias» —dijo sonriendo.

«No hay de qué» —contestó—. «Yo siempre te voy a cuidar».

Luego le dio un pequeño abrazo, y un hombre de cabello castaño, su padre, se acercó por detrás sorprendiéndolas en un abrazo.

Viendo a sus hijas, él besó con ternura la frente de cada una.

Marianne solo tenía diez años, y aunque sus palabras no eran las que diría una niña de su edad, en ese momento ella era completamente inconsciente que lo que dijo podría significar algo totalmente distinto un siglo después.

El sonido de la puerta del departamento abriéndose fue lo que la alertó y la despertó de golpe de aquel sueño.

Y de mal humor, por lo demás.

Apenas la puerta se abrió, dejó pasar una ráfaga de aire que trajo consigo el aroma de quien esperaba, despertando al instante sus deseos carnales que servían para alejar los recuerdos que ella no quería consigo.

Jack no pudo verla entre tanta obscuridad, y mientras ella se quedó en silencio sentada sobre el sofá estirando sus músculos, un fugaz halo de luz solar se fugó entre las cortinas que Jack comenzaba a abrir, sin darse cuenta de que ella estaba allí.

La luz le dio de lleno en su mano derecha, y al instante un dolor agudo e intenso le atravesó la carne, soltando un gemido horriblemente desgarrador.

—¡Cierra esa maldita cosa! —gritó saltando hacia atrás, agazapándose detrás del sofá al tiempo que se encogía en su propio cuerpo con su mano afectada envuelta en su ropa.

Un olor a carne quemada anegó la estancia, mientras que Marianne temblaba por el dolor, e incluso una lágrima se escapó de sus ojos.

Ese calor había sido malditamente agonizante, pero por más que intentaba pensar en otra cosa, el dolor no desaparecería. Por un momento temió que fuera a desintegrarse en una llamarada de fuego.

Pero solo fue por un momento.

—¿Marianne? ¿Qu-qué pasó? —escuchó a Jack al tiempo que volvía a cerrar la cortina, y escuchaba como corría a encender las luces para luego buscarla.

Marianne cerró con fuerza los ojos cuando sintió que aquella luz tocaba sus ojos, y una gota de sudor frío corrió su frente mientras se apoyaba con pesadez tras la codera del mismo sofá. El dolor comenzaba a redimir lentamente, pero aún no cesaba. Temió que se desmayaría.

—Mierda… —escuchó a su lado, y al abrir los ojos vio a Jack mirándola de frente, intentando tomar su mano, que en una horrible visión, notó que estaba chamuscada.

—Maldita sea, Marianne, ¿por qué no me dijiste que estabas aquí? —espetó molesto, no sabiendo qué hacer.

Escuchó su voz un poco distante, tal vez por el shock, y vio como Jack movía sus manos nerviosamente tratando de hacer algo, pero todo se quedaba en un torpe amago.

—Era obvio que estaba aquí —lanzó en un susurro ronco, con la voz temblándole por el esfuerzo de moverse, ya que intentaba ponerse de pie.

Sintió los brazos de Jack rodearle la cintura antes de dejarse caer pesadamente en el sofá otra vez. Se sentía mareada.

—¿Qué hago? ¡Por favor, dime qué hago! —escuchó que decía con desesperación a su lado, pero sin fuerza logró responder.

—Nada. Déjame un momento.

Y ese momento se transformó en una hora de incómodo silencio entre ambos. El único sonido que se escuchaba en un principio, era la agitada respiración de Marianne, la cual luego se transformó en una boqueada acompasada. El dolor había redimido, y ya podía ver con más claridad.

Con cuidado apartó su mano de debajo de su ropa en donde la protegía, y descubrió que ya no se veía como antes: chamuscada. Ahora tenía un color similar a la de la piel de Jack, aunque en un tono más enfermo. Pero al menos estaba sana, que era lo importante.

Fue monstruoso como un solo pequeño rayo tocó el dorso de su mano, y aún así la había abarcado toda, convirtiéndola en una extremidad inútil y crujiente.

—Eso fue espeluznante —habló por fin Jack, por lo que Marianne pudo ver que los colores habían vuelto a su rostro—. ¿Cómo sucedió?

—Te expones lo suficientemente al sol, y te conviertes en una masa extra crujiente —soltó con frialdad y amargura, recordando por quién ella era así.

—No me refiero a cómo te lo hiciste, sino que me refiero a cómo sanó tan rápido —reformuló su pregunta.

Tomó su mano en alto frunciendo el ceño para examinarla con detención, como si fuera su experimento, como si fuera una de las tantas personas a las que él estudiaba con su cámara, y eso le molestó.

En un corto y violento movimiento, apartó su mano del alcance de Jack.

—Así somos —soltó mirando a otra parte, porque lo que para él era fascinante, para ella no, es más; le recordaba por qué estaba allí arriesgándose a que hombre torpes la dañaran—. ¿Cómo te fue con el actor? —habló cambiando de tema rotundamente, pero a la vez enfocando lo importante para ella.

Vio como Jack rodaba los ojos antes de que se dispusiera a contestar, dejando el reciente incidente atrás tan rápido como lo mucho que le importaba acechar a alguien.

—Se enojó —respondió dejándose caer con más comodidad en el sofá y por su expresión, a pesar de que mostraba indiferencia, ella sintió que aún no podía apartar la imagen de lo que había visto.

Siguiendo su juego, Marianne le habló de la misma forma; sin ninguna alusión a lo que había sucedido.

—¿Le dijiste lo que acordamos?

—Sí, y no pareció agradarle —respondió escuetamente—. Es más, no me creyó.

Aquello no le importaba, porque a fin de cuentas, era ella misma quien se encargaría de que le creyera y de terminar el trabajo.

—Además —continuó de mala gana—, me amenazó por si llegaba a hablar.

—No te preocupes por eso —dijo al notar la preocupación que fluía de él—. Me tienes de tu lado y no podrán hacerte daño.

Aunque difícilmente se imaginó al actorcito intentando hacer algo y, con lo cobarde que era su hermana, tal vez ella tampoco. Quizás solo se limitaría a llorar y huir.

Alcanzó a ver como Jack hacía una mueca, pero con dificultad para hablar.

—No es eso —contestó no muy convencido, a su parecer—, es solo que después de estas dos semanas, hay algunas cosas que no me puedo sacar de la cabeza.

Eso le sonó a arrepentimiento.

—¿Ya no quieres seguir adelante con nuestro trato? —lo increpó de inmediato, sintiendo como la molesta comenzaba a salir de ella—. ¿Después de todo lo que has averiguado y del dinero que podrías ganar?

Lo del dinero pareció alentarlo.

—Tampoco es eso —le respondió mientras se acomodaba en el sofá para mirarla de frente—. Pero vi cómo estaba Pattinson cuando le dije lo que acordamos y realmente estaba afectado. Está enamorado de ella.

—No sabía que tenías un lado cursi —se burló al darse cuenta de que no era nada grave lo que sucedía.

Jack le dirigió una mueca, pero se dijo que no iba a conseguir nada burlándose.

—No me importa si está enamorado o no —agregó, ya más seria—. Estoy segura de que cuando lo convenza de lo que en realidad es ella, no le quedarán ganas de acercarse a una asesina y lo único que sentirá, será repulsión.

—¿Lo haces por él? —le preguntó de pronto y, con sorpresa, se percató de cierta molestia de fluía de Jack muy parecido a los celos—. ¿Ella te lo quitó, o algo así?

—¿Es una broma? —soltó tratando de no reír—. ¡Por supuesto que no! Acaso, ¿estás celoso?

Notó como ignoraba magistralmente sus últimas palabras y la hizo reír por lo extraño que se mostraba él a veces, pero el rumbo que tomaron sus palabras no le agradó del todo.

—¿Y si ella nunca los mató? A los periodistas, quiero decir —dijo frunciendo el ceño.

Vio a través de él la misma expresión que la primera vez que hablaron de aquello, por lo que parecía estarse convirtiendo en una costumbre.

—¿De nuevo? Te dije que eso no importaba —reaccionó—. Lo único que quiero es verlos separados y a ella hundida; que pague por todo lo que me hizo.

La cólera fue ampliamente perceptible.

—¿Qué te hizo? —le preguntó y al mirarlo por tan repentina pregunta, vio como la escrutaba intensamente buscando su respuesta.

—Eso no es de tu incumbencia —espetó mirando hacia otra parte.

—Claro que lo es —lo contradijo—. He estado contigo planeando arruinar a una mujer que ni siquiera conozco, así que como mínimo necesito saber qué fue lo que te hizo.

Buena pregunta.

—¿Convertirme en esto no es suficiente?

Apretó su mano derecha que ya no le dolía y cuando vio a Jack, se percató de que por su expresión pasaban sentimientos de duda, comprensión y luego compasión.

—Odias ser vampiro —comentó en un suspiro que solo consiguió arrancarle una sonrisa impregnada de sarcasmo. El bufido lo dejó más claro.

Odiaba ser lo que era, lo que había dejado de ser y por sobre todo, la odiaba a ella. La odiaba por destruir a su familia. La odiaba por matarla en vida sin compasión, por siempre estar por encima de ella, porque siempre toda la preocupación fuera para ella… La odiaba por haber nacido.

—Ahora que tuviste tu respuesta, ¿seguirás adelante? —preguntó volviendo al presente.

—Claro que sí —le respondió Jack levantando la mirada de sus pies para encontrarse con la de ella—. Dentro de los próximos días la verás caer —agregó con una sonrisa que regocijó su promesa de venganza.

Al cabo de varios minutos en los que Jack bostezaba, de pronto se levantó del sofá, ya cansado, y se fue a dormir.

Marianne se quedó pensando en todo lo que por tanto tiempo había esperado. Esa noche alcanzaría al actorcito y lo terminaría de convencer, y si tenía suerte, tal vez lo engatusaría en ese mismo momento para que se entregara a ella. ¿Qué más costaría, a pesar de que estuviese enamorado? Al fin y al cabo, todos los hombres eran iguales.

Cuando vio a Jack respirando profundamente sobre su cama, lo vio desprotegido y como un niño pequeño. Su cuello estaba al descubierto y la tentación era enorme. Cerró los ojos con excitación recordando el sabor de su sangre en sus labios, explotando en su boca, bajando por su garganta…

Se equivocaba. No todos los hombres eran iguales. Algunos tenían mejor sangre que otros.

A pesar de la tentación de tenerlo allí, Marianne solo se recostó a su lado y calló de inmediato en un profundo sueño en donde Jack, no solo era diferente por tener la sangre más apetecible y deliciosa que había probado, sino que también por ser especial como el actorcito lo era para su hermana.

Pero claro, cuando despertara, jamás lo recordaría. Lo único que tendría en su mente sería la idea de que dentro de los próximos días, Katherine saldría a la luz… literalmente, y tal vez Jack no tendría cabida en sus pensamientos. Seguiría siendo el mismo hombre con la mejor sangre que había probado.

Gracias!

Y espero que les haya gustado este cap. Y como ya hay nuevos personajes, espero que disculpen la demora proxima…

Abrazos… ; )