primero que todo, te queria dar las gracias cookie, opr tu apoyo desde el comienzo, y con tu pregunta acerca de las marcaras: paciencia... aun quedan unos cuantos capitulos, pero no desesperes, que lo qeu se viene espero que no te decepcione... xd

Capítulo 21:

INVITACIONES

Marianne

Cuando abrió los ojos, según su reloj interno aún faltaban un par de horas para que atardeciera, pero aún así, la habitación se encontraba en completa penumbra.

Estaba sola en la cama, y en una rápida mirada hacia su mano afectada hace ya varias horas, se percató de que estaba completamente sana y que había vuelto a su color natural. La miró y estiró varias veces con la intención de constatar lesiones, pero aquello quedó en segundo plano cuando su mirada se clavó en el anillo de compromiso que Thomas nunca le había dado a ella.

Recuerdos apabullantes la apresaban. ¿Cómo todo en su última vida se había convertido en recuerdos, o incluso ilusiones por el pasado que nunca fue y nada más? Lo que se convertía en imposible no preguntarse cosas…, cosas como… ¿Qué hubiera sucedido si ella no se hubiera convertido? ¿O… si Thomas no se hubiera suicidado? ¿Habría tenido alguna oportunidad de convertirse en su esposa y no solo en su amante? ¿Podrían ellos, haberse dado una oportunidad?

Cuando despertó como inmortal cierta noche, lo primero que hizo antes del amanecer fue volver al sepulcro de Thomas, como si en él hubiese podido encontrar ayuda, pero en vez de eso, lo único que pudo encontrar fue el anillo que Katherine había dejado allí.

Lo colocó con manos temblorosas en su mano, imaginándose que siempre debió estar ahí y no en alguna otra parte. No en la mano de alguien más.

Y desde ese entonces que ese anillo se mantuvo en el dedo anular de su mano derecha en sentido de compromiso que nunca hubo, pero, ¿por qué? Aún se preguntaba por qué había conservado ese anillo después de tantos años, cuando ni siquiera fue hecho para ella. Para Thomas nunca tuvo valor alguno, y por eso mismo no tendría por qué tenerlo para ella, pero aún así…

Apretó su puño con fuerza con la rabia contenida como siempre, pensando en que Thomas jamás la tomó en serio y tampoco, jamás lo habría hecho.

¿Por qué demonios le seguía recordando?

El bastardo ambicioso que nunca la tomó en serio y que solo le importó el dinero y el sexo, no valía la pena, ni mucho menos se merecía sus pensamientos, pero ¿por qué aún lo seguía recordando?

¡Por qué!

¿Porque a pesar de todo, fue el único hombre que amó? ¿Fue el mismo que aún así, no le correspondió? Ese anillo de diamantes que nunca fue para ella ni pensado en ella.

Tomó un hondo respiro antes de ponerse de pie y cuando lo hizo, tratando de pensar en otra cosa, una gruesa manta de lana suave como el algodón calló al suelo.

No recordaba haberse abrigado cuando se recostó junto a Jack, ya que como era de suponer, no sentiría el frío como un humano. Pero, ¿por qué estaba allí? ¿Acaso, Jack la había arropado?

Aquel gesto lo sintió desconocido.

Cuando estaba con un hombre, siempre se levantaba y se marchaba por su cuenta, y cuando era mortal y Thomas era el único hombre para ella, él nunca la cuidó ni le entregó pequeños gestos como aquel. Recordaba cuando él se vestía de espaldas a ella y se marchaba, y a veces ni siquiera estaba a su lado cuando se despertaba.

Jack la cubrió al verla a su lado… Pero no lo entendía, incluso cuando se supone que ni siquiera habían tenido sexo esa noche. Un gesto como aquel solo lo había visto en su padre.

Sintió algo extraño fluir de su pecho; demasiado ajeno a lo habitual, que le hacía preguntarse cosas que solo le traían más confusión: Confusión, como todo en su vaga existencia. Pero antes de que pudiera encontrarle algún sentido a ese detalle, ella misma se obligó a ir hasta el baño y mojarse el rostro para despejar su mente. Se supone que tenía cosas más importantes que hacer esa noche como para encontrar un significado a algo tan estúpido que ni siquiera debía de tener sentido.

Cuando salió del baño levantó la manta del suelo para ponerla en su lugar y se dirigió hasta la sala en donde Jack había trasladado su computador portátil, y trabajaba concentradamente en él con las piernas cruzadas sobre el sofá.

Marianne lo observó como escribía y de vez en cuando fruncía el ceño bajo los anteojos de armazón al aire que le asentaban muy bien. Fue una vista grata.

No decía nada al observarlo, pero de pronto él habló, sobresaltándose por la sorpresa.

—¿Dormiste bien? —le preguntó levantando la vista para encontrarse con sus ojos.

No supo por qué, ya que en otra situación no habría contestado, pero ésta vez lo hizo.

—Sí —fue su respuesta automática.

No pudo reconocer aquel pasivo tono en su voz y eso le molestó.

—¿Qué haces? —agregó cortantemente al tiempo que estuvo a su lado en una fracción de segundo.

Su movimiento la asustó, con lo que ella sonrió internamente a modo de venganza por haberla sobresaltado de la manera en que él lo hizo hace unos segundos.

—¿Por qué sigues haciendo eso? —le exigió calmando su corazón que latía con fuerza.

Marianne sonrió.

—Eres adorable cuando te asustas —respondió y se cruzó de piernas a su lado, al tiempo que reposaba su espalda en el sofá.

Jack no le respondió, pero Marianne alcanzó a ver cómo rodaba los ojos antes de quitarse los anteojos.

—¿Me vas a decir qué haces? —insistió.

Jack suspiró al mirarla, como si se hubiese acostumbrado a no recibir respuestas de su parte.

—Preparo la información para el destape —contestó pacientemente—. Se supone que debo tener todo listo para mi parte del trato y además, no puedo pararme frente a un montón de personas sin nada.

Marianne asintió con la cabeza.

—¿Y cuando lo vas a hacer?

—Dentro de esta semana. ¿Qué te parece? —respondió.

Ella no pudo hacer otra cosa que sonreírle. Dos semanas esperando por esto en concreto, y ya estaba cada vez más próximo. Si fuera otra, lo habría abrazado por la felicidad, pero como no lo era se mantuvo en su propio semblante.

—Bien hecho —dijo antes de ponerse de pie y comenzar a pasearse por la sala a oscuras, impaciente porque ya pudiese salir al exterior.

Por primera vez descubrió que no le gustada madrugar al no encontrar nada qué hacer.

—¿Qué harás después? —inquirió Jack llamando su atención.

Él dejó de lado su computadora y en su lugar tomó una taza de café que había en el suelo junto al sillón.

—Ir a buscar al chico Cullen. Aún tiene que creer e lo que le dijiste —respondió desde un estante, observando unos CD's por algo que pudiera escuchar, sin embargo no tenía éxito. La mayoría de los grupos no los conocía.

Oyó a Jack soltar un resoplido y su molestia abrió sus sentidos.

—No me refiero a hoy día —dijo antes de sorber un poco de café—. Me refiero a qué harás cuando todo termine y consigas lo que quieres.

En realidad, nunca había pensado en eso. Siempre se imaginó teniendo la venganza entre sus manos, pero después de que la consiguiera… ¿a qué se dedicaría? ¿A deambular por el mundo, sola, como lo venía haciendo desde hace décadas; conociendo a chicos por las noches, los cuales ni siquiera la recordarían luego; perdiéndose entre placeres y tomando lo que quisiera y cuando quisiera; seguir recordando al idiota de Thomas...?

¿Qué haré cuando todo acabe?

—Eso el tiempo lo dirá —le respondió evitando su mirada, y a través de él percibió recriminación.

—Cuando veas a tu hermana destruida, ¿cambiará tu pasado? ¿Cambiará las cosas que sucedieron?

El dejo de sus palabras iba aumentando cada vez más en un grado de recriminación.

Marianne se detuvo en lo que decía y, de espaldas a Jack, meditó fervientemente en lo que él le estaba diciendo: De partida era molesto que la llamara su "hermana" cuando hace tiempo dejó de serlo y luego, eso no era algo por lo que él tuviese que preocuparse.

Desde hace días que Jack insistía con aquello, y a éstas alturas no iba a seguir soportándolo de parte de un simple mortal como él, al cual solo le importaba el dinero a costa de otros.

Dinero… ¿Qué a todos les importaba más el dinero?

—Eso no es algo que te importe —espetó sin mirarlo.

Sintió la molestia que provenía desde un foco particular a sus espaldas antes de oír un sonoro bufido cargado, aún más, de ese sentimiento.

—En eso tienes razón —oyó a Jack—. No me importa.

Cuando Marianne se dio la vuelta, solo alcanzó a ver la espalda de él cuando desaparecía en la cocina sin decir nada más.

Y esas horas restantes, ellos no hablaron. Sin proponérselo, se hicieron la ley del hielo por algo que tal vez ninguno comprendía.

Marianne no encontraba la hora de que pudiese salir de allí. Lo que Jack emanaba la estaba consumiendo, así que cuando el último rayo de sol desapareció de la ciudad, ella se marchó sin despedirse, no es que acostumbrara a hacerlo, pero ésta vez ni siquiera le avisó que se marchaba.

Tal vez, después de que todo terminara, le borraría la memoria a Jack y así no tendría nadie que la recordara… Pero en realidad, ¿quería que no existiese nadie que la recordara?

Apartando ese fugaz y repentino pensamiento, tomó sus cosas y salió del departamento rumbo a la casona para encarar al actor, y si estaba Katherine, no le importaba en absoluto.

Aún seguía analizando los hechos de la tarde cuando llegó a su destino, pero al hacerlo descubrió que Katherine estaba sola. El actorcito no se había aparecido por esos lugares durante toda la tarde.

De mejor ánimo, se dirigió hasta otro posible destino y deambuló preparando todo lo que diría si es que lo encontraba.

No recordó su mano herida ni el anillo que llevaba en ella. No pensó en Thomas y tampoco en Jack. Lo único que tenía en mente era su objetivo de esa noche. Tal vez cuando todo esto terminara, su existencia seguiría siendo así: enfocándose y pensando libremente en lo que haría al minuto siguiente y, como ella misma lo había dicho, eso solo el tiempo lo diría.

Cuando llegó al balcón del sexto piso de aquel edificio, descubrió que había alguien más con su presa; una mujer, y se deleitó mucho más con lo que estaba escuchando.

Genial. Ya tenía planes para más adelante.

Robert

¿Cuánto dormí?

Al parecer, demasiado. Me desperté a eso de las ocho de la tarde con el sonido del timbre sonando incesantemente; lo que fue extraño, ya que no recordaba ninguna visita para ese día.

Me levanté del sofá en el que había caído rendido, tambaleándome, sintiendo mis músculos agarrotados y el cuello adolorido, para ir a abrir la puerta.

Al otro lado, una mujer de ojos claros, piel escasamente bronceada, de cabello rubio, corto y liso, me dirigió una enorme sonrisa mientras entraba al departamento pasando a mi lado.

—Hola, Cindy —saludé a mi representante siguiéndola de más atrás, tras cerrar la puerta.

Ella hizo una mueca al ver mi rostro.

—Vaya. Estuvo bien la juerga, al parecer… —bromeó.

No le hice caso.

A pesar de estar acostumbrado a su natural humor y su espontánea actitud, realmente me pareció extraño verla allí; sobre todo cuando recordé que esa misma tarde había hablado por teléfono con ella y en ningún momento dijo que vendría.

—No te esperaba —dije ahogando un bostezo cuando se sentó en donde momentos antes estaba durmiendo.

—Claro que no —respondió colocando su bolso de diseñador a un lado—, pero te llamé y no me contestabas.

Duh. No escuché nada.

Al parecer el cansancio era demasiado, porque al no escuchar ningún otro sonido…

—El conserje dijo que no habías salido, por eso subí —prosiguió—. Vine por lo que me pediste.

¿Por lo que le pedí?

—¿Tan pronto? —solté eufórico sentándome a su lado.

—Por supuesto. Soy eficiente —bromeó antes de continuar—. Lo que sucede es que ese Jackson Orwell del que me hablaste, es bastante conocido. Es ha encargado de fastidiar a varios políticos y artistas del medio.

Eso no me cabe duda.

—¿Qué averiguaste? —pregunté sintiendo como la expectación podía fluir en mi semblante.

Sin embargo sus palabras me desanimaron al instante.

—No mucho, en realidad —contestó con otra mueca—. Resulta que éste tipo es simplemente lo que se ve: Tiene 27 años, nació en Manchester y es fotógrafo de profesión. Se graduó en una universidad pública hace cuatro años, y desde entonces se ha dedicado a hacerle la vida imposible al que se le cruce por delante.

¿Eso era todo? ¿Cómo no iba a encontrar algo útil?

Necesitaba acallarlo, tener algo con lo que intimidarlo; y saber lo que era obvio no me servía.

La tensión me ganó.

—Pero debe haber algo más —solté—. No puede estar tan limpio, no…

—De hecho, no lo está —me interrumpió—. Cobré algunos favores y hace una hora recibí una respuesta.

—¿Respuesta de qué? —pregunté impacientemente, pero su expresión no me alentó, y mucho menos el silencio que hubo.

Justo ahora le daba por ir con rodeos.

—Tiene algunas infracciones de tránsito, algunas detenciones por allanamiento, demandas por violar la privacidad y cosas así, pero siempre se ha librado de ello y, lamentablemente, no hay nada por lo qué chantajearlo.

¿Chantajearlo?

En ningún momento recuerdo haber mencionado la palabra chantaje y no creo que mi memoria sea tan desastrosa como para haberlo olvidado, ¿o si?

—No me mires así —habló de pronto y ni siquiera me di cuenta de cuál era mi expresión—. ¿Crees que no me imaginaba para qué querías saber algo de él y nada de lo que de digo te sirve? Si no era para chantajearlo, ¿para qué otra cosa sería?

¿Tan evidente era?

Pero bueno, estaba hablando con Cindy, la reina de la intuición.

No le respondí, pero dejé caer con pesar hacia atrás, hundiéndome en el sofá, al darme cuenta de que por primera vez, Cindy no tenía una solución a mi problema.

—Pero no te preocupes —habló llamando mi atención—. Eso fue lo que averigüé hoy día. ¿Cómo no podré encontrar otra cosa a la que aferrarse?

Su fe quería animarme… Y lo hizo. Un poco, pero lo hizo.

—Gracias —dije antes de clavar mi vista en la pared.

Aún había una esperanza, pero ¿qué sucedería si no lograba encontrar algo antes de que a ese tipo se le ocurriera hacer cualquier cosa? Katherine no solo estaría asustada, sino que también correría el peligro porque alguien pudiese creer que era, en realidad, un vampiro. Y en el caso de que no fuera así, todavía estaba el asunto de Balthazar.

¿Cómo todo podía complicarse aún más de lo que estaba?

—Rob —dijo Cindy de pronto—, sabes que no me gusta involucrarme en tus asuntos.

Su especial cautela llamó mi atención ante lo que diría a continuación. Era su costumbre comenzar así.

—Pero —continuó—, ¿qué es lo que se supone que averiguó de tu chica?

Eso no podía decírselo.

—Cindy, eso es algo que no puedo decirte, porque no me compete solo a mí.

—¿Ella sabe lo que está ocurriendo?

—No. Aún no lo sabe y prefiero que eso siga así.

—Pero algo tiene que haber, por último, para echar abajo lo que sea que Orwell diga —comentó—, y si ella tiene excusa, ¿no es mejor que sepa?

Si el asunto hubiese sido simple, tal vez le habría hecho caso, pero parecía que últimamente nada era simple.

—Espera… ¿Es fugitiva? ¿De la mafia? —dijo de pronto—… Rob, ¿en qué te estás metiendo?

—Por supuesto que no —salté al instante.

—Perdóname por pensar así, Rob, pero durante todo el tiempo que te conozco, nunca había pasado nada como esto.

—Lo sé. Es mi primera vez.

Cindy sonrió pese a mi vago intento de bromear.

—A pesar de que soy mayor que tú, y aunque sea difícil de creer —fue su turno de bromear—, sabes que puedes confiar en mí y…

—Por supuesto que lo sé, y es por eso mismo que acudí a ti —la interrumpí—. De lo contrario, no lo habría hecho.

—Bien —suspiró profundamente—. Habrá que hacer esto bien si no quieres que las cosas se pongan feas.

Sonreí por su energía.

—Así será.

Solo esperaba que fuera pronto.

—Y por cierto —agregué—, esto no puede salir de aquí.

—Descuida, puedes confiar en mí —repitió.

Al menos contaba con total discreción.

—¿Sabes una cosa? —la oí de pronto y fruncí el ceño al ver la expresión de astucia que tenía en su rostro—. Nunca te había visto así antes.

—¿Así, cómo? —pregunté confundido.

Así: Enamorado —explicó con una sonrisa que también me hizo sonreír—. Y eso es bueno.

Ni que lo dijera.

—Ella es especial —hablé sin pensar—. Jamás me había sentido así por alguien.

De pronto me sorprendí hablando por primera vez en serio de Katherine con otra persona y eso se sentía bien. Había pasado meses con el secreto de su compañía, sin poder contarle a alguien lo feliz que ella me hacía por el miedo de que pudiese hablar demás en algún momento. Pero con Cindy no era así. Ella había respetado mi silencio y me escuchaba con una sonrisa. Es más, incluso podía suponer que se sentía feliz por mí.

Conversamos por bastante rato y yo le conté cómo había conocido a Katherine (aunque exceptuando varios detalles, eso sí; como el que hubiese entrado por la ventana del quinto piso y me mordiera): la vez en que fuimos a cenar y todas las veces que la escuchaba tocar el violín y la veía sonreír cuando lo hacía (hasta se interesó cuando se enteró de lo del violín), o cuando me leía poemas que a su padre le gustaban.

Era tranquilizador, me desahogaba, como si pudiese sacarme un peso de encima al compartir lo que sentía por Katherine con alguien más y oír que no me jugaba al respecto. Creo que si seguía manteniéndolo en secreto, hasta llegaría a creer que mi novia era solo producto de mi imaginación, porque algo tan perfecto para mí no concebía que pudiese existir.

Cindy era una buena amiga; mucho más que una buena representante, ya que había organizado un poco el caos que era mi vida y me había conseguido buenos contratos en estos pocos años. Y sin contar esto, le debía mucho.

Al final, no me di cuenta de todo el tiempo que había pasado hablándole, cuando el sonido de mi teléfono sonando me sacó de esa pequeña burbuja.

Cindy estaba sentada sobre el celular e hizo bromear cuando me lo alcanzó haciéndome reír por su particular humor. Antes de entregármelo, vio la pantalla e hizo un gesto.

—Duh. La novia —dijo molestándome como si fuera una niña en el colegio, pero al hacer referencia de quién era, no pude evitar mirar hacia la ventana del balcón.

Ya había oscurecido.

Tomé el teléfono a toda prisa y me apresuré a contestar.

—¿Katherine?

Me puse de pie algo incómodo, ya que la pierna sobre la que estaba sentado se me había dormido y Cindy reía disimuladamente.

—Gracias a Dios, Robert. ¿Estás bien? —escuché al otro lado de la línea, y por el tono de su voz me pude percatar del alivio que sentía al oírme.

—Sí, estoy bien. ¿Sucede algo malo? —pregunté antes de darme cuenta del por qué de su preocupación—. Oh, es que no había visto la hora

—Bien. Creí que…

Aunque no terminó de hablar, no fue necesario que lo hiciera para que supiera lo que había creído: Creyó que me ocurrió algo malo. Bueno, después de todo, yo acostumbraba a estar en la casona a esa hora.

—Descuida, estoy bien —expuse ante su repentina mudez—. Tú, ¿cómo estás?

—Ahora, mejor —contestó calmadamente—. ¿Está todo bien por allá? ¿No has visto nada inusual?

¿De casualidad eso "inusual", se refería a un vampiro… cualquiera sea?

—No he visto nada… Pero Cindy está conmigo —agregué.

—¿Puedo ir para allá? —preguntó, lo que me hizo sonreír.

—Por supuesto que sí, no tenías que preguntar.

—Entonces estaré allí en un rato más —dijo—. ¿Puedes decirle a Cindy que se quede contigo mientras llego?

Duh.

—No… creo que eso sea necesario —respondí comprendiendo su preocupación—. Además, no haría gran diferencia si a lo que yo creo te refieres —agregué, pero tarde me di cuenta de que fue un error, porque pareció preocuparse más.

—Tienes razón —meditó por un segundo en silencio—. Estoy allá lo más rápido posible.

—Tranquila, que estoy bien —me apresuré a decir, pero ya había colgado el teléfono.

Uhm. Tal vez debería pensar las cosas antes de hablar. Si seguía preocupándola así, solo conseguiría que se pusiera más aprensiva.

—Se preocupa por ti, ¿eh? —escuché a Cindy decir de pronto a mis espaldas.

Cuando volteé, con el hormigueo en mi pierna apenas presenté, vi que sonreía mientras sujetaba su bolso entre sus manos.

—Ni te imaginas cuánto —comenté volviendo a sentarme en donde hace unos momentos me encontraba.

—Y tú te preocupas tanto por ella, que no piensas decirle lo que está pasando con Orwell —agregó con un dejo de reproche, pero no uno que fuera mal intencionado—. ¿No crees que sería mejor si ella estuviera advertida?

Lo mismo había pensado en un principio, pero eso solo la preocuparía más.

—No si lo solucionamos antes —solté firmemente, ante lo que ella sonrió.

—De acuerdo, entiendo tu punto —dijo por último, antes de sacar unos sobres desde su pequeño bolso de diseñador—. Pero en fin, yo también venía a traerte las incitaciones para el baile… ¿O cena? —habló para sí mismo, haciéndome reír—. Bueno, como sea, el asunto es que aquí están —concluyó.

Me entregó dos sobres con el logo de la fundación "Auxilio" impresos y se levantó del sofá colocando la correa de su bolso sobre su hombro. La invitación tenía la hora, el lugar y todos los detalles que usualmente yo hubiese olvidado.

—Espero que les sirva para que se distraigan —comentó con su característica sonrisa.

—¿Ya te vas? —pregunté poniéndome de pie junto con ella, dejando el sobre abierto sobre la mesita de centro, al ver cómo se marchaba.

—Sí. Aún tengo trabajo que hacer —decía—… ¡Ah! Y no olvides lo que te dije de las máscaras —agregó.

En realidad, ya lo había olvidado.

—Por supuesto que no —mentí dejándola ante la puerta.

—Adiós, Rob. Estamos en contacto —seguía diciendo en voz alta cuando ya iba a la altura de llegar al ascensor.

—De acuerdo… Y gracias por todo —agregué y Cindy alzó una mano en respuesta.

Cuando se cerró el ascensor con Cindy adentro, yo cerré la puerta recordando lo que Katherine me había dicho que le dijera y sonreí por ello. Ya me imaginaba pidiéndole a Cindy que se quedara conmigo para que un vampiro no me hiciera daño. Seguro se hubiese reído y me hubiese recomendado un psiquiatra. Claro que por otro lado mi ángel debería confiar un poco más en mí.

Volví a la sala para ir a meter algo de comida en el microondas, riendo por lo demás, cuando una sonrisa cantarina me atrapó como lo había hecho una vez hace tiempo.

—Toc-toc.

Marianne.

¿Un baile? Eso sería divertido.

Marianne llegó justo a tiempo al departamento para cuando la mujer rubia de nombre Cindy, le entregaba unas invitaciones al actorcito. Eran para un baile, había escuchado, y mientras escuchaba para qué era, ya planeaba cómo se podría divertir.

¿Hace cuánto que no había asistido a un baile decente? Incluso había perdido la cuenta de todo aquel tiempo…

El baile era para la semana siguiente y para esas alturas, se supone que ya habría Katherine a la parrilla, así que sería una buena manera de comenzar su nueva vida: Una celebración para ella.

Se quedó en el balcón hasta que la mujer se fue, y aprovechando que Pattinson la acompañaba, fue hasta la mesa de centro y leyó la invitación. No querría equivocarse de lugar para su fiesta.

Cuando Pattinson venía de regreso con una divertida sonrisa en el rostro que a ella le pareció fuera de lugar por encontrarse solo, pasó cerca de ella y ni siquiera se percató de su presencia. Algo ofendida, se hizo escuchar.

—Toc-toc —soltó acudiendo a su juego infantil.

Cuando el actorcito la vio, éste se quedó inmóvil por la sorpresa.

—¿Qué haces aquí? —exigió cuando logró hablar.

—¿Me vas a decir que no te alegra verme después de tanto tiempo? —se burló, acercándose para saludarlo con un lascivo beso en la comisura de los labios.

Que comenzara a ejercer sobre su mente, y aunque le constara demasiado trabajo lograr influirlo, fue la razón por la que no se movió cuando lo tocó, porque de ser otra persona estaba más que segura que se hubiera apartado sin miramientos. Pero al menos, disfrutó entre sus manos lo que era de su hermana.

Sintió como Robert trastabillaba hacia atrás hasta chocar con la pared por huir de ella y la confusión que emanaba, seguía divirtiéndola.

—¿Qué quieres? —balbuceó.

—Pasar una noche agradable contigo —respondió moviéndose a su lado en un segundo—. ¿Lo harías por mí?

Marianne jugó con un mechón de cabello desordenando entre sus dedos de manera seductora, turbándolo aún más.

—Katherine y yo somos novios, por lo que no deberías…

—Pero yo no soy celosa —lo interrumpió intentado no reír—, y tampoco me molestaría compartirte.

—¿Compartirme como intentabas compartir a su prometido? —soltó de pronto, tomándola desprevenida.

—¿Y tú qué podrías saber? —lanzó con ironía, intentando ocultar su alteración.

Robert salió de su alcance y se detuvo junto al sofá.

—Lo suficiente como para hacerme una idea sobre ti y lo que tratas de hacer conmigo y con ella.

—¡Tú no sabes nada! —soltó sin poder contenerse mucho—. No me conoces más de lo que conoces a la asesina de tu novia.

—¡No la llames así! —alzó la voz, y solo en ese momento Marianne se percató de que se había soltado de su control mental.

Volvió a conectarse con su mente.

—¿Y por qué no? —se regodeó mientras lo miraba a los ojos—. Ella es una asesina que no dudó en matar gente inocente para salvar su pellejo. ¿Qué te hace pensar que no haría lo mismo contigo?

Aquello pareció contenerlo.

Robert.

Si ella estaba allí, era por algo e independiente de qué fuera lo que quería, ahí estaba de nuevo esa fuerza magnética que me confundía igual que la primera vez que la vi.

Era un NO seguro, pero que me inclinaba a dudar de algo que no tenía refutación alguna. Exactamente era eso lo que Marianne me hacía sentir.

Llevaba jeans ajustados y una blusa sumamente escotada que me hizo sentir infiel cuando se acercó. Aunque claro, no tanto como cuando me saludó. Solo fue un toque de sus labios en mi piel y me vi en la necesidad de hacerla mía, pese a todo sentimiento en contra.

Me alejé de ella. Eso no lo permitiría.

—Katherine y yo somos novios, por lo que no deberías… —comencé a decir, pero ella me interrumpió sin tomar en cuenta lo que decía.

—Pero yo no soy celosa, y tampoco me molestaría compartirte.

—¿Compartirme como intentabas compartir a su prometido? —lancé sin pensar y logré ver un ápice de ira cruzando como un rayo refulgente en sus ojos.

—¿Y tú qué podrías saber? —lanzó torciendo el gesto en una mueca parecida a una irónica sonrisa, lo que me hizo reunir fuerzas para defender lo que era correcto, apoyándome en el resentimiento que sentía por oír mentiras en contra de quien amaba.

Me alejé de su alcance y me detuve junto al sofá.

—Lo suficiente como para hacerme una idea sobre ti y lo que tratas de hacer conmigo y con ella.

—¡Tú no sabes nada! —soltó sin poder contenerse mucho—. No me conoces más de lo que conoces a la asesina de tu novia.

¿Asesina? Ella no era ninguna asesina.

Adiós deseo; eso no importaba. Ahora solo tenía intenciones de zamarrearla para que entrara en razón

—¡No la llames así!

Pero de pronto, todo control de mí mismo pareció irse por el tubo del desagüe. Toda mi convicción se perdió y eso solo dio paso a dudas.

—¿Y por qué no? —se regodeaba, con sus ojos llameando de ira—. Ella es una asesina que no dudó en matar gente inocente para salvar su pellejo. ¿Qué te hace pensar que no haría lo mismo contigo?

No. Ella nunca me haría daño. Ni a mí ni a nadie.

—Mientes.

—¿Miento? —soltó una sonora carcajada—. No lo creo. Si ya te ha mentido antes, ¿qué te hace pensar que su inocencia no es mentira? Además, tú le mientes, ¿o no? Le has ocultado varias cosas.

—¿Y como qué, según tú?

Era mi turno de la ironía, lo que solo consiguió que se acercara más a mí. Con un dedo recorrió los botones de mi camisa y me empujó contra el sofá, quedando sobre mí.

—¿Como lo que sientes cuando estoy cerca, por ejemplo?

Oh, Dios. De nuevo esa cosa extraña en mi cabeza.

—¡Yo no siento nada por ti! —aparté su mano de mí y me levanté, alejándome de su alcance, haciéndome una idea de que en realidad lo único que quería con todo esto era confundirme—. Y nada me hará pensar lo contrario, ni por más que te empeñes en eso.

Marianne bufó sonoramente y volteó hacia mí cruzando las piernas, sin evidenciar nada más que sarcasmo en su expresión.

—¿Quieres apostar? Soy buena en ello y… en varias otras cosas.

Su tono lascivo me hubiera hecho sonrojar de no ser porque mi enojo era mayor.

—Pero Katherine es mejor.

Sus ojos llamearon nuevamente cuando se levantó en un movimiento que apenas logré advertir. Luego sus palabras fueron frías y cortantes, así como lo fue su tacto en mi rostro.

—No-me-hables-de-ella —se volteó para pasearse por la sala.

Cuando volvió a hablar, su voz sonó más serena, pero igual de fría. Tanto, que sentía erizarse el cabello de mi nunca.

—Pero bueno, ¿quieres comprobar que tengo razón? —volvió a mirarme—. Estoy segura de que nada se compararía con lo que yo puedo darte a diferencia de una asesina como tu noviecita.

¿Qué sucedía hoy? ¿Por qué todos se empeñaban en insistir en su culpabilidad? Primero ese idiota de Orwell y ahora su propia hermana. Es que acaso… ¿Podría llegar a ser cierto?

De nuevo comencé a sentir un peso enorme en mi cabeza que me estaba provocando dolor a estas alturas. En serio, lo único que quería hacer era volver a dormirme y despertar en un año más.

Pero no aún. No cuando atacaban a Katherine.

—Te lo repito por última vez: Katherine no es una asesina.

—Me sorprende lo ciego que puedes ser al estar "enamorado" —dijo la palabra con cierta sorna—…, y estúpido… Entiéndelo, es una asesina, chico Cullen.

Ey, espera. ¿Dijo "chico Cullen"?

Pese a sus acusaciones, hubo algo en sus palabras que no pude dejar de notar. Era algo vago; no obstante, y no sé de dónde, esa pequeña frase sin sentido hizo que ciertas cosas de ese día hicieran conexión en mi cabeza.

—¿Qué tienes que ver tú con el periodista que me encontré hoy? —exigí saber y con fingida inocencia, enarcó una ceja.

—¿Periodista? ¿Que acaso no te visitan muchos de ellos?

—Sabes de qué habló —espeté, ésta vez más seguro de mis suposiciones—. Tú eres la que está detrás de ese Orwell.

—Orwell… Orwell —musitó teatralmente—. ¡Ah! ¿Te refieres a un sexy y ardiente fotógrafo? —bufó—. Veo que no eres tan idiota como lo suponía.

Así que de eso se trataba todo. Por ese imbécil había dado con el verdadero origen de Katherine. Por eso sabía tanto de ella de la nada. Marianne estaba tras todo.

Debí haberlo supuesto antes.

Sin controlarme, me lancé sobre ella y la sostuve por los hombros obligando a que me diera la cara. Ni siquiera me importó que pudiese matarme de un segundo a otro.

—Haz que se detenga —le ordené.

Sin embargo fue como si jamás me hubiese oído. Ignorándome, cerró los ojos y por un leve momento inclinó su rostro hacia atrás, antes de volver a fijar sus castaños ojos en mí y sonreír otra vez.

—Podría hacerlo y también podría deshacerme de Katherine para que estuviésemos solo tú y yo, después de todo, aún puedo advertir lo que estás sintiendo en estos momentos por mi cercanía.

Su voz bajó de nivel y se fue haciendo un susurro que parecía esfumar de a poco el sentimiento de cólera que sentía.

—Tu corazón se acelera —decía sin soltarse de mi agarre—. Tu respiración se agita y tu cuerpo solo pide más, ¿o me equivoco?

Quería responderle que no y que me soltara aunque era yo quien la sostenía, pero de mi boca no salían palabras y mis músculos no reaccionaban. Es más, me parecía que todo lo que decía, efectivamente, me comenzaba a suceder. Entonces, en eso una dulce y profunda voz con un extraño dejo, remeció mi conciencia como un holocausto.

—¿Qué está sucediendo aquí? —dijo Katherine, de pie en el balcón.

Su cabello caía estaba suelto y ondeaba sutilmente con la brisa que entraba por el ventanal. Su expresión era de completa confusión, y al reaccionar en cómo tenía sujeta a su hermana, recién atiné a soltarla. Mis músculos recién respondieron. Pero pese a todo, no fui capaz de dar una explicación que mi propia mente me exigía darle; y antes que todo, Marianne, hilarante, habló.

—¿No es obvio, pequeña Katherine? Y tengo el presentimiento de que estás interrumpiendo.

Los límpidos ojos de mi amor me miraron fijamente, logrando ver en ellos tristeza. ¿Cómo es que podía permitir que esto estuviera sucediendo? ¿Por qué aún no continuaba en silencio, sin decir nada?

Reuniendo la voluntad que me fue difícil encontrar, mi boca se logró abrir y mis cuerdas vocales parecieron responder.

—Aquí no sucede nada —logré hablar finalmente y volteé a ver a Marianne—. Vete de mi departamento. Aquí no eres bienvenida.

Oí el fastidiado bufido que ella soltaba en cuando me alejaba, y a pesar de que no pareció cómoda con ellos, ambas se fulminaron con la mirada. Un par de ojos castaños y un par de ojos azules no se separaban unos del otro y parecía que volviesen el ambiente, ya de por sí tenso, en uno aún más tenso. Temía que si se lanzaban una sobre otra, no podría hacer nada para separarlas.

—Vete, por favor —volví a repetir, lo que pareció lograr apartarla.

Me miró una última vez y dio unos pasos en dirección a Katherine. El corazón se me detuvo cuando las vi frente a frente sin apartar las miradas. Figuraba que todo alrededor de ellas desapareció en ese instante. La expresión de Katherine era de rabia y culpa, porque conocía muy bien ese atisbo en su mirar. En cuanto a Marianne, en ella había ira y una especie de burla que arrojaba como lanza en su sonrisa, a pesar de que cuando habló se dirigía a mí.

—Tengo paciencia, chico Cullen, pero el tiempo apremia y Orwell es un buen aliado —me dijo caminando hacia el balcón—. Ten por seguro que nos volveremos a ver.

Todo fue provocación para Katherine, y así mismo respondió a ello lanzándose sobre su hermana. O por lo menos fue lo que supuse al ver una sucesión de movimientos borrosos de ambas que concluyó con Marianne sobre el barandal, sosteniendo el cuello de Katherine con una mano desde su espalda, mientras que con la otra sostenía sus brazos, imposibilitando que pudiese zafarse.

—¡Suéltala!

Corrí hacia ellas, deteniéndome en el arco del ventanal, a solo un metro de distancia en donde pude ver los labios de Marianne moverse rápidamente contra el oído de su hermana. De todas formas no logré oír nada de lo que dijo.

—¡Marianne, suéltala! —repetí más fuerte.

Por cómo se encontraban, creí que en cualquier momento se dejarían caer al vacío. Aunque en ese momento aún no recordaba que ninguna moriría, por ese instante estaba espantado por ellas.

Marianne sonrió una vez más.

—El tiempo apremia, chico Cullen —repitió y tiró un beso al aire antes de volver a decir algo a Katherine que hizo que se removiera bruscamente de su agarre, aún sin poder moverse.

Apretó su mandíbula con sus dedos y hasta parecía que sus uñas bañadas en esmalte rojo se clavaban en su pálida piel. Depositó un hosco beso en su mejilla con una mueca y luego la soltó para saltar al vacío.

Presentí que iría tras ella, pero antes de eso la detuve.

Katherine.

Creo que nada se compara con la sensación de presenciar cómo alguien que amas quiere quitarte a otra persona que amas solo por la satisfacción de hacerte sufrir. Solo por el resentimiento y la ira acumulada de años.

Con esto no digo que Robert, el que se lleva mi respiración, sea como un objeto que se puede poseer, pero no sé de qué otra manera describir lo que intentaba hacer Marianne. Hasta sentía el miedo de que la historia se volviera a repetir.

Cuando fui al departamento de Robert, jamás me imaginé que encontraría tal escena. En el fondo quería creer que no era lo que cualquiera pensaría, pero no pude dejar pasar aquella provocación. Y quise golpearla. Hacer que entendiera algo que no tenía justificación mínima, y aún así y todo, con la subida de adrenalina que sentía., Marianne era mucho más fuerte que yo; en todo sentido. En menos de dos segundos me tuvo a su merced, imposibilitando no solo el que pudiera moverme, sino también el que pudiese respirar.

Aunque no es que lo necesitara.

—¡Suéltala! —oí que decía Robert, que en un instante estuvo en el balcón frente a mí.

La brisa desordenaba su cabello cobrizo ya de por sí desordenado, y la luna llena iluminaba su preocupada expresión.

—Tienes los días contados —susurraba Marianne en mi oído.

—¡Marianne, suéltala! —seguía insistiendo Robert, con la voz firme.

Me preguntaba si acaso pensaba en las nulas posibilidades que tendría de enfrentarse con Marianne —posibilidades que ni yo tenía—, cuando se plantó en frente. No me podría perdonar si le sucediera algo.

—El tiempo apremia, chico Cullen —le dijo, sin poder entender a qué se refería con ello antes de volver a mí en un susurro—. ¿Ves cómo se preocupa por ti?… Y pronto será mío.

Sentía la furia fluir en mí y la desesperación por proteger a Robert de lo que parecía una amenaza, por eso cuando la sentí soltarme y la vi saltar por el balcón, mi primer impulso fue seguirla.

—Amor, espera. No vayas —escuché de pronto, haciendo que mi cuerpo se congelase al instante.

Yo no debía seguirla. Debía estar ahí con él.

En un impulso que ni siquiera puede controlar, me di vuelta y me arrojé a sus brazos sintiendo hasta el último centímetro de su piel contra la mía. Su aroma masculino me envolvía por completo y su calor me reconfortaba. Solo fue ese confort el que me permitió no quebrarme cuando le hablé.

—No quiero perderte —dije contra su pecho—. No quiero que te hagan daño. No quiero que te aleje de mí.

Él hacía algunos sonidos como los que le hacían a los niños para que se calmaran cuando lloraban, mientras sus manos me rodeaban, acariciando mi cabello, sus besos en mi frente y sus palabras que lo único que quería era que fuesen verdad.

—Tranquila, amor —decía en susurros—. Estaré contigo todo el tiempo que tú me quieras a tu lado… e incluso más.

Me alejé algunos centímetros para ver sus ojos cansados y aquella expresión se robaba mi respiración. Cómo lo amaba…

Mi alma se partía en dos mil pedazos al imaginarme en brazos de otra mujer y por eso odié a Marianne, porque lo quería alejar a toda costa de mí, tal cual lo hizo cuando éramos mortales.

Cuando los vi juntos, con el sujetando sus brazos tan cercanamente, se me hizo un nudo en la garganta cuando presentí el leve atisbo de emociones que fluían de Robert. Era algo que lastimaba, porque lo que le decía Marianne parecía ser cierto.

Pero él dijo que me amaba y me lo demostró desde que lo conocí. Yo confío en él. Necesito confiar en alguien y si no es en él, ¿en quién, entonces?

Tomando su rostro entre mis manos, atrapé sus labios en un beso que solo quería más de él. Que Marianne se fuera al carajo con toda su mierda. Él me eligió a mí y yo lo protegería. Que yo sea la culpable de lo que ella es ahora, de la condena que debe vivir, no le da derecho a jugar con el hombre que me acunaba entre sus brazos.

Si quería matarme por lo que le hice, que lo haga, pero a Robert no lo tocaría.

uhhh, yase viene lodemas... review, review!

no cuestan nada un par de palabras de aliento... :D gracias

ah, se me olvidaba, tengo dos oneshot's más, que espero les gusten... revisenlos...-

bye