Aquí va otro capítulo

:D

Capítulo 22: EL DESTAPE

Robert

Era miércoles en la mañana cuando recibí la llamada urgente de Cindy.

Le urgía ir al departamento lo antes posible, así que accedí a que viniera por mientras me daba una ducha y comía; sobre comía, porque ya parecía que mi estómago se pondría en huelga si no lo alimentaba.

Por otro lado (el otro lado de la moneda como dicen), el incidente con Marianne el fin de semana todavía me daba vueltas en la cabeza y a Katherine la había dejado bastante nerviosa y cautelosa. Y por qué no decirlo, más aprensiva conmigo.

Pero eso era lo de menos. Con que estuviera a mi lado y a salvo, me bastaba.

Cuando creí que el asunto el asunto había quedado en nada o algo por lo que no debía preocuparse, una noche, después de hacer el amor, en mis brazos ella preguntó:

—Marianne te atrae.

Bueno, en realidad no fue precisamente una pregunta, sino una rotunda afirmación que me puso nervioso de inmediato.

Está bien, lo reconozco. Ella era bonita y… sexy, peor eso no significaba nada más. Y pude habérselo explicado tal como yo lo veía, pero no supe por qué esa vez no pude decirle nada. Evité el tema.

De hecho, aún no lo hago.

—¿Por qué lo dices? —dije esa vez.

Fue la última conversación del tema. Ella no lo volvió a mencionar y por un lado me hizo sentir algo aliviado. En el fondo no me creía capaz de explicar algo que ni yo mismo entendía.

Atracción… ¿Deseo? No lo sé. Solo estaba seguro de mi amor por Katherine. Debía ser suficiente, ¿o no?

Y Marianne tampoco apareció en estos días. Quería creer que le había quedado claro lo que yo sentía, pero su advertencia antes de marcharse, me ponía más nervioso que lo normal y con cada segundo que pasaba se hacía peor, porque no podía dejar pasar el hecho de que era ella quien estaba tras Orwell, y nadie hacía advertencias… o amenazas así porque sí.

Por lo menos, lo único que deseaba era que Katherine no se hubiera dado cuenta de nada.

Apenas terminaba de vestirme, sin pasar ni veinte minutos desde que Cindy llamó, cuando el timbre comenzó a sonar insistentemente. Me dirigí a abrir la puerta, mientras me imaginaba qué podría haber sucedido para que ella llamase tan temprano.

Bueno, en realidad eran más de las diez.

Pero no importa, el asunto debía ser importante como para que no dijera nada por teléfono. A lo mejor incluso averiguó algo de Jackson Orwell, ya que hasta hoy aún no había logrado encontrar algo que fuera de utilidad para detenerlo.

Porque claro, todavía estaba aquella piedra en el zapato, de la cual tampoco sabía nada últimamente y si estaba con Marianne, significaba que cualquier cosa podría suceder y en cualquier momento.

Cuando abrí la puerta para recibir a Cindy, me di cuenta al instante de que su expresión no era la de siempre. Le dirigí un confundido "Hola", pero no obtuve respuesta y en vez de eso fue directo a la sala de estar mientras hablaba.

—Rob, lo siento, pero acabo de enterarme —dijo tomando el control del televisor.

Sus palabras me tensaron.

—¿Qué sucede?

—Es Orwell —respondió—. Dará una conferencia de prensa, o algo así, sobre ti —buscó los canales hasta que se detuvo en un programa extraño que ni siquiera sabía cómo se llamaba—. Lo que sea que haya averiguado, me temo que lo dará a conocer.

—¿Qué?

Creo que mis ojos estaban abiertos de par en par cuando dijo aquello. Primero sentí confusión, luego pánico y después ira.

¡Cómo podía ser tan miserable! ¿Y qué era lo que iba a decir? ¡Lo sabía casi todo!

—Está por empezar —dijo de pronto cuando la conductora del programa hablaba.

No puse atención en lo que decía, pero mi mente volvió a funcionar cuando la imagen del bastardo de Orwell apareció en la pantalla sobre una tarima, en lo que parecía perfectamente un escenario. Detrás había un telón blanco y junto a él, una mesa con una computadora. Delante había un montón de sillas ocupadas por otro montón de personas, tal vez periodistas. Lo supuse porque habías cámaras y micrófonos por todas partes.

Orwell llevaba anteojos, los cuales aún así no podían disimular el brillo en sus ojos cuando habló.

«En la farándula, tal vez muchos se han preguntado por simple curiosidad o por el gusto de adjudicarse la exclusiva, quién es la misteriosa novia de Robert Pattinson, la misma que, su servidor, fotografió para ustedes» —decía como si lo hubiera preparado por días y, tal vez, así lo era—. «Y aunque él ha hecho todo lo posible por ocultarlo, siempre llega un momento en que todo sale a la luz y fue de eso, exactamente, de lo que me encargué: de buscar la verdad sobre ella, de lo que en realidad es y de lo que alguna vez hizo».

Hizo una pausa en la que no solo él se dio el tiempo de sonreírle a la cámara y en donde, no solo, sentí la mirada de Cindy sobre mí, sino que además sentí el peso de todo el mundo encima, como si todo lo que pasara en derredor era mi responsabilidad.

Dios, ¿qué haría ahora?

Katherine

No podía dormir. Daba vueltas una y otra vez sobre la cama sin poder conciliar el sueño, porque, aunque Marianne no había dado señales de vida, su sombra no iba de todos los lugares en los que estaba.

Robert me ama, él me lo dijo y, sin embargo, lo que vi esa noche… Bueno, lo que percibí esa noche, no desaparecía de mi cabeza.

El otro día, y solo por curiosidad, temiendo en el fondo la respuesta, le pregunté a Robert por lo que sentía por Marianne y se puso nervioso. Ni siquiera fue capaz de darme una respuesta y, como en estos días ha estado tan extraño, ya no sabía qué pensar. Solo sabía que tenía miedo, y aunque no estuviera segura del por qué, sabía que no era como ningún otro miedo que hubiera sentido antes. Este miedo me laceraba el pecho y no me dejaba dormir tranquila.

Era avanzada la mañana, por lo que en resumidas cuentas hasta podría decir que estaba "trasnochando". Me senté sobre la cama y encendí el televisor esperando encontrar alguna cosa que me distrajera y me devolviera el sueño. Fue ahí cuando, pasando por algunos canales sin nada muy interesante, me detuve en uno en el que vi su imagen.

Ya fuera por costumbre o por necesidad de tenerlo cerca ahora, el asunto es que de todas me quedé escuchando sobre él. Claro que a diferencia de otras veces, ahora el motivo por el que lo mencionaban y quién lo mencionaba, no era como otras veces.

Delante de un grupo de periodistas, estaba el mismo tipo que había visto rondar su departamento y la casona, y ahora se disponía a develar sobre aquella desconocida novia suya, o sea, yo.

Solo bastó su preámbulo insidioso y lleno de cebo para quienes estaban en la sala, para que un nudo se formara en mi estómago. Me acerqué al televisor poniendo más atención y a medida que hablaba, la angustia y el pánico se fue haciendo cada vez mayor.

«Creo que está demás decirles algo acerca de Pattinson, ya que fueron los propios programas de televisión quienes se encargaron de exponerlo hasta llegar al punto de conocer, prácticamente, toda su vida privada» —sonrió entusiastamente —. «Y es por eso que lo que haré será exponer a su novia».

¿Exponerme?

«Y entonces ustedes se preguntarán, ¿qué tendría de importante una chica completamente desconocida?… Ese» —hizo una pausa al tiempo que hicieron un acercamiento más a su rostro, haciendo más visible la satisfacción que lo embriagaba— «es el punto».

¿De qué hablaba? ¿Acaso él había logrado averiguar algo de mí? No, eso era imposible… ¿Podría ser?

Oh, Dios. Que no sea lo que creo.

Dejando mis suposiciones de lado, puse más atención mientras él continuaba.

«En realidad, nunca fui bueno con el suspenso, así que no los haré esperar más».

Abrió una computadora portátil que tenía sobre una mesa a un lado de él, la pantalla blanca que estaba detrás se iluminó como toda una cátedra universitaria y una presentación en digital comenzó a pasar con una de las fotos de Robert y yo en el restaurante en primera "página".

«Lo primero que deben saber, es que el nombre de aquella chica es Katherine Jacobs, estadounidense nacida en Nueva Orleans, la tierra de los vampiros» —comentó riendo—, «y aunque de apariencia solo sea una grácil y dulce jovencita, la verdad es que ésta misma mujer que ustedes ven aquí, asesinó a un equipo completo de periodistas cuando amenazaron con exponer su secreto».

Un murmullo general se hizo escuchar en toda la sala cuando terminó aquella frase, aumentando su expresión de felicidad. En cuanto a mí, lo que yo sentía era totalmente opuesto.

¿De qué periodistas estaba hablando? O mejor aún, ¿cómo sabía quién era yo? Y ese secreto al que se refería…

No, no puede ser. No había forma de que lo supiera.

«Se supone que aquellos periodistas murieron una noche en un accidente de auto y la conclusión final de la policía, ya que no había falla en el vehículo y solo por no encontrar pruebas concluyentes que inculparan a alguien, fue que el accidente se debió a un error humano».

«¿Y quién se supone que eran esos periodistas?» —preguntó en voz alta uno de los asistentes.

«Víctor Garland y su equipo» —respondió.

Víctor… Claro que lo recordaba. Él murió poco antes de que me retirara de los escenarios y tuviera que marcharme de Boston. Pero yo no lo asesiné; ni a él ni a su equipo. ¿Por qué inventaría algo así?

Absolutamente perpleja por la falsa información, estaba temiendo aún más, porque si bien no maté a esos periodistas, yo sí los conocí y eso fue hace más de sesenta años y si el fotógrafo lo sabía, significaba…

Una imagen de un periódico antiguo apareció en la pantalla con la foto de Víctor, tal cual como lo recordaba, mientras que el fotógrafo continuaba hablando. Luego apareció otra con la noticia de su muerte y así, otra y otra. En muchos periódicos de la época en Boston hablaron de ese accidente, y él los tenía todos.

«Espera un segundo» —dijo uno de los periodistas—. «Esos recortes son de hace más de sesenta años» —otro murmullo general—. «¿Quieres decir con esto que aquella "joven" tiene más sesenta años?».

«O sea, que encontró la fuente de la juventud» —dijo una mujer esta vez—. «¿Y no quiere compartir su secreto con nosotras?».

Era evidente que lo dijo con ánimo de burlarse y lo que siguió su comentario fue una risa generalizada por parte de los presentes, lo que solo pareció poner más nervioso al fotógrafo, mientras que a mí por otro lado, me entregaba un poco de alivio. Así como iba, no podría probar nada.

«No, claro que no» —se apresuró a decir Orwell—. «Ese no es su secreto, y por supuesto que no tiene sesenta años. En realidad, tiene 127».

Ahora no fueron risas las que se oyeron de parte de la audiencia, sino que fueron carcajadas; verdaderas carcajadas de burla. Quizá les parecía la broma más grande del año, cuando ni siquiera se imaginaban que tan real como sus propias realidades.

Pero, ¿cómo obtuvo esa información? Sabía exactamente mi edad, cuando los únicos que tenían esa información eran Marianne, quien a su vez se lo dijo a Robert. Empero, él nunca haría algo como delatarme. ¿Es que acaso Marianne estaba tras todo esto?

Claro que sí. Nadie más tenía "ese tipo" de retorsión en su mente como para querer verme destruida de esa manera. Entonces, ¿era capaz de poner en peligro su propio anonimato para verme destruida? ¿En qué pensaba?

Luego el fotógrafo comenzó con una descripción detallada de mi vida y mi familia desde el día exacto en que nací, escarbando en las cenizas, abriendo aún más mis heridas, pasando por el momento preciso en que desaparecí, hasta cuando llegué a Boston y di rienda suelta a mi pasión, ejerciendo como violinista. Lo sabía prácticamente todo. Incluso, al final, puso unas fotografías antiguas de mí: una de cuando estaba viva, de tal vez unos diecisiete, y otra de los años 40'. Luego las comparó con las que él mismo había tomado, evidenciando el gran "parecido" entre yo, yo y yo.

Yo estaba perdida y ellos habían ganado; estaba segura. Hasta que un hombre levantó la voz.

«Puede que ellas sean las descendientes de la primera joven, la de 1900» —dijo buscándole el lado lógico y, con todas mis fuerzas, recé para que él me salvara—. «Suele darse en los árboles familiares debido a la genética».

«Lo sé, pero éste no es el caso. Katherine Jacobs no tuvo hijos, además que las tres comparten exactamente los mismos nombres y apellidos».

«¿Y cómo lo sabes?» —dijo esta vez una mujer joven—. «Acabas de decir que ella desapareció, no que murió, y no hay ninguna prueba que sus nombres. Hasta puede ser una suplantación… O un montaje» —agregó.

El fotógrafo se vio en apuros, mientras yo continuaba rezando para no le creyesen.

«En realidad… Bueno, ella sí desapareció, pero… pero…» —tomó un hondo respiro que le pareció dar valor—. «Lo que ocurrió después fue lo que generó ese secreto tan grande que, para ocultarlo, mató a Víctor Garland y su equipo cuarenta años después. Ella…» —volvió a sonreír—. «Ella es un ser inmortal. Es un vampiro».

Mierda.

Lo dijo. No había marcha atrás. Estaba en televisión para centenares de personas en vivo y en directo, y había puesto en descubierto quién era yo.

La gente que allí estaba no le creyó, por fortuna. Solo se levantaron y comenzaron a marcharse, mientras la reportera del canal, avergonzada por supuesto, por semejante fraude, pedía disculpas a los televidentes. El show había terminado para ellos.

Pero a mí ya nada de eso me importaba. Lo realmente importante era lo que sucedería cuando Robert se enterara y lo que sucedería con su carrera y su vida. Tal vez lo fastidiarían mucho.

O eso era lo que me preocupaba de momento.

Solo por un segundo creí que podría darme un respiro. Nadie parecía haberle creído al fotógrafo, por lo que era una gran noticia para toda la verdad que había ventilado a extraño. Pero solo hasta que se me vino otra idea a la cabeza. ¿Qué podría haber causado esto para el resto de los vampiros? Y peor aún, ¿qué sucedía si entre ellos estaba Balthazar y por esto me había encontrado de una vez por todas?

Jack

Jack intentaba por todos los medios posibles retener a los pocos que estaban quedando en la sala de conferencias, pero no tenía éxito alguno en la tarea.

—¡Esperen! —decía de un lado a otro, desesperado—. ¿Por qué creen que nunca se ha visto de día? ¿Por qué, ah? Si hasta Pattinson consiguió sangre para ella. ¡Tengo la dirección! Pueden averiguar si quieren…

Parecía que nadie se quedaría a escuchar el resto de una historia que era merecedora de una portada en "El Inquisidor", y no pasaron ni diez minutos cuando la sala estuvo completamente vacía, salvo algunos que trabajaban allí y miraban a Jack como si estuviera demente, porque el espectáculo que acababa de dar era digno de los "Hombres de Blanco"(N/A: Hace referencia a Los Hombres de Negro (la película), solo que esta vez se refiere a los hombres del psiquiátrico que visten de blanco.).

Abatido, se dejó caer sobre el borde de la tarima, por sobre un metro del suelo, y se sentó con la mirada perdida aún sin quitarse los anteojos. Pero entre los que quedaban en el salón, quien fuera su contacto para su gran historia, se acercaba a él con una expresión de completa destemplanza.

—Te jodiste —dijo Joshua—, y de paso me jodiste a mí.

Él sabía lo que su amigo había tenido que hacer para que tuviera ese espacio aquella mañana, y también los problemas que ahora tendrían ambos por su culpa; sobre todo Joshua, que nunca se enteró de nada hasta que fue demasiado tarde.

—Mira, yo no sé de que va tu juego —continuaba pese al mutismo de Jack—, pero podrías enfrentar una demanda por las acusaciones que hiciste. Y no me refiero a lo de los vampiros, porque eso… Bueno, me refiero a lo de asesinato. ¿En qué estabas pensando?

La mente de Jack trabajaba a una velocidad en la que no era capaz de procesar sus pensamientos. Eso sí, en lo único que estaba seguro, era que no entendía cómo esos imbéciles no le creían. Las tres fotos eran de la misma persona y aún así se rieron de él en su cara. Lo humillaron.

Y los vampiros tampoco eran una invención. Katherine Jacobs lo era, y su hermana, quien lo arrastró a todo esto, también. Incluso él mismo había estado con Marianne, en todo sentido, y vio lo que era capaz de hacer. Hasta vio como su piel era quemaba por el sol.

—Los vampiros sí existen —murmuró en voz baja.

Joshua lo quedó mirando y frunció el ceño, ya más preocupado por la salud mental de él que de su trabajo.

—Ey, deberías ir con un especialista —dijo acercándose más para que solo él lo pudiese escuchar—. Yo podría conseguirte un número…

Jack lo fulminó con la mirada cuando esas solas palabras cruzaron el ambiente hasta sus oídos, poniéndolo furioso. Se puso de pie y cortó sus palabras de golpe cuando lo enfrentó con las manos temblando de ira.

—¡Yo no estoy loco! —gritó al darse cuenta de lo que había querido decir—. ¡Los vampiros sí existen y esa mujer es uno de ellos!

Joshua entornó los ojos y varios de los que quedaban se detuvieron en lo que hacían y se dedicaron a mirar a Jack, quien, abrumado y sintiéndose perseguido por tantos ojos sobre él, comenzó a desesperarse. Sentía el mundo caer sobre sus hombros. ¿Qué dirían sus conocidos, su familia…? ¿Qué diría Marianne, cuando ella fue, en parte, la culpable de todo esto?

Sabía que echarle la culpa a ella no tenía sentido, porque nunca le puso un revólver en la cabeza ni lo obligó, pero no podía evitarlo. Sentía que si nunca la hubiese conocido, nada de esto le habría sucedido.

En un acto violento ignoró a Joshua, tomó su computadora y huyó del lugar, dejando una estela de miradas confundidas, escépticas y algunas mínimas, preocupadas tras de sí. Pero a él no le importó, ni eso ni la voz de su amigo ofreciéndose a llevarlo a casa. Ahora debía buscar la forma de enmendar el desastre que se había ocasionado y en el que había visto envuelto. No importaba lo que fuera, porque él encontraría la forma de demostrarle al resto que no era ningún demente ni mentiroso.

Como fuera, encontraría la manera.

Robert

Había sido uno de los shows por televisión más extraños en mucho tiempo, y hasta hubiera sido divertido de no estar involucrado en ello. Pero por otro lado no podía evitar la sensación de alivio manando de la pantalla hacia mí cuando todo el discurso de Orwell terminó con una carcajada nacional que se escuchó al otro lado del mundo.

El suspiro de alivio que di luego solo era un ápice de todo lo que sentía. Nadie le había creído, tal cual como Katherine me lo había dicho una vez.

«Y tú piensas que si algún periodista u otra persona descubriera lo que soy y se dispusiera a revelarlo, ¿le creerían?».

La ignorancia es maravillosa…

Sin embargo continuó culpándola de aquella accidental muerte, por lo que estoy seguro de que Marianne tuvo que ver con eso. No había otra manera para que llegara a esa conclusión por sí solo.

De pronto, a mi lado, Cindy soltó un sutil carraspeo que iba acompañado de una mezcla de diversión y confusión en su mirada.

—Por favor, dime que no acabo de escuchar lo que escuché —dijo sin apartar la vista de la pantalla que ya pasaba comerciales.

—Bien, no lo escuchaste —convine.

Por este conveniente e inesperado final, era mejor negarlo todo.

—¿Qué fue eso de vampiros y asesinatos? —preguntó—. ¿Es que acaso esa locura era lo que querías ocultar?

—¿Bromeas? —mentí fingiendo diversión—. ¿Vampiros? Por favor… —bufé.

—Entonces, ¿por qué lo dijo? Además las mujeres que las fotos eran idénticas.

¿Es que, precisamente, sería Cindy la única que le creyó a Orwell?

Muy gracioso.

—¿Por qué lo dijo? No lo sé —me encogí de hombros—. Tal vez se arrepintió en último momento y dijo aquello, o… ¿qué se yo? Está loco… Y lo de las fotos es porque Katherine si es descendiente de ellas. Son su familia.

Fue una mentira, lo sé, pero a ella pareció convencerla de gran manera. Hasta llegaba a ser increíble cómo la gente solemos hacer todo al revés. Muchas veces ignoramos la verdad cuando está en nuestras narices y las mentiras son las que se creen más fácilmente.

Aunque ahora puede que se debiera solo al tinte de la verdad que involucraba el creer o no.

Pero como fuera, lástima que con el tiempo las mentiras son las primeras que salen a la luz.

Personalmente, preferiría que se solo hubiera noche para ese secreto y ninguna vela ni linterna que lo encontrara.

Cindy soltó entonces una tenue risa al darse por vencida de indagar sobre aquella verdad-mentira que no la llevaría a ninguna parte, y volvió a hablar de mejor humor.

—Por lo tanto, esta vez se salvaron —comentó meneando la cabeza—. Pero, ¿quieres que siga investigando? Lo de ahora podría servir para desprestigiarlo y hundirlo.

Duh. Sonaba como a película de gánsteres.

—No. Ya no te preocupes —contesté—. No creo que le queden ganas de inventar otra cosa.

—¿Estás seguro?

—Sí.

Él mismo había cavado su propia tumba y tal vez Katherine ni siquiera tuviera que enterarse, después de todo. Cero problemas para ella y no tendría que molestarla con nada de éste loco asunto.

En el preciso instante en que su nombre cruzaba mi mente, mi teléfono celular comenzó a sonar y cuando lo tomé, el identificador de llamadas mostraba a Katherine.

¿Qué habrá sucedido?, me preguntaba cuando con dedos temblorosos y bajo la mirada de Cindy, apreté la tecla para contestar.

—Cariño, ¿qué haces despierta a ésta hora? —contesté de inmediato.

A mi lado, Cindy me dirigió una mirada inquisitiva enarcando una ceja cuando me oyó, por lo que, incómodo, fui hasta el balcón a hablar. Mientras miraba la ciudad desde un quinto piso, Katherine hablaba.

—No podía dormir y encendí la televisión —dijo al instante.

Genial. Muy buen día para el insomnio.

—¿Y qué viste? —le pregunté temiendo una respuesta que finalmente llegó, tal cual como la imaginaba.

—Estaba ese fotógrafo que rondaba tu edificio y la casona, y sabía quién yo era… Y lo dijo. ¡Lo dijo todo!

Y buen canal para entretenerse.

—Acabo de verlo —contesté sintiéndome algo incómodo, y entonces ella habló exaltándose apenas terminara la corta frase.

—¡Pero yo nunca maté a Víctor! Tienes que creerme… Ni a él ni a su equipo…

—Por supuesto que te creo —la detuve inmediatamente, para comenzar a disculparme—. Y lamento no haber podido hacer algo antes para detenerlo… Pero nadie le creyó. Eso es bueno —agregué bajando la voz para que Cindy no escuchara.

Tenía el leve presentimiento de que su innata curiosidad había súper desarrollado su oído.

Sin embargo, aunque intenté alivianar la tensión de lo que acababa de suceder, el efecto no fue el que esperaba. Tal vez fue el que ni siquiera me diera cuenta de lo que diría antes de abrir la boca, o quizás solo el simple hecho de que todo terminaba sabiéndose tarde o temprano, pero el asunto es que ella lo acertó a la primera.

—¿Tú ya lo sabías? —inquirió de pronto, sacando conclusiones acertadas, y tan rápido que me impresionó… Y aún más lo fue enseguida—. Entonces también sabías que Marianne está detrás de él.

—Sí, lo sabía —reconocí.

—¿Y por qué no me lo habías dicho antes?

—Creí que podría solucionarlo sin involucrarte. Yo solo…

—Pero por qué no querías involucrarme, si yo estoy contigo —me interrumpió.

Su tono de voz al hablar no era violento ni de enojo, sino más bien de preocupación; como si al mismo tiempo de que hablaba conmigo, por su mente estuviera cruzando otra cosa que no me decía, lo que no terminaba de comprender.

—Solo quería protegerte —dije al final.

Su silencio posterior, acompañado de una repentina mirada tímida que logré ver en Cindy, puede que fuera lo que en el fondo me hizo sentir como si alguien me estuviera gritando en el oído un claro «Te lo dije».

—Pero puedes estar tranquila —intenté hacerle entender la parte buena de todo esto—. Él no te molestará más. Eso tenlo por seguro —luego volví a bajar la voz—. Y al final, todos tomaron la verdad como una broma. Estás a salvo.

A pesar de mis palabras llenas de aliento y convicción, Katherine no decía nada al respecto. Y así se mantuvo por lo que parecieron siglos para mí. Solo había un tenso silencio al otro lado de la línea que no comprendí del todo, sobre todo cuando al final lo único que dijo fue:

—Solo procura tener cuidado.

—¿Cuidado? —repetí, ahora confundido—. ¿Cuidado con qué?

—Nunca está de sobra el tenerlo.

Mi reacción en un principio solo fue el de enarcar una ceja, porque no supe qué decir, sin embargo aquello solo aumentó la minúscula sospecha de que ocurría algo más de lo que decía y no decía. Y estando Cindy en el departamento, no podía intentar averiguar de qué se trataba.

—Ya que estás despierta, podría ir para allá —sugerí sutilmente, pero la respuesta inesperada fue expedita y no de quien esperaba.

—De hecho, no puedes —oí que Cindy decía a mis espaldas, tomándome desprevenido el que hubiese estado escuchando—. Tienes una reunión en tres horas —agregó mirando disimuladamente sus uñas cuando di media vuelta.

¿Reunión? ¡Demonios! Lo había olvidado por completo, y según la memoria que comenzaba a funcionar en mi cabeza en éste momento, no podía faltar, porque era para el rodaje de Eclipse (N/A: se supone que la historia transcurre aún el año pasado, antes del rodaje de Eclipse).

¿Tenía que ser hoy?, me quejé mentalmente como un niño.

—Oí eso —dijo Katherine.

Mujeres… Tenían un oído…

—Y no te preocupes por mí, solo haz lo que tengas que hacer —continuó hablando muy rápido—. No puedes dejar tu vida normal y tu trabajo por mí. Y ahora que hablamos de ello, ¿hace cuánto que no sales con tus amigos o ves a tu familia? Últimamente has estado mucho tiempo aquí en la casona y creo que no es bueno para ti.

—¿Qué quieres decir con ello? —pregunté aún más confuso, mientras caminaba a paso lento hacia el balcón en busca de un poco de privacidad.

—El que yo no pueda salir durante el día no significa que tú también no puedas. Disfruta del día por mí, disfruta tu vida. No quiero que seas un prisionero de lo nuestro. No tienes que hacer más de lo que ya has hecho por mí, y que ha sido bastante; más que lo cualquier otro podría hacer jamás.

Espera. No estaba entendiendo bien. Esto era algo así como tomarse un tiempo o algo parecido, o solo se trataba de lo que no estaba diciendo; porque yo sí veo a mis amigos. Bueno, a los pocos que tengo, a mamá y papá los vi hace dos días —sin contar que hablo diariamente por teléfono con ellos—, y a mis hermanas las veo lo mismo que siempre; y todo esto ella lo sabía. ¿Por qué éste repentino cambio?

—¿O en otras palabras…? —pregunté temeroso de una respuesta que demoró algunos segundos.

—Solo digo que salgas y te diviertas. Además, hoy debo cazar —cierto, lo de la sangre embotellada no había funcionado del todo— y no me gustaría que te quedaras solo allí.

Oh, ya veo. Creo que comenzaba a entender.

—¿Es por Marianne? —inquirí.

—¿Marianne?… Oh, sí, es por ella —respondí de pronto—. Pero bueno, no quiero molestarte más, así que creo que es mejor que me vaya a dormir… Uh, adiós. Que tengas buen día —se despidió de prisa y nerviosamente, sembrando una nueva cuota de de incertidumbre en mi interior que no puede explicarme inmediatamente.

Estaba pasando algo por alto, y tal vez me pasara toda la tarde descubriendo qué era.

—De acuerdo. Dulces sueños, te amo —me despedí en voz baja.

—Robert, ten cuidado, por favor —fue lo único que dijo antes de colgar.

Deposité el teléfono en mi bolsillo y apoyé mis manos sobre el barandal del balcón, absorbiendo una gran bocanada de aire fresco. La luz del sol de media día me daba de lleno en el rostro, pero era agradable y parecía contrarrestar en algo la inquietud de lo que Katherine dijo. Me hubiese quedado allí, además de que tenía una vista estupenda de la ciudad, de no ser porque mi estómago rugió por lo hambriento que estaba y, como si hubiese sabido lo que estaba pensando, Cindy abrió el ventanal del balcón y se instaló allí con una enorme sonrisa, preguntando:

—¿Qué hay de almuerzo?

Sonreí.

Lo siguiente que supe fue que estaba con Cindy en la cocina haciendo algo de comer (o intentando hacerlo, que sería lo más apropiado) y mientras cierta carga invisible que sentía sobre mis hombros iba disminuyendo, cada vez me reía más al oír las particulares ocurrencias de mi co-cocinera.

Sin embargo hubo algo que nunca desapareció, y eso fue la sensación de que Katherine me ocultaba algo. Había una cosa que aún no me decía.

Katherine

Incertidumbre, miedo, muda desesperación, y luego miedo nuevamente. Eso era todo lo que sentía.

Ojalá pudiera cambiar el pasado, pero ya era tarde. Los nombres de quienes escribieron las lágrimas oscuras de mi libro volvían con su pluma y su tinta llena de amargura a rayarlas. Si no era Marianne, era Balthazar, y si no era ninguno de ellos, estoy segura de que nunca faltaría el inconveniente. Pareciera que mi vida fuera destinada a ello.

Y el problema no es ese precisamente, porque si fuera así… bueno, ya sería pan de cada día, pero que ahora alguien amado corriera un riesgo absurdo por mi culpa, era algo que no estaba dispuesta a pasar.

Ojalá existiera la posibilidad de poder sellar aquel libro, pero tampoco podía hacerlo. Quisiera arrancar algunas de esas páginas, sin embargo es imposible. Tal vez, como dijo George Sand una vez, pudiese tirar todo el libro al fuego. Pero de ser así, ¿sería suficiente?

Más ahora sólo me queda esperar… Esperar y rezar para que lo que temo no ocurra.

Como avance, el próximo capítulo se llama: "TRAGEDIA EN LA CASONA"

PERO... creo que tardare algo en publicar... :'(

espero comprensión :D