¿A dónde me llevará esta irreal historia? Aún no tengo la respuesta...
Recuerdo los momentos más triste de mi cruda y vaga existencia...
Beyblade no me pertenece...
Se agradece de antemano la lectura, bienvenidos todos los reviews
Latidos Capítulo II Dolor y negación…
– Me dejaste solo… – susurró a la tumba – Creí que estaríamos juntos y me dejaste solo… – una lágrima escapó – Me diste tu corazón y me quedé solo… –
Tres meses transcurrieron luego de haber sido dado de alta. La casa de su padre estaba vacía, no había nadie. Susumo salió a trabajar desde las siete de la mañana y él… Él debía estar en reposo absoluto. No podía aceptarlo, estaba vivo, tenía que aprender a sobrevivir con un nuevo dolor.
Probablemente cometí un error, lo dejé solo antes de tiempo, tal vez necesitaba más confianza, tal vez más amor…
Miraba a través de la ventana de su alcoba, estaba en el segundo piso. Árboles movidos por la brisa, el sol opacado por unas cuantas nubes, un día agradable a su parecer. Jamás le gustaron los días soleados, tampoco lo días lluviosos, tan solo los días nublados. Quería salir, distraer su mente de lo ocurrido, alejar los pensamientos que lo rondaban, pero no podía. Justo ahora estaba enclaustrado en un cuerpo inútil. La rabia, el dolor, la negación, la aceptación, la decisión, nada estaba claro. Debía sentirse feliz, debía estar bien, había sido su promesa, mas no podía sostenerla.
Sonó el timbre del teléfono, una vez y otra vez y otra más… No contestaría. Al parecer ignoraba a la máquina, un mensaje de voz estaba siendo dejado…
– Kai, por favor, si estás allí contesta, estamos preocupados por ti. Llámanos, Tyson… –
No iba a contestar el mensaje, algo se lo impedía. En el hospital había escuchado los susurros acerca de cómo debía sentirse. 'Era su novia' decían las voces de sus amigos.
– ¿Novia? Novia… Novia… – repitió. – Novia, es todo lo que pueden ver – dijo molesto en medio de la nostalgia.
Pude haberle hecho daño, intenté ayudarlo y sólo creó confusión, pero no quería desilusionarla, no quería que sufriera, al final también era su amiga.
– Yo no tengo novia, no tengo nada… Únicamente tengo un corazón roto… – sus ojos se inundaron, pero ya no quería llorar.
¿De qué habían servido las terapias? Lo habían preparado para vivir con la idea de morir cada día, de saber que tenía una esperanza, lo prepararon para agradecer por la nueva oportunidad de vivir, sin embargo no le enseñaron a perder a alguien especial…
¿Cómo podía saberlo? Yo no podía entender… Me preparé para morir…
Cerró los ojos fuertemente. Sus puños eran pálidos debido a la presión que había en ellos. Golpeó la ventara y los cristales cayeron al césped, La sangre de su mano era abundante. La contempló por unos instantes…
– Esto no me duele, esto no se compara con tu ausencia… – se dijo, apretó más fuerte el puño, la sangre fluyó más a prisa. – ¿Así estará este corazón tuyo? – se preguntó viendo los cristales rotos.
Fue duro, lo entiendo, sólo querías a alguien con quien estar en casa, con quien compartir tus alegrías, querías a alguien que llenara el vacío que formaste y yo necesitaba llenar ese vacío, te necesitaba…
– Me enseñaste a vivir en medio de la turbulencia, sostuviste mi mano cuando tuve miedo… ¿Y ahora? ¿Quién me consolará cuando me sienta solo? ¿Quién me dirá que estaremos juntos? ¿Quién me dirá lo mucho que me extraña al desaparecer unas horas? ¿Quién volverá conmigo a casa? – se sentó llevando sus rodillas al pecho, cruzó los brazos sobre éstas y recargó su cabeza.
Llegó Susumo, entró deprisa al ver la ventana de Kai rota, lo vio sentado cerca…
– ¡Kai!, ¿estás bien? – corrió a toda velocidad.
No se inmutó, no contestó…
– ¿Qué pasó? ¿Por qué está la ventana rota?... ¿Qué te pasó en la mano? –de reojo miró la mano lastimada, veía la sangre seca sobre su pantalón azul – ¿Te hiciste daño? –
Se acercó par revisar la lesión…
– Déjame solo – dijo antes de poder tocarlo siquiera.
– Kai, no puedes seguir así, sabes que… –
– Sólo quería alguien con quien volver a casa – su voz comenzaba a quebrarse. – Era mi hermana… Y ahora la casa está vacía. – dijo brotando más lágrimas.
– Ella te enseñó a luchar, según me dijiste una vez… – se sentó a su lado y sobó su espalda – ¿No es verdad? –
– ¿Luchar? No, me enseñó a vivir, a vivir con alegría, a vivir con su compañía. – respondió.
– Es difícil continuar sin esas personas especiales, personas que te enseñan de la vida, no tienen que ser ancianos o doctores o eruditos para saber vivir… –
– ¿Ancianos? Ancianos, ancianos… Tenía catorce, apenas iba a cumplir los quince, quería una fiesta… – broto una risa breve – Pero entonces tenía que vivir yo – se puso serio y muy molesto. – Tenía que morir para festejar mi cumpleaños ¿Y de qué sirve? –
– Sabes que te estás torturando de una manera absurda ¿verdad? – inquirió con firmeza.
– Recordaba sus palabras… –
Susumo tomó su mano herida. La observó, notó que no era tan profunda. Fue por el botiquín. Sacó un frasco con agua oxigenada, remojó un algodón y comenzó a limpiar la herida…
– Mi nombre es Cindy – me dijo una chica de unos catorce años, piel morena clara, cabello castaño oscuro y ojos color miel.
–… – la miré de reojo. – ¿Qué quieres? – no se iba, seguía allí parada esperando por una respuesta.
Estaba parado en un parque frente a la institución a donde acudía a terapia.
– Sólo quería saludarte, es un bonito día ¿no te parece? – su respuesta parecía convincente.
– Es un día como cualquier otro. –
¿Cómo cualquier otro? No, por supuesto que no, otro día en el que el fin estaba cerca, en el que tenía la certeza de que moriría.
– Yo espero un hígado. – soltaron sus labios.
Me sorprendí mucho al escuchar tal declaración.
– ¡¿Qué?! –
– Yo vengo aquí, porque espero un transplante de hígado. Me enfermé de hepatitis y se daño demasiado, llevo unos ocho meses en espera, no estoy segura de cuanto tiempo más pueda esperar. – sonrió.
¿Cómo podía sonreír? Ella iba a morir igual que yo… ¿Por qué sonreía? ¿Por qué lucía tan fuerte? Para mí la fortaleza significa no contar tus problemas y llevarlos a cuestas, solo, hasta el fin.
– Lo siento, no sabía. – desvié la mirada.
– Y ¿tú?, ¿por qué estás aquí? – preguntó amablemente.
– Nada especial. –
Nada por lo que la gente no pasaría algún día, sólo que… Yo tenía diecisiete años.
– Es de mala educación no dar una respuesta concreta. – dijo.
– Yo… Moriré. – sentí un nudo en la garganta.
¿Por qué me costó decirlo? Si en mi mente todo el tiempo suenan esas palabras…
– ¿Morirás? – dijo sin entender la chica. – Yo creo que estás dando por hecho algo que no es del todo cierto ¿sabes? Yo pensaba eso en un principio, pero he visto a muchos salir delante de malas situaciones. Incluso tengo la esperanza de recibir un hígado antes de que sea demasiado tarde… –
Continuó hablándome de lo bien que se sentía ahora. Le gustaba ir a esas terapias, decía que la libertad que sentía al despojarse de sus miedos era lo mejor. ¿El miedo te hace esclavo? Me pregunté y como si supiera mi pregunta me contestó…
– El miedo se apodera de tus sentidos, te hace dudar, cambia tu perspectiva de la vida… Yo tenía miedo en un principio, pero a pesar de no tener los recursos necesarios mis padres seguían luchando, para mí eso significó vencer el miedo, miedo a perder los bienes materiales, vencer el miedo de perder a un ser querido, vencer el miedo a la soledad…–
Nadie me dijo que lo iba a herir con la soledad…
Estaba terminando de vendar la mano, no había sido tan grave. Kai miró su nuevo vendaje...
– ¿Mi corazón está roto? – cuestionó a su padre.
Esperó por una respuesta mirándolo fijamente.
– El corazón no puede romperse, hijo, sin embargo tu mente puede engañarte y hacerte sentir así. El corazón es fuerte y soporta las peores tormentas, los peores males, se recupera sin importar nada. –
– ¿Y qué es lo que siento? –
– Kai, estás muy deprimido, es tan solo una etapa, pronto aceptarás lo que pasó. Deberías acercarte a tus amigos, han insistido mucho para venir a verte, no has querido recibirlos. Podría apostar a que ya llamaron y tú no contestaste. –
– Era Tyson, llamó hace un rato. Dice que está preocupado, ¿por qué? – se preguntó.
– ¿Hace cuánto que los conoces? –
– Más de tres años, probablemente cuatro, no sé. – responde con desgano.
– ¿Te llaman? ¿Te buscan? ¿Se preocupan por ti? ¿Te aceptan como eres? ¿Te dicen cuando estás mal? –
– Sí, sí, sí, sí, sí. –
– Así son los amigos, están siempre que los necesitan, te aceptan, te buscan y te apoyan en los malos momentos, no importa si estás mal porque ellos te lo harán saber, ellos son como hermanos, Kai. –
– ¿Te estás escuchando? Ella era mi hermana – respondió con rabia. – ¿Cómo permitiste que pasara esto? ¿Cómo fuiste tan egoísta para dejarme vivir? –
