Beyblade no nos pertenece….

No sé hacia donde me lleve la historia, pero estoy segura de continuar mi camino…

Gracias por sus lecturas…

Capítulo III Aceptación y Depresión.

– ¿Te llaman? ¿Te buscan? ¿Se preocupan por ti? ¿Te aceptan como eres? ¿Te dicen cuando estás mal? –

– Sí, sí, sí, sí, sí. –

– Así son los amigos, están siempre que los necesitan, te aceptan, te buscan y te apoyan en los malos momentos, no importa si estás mal porque ellos te lo harán saber, ellos son como hermanos, Kai. –

– ¿Te estás escuchando? Ella era mi hermana – respondió con rabia. – ¿Cómo permitiste que pasara esto? ¿Cómo fuiste tan egoísta para dejarme vivir? –

Un silencio invadió la habitación. ¿Había sido egoísta al querer a su hijo vivo? No, por supuesto que no. Es sólo que Kai no entendía. No deseaba tener ese dolor en su corazón, en el corazón de Cindy. La palabra egoísmo era la primera que había llegado a su mente, pero no era eso. Sabía en el fondo que no había sido egoísta, pero no podía ni quería aceptarlo, quería estar muerto en su lugar. Ver a esa pequeña rebosante de vida, de alegría. No podía aceptar que su existencia cruda fuera recompensada. Estaba tan acostumbrado a sufrir que cuando encontró la felicidad, pensó que era mejor morir en ese estado, mirarse salir del cuerpo y ver como había sido sus días felices, no quería revivir el dolor que tiempo atrás había experimentado. ¡Él era el egoísta! Lo sabía.

– Sólo escúchate… – recriminó su padre. – Ella deseaba lo mejor para ti y tú lo tiras a la basura. Tus amigos están allí, esperando a que les tiendas la mano para poder sacarte de ese abismo. ¿Quién es egoísta, Kai? ¿El que se tortura a sí mismo culpando a los demás de su desgracia o quién ofrece la mano para ayudarte? –

No respondió. Lo sabía, ¿cómo no iba a saberlo? Únicamente pensaba en su dolor. No aceptaba que los demás se preocuparan por él. No era débil, no señor, él tenía que ser el sustento, pero ahora… Ahora estaba más que destruido. A su cabeza venían memorias que no quería tener, que no quería remembrar. Hacía años que las había bloqueado, que había congelado ese dolor en lo más profundo de su ser y ahora el hielo se había roto. Comenzaba a verter ese dolor por todo su ser. No había sido suficiente el tratamiento recibido. Su abuelo había intentado terapias costosas, hipnosis, regresiones, psicología, nada funcionaba. Decidió enviarlo a la abadía, fue cuando cambió. Canalizó su odio, su rencor su dolor hacia la vida. Se había sobrepuesto. Nunca nadie imaginó que ese 'tratamiento' le ayudaría a crear una presa de sentimientos y rencores que algún día saldrían y que se desbordarían sin control alguno.

– ¡Ya no puedo más! – gritó.

Se lanzó a los brazos de su padre. Ya no soportaba el dolor.

– Tranquilízate. – pidió.

– ¡Ya no lo soporto! ¡Ya no quiero que me duela de esta manera! ¡Ya no! – se derrumbó.

Su padre lo entendía. No había estado con él desde aquella tragedia y aunque intentó acercarse, estaba muerto, eso le había dicho Voltaire. La muerte lo rondaba y de alguna manera había conseguido sentirse culpable de la muerte de su hijo. Voltaire dijo que había sido un accidente en un principio, luego suicidio. Había estado en depresión por meses, quizás años, hasta que pudo salir adelante gracias a sus amistades de aquel entonces. Aprendió a aceptar las sorpresas y desgracias de la vida. Ahora tenía que ayudar a su hijo a encontrar el camino. Necesitaría que se dejara ayudar y la gran fortuna, es que su hijo también tenía amigos, amigos que lo apreciaban y trataban de entenderlo. El teléfono sonó…

– Deben ser tus amigos… –

– No quiero hablar con ellos – respondió alejándose hacia su cama.

– Son tus amigos – recalcó.

– No puedo hacerlo ahora. – se recostó y dio la espalda a su padre.

– Hablaré con ellos. – Salió de la habitación cerrando tras de sí la puerta.

El teléfono volvió a sonar…

– ¿Kai? – se escuchó al otro lado de la bocina.

– No, Hilari, me temo que no desea hablar con nadie aún. – respondió con tristeza Susumo.

– Debí saberlo. Hemos llamado en varias ocasiones, pero nadie contesta. –

– Sí, lo sé. Incluso borra los mensajes de la contestadora. Creo que no está muy bien. –

– ¿Cree que podríamos ir a visitarlo? Tal vez le ayude. –

– No estoy muy seguro de que funcione. Pero debemos intentarlo, nada perderíamos. –

Se despidieron acordando una reunión en la casa Hiwatari al día siguiente.

No sabía que podía hacerle daño. En realidad no era mi intención. Siento culpa, no poder estar allí para ayudarlo y consolarlo. A veces creo que no debí dejarlo solo. Quizás hubiera ayudado si no me hubiera ido…

Era sábado por la mañana…

– ¿Kai? – tocó a la puerta de su alcoba. – ¿Puedo pasar? –

Sin recibir respuesta entró. Ya estaba vestido y viendo una vez más por la ventana, sin un punto en específico.

– ¿A qué hora vendrán? – preguntó sin mirarlo.

– Llegarán en un rato. ¿Quieres desayunar algo antes? –

– No tengo hambre. –

– Deberías comer algo, sabes que necesitas energías. –

– Tal vez luego. –

Las rodillas cerca del pecho, los brazos cruzados sobre y el mentó recargado en éstos.

– No es muy sano que te sientes de esa manera, sabes que podría abrirse la herida… –

Se puso de pie y lo miró directo a los ojos. Cualquiera esperaría una mirada gélida, con rencor, pero no…

– No lo había pensado. – fue su respuesta.

– Tenías la mente ocupada. – sonrió su padre.

– Eso creo. – comenzó a caminar fuera de su habitación.

Fue a la cocina.

– ¿Quieres que prepare algo? –

– No tengo hambre realmente. Lo que sea estará bien – dijo sin ganas.

Susumo se apresuró servirle un poco de cereal integral, una manzana, jugo de naranja y un emparedado. Sin mucho ánimo terminó la manzana…

– ¿Es todo lo que comerás? – le preguntó al ver que se levantaba del comedor.

– Ya te dije que no tengo hambre. –

– Sí, pero sabes que debes alimentarte mejor. –

Con un poco de desgano se volvió a sentar. Intentó comer más, sin embargo únicamente logró comer un poco más de medio emparedado.

– Me siento cansado. Iré adormir. –

Se fue a su habitación. Parecía tener una mejoría… Una hora más tarde llamaron a la puerta. Eran los chicos. Llegaron con algunos presentes. Fueron invitados a sentarse en la sala…

– Muchas gracias, Sr. Hiwatari. ¿Cómo se encuentra Kai? – inquirió Hilari sin más rodeos.

– Pues creo que mejor que ayer. No es muy sencillo aceptar lo que pasó. –

– Eso creo, – pronunció Tyson – no sé mucho de esas cosas, pero creo que le dará gusto vernos. –

– Espero que sí. ¡Pero para qué perder más tiempo, vamos a ver si está mejor! – se puso de pie rápidamente.

La acción sorprendió mucho a los chicos, sin embargo lo siguieron. Llamó a la puerta.

– Kai, llegaron los chicos. –

Abrió la puerta. Estaba sentado en la cama, viendo por la ventana…

– ¡Hola, Kai! – se acercó Hilari.

La miró de reojo, enseguida volvió a la ventana.

– ¿Cómo te sientes hoy? – Ray tratando de sonar no muy preocupado.

Tampoco recibió respuesta.

– ¿Qué te ocurrió en la mano? – Max notó el vendaje.

– Tuvo un accidente con la ventana – se apresuró a contestar Susumo. – Nada de gravedad. – dirigió una sonrisa.

Se alarmaron un poco…

– ¿Cómo está Dranzer? – preguntó el jefe en un intento por no recibir una respuesta comprometedora.

– La enterré junto con Cindy – respondió sin mirarlos. – Después de que se enteraron ya no pude seguir entrenando y cuando murió… Yo lo enterré también. –

Kenny se avergonzó por su pregunta.

– No podía recibirlos. No me sentía muy bien. – continuó – Necesitaba tiempo. –

Los chicos notaron al igual que su padre la mejoría. Pudieron sentarse alrededor de la cama y comenzar a platicar un poco. No parecía negar que necesitaba escucharlos, que sentía su apoyo…

– Y eso fue lo que pasó luego de que el abuelo cayera al agua… – terminó Tyson.

Narraba la caída de su abuelo al estanque del jardín. Todos reían ante la desafortunada caía del abuelo Granger. Sentía que no podía respirar bien… Sudaba frío… Taquicardia…

– ¿Estás bien, Kai? Te ves muy pálido. –

Quería contestarle a la castaña, pero no pudo. Sus pulmones necesitaban aire, su corazón debía detenerse… Su padre se asustó y se acercó a ver qué le ocurría. Lo más temido… Su cuerpo rechazaba el corazón.

¿Te herí demasiado?