Beyblade no me pertenece…
Gracias por sus lecturas, espero recibir sus comentarios y sugerencias…
Gracias a kira minatoya por pasar a leer este fic y dejar un comentario, espero que te siga gustando la historia.
El final se acerca…
Ensimismarse y sufrir un dolor interno es muy sencillo, sólo basta regufiarse en el dolor...
Vio una pequeña multitud cerca de la habitación de su hijo, se acercó a prisa sintiendo una opresión en el pecho…
– ¿Cómo está Kai? – preguntó sin demora y sin ocultar su preocupación.
– Kai se fugó – fue la respuesta que recibió por parte de Tyson.
Lo buscaban por todo el hospital, personas iban y venían…
– Las extraño – susurró al viento mientras éste le golpeaba el rostro y le agitaba el cabello a capricho. – Ya no quiero más… –
¡Detente! Ángela y yo estamos a tu lado…
Capítulo VII Refugio Primera Parte
Susumo estaba muy preocupado. Sin lugar a dudas Kai se había fugado aún bajo los efectos del sedante. Hilari se sentía culpable, estaba segura de que Kai la había escuchado decir todo aquello, Hilari tenía la certeza de que sus palabras hicieron reaccionar a Kai de esa manera, seguramente le había hecho recordar a Cindy y a ¿Ángela? No era el momento para preguntar, no en esos momentos en que debían encontrar al bicolor antes que algo pudiera ocurrirle. El sedante que le habían aplicado era fuerte, los doctores no se explicaban cómo es que había ocurrido, si bien había despertado por un momento en el que logró huir, la inconsciencia volvería pronto, no llegaría demasiado lejos, pero tal vez no era necesario que estuviera a kilómetros de distancia para que algo le pudiera pasar.
Hilari, Kenny, Max, Ray y Susumo decidieron buscar fuera del hospital, seguridad se encargaría de buscar en el edificio. Los chicos se separaron, todos tenían el número del padre de Kai para poder comunicarse en caso de encontrarlo. Ray fue a buscarlo a los lugares donde solía encontrarlo cuando discutía con Tyson, sin embargo no se encontraba en la playa ni en el mirador. Max fue a buscarlo a un parque donde en ocasiones lo había visto beybatallar, pero estaba desolado. Kenny recorrió los alrededores del hospital, quizás los médicos tenían razón y no había llegado lejos. Tyson lo buscó por calles más alejadas del hospital, las cuales estaban solitarias, sabía que si Kai había decidido huir lo haría con la mayor de las precauciones, aunque no estaba muy seguro de cómo actuaría bajo esas circunstancias. Hilari tuvo la idea de ir a buscarlo a la casa de Susumo, tal vez podría volver, tenía la esperanza de que así fuera.
No sabía qué iba a pasar, Kai estaba totalmente ido por aquellas ideas en su cabeza, recuerdos y dolor que invadían su alma. El viento golpeaba su rostro y le hacía sentir que ya no podría más, había corrido por un tiempo no muy largo, pero en su estado le pareció una eternidad. Llegó hasta donde quería, se sentó a un lado y con su respiración entrecortada por el esfuerzo comenzó a llorar. Su corazón latía a marchas forzadas, estaba al límite.
Susumo conducía hacia el cementerio, tenía la esperanza de encontrarlo allí, de que estuviera buscando la cercanía con Ángela, sabía que ese dolor lo carcomía por dentro. Estacionó su automóvil sin mucho cuidado, salió a prisa y corrió hacia el cementerio, la noche y la oscuridad aparecían y si eso pasaba sería más difícil encontrarlo. Pronto cerrarían el lugar. Caminó por la vereda que conducía hacia las distintas tumbas, pero no veía la figura de su hijo por ningún lado. Pasó cerca de la lápida de Cindy, pero no había rastros de que hubiera estado allí, caminó más a prisa. "Amada hija y hermana, te recordaremos como el sol que iluminó nuestras vidas" leyó Susumo. "Ángela Hiwatari" se veía al calce. Se detuvo para poder observar con detenimiento la otra inscripción que estaba a un costado: "Amada esposa y madre, tu amor nos mantendrá unidos", "Alejandra Hiwatari". Cayó de rodillas. Lloró sin sosiego. ¿Perdería a toda su familia?
– ¡No voy a permitir que le pase algo a nuestro hijo! – gritó al viento.
Sabíamos que esto pasaría, que no soportaría esa carga que por años y años había jugado en su corazón. Pero no está solo, estamos con él y sus amigos y su padre también.
Estaba por cerrar las puertas del Centro Psicológico cuando su esposo llegó por ella. Itsuki Nagato trabajaba en el centro desde hacía ya cinco años, era un empleo difícil, pero satisfactorio en la mayoría de las ocasiones. Casi todas las terapias que había llevado a cabo resultaban bien, todas llegaban a un término 'agradable', su trabajo como tanatóloga ayudaba a la mayoría de los pacientes, al menos a los que podían terminar sus terapias; así mismo ayudaba a los familiares. Su único trabajo inconcluso había sido el de Kai. Cuando le fue presentado el caso no había entendido del todo el motivo porque estaba allí, parecía un joven decidido y fuerte, sin embargo con las primeras sesiones se dio cuenta de la realidad: Kai era un chico frágil, sensible, ensimismado y derrotado por sus miedos y el dolor. Estaba segura que con un poco de paciencia lograría ayudarlo, darle esa paz que parecía ansiar. Llevaba apenas un mes cuando la tragedia ocurrió. El cuerpo renacía, pero su alma estaba plagada por un sentimiento culpable que adolecía cada rincón de su alma, cada rincón de su ser.
Sí, los había visto juntos, eran felices. Tomados de la mano caminaban por los pasillos del Centro. Parecían una bonita pareja hasta que se enteró de la verdad. La muerte de Cindy lo destrozó, acabó con sus grandes progresos, acabó con esa pequeña chispa que había surgido, ya no deseaba vivir. No volvió al Centro y mucho menos a alguna de las terapias, el resultado: Un tratamiento incompleto y un joven inestable.
Itsuki saludó a su esposo cariñosamente, un abrazo fuerte y… Delante de sus ojos estaba su expaciente. Soltó de inmediato a su esposo y corrió hacia donde estaba Kai. Estaba tambaleando en el pequeño parque frente al Centro, observaba con mirada casi perdida el lugar donde la conoció por primera vez, el lugar donde alguna vez supo lo que era fortaleza, deseos de vivir, entereza, allí conoció a Cindy. Se sentía perdido mientras caminaba por las afueras del hospital ¿cómo podía calmar ese dolor?, ¿a dónde huir?, ¿a quién acudir? No sabía cómo deshacerse de toda esa tristeza que lo embargaba, tampoco sabía a dónde correr y refugiarse, ni tampoco sabía a quién pedirle un consejo, la persona que lo impulsaba, que fungía como guía espiritual ahora estaba tres metros bajo tierra y ni siquiera un millón de años acumulados en lágrimas haría que volviera, estaba solo. Corrió como por inercia hacia ese parque, allí aprendió su primera lección.
