Capítulo 13
Edward, no puedo respirar…
Edward, aparece de una vez…
Edward, vuelve acá…
Edward, dónde estás…
Edward, no me hagas esto.
- ¡Edward!- desperté sudando y llorando.
Llevaba dos semanas soñando lo mismo. Ya sabía lo que venía y lo esperaba, pero aún así no podía despertar antes.
En mi sueño, Edward y yo estábamos en mi casa de Forks. Mi madre también estaba y vestía ese hermoso vestido morado y amplio que llegaba hasta su rodilla. Mi padre vestía un hermoso traje beige y una camisa blanca con corbata verde oscuro. A pesar de que yo me veía adulta, mis padres estaban igual de jóvenes que cuando me dejaron.
Iban a alguna parte en coche. Yo también quería ir con ellos, pero ellos sólo se llevaban a Edward y desaparecían de mi vista.
Luego llegaba un policía y decía que el coche había impactado contra un camión que iba en sentido contrario y que mis padres habían muerto. Yo ya estaba preparada para eso, pero al preguntar por Edward me decían que no iba en el coche. Yo salía desesperada a buscarle por el bosque pero él simplemente no aparecía, hasta que le encontraba en medio del camino con sus ojos cerrados y una paz que nunca he visto en su rostro.
No entendía porque no era capaz de continuar con mi vida, él de seguro ya lo estaba haciendo. Aún lo esperaban los paparazzi en la entrada del hospital, al igual que me buscaban a mí, pero en un par de semanas más se olvidarían del tema y él podría retomar la calma que yo no fui capaz de darle.
Luego de despertar ya no podía seguir durmiendo. Fueran las dos o las siete de la mañana, en el momento que terminaba mi pesadilla despertaba sin poder conciliar el sueño nuevamente.
Por ahorrar energía, las dos primeras noches sola intentaba dormir sólo con la tenue luz de la lámpara. Pero la sensación de soledad y el no poder ver todo lo que me rodeaba en esa habitación, me obligaron a dejar la luz principal del cuarto encendida y muchas veces el televisor también.
Vi la hora. Eran las seis con treinta y cinco minutos. Me levanté y me fui al baño, encendiendo las luces a su paso, aún no amanecía. Di el agua caliente de la ducha y cuando estuvo en su punto me puse bajo ella, como si de esa manera pudiera limpiar mi mente y mi corazón de todo aquello que me hacía daño.
Al terminar me envolví en la una toalla azul y puse una blanca en mi mojado cabello a modo de turbante para que no escurriese. Busqué algo cómodo y opté por una túnica larga que Rose me había traído de la India. Daba lo mismo, desde que había llegado que no salía de casa y tampoco tenía intenciones de hacerlo. No mientras me siguieran buscando para saber qué había pasado en mi matrimonio frustrado.
Fui a la cocina y preparé café. No tardó en estar listo y me serví una taza. Después de la hora de dormir, este era el momento en que el recuerdo de Edward me golpeaba de frente. Jamás me podría quedar el café como a él y eso me pesaría siempre. Después de seis años, estando acostumbrada a ello, me era difícil dejar la rutina atrás.
Me senté a ver televisión. A esa hora lo único interesante era el canal de noticias o el informe financiero. Opté por lo primero, de economía no entendía nada.
A eso del mediodía llamé a un italiano y esta vez pedí ravioles de queso de cabra al pesto. Ni siquiera tenía ánimos de cocinar, eso también se había quedado con él.
Al llegar mi comida, me senté en el sofá frente al televisor y prácticamente me engullí el contenido del plato de plumavit en el que venía mi almuerzo. Ni siquiera había sido capaz de servirlo en un plato decentemente. Estaba todo hecho un asco y me daba igual.
Por la tarde estaba leyendo un libro de terror y suspenso, "A sangre fría" (1), y ya había comprado por internet otros cuatro del mismo tipo. No quería nada que tuviera que ver con romances y felices para siempre. Eso no existía y debía asegurarme de tenerlo presente siempre.
En la televisión me veía hasta los backyardigans con el fin de evitar cualquier muestra de afecto hombre/mujer. Sabía que a la vista de cualquiera estaba loca, creo que a la mía también, pero era la única manera de que el dolor se hiciese soportable.
A la hora de la cena me tomaba un vaso con leche y luego me ponía la pijama y me metía a la cama a ver televisión, otra vez, hasta quedarme dormida.
Los primeros días había intentado salir adelante. Juro que intenté sonreírle a la vida y dejar a Edward atrás. Me senté frente al laptop y quise que la inspiración llegara. No lo hizo, más aún mis días se pasaban difusos en una dimensión paralela donde nada ni nadie importaba.
Las pesadillas me despertaban, el desayuno me sabía amargo, el almuerzo a penas podía degustarlo y no cenaba, eso intercalado con un libro que jamás creí leer y ver los programas de televisión más inútiles. Estaba jodida y me importaba una mierda estarlo.
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Edward, no puedo respirar…
Edward, aparece de una vez…
Edward, vuelve acá…
Edward, dónde estás…
Edward, no me hagas esto.
- ¡Edward!- desperté sudando y llorando.
Mi día comenzaba de nuevo y lo que me esperaba no era distinto a lo que me había esperado el día anterior, ni a lo que me esperaría el día siguiente. Ya iban tres semanas desde que me vine a vivir sola y cuatro habían pasado desde aquel fatídico día.
Me impresionó que los primeros rayos de sol se estuvieran colando por la ventana. Eran las siete con cinco minutos de la mañana, todo un logro, la pesadilla se había dignado a aparecer media hora más tarde de lo normal.
Ni siquiera me desperecé, no hacía falta, y me levante directo a la ducha a iniciar de nuevo la misma estúpida rutina.
Flash Back
Desperté agitada por tercera noche consecutiva, despertando a Edward en el acto.
Aún no podía creer que mi abuela nos hubiese dejado de un día para otro. Yo la había dejado bien aquella noche al despedirme y al día siguiente Alice me llama para decirme que se había ido. Nunca nadie me entendió como ella, era mi madre, mi amiga, mi soporte.
Ella sabía que nos dejaría pronto, no podría decir cómo, pero de que lo sabía era un hecho.
-Cariño ven acá – me abrazó.
-La extraño – susurré en su pecho.
-Lo sé…pero debes sobreponerte…yo estaré contigo…-
-Lo juras – me sorbí la nariz.
-Lo juro – me acercó a él y besó mi frente.
Fin flash Back
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Edward, no puedo respirar…
Edward, aparece de una vez…
Edward, vuelve acá…
Edward, dónde estás…
Edward, no me hagas esto.
- ¡Edward!- desperté sudando y llorando.
¡Hasta cuando maldita sea! – Pensé con pánico, habían pasado cinco semanas y no podía dejar de pensarle a toda hora.
Alice siempre me lo dijo – no te fíes de Edward Cullen. Si oculta algo es porque no es de fiar – y nunca le encontré más razón hasta que me encontré con la traición cara a cara. Pero… ya daba igual, no había peros. Mi sonrisa ya no existía, así como tampoco mi corazón.
Y así un nuevo sábado comenzaba en las calles de Nueva York. A mí me importaba un huevo si era lunes, o martes, o domingo. Podría ser navidad, año nuevo o día de acción de gracias y yo seguiría igual de patética que el día anterior y probablemente como los que seguirían.
El teléfono de la casa sonó, no me había percatado que la pesadilla había llegado después de las nueve de la mañana y que ya era hora de levantarse para cualquier mortal. Corrí hasta la sala para alcanzar a contestar y llegué respirando agitadamente a descolgar el aparato.
-Diga…-
-Bella, tarde de chicas en casa de Rose a las tres. No acepto un no…-
-Alice, no puedo…-
-Qué tienes que hacer…-
-Tengo reunión con Ángela, debo ponerme al día con mis asuntos…- respondí de lo más normal.
-Bueno, si eso significa que saldrás de casa… pues nos vemos otro día… supongo – respondió un tanto ¿Alegre?
-Claro, seguro – dije dudosa.
-Te quiero Bells, no lo olvides…-
-Yo también…-
Colgué el teléfono sintiéndome de lo peor por mentirle a mi hermana, pero aún no estaba preparada ni para salir ni para recibir visitas. Tenía la tristeza tatuada en el rostro y no quería la lástima de nadie, tampoco quería preocupar a las chicas innecesariamente.
Como cada día llegó de forma fugaz la hora de almorzar. Revisé el refrigerador y lo más apetitoso que encontré fue un helado de chocolate con almendras. ¿Quién dice que no puedo almorzar helado? – Me dije a mi misma convenciéndome que estaba bien lo que hacía.
Luego me enfrasqué en un nuevo libro. Era un compilado periodístico con las más grandes conspiraciones de la historia. Nada como el asesinato de Marilyn Monroe para volver a convencerme que ni las divas tienen un final feliz.
Sin darme cuenta ya empezaba a oscurecer. Encendí las luces del departamento y volví al refrigerador a buscar lo que me había quedado del helado del almuerzo. Se acercaba nuevamente el momento que más temía, la hora de dormir.
Ya no aguantaba más, había pasado cinco semanas convenciéndome de que no necesitaba de él para sobrevivir, que no necesitaba sus besos, sus caricias, sus brazos, sus palabras. Pero no podía engañarme sola, le necesitaba, y muy a mi pesar, lo amaba más de lo que nunca creí amarlo. Aún así, no podía perdonarle, no debía perdonarle.
Él no me amaba tanto como yo pensaba, esa era la cruda realidad. Él necesitaba vivir en paz y yo sólo torturaba su existencia. Me auto convencí, no quería ser débil. Si él hubiese querido mi perdón de verdad, me hubiese seguido buscando. De hecho esperaba verle de rodillas frente a mí implorando día tras día mi perdón. Pero se había rendido tan rápido, nunca más supe de él.
Eso era lo que más dolía. El que él hubiese superado lo nuestro de manera tan rápida y que no hubiese intentado buscarme más me estaba matando lentamente. Yo aún lo tenía tatuado en mi corazón de manera más persistente que antes.
El timbre del citófono me sobresaltó. No estaba en condiciones, ni yo ni el departamento, de recibir visitas. Si era uno de los típicos vendedores de seguro recibiría toda la furia de una mujer deprimida y dañada. Levanté el teléfono dispuesta a sacarme toda la frustración y las ganas de gritarle a alguien.
-¡Isabella Marie Swan abre la maldita puerta si no quieres que haga el escándalo del siglo!…-mierda, Ángela se escuchaba realmente molesta.
Apreté el botón rojo, aquel que abría la puerta del edificio. En menos de tres minutos tenía a Ángela tocando el timbre interior. Tomé aire y apreté el pomo de la puerta, pensando en las posibilidades que tenía de que al ver que no salía se aburriera y se fuera, no eran muchas.
Volvió a repicar el timbre, esta vez muchas veces de forma constante y ensordecedora. No tenía alternativas, debía abrir la maldita puerta y enfrentarme al mundo real.
Giré el pomo y antes de siquiera pensar entró Ángela como un torbellino.
-¿Hasta cuándo mierda piensas mantenerte así? – preguntó bastante enojada. Levanté y dejé caer mis hombros en señal de indiferencia – esto es un verdadero chiquero Bella, pretendes vivir así para siempre…-
-Qué más da, tengo suficiente dinero como para pasar mi vida entera encerrada. No quiero ni me siento capaz de salir…-
-Bella, le dijiste a Alice que estarías conmigo reordenando tus asuntos…-
-Sólo lo dije para que me dejara es paz…-
-Bella, nuestra agenda está atrasada una semana y como tu asistente debo decir…-
-Nada, no debes decir nada. Yo te pago para que hagas lo que yo diga y ahora no harás nada. Si no te gusta, siempre puedes renunciar…-
– Mira Bella Swan, vine a sacarte de aquí y eso haré…-
N de A: (1) A sangre fría :Es una novela del escritor estadounidense Truman Capote que narra el brutal asesinato de los cuatro miembros de una familia en Kansas y el posterior seguimiento de los asesinos, tanto físico como psicológico.
Ya saben, en el blog un adelanto del próximo capítulo.
