Capítulo 22
-¿Cuándo? – de todas las cosas que pude haberle preguntado o haberle dicho, fue lo único que se me ocurrió.
Él simplemente agachó la cabeza.
¡Agachó la cabeza y se revolvió el cabello!
Su actitud física estaba siendo la clara evidencia de que la cosa pintaba peor de lo que yo creía y esperaba.
- ¿Cuándo te vas? – Pregunté elevando la voz, pero él seguía sin responder – Es muy difícil de responder…-
- Será mejor que entremos y te calmes…-
- No quiero calmarme, quiero saber cuándo y por qué vuelves a abandonarme – la voz se me quebró en la última frase. Realmente estaba siendo patética.
- No te abandono, sólo quiero darte espacio – dijo con una aparente calma que me exasperaba.
- Yo no te lo he pedido…-
- Pero te fuiste buscándolo...-
- Pero ahora estoy acá…-
- Pero sigues sin darme una respuesta y si no me alejo terminaré por volverme loco – gritó finalmente - lo siento, no quería gritarte – acarició mi cara – tendrás en tu poder mi número telefónico, mi dirección en Londres…-
- No me interesa, yo te quiero a ti, a mi lado – susurré – sé que debo darte una respuesta pronto, pero aún no estoy preparada para que retomemos lo nuestro y si me presionas amenazando con largarte menos podré ordenarme y decidir qué hacer con nosotros – intente explicarle en un falso deseo de que dijera que todo era mentira.
- Lo hago por nosotros, pero sobretodo por mí. Bella, este tira y afloje me está afectando más de lo que quisiera reconocer. Prefiero irme a seguir viviendo la situación que llevamos. No nos hace bien. En cuanto estés preparada, puedes buscarme y…-
- No – dije segura a lo que él me miró asustado – intentas presionarme y hacerme sentir culpable de esto. Pero si tú tomas ese avión yo no te voy a buscar – apuntaba con mi índice en su pecho - porque sólo me demostrarás lo cobarde que eres. No vas a volver a pisotear mi orgullo, porque sabes que esto no es mi culpa y yo no voy a volver a replantearme nada contigo si decides ese camino – murmuré al borde del llanto.
Estaba segura que me iba a dejar, pero no podía permitir que me presionara de esa forma.
- Si es esa tu decisión, la respeto – dijo dolido – Pero sabes que en esto tú también tienes parte de culpa – me dio un abrazo que me pilló desprevenida.
Se estaba despidiendo y me volvía a dejar más desolada que la vez anterior. Mis lágrimas no pudieron seguir contenidas y comenzaron a salir, cual río desbordado, por mis ojos. Apretó más fuerte su agarre y yo enterré mi cara en su pecho, aspirando su aroma como si fuese la última vez que podría hacerlo, aunque eso era lo más probable.
Finalmente, lo que tanto temía, estaba ocurriendo antes de lo previsto. Él volvía a hacer lo mismo: huir de mí y mis inseguridades, dejándome más dolida y sola que la vez anterior.
- Mi vuelo sale pasado mañana a las quince horas – murmuró dejando un beso en la mejilla – cuídate mucho Bella. Espero que entiendas que esto es lo mejor – y con esas palabras se alejo de mí.
Lo seguí con la mirada hasta que se perdió por las escaleras del edificio.
Entré a casa y me derrumbé tras la puerta hasta quedarme dormida.
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-Maldito, maldito, maldito – murmuré golpeando el volante del coche.
Por más que intentaba borrar la escena de mi memoria, esta parecía reproducirse palabra por palabra, en alta definición, cada vez que me detenía frente a un semáforo en rojo. Había soñado con ello la noche entera y la pesadilla de siempre había vuelto a cobrarse terreno.
Por más que quise echarla, aquella horrenda sucesión de imágenes parecía sonreírme irónica mientras pasaba una y otra vez por mi cabeza.
¿Qué esperaba el muy imbécil?
Que corriera por el aeropuerto, como las típicas películas románticas, en su búsqueda y que con un beso le dijera que lo perdono y le suplique que se quede.
Pues se quedará esperando, yo no me humillaré nunca más ante él.
- Debo salir adelante – me repetí una y mil veces – es reciente, en unos meses lo olvidaré y continuaré con mi vida – dije entre dientes mientras estacionaba en el hospital.
Mi hermana iba a ser dada de alta esa tarde y decidí hacerle una visita antes, no quería que pensara que me había olvidado de ella mientras estaba en el hospital.
Alice, mi querida hermana. Ella era la persona más leal que conocía. Siempre estuvo dispuesta a ayudarme en todo y con todos. Es cierto, no se llevaba bien con Edward, pero aún así hacía el esfuerzo de soportarlo. Ella había sido la primera que me había advertido el peligro que corría al volver a confiar en Edward, mientras todos los demás lo defendían a brazo partido, y yo la muy tonta había decidido volver a confiar en él.
- ¿Cómo está la mamá más Bella de Nueva York? – Me obligué a sonreírle para no preocuparla.
- ¡Bella! –sonrió y pude notar lo delgada que la había dejado el parto, además de unas pequeñas manchas rojas en sus mejillas.
- Cómo estas – pregunté.
- Feliz – respondió – tengo dos hijas preciosas – continuó – se parecen a ti…-
- Dónde están – pregunté buscando sus cunitas por la habitación.
- Se las llevaron para cambiarlas – hizo un gesto de asco – no quiero ni pensar lo que se nos viene encima…-
- Yo puedo echarles una mano, la editorial me ha dado un año para presentar un nuevo libro – necesitaba distracciones y ayudar en la crianza de mis sobrinas sería ideal.
- Bella, ahora que volverás con Edward necesitarás tiempo para recuperar lo que han perdido – la mueca de mi cara la alertó – ¡oh, oh! Qué pasó…-
- Se va…-
- No me digas que aceptó la propuesta de Londres – preguntó horrorizada – yo pensé que desistiría cuando tú regresases y le dieras una oportunidad – dijo realmente impresionada.
- La aceptó porque ya no soportaba la situación de nosotros y yo no soy capaz de darle una respuesta – me senté en la camilla y apoyé mi cara en las piernas de Alice – no entiendo por qué me hace esto – dije sollozando – es un cobarde…-
- En eso tienes razón, pero no todo es culpa suya – levanté la vista.
- No vas a empezar tú también con eso de que la culpa es mía…-
- No, Bella – se quedó en silencio un momento – el problema es que él muchas veces se deja influenciar por terceros y termina tomando decisiones estúpidas – se echó el cabello hacia atrás en una clara muestra de frustración - ¡¿Por qué entiende todo al revés? – la miré extrañada, desde cuando ella se entendía con Edward.
- Y quiénes serían esas tercera personas – pregunté – tú, que pareces conocerlo tan bien, me las podrías presentar para ir a quemarles la casa por entrometerse en mi vida y cagarla para siempre – dije con rabia sabiendo que Alice decía esas cosas para hacerme sentir mejor.
- No lo sé, pero lo que sí sé es que si quieres dejar de sufrir debes perdonar a Edward e iniciar la vida que siempre se merecieron juntos – algo estaba mal. ¿Alice defendiendo a Edward y pidiéndome que lo perdonara?
- ¿Quién eres tú y que has hecho con mi hermana? – abrí los ojos en señal de falso miedo.
- La maternidad, ya sabes – sonrió, pero sin que la felicidad llegara a sus ojos.
No pudimos seguir hablando, pues llegó una paramédica empujando una cunita doble por la habitación.
A pesar de mi facilidad de expresar mis emociones por medio de palabras, jamás podré describir lo que sentí al tener entre mis brazos a la pequeña Marie, mientras observaba como Alice alimentaba a su homónima.
La pequeña, a pesar de su molestia por el hambre, abrió sus ojos claros de un color aún indefinido y me miró curiosa. Yo no pude hacer otra cosa más que sonreír, tenía la misma mirada curiosa de Alice.
Cuando mi hermana terminó de darle de comer a la pequeña Alice, intercambiamos a las pequeñas y ella se puso a hacer lo mismo con Marie, mientras ayude a la otra a eliminar los gases.
Era maravilloso el milagro de la vida. El cómo a partir de la unión de dos semillas, puede terminar en un ser vivo autónomo e independiente, que respira por su cuenta y que puede con un simple quejido poner tu mundo de cabezas.
Yo, a cada momento, perdía un poco más la esperanza de vivir un momento así con hijos propios. Con casi treinta años, sería muy difícil sentirme cómoda con alguien más, a tal punto de querer formar una familia. Edward no sólo se había llevado mi vida, sino que además frustró todos los sueños que tenía con respecto a tener hijos.
La voz de Jasper me sacó de mis cavilaciones. Tenía la sonrisa tatuada en el rostro y sus ojos brillaban al mirar a sus hijas.
Tomó a la pequeña Alice de mis brazos y se acercó a su esposa para dejar un beso en su frente a ella y a su hija.
La escena me conmovió, y a la vez me hizo sentir ajena… ajena y totalmente fuera de lugar, por lo que salí de la habitación y me senté en un sofá que había en el pasillo para calmarme y tragar el nudo que se estaba formando en la garganta.
De pronto una voz demasiado familiar irrumpió en el silencio. Edward entró a la habitación de mi hermana. Iba con su bata puesta y el estetoscopio colgado del cuello, señal de que se había escapado del trabajo para estar ahí. Extraño, pues debería estar arreglando las cosas para viajar.
No me vio pues yo estaba sentada tras una gran planta de interior, que me tapaba y desde el otro lado sería imposible reconocerme.
Me paré y me fui.
No me importó no despedirme de Alice. En la tarde iría a su casa para empezar a ayudarla con las pequeñas. Ellas serían mi cura principal a ese maldito tumor llamado Edward.
- ¡Bella! – Jasper me llamó cuando ya salía del hospital.
Me detuve y volteé simulando mi mejor sonrisa. Al parecer, Jasper venía corriendo para alcanzarme porque antes de hablar respiró entrecortado un par de veces y su cara estaba colorada.
- No te vayas – me pidió – Alice necesita hablar con ustedes.
Cuando dijo ustedes, supuse que se refería a Edward y a mí. Lo más probable es que quisiera afinar los detalles del bautizo antes de que Edward partiera, pero eso no sería posible, no aquel día en el que tan solo verle me haría explotar en llanto.
- No me siento bien – respondí – dejémoslo para otro día…-
- Pero es que no hay más tiempo…-
- Acataré lo que decidan, no es necesario que este yo ahí…-
- Es que no entiendes, debes venir…-
- No debo y no quiero. Suficiente he tenido todos estos meses como para seguir torturándome voluntariamente. Nos vemos…-
Prácticamente corrí hasta el coche y no estuve segura hasta que me puse en marcha hasta casa. El único refugio seguro, por lo menos, hasta que Edward se valla de NY.
Llegué a casa y me tomé un par de pastillas para dormir. No quería pensar, menos cuando mis cavilaciones pudiesen llevarme a ese aeropuerto al día siguiente y perder lo último de dignidad que me estaba quedando.
Como casi no había dormido la noche anterior, me dormí enseguida.
Aunque, debido a los medicamentos debería haber dormido plácidamente, no podía dejar de soñar con la despedida de Edward. La escena se repetía una y otra vez en mi subconsciente, pero además, otra vocecita, me repetía que debía darle una oportunidad, empezar de cero y no dejar que se fuera.
Desperté sobresaltada por el timbre de mi casa. Sonaba desesperado e inmediatamente, como siempre, Edward llegó a mi cabeza y corrí hasta la puerta.
Al abrir quedé impresionada al ver a mi hermana y a Rose en la puerta.
- Se puede saber qué haces acá, en vez de estar en tu casa descansando – pregunté incrédula.
- No contestabas el móvil, me preocupé. Te fuiste tan de repente en la mañana que creí que hubieses hecho una locura…-
- No me voy a suicidar, si es eso lo que les preocupa…-
- Es que debo hablar contigo de algo importante y…-
- Si es sobre el bautizo de las niñas, pues…-
- No es sobre eso…sabes los puntos me están matando – se sujeto el vientre – puedo pasar…-
- Claro – murmuré.
Ambas entraron, pero Rose se quedó de pie mirando por la ventana, mientras Alice, sentada en el sofá más grande, retorcía sus manos sobre su piernas nerviosa.
- Bella, no me odies por lo que tengo que decirte…-
Y ahora, esta señorina se pierde hasta la próxima semana XD... Y por si no lo he dicho queda un capítulo y el epílogo.
Gracias a todas las que me siguen en los distintos medios que tengo para comunicarme con ustedes.
