Epílogo
Miré mi reflejo sonriente en el espejo y acomodé mi pelo alisado sujeto con una diadema de perlas. Me puse mis aretes y mi collar de perlas y alisé la arruga inexistente de mi vestido de lana blanco invierno.
- Estas lista – Preguntó Edward desde la puerta de nuestro cuarto.
Le miré a través del espejo sin responder aún. Él vestía un ambo sencillo de color azul marino, una camisa celeste y la corbata azul piedra. Su cabello estaba completamente peinado dándole un aire menos rebelde y más maduro.
Me obligué a dejar de mirarle y apliqué un poco de labial color coral en los labios y los removí uno con otro para esparcirlo bien. Le guiñé un ojo.
- Nunca había estado más lista – respondí mientras giraba en mi puesto – cómo me veo…-
- Preciosa – se acercó y dio un corto beso en la mejilla – espero que verte antes no sea de mala suerte – susurró en mi oído haciéndome temblar.
- Tonterías – volví a mirarme por última vez – ¿Crees que esta vez salga bien? – pregunté de pronto.
- Será perfecto – asomó su rostro sobre mi hombro y me miró a través del espejo – Te preocupa algo más – suspiré.
- Te parecería muy tonta si te digo que extraño a Alice y que desearía que estuviera conmigo hoy - rodeó mi cintura con sus brazos.
- Para nada – me giró en sus brazos – eres demasiado buena para guardarle rencor a alguien… sobre todo si ese alguien es tu hermana – acarició levemente mi mejilla – El juez debe estar por llegar – sonrío y me tomo de la mano cruzando sus dedos con los míos para guiarme a la sala.
Se cumplían nueve meses desde que nos mudamos a Londres. Vivíamos en un edificio antiguo de cinco pisos. El departamento nuestro estaba en el cuarto, era pequeño, pero nunca me había sentido más en casa. La sala y la cocina estaban separadas sólo por una barra que cumplía la función de mesa, Cocina americana le llamaban acá. Nuestro cuarto albergaba una cama con accesorios de ébano, incluyendo el banco de los pies. Tapices, colchas y lámparas eran en tonos blancos. En un lado había dos ventanas con forma de arco y al otro la puerta para ingresar al pasillo y armario que lleva al baño.
Miré por la ventana de la sala hacia la pequeña plaza frente al edificio. La arboleda otoñal le daba un aspecto mágico, donde lo que era verde se convertía en una mezcla de colores tierra, anaranjado y amarillo.
Estaba nublado, con la típica neblina matutina y el vaho del aliento de los transeúntes indicaba que el día era frío. Mi corazón, en cambio, era un fogón y Edward el sol personal que impedía que el frío me arrasase.
El timbre sonó y me obligué a voltear mientras Edward abría la puerta. Victoria con su cabellera crespa anaranjada asomó su cabeza y sonrió. Detrás de ella Riley, su marido, entraba sonriente. Eran nuestros amigos de Londres, y aunque eran oriundos de Texas, llevaban cinco años viviendo acá. Ella trabajaba en un pequeño periódico y él era colega de Edward en el proyecto de investigación. Serían los únicos que nos acompañarían hoy.
Suspiré una vez más. Extrañaba a mis amigos de NY y a Alice más de lo que quisiera reconocer y sabía que a Edward le ocurría casi lo mismo con su familia.
Esme y Carlisle nos habían visitado un par de veces. Edward parecía feliz de tenerlos cerca y eso me hacía feliz a mí también, él se merecía tener una familia además de mí. Lamentablemente para ellos tampoco había sido posible venir.
Volvió a sonar el timbre y Edward se apresuró a abrir.
Un señor cincuentón, canoso, de ojos grises, relleno y bastante más bajo que Edward entró apresurado. Nos saludo amablemente y se quitó el abrigo, los guantes y la bufanda. Dejó su portafolio sobre la mesa que habíamos preparado y nos sonrió.
Sacó un libro tipo acta, una libreta pequeña con el escudo de Estados Unidos en la portada y un bolígrafo gris.
- Bien, comencemos – dijo.
Edward me sonrió y tomó mi mano para acercarnos a la mesa. Respiré largo y profundo y sonreí, segura que esta vez no habría contratiempos.
El juez carraspeó para afinar la garganta.
- Buenas tardes para todos, estamos aquí reunidos para celebrar el matrimonio de Edward Anthony Cullen e Isabella Marie Swan – Edward apretó más mi mano - El amor deberá decidir las relaciones de los dos seres que por ley quedan unidos hoy. Este amor que les ha determinado a ustedes como contrayentes acogerse al vinculo del matrimonio establecido por la sociedad civil, les debe servir en el curso de los años para estimular una aproximación solida entre ustedes que les permite la construcción de un escenario en el cual la paz, de la mano de la tolerancia, les ilumine en el aprendizaje de la convivencia en pareja que ustedes hoy inician – sonreí como idiota y cuando miré de reojo a Edward, él hacía lo mismo.
Por fin el momento que más había esperado durante los últimos años estaba sucediendo ante mis ojos. Quizá no era una gran fiesta, quizá nunca llegaríamos a unirnos ante Dios de manera convencional, quizás la ceremonia carecía de muchas cosas, pero para mí era perfecto por el solo hecho de hacerlo con Edward.
- La fundación de la familia legítima reposa sobre la institución del matrimonio reconociendo el principio natural de que el ser humano no puede bastarse a sí mismo para alcanzar la integridad plena de su misión y la realización de sus sueños y esperanzas – Edward me miró con los ojos vidriosos, llenos de amor. Tragué el nudo que se formaba en mi garganta - La dualidad conyugal en torno al amor suple las imperfecciones de cada uno de ustedes consideradas individualmente – nos miró un momento.
Ambos asentimos sonrientes, era nuestro momento y así lo sabíamos. Las lágrimas se acumulaban en mis ojos queriendo salir y Edward respiraba profundamente evitando que las suyas salieran también.
- Como dice una memorable enseñanza, tener amor es saber soportar, es ser bondadoso, es no tener envidia, ni ser orgulloso, ni presumido, es no alegrarse de la injusticia para con el otro sino de la verdad; tener amor es sufrirlo todo, soportarlo todo, esperarlo todo – Esas palabras le dan rienda suelta a mi emoción y una lágrima comienza a descender por mi mejilla - Tres cosas son permanentes, la fe, la esperanza y el amor. Los conyugues están colocados por la propia ley y en pie de igualdad y en ambos reposa la dirección del hogar y de los hijos, esta igualdad les conducirá al enriquecimiento espiritual producto de una comunicación plena de sus pensamientos, proyectos e ideas – Edward acercó su mano libre a mi mejilla y con su pulgar intentó enjugar mis lágrimas - Como consecuencia de esta unión y para que ella perdure los casados deben guardarse tanto en las horas de alegría como las de tristeza, respeto reciproco, fidelidad, diferencia y cortesía procurando con ternura corregirse mutuamente y proceder en todos los casos con generosidad, igualdad y templanza, reconociendo humildad cuando se esté equivocado, evitando los agravios de palabra o de obra que pueden comprometer la estabilidad del matrimonio de dos seres que hoy como ustedes deciden transitar juntos por el camino de la vida – concluyó.
Edward sacó de la cartera de su chaqueta una caja de terciopelo los anillos. Eran dos argollas sencillas de oro amarillo con hojas grabadas levemente.
- Bella, te entrego este anillo como símbolo del amor que te tendré, pase lo pase, para siempre – puso el anillo en mi dedo y besó mi mano cerrando los ojos y suspirando sobre ella.
- Edward – No reconocí mi voz, pues otra vez estaba llorando – Te doy este anillo acompañado con la promesa de amarte en todas las formas posibles que adopta esta palabra, por el resto de mis días en la tierra y después de eso también – puse el anillo en su dedo y besé repetidas veses su mano.
- Ahora vamos a proceder a suscribir la escritura – Continuó el juez.
Abrió el libro y nos indicó donde firmar y poner nuestra huella. Victoria y Riley lo hicieron después como nuestros testigos. Luego nos entregó nuestra libreta de familia, la cual esperaba que siguiera completándose en un futuro próximo.
- Que esta familia que hoy surge ante la ley pueda cumplir cabalmente con su misión sentando fuertes cimientos para la perpetuación. Entrego esta institución que, a mi modo de ver, es la más noble y loable que pueda asistir a la humanidad. Entonces por el ministerio que me otorga la ley, yo les declaro marido y mujer. Puede besar a la novia…-
Y fue en ese momento que ya no importó nada, nadie. Estaba él, yo y nada más. Me miró a los ojos, los suyos tan brillante como supuse que estarían los míos. Acunó mi rostro entre sus grandes manos y acercó su rostro al mío. Nuestros labios se rozaron y de inmediato ambos abrimos nuestras bocas para darle cabida a la del otro. Movió lentamente sus labios sobre los míos, una, dos, tres o quizás muchas veces, también mordió levemente mi labio inferior y creo que yo también hice lo mismo con el suyo.
La falta de aire nos hizo separarnos, pero nuestras frentes siguieron unidas. Ambos estábamos llorando, pero nos importaba un bledo, estábamos felices, más felices de lo que nunca habíamos estado. Mi corazón parecía que en cualquier momento saldría de mi pecho y mi respiración era ahogada por ratos.
- Felicidades – Victoria se acercó a nosotros y nos abrazó, a mí primero, después a Edward.
Volvimos a la realidad y les sonreímos. El juez se despidió de nosotros rápidamente dándonos las felicitaciones oportunas antes de salir.
Edward se metió tras la barra de la cocina y sacó una botella de Champán y copas para los cuatro. Yo miraba mi mano con el anillo puesto y sonreía. Estábamos a punto de hacer el brindis cuando sonó el timbre del departamento. Edward, que estaba más cerca, abrió la puerta.
- Te dije que llegaríamos tarde – Entró Rose ofuscada.
- No te enojes Rosie, me confundí con tanto cambio de hora – se disculpaba Emmet con el pequeño Alonso en sus brazos.
No lo podía creer, venían todos a acompañarnos este día. Lloré emocionada cuando Rose me abrazó. La extrañaba tanto, a pesar de haber viajado para el cuatro de julio sentía que no la había visto en años.
Después me dejé envolver en un abrazo de esos tan cálidos me daba siempre Emmet y también aproveché de tomar en brazos un momento al pequeño hijo de mis amigos que estaba grande y hermoso con sus ocho meses.
Esme y Carlisle se nos acercaron y también me abrazaron. Aún no me acostumbraba al parecido entre él y mi esposo, si hasta sus ojos eran casi del mismo color.
Jasper fue el siguiente que se acercó cargando a una de sus hijas, la cual no supe reconocer. Una punzada de culpa me azotó de pronto. No había visto ni a Alice ni a mis sobrinas desde el día que pasó todo aquello y eso no estaba bien. Eran mis sobrinas y yo las había dejado de ver por orgullosa y rencorosa.
- Felicidades, Bella – besó mi cabeza – te lo mereces – sonrió.
Detrás de Jasper, con la otra pequeña, Alice me miraba entre asustada y arrepentida. Había recuperado su forma normal después del embarazo y debía reconocer que la maternidad le hacía tener un aura más madura, una mirada más sabia.
- No me vas a felicitar – pregunté para aliviar la tensión que habíamos generado.
Ella le entregó la niña a Edward y se acercó y me abrazó llorando. Yo también lloré un poco más, pero no podía evitar sentirme aliviada de que ella hubiese venido. Me separé un poco y le limpié sus lágrimas.
- No llores que lloro – murmuré como cuando éramos pequeñas – si sabes que no te puedo guardar rencor mucho tiempo – sonreí – eres mi hermana, a pesar de todas las embarradas y locuras que hagas – besé el tope de su cabeza – Te quiero Ali…-
- Gracias Bella – respondió – pensé que nos volveríamos a ver nunca – hizo un puchero – cuando Edward fue a visitarnos el cuatro de julio y tú no fuiste creí que jamás podrías perdonarme – sorbió disimuladamente su nariz – te quiero Bells – sonreí otra vez y nos alejamos.
Habíamos estado tan inmersas en nuestra conversación que ni cuenta nos dimos que todos estaban al pendiente de lo que hablábamos. Cuando me giré y los vi mirando en nuestra dirección no pude evitar sonrojarme y Edward de inmediato se puso a mi lado y me entregó mi copa. Ya los demás también tenían la suya.
- Quiero hacer un brindis por nosotros – me miró como solo él sabía hacerlo – para que el paso que hemos dado sea definitivo y no volvamos a separarnos más, porque no lo soportaría – aunque suene repetitivo, volví a emocionarme y llorar – también quiero brindar por todos los que han hecho el esfuerzo de venir acá a acompañarnos y por Riley y Victoria que han sido un gran apoyo en el tiempo que llevamos en Londres – alzó su copa - ¡Salud!…-
Alzamos nuestras copas y nos miramos a los ojos mientras tomábamos de ellas luego.
Nos fuimos a almorzar a un restaurante de comida italiana, mi favorita, que estaba cerca de casa. Nuestros amigos habían hecho las reservas. Disfrutamos de un ambiente distendido, lleno de risas. Pude notar que mis sobrinas serían igual de inquietas que su madre y yo no podía dejar de mirar lo hermosas que eran con esas motitas marrón en su cabeza y esos ojos azules como los de su padre.
Alonso, el hijo de Rose y Emmet era un poco más tranquilo, aunque se reusaba a estar en su coche. Sonreía por todo y lanzaba todo lo que tenía a su alcance por los aires.
No pude evitar divagar en cómo serían los hijos que tendría con Edward. Nunca habíamos conversado de aquello, pero suponía que pronto nos pondríamos en campaña. Sonreí una vez más al imaginar un niño de cabellos broncíneos y ojos verdes.
- ¿Qué está pasando por esa cabecita, señora Cullen? – preguntó mi marido… marido, que bien sonaba esa palabra.
- En lo lindo que sería un bebé de los dos – Respondí.
- Sí, sería precioso – murmuró serio – sería lindo siempre y cuando se pareciese a la madre – agregó.
- Idiota – se rió y yo le acompañé – Quiero irme a casa – Le dije de pronto.
- Los tórtolos ya se tiene ganas – Interrumpió Emmet y yo lo asesiné con la mirada – Han vivido juntos seis años, no vas a creer que voy a pensar que son puros, castos y virginales – me sonrojé.
- Compórtate – dijeron al mismo tiempo Esme y Rose.
Edward aprovechó la risa de todos para ayudarme a poner el abrigo, la bufanda y los guantes para salir del lugar.
Me tomó de la mano mientras caminábamos las cinco cuadras que nos distanciaban del departamento. El viento, las hojas y el sol de media tarde que se colaba entre las nubes le daban al paisaje un aire de cuento de hadas.
Llegamos a nuestro hogar riendo como niños. Edward me ayudo a quitarme el abrigo con mucha lentitud y luego se quitó el suyo con rapidez.
Se soltó un poco la corbata y se quitó la chaqueta del traje. Me acerqué a él sin poder aguantar y pasé mis manos por sus cabellos, despeinándolos y dejándolos como siempre me han gustado.
Nos besamos. Lenta y desesperadamente nos besamos. Nuestros labios danzaban al ritmo de nuestra entrega y nuestro amor, al ritmo de la melodía más antigua del mundo, esa que antecede al vaivén primitivo de los cuerpos.
Entre beso y beso le fui quitando la corbata y la camisa. Él fue más astuto y cuando me quise dar cuenta yo ya estaba en ropa interior.
Volvimos a besarnos y no fui consciente de mi cuerpo hasta que sentí la superficie mullida de mi cama en la espalda. Sus besos bajaron a mi cuello, al canalillo entre mis pechos, a mi barriga y un poco más abajo.
Me quitó lo poco de ropa que estaba quedando sobre mi cuerpo y él terminó de desnudarse también. Se puso entre mis piernas y me miró anhelante.
- Te amo tanto – murmuró y me besó.
- Yo te amo más – respondí con sus labios aún sobre mí.
- Me permite hacerle el amor, señora Cullen – preguntó con voz ronca.
- Siempre, esposo mío – respondí en un suspiro.
Y nos pasamos la tarde entregándonos el uno al otro. Cuerpo con cuerpo, piel con piel, en esta vorágine que nos hace desearnos y amarnos cada día más, hasta siempre.
Me voy de vacaciones así que cuando vuelva subo la lista de canciones que se utilizaron para escribir esta historia porque las tenía anotadas no sé donde y tengo que encontrarlas.
