Del desorden de Albus

Desde lo ocurrido en su casa, no habéis vuelto a hablar, tal vez sea por tu orgullo, o por su extremada paciencia, ¿Quién sabe? Pero los días se te hacen demasiado solitarios y aburridos sin Albus Potter pululando a tu alrededor, él cual se pasea estos días por Hogwarts con ese necio de Scamander, que no para de regodearse por todo el castillo como si hubiese cazado al calamar gigante. Y a ti te entran ganas de que lo intente, para que así se lo lleve al fondo del lago con sus ocho tentáculos. Lo peor de todo es aguantar a Albus por las noches en la misma habitación, a tu lado, y no poder ni mirarlo, ni acercarte; porque llevas haciendo eso tanto tiempo que se ha convertido en una rutina para ti darle las buenas noches después de contarle todo lo que ha pasado durante el día, incluso si habéis pasado las veinticuatro horas del día juntos.

Es casi el tiempo de irse a dormir, y aunque es fin de semana, lo haces a la misma hora de siempre. Antes de acostarte recuerdas que te dejaste en la sala común tu libro de Aritmancia y quieres leer un poco antes. Sales por la puerta y chocas con ese cabello negro azabache al que supuestamente tienes que odiar.

-Maldita sea, Potter, mira por dónde vas – le dices sin poder mirarlo a los ojos.

-Lo siento, Scorpius – miras porque esa voz no le corresponde, no es la suya.

Y entonces observas con más detenimiento: el mismo pelo moreno, los mismos ojos verdes, esos ojos tan intensos…

-Lo siento, señor Potter, lo confundí con Albus – le dices, ahora sonriendo, pero él no te devuelve la sonrisa.

-¿habéis discutido? – te pregunta mirando hacia adentro, supones esperando ver a su hijo.

-No, pero es que nos hablamos así, ya sabes, siempre bromeando – intentas quitarle hierro al asunto, pero sigue con el semblante serio – Albus no está, supongo que se habrá ido con James a volar un rato.

-Bien, bueno, no puedo entretenerme, me esperan, así que te agradecería que le dieras esto – lo miras sin saber si cogerlo – si no te importa, claro.

-En absoluto, señor, no se preocupe, se lo daré en cuanto regrese – y antes de irse vuelve a echar otra ojeada al cuarto.

Has esperado a que volviera Albus, pero justo cuando le ibas a dar el sobre, se ha metido en el baño a toda prisa. Al cabo de al menos media hora ha salido en pijama y secándose el pelo con una toalla, la cual ha dejado como hace con todo, tirada por algún lado hecha un remolino. No para de dar vueltas por la habitación cogiendo y soltando cosas, así que cuando por fin se ha sentado en su cama, le has tirado el sobre. Cuando te ha mirado con incredulidad, le has dicho que te lo dio su padre.

-¿Mi padre? – pregunta atónito, y no te extraña, es tu sexto año en Hogwarts, y es la primera vez que lo ves allí.

Ves como abre la carta, ves como poco a poco la va leyendo por como la desenrolla, le ves abrir los ojos como platos y ves miedo en su rostro; angustia, notas como respira con dificultad. Y por ultimo lo ves levantarse aceleradamente hacia su silla y coger unos jeans y una camisa, para ponérselos aceleradamente.

-¿Cuánto hace que vino mi padre? – te pregunta notablemente alterado.

-No sé, hará como dos horas.

-¿Dos horas? Joder, Scorp, ¿Por qué no me diste la carta en cuanto llegué?, maldita sea.

-¿Qué pasa, Al? ¿ha ocurrido algo malo? – te mira con rencor y no te responde, solo da vueltas por la habitación, buscando sus zapatos, supones, ya que es la única prenda que le queda por ponerse.

-¡Joder! ¿Dónde cojones están mis zapatos?

Te levantas con cuidado y lo paras. Le agarras la cara, y él la aparta con brusquedad. Pero vuelves a hacerlo y observas con espanto como sus ojos están al borde de derramarse.

-Albus, ¿Qué pasa? – parece debatirse internamente entre desahogarse o seguir enfado contigo, finalmente parece decantarse por lo primero

-Es Teddy, ha tenido un accidente, es auror, ¿sabes? Está empezando, parece que algo le ha salido mal, y están todos en San Mungo, tengo que ir, no quiero pensar que le ocurra nada malo, no puede… no… - y ves como al fin, dos delgadas líneas transparentes y brillantes se deslizan por sus mejillas y desembocan en la comisura de sus labios.

Lo miras con horror, porque nunca, jamás habías visto llorar a Albus Potter, así que te pones a buscar sus zapatos. Le dais la vuelta a toda la habitación, y no dais con ellos.

-No sé, Al, no los veo…

-Da igual, ¿Qué número usas? – lo miras con una ceja levantada – vamos, dime.

-Un cuarenta y cinco.

-Déjamelos, me irán un poco grandes, pero me servirán.

Cuando finalmente ha terminado de vestirse, lo miras un poco horrorizado. Se ha abrochado mal la camisa, el pelo le chorrea agua, y los zapatos le vienen demasiado grandes. Con lo agitado que está no se da cuenta, y busca algo en su mochila mientras te dice que no sabe si volverá para mañana. Lo notas muy nervioso, como jamás antes lo habías visto, y te da tanta pena verlo así, que te acercas a él para intentar calmarlo.

-Para de dar vueltas, Albus, es peor, ¿Qué haces? – lo ves sosteniendo un trozo de cristal entre sus manos

-Es una cosa que uso para comunicarme con mi padre, quiero que venga a recogerme, si no, no podré irme – al cabo de un momento en el que supones que ha hablado con él, está algo más tranquilo, aunque no mucho – bien, me recoge en unos minutos.

Pero parece querer escavar una zanja en la habitación porque no para de deambular de un lado a otro. Para intentar calmarlo te acercas lentamente a él, y lo agarras de la cara para que se esté quieto. Te mira profundamente, y tú desvías tu mirada hacia abajo y poco a poco con la mayor delicadeza que existe, comienzas a desbotonar la camisa para volver a abrochársela correctamente, mientras, él te mira sin decir ni una palabra. Entonces estiras tu brazo para coger la toalla que tiró encima de la cama y le secas el pelo del que caen grandes goterones. Finalmente, vuelves a posar tus manos en sus mejillas, para secarle las solitarias lágrimas que ahora parecen haberle dado una tregua. Le sonríes lo más sinceramente que puedes y le dices que todo va a salir bien. Y justo antes de que la chimenea se torne en un verde tan esmeralda como sus ojos te da un pequeño beso, después se zambulle en las llamas, dejándote allí de pie, aturdido y con un sabor salado en los labios.