les dejo mas historia ojala les guste y gracias a las que leen
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Bella estaba sentada en la pequeña biblioteca de Swan Hall, en la silla que en otro tiempo habría ocupado su padre. Con esfuerzo, sumó las entradas más recientes de sus libros de contabilidad. Entretanto, Renee supervisaba al reducido personal, dos doncellas y una cocinera, mientras continuaban las tareas cotidianas de limpieza y remendado. Como no podían pagar más personal, Renee estaba siempre atareada con las tareas que otras mujeres de su clase pocas veces debían realizar. Charlie Swan había dejado una mínima herencia a la familia y unos ingresos anuales de una propiedad que apenas cubrían los magros gastos.
Bella era una administradora diligente de la propiedad y se ocupaba tanto de las necesidades de los inquilinos como de las de la familia Swan y de los criados. Era una responsabilidad fatigosa, pues siempre debía economizar y escatimar, sin salir nunca de deudas. La casa comenzaba a reflejar las duras circunstancias por las que pasaban, pero aún no había perdido su encanto. Swan Hall y sus muebles eran viejos y gastados, pero encantadores de tan bien cuidados. Los paneles de madera brillaban de tan lustrados y las alfombras desteñidas y los tapizados se mantenían inmaculados.
¡Si algún día pudiesen restaurar la antigua belleza del hogar...! Bella se sentía culpable por no haberse casado con alguien que pudiera hacerlo posible. Su madre merecía una vida cómoda y fácil. Bella sabía que era egoísta pensar sólo en sus propios deseos en lugar de ocuparse de lo más conveniente para la familia y quienes dependían de ella. Pero no podía dejar de amar a Jacob y soñar con vivir con él. Y no podía soportar la idea de un frío matrimonio arreglado.
Mientras contemplaba las largas listas de cifras trazadas con su propia escritura pulcra, Bella oyó un golpe amortiguado en la puerta principal. Una de las doncellas atendió, y pronto llegó una exclamación encantada de Renee. Intrigada, Bella dejó la pluma y salió de la biblioteca. Fue al vestíbulo de entrada y se detuvo, atónita Su madre y una doncella forcejeaban para levantar un enorme arreglo floral y colocarlo sobre la mesa de caoba que ocupaba el centro del vestíbulo.
-Qué preciosidad -dijo Bella, con los ojos dilatados de sorpresa.
Renee se precipitó hacia ella con una tarjeta entre los dedos.
-Acaban de entregarla para ti. ¡Toma, debes leerla de inmediato!
Agradeciéndole su encantador obsequio a Alice, Lord Cullen.
El arreglo consistía en orquídeas rosadas, idénticas a la que ella había prendido en el vestido de Alice, la noche anterior. Bella se quedó mirando, pasmada, la profusión de carísimas flores. Nadie había tenido un gesto tan grandioso para con ella. Lentamente devolvió la tarjeta a Renee, tomó uno de los capullos que sacó del ramo y acarició los pétalos graciosamente arqueados.
-Tiene la intención de visitarnos pronto -dijo Renee, triunfal-. Apostaría mi vida a ello.
Bella no sabía qué pensar.
-Creo que no pondré ninguna objeción a eso, aunque no entiendo porqué...
-Lord Cullen está interesado por ti, Bella -En un instante, la mente de Renee se concentró en las cuestiones prácticas-. Tenemos que reacomodar los muebles en el recibidor y cambiar las fundas bordadas de las sillas por las buenas que están en el piso de arriba... ah, y la cocinera tiene que tener preparados unos pasteles y bizcochos para cuando él llegue...
Corrió hacia la cocina, mientras Bella contemplaba las flores, perpleja.
Contrariando las expectativas de Renee, lord Cullen no fue a visitarlas. Y, aunque Bella se sintió aliviada por ella misma, se irritó cada vez más con aquel hombre, al ver que las esperanzas de su madre se desvanecían cada día. Por desgracia, el episodio pareció fortalecer la decisión de su madre de alquilar una casa en Londres, para el resto de la temporada. Hasta ese momento, Bella había logrado disuadirla, pero sabía que su madre aún no abandonaba las esperanzas.
Atareada, Renee revisó el puñado de invitaciones que habían recibido para el mes siguiente e insistió en que Bella la acompañara a un baile privado que daban unos amigos en Londres.
-Nunca faltamos al baile anual de los Newton -dijo, enfática-, y este año es más importante aún que vayamos.
-¿Por qué? -preguntó Bella, con sequedad.
-Porque lady Newton, en su carta, me dice que ha invitado a varios caballeros solteros, prominentes... entre los cuales está lord Cullen.
-No tengo interés en lord Cullen ni en ningún otro hombre, excepto...
-No lo menciones -rogó Renee, tapándose los oídos con las manos-. Prométeme que asistirás, Bella. Hazlo por mí, por favor.
La casa de los Newton en Londres tenía un elegante mobiliario de estilo francés, con delicadas sillas y mesas que se destacaban contra un fondo de pinturas y paredes revestidas de seda. El piso del salón de baile estaba tan lustrado que resplandecía, y el aire estaba perfumado a cera de abejas y a flores.
Al ver el lujo del ambiente, Bella se alegró de haberse puesto el único vestido nuevo de la temporada, de seda blanca, cubierto con una capa de gasa verde menta. El corpiño estaba cortado a la última moda, con la cintura varios centímetros más abajo que el estilo del año anterior. Enfatizaba la redondez de los pechos y se abría en las caderas, en suaves pliegues. Bella se había rizado el cabello con tenacillas y lo sujetó en la coronilla. En un intento de sujetar el peinado, se colocó una enorme cantidad de horquillas para sostener la masa de rizos negros, la mayoría de los cuales eran demasiado suaves y finos para permanecer demasiado tiempo como estaban.
Como correspondía, Bella intercambió saludos con los Newton y acompañó a madre al salón donde se servían los refrescos. Conversaron con amigos y comieron exquisiteces de pequeños platos de porcelana, mientras llegaba hasta ellas la música que emergía del salón de baile.
Atraída por la embriagadora melodía, Bella fue hasta la entrada y echó un vistazo al salón. Las parejas giraban al ritmo de la música, sonriéndose, mientras trazaban graciosos arcos sobre el piso. Recordó la primera vez que había bailado con Jacob, en un baile igual a este. La había tomado en sus brazos sin que los presentaran, ignorando las carcajadas sobresaltadas de la muchacha.
-¿Qui-quién es usted? -le espetó, automáticamente, mientras lo seguía.
Era malicioso, oscuro, atrayente, diferente de los demás jóvenes corteses que la habían abordado esa noche.
-Mi nombre no tiene importancia -había replicado él, sonriéndole-. Y tampoco el de usted.
-¿Cómo dice?
La audacia del hombre la escandalizó.
-Lo único que importa es que estamos destinados el uno al otro.
-¡Usted ni me conoce! -exclamó Bella.
-Sé que es la muchacha más bella que he visto jamás. Lo demás podrá contármelo después.
Jacob la había arrastrado a la vida y le había robado el corazón con un encanto tan seductor que ningún otro podría igualar. La hizo sentirse bella, deseable, especial. Nostálgica, Bella contempló a los bailarines, con la mente absorta en el pasado.
-Vuelve a mí, Jacob -murmuró-. Vuelve...
-Señorita Swan.
Una voz suave la sacó de su ensimismamiento. Alzó la vista, sobresaltada, y vio a lord Edward Cullen de pie ante ella. Era tan apuesto como lo recordaba, con sus facciones aquilinas y esa mirada que parecía capaz de leerle los pensamientos. Su cabello café caramelo estaba peinado apartado de la cara, pero había un mechón que amenazaba caer sobre la frente. Tenía un aspecto impresionante, elegante, con una chaqueta azul oscuro, la rígida corbata blanca y los pantalones beige. Incluso en esa actitud relajada, transmitía una sensación de fuerza y energía que la hacía querer retroceder.
-¿Todavía pendiente del amado ausente? -le preguntó.
-No estoy pendiente -dijo, con gran dignidad-. Estoy esperando.
-¿Puede estar segura de que no está con otra mujer, señorita Swan? Podría tener a otra entre sus brazos, en este mismo momento.
Respondió a la provocación con una mirada helada.
-Estoy empezando a considerar ofensiva esta conversación, lord Cullen. -Hizo una pausa y agregó con desgana-: Pero gracias por las flores.
El hombre sonrió y le tendió la mano.
-Hónreme con un baile, señorita Swan.
-No puedo, lo siento.
Apartó la vista, apretando en el puño el pequeño carnet de baile.
En lugar de discutir, él se encogió de hombros.
-Está bien. Mándele mis saludos a su madre.
-Gracias -murmuró, y lo vio alejarse.
Sintió un fugaz arrepentimiento, sabiendo que un baile no significaba nada. Quizás hubiese debido disfrutarlo. Pero no quería alentar a Cullen ni dar falsas esperanzas a su madre.
-Bella. -Su madre apareció a su lado-. ¡Te he visto hablando con lord Cullen! ¿Qué te ha dicho?
-Nada, mamá. Sólo quería mandarte saludos. Hubo oleadas de excitación femenina cuando Cullen se aproximó a un grupo de muchachas que estaban con sus matronas acompañantes. La hermana, Alice, que estaba entre ellas, lo agarró del brazo y lo atrajo a la conversación. Tras unos minutos, escoltaba a una atractiva rubia al centro del salón, le hacía una breve reverencia y la tomaba en brazos para bailar el vals. Cullen era un excelente bailarín, que hacía lucir a su compañera.
Bella apartó la vista de ese espectáculo, luchando contra la duda y un irracional aguijonazo de celos. Por alguna razón, de pronto se sintió irritada contra Jacob, contra lord Cullen y contra todos los hombres en general. No quería observar a aquellas muchachas tan animadas, quería estar en algún sitio tranquilo e íntimo, alejada de la música y de la charla superficial.
Esperó a que la atención de su madre estuviese concentrada en una discusión con viejas amigas y luego salió del salón. Como hacía años que estaba familiarizada con la casa de los Newton, sabía a dónde quería ir. Saliendo del salón de baile, atravesó el cuarto de juegos, en donde los más ancianos gustaban congregarse, y el cuarto de caza, donde solían fumar los hombres, y se encaminó a un grupo de recibidores, al otro lado de la casa. Al encontrar una pequeña sala desocupada. Bella cerró la puerta tras ella lanzando un suspiro de alivio. El cuarto estaba en silencio y en penumbra, salvo por el resplandor de un tronco ardiendo sobre la parrilla de la chimenea, detrás de la pantalla. Se quitó los largos guantes blancos, los tiró al suelo y estiró las manos hacia el fuego. Al menos durante unos minutos, gozaría de cierta paz.
La puerta se abrió tan silenciosamente que no la oyó. De pronto, la voz de un hombre la sobresaltó y giró en redondo, con los ojos dilatados. -No es correcto que esté sola, señorita Swan. Lord Cullen entró en la habitación y cerró la puerta. Lentejuelas rojas y doradas del fuego jugueteaban en sus facciones a medida que se acercaba a ella, haciendo resaltar las sombras y los ángulos del rostro. Su mirada recorrió la figura de Bella, enfundada en seda blanca, con la diáfana nube de gasa verde que la rodeaba.
Bella intentó recuperarse de la sorpresa recurriendo al sarcasmo. -Tampoco es correcto que usted esté aquí, conmigo, milord. Le agradecería que se marchase. No deseo que me acompañe.
-Hay sólo dos razones posibles para eso. Una es que no me halla atractivo... y eso no lo creo.
Bella se sintió, a un mismo tiempo, divertida e indignada. -Tiene muy buena opinión de sí mismo, ¿no?
-La otra es que cree estar enamorada de otro hombre.
-Estoy enamorada de otro hombre.
-¿Y nadie puede hacer que lo olvide?
-Ni por un minuto.
-Sin duda, él es el único hombre que la ha besado.
-Me han besado muchos hombres -mintió, sin inmutarse.
La risa brilló en los ojos de Edward.
-Hubiese querido ser yo uno de ellos.
Bella se cruzó de brazos y lo miró, ceñuda.
-Por favor, milord, váyase.
Cullen estiró la mano para acomodar un minúsculo pliegue de la gasa verde del corpiño. El contacto fue leve pero íntimo y provocó una aceleración del corazón de la muchacha.
-Espero que no me tenga miedo.
-Naturalmente que no -logró decir, ansiosa de retroceder, pero decidida a no ceder terreno-. Estoy enfadada con usted.
La mirada de Edward siguió brillando, divertida.
-Dentro de un momento, estará más enfadada aún.
-¿Por qué...?
Atónita, sintió que la rodeaban aquellos brazos de acero y sus manos quedaban atrapadas entre los dos cuerpos. Sorbió una bocanada de aire y se disponía a gritar, cuando la boca de él se abatió sobre la de ella en una sensación cálida y aplastante a la vez. Se retorció y forcejeó, pero no pudo soltarse del abrazo. Con la cabeza echada atrás, un mechón sedoso de cabello suelto del peinado cayéndole sobre la cara, un par de hebillas del pelo cayeron sobre la alfombra. Cullen se detuvo, aflojando la presión de los brazos y le pasó el mechón detrás de la oreja. Bella lo miró, perpleja.
-Suélteme -susurró.
De pronto, el semblante de Edward se puso serio, los ojos cafés velados por las pestañas doradas. Deslizó la mano hacia la nuca de ella y la sujetó con fuerza, mientras su boca volvía a la de ella. Un estallido de negación la recorrió..., pertenecía a Jacob, no sentina nada por ningún otro, pero se convirtió en sumisa prisionera mientras él poseía tiernamente su boca con besos devoradores, y ya no hubo más pensamientos. Cuando, al fin, Edward levantó la cabeza, Bella casi no podía tenerse en pie.
El último hombre que la había besado era Jacob, y ahora este desconocido había borrado ese dulce recuerdo. Lo miró fijamente, con la respiración agitada y las piernas temblorosas. Esperaba encontrar un brillo de triunfo insolente en los ojos del hombre, pero lo que vio fue un destello de confusión, semejante al suyo.
-Señorita Swan...
Bella dio impulso a su mano y sintió que entraba en contacto con la mejilla de él. Si hubiese tenido fuerza, lo habría abofeteado peor. El golpe le hizo arder la mano. Se volvió, tratando de huir, pero Cullen la alcanzó y la aferró por la muñeca. Lentamente se llevó a la cara la mano de la muchacha, y apretó la boca contra la palma enrojecida. Bella sintió los labios calientes contra su piel.
Perpleja ante el gesto, Bella se quedó inmóvil, con su mano atrapada en la de él. Ahora existía un secreto que los unía, este beso... un recuerdo que tenía que dejarse a un lado, ignorarse. El resto de su vida negaría los sentimientos que le había despertado. Había traicionado a Jacob reaccionando así ante un desconocido. Estaba confundida y avergonzada por su propio comportamiento.
Los ojos claros sostuvieron la mirada de ella mientras le decía, con voz serena:
-Lo olvidará, señorita Swan. Yo me encargaré de que lo olvide.
Bella se soltó y se tambaleó un poco, en su prisa por huir del cuarto. Un rápido forcejeo con el picaporte, y la puerta de madera se abrió, permitiéndole escapar.
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pues bien ya esto se pone mas interesante que creen que pase ahora?
Pekelittrell
