primero antes que nada perdon por la tardanza pero por alguna extraña razon (la tecnologia me odia) no podia subir el capitulo me decia que Fanfiction tenia error pero bueno aqui les dejo mas sobre esta adaptacion ojala les guste, recordando esta adaptacion es de un libro de Lisa Kleypas y los personajes son de S. Meyer
gracias a las que han añadido este FF a sus historias favoritas o Alertas y las que dejaron RR
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Inquieto, Edward tamborileó con los dedos en la pared interior del coche. De pronto, sus dedos se detuvieron sobre el cuero repujado del asiento, y la mano se cerró, formando un puño apretado. Estaba irritado consigo mismo, porque no podía dejar de pensar en Isabella Swan. Quizá se debía a que ella le había manifestado una marcada indiferencia... y él jamás había podido resistir un desafío. El recuerdo del beso en la fiesta de los Newton aún lo perseguía. La boca de Bella había sido tan blanda bajo la suya, se había sometido con tanta dulzura al apremio de la suya... Quería más, venía deseando más cada minuto, desde aquella noche, tres semanas atrás.
Después de pensar varios planes para volver a ver a Bella, le pidió a su madre que invitara a las Swan a una visita prolongada. Su madre lo complació sin vacilar y le escribió diciéndole que las Swan estaban cómodamente instaladas en la Casa Cullen. "Esa muchacha tan encantadora...", le había dicho su madre, con su elegante escritura. "Bella es tímida, pero muy dulce. Estoy tentada de ofrecerle algunos de mis vestidos, o de los de Alice, pues tengo la impresión de que ella y su madre han traído tan poca ropa y objetos que me da pena. Pero son orgullosas, y no quisiera correr el riesgo de ofenderlas Ven pronto a visitarnos, querido..."
Era lo que Edward pensaba hacer. Quería descubrir si la atracción entre él y Bella era tan intensa como la recordaba. Y si era así... quedaba el problema de superar las ilusiones que la hacían aferrarse tan obstinadamente a un amor pasado. Ningún hombre digno de ella la habría abandonado, si hubiese habido alternativa. Para averiguar más acerca de Black, Edward había decidido visitar Craven's, el club de jugadores de la calle St. James.
Como miembro del club, cada tanto Edward se divertía probando suerte en las mesas de juego y con los amigos... pero esa noche no era este su propósito. Craven's era el mejor lugar que conocía para obtener información. Derek Craven, el propietario, conocía a toda persona de cierta importancia en Inglaterra y en el resto de Europa, cosa que no representaba poco mérito para un individuo nacido en los barrios más bajos. Craven había instalado el mejor club de juegos del mundo y sabía exactamente cómo brindar a sus parroquianos lo que querían. Se decía que había investigado a cada hombre de medios de Londres, de modo que conocía herencias, cuentas bancarias y propiedades de todos.
El coche de Edward se detuvo frente al edificio, una estructura con frente de mármol y columnas y frontones macizos. Era mitad templo griego, mitad casa de citas. En Craven's se podían encontrar distintas formas de diversión, desde exquisita cocina francesa, vinos finos y licores, billares y cigarros, hasta música animada y bellas mujeres. Todo estaba destinado a estimular el apetito de los clientes por una sola cosa: el juego de azar. Cada noche se gastaban cifras inimaginables de dinero en las mesas y los salones de naipes.
Edward entró en el club subiendo los anchos peldaños y saludando con un gesto al mayordomo. Diplomáticos extranjeros, aristócratas, políticos y hombres de negocios se mezclaban en el afamado salón central de juegos, decorado con columnas doradas y bandas de terciopelo azul oscuro. El salón tenía forma octogonal, y el techo era abovedado. Al ver la figura esbelta y oscura de Derek Craven junto a la mesa central, Edward fue a su encuentro. Craven lo saludó amistosamente, con un trato que reservaba a sus clientes más adinerados, y le hizo señas a un empleado de que le trajera algo de beber.
-Buenas noches, milord -dijo Craven, con su acento, propio de los barrios bajos. Era un hombre de cabello oscuro, de rostro duro y fríos ojos verdes. Sus dientes blancos estaban un tanto rotos, cosa que daba a su sonrisa una cualidad feroz-. ¿Viene en busca de un poco de juego esta noche?
-Puede ser -respondió Edward, observando el rodar de los dados sobre el fieltro verde de la mesa de juegos. Aceptó la copa de coñac que le trajo un camarero y la calentó entre las manos-. Craven -dijo de repente-, necesito preguntarle una cosa.
Las cejas negras del otro se alzaron, interrogantes.
Edward habló en voz baja, pues no quería que lo oyesen los otros hombres que rodeaban la mesa.
-Me interesa descubrir lo que sepa acerca de cierto lord Jacob Black. En este momento, está haciendo un viaje por el continente, pero creo que pronto regresará.
Craven le lanzó una mirada especulativa.
-Milord, ¿puedo preguntarle cuál es su interés? Le debe a usted dinero, ¿no?
Edward negó con la cabeza y bebió un sorbo.
-Es en relación con una mujer.
-Ah. -La sonrisa de Graven reapareció-. Debe de ser una buena polluela para satisfacer a un caballero tan exigente como usted. ¿Acaso pertenece al vizconde Black?
-En cierto modo.
-Conozco algo acerca de él -admitió Craven-. Durante casi un mes, ha venido al club casi todas las noches.
-¿Está de regreso en Inglaterra? -preguntó Edward, con cierta sorpresa.
Craven asintió, y su expresión se endureció.
-Black juega fuerte y no paga sus deudas. A este ritmo, pronto le negaré el crédito. No es mejor que cualquier tipo común, pese a su elegante título. Pertenece a una familia de bien, pero sin fortuna. No le dejarán mucha herencia.
-Esta noche, ¿ese Black está aquí?
-En este mismo momento, está en la sala donde se juega a los naipes. ¿Quiere que lo lleve, milord?
Edward asintió, y Craven se apartó con aire indiferente de la mesa y le hizo señas de que lo siguiera. Edward bebió lo que quedaba de coñac y le entregó la copa a un camarero que pasaba. Caminó junto a Craven atravesando el salón octogonal, pasando por el comedor y las áreas de buffet, y se acercó a la larga hilera de salas de naipes.
-La dama que a usted le interesa... -preguntó Craven, con aparente naturalidad- ¿es amante de Black?
-No. Cree estar enamorada de él.
-Es una linda muchacha, ¿no es cierto? -preguntó Craven, interesado pese a sí mismo.
Edward le lanzó una mirada significativa.
-Hermosa. Con el cabello negro y la piel del color de la leche.
Craven lanzó una exclamación admirativa.
-Parece mercancía de primera. Le desearía suerte, Cullen, pero no creo en la suerte. Sólo creo en lo que el hombre logra por sí mismo.
-Es una afirmación interesante, proviniendo del dueño de un club de juegos.
Craven sonrió e hizo un ademán indicando el lujo que los rodeaba.
-No es la suerte la que me ha dado todo esto.
Se detuvieron en una de las salas de naipes, donde las cortinas de terciopelo azul estaban corridas y mostraban un pequeño grupo de hombres sentados ante una mesa redonda, llena de fichas, naipes y refrescos.
Uno de los jugadores se jactaba en voz alta mientras recogía un montón de fichas. Edward estaba seguro de que se trataba de Jacob Black.
-Esto no es nada, comparado con la racha de suerte que tuve en el continente -estaba diciendo el sujeto, con las mejillas enrojecidas de excitación y por el alcohol. Era un hombre apuesto, de terso cabello negro y rostro moreno, bien esculpido-. Todo lo que tocaba se convertía en oro. Había multitudes de mujeres a mi alrededor, observando cada vez que daba vuelta una carta... les parecía muy erótico ver apostar a un hombre, ¿saben?... -Se interrumpió al ver a Craven de pie en la entrada y asomó a su rostro una expresión astuta-: Craven, veo que ha venido a presenciar mi éxito.
-Buenas noches, caballeros -murmuró Craven, recorriendo la habitación con la vista-. ¿Desean que les mande traer naipes nuevos? ¿Más vino, quizá?
Los cinco hombres que rodeaban la mesa le aseguraron que estaban bien atendidos, Edward intercambió saludos con ellos, pues los conocía del club o de recientes reuniones sociales. Uno de ellos se puso de pie, con respeto, para estrecharle la mano.
-Lord Cullen -murmuró con una sonrisa-, por favor, envíele mis saludos a su encantadora hermana.
-Así lo haré -contestó Edward.
Al advenir la presencia de Edward, Black le lanzó una mirada suspicaz.
-No nos conocemos.
Craven los presentó, y Black le dedicó su carismática sonrisa.
-¿Quiere unirse a nosotros, Cullen? Ya he vaciado los bolsillos de todos los presentes.
Edward negó con la cabeza.
-Iba camino al comedor.
-¿Teme perder su dinero? -lo provocó.
La pregunta hizo reír a Derek Craven, que indicó a Edward con un ademán.
-Nuestro lord Cullen tiene dinero para quemar. Pero lo que quiere no se puede comprar.
-Todo lo que vale la pena se puede comprar -replicó Black-. Hasta las personas.
-Salvo unas pocas -repuso Edward.
Le costaba creer que aquel fuera el hombre al que Isabella Swan le había entregado el corazón. Los tipos como Black abundaban en todas partes: parásitos pagados de sí mismos, que sobrevivían en el límite mismo de la respetabilidad. Con un gesto cortés de la cabeza, Edward salió del salón, y se preguntó, sombrío, por qué estaba tan fascinado con una mujer enamorada de un sujeto como Black.
Derek Craven siguió a Edward.
-Bueno, ya ha conocido a lord Black. Ninguna mujer en su sano juicio preferiría a un pendenciero jactancioso como ese a un caballero como usted.
-Mujeres -dijo Edward, sombrío-. ¿Quién las entiende?
Craven resopló, divertido.
-Es verdad, milord. Pero, de todos modos, doy las gracias a Dios de que existan.
La estancia en la casa de los Cullen resultó ser mucho más grata de lo que Bella había imaginado. Jamás había dormido en ambiente tan bello: un dormitorio decorado de damasco rosa pálido y delicados paneles de madera calados, con muebles de caoba de extraordinario pulido. El resto de la casa era igual de hermosa, con elegantes habitaciones, mantenidas en un impecable estado de limpieza y brillo.
Si bien Bella nunca olvidaba su preocupación por el estado de los asuntos de la propiedad Swan, comprendió que había retrocedido al fondo de su mente, a medida que ella y la madre pasaban mucho tiempo con Esme y con Alice. Iban juntas de compras a Londres y a pasear en coche por el parque, mientras que en la casa hacían planes y redactaban invitaciones para compromisos sociales venideros.
En los últimos años, Bella no había tenido tiempo de cultivar amistades con otras muchachas, y descubrió que le agradaba mucho Alice. Era inteligente y de buen corazón y tenía la gracia de reírse de sus propios errores.
-Soy demasiado romántica e impulsiva, y eso no me conviene -admitía riendo, ante Bella-. Me enamoro de un caballero nuevo cada semana.
-¿Y qué sucede con todos esos enamoramientos? -le preguntó Bella, sonriendo.
-Desaparecen enseguida. Todavía no he encontrado al hombre para el que estoy destinada.
-¿Cómo lo sabrás cuando lo encuentres?
Pensativa, Alice se mordió el labio.
-Lo sabré cuando lo mire a los ojos o cuando me bese. ¡Será mágico! ¿Tú te sientes así con el hombre que amas, Bella?
Bella vaciló largo rato. Si había existido magia en lo que sentía por Jacob, se había desvanecido hacía mucho. Ese año de esperar y hacerse preguntas se había cobrado su tributo de emociones. Todavía había muchas dudas sin resolver entre ella y Jacob.
-Creo que me sentía así -dijo, en voz baja-. Pero no todo en el amor es mágico, Alice. Y no es algo que me interese vivir otra vez.
Alice la miró con expresión tan intrigada como de simpatía.
-El tío Phil dice lo mismo. Que ahora que se murió su esposa no le queda corazón suficiente para dárselo a nadie.
-Pobre tu tío -murmuró Bella, sincera.
Por más que fuera amargo y malhumorado, en ocasiones le agradaba. Bajo aquella fachada áspera
Había cierta ternura que Bella había descubierto días atrás, cuando estaba leyendo en la biblioteca y él irrumpió, por casualidad. Avergonzada de que la sorprendieran leyendo una novela que se llamaba "Amor perdido para siempre", se había sobresaltado y dejado el libro a un lado.
Por lo general, Phil se mostraba indiferente hacia ella, pero en sus ojos oscuros apareció un brillo divertido, y las líneas del rostro se aflojaron un poco.
-¿Qué estás leyendo, muchacha?
Bella se sonrojó, sintiéndose culpable.
-Una novela romántica -confesó. Era una de sus preferidas, la había leído muchas veces, y la llevó consigo desde su casa-. Pensará que soy muy tonta por permitirme fantasías inútiles, milord.
-No -la interrumpió el hombre-. Tales fantasías pueden hacer la vida más placentera. -Fue a servirse una bebida-. Sigue leyendo, niña. Me iré enseguida.
-Lord Cullen... no se lo dirá a nadie, ¿verdad?
No soportaba la idea de que otros descubrieran que leía novelas de amor y se burlasen de ella. Ya se imaginaba cómo se burlaría Edward Cullen.
-Claro que no. -Hasta le sonrió-. Si lo prefieres, puedes llamarme tío Phil, como Alice.
Como ya llamaba tío Carlisle y tía Esme al conde y a la condesa, Bella hizo un gesto de asentimiento.
-Gracias. Sin embargo... no sé si mi madre lo aprobará.
A todos resultaba evidente que Renee no tenía la misma opinión favorable de Phil que de los demás Cullen. Era frecuente que le lanzara pequeñas indirectas criticando su modo de beber, de fumar y de jugar, y ese hábito de ir y venir a cualquier hora.
-Sí -dijo Phil con sequedad-, tu madre y yo no estamos en la mejor de las relaciones.
-Creo que es una pena.
-¿Ah, sí?
Bella eligió con cuidado las palabras, sabiendo que Phil no conocía esa parte de su madre que era amorosa, encantadora y vulnerable. Lo único que había visto era el aspecto reservado, la expresión de desaprobación que Renee adoptaba cada vez que lo veía.
-Sé que mi madre parece remilgada, severa y demasiado crítica... pero por debajo es una persona cálida y encantadora. Echa mucho de menos a mi padre y ha cargado con una excesiva responsabilidad desde que él murió. Si usted...
Se interrumpió, sabiendo que había dicho más de lo que pretendía.
La expresión de Phil fue indescifrable por un momento, pero en sus ojos apareció una chispa de curiosidad:
-¿Si yo qué? -la animó.
-Si intentara conversar con ella de vez en cuando -dijo Bella, vehemente-, creo que a mi madre le agradaría mucho.
El hombre respondió con un resoplido irónico y la saludó con un gesto de la cabeza cuando salió con la bebida en la mano. Bella se preguntó si haría caso de la sugerencia y llegó a la conclusión de que no lo haría.
Una noche Phil había llevado a una invitada a la mesa de los Cullen, una bella mujer de cabello rubio claro, labios de rubí y una voz dulzona y lánguida. Aunque estaba ataviada con un vestido oscuro de cuello alto, la mujer, a la que presentó como lady Hewet, no tenía un aspecto demasiado respetable. Durante la cena, lanzaba a Phil prolongadas miradas tras el espeso fleco de las pestañas y contaba historias divertidas, aunque algo indecentes, de los últimos escándalos en Londres.
-¿Se han enterado de que lady Montbain ha dado a luz, hace poco, a su quinto hijo?-preguntó lady Hewet con sonrisa felina-. Un adorable pequeño de cabello negro y rizado.
-Qué maravilloso -respondió Esme, entusiasta-. Lord Monlbain debe de estar muy orgulloso.
-Lo estaría -dijo lady Hewet con risa gutural-, si el pequeño se pareciera a él. ¡Pero, por desgracia, guarda una semejanza notable con su mejor amigo, lord Lambert!
Phil esbozó una leve sonrisa. Alice y Carlisle miraron sus respectivos platos con intensa concentración, y Bella sintió que se ruborizaba. Lanzó una mirada fugaz a su madre, que tenía los labios tan apretados como si estuviesen cosidos.
"Mamá, por favor, no digas nada", pensó, pero Renee habló, con voz tensa y controlada:
-Lady Hewet, creo que esta conversación no es apropiada para los oídos de muchachas impresionables.
Los labios rojos de la aludida se curvaron en una lánguida sonrisa.
-Alguna vez tienen que aprender sobre los hechos de la vida, querida.
-Puede ser -repuso Renee -. Pero no ahora, y no de usted.
La sonrisa de la mujer se convirtió en una mueca y se volvió hacia Phil, susurrándole, taimada, en el oído, al tiempo que Esme se apresuraba a cambiar de conversación.
Esa noche, Renee ventiló sus sentimientos ante Bella, mientras se soltaba el cabello ante la mesa del tocador.
-Phil Cullen se muestra ofensivo en demasiados aspectos -exclamó, dejando caer las hebillas en descuidado montón. Levantó un cepillo de mango de plata y empezó a cepillarse el cabello negro con rápidas pasadas-. No entiendo cómo es que Carlisle y Esme le permiten quedarse aquí, con semejante conducta escandalosa, trayendo a cenar a mujeres de reputación dudosa... ¡cómo es que una familia tan refinada puede albergar a un ser tan áspero es algo que no me entra en la cabeza! ¿Viste cómo permitía que esa mujer se frotara toda contra él? ¡Y delante de todos!
Bella contuvo una sonrisa, sospechando que Renee hubiese preferido morir antes que admitir que estaba celosa de Phil Cullen.
-No es del todo objetable -dijo, en tono ligero-. Tienes que admitir que, para ser un hombre de esa edad, es bastante atractivo.
-¿Tú crees?. Nunca he podido verlo bien, en medio de esa nube de humo de cigarro que le envuelve constantemente la cabeza.
Bella rió.
-Pobre hombre. Tiene muchos deseos de reformarse, ¿no?
-No existe mujer con la fuerza y la paciencia para hacerlo -afirmó Renee, dejando el cepillo sobre la mesa-. ¡Y, desde luego, no lady Hewet!
-Tal vez el tío Phil necesite de la influencia de una mujer como tú, mamá-se atrevió a decir Bella, observando la expresión de la madre en el espejo.
Renee se mostró atónita por el comentario.
-¿Yo?... ¡Preferiría estar expuesta lo menos posible a ese hombre de tan mal carácter!
-Yo creo que su mal comportamiento es resultado de la soledad -comentó Bella-. Es muy difícil amar a alguien tanto tiempo y luego perderlo, de repente. Tú deberías entenderlo, mamá.
-Preferiría no seguir hablando de él -dijo Renee, en tono terminante, y Bella lo aceptó sin vacilaciones.
Sentada ante uno de los escritorios de caoba de la biblioteca, Bella sumaba hileras de cifras de un libro de contabilidad que le había enviado el administrador sustituto de la propiedad, en Swan Hall. Estaba concentrada en los números, sin advertir que alguien había entrado en la habitación, hasta que oyó una voz conocida.
-Señorita Swan, qué agradable sorpresa.
Bella se levantó de la silla con tal premura que casi volcó el tintero sobre el escritorio. Clavó la vista en Edward Cullen, alto y poderoso, ataviado con la ropa de montar. Aunque había intentado prepararse para el momento en que lo viese otra vez, era consciente de que se le cortaba el aliento de un modo que no podía controlar. La seguridad en sí mismo de aquel hombre era formidable, allí de pie, con una sonrisa despreocupada jugueteándole en los labios. De inmediato recordó cómo la había besado, la tibieza de su boca, la leve presión de la mano en su nuca. La cubrió un sonrojo y se esforzó en vano por recuperar la cordura.
-Estoy segura de que no es una sorpresa para usted -logró decir al fin-. Debe de haber sabido que mi madre y yo vendríamos a quedarnos con su familia.
-¿Y se siente cómoda, señorita Swan?
La cortesía fue tan exagerada que pareció casi una burla.
Bella asintió, cautelosa.
-La Casa Cullen es magnífica, y todos han sido muy amables.
-Es una afortunada coincidencia que nuestras madres hayan reanudado su amistad.
-¿Afortunada para quién? -replicó, retrocediendo a medida que Cullen entraba en la habitación.
La mirada del joven la abarcó de la cabeza a los pies, captando todos los detalles del vestido acordonado de lana y seda castaña. ¿Sería su imaginación, o se detuvo en los pechos? Tres años antes, el vestido le sentaba a la perfección, pero como había madurado, el corpiño le quedaba un poco estrecho. Por desgracia, no había dinero suficiente para adquirir uno o dos vestidos nuevos por temporada. Bella miró a Cullen a la defensiva, conteniendo las ganas de cruzar los brazos sobre el pecho.
-Está más hermosa cada vez que la veo -murmuró Edward.
-Lord Cullen... quiero aclararle algo -dijo Bella, inquieta, ignorando el cumplido-. He venido aquí contra mi voluntad, porque mi madre insistió mucho. Y espero que no piense que tengo aspiraciones con respecto a usted sólo porque estoy pasando un tiempo en casa de sus padres.
Cullen la contempló con aire especulativo y metió la mano en el bolsillo.
-Encontré esto en la fiesta de los Newton, después que usted me dejó. Le pertenecen, ¿no es así?
El sonrojo de Bella fue intenso, mientras miraba el par de guantes blancos que Edward tenía en la mano. Eran los que había dejado caer en el recibidor cuando huyó, después que él la besara. Si no los recuperaba, Edward podría usarlos para manchar su reputación.
-Milord... no le contará a nadie lo que pasó esa noche, ¿verdad? Tiene que guardar silencio...
-Por supuesto.
-Gracias -dijo, aliviada, extendiendo la mano para recibir los guantes.
Cullen se acercó y le tocó la barbilla con el índice, alzándola para que Bella lo mirara de frente.
-Pero hay un precio por mi silencio.
-¿Un precio? -repitió, confundida, retirando la mano.
-Otro beso... y esta vez, sin bofetada posterior.
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se esperaban la aparicion de Jacob que les parecio? y que creen habra otro beso entre Edward y Bella?
gracias por leer y saludos
pd. un RR no hace daño a nadie
Pekelittrell
