Bella se apartó con brusquedad, indignada.

-¡Es usted el más desvergonzado, despreciable, carente de principios...!

-¿Quiere que se los devuelva? -la interrumpió, balanceando los guantes ante ella-. ¿O se los devuelvo durante una cena familiar alguna noche y dejo que usted lo explique?

Bella hizo el intento de agarrarlos, pero él los sostuvo por encima de su cabeza y sonrió, provocativo.

-¿Qué prefiere, señorita Swan?

La mente de Bella se sumió en un torbellino. La idea de dejar que la besara, después de tantas noches recordándolo... la hizo sentirse débil. Pero tal vez no sería igual. Tal vez esta vez no sentiría nada. ¡Ah, cómo le gustaría demostrarle que no la afectaba! Respondió, en una explosión de irritación:

-¡Oh, hágalo! ¡Hágalo rápido y después déjeme en paz!

Cerró los ojos y aguardó, con los labios apretados, las fosas nasales dilatadas, la respiración agitada.

Edward prolongó el momento, disfrutando del espectáculo de la cara vuelta hacia arriba, las finas cejas negras juntas, formando un ceño. Le rodeó las mejillas con las manos, acariciando con los pulgares la superficie aterciopelada de la piel, hasta que sus dedos rozaron el borde sedoso del comienzo del cabello. Era un placer exquisito abrazarla otra vez. Bella se crispó al contacto, como si el calor de sus manos la sobresaltase, y Edward sintió el pulso en la garganta, contra las palmas de sus manos.

Abatiendo la boca sobre la de ella, la besó con delicadeza, entibiándole los labios hasta que se separaron en vacilante bienvenida. Exploró la boca de la muchacha a su antojo, provocando, saboreando, hasta que el corazón le martilleó en el cuerpo, tenso de deseo. Sintió que ella lo aferraba de las solapas de la chaqueta de montar y sus dedos se apretaban con fuerza para compensar la súbita pérdida de equilibrio. Interrumpiendo el beso, la miró a los ojos, sintiendo que podía sumergirse en la oscura suavidad.

De algún modo, Bella logró apartarse.

-Espero que lo haya disfrutado.

Se esforzó por hallar un tono frío, como si el beso no la hubiese afectado en lo más mínimo... como si no estuviese sacudida y conmovida por la sensación de los alientos, los labios y la tibieza de ambos, mezclándose.

Cullen sonrió y le entregó los guantes.

-Jacob Black es un hombre afortunado.

-¿Cómo sabe su nombre? -preguntó, insegura.

Cullen habló en voz fría, algo divertida:

-Señorita Swan, la antorcha que lleva usted por Black no es un secreto. Un amigo me lo contó, la noche del baile de los Stanley.

Por un momento, la mente de Bella quedó vacía por la sorpresa. Luego la dominó la ira. ¡Cómo se atrevía a insinuar que ella era objeto de burla o de lástima! Retorció los guantes hasta convertirlos en una cuerda larga. No importaba lo que Cullen y sus elegantes amigos opinasen. Que se burlaran de que ella amaba a Jacob... no le importaba lo que nadie pensara de ella. Regresó a los libros de contabilidad que tenía sobre el escritorio.

-Tengo que trabajar-dijo, cortante.

Pero Cullen no estaba dispuesto a irse.

-De hecho, señorita Swan, anoche vi a Black.

A Bella le llevó unos minutos entender lo que le decía. Giró para mirarlo de frente, con la boca abierta de asombro.

-¿Qué?

-Parece que el Honorable Jacob Black ha regresado del continente. Anoche me crucé con él en

Craven's. Estaba jugando a los naipes y relatando las experiencias de su "gran gira"...

-¡Está mintiendo!

Con la vista fija en el rostro de la muchacha, captó cada matiz de su expresión, y en sus propios ojos apareció un súbito destello, que podría haber sido ira.

-No -dijo con voz suave-. Su verdadero amor está en Londres y todavía no ha tenido tiempo de venir a verla.

Bella sintió como si le hubiesen propinado un golpe en el estómago.

-No le creo.

-Pasa casi todas las noches jugando a los naipes en Craven's...

-¡No se atreva a pronunciar una palabra contra él -le espetó-, o lo odiaré para siempre!

Edward clavó en ella una mirada penetrante, y el silencio cargado se prolongó.

-¿Edward?-se oyó una voz femenina, y de pronto apareció Alice en la entrada-. Me pareció oír voces aquí. ¡Así que, al fin, te has decidido a visitarnos! Bueno, espero que tengas intención de quedarte a cenar...

La sonrisa se esfumó al ver la actitud defensiva de Bella y el semblante adusto del hermano.

De inmediato, Cullen borró esa expresión de su cara y sonrió a su hermana. Caminó hasta ella y le depositó un beso en la mejilla.

-Hermanita -murmuró-, no me atrevería a perderme la cena. Quiero que me cuentes tus últimas conquistas.

Alice rió y le dio un golpe en el brazo.

-Ahórrate tu encanto para mamá y lady Renee. Están tomando el té en el recibidor. -Lanzó a Bella una mirada esperanzada-. ¿Vienes tú también?

Bella negó con la cabeza y fue hacia el escritorio, caminando como a ciegas.

-Tengo que ocuparme de estos libros de contabilidad.

En el rostro de Alice se reflejó el desencanto.

-Oh, querida. Espero que termines pronto, Bella.-Enlazó el brazo al de su hermano, y salió con Edward, que no echó ni una mirada a Bella-. Tiene muy buena cabeza para los números -llegó flotando la voz de la muchacha-. Es tan inteligente como linda, Edward.

-¿En serio? -El tono de Cullen fue seco.

Cuando se fueron, Bella permaneció sentada ante el escritorio, sin mirar nada en especial. Su mente desbordaba de preguntas. Jacob estaba en Londres. Recordó el modo en que se había despedido, prometiéndole que volvería pronto, que la echaría de menos, que pensaría en ella todos los días... ¿Cómo era posible que fuese tan sincero, y que, al regresar, la ignorase? Debía de haber algún error, bien de parte de él, o de la misma Bella. Tenía que verlo y descubrir lo que había sucedido.

Craven's. Cullen había dicho que Jacob jugaba allí todas las noches. Tal vez estuviese esa noche. Parte de la ansiedad desapareció, reemplazada por la decisión. Si esa noche Jacob estaba en Craven's, Bella lo encontraría y no descansaría hasta lograr que le diese una explicación.

Durante la cena, Bella permaneció callada ante la larga mesa de los Cullen cubierta con mantel de lino, evitando mirar a Edward. No le habló, salvo cuando la cortesía lo exigía. El respondió con la misma indiferencia, concentrando la atención en la familia. Bella advirtió que a su madre la sorprendía su reticencia, poco habitual en ella, y más aún a los Cullen, que, sin duda, adoraban a Edward. Todos reían y conversaban con animación mientras comentaban los últimos sucesos sociales y políticos de Londres. Bella se sintió aislada de ellos, incapaz de pensaren nada, excepto en que Jacob estaba en alguna parte de la ciudad, en ese mismo momento... y que pronto lo vería.

Después de la cena, dijo que quería retirarse temprano a su cuarto, pretextando dolor de cabeza, para no tener que reunirse con la familia. Alice la siguió, con expresión preocupada. Se detuvieron en el vestíbulo central.

-Bella... ¿estás bien?

-Lo estaré, después de una noche de descanso.

-No te agrada mucho mi hermano, ¿verdad?-preguntó, triste.

Bella vaciló.

-A decir verdad, no siento nada por él. -Sonrió con calidez a la amiga-. Pero os adoro a ti y a tus padres.

-A nosotros nos pasa lo mismo contigo. Quizá mirarías de otro modo a Edward si pasaras más tiempo con él.

-Quizá -dijo Bella, no muy convencida, y abrazó a la muchacha-. Buenas noches, Alice.

La chica le sonrió y volvió a reunirse con los demás, mientras Bella subía la larga escalera curva.

Más tarde, cuando el coche de los Cullen se fue y los ocupantes de la casa dormían. Bella se puso una capa con capucha de gruesa lana gris y se escabulló fuera del cuarto. El corazón le latía con fuerza mientras bajaba, silenciosa, la escalera de los criados, hasta la planta baja. Cruzando por la cocina y el pasillo de los sirvientes, salió por la puerta trasera de la casa.

El aire de febrero era frío y punzante, pero el cielo estaba muy claro, con unas pocas nubes pasando ante las estrellas. Bella se estremeció y se echó la capucha sobre la cara, mientras cruzaba corriendo el patio de la Casa Cullen y salía a la calle. Después de caminar unos minutos, vio la silueta oscura de un coche de alquiler que traqueteaba en dirección a ella. Corrió hacia el vehículo agitando el brazo:

-¡Heeh, aquí-gritó-, aquí!

El coche se detuvo, y la muchacha le echó una mirada al cochero, un pequeño anciano que llevaba una gorra de punto, oscura.

-Lléveme a la calle St. James -le ordenó-. A Craven's.

-Sí, señorita.

Esperó a que ella hubiese subido al carruaje y chasqueó la lengua, para que el caballo se pusiera en marcha.

Mientras el coche viajaba hacia el sur de Londres, Bella apoyó las manos sobre el bolso y palpó el saco de terciopelo con monedas y billetes crujientes. Había ahorrado moneda a moneda para emergencias como esta.

Contemplando el paisaje, vio siluetas oscuras que entraban y salían de la sombra, carteristas y prostitutas que se mezclaban con los caballeros, dispuestos a dedicar la velada a los placeres.

-Salir de noche, sola, no es muy seguro para una muchacha bonita -comentó el cochero, doblando por St. James, y pasando ante la fila interminable de carruajes detenidos ante el club.

El coche se detuvo.

-Estaré bien -dijo Bella, entregándole unas monedas y apeándose del vehículo-. Buenas noches, señor.

-Señor -repitió el viejo con una risa que parecía un graznido, como si nadie lo hubiese llamado así, y esperó a que la chica cruzara la calle antes de seguir su camino.

A Bella la intimidó el palaciego edificio blanco, la luz que se derramaba por las ventanas, el aire masculino que trascendía de él. Los clientes entraban en un flujo continuo, bajo el ojo vigilante del mayordomo que estaba en la puerta. Apretando el bolso contra sí, Bella subió los peldaños. Muchas miradas curiosas se fijaron en el espectáculo que daba una mujer sola acercándose a la entrada.

-¿Señorita?

El mayordomo la miró con expresión imperturbable.

Bella le sonrió, tratando de mostrar confianza.

-Creo que lord Black es miembro del club. ¿Podría ver si él se encuentra aquí esta noche? Necesito hablar urgentemente con él.

El hombre negó con la cabeza.

-Señorita, no es política del club...

-Por favor, pídale que salga aquí, a verme. Creo que no le molestará.

El mayordomo la miró con aire de duda, observando el semblante esperanzado de la muchacha y su capa, gastada pero respetable. Bella casi podía captar la lucha interior. Quería negarse, pero algo lo hacía vacilar. Contuvo el aliento, deseando con toda el alma que no la echara.

Pero pronto quedó resuelto el dilema, con la aparición de otro hombre. Era menudo, usaba gafas y tenía la apariencia de ser un empleado con alto nivel de autoridad. Pareció un tanto sorprendido al verla allí, en el umbral, y se volvió hacia el mayordomo.

-¿Hay algún problema? -preguntó.

El mayordomo inclinó la cabeza y le murmuró algo, mientras el otro observaba a Bella a través de las gafas. Por fin, el más bajo se identificó como gerente del club y le habló en tono enérgico.

-No se permiten mujeres en el club, señorita. Es la regla a la que se atiene el señor Craven.

-No quiero entrar. Lo único que quiero es que alguien informe a lord Black que deseo hablar con él. -La perspectiva de que se lo negaran le hizo arder los ojos y los hizo brillar de lágrimas contenidas-. Porfavor.

Los dos hombres parecieron alarmados por su expresión.

-No llore, señorita -dijo el hombre bajo-. Estoy seguro de que no es necesario. Preguntaré si lord Black se encuentra esta noche en el club. ¿Me dice su nombre, por favor?

Bella respondió, aliviada:

-Preferiría no decírselo. Comuníquele, sencillamente, que una antigua amiga pregunta por él.

Tenía la sensación de que Jacob estaba allí: lo sentía en los huesos.

-Está bien. ¿Puede esperar aquí, por favor, señorita?

-Claro -murmuró, agradecida.

El gerente desapareció en el interior, mientras Bella retrocedía y observaba cómo el mayordomo recibía a otros miembros.

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que tal que les parecio? y ahora que le dire Bella a Jacob y viceversa?

saludos y gracias a los lectores

pekelittrell