primero recordar la historia es una adpatacion de un libro de Lisa Kleypas y pues los personajes son de S. Meyer

sin mas les dejo mas historia ojala les sigue gustando

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En pocos minutos, vio la silueta alta de un hombre en la entrada. Vacilante, se echó atrás la capucha de la capa y avanzó. Oyó la voz tan familiar de Jacob que exclamaba, agitado:

-Bella... por Dios, ¿qué...? ¡Dios mío, no puedo creer que estés aquí!

Qué apuesto, qué familiar le resultaba, con su cabello oscuro y su rostro tan atrayente... Después de un año de esperar y de soñar. Bella no pudo menos que arrojarse en sus brazos. Le apoyó la mejilla en el hombro, y las lágrimas empezaron a caer de sus pestañas.

-Jacob -dijo, aliviada-. Jacob, realmente eres tú.

Lentamente los brazos del hombre la rodearon y la muchacha ahogó un gemido al sentir que la abrazaba.

Cuando al fin habló, el olor a vino era evidente en el aliento del hombre.

-Por Dios, jamás esperé algo así.

En su voz vibró un matiz de diversión.

-¿Cuándo has vuelto del continente? -preguntó Bella, aún abrazada a él.

-Hace unas semanas.

-¿Por qué no has venido a verme? No tuve noticias tuyas, nada...

-¿Cómo es que has venido aquí?

Bella lo miró, suspicaz. ¿Era su imaginación, o Jacob estaba un poco menos arrebatador que antes? Lo recordaba enorme, con una belleza masculina que le quitaba el aliento... pero ahora no le parecía tan extraordinario. Sin embargo, aún lo quería. Jacob era su primer y único amor y no podía culparlo por asumir proporciones humanas en lugar de parecerse al dios que ella conservaba en su memoria.

-Estoy instalada en la casa de los Cullen -le dijo-. Tienes que visitarme, Jacob. Tenemos que hablar. Te he echado de menos, te esperé...

-Los Cullen -la interrumpió, interesado-. ¿De dónde ha salido ese vínculo?

-Mi madre y la condesa son viejas amigas. ¿Irás, Jacob?

-Sí, trataré...

-¿Cuándo?

De súbito, Bella se sintió enfadada y avergonzada de estar rogándole, como si su orgullo estuviese hecho harapos.

-No sé exactamente cuándo. Soy un hombre ocupado, querida. Pronto, te lo prometo. -Le sonrió y la besó en la frente-. Sé una buena muchacha, Bella, y ahora vete. Este no es sitio para ti.

-Quizá... -empezó a decir, queriendo que la acompañara a la casa, pero él ya se había dado la vuelta. ¿Cómo podía despedirla así, tan bruscamente, con tanto desinterés? Entró al club y la dejó en la entrada-. No irás -murmuró-. No tienes intenciones de visitarme.

Bella oyó la voz del mayordomo como si le llegara desde lejos, preguntándole si quería que le consiguiera un coche de alquiler. Negó con la cabeza y bajó la escalera. Aturdida, se acercó a la calle, con el único deseo de alejarse de las luces cegadoras del club. Sintió un extraño tumulto en los oídos, al tiempo que trataba de entender que había visto a Jacob, hablado con él, y que en nada se parecía a los sueños que había acariciado tanto tiempo. El no la amaba. Lo que habían compartido era para él mucho menos importante que para ella. La confusión, la ira, la amargura la invadieron en una marejada cegadora. El retumbar se intensificó, y movió la cabeza, impaciente, mientras avanzaba.

De inmediato, hubo un grito colérico, y quedó atrapada en un apretón doloroso; alguien tiraba de ella hacia atrás hasta hacerle perder el equilibrio y la arrastraba al costado de la calle. Ante sus ojos atónitos, un gran carruaje acompañado de varios jinetes pasaba a asombrosa velocidad. Muchas personas ricas preferían viajar así, como si realzaran su propia importancia con el retumbar de varios caballos y jinetes. Semejante espectáculo era impresionante, si bien resultaba peligroso para cualquiera que acertara a cruzarse en su camino. Bella casi resultó aplastada, pues estaba demasiado aturdida para verlos acercarse.

Apartando la vista, instintivamente, del espectáculo, se vio aplastada contra el pecho sólido de un hombre. Olía a jabón de afeitar y a lino, y un toque de coñac. Por un segundo, creyó que era Jacob, que la había seguido y rescatado del peligro, pero, cuando alzó la cabeza y lo miró, exclamó:

-Lord Cullen...

El rostro de Edward Cullen estaba tenso y pálido, los ojos destellando fría furia. Parecía dispuesto a cometer un crimen.

-Pequeña tonta -dijo, en tono feroz, dándole una sacudida que le recorrió todo el cuerpo-. ¿En qué diablos está pensando?

-Lord Cullen -jadeó, llevando las manos a esas muñecas de acero-, está haciéndome daño...

-Iba directamente a cruzarse en el camino de ese coche -le dijo, entre dientes-. Podrían haberla matado y herido a varios otros, al mismo tiempo.

-No pensé -logró decir, sintiendo que la sacudía otra vez, haciéndole entrechocar los dientes-. No, Edward... por favor...

No sabía por qué usó su nombre de pila... nunca había aparecido en sus pensamientos. Pero tuvo un efecto milagroso en él, pues lo calmó al instante. Se quedó inmóvil, mirándola fijamente, sin soltarle los antebrazos. Pasó un largo rato hasta que Edward habló

-Está usted bien.

No era una afirmación ni una pregunta, sino algo intermedio.

-Sí. –Bella bajó la vista y luchó contra las lágrimas-. Suélteme.

Aflojó el apretón, pero no la soltó.

-Por casualidad, he venido al club esta noche. Hace unos minutos, se me acercó Derek Graven. El gerente le había dicho que una muchacha de cabello oscuro estaba en la entrada, preguntando por lord Black. Sabía que no podía ser usted, pero decidí echar un vistazo, por las dudas. En nombre del Cielo, ¿por qué está aquí?

-Porque usted me dijo que Jacob venía casi todas las noches.

-¡Nunca he visto una mujer tan idiota e irreflexiva...! ¡No se me ocurrió que sería lo bastante tonta para venir aquí sola!

-Pues lo soy -repuso, alzando la vista para mirarlo, a través de las lágrimas-. Y Jacob me ha echado. Ahora sé que todas sus promesas fueron falsas. Espero que esté muy fe...

La palabra "feliz" no le salió y se mordió con fuerza el labio para no estallar en sollozos.

Bella esperaba que él se burlara y que le repitiese lo tonta que era... pero lo que sintió fue la leve caricia de su mano en el pelo y oyó el ruido de una horquilla del pelo que caía a la calle.

-Parece que se le está soltando el cabello -murmuró, jugueteando con el brillante mechón negro que se había soltado. Le acarició la mejilla recorriendo la tersa curva con los nudillos-. Tiene el poder de hacer bailar a Black o a cualquier otro hombre alrededor de su dedo meñique. ¿Acaso no lo sabe?

-Oh, claro -exclamó, con amargura, creyendo que él se burlaba.

El aturdimiento y la desdicha comenzaban a disminuir, y el ritmo de su corazón iba volviendo a la normalidad. Empezó a sentir que era la misma de siempre. Apartándose de Cullen, se acomodó el corpiño y las faldas desarregladas. Cuando se tocó el pelo, descubrió que casi todas las hebillas estaban cayéndose. Las colocó otra vez, con fuerza, agradeciendo el dolor que le producían en el cráneo.

-Mi cochero y mi carruaje están esperándome, cerca -dijo Cullen, mirándola-. La llevaré de vuelta a la Casa Cullen.

Bella se crispó. No quería hacer frente a las horas que la esperaban dándose vueltas y removiéndose en la cama, atormentada por los recuerdos, arrepentimientos y emociones no deseadas.

-Esta noche no podré dormir -murmuró.

Hubo un largo silencio, y luego Cullen replicó, como sin darle importancia:

-Si es así, podría quedarse conmigo.

Lo miró, suspicaz:

-¿Qué quiere decir?

En el rostro de Edward apareció una expresión serena y burlona, como si estuviese pensando en una propuesta que sabía que ella rechazaría.

-¿Le gustaría tener una aventura esta noche, señorita Swan?

Nadie le había dicho eso, jamás, hasta ese momento. Se dispuso a mostrarse insultada ante la ofensiva proposición, pero no pudo evitar preguntarle:

-¿Qué clase de aventura?

-Una modesta.

Supo que debía rechazarla de inmediato... pero la tentación fue demasiado grande. La perspectiva de volver inmediatamente a la casa de los Cullen, tan pronto después de haber sufrido una derrota aplastante, no era muy atrayente.

-¿Y si mi madre descubre que no estoy?

-Estaba dispuesta a arriesgarse a eso por Black, ¿no es cierto?

-Sí, pero...

Guardó silencio, sin poder creer que estuviese dudando. "Dile que te lleve directamente a casa", pensó. "Después de todo lo que ha pasado, tendrías que saber que no puedes confiar en un hombre, por atractivo que parezca." Quedó atrapada entre la incapacidad para decir que sí y la falta de deseo de negarse. Optó por mirarlo, impotente, con las cejas alzadas en interrogación. De súbito. Cullen rompió a reír y le acomodó la capa, con gesto protector, alrededor de la cara.

-Venga conmigo -le dijo, decidiendo por ella.

-¿A dónde vamos?

-A los jardines de placer de Vauxhall.

-He oído hablar de ese lugar. ¿No van prostitutas, acaso? ¿Y ladrones?

-Cualquier clase de persona que se le ocurra -le contestó, caminando con ella junto a la larga fila de carruajes privados que esperaban cerca del club.

Bella se sintió preocupada e intrigada al mismo tiempo, preguntándose cómo su vida había dado ese giro, se dirigía a Vauxhall con un hombre que casi no conocía, en mitad de la noche.

-¿Por qué los llaman "jardines de placer"?

-Tal vez lo descubra -le dijo, en tono provocativo.

-Antes de aceptar acompañarlo, deberá prometerme que será un caballero.

Edward rió y señaló el carruaje:

-A diferencia de otros hombres que usted conoce, señorita Swan, nunca hago promesas que no puedo cumplir.

A pesar de todas las murmuraciones acerca de la decadencia y el escándalo ligados con Vauxhall, Bella, en realidad, nunca había sabido bien de qué se trataba. Pronto descubrió que pasar una velada en Vauxhall, una zona situada al norte de Kensignton Lañe, era exactamente igual que asistir a una fiesta... la fiesta más increíble que pudiera imaginar. Nunca había estado en contacto con un grupo numeroso de personas tan desinhibidas: aristócratas, dandis, damas y prostitutas. La música que producía una gran orquesta colmaba el aire, mientras los vendedores ofrecían helados, pasteles de queso y galletas. Se formaban filas en un quiosco donde se vendían boletos para tener la ocasión de ganar chucherías de colores vivos.

Lord Cullen pagó una suma extravagante por las entradas de ambos a los jardines. Bella se cuidó de no toparse con la mirada de nadie y se mantuvo cerca de su acompañante. Pero pronto la curiosidad la dominó, y observó, maravillada, todo lo que la rodeaba. Los jardines seguían un diseño organizado en cinco senderos peatonales, algunos cubiertos de toldos y bordeados de árboles, con grava o polvo de ladrillo. Una fresca brisa nocturna bailaba alrededor, y la muchacha se estremeció, contenta de tener la gruesa capa de lana.

Cullen se detuvo y le compró un antifaz negro, similar al que llevaban muchas otras personas:

-Ninguna joven que se respete debe dejarse sorprender sin llevar uno de estos -le aseguró, sin rodeos-, y lo mismo cuenta para los maridos que pasan la noche lejos de sus esposas, o los jóvenes que quieren parecer atrevidos...

-¿Usted se pondrá uno? -le preguntó, mientras él le ataba la cinta en la parte de atrás de la cabeza.

La hizo darse vuelta para acomodarle el antifaz, de modo que pudiera ver por los agujeros destinados a los ojos.

-Para mí no habrá escándalo, si me ven, señorita Swan. Usted, en cambio, quedaría destruida. -Al advertir que la mirada de Bella se había desviado hacia un hombre que caminaba cerca de ellos con una bandeja de galletas, sonrió-. Debe de tener hambre. Antes casi no tocó la cena.

-Estaba demasiado nerviosa para comer. No podía dejar de pensar en...

Se le apagó la voz, al recordar lo ansiosa que había estado de ver a Jacob.

-Olvide eso -le dijo Edward, de pronto, y la llevó al Grove, donde había más de cien compartimientos para comer.

En todos había parejas que disfrutaban de platos de jamón, pierna y pollo, mientras escuchaban la orquesta. La música era fuerte y vigorizante y todo pensamiento acerca de Jacob se evaporó de la mente de Bella. Cullen la hizo sentarse en un compartimiento en cuyo interior el artista Francis Hayman había pintado una escena campestre. La muchedumbre canturreaba y hasta cantaba acompañando a la orquesta, que entonaba una melodía popular.

A una señal de Cullen, el camarero les trajo los platos repletos de pollos minúsculos asados, delgadas tajadas de jamón, pastas y pasteles rellenos con varias capas de crema y jalea de moras. Bella se dedicó con entusiasmo a la comida, interrumpiéndose, asombrada, cuando Cullen le alcanzó un vaso de vino.

-No tengo permiso para beber vino -dijo, insegura.

Cullen le habló cerca de la oreja:

-No se lo contaré a nadie -dijo, con aire conspirativo, provocándole un estremecimiento en la espalda.

Bella sonrió, aceptó el vaso y bebió un sorbo del rico vino. Cullen le ofreció más exquisiteces y bromeó con ella, hasta que ella no pudo evitar reírse de sus gracias. Se abandonó cada vez con más confianza a la tibieza que emanaba de ese hombre. Como para ella era una novedad estar en un lugar como aquel y recibir las atenciones halagadoras de un hombre tan apuesto, sintió que todo aquello ejercía sobre ella un hechizo particular. Deseó que la noche no terminara... Se creyó en medio de un sueño encantado. Al terminar la actuación musical, hubo fuegos artificiales, ruedas que giraban en el cielo y explosiones de luces de colores que se desplegaban en brillantes flores. Bella los contempló, encantada, mientras el público estallaba en aclamaciones a cada nueva figura. Después Cullen la acompañó fuera del recinto y pasearon juntos hacia el Grove.

-Quisiera sentirme siempre así -dijo Bella, todavía encendida por el vino y la diversión.

-¿De qué modo?-preguntó él, sonriendo ante el entusiasmo de la joven.

-¡Como si tuviese alas! -Suspiró-. Pero, por supuesto, mañana tendré que volver a la tierra.

Cullen la miró con sus ojos intensos y, por un momento, hubo en ellos un extraño matiz nostálgico. Bella tuvo la sensación de que quería decirle algo, hacerle entender algo importante... pero no se atrevía.

Por fin, replicó en tono neutral, rompiendo el encanto:

-La noche aún no ha terminado.

Se detuvo ante el quiosco de lotería y pagó unas monedas para que Bella ganara su premio. La animó a meter la mano en una cesta con boletos de papel y tomar uno. Bella lo sacó y se lo dio al encargado del puesto.

-¡Un premio para la dama! -exclamó el hombre, mirando el número del boleto.

De atrás del mostrador, sacó un pequeño objeto y se lo entregó: era un silbato de hojalata pintada, colgado de una cinta azul.

Bella se lo colgó del cuello y lo sopló, provocando un sonido agudo. Sin ceremonias, Cullen se lo quitó de los labios fruncidos y se lo puso dentro de la capa.

-Ahora, cada vez que silbe, usted tendrá que obedecer a mi llamada -dijo Bella riendo.

Cullen sonrió y practicó una breve reverencia.

-Cuando sea, mi señora.

La muchacha lo miró, dudando:

-No olvidará su promesa, ¿verdad?

Edward la contempló y apartó de su cara un minúsculo rizo que había quedado atrapado en el borde del antifaz.

-Jamás.

Bella no protestó cuando le pasó el brazo, en gesto familiar, por la espalda. Pasearon por uno de los senderos, donde las parejas iban y venían y los muchachos solos observaban a las mujeres que pasaban. Cuando se acercaron al extremo del Paseo Hennit, Bella vio, con el rabillo del ojo, a dos figuras enlazadas, un hombre y una mujer, que se besaban apasionadamente en las sombras. Se ruborizó y echó una mirada a Cullen, que también los había visto. Se preguntó a cuántas otras mujeres habría llevado a ese lugar y si habría seducido a alguna muchacha haciéndola olvidar inhibiciones, en uno de aquellos caminos sombreados.

-¿Ha estado enamorado alguna vez? -le preguntó Bella con timidez, contemplando el perfil austero.

-Una o dos veces, sentí algo parecido.

-Quizás algún día sepa cómo es -le dijo, en el tono más natural.

Oyó cómo contenía la carcajada y, a continuación, él le habló con un matiz de ironía:

-Espero que así sea. -Se detuvieron en el sendero más estrecho que Bella había visto hasta el momento. Era oscuro y tranquilo, un túnel de sombras y de crujir de hojas-.

A este se lo llama Paseo de los Enamorados -dijo Cullen-. La muchacha que sea lo bastante tonta como para aventurarse por él estará condenada al escándalo, casi con seguridad. -Se volvió hacia ella, alzando una ceja en gesto burlón-. ¿Vamos?

-No sé -dijo Bella, preguntándose qué querría de ella.

Quizá trataba de hacerla sentirse tonta, como una criatura tímida. Pero no podía ir con él a ese lugar. Ya era bastante malo estar en Vauxhall, lejos de la protección de su madre, beber vino... Tenía que ponerle un límite en ese mismo instante. No entendía qué le pasaba a ella misma, que se comportaba de una manera tan irresponsable.

-¿Tiene miedo? -le preguntó Edward con voz suave.

-¡Claro que no!

Bella se esforzó por razonar para sus adentros: ¿qué era lo peor que podía pasar? El podía tratar de aprovecharse de ella... y entonces lo reprendería, y ahí se terminaría todo.

Inquieta, comenzó a andar por el sendero, y Edward se puso a su lado. Pronto pasaron ante otra pareja que se hablaba en susurros y se besaba, y Bella apartó la vista. Empezó a ponerse cada vez más nerviosa, a medida que se internaban en la oscuridad cada vez más densa, pues los árboles no dejaban pasar más que pequeños destellos del cielo.

-Es muy tarde -comentó-. Debe de ser más de medianoche.

-Yo diría que son las dos.

Bella intentó cambiar el tema de conversación.

-¿Irá usted al baile de los Mallory el viernes?

-No lo había pensado.

El camino se hizo más estrecho, más íntimo: era como otro mundo, alejado de la ciudad bulliciosa.

Inquieta por el silencio, Bella preguntó, de pronto:

-Cullen, ¿tiene intenciones de aprovecharse de mí?

Edward rió, se detuvo y la miró de frente.

-¿Le gustaría?

-No, es que... si piensa hacerlo, preferiría que lo haga ya mismo... ¡y no tener que preocuparme por eso!

La voz de Edward fue suave y divertida:

-Señorita Swan, es usted la mujer más impaciente que he conocido.

-Soy una persona muy paciente. Pero no cuando se trata de usted.

-¿Porqué?

-Porque usted me pone tan... tan...

Buscó la palabra justa, y por fin se decidió por "enfadada".

-No me diga. –Bella vio un relampagueo de dientes blancos en la oscuridad-. Bueno, en adelante, trataré de ser más amable. Y como está tan ansiosa con respecto a la posibilidad de que me aproveche de usted...

Se inclinó hacia ella y le rozó los labios con un beso, tan leve y suave como el ala de una mariposa. Retrocedió y le sonrió:

-Ahora su aventura está completa.

Bella rió, tranquilizada por la falta de dramatismo de su actitud.

-Gracias -le dijo con sinceridad.

Había logrado lo imposible: convertir una de las noches más horribles de su vida en una velada muy placentera. Al día siguiente, podría reanudar su vida. Y, desde ese momento, ya no sería tan ingenua. Jamás dejaría que un hombre la engañara otra vez.

Cullen contempló el rostro levantado de la muchacha y tocó con delicadeza un mechón de pelo que le pendía sobre la frente.

-Ahora la llevaré a casa.

Cuando llegaron a la casa de los Cullen, Bella regresó a su cuarto por el mismo camino que había salido, entrando por la puerta de los criados y por la escalera de atrás. Y, aunque sabía que al día siguiente estaría fatigada, no le importó. Se desvistió y se metió en la cama, subiendo las mantas hasta la barbilla. Después pensaría en Jacob, en el aspecto que tenía, en lo que le dijo, pero, por el momento, tenía la cabeza llena de fuegos artificiales y de música... y el recuerdo de los brazos de Edward Cullen rodeándola.

-La veré pronto -había dicho, con un brillo divertido en los ojos, cuando se separaron-. Usted procure recuperarse.

Supo que se refería a la desagradable experiencia en Craven's y a sus sentimientos hacia Jacob.

-Pienso recuperarme muy pronto -le aseguró-. Ya no me hago ilusiones con respecto a los hombres. Nunca volveré a cometer el mismo error.

-Qué dura -se burló y se fue con una sonrisa.

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a poco no es encantador Edward a mi me encanta y a ustedes que tal les parecio?, y que pasara ahora con Jacob...

muchisimas gracias a los que me han dejado algun RR, añadido a Favoritos y a sus alertas

Masako-san Ale74 eccaza Lau Masen ivelita cullen

Reneesme1510 lililulaby Alnewmoon tatyrathbone

isabel20 Jhessy123 whisper by angel's cathaysa

Molly.m94 KETSIA Aina-art darkny

si me falto alguien mas sorry

saludos a todos

Pekelittrell