Durante el mes que siguió, no hubo noticias de Jacob, y Bella tampoco esperaba tenerlas. Hubiese preferido pasar más tiempo a solas para reflexionar sobre el pasado y entender por qué había sido tan vulnerable ante un hombre como Jacob, pero los Cullen la mantenían constantemente ocupada con fiestas, veladas musicales, visitas vespertinas y paseos en coche por Hyde Park. Estaba familiarizándose con el círculo de amigos de Esme y Alice, respectivamente, la mayoría de las cuales eran mujeres agradables y realizadas. Veía a su madre más contenta de lo que había estado en mucho tiempo y comprendió cuánto echaba de menos Renee las actividades sociales que habían disfrutado tantos años antes.
Edward Cullen iba de visita con mucha frecuencia y, pese a sus esfuerzo por mostrarse indiferente, Bella descubrió que esperaba ansiosa la llegada del joven. Cada vez que oía su voz de bajo en el vestíbulo de entraba, el corazón le latía más rápido y se acercaba a recibirlo, consciente de las miradas insolentes pero halagadoras con que le recorría el cuerpo. Su actitud hacia ella era amistosa y burlona, muy similar a la que tenía hacia Alice.
Durante una de las visitas de Cullen, Edward se entretuvo con Alice y Bella, recordando con su hermana las travesuras de la infancia, sobre todo la vez que le habían robado las tijeras al jardinero y aplicaron sus nacientes habilidades artísticas a remodelar los cercos del jardín.
-Pobre Emmett -exclamó Alice, riendo-, lo castigaron junto con nosotros dos.
-¿Aunque él no tuviese nada que ver? -preguntó Bella, sorprendida.
-Nuestros padres jamás discriminaron entre sus hijos -repuso Alice-. Si uno se portaba mal, también los otros eran castigados.
-Pero Emmett nunca se quejó. -Por el semblante de Cullen pasó una sonrisa abstraída-. El era el responsable y siempre nos ayudaba a salir de apuros y compartía las palizas por cosas que él no había hecho.
-Qué bueno era -exclamó Alice, sonriendo, y enjugándose una súbita lágrima-. Lo echo de menos. Edward, ¿todavía piensas a menudo en el? la sonrisa de Cullen se esfumó, y se quitó una pelusa de los pantalones.
-Siempre. -Con el rostro desviado, cambió de tema-. ¿Os gusta salir a dar un paseo a caballo conmigo, por Hyde Park, mañana por la mañana'?
-Oh, sí -respondió Alice, entusiasta.
Bella vaciló. Repasó una serie de excusas, pero, al fin, optó por la verdad:
-Gracias, pero prefiero no ir. No cabalgo muy bien.
Hacía años que no montaba un caballo de raza y, desde luego, nada comparable a la calidad de los animales que había en los establos de los Cullen.
-Conseguiremos un caballo tranquilo para ti -le dijo Edward-. En los establos, hay una yegua de cinco años llamada Lady. -Le chispearon los ojos cuando añadió-: Es la hembra más tranquila y dócil que he conocido hasta ahora.
Alice rió y le dio unos golpes juguetones por el comentario, mientras que Bella movió la cabeza.
-Mi traje de montar es tan viejo y pasado de moda que...
-¡Oh, te presto el mío! -exclamó Alice.
-Pero no puedo...
-Sin discusiones -dijo Cullen, sin alzar la voz.
Antes de que Bella pudiese replicar, Alice salió de la habitación diciendo:
-Tengo algo perfecto: un traje negro, entallado, con un echarpe azul. ¡Iré a buscarlo ahora mismo!
-Espera -le gritó Bella, pero la muchacha no la oyó. Ya no pudo hacer otra cosa que dirigir una sonrisa algo torcida a Cullen, diciéndole- Bueno, al parecer, iré a cabalgar con vosotros mañana.
-Te gustará.
Se hizo un silencio entre los dos. Era la primera oportunidad de hablar a solas desde la noche en Vauxhall.
-¿Cómo era tu hermano? -preguntó Bella, de pronto-. Nunca he visto un retrato de él.
-Tengo uno donde nos pintaron a los tres: Emmett, Alice y yo, cuando éramos mucho más jóvenes. Era el preferido de mi madre. Cuando mi hermano murió, mi madre no quiso tenerlo más. Dijo que no soportaba mirarlo. Ahora está en mi casa.
-Algún día me gustaría verlo -dijo Bella, sin pensar, y después se sonrojó.
Dio la impresión de que estaba insinuándose. Al ver que se ponía incómoda, Edward rió.
-Podemos arreglarlo.
Bella vaciló un instante y luego preguntó con voz suave:
-¿Cómo sucedió?
Edward supo que se refería a la muerte de Emmett.
-Un accidente con un caballo. Se cayó practicando un salto que jamás debió intentar. -Se levantó y paseó por la habitación, deteniéndose para examinar las figuras que había sobre la repisa de la chimenea. Echó una mirada rápida a Bella. No era fácil hablar de Emmett, pero algo en sus cálidos ojos castaños lo impulsó a continuar-: Desde entonces, pienso en él todos los días. Éramos casi inseparables. Dios sabe que jamás quise ponerme en su lugar. A veces yo... -Se interrumpió y rodeó con la mano una de las figuras de frágil porcelana-. Pienso si pasaré el resto de mi vida siendo una pobre imitación de Emmett
-Seguramente nadie te lo ha pedido -murmuró.
Edward se encogió de hombros:
-Emmett iba a ser el próximo conde, a dirigir los asuntos de la familia y a concebir al heredero que mi padre quiere. El nació para eso, yo no. Siempre tuvo las notas más altas en los estudios y se comportó honradamente, mientras yo pasaba el tiempo haciendo travesuras y persiguiendo camareras de bares... Y ahora me sorprendo tratando de vivir según los altos ideales que impuso mi hermano. -Esbozó una sonrisa torcida-. Uno de mis antiguos amigos dijo que la pérdida de Emmett era "un golpe de suerte". Pero a mí nunca me han importado un comino ni la fortuna familiar ni el título. Me siento como si, de algún modo, se los hubiese robado a él.
Dejó la figura de porcelana, sintiendo un incómodo calor en el pecho. No pensaba revelar tanto... jamás había hablado a nadie de Emmett con tanta libertad. Sintiendo cerca la presencia de Bella, se dio la vuelta y descubrió que estaba de pie detrás de él.
En el semblante de la muchacha había una tierna expresión compasiva.
-Si Emmett no pudo ser el que se pusiera al frente de la familia, estoy segura de que querría que lo hicieras tú. Y sé, sin lugar a dudas, que lo harás muy bien.
Edward la miró, enmudecido. Isabella Swan no era como las jóvenes coquetas superficiales y de risas forzadas que había conocido, ni como las sofisticadas leonas con las que sus amigos se habían casado. Era honesta, cariñosa, sincera... y tan hermosa que casi le dolía de tanto que la deseaba. Si bien admitía que tenía defectos, el más notable de los cuales era su testarudes, eso era para equilibrar. Nunca en la vida había tenido que esperar nada ni a nadie y, por fin, estaba aprendiendo a tener paciencia. "Que Dios me dé la fuerza", pensó, anhelando ahuecar las manos sobre las mejillas de la muchacha y besarla.
Pero se conformó con rozarle la punta del mentón con el dedo en gesto despreocupado.
-¿Has tenido noticias de Black? -murmuró, con el mismo tono en que le preguntaría a Alice por alguno de sus admiradores.
Las pestañas negras de Bella descendieron.
-No. Pero he hablado de él con mi madre. Le he dicho que, por vía indirecta, me he enterado de que Jacob estaba de regreso. Le he dicho que ya no tengo interés en él... Por supuesto, se sintió aliviada y me dijo que yo merecía algo mejor que Jacob. -Se miró las manos, que retorcía entre sí-. ¿Sigues viéndolo en el club?
-A veces.
Edward no le contó que Jacob había ganado en la ciudad reputación de joven tonto y arrogante. Y, al parecer, también de espadachín ostentoso.
Se difundían frecuentes rumores de sus romances, deudas de juego, y hasta algún duelo por la esposa de un aristócrata. Según Edward sabía, no muchos hombres respetaban a los sujetos como Jacob Black, aunque siempre había unos pocos petimetres y derrochadores rodeándolo.
-¿Es verdad lo que le has dicho a tu madre? -le preguntó Edward-. ¿Ya no tienes interés en él?
Bella se salvó de responder por la oportuna interrupción de Alice anunciando que había hallado el traje de montar más perfecto y que ella tenía que ir a probárselo de inmediato.
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es cortito pero despues de esto se pone mas interesante
saludos y gracias por leer
pekelittrell
