pues sin mas les dejo mas y ahora es mas largo que el capitulo anterior
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En la sociedad londinense, no había heraldo de la primavera esperado con más ansiedad que el baile anual que daban lord y lady Weber.
-Siempre organizan una búsqueda del tesoro -le contó Alice a Bella, entusiasmada-, y a todos los invitados se les da la misma clave. ¡El año pasado, el premio fue un collar de rubíes, y el anterior, un broche de diamantes! Este es el primer año que me permitirán participar. ¿No sería estupendo que alguno de nosotros encontrase el tesoro?
Bella sonrió, imaginándolo.
-Sí, sería magnífico... aunque no creo que yo sea la que lo descubra.
-Nunca se sabe -dijo Alice, y pasó toda la tarde especulando cuál podría ser el tesoro.
La inmensa mansión de los Weber parecía ocupar la mitad de la calle Upper Brook, con su imponente fachada de granito y mármol de querubines y serafines en relieve. Las numerosas fuentes estaban profusamente decoradas con delfines, caballos alados y otras figuras fantásticas, y no había muro donde no hubiese escenas de la mitología y de la historia.
Bella llevaba su mejor vestido, de satén verde y blanco. Una hilera de perlas que le había prestado lady Cullen se entrelazaba en su pelo oscuro. Su madre y los Cullen elogiaron su aspecto, afirmándole que nunca había estado tan hermosa. Pero la opinión que más ansiaba escuchar era la de Edward.
-Estoy convencida de que vendrá -le aseguró Alice ese mismo día, y Bella cruzó los dedos, esperanzada. No se explicaba por qué tenía tantas ganas de verlo, pero estaba casi aturdida de ansiedad.
Instantes antes de que los Cullen salieran para el baile, llegó una inmaculada caja blanca para Bella, que contenía una perfecta orquídea rosada y blanca. No había mensaje ni tarjeta incluidos, sino sólo "Lord Edward Cullen", cincelado. Ante toda la familia, que la contemplaba sonriente, Bella se ruborizó de placer y se prendió la flor al corpiño.
Cada tanto, mientras hablaba con otros invitados a la fiesta, tocaba los frágiles pétalos. Estaban congregándose en el salón de baile, aguardando el anuncio de lady Weber. Bella recorrió con la vista el salón, buscando a Cullen, pero en vano. Y justo cuando empezaba a pensar que tal vez hubiese decidido no asistir, apareció junto a ella. Estaba ataviado con pantalones de color ante, chaqueta negra de elegante corte y rígida corbata blanca.
-Señorita Swan -le dijo, los ojos reluciendo, cálidos, mientras se llevaba a los labios la mano enguantada de la muchacha.
-Gracias por la orquídea -dijo Bella, con voz queda-. Es preciosa.
-No te hace justicia.
La mirada de Edward la recorrió en una rápida observación, casi de propietario. Ella le dirigió una sonrisa tímida.
-Creo que tu familia piensa que tienes cierto interés por mí.
-¿Qué piensa usted, señorita Swan? -dijo con voz suave -No estoy segura.
Antes de que él pudiese responder, apareció lady Weber ante los invitados reunidos. Las plumas negras sujetas al cabello gris se balancearon alegremente cuando la dama saludó, agradeciendo los aplausos
-¡Queridos invitados, bienvenidos a nuestro baile anual! Esta noche compartiremos una cena deliciosa, y luego espero que la gente joven baile hasta gastar los zapatos, pero ahora nuestra búsqueda del tesoro. -Hizo una pausa, mientras muchos invitados, en especial las mujeres, lanzaban vivas-. Este año, el tesoro es un brazalete de esmeraldas. -Sonrió al percibir la oleada de murmullos complacidos-. Tengo una sola clave que ofrecerles en cuanto a su ubicación. Mientras registran la mansión, tengan en mente el número cuatro. -Levantó cuatro dedos rollizos para subrayar lo que afirmaba y los miró, radiante-: Buena suerte a todos, y, si alguien se cansa, le ruego se una a nosotros para beber o comer algo, mientras esperamos el resultado final. Cuando el brazalete sea hallado, les avisaremos haciendo sonar esta campana. -Señaló una gran campana de plata y tiró de un cordón de seda, produciendo un tañido musical que resonó en todo el salón-. ¡La búsqueda del tesoro ha comenzado!
De inmediato, los invitados se desparramaron. Un hombre se detuvo a observar el cuarto huso de la escalera, otro se dirigió a la cuarta pintura de la gatería de arte, y otros fueron a revisar objetos tales como la cuarta cacerola de la cocina y la cuarta habitación de determinado pasillo. Alice se acercó a Bella con los ojos brillantes de entusiasmo:
-¡Ven, date prisa! -exclamó-. Tengo algunas ideas acerca de dónde podría estar.
Bella miró a Edward.
-¿Te unirás a nosotros en la búsqueda del tesoro?
El rió y negó con la cabeza.
-Tengo absoluta confianza en que tú y Alice encontraréis el brazalete. Yo me entretendré en el billar, con amigos...
-Y vendrás apestando a humo y a coñac -intervino Alice, moviendo la cabeza en gesto de desaprobación.
Edward la miró con aire inocente, como si lo acusaran injustamente, y se encaminó al salón de billares.
Impaciente, Alice arrastró a Bella fuera del salón de baile.
-Vayamos al piso de arriba -dijo-. Yo conozco un par de cosas acerca de lady Weber: le encantan las labores de aguja y tiene un cuarto de costura especial. El brazalete podría estar oculto allí, o tal vez en el cuarto de los niños. Los Weber adoran a sus hijos y a sus nietos.
-Yo buscaré en el cuarto de costura -dijo Bella.
-Entonces yo en el cuarto de los niños.
Contagiada del entusiasmo de Alice, Bella corrió para seguirle el paso y subieron juntas la escalera. Se separaron al llegar arriba y fueron cada una a cumplir su respectiva misión.
En el mismo instante en que Edward llegaba al salón de billares, un sexto sentido lo hizo mirar hacia atrás. Una silueta oscura apareció en su campo de visión, un hombre que recorría el vestíbulo de entrada.
-Ven a tomar una copa, Cullen -le propuso alguien, en voz alta, desde el salón de billares. Era su amigo Seth Clearwater. Edward le lanzó una sonrisa distraída-. Después. Creo que, a fin de cuentas, participaré de la búsqueda del tesoro.
-Apuesto a que estás buscando algo bien diferente del brazalete -comentó Clearwater, y hubo un estallido de carcajadas, al mismo tiempo que Edward se alejaba.
Se dirigió hacia el vestíbulo de entrada y vio al hombre que ya había llegado al tope de la escalera. Y, aunque no estaba seguro de su identidad, tuvo una idea bastante aproximada.
-Black -musitó, endureciendo la mandíbula.
Bella encontró el cuarto de costura de lady Weber, entró en él y revisó una pequeña mesa de madera y los bastidores de bordar puestos en fila. Cada labor estaba en diferente etapa. Miró debajo del cuarto bastidor desde la izquierda y el cuarto desde la derecha, pero no encontró nada. Luego buscó en los cestos que contenían hilos de seda de colores, pulcramente colocados en sillas y taburetes. Para su decepción, el brazalete no estaba. Mientras recorría la habitación tratando de pensar qué era lo que había olvidado revisar, advirtió que había alguien en el vano de la puerta. Se volvió hacia el intruso con sonrisa interrogante... hasta que oyó su voz.
-El único tesoro que vale la pena buscar aquí eres tú.
Con el rostro tenso, y sintiendo frío de repente, Bella preguntó:
-¿Qué quieres, Jacob?
Jacob le dedicó una sonrisa malévola, la que siempre le había servido para lograr cualquier cosa que se le antojase. Su imponente presencia, tan elegante y sombría, parecía llenar la habitación.
-Quiero hablar contigo.
-Es demasiado tarde para eso -le dijo, en voz baja-. Tal vez antes me hubiese interesado lo que podías decirme... pero ya no.
El hombre rió suavemente.
-No te enfades conmigo, querida. Tienes todo el derecho de estar molesta por mi comportamiento, pero merezco la oportunidad de explicar...
-No mereces nada -dijo ella, con vehemencia-. Y me importan un rábano tus explicaciones.
-¿En serio? -Sonrió, y dio la impresión de que registraba la agitación del aliento de Bella, el creciente sonrojo de sus mejillas-. No te soy indiferente, Bella, aunque te esfuerces por convencerte de lo contrario.
-Tienes razón -le dijo, los ojos echando chispas-. No me eres indiferente. Te odio por lo que me has quitado.
Por un momento, pareció sobresaltado.
-¿Y qué es lo que te he quitado, podrías decírmelo?
Bella negó con la cabeza, rehusando darle explicaciones.
-Tú, limítate a permanecer lejos de mí. No quiero volver a verte nunca más.
-¿Cómo puedes decir eso? ¿No recuerdas lo que compartimos? Estábamos enamorados, Bella.
-Eso creí yo -replicó ella, enjugándose una lágrima ardiente que de pronto le resbaló por la mejilla-. Pero descubrí que los dos estábamos enamorados de ti.
Jacob emitió una exclamación ahogada y avanzó, con la intención de calmarla. Bella retrocedió y estuvo a punto de tropezarse con un gran cesto de bobinas.
-¡Aléjate!
-Te haré recordar cómo eran las cosas entre nosotros, y después hablaremos. Ven a mis brazos, querida.
Pero se detuvo al ver la transformación del semblante de la muchacha, y vio que estaba mirando más allá de él a alguien que acababa de llegar.
Si no hubiese estado tan irritada, Bella habría reído al ver cómo Jacob giraba sobre sí mismo y veía a Cullen allí, de pie. Trató de echarlo, pero en vano.
-Cullen -dijo, en amable tono de hombre a hombre-, como puede ver, ha tropezado con una escena íntima. Le ruego que se retire...
-Salga -dijo Edward, el semblante duro como la hoja de un cuchillo.
La boca de Jacob se abrió de sorpresa.
-Usted no entiende...
-Fuera -repitió Edward, mirándolo fijamente.
Completamente desconcertado, Jacob inició una nueva protesta titubeante, lanzando miradas inquietas a Bella. Esta se apartó de él, secándose las mejillas húmedas. Lo oyó marcharse y el chasquido del cerrojo cuando cerró la puerta. Nunca se había sentido tan derrotada, tan desecha. Tal vez luego se sintiera avergonzada al recordar que Edward Cullen había presenciado la humillante escena, pero en este momento estaba como insensible. Con un suspiro trémulo, alzó la vista hacia Edward.
-Gracias -susurró-. Si no te importa, preferiría quedarme sola unos momentos.
Extrañada, comprendió que Edward estaba enfadado con ella:
-Pequeña tonta -dijo, en tono áspero-. Sabes que es un canalla sin valor. ¿Por qué no puedes mandarlo de paseo?
Bella lo miró a través de las pestañas mojadas.
-Jacob se acercó a mí en la época en que yo me sentía más vulnerable. Desplegó ante mí toda clase de sueños hermosos y me hizo creer en ellos. Y, cuando me abandonó, todo se marchitó, y me quedé con menos de lo que tenía antes. Ahora no confío en mi propio juicio. -Se esforzó por evitar que le temblara el mentón, pero no lo logró-. Ya no sé qué es el amor... creí que lo sabía, pero estaba equivocada. Lo único que sé es que no quiero salir herida otra vez.
-Todos resultamos heridos alguna vez. No puedes ser tan frágil para permitir que un hombre destruya tu confianza. -Cuando Bella se alejó de él, Edward la detuvo. Estaba tan cerca que su aliento tibio le rozaba la sien, y Bella percibió el tremendo poder contenido-. No sabes cuánto deseo seducirte -le dijo, con voz baja e intensa-. Podría hacerte sentir cosas que jamás has imaginado... Podría hacerte olvidar todo, salvo el placer que sentirías en mis brazos. Pero no me aprovecharé de ti, pues si lo hiciera no sería mejor que Black. Tendrás que venir a mí. Bella, cuando al fin abandones las ilusiones y decidas lo que quieres.
Bella se soltó, airada.
-¡No tienes por qué hablarme como si fuera una niña!
-Eres aún una niña, en muchos aspectos. Pero eso no me impide amarte.
La mente de la muchacha quedó en blanco, y abrió la boca, atónita.
Edward observó la expresión perpleja de Bella.
-Te amo desde el momento en que te vi. Te amo por tu belleza y tu inteligencia, y por tu terquedad, por el modo en que te has hecho cargo de cuidar a tu madre, el modo en que administras la propiedad y por cómo asumiste las responsabilidades de las que cualquier otra chica habría huido. Te amo por todas esas razones... y por mil más que todavía no he descubierto. -Hizo una mueca de desdén por sí mismo-. Que me condenen si me quedo impávido viendo cómo te retuerces las manos por un tipo como Black. No es bueno... y tú lo sabes mejor que nadie. Es hora de ser sincera contigo misma, y conmigo.
Confusa y a la defensiva. Bella trató de responder, pero El le tapó los labios con los dedos. El gesto habría sido tierno si no hubiese tenido el semblante oscurecido por la irritación.
-No puedo quedarme solo contigo -musitó-. Mi control tiene límites.
-Espera -susurró, pero él ya se dirigía hacia la puerta.
En ese mismo momento, Alice irrumpió en el cuarto.
-Bella, ¿por qué tardas tanto? Acabo de salir del cuarto de los niños y... -Ante la inesperada presencia de su hermano, se interrumpió de repente-. Edward, ¿por qué estás aquí? ¿Has decidido participar con nosotras...? -Su voz, fue perdiéndose al ver que su hermano giraba bruscamente -¡Oh, caramba! -murmuró Alice, percibiendo la tensión entre ellos-. Espero que no hayáis peleado.
Bella sonrió con dificultad, aunque el esfuerzo le tensó el rostro.
-Yo diría, más bien, que ha sido una discusión vehemente. ¿Seguiremos buscando el brazalete de esmeraldas?
-No será necesario -contestó Alice-. La búsqueda del tesoro ha terminado.
-¿Ya ha sonado la campana de plata?
-No... pero sonará. -Con aire triunfal, Alice mostró la muñeca, en la que brillaban las ricas piedras. El brazalete, demasiado recargado para una muchacha de la edad de Alice, le rodeaba la muñeca-. Lo he encontrado en el cuarto de los niños, en la cuarta muñeca que estaba en la cuna. -Hizo una pausa y preguntó, esperanzada-: ¿Crees que mamá me dejará usarlo?
Edward echó un vistazo al brazalete.
-Quizá, cuando cumplas veinticinco -dijo, en tono seco. -Vayamos abajo y anunciemos mi victoria-exclamó Alice, aferrándose al brazo de su hermano-. ¡Ven, Bella! –Bella negó con la cabeza.
-Iré después. Quisiera tener un momento a solas para ordenar mis pensamientos.
Alice empezó a discutir, pero Edward la sacó del cuarto sin echar una mirada atrás.
-¿Qué es lo que pasa...? -le llegó, la voz amortiguada de Alice, que iba perdiéndose a medida que se alejaban.
Bella sostuvo el borde de la puerta y la cerró con cuidado. Vagó al azar por el pequeño cuarto,
sintiendo un torbellino en su interior. Edward Cullen había dicho que la amaba. Sintió cierta euforia, una euforia que muy pronto el miedo disipó.
Desde que Jacob la había dejado, sentía miedo... miedo de que no la amaran y de que eso pudiera significar que ella no era digna de amor. De arriesgar otra vez el corazón y enfrentarse con la posibilidad del dolor y el rechazo... una perspectiva que la hacía sentirse como si estuviese asomada al borde de un acantilado, a punto de caer en el vacío sin fin. Por primera vez reconoció que su proclamado amor por Jacob no era más que una excusa que ella explotó todo ese tiempo para protegerse de otras penas del corazón. Pero no podía dejar que ese miedo la dejara imposibilitada para siempre.
Se sentó ante una pequeña mesa de costura y levantó una bobina vacía, haciéndola rodar entre las manos. Cuando Edward la sujetó, hacía unos minutos, había estado a punto de estrecharla entre sus brazos. Se le erizó el vello de la nuca de excitación. Había querido que la besara, que la reclamara y la poseyese con toda la pasión que ella recordaba. Humedeció la madera del carrete con el sudor de las manos y exhaló lentamente el aliento que sin darse cuenta estaba reteniendo. Era natural que se sintiera tan atraída por él, pues era muy apuesto. Pero lo que sentía por él iba mucho más allá de eso.
Había visto lo protector y cariñoso que era con la familia y cómo todos ellos confiaban en él. No era hombre que asumiera responsabilidades a la ligera, y era ferozmente leal a las personas que amaba. Recordó cómo la había rescatado la noche que ella fue a Craven's, y cómo logró convertir la espantosa experiencia en una aventura maravillosa. "Nunca hago promesas que no puedo cumplir", le había dicho, y ella no dudaba de que era cierto. Bella apretó el carrete en los puños, sintiendo que la inundaba la ansiedad. No tendría que haberlo dejado irse. Quería estar con él y decirle... ¿decirle qué?
Se llevó una mano al cabello y lo alisó, con ademán distraído, pasando un mechón detrás de la oreja. De repente, todo estaba claro, como si hubiese estado mirando la superficie ondulada de un estanque que de pronto se hubiese aquietado. Quería decirle la verdad a Edward: que soñaba con él por la noche, que últimamente pensaba en él en todo momento. Quería saber todos los secretos de él y, a su vez, contarle los propios. Se le abrieron los ojos, y se le cayó la bobina de la mano: lo amaba... y todo lo que había sentido alguna vez por Jacob le pareció borroso y fugaz como una sombra. ¿Cómo no lo comprendió antes?
Se levantó de un salto, aguijoneada por la desesperación de encontrar a Edward y hacerle comprender lo que sentía.
-Por favor, que no se haya ido aún -susurró en breve plegaria, mientras salía corriendo.
El brazalete de esmeraldas fue expuesto a la admiración de todos, y la inteligencia de Alice recibió tantos elogios que ella enrojeció de vergüenza. Comenzó a vibrar en el aire la música de la orquesta, y los Weber abrieron el baile con un tranquilo vals, invitando a los demás a imitarlos. Como no halló rastros de Bella, Edward decidió que él también podía irse. No tenía ganas de fingir el resto de la velada, mientras Bella hacía todo lo posible por evitarlo.
Edward mandó a un criado a buscar su sombrero y su abrigo, y a otro, el coche. Sin perder tiempo, se despidió de los dueños de casa, explicándoles que tenía otro compromiso. Los Weber se decepcionaron e intentaron convencerlo de que se quedara, pero él se negó, con una sonrisa de disculpa. Fue al vestíbulo de entrada, se encasquetó el sombrero oscuro y se puso el abrigo.
El viento frío lo golpeó en la cara cuando el mayordomo abrió la pesada puerta principal. Edward salió y creyó oír una voz suave a sus espaldas.
-Mi lord.
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bueno y que tal que creen que pase ahora Bella alcanzara a Edward?
gracias a los nuevos lectores
saludos
pekelittrell
