Perplejo, descubrió que Bella lo había seguido, sin más abrigo que el vestido de seda. Le pidió al mayordomo que le abriese la puerta y rodeándose con los brazos, miró fijamente a Edward. Los ojos oscuros brillaban en su rostro pálido. Parecía angustiada y sin aliento, como si le costara esfuerzo contener un torrente de palabras.
-¿Qué pasa? -le preguntó, acercándose a ella.
-Tengo que hablar contigo ahora mismo. -Le apoyó una mano en el brazo, y los dedos se hundieron en la manga del abrigo-. Por favor, llévame contigo.
Era imposible. Si lo hacía, la reputación de Bella quedaría hecha harapos antes de que acabase la noche. Debía de estar desesperada para sugerir semejante cosa.
-Iré a verte mañana, en la Casa Cullen -le dijo, tratando de hacerla entrar otra vez.
Bella se resistió, negando con la cabeza, y tembló cuando una ráfaga de viento le atravesó el vestido.
-Estarán nuestras familias... no nos dejarán hablar a solas.
Edward pensó qué otro lugar privado podrían hallar en la mansión Weber, y comprendió que no lo había.
-En tu coche -propuso Bella, mientras él se quitaba el abrigo y le cubría los hombros.
-No. Si alguien te ve subir al coche conmigo...
-No me importa.
El tono era tranquilo pero obstinado.
Edward maldijo para sus adentros. Cuanto más tiempo se quedaran allí, discutiendo, más posibilidades había de que los descubriesen.
-Cinco minutos -dijo, al fin-. Después volverás adentro y te reunirás con los demás.
Ella asintió, y le castañetearon los dientes mientras Edward la hacía bajar rápidamente los peldaños y meterse en el interior a oscuras del carruaje. Con expresión impasible, el cochero cerró la portezuela que los separaba de él. Dentro del vehículo hacía frío, pero por lo menos estaban a cubierto del viento.
-Y bien -musitó, sentándose enfrente-, ¿qué es tan urgente para que estés dispuesta a estropear tu reputación?
-Tenías razón con respecto a Jacob -dijo en voz suave-. Es un canalla, y jamás debí confiar en él. Después que perdí a mi padre, y luego a Jacob, sentí como si todos los hombres que alguna vez amara de un modo u otro se alejarían de mí. No quería volver a perder nunca más a un ser amado, y traté de protegerme. Pero ahora no tengo alternativa: tengo que correr otro riesgo, o perderte a ti. -Hizo una pausa y juntó valor para decirle la verdad-. La primera vez que nos vimos empecé a amarte. No quería admitirlo... y, hasta esta noche, no he comprendido cuan profundamente te amaba. -Le brillaron los ojos y le tembló la boca-. Te amo -repitió-. Eres todo lo que alguna vez quise.
Edward ansiaba creerle, pero el orgullo y la prudencia lo contuvieron.
-No puedes estar segura de eso. En este momento, no sabes lo que es real y lo que no lo es.
Bella cubrió el espacio que los separaba y rodeó con su pequeña mano el borde duro de su mandíbula. Se inclinó hacia él y con labios pedigüeños lo besó.
-¿Esto es real? -susurró.
Edward cerró los ojos, luchando por controlarse. Estar solo con ella en este pequeño espacio íntimo era peligroso. Le puso las manos en la cintura con la intención de apartarla, pero el abrigo cayó al piso con ruido sordo y, al mismo tiempo, el cuerpo menudo envuelto en seda ya estaba en sus brazos. La vista de los hombros y la garganta desnudos fue su perdición. Se le cortó el aliento y la sangre empezó a retumbarle en los oídos.
-Te amo -repitió Bella, rodeándole el cuello con los brazos-. Te convenceré... Edward...
Algo salvaje y pagano se irguió dentro de ella: el deseo de poseerlo, de igualar su deseo con el de él. Como en un sueño, le quitó el sombrero de la cabeza y lo dejó caer. Le besó la frente, el puente de la nariz, la superficie tersa de la mejilla, hasta que Edward emitió un sonido ahogado y se volvió para encontrar con su boca la de Bella. La besó con ardor, la boca dura, exigente, el cuerpo grande tenso contra el de ella.
Deslizó los labios por el cuello de la muchacha, gozando de la piel aterciopelada y tierna y del rápido latir del pulso. Hundió los dedos bajo la línea del escote y ahuecó la mano en torno del pecho desnudo, hasta sentir que el pezón blando se ponía tenso bajo su palma. Pareció beber con avidez el grito suave que escapó de la garganta de Bella y volvió a posar su boca en la de ella, encontrándose las lenguas en una ardiente sensación.
Bella jadeó cuando Edward la acomodó contra sus muslos duros, hasta que la masculinidad de él se ajustó íntimamente a su cuerpo. Un placer punzante creció, vertiginoso, y la muchacha tembló y se apretó contra él, hasta que Edward gimió y apartó la boca.
-Bella- pronunció con esfuerzo, aunque sus manos no dejaron de moverse sobre el trasero y las caderas de la muchacha-. No puedo soportarlo más.
Bella alzó la vista hacia él y se atrevió a apartar unos mechones que habían caído sobre su frente. El rostro del hombre estaba tenso, los ojos oscuros, brillantes de deseo.
-Ahora tienes que creerme -dijo, en tono un poco más profundo que el habitual.
Edward hizo una mueca irónica.
-Empiezo a creerte -admitió.
Bella le apoyó la cabeza en el pecho y escuchó los latidos fuertes y regulares del corazón.
-¿Estás pensando en hacerme una proposición, milord?
-Esta noche, no.
-Si lo haces, aceptaré.
De súbito, Edward rió y le besó el hueco suave debajo de la oreja.
-Mozuela impaciente. No puedes aceptar antes de que yo te haga la propuesta.
-¿Cuándo? -insistió.
Edward le alzó la barbilla, contempló el rostro sonrojado, los ojos que brillaban divertidos.
-Cuando esté convencido de que estás segura de lo que quieres.
-Te he dicho...
La silenció con un beso breve y se inclinó para recoger el abrigo y cubrirla.
-Tienes que volver al baile -murmuró-. Si tenemos un poco de suerte, no advertirán tu ausencia.
Cuando Renee Swan, Bella y los Cullen regresaban a la casa, después del baile de los Weber, Renee bullía de agradables especulaciones. Al principio, cuando advirtió la presencia odiada de Jacob Black en la fiesta, la invadió un temor enfermizo de que se pegara a Bella y monopolizara la atención de su hija durante el resto de la velada. Pero vio que la muchacha no demostraba ningún interés por él y que no bailaron una sola pieza juntos. Quizás al fin Bella hubiese terminado con Jacob y madurado lo suficiente para no dejarse engañar por esa clase de encanto pegajoso. Y, si era así, quizá pudiese considerar a Edward Cullen bajo una nueva luz.
Demasiado excitada e inquieta para dormir, Renee fue a la planta baja después que todos se acostaron. Decidió beber un jerez y reflexionar a solas sobre los cambios que había percibido en su hija. Lo que más deseaba era que Bella encontrase un buen hombre para casarse y algún día formara su propia familia. Fue sigilosamente a la biblioteca y descubrió, complacida, que todavía ardían unas ascuas en la chimenea. Acercándose al aparador, se sirvió una pequeña copa de vino a fin de calentarse junto a la chimenea. Suspirando de placer y de soledad, alzó la copa en un brindis:
-Tengo la sensación de que todo saldrá bien, Charlie -dijo en voz queda-. Bella está madurando, convirtiéndose en una mujer sensata. Estarías orgulloso de ella, querido mío.
-En efecto, lo estaría.
Una voz desde la oscuridad la asustó tanto que casi se desmayó. Renee giró con brusquedad, volcando el vino en la alfombra. Vio la silueta de Phil Cullen, sentado en la silla de respaldo alto. Tenía en la mano una copa de coñac y bebía lentamente.
Renee enrojeció de vergüenza:
-¡Cómo se atreve a espiarme!
-Como cualquier miembro de la familia podrá informarle, vengo aquí todas las noches, a terminar el día con un coñac.
-Usted bebe demasiado.
-En efecto -respondió, sin inmutarse, y se levantó para quitarle la copa de los dedos insensibles-. Permítame que vuelva a llenar su copa, lady Swan. Jerez, ¿verdad?
-No hace falta.
Sin hacerle caso, fue hasta el aparador y sirvió jerez de un botellón de cristal.
-Ahora que vamos a formar parte de la misma familia -comentó-, creo que se impone una tregua. Por favor, siéntese conmigo y disfrute del fuego.
-No tenía intenciones de invadir su ceremonia privada, lord Cullen.
-Para mí será un placer contar con su compañía, señora. Pese a su lengua punzante, usted reanima un poco el ambiente.
-¿Cómo puedo resistir semejante halago? -comentó Renee, irónica, recibiendo la copa.
Se sentó en la silla que estaba cerca de la del hombre y acomodó decorosamente los pliegues de su vestido, hasta que quedó perfecto.
Phil la observaba con expresión indescifrable.
-¿Suele hablar con su difunto esposo, señora?
-De tanto en tanto. -Le lanzó una mirada desafiante-. Pero a veces me resulta reconfortante.
-Quizá yo debería tratar de hablar con mi esposa Audrey. -Esbozó una leve sonrisa-. Aunque ha estado observándome desde el cielo los últimos dos años, sospecho que le encantaría darme una buena regañina.
-Tengo entendido que murió de una fiebre.
Phil asintió y bebió un gran trago.
-¿Y su esposo?
-El corazón. -Se interrumpió y luego agregó, vacilante-: Había pensado envejecer junto a él. Jamás esperé perderlo tan pronto.
-Sí. -Por primera vez, intercambiaron una mirada de comprensión, y Renee notó que Phil Cullen tenía unos ojos muy bellos, de un intenso tono café oscuro-. Ahora que alguien se va a hacer cargo de su hija -dijo, marcando las palabras-, ¿cómo ve usted su propio futuro, señora?
-Pienso pasar el resto de mi vida en paz, en el campo.
-Qué interesante -comentó en tono seco, haciendo girar el licor en la copa.
-¿Y cuáles son sus planes, milord? ¿Vivir en casa de su hermano el resto de su vida?
La expresión de Phil fue divertida y colérica a la vez.
-No, mi pequeña amiga de lengua punzante. Cuando esté listo, me instalaré en mi propia casa. Por ahora, deseo la compañía de la familia de Carlisle.
Renee se arrepintió de inmediato de su comentario irritante.
-Lo entiendo -le dijo-. Estoy segura de que es muy difícil vivir solo... y ellos son personas maravillosas, cada uno a su manera.
La frase conciliadora lo hizo sonreír.
-Me gustaría hacerle una invitación, señora.
Renee se puso tensa, pensando que podría tratarse de una proposición tan insultante como la que le había hecho cuando ella acababa de llegar a la Casa Cullen.
-Cada vez que lo desee -continuó-, podría acompañarme con la copa de la noche.
Renee indicó aceptación con un gesto y lo miró con timidez sobre el borde de la copa de cristal.
-Quizá lo haga alguna noche... si usted promete ser amable.
-Puedo hacerlo-dijo, sonriéndole... no del modo insolente en que solía hacerlo, sino con un brillo amistoso en los ojos.
A la misma Renee le sorprendió haber aceptado la propuesta de Phil Cullen no una sino varias veces, hasta que se convirtió en una costumbre acompañarlo todas las noches. El resto de la familia no sabía nada de esos encuentros clandestinos y, por tácito acuerdo, mantuvieron en secreto la naciente amistad. De algún modo, las conversaciones pasaron de las reminiscencias de los respectivos cónyuges fallecidos a temas más íntimos, y hablaron de sus infancias, de sus sentimientos personales, gustos y repulsiones.
En la tranquila oscuridad, sólo iluminada por un modesto fuego, a Renee le fue fácil revelarle cosas de sí misma que jamás le habría dicho a plena luz del día. Del mismo modo, Phil se mostró amistoso y le mostró una parte privada de sí mismo que pocos privilegiados conocían. Era muy diferente del marido de Renee. Charlie había sido un caballero en todo momento, tranquilo y refinado, con el carácter más dulce del mundo. Phil, en cambio, le contaba historias de su pasado plenas de color y, a veces, hasta algo precoces. Poseía una veta de masculinidad terrenal que la intrigaba tanto como la impresionaba.
Renee descubrió que disfrutaba mucho de esos encuentros privados. Y, sin embargo, dos noches atrás había llegado a la conclusión de que esa intimidad estaba yendo demasiado lejos. Se había entusiasmado tanto con la descripción de París, ciudad que ella siempre soñara con visitar, que exclamó, sin pensarlo:
-¡Oh, cómo me gustaría verlo!
-Algún día se lo mostraré -respondió Phil, con aire tan despreocupado como si se tratara de un lugar ubicado al final de la calle y no en un país extranjero.
Cuando se separaron, Renee pasó toda la noche preguntándose que había querido decir. ¿Insinuó con ello que viajarían juntos? ¿Sería posible que la incluyese en la misma categoría que sus amigas ligeras de cascos? Seguramente supondría que ella era una viuda hambrienta de amor. Bien, no podía permitir que ese malentendido se prolongara. La noche anterior se había quedado en su propio cuarto en lugar de reunirse con él a conversar, y pasó horas esperando dormirse.
Por la mañana, se encontró con Phil cuando los dos se dirigían a la escalinata principal, a la hora del desayuno. La mujer se detuvo en cuanto lo vio, sintiéndose sobremanera incómoda.
-Lady Swan -dijo el caballero, con expresión inescrutable-. Anoche no se reunió conmigo abajo.
Renee se detuvo en mitad del pasillo y contestó, incómoda:
-Sí, me... me pareció que nuestras conversaciones se habían vuelto demasiado personales y decidí poner punto final a nuestras veladas compartidas.
El hombre frunció el entrecejo y la observó largo rato.
-Entiendo.
Renee se sintió impulsada a explicarse:
-Yo disfruto de nuestras charlas, milord. De hecho, las espero con impaciencia todas las noches, pero...
Se interrumpió, sin saber cómo seguir.
El hombre se acercó y le tomó la mano, haciéndola sobresaltarse. Sus dedos largos y tibios envolvieron los de ella en un apretón turbador.
-Lady Swan -dijo, sin alzar la voz-, por favor, dígame si la he ofendido de alguna manera.
-Desde luego que no -respondió.
De pronto se quedó sin aliento. Ahora que lo tenía cerca, el perfume de Phil le llegó a la nariz, en una mezcla sutil de sándalo y cigarros que ya le resultaba agradablemente familiar.
Phil miró la mano de la mujer, la piel pálida en contraste con la suya propia. Con voz insólitamente tierna y eligiendo las palabras con enorme cuidado, le dijo:
-Señora, permítame asegurarle que tengo por usted gran consideración. Aprecio sus confidencias, así como espero que usted aprecie las mías.
-Por supuesto-logró decir Renee, levantando la vista hacia él.
En lo profundo, los ojos del hombre eran oscuros y cálidos.
-No me prive de su compañía, señora. Echaría mucho de menos ver su rostro al fin de cada día.
Renee se ruborizó como una escolar. Le dirigió una breve señal de asentimiento y tomó el brazo que le ofrecía para acompañarla al desayuno. Le pasó una idea por la cabeza: ¿objetaría Charlie que se uniera a un hombre como este? Echando un vistazo al perfil fuerte de Phil Cullen, llegó a la conclusión de que no. Incluso le habría agradado. Phil era un buen hombre, aunque un poco áspero y burlón. Pero por dentro era bueno y honrado: lo que lo había vuelto tan agrio era la soledad.
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bien aqui les dejo mas historia el proximo capitulo sera el ultimo
saludos y gracias por leerme
pekelittrell
