Estos personajes han nacido de la imaginación de Charlaine Harris. Gracias por prestárnoslos para jugar con ellos.
Gracias a anira22 por su apoyo para seguir con esta historia.
2.
Volví a mirarle. Mi boca se abría y se cerraba sin saber qué decir. ¿Hablaba en serio? Me resistía a creerlo. No podía ser en serio, ¿en qué cabeza entraba pedirle a alguien algo así? No, definitivamente, no. Cuando me llamó me sorprendió, hacía unos meses que apenas si sabía algo de él. Algún correo que otro para contarme que había dejado su trabajo en Chicago y se se había hecho cargo del negocio familiar en Luisiana, y que todo le iba muy bien, dentro de lo que cabía, pero tenía mucho trabajo intentando reflotar una empresa que hacía aguas por todos lados. Su padre había tenido problemas de, ejem..., ¿salud?, y le había dejado a él a cargo de la empresa. Bonito eufemismo para la ludopatía. Alcide había terminado por contarme que su padre era un jugador empedernido y que había tenido que ir a hacerse cargo de todo antes de que no hubiese nada de lo que ocuparse. Éramos amigos desde hacía años. Nos habíamos conocido en Nueva York cuando él estaba aún en la universidad y yo daba algunas clases en Columbia. Enseguida conectamos, éramos la noche y el día pero nos complementábamos perfectamente. Su carácter abierto y arrollador encajaba con el mío, mucho más reservado y nórdico. Por aquella época, vernos juntos era un espectáculo para las neoyorquinas, para qué negarlo. Dos tíos altísimos, uno muy moreno y otro muy rubio, y muy atractivos si teníamos que hacer caso a los comentarios que escuchábamos a nuestro paso. Hasta entonces, nunca creí posible que una mujer, o varias juntas, consiguiesen hacerme sonrojar. Era divertido, pero entre que él tenía novia y yo algo así y que me sentía abrumado por el interés que despertaba, nuestro éxito final era bastante relativo y todas acababan pensando que éramos gays para mayor escarnio suyo y mayor diversión mía.
Cuando volví a casa, después del verano que había pasado en Nueva York, me replanteé muchas cosas. Mi vida, mi carrera, mi relación intermitente y tan asquerosamente civilizada con Sonja, lo que le pedía a la vida, lo que quería para mí desde ese momento en adelante. Así que me hice una lista con todo lo que esperaba que me deparara el futuro y me dediqué metódica y sistemáticamente a realizar punto por punto lo que creía que me merecía. Hice las diligencias adecuadas, llamé a varios amigos y moví los hilos que consideré necesarios. Me preparé y conseguí un trabajo que me gustaba en un país cálido, donde no tuviese que preocuparme nunca más por quitar la nieve de la puerta de mi casa o de poner cadenas al coche o de contar con los dedos de una mano medio congelada los minutos de sol. Donde las mujeres no se parecieran mucho a las que me dejaba atrás y pudiese encontrar una que me mirara y adorase como si fuese un dios nórdico. Un año y medio después, cuando Alcide vino a verme a mi nueva casa en España, lo había conseguido. Casi todo... No había encontrado esa mujer que me quisiera, sí muchas que se me impresionaran, normal, nada más lejos del prototipo de hombre local que yo, pero no una que llenara el extraño vacío que cada día se hacía más grande, que me completara en las pequeñas cosas. Y como él también había terminado con su novia de la facultad, se puede decir que hicimos felices a muchas, muchas mujeres aquellos meses. Ahora es cuando decís, "vaya, no te fastidia, los hombres, menudo regalo, siempre creyéndoos unos dioses del sexo" . Bueno, queda mal que yo lo diga, lo sé, pero es lo que hay...
Por eso, cuando Alcide me llamó y me pidió que fuera a visitarle, me tomé una semana de vacaciones y me presenté en Luisiana. Me recibió con los brazos abiertos, como siempre, me acomodó en su casa en Nueva Orleans y me dio un trato digno de un rey, nada que no hubiese esperado de él y de la llamada hospitalidad sureña, y retomamos nuestra amistad donde la habíamos dejado la última vez que nos vimos, dos años atrás. Lo que no me esperaba era la misión que me iba a encomendar.
_ Di algo... - murmuró y dio un trago largo a su copa de coñac.
_ ¿Que diga algo? Déjame primero superar la impresión – sonreí como pude.
_ Vamos, Eric, tampoco es para tanto – sonrió y supe que me iba a desafiar de un momento a otro-, claro que si no te ves capaz, lo entiendo. Lo mismo te ves mayor para conseguirlo.
_ ¿Crees que retándome vas a conseguir que lo haga? Sabes de sobra que puedo hacerlo, con los ojos cerrados, diría yo – sonreí con suficiencia-, no es eso...
_ Entonces, ¿qué?
_ Pensé que te importaba, ¿no te acabarás arrepintiendo? ¿y si no funciona como tú crees que lo hará? ¿y si, pese a todo, has topado con alguien diferente?
_ Por eso, precisamente, porque es alguien diferente...
_ Ya, pero es que tu idea tiene tantos fallos, tiene tantos agujeros y es tan equivocada que no sé ni por dónde empezar a enumerártelos.
_ No te cuesta nada – levanté las cejas-. No es como si te obligase a nada. Sólo tienes que plantar la semilla de la duda, yo haré el resto.
_ ¿Estás seguro?
_ Sí, sólo con mirarte ya debería tener dudas – rió nerviosamente.
_ Recuérdame por qué debería hacerlo.
_ ¿Porque te caigo bien?
_ ¿Alguna otra razón...?
_ Porque eres un romántico aunque quieras disimularlo bajo casi dos metros de frialdad nórdica – me dedicó su sonrisa más encantadora.
_ Ya..., ¿crees que sonreírme así te funcionará conmigo? – me reí y le tiré un beso-, ¿aún no te ha quedado claro que no soy gay, cariño?
_ Por favor...
_ Está bien – concedí al fin-, pero no te prometo nada, si cuando esté allí no me parece bien, no lo haré.
Miré su rostro otra vez en mi móvil. Alcide me había enviado una foto y un detallado informe sobre sus gustos y posible itinerario. Lo había intentado el primer día, incluso, el segundo, pero algo me echaba para atrás. Me parecía tan erróneo todo lo que rodeaba a la petición de mi amigo que, en conciencia, me estaba costando hacerlo y no era que tuviese muchos escrúpulos, simplemente, no estaba bien. Por eso desistí de intentarlo, decidí que no lo iba a hacer, ya le diría a Alcide cualquier cosa, quizá que no había funcionado... Sonreí a mi cerveza y le di un trago. No, tendría que buscar otra excusa, esa no se la tragaría, pensé rechazando a la enésima mujer que venía hasta mi lugar en la barra del bar a insinuarse con poco éxito. Volví a poner su imagen y borré el mensaje. No quería seguir mirando su pelo rubio ni sus ojos azules ni su cálida sonrisa ni las curvas que se adivinaban debajo de su vestido veraniego. Por eso, cuando la vi entrar y elegir el espacio libre en la barra justo a mi lado, mi corazón dejó de latir y no pude mirar nada más en la siguiente hora.
Se movía con gracia, mientras daba sorbos de su margarita y se reía con sus amigos. Era mucho más bella de lo que la foto que Alcide me había mandado mostraba, mucho más voluptuosa, mucho más deseable. Me recriminé ese pensamiento. Mi amigo me había pedido que tonteara con ella, que le hiciera ver que había un mundo de luz y de color más allá del sieso con el que se quería casar. Plantar la duda en su mente, hacerle ver que para casarse, debía buscar algo más que un hombre anodino y aburrido, hacer todo lo posible para que relacionara su triste vida futura con lo que se había dejado atrás, y que cuando volviera a su pueblo acabara refugiándose en los brazos amorosos del único hombre que había aportado días de alegría y excitación a su vida, Alcide. Pero ahora, viéndola bailar y reírse, me imaginaba siendo yo el que le hiciera ver que la vida era mucho más que la seguridad y rutina, que eso ya lo tendría con conmigo, además de todo lo demás, claro, cuando lleváramos veinte años envejeciendo juntos en mi carmen en España. Y ahí estaba otra vez esa necesidad de conseguir que ella me viese así.
Su amiga me había mirado unas cuantas veces por encima de su hombro y me había sonreído sorprendida. No alcancé a oír lo que le comentaba pero consiguió que ella me mirara y me sonriese. La decepción cuando no pasó de ahí, cuando volvió a su conversación con sus amigos, sus margaritas y sus bailes, fue tan grande que me hizo reír, ¿cómo era posible?. Seguí maquinando cómo hacerlo, cómo abordarla, cómo hacer que ella se fijara en mí. Evidentemente, mi físico no era razón suficiente como para el resto del bar y de la humanidad, pero me quedaba sin tiempo, se iban, así que, en un gesto desesperado la paré y casi le rogué que no se fuera. Sin éxito, debería añadir. Me volví a mi cerveza, convencido de que había perdido la oportunidad de mi vida con la única mujer echa a mi medida, y no lo decía por su tamaño, fácilmente, treinta centímetros por debajo, una vez se bajara de los tacones altísimos que llevaba. En esas estaba cuando oí a mi lado a alguien que me hablaba, me volví con intenciones de mandarla a la mierda, ya estaba harto de que me hubiesen entrado todas, y algún hombre también, menos la que me interesaba.
_ … Necesitas de mi protección para que no te hagan nada. Venga, termínate tu cerveza, te vienes con nosotros.
Y ahí estaba, sonriéndome, rescatándome de una multitud de mujeres indeseadas, invitándome a entrar en su vida. Había que joderse, mi heroína.
Gracias a Alcide y a mi encanto, no pasó mucho tiempo antes de que monopolizara su tiempo y sus amigos quedaran olvidados en una esquina. No era que a ellos les molestara, se hicieron a un lado voluntariamente. Lafayette, un hombre brillante en toda la extensión de la palabra y que se podía aplicar no sólo a él sino también a su indumentaria, me guiñó el ojo y me empujó casualmente contra ella mientras su amiga Tara me sonreía con complicidad. ¿Había alguien a quien le gustara su futuro esposo?
Podía ver cómo luchaba contra lo inevitable, podía ver su debate interno y ese quiero y no puedo que la azoraba y hacía que se sonrojara cada vez que la sorprendía mirándome. Dios, era tan adorable que tenía que besarla, no podía dejar pasar ni un segundo más. Y lo hice, y no sólo eso, le hice una demostración práctica con muchas de las razones de mi repertorio para que no volviera con un hombre que no le hacía justicia, ni siquiera con otro que seguro que sí y que me acabaría partiendo la cara cuando se enterase. Durante horas adoré su cuerpo con reverencia y ella me lo agradeció profusamente con dedicación y hasta la extenuación. Cuando la mañana nos sorprendió, mi cuerpo era un manojo de músculos casi inerme por el cansancio de una noche de pasión, estaba muerto.
Cuando volví a abrir los ojos no me lo podía creer, no podía ser, había dormido casi todo el día. El sol mortecino del atardecer ser filtraba por las rendijas de la persiana. Sonreí al recordar la noche anterior y me volví para acomodarme contra el cuerpo que me había hecho soñar todo el día para encontrarme con un espacio frío y vacío. Me senté en la cama y me paré a escuchar posibles ruidos que me dieran una pista de dónde estaba. No se oía nada en el baño, la terraza estaba cerrada, la televisión estaba apagada en la antesala. Nada, se había ido. Mi perplejidad se fue convirtiendo en indignación. Pero, ¿qué coño? ¿se había ido y me había dejado sonriendo y fantaseando con ella como si fuera una colegiala? Ah, no, eso sí que no, nadie le hacía eso a Eric Northman.
