Estos personajes han nacido de la imaginación de Charlaine Harris. Gracias por prestárnoslos para jugar con ellos.


14.

La entrada había sido triunfal, menudo paseíllo nos habíamos marcado. Nos sentamos en una mesa con Sam que casi no podía aguantar la risa, hizo un gesto a la camarera que trajo unas cervezas.

_ Bueno, ¿me lo vais a contar? - dijo y dio un sorbo a su botella.

_ No hay nada que contar...

_ No, no, no, nada de éso, Alcide – se quejó riendo-. Ya estás largando todo lo que vas a hacer.

_ Yo no voy a hacer nada. No era yo quien tenía que hacerlo – sus ojos se posaron en mí.

_ ¿Tú? - se sorprendió Sam- Pero...

_ Es largo de explicar... - murmuré.

_ Se acostó con él el sábado y este tonto se ha quedado enganchado – resumió Pam.

_ Sí, gracias por tu colaboración, Pamela.

_ De nada, me gusta ayudar.

_ Joder... – fue lo único que Sam pudo decir.

_ Sí, así empezó todo – volvió a ayudar Pam.

Sam la miró y soltó una carcajada. Durante los siguientes minutos, se dedicó a hacer preguntas sobre lo que había pasado y a sugerir soluciones. No dejaba de asombrarme la de enemigos que tenía el "buen hombre".

_ Vaya una reunión animada – oí a Laf decir mientras se apoyaba en mi hombro.

_ Lafayette – ronroneé con una sonrisa-, ¿qué tal te va?

_ Pues mira, me siento bien y satisfecho sexualmente, me he puesto mis mejores galas y me estoy cogiendo sitio para ver el espectáculo. ¿Y tú, guapo? ¿Preparado para darlo todo?

_ Siempre...

_ Procura que la sangre no te salpique el traje – se rió pasando la mano por mi hombro como si me estuviese quitando una mota de polvo-, sería una pena – sus ojos se posaron en Pam-. ¿Y tú quién eres, reina? Estás divina...

_ Pamela Ravenscroft, su mano derecha y su cerebro – dijo con su perfecta dirección señalándome con la cabeza.

_ Lafayette Reynolds. Tú y yo deberíamos quedar para tomarnos algo y cotillear de estos, yo también soy la parte del corazón de la rubia que siente. Además, seguro que podemos hacer maravillas con una tarjeta en un centro comercial.

_ Uhm, mi clase de chica. Amor – sonrió dirigiéndose a Alcide-, ¿tienes su número? - Alcide asintió con una sonrisa bobalicona- Te llamo, no lo dudes, que estos dos, muy altos y muy guapos, sí, pero son una pesadilla para ir de compras, ¿te viene bien mañana?

_ Me encanta, un día de chicas – una pareja entró y le hizo un gesto-. Entonces hasta mañana, voy a saludar a aquellos amigos. Ten cuidado con el novio de tu amante, guapo – me guiñó el ojo y se fue.

Solté una carcajada y le dije que descuidara. Estaba siendo una noche entretenida, pese a todo. Me había dado cuenta de que Sookie estaba hablando con su hermano y con Tara al final de la barra, por donde se iba al aseo. Bueno, me había puesto el traje carísimo que Pam me había hecho comprar para la boda de un colega, sabía que me quedaba perfecto y que sólo Alcide me podría hacer sombra aquella noche, así que, ¿por qué no pasearlo y hacer que todos, y por todos quería decir Sookie, apreciaran lo que se perdían? Me levante y me dirigí hacia el aseo, sólo para que me viera, acercarme y pasar de largo, ignorándola, aunque me fuese la vida en ello no iba a mirarla. Por el rabillo del ojo vi cómo se ponía en tensión mientras me dirigía hacia ella. Podía sentir su decepción cuando pasé de largo. Sí, estaba siendo divertido.

De vuelta a mis amigos una mujer me paró y se puso a hablar conmigo. Se me había acercado con andares de depredadora y, en principio, lo encontré un poco patético. Se presentó como Lorena, a secas. La madre de Bill resultó una mujer más interesante de lo esperado. Después de haber oído hablar de ella a Alcide y a Sam, esperaba otra cosa. Era una mujer en la cincuentena que con sólo unos pocos años menos habría estado en mi lista, morena y atractiva, aunque su empeño en vestir como un repollo perjudicaba mucho la impresión que daba. Quizá haber tenido un marido como el suyo y un hijo como Bill acababa imprimiendo carácter y marchitando hasta a la flor sureña más resistente. Me sorprendió que se desvinculara de esa manera de su hijo y me dio la impresión de que no era tanto por ocultar su edad como por intentar parecer algo más interesante. No lo necesitaba, en realidad, se reveló como una gran conversadora, irónica y lista. Me iba mostrando a los invitados, todo el pueblo, en realidad, y me iba haciendo comentarios mordaces y acertados de cada uno de ellos. Me pareció una mujer demasiado cosmopolita para ese rincón del mundo y que se ahogaba allí. Los demás invitados nos miraban extrañados. A ella con aprensión y a mí con pena, el pobre europeo que había caído en las garras de la fiera, pero cuando comenzamos a reírnos y nuestras risas sonaron genuinas, nos convertimos en el foco de atención de la fiesta. Si lo que quería era desplazar a Sookie y quitarle todo el protagonismo en su fiesta, lo había conseguido.

_ Estás un poco fuera de lugar aquí, ¿cómo has acabado en este agujero? - me atreví a preguntar.

_ Bueno, tú también – eludió mi pregunta pero al cabo de unos segundos contestó-. Soy la madre del novio.

_ Venga ya – fingí lo mejor que pude-, no puede ser. ¿En serio? - ella sonrió encantada y asintió-. No te creo, es muy mayor para ser tu hijo.

_ Me casé joven, demasiado joven – dijo con amargura.

_ Perdona si te molesta lo que voy a decir, pero no se te parece en nada. Eres mucho más..., más de todo, más guapa, claro – me reí-, más llena de vida, más interesante... Lo dicho, todo.

_ Menudo adulador estás hecho, creo que me voy a tomar un año sabático en Europa – se sonrojó un poco. ¿He dicho ya lo bueno que era en esto? - Mi hijo se parece a su padre. Por más que he intentado toda mi vida que se interese por las artes, me ha salido contable – dijo con una pequeña sonrisa a medio camino entre la decepción y la resignación-, en el sentido más amplio que le puedas dar a la profesión. Pero no me malinterpretes, le quiero, es un buen hijo, es sólo que me hubiese gustado que fuese otro hombre. Supongo que la culpa es mía, nunca he sido una buena madre, demasiado absorbente y exigente. Debería haberle incitado a irse, a ver mundo, quizá así no estaríamos aquí ahora... - musitó las últimas palabras. ¿Estaba diciendo lo que me parecía?. No, no podía ser.

_ Pero así no nos habríamos conocido hoy – me reí.

_ Todo contra tiene pros, cariño – sonrió con coquetería volviendo a ser ella.

Como ella no volvió a decir nada, opté por ignorar lo que había dicho, después de todo sólo había sido una apreciación subjetiva, sólo era lo que me habría gustado escuchar. Estaba pasando un rato divertido con Lorena, si eso provocaba un aneurisma a su hijo, bueno, era un plus. Por eso cuando me pidió que la sacara a bailar, aunque fuese una horrible canción country, me dejé e hice un poco el tonto hasta que pillé los pasos y luego, nos lucimos, que para éso los dos bailábamos bien. Cuando terminamos me abrazó, no como Sam o Alcide decían, sino como una madre, nos giramos e hicimos reverencias a la concurrencia que nos aplaudía. Una mujer mayor se acercó a nosotros, sonrió a Lorena y la felicitó, se volvió a mí y se presentó.

_ Soy Adele Stackhouse, tú debes ser Eric – me sorprendió al ser tan directa. Ningún lugar para el disimulo con ella.

_ Es un placer, señora Stackhouse – me llevé su mano a los labios y me incliné con respeto sonriendo. Las abuelas se me daban bien.

_ Eres un encanto – se sentó en la silla que le sujetaba-, los hombres de ahora ya no son así, ¿verdad Lorena? Llámame Adele – soltó una risita- ¿Y dime, hijo, qué te está pareciendo nuestro estado?

_ Me está gustando mucho, es muy diferente a lo que estoy acostumbrado. Y sus mujeres son hermosas y encantadoras – hice hincapié en ello mirándolas a las dos, que rieron como dos adolescentes.

La conversación se extendió algunos minutos más. Durante toda la noche había hecho lo imposible para no mirarla, sólo un poco de reojo para situarla, para saber en todo momento cómo reaccionaba ante mi actuación. Nunca nada descarado, ni siquiera apreciable; hasta ese momento. Sookie se abrazaba a Bill y le besaba. No sé lo que se me pasó por la mente, ir a arrancarle la cabeza estaba lo primero de mi lista, ¿cómo se atrevía? Por más novia suya que fuese, esa mujer era mía. Se me nubló la mente y me subió la fiebre homicida. La voz de Adele me trajo de vuelta.

_ Eric, te he visto antes, ¿serías un amor y harías feliz a una anciana?

_ Claro... - conseguí decir. Me recuperé y sonreí seductor-. ¿Dónde está la anciana?

_ Desde luego que eres encantador – soltó una risita y me dio una palmada afectuosa- ¿Me sacas a bailar? Me encanta esta canción y tú no sólo eres el mejor bailarín de todo el local, también eres el más guapo.

Sonreí encantado y la llevé a la pista de baile. Esta si era una canción para lucirse, siempre la bailábamos en clase, y, además, Adele era una excelente bailarina a pesar de la edad. Por un momento, dejándome llevar por los acordes de Sway, dejé de pensar en Sookie y en ese tipejo que la abrazaba. Adele me miraba con atención. Cuando terminamos me abrazó.

_ ¿Mejor? - la miré extrañado-. Yo también estoy de tu lado. No te rindas, hazme caso – me hizo agacharme hasta su nivel para darme un beso-. Ahora, búscala.

_ Gracias – musité devolviéndole el beso.

Escaneé el salón y no la vi. Me encontré con la mirada de Jason y le hice un gesto a modo de pregunta que él entendió perfectamente. Me respondió dibujando con sus labios la palabra "cocina", sonreí y musité un "gracias". Desde que era el trayecto a recorrer para ir al aseo, no creí levantar sospechas en nadie, sería el lugar perfecto para poder hablarle sin que a su novio le diese un síncope. Estaba sentada, mordisqueando una alita, con la mirada perdida y la mente muy lejos de allí. Desde la puerta rezaba para que su mente estuviese muy lejos pero conmigo. La cocinera me miró y me sonrió. Me hizo pasar con un gesto apresurado de su mano y lo hice.

_ ¿Puedo robarte una? – se sobresaltó al oír mi voz, pero no en el mal sentido. Eso prometía... -. Tranquila – me reí-, sólo será una.

Empujó el plato hacia mí y sonrió. Si, prometía. Durante los siguientes minutos alabé a la cocinera, Ruby Jean, la madre de Lafayette, exuberante y divertida como su hijo, pero menos brillante. Me puso un plato para mí y me cogió de la barbilla antes de volver a sus ocupaciones, y, ¿qué?, me dejé querer. En cuanto nos quedamos solos vi la oportunidad de poner las cosas claras, hacerle ver lo que quería de ella, que quedara claro que no sólo quería su cuerpo, que ya lo creo que lo deseaba, sino que la quería en mi vida, conmigo, en mi casa y en mi cama. Necesitaba reafirmación y seguridad y yo podía dársela, y de paso aprovechar para acercarme y tocarla, que me estaba muriendo por besarla. Aún así, pese a estar a milímetros del paraíso, con su boca invitándome, me retiré. No era el momento ni el lugar. La madre de Lafayette tosió como advertencia. Levanté los ojos y le vi. Su jodido novio en la puerta.

_ ¡¿Qué hace aquí? - rugió mirándome.

_ Comiendo alitas. Ruby Jean es una excelente cocinera – dije con tranquilidad, no había que montar un número.

_ Aléjate de mi mujer – o sí.

_ No, aún no lo es, no hasta el sábado – sonreí incitándole y añadiendo mentalmente "si yo podía evitarlo".

Bill se vino para mí como un toro, como si semejante enano pudiese hacerme algo, pero Sookie se interpuso entre los dos.

_ No montes una escena, Bill. Estábamos hablando – se sonrojó con su propia mentira.

_ Oh, sí, seguro que sí... - dijo mirándola con desprecio.

_ No, claro, tienes razón. Con Ruby, Terry, Tommy y con Arlene entrando y saliendo, estábamos a punto de quitarnos la ropa y devorarnos aquí mismo, sobre la encimera.

Estuve a punto de soltar una carcajada, mucho mejor, técnicamente, no era mentira...

_ ¡No vuelvas a hablarme así! - le gritó.

_ Baja el tono, Compton – le ordené acercándome a él y mirándole amenazadoramente desde la cabeza que le sacaba-. No le hables así.

_ ¡Le hablo como me da la gana, es mía! - gritó aún más.

_ Pero, ¿qué coño...? - se indignó Sookie.

A partir de ahí todo fue algo confuso. Bill intentó cogerla para sacarla a la fuerza de allí y en el forcejeo, Sookie perdió el equilibrio y se cayó golpeándose en la cabeza. No necesité más, le di un puñetazo a ese cabrón que era capaz de maltratar así a alguien que decía amar. A alguien a quien yo sí amaba. En cuanto dió con su culo en el suelo, me desentendí de él y me arrodillé ante Sookie. Tenía una pequeña brecha en la frente. Me saqué el pañuelo y presioné su herida para limpiar el hilo de sangre que empezaba a salir. A mi lado, Ruby Jean, le tendía un vaso de agua. En cuanto Bill se recuperó intentó volver a la carga, pero el ayudante de Ruby Jean se lo impidió. Y entonces fue cuando se montó el espectáculo. Alguien había salido a buscar a Sam y con él se presentó en la cocina medio pueblo. La madre de Sookie llegó corriendo hasta donde yo estaba y me empujó mirándome con malos modos.

_ Tú tienes la culpa de todo – me siseó con rabia-. Vete, aquí no pintas nada.

Sookie me miraba con ojos llorosos, suplicantes. Asentí levemente y permití a Alcide y a Pam que me ayudaran a levantarme y me retiré poco a poco de su lado. Alguien me cogió la mano, bajé la vista y me encontré con los ojos de Adele. Todos se iba abriendo a nuestro paso. Era una sensación extraña. Al final de la multitud que se agolpaba en la cocina para ver qué pasaba estaba Lorena. Su mirada fue la más desconcertante de todas. Sus ojos me miraban con asombro, como si de repente, me viera, como supiera a quién estaba mirando. Como si supiera.


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