Estos personajes han nacido de la imaginación de Charlaine Harris. Gracias por prestárnoslos para jugar con ellos.
15.
Quería morirme. ¿Por qué se iba Eric? Lo único que yo quería es que me cogiera en brazos y me sacara de allí, como si fuera Richard Gere sacando a su chica de la fábrica, besándome mientras la gente nos miraba, con una canción cursi de fondo. Esconderme, acurrucarme contra su cuello y dejarme atrás todo ese mundo gris que me oprimía y me anclaba a este lugar. Mi madre le había echado y él simplemente me había dejado allí a mi suerte.
_ ¿Estás bien, cariño? ¿Qué te ha hecho ese horrible hombre?
¿Qué? La miré sin entender lo que me preguntaba. ¿Mi madre llamando hombre horrible a Bill? Me deshice un poco de su abrazo. Me asfixiaba con tanta gente alrededor. Miré a Ruby Jean que pareció entender.
_ Venga – dijo volviéndose a todo el pueblo-, cada mochuelo a su olivo. Se acabó el espectáculo por esta noche – nadie parecía querer irse-. ¡Fuera todo el mundo de mi cocina! - gritó- ¡Ya!, que no tenga que sacaros a escobazos.
Poco a poco los curiosos se fueron replegando y saliendo de allí. A mi lado seguía mi madre y, tras ella, toda mi familia y amigos. Todos menos el único que yo quería allí.
_ He llamado a la doctora Ludwig – me sonrió con pesar mi padre-. Viene en seguida. No te muevas, tesoro – puso la mano en el hombro de mi madre-. Michelle, déjale espacio, necesita aire.
Mi madre se movió con reticencia. Busqué con la mirada a Bill, ¿cómo había sido capaz de zarandearme así? Le encontré con su madre que apretaba una bolsa de guisantes congelados contra su cara, mientras hablaba con mi hermano. Ojalá Jason terminara el trabajo que había empezado Eric...
Lafayette se sentó a mi lado y me apoyó contra su pecho. Intentó quitarme el pañuelo con el que me presionaba mi herida. Me negué, me estaba aferrando a lo único de Eric en mi poder. Olía a él y era un bálsamo para mis nervios. Sólo media hora antes me hubiese horrorizado que un olor que recientemente había descubierto me reconfortase como si fuese mi hogar, como si fuese ese olor seguro que asociamos a memorias felices. En eso se había convertido Eric. Debía ser el golpe que me había dado en la cabeza pero, por primera vez desde el sábado, estaba viendo mi lío con él desde otro ángulo, y me gustaba.
Ruby Jean volvió a mi lado después de echar hasta el último de mis vecinos cotillas y me dio la tila que Terry acababa de prepararme.
_ Tómatela, cielo, te sentará bien – se volvió al oír la puerta con mala cara e intención de echar a quien fuese- Oh, doctora – cambió su expresión-, venga, aquí está Sookie.
La doctora Ludwig era la doctora del pueblo, tenía una consulta en la calle principal, al lado de la comisaría. Siempre había sido nuestra doctora, desde que veníamos en vacaciones y era más alta que yo, y no tardé muchos veranos en pasarla, hasta mi última gripe, un par de meses atrás.
_ Veamos, señorita Stackhouse, ¿qué le ha ocurrido?
_ Me he golpeado con la encimera – me miró con alarma por encima de sus lentes.
_ ¿Tú sola...? - preguntó en un susurro apenas audible.
_ Sí..., más o menos – murmuré mirando de reojo a Bill.
La doctora siguió la dirección de mi mirada y sus labios se apretaron en una fina línea expresando su desagrado.
_ He visto a Andy Bellefleur ahí fuera al entrar, ¿quieres que le llame, Sookie?
_ No... - contesté con demasiada reticencia.
_ ¿Estás segura? - asentí-. Bueno, ¿sabes qué? - hizo una seña a mi hermano para que se acercara- Jason, querido, ¿sería conveniente que sacaras unas fotos con tu móvil que documentaran las heridas de Sookie? Por si fuese necesario en el futuro...
_ Sí, sería muy conveniente – respondió y en sus palabras se escondía mucha rabia.
Me hizo unas cuantas fotos de la herida y de las magulladuras que tenía en el brazo por haberme zarandeado. Miré con odio a Bill, ¿cómo había estado tan ciega con él? La doctora me curó la frente y me puso dos puntos adhesivos y un pequeño apósito sobre ellos. En cuanto terminó, me sonrió y me dijo que ya podía irme.
_ ¿Me llevas, Jason?
_ Claro, ¿no esperamos a Bill?
_ No – me extrañé-, preferiría que se mantuviera lejos de mí – y esta vez fue él quien me miró sorprendido.
_ Vale... – murmuró sin saber qué decir- Voy a coger nuestras cosas de la oficina de Sam.
Jason salió de la cocina y mientras me terminaba mi tila vi como la doctora Ludwig atendía a Bill. Cabrón. La abuela se acercó a mí y me abrazó. Me refugié en sus brazos y lloré como cuando era niña. Me sentía tan desvalida e impotente en esos momentos que me dejé llevar por la pena de todo lo que no tenía y de todo lo que, por desgracia, sí. Por ser así y no poder hacer una cosa tan simple como soltar lastre y echarme atrás. Entre la abuela y Jason me llevaron al coche y me acomodaron en el asiento de atrás. La abuela se sentó a mi lado y me acarició durante todo el trayecto mientras yo lloraba en su regazo. Nunca se me había hecho tan largo el camino de Merlotte's a mi casa, no había como llenarlo de lágrimas y de silencio para que se hiciese eterno. Por fin, entramos en nuestra propiedad y Jason aparcó delante de la casa. Un coche se paró al lado, Tara había venido detrás para ayudarles. Con la ayuda de los dos, llegué a mi dormitorio. Jason me miraba realmente preocupado, como si no supiera como llevar esa situación. Me cogió la mano y la besó.
_ Sook, cariño, ¿estás bien? ¿ Te traigo algo? - su preocupación arreció mi llanto-. No, por favor, no sigas, te vas a poner enferma – hizo una pequeña pausa-. Voy a crucificar a ese cabrón, no sabe con quien se las está viendo, no va a saber por donde le vienen los golpes...
_ No... - le corté débilmente- Sólo quiero que salga de mi vida, no quiero volver a verle nunca más.
_ Cuando acabe con él, habrá salido de tu vida, cariño.
_ No, Jase... - hipé- lo único que quiero es no tener que verle nunca más.
_ Hecho, no te preocupes – me abrazó-. Nunca volverá a hacerte daño, de eso me encargo yo. Ahora descansa. Mañana hablamos de lo que quieres que haga.
_ Vale...
_ Te quiero – me cogió la cara entre sus manos y me besó en la frente.
_ Y yo a tí, Jase.
Se fue y me quedé con Tara, no pude mantenerme más en pie, me tiré en la cama exhausta, física y mentalmente. Tara me quitó los zapatos y el vestido. Me desmaquilló con delicadeza y me cepilló el pelo. Me puso mi camisón de Bob Esponja y me metió en la cama. Se acostó a mi lado, sobre la colcha, rodeándome con sus brazos, besando mi frente y susurrándome palabras de aliento mientras yo me sorbía mis lágrimas. De repente, caí en la cuenta de algo.
_ El pañuelo – sollocé-, ¿dónde está mi pañuelo?
_ ¿Qué pañuelo?
_ El que tenía...
_ No sé, lo tendrá tu abuela.
_ Lo necesito, Tara – mi tono era tan histérico que no le quedó más remedio que levantarse e ir a buscarlo.
Me senté en la cama agarrándome las rodillas hasta que Tara volvió con su pañuelo. Me lo tendió y me lo llevé a la nariz e inhalé el olor que aún quedaba en él. Tara me miraba como si hubiese perdido el juicio, pero, conociéndome, sabía que debía haber una razón para hacer eso con un pañuelo manchado de sangre. Por fin se animó a preguntar.
_ ¿Por qué te has puesto así por un pañuelo sucio?
_ Es suyo – musité.
_ ¿De quién? – me miró desconcertada.
_ De Eric...
Y me acomodé en la cama, con mi amiga muy confundida, abrazándome, con lo único que tenía de Eric y me dejé vencer por el sueño.
Me di otra vuelta en la cama, no me apetecía levantarme. Laf y Tara me habían prohibido ir a trabajar. Como si lo que yo necesitara fuese sentarme en casa todo el día pensando en lo que ese cabrón me había hecho... Pero lo hacían por mi bien, ellos pensaban que necesitaba descansar después de tanto estrés la noche anterior. Llamaron a la puerta, el desayuno, pensé, seguro que Jase o la abuela me lo traían.
_ Pasa.
La puerta se abrió y entró Bill. Me encogí en la cama.
_ ¿Qué coño haces aquí...? - dije entre dientes.
_ He venido a ver a mi prometida, ¿no se nota? - respondió con descaro.
_ Vete de aquí, no sé ni cómo te han dejado entrar...
_ ¿Y por qué no iban a hacerlo? – sonrió-. Nos casamos dentro de dos días...
_ ¿Que tal porque eres el cabrón que me ha hecho esto? – me señalé la frente.
_ Oh, vamos, no exageres, sabes que no fue a posta. Sabes que la culpa no fue mía. Lo sabes como lo saben todos...
_ La culpa fue toda tuya, tú fuiste quien me zarandeó, fuiste quien me magulló el brazo, son tus manos pequeñas y mezquinas las que se dibujan en mi antebrazo.
_ Bueno, eso sólo lo sabemos tú y yo – su sonrisa se amplió-. Será nuestro pequeño secreto.
_ ¿Qué...? - No había dicho eso. No.
_ Pues que todo el mundo cree que ha sido tu precioso Eric.
_ ¿Cómo han llegado a semejante conclusión? Hace falta ser estúpidos para creerlo...
_ Porque yo les conté lo que pasó, querida. Cuando llegué a la cocina, se estaba propasando contigo, tú te negabas a sus atenciones y él te cogía por el brazo para que le besaras. Yo me acerqué e intenté detenerle pero me dio un puñetazo y en la refriega, tú perdiste el equilibrio y te diste en la cabeza con la encimera. ¿No lo recuerdas?
_ No... - me llevé la mano a la boca espantada.
_ Oh, sí...
_ ¿Cómo has sido capaz de decirles algo así? - le pregunté enfadada- ¿Cómo has podido echarle a él la culpa de lo que tú has hecho?
_ Ah, vaya, ahora resulta que vas a enfadarte por lesionar su honor, como si ese malnacido lo tuviera.
_ No te reconozco – murmuré horrorizada.
_ Mira, ya somos dos, yo a tí tampoco – nos miramos unos segundos.
_ Me da igual lo que digas, voy a decirles que fuiste tú.
_ Ya te cuidarás mucho de hacerlo – masculló amenazante en mi cara-. Me imagino la cara de tu madre, toda la humillación que tendrá que soportar toda tu familia. No, no vas a decir nada, tú no quieres que todos sepan la clase de puta que eres.
Gracias por vuestro apoyo y vuestros comentarios.
