Estos personajes han nacido de la imaginación de Charlaine Harris. Gracias por prestárnoslos para jugar con ellos.
19.
Tara me acomodó en el asiento delantero del coche de Hoyt. Tenía que volver al trabajo desde que Laf había tenido que salir a hacer unas compras de última hora para el Bat Mitzvah de Leah, la hija de uno de los socios de Jason. Tampoco me apetecía mucho su compañía por lo que volver a casa con un Hoyt silencioso y una Maxine fuertemente sedada había resultado ser una bendición inesperada. Durante toda la mañana, desde que viera el dichoso vídeo con Jason, mi humor había oscilado entre la ira y la resignación. Ver todo lo que había hecho en HD había resultado impactante, como mínimo. Ver que todas nuestras miserias quedaban expuestas, había sido indignante. Todos las tenían pero sólo las nuestras estaban en vídeo... Y yo me veía abocada a permitir que Bill se saliese con la suya para que siguiesen siendo sólo nuestras.
Hoyt me dejó en casa, me ayudó a salir del coche y a entrar como si fuera de porcelana mientras su madre seguía roncando en el asiento trasero. Me ofrecí a llevarles la comida, era lo menos que podía hacer, pero él declinó la oferta. Jessica ya se había encargado de eso. Sonreí, Jessica, una pelirroja guapa y dulce que trabajaba en Merlotte's, era su novia y ni que decir tiene que Maxine hubiese preferido que le cortasen un brazo antes de aceptarla en la familia, con lo que la visión de la señora Fortenberry viéndose obligada a agradecer algo a la novia de su hijo resultaba gratamente reconfortante.
Pasé fugazmente por la cocina para coger algo de comer antes de que alguien se diera cuenta de que estaba en casa, y me escabullí a mi cuarto. No me apetecía enfrentarme a ellos, verles con sus imágenes aún frescas en mi retina. Y a la abuela, aún menos.
La tarde se me pasó dormitando. A las seis, mi madre hizo acto de presencia con un bol de fruta y un trozo de tarta. Al principio no quiso entrar mucho en materia pero en un momento determinado, comenzó a alabar a Bill y en cuestión de minutos, acabó arremetiendo contra Eric.
_ No sé cuál es tu interés ni quiero saberlo, hija, pero no deberías haberte enredado con ese hombre y menos delante de tu novio. Si no fuese por él, imagina lo que hubiese pasado – me lo habría tirado del derecho y del revés sobre la encimera, pensé-. Por el amor de Dios, en tu propia fiesta, qué desfachatez – y en la mesa de billar, contra la barra del bar, en el despacho de Sam, en el aparcamiento sobre el capó del coche de mi novio-. Con lo bueno que es Bill, no se merecía que se le tratara así... De verdad, hija, yo no sé si hubiese sido capaz de perdonar algo así – mi madre, la cleptómana.
_ Mamá no quiero hablar de eso ahora. Por más que quieras a Bill, las cosas no son como él las cuenta.
_ ¿Por qué iba a mentir? - se molestó- Sookie, me parece mezquino que insistas en proteger a ese mal hombre que casi arruina el día más feliz de tu vida.
_ ¿De qué día hablas?
_ Por favor – bufó-, no seas así. Sabes de sobra de que día hablo...
_ Mamá, si ese va a ser el día más feliz de mi vida, me voy a hartar de llorar. Mi vida no puede quedar reducida a eso...
Mi madre se quedó con la boca abierta ante mi confesión. Bueno, no era como si no fuese de dominio público que la boda no iba a ser ni mucho menos un acontecimiento excesivamente importante para mí, pero mi madre se había negado siempre a verlo así. Para ella eran los nervios ante la boda y la perspectiva de un cambio tan significativo en mi vida.
_ Cariño, son los nervios los que te hacen hablar así, es por eso que dejaste a ese hombre propasarse contigo...
_ ¡Deja de llamarle ese hombre, se llama Eric!
_ Sookie, por favor, no me hables así – mi madre se llevó la mano a la boca con espanto-. Tu vida va a ser estupenda, hija, Bill será un buen marido, ya verás.
Era inútil, de qué iba a servir sacar a mi madre del error. Simplemente me la quedé mirando casi sin pestañear mientras mordisqueaba un trozo de manzana, intentando poner cara de póquer. Permanecimos así unos instantes, hasta que el bendito teléfono empezó a sonar.
_ Dime – mamá me hizo un gesto y salió con sigilo de la habitación.
_ ¿Qué tal mi putón verbenero favorito? ¿Te duele la cabeza o tienes ganas de marcha?
_ Laf, qué alegría oírte... – el alivio en mi voz era más que apreciable.
_ ¿Tu madre? - se rió al otro lado.
_ Pues sí, volviéndome loca.
_ Oh, pobre niñita – se rió-. Bueno, contesta, ¿qué tal si nos damos una noche de chicas? Los tres. Quizá podríamos llamar a Pam también – sugirió -, para que se despeje un poco y deje a esos dos tranquilos una noche...
_ ¿Pam...? - me encogí un poco- No sé, Laf, después de lo de anoche no sé si deberíamos relacionarnos con ella.
_ Tonterías, rubia, Pammy es un poco más extrema, pero es una de las nuestras.
_ No sé, Laf, de verdad. Bastante jodidas están las cosas ya como para añadir a Pam.
_ ¿Qué ha pasado? ¿Sosoman se ha puesto difícil? - era una manera de decirlo, sí- ¿Está atacado porque el rubio es más alto, más guapo y más cualquier cosa que él? - se rió al otro extremo de la línea.
_ Cualquier cosa, no, seguro que no es más cabrón – murmuré para mí, debería haber adivinado que el oído de tísico de Laf lo oiría.
_ ¿Más cabrón? - dijo serio de repente- ¿Qué te ha hecho ese imbécil? A parte de lo que ya sabemos, que mi madre me contó...
_ ¡Oh, Laf, menos mal! – suspiré aliviada-, tú no crees a Eric capaz de esa barbaridad.
_ Pues claro que no, ¿cómo te iba a hacer daño si lo que él quiere es cogerte y...?
_ Sí, ya – le corté-, me hago una idea bastante aproximada – y tanto, seguro que era más o menos lo que yo le haría a él-. No hace falta entrar en detalles.
_ ¿Entonces, qué, quedamos para poner a parir a tu novio?
_ Vale, pero lo de Pam no me convence...
_ No digas tonterías, necesitas a alguien más zorra que tú en el grupo y Tara ya no cuenta, que tu hermano la ha llamado y puede que se retire del mercado.
_ ¡¿Qué? Estás de coña...
_ No – se rió-, el que la sigue la consigue, guapa, no lo olvides por la cuenta que te trae...
_ Sí, claro, el efecto Stackhouse – me reí poniendo los ojos en blanco ante semejante idea.
_ Tú ríete, que me da a mí que hay alguien por ahí que aún no ha dicho su última palabra.
_ No, Laf, por favor – el miedo a que todo lo que tenía Bill sobre nosotros saliese a la luz volvió a ahogarme-. No puede ser.
_ Soñar con príncipes azules que te rescaten es gratis, guapa, puedes permitírtelo y quién sabe, si lo deseas mucho, mucho... - lo dejó ahí, dejando colgada la esperanza-. Te recojo a las ocho.
Otro como Jason, sin dejar opción a negarse. Pero no lo hubiese hecho de todas formas, el día había sido pésimo y necesitaba a mis amigos para que me ayudaran a lamer mis heridas aunque ellos no lo supieran, aunque no pudiese decirles lo que me atormentaba.
_ Vale, me hace falta un poco de diversión. ¿Quieres que compre algo?
_ No, ya nos hemos encargado de todo – dijo y no pude evitar estremecerme por su tono-. Sólo date un baño de sales, perfúmate y ponte guapa.
_ Pero ¿no vamos a tu casa?
_ Sí, pero sube mucho el ánimo y algo me dice que lo necesitas.
_ Gracias, Laf – murmuré.
_ No hay de qué, cacho perra – oí la sonrisa en su voz.
Hice lo que me dijo, llené la bañera con sales y me dispuse a relajarme, bastante me había jodido el día Bill como para seguir permitiéndole hacerlo. Puse música y me sumergí en el agua hasta unos instantes antes de que el estado de uva pasa fuese irreversible. Me puse crema por todo el cuerpo, me maquillé a conciencia y me puse uno de mis vestidos favoritos, turquesa, ajustado y sexy. La idea era sentirme guapa y lo había conseguido. No me dí cuenta de lo tarde que se me había hecho hasta que la abuela llamó a la puerta para decirme que Laf me esperaba abajo. Me subí a mis sandalias de doce centímetros y me perfumé con una de las muestras que me habían dado en una perfumería en Nueva Orleans, Parisienne. Me eché un último vistazo en el espejo y me tiré un beso, estaba deslumbrante. Y desee que Eric pudiese verme...
En el salón Laf y Pam me esperaban charlando con mi padre, sí, con mi padre, lo nunca visto, mientras mi abuela ejercía de perfecta anfitriona sureña ofreciéndoles algo de beber y alabando el vestido de Pam, y mi madre lanzaba miradas furibundas a todos. En cuanto entré todos se volvieron a mirarme y se deshicieron en halagos, incluso Pam que no parecía propensa a hacerlo. No veía el momento de salir de casa, de la vigilancia de mi madre.
_ ¿Qué vais a hacer esta noche, Laf? - se interesó mi madre.
_ Pues vamos a ir a Merlotte's a recoger la cena y después nos iremos a la casa de Tara para tener una noche de chicas – soltó una carcajada y me miró de reojo.
Ni que decir tiene que me callé como una muerta. Laf conocía a mi madre lo suficiente como para saber que si sabía donde estábamos era capaz de irle a Bill con el cuento. Y no es que lo fuese a hacer con mala intención, pero si Bill llamaba o pasaba por casa y preguntaba, mi madre le cantaría la Traviata. Nos despedimos de todos y, por fin, pudimos salir de allí. El corvette de Laf parecía insuficiente para los tres, pero nos acomodamos y pusimos rumbo a su casa. Pam apenas si me había dirigido dos frases desde que había llegado. Por eso me sorprendió no ya que lo hiciera sino lo que me dijo.
_ Sookie, siento todo lo que está pasando. Quiero que sepas que Eric nunca te haría daño...
_ Lo sé, Pam, lo único que hizo fue defenderme.
_ Si por él fuera se pasaría el resto de sus días adorándote, es un buen hombre, quiero que lo sepas para que el sábado tomes una decisión sabiendo todo lo que te dejas atrás. Y si le dices que he dicho esto, no sólo lo negaré sino que tendré que matarte y ya dará igual la decisión que tomes...
_ Gracias, Pam – me tuve que reír-, pero eso de adorar... No hace ni una semana que nos conocemos, parece un poco exagerado, ¿no te parece?
_ Nunca subestimes a Weber-Fechner... – sonrió- Los flechazos existen, no te garantizan que el resto de vuestra vida sea de color de rosa pero mientras llega ese momento en que cambia a marrón, ¿por qué no aprovecharlo?
Quise gritarle que porque un cabrón que me tenía cogida por los ovarios se interponía entre nosotros, pero me limité a sonreír con tristeza. Estábamos llegando cuando sonó el teléfono de Laf. Lo miró y me lo pasó.
_ Contesta, reina, es Tara.
_ Tara, hola, estamos ya casi en la casa de Laf.
_ Muy listo, no se ha pasado por aquí como le dije. Siempre me lo deja todo a mí, la muy reinona...
_ Dice que has vuelto a escaquearte – me reí.
Aparcó delante de su casa y cogió el teléfono.
_ A ver, ¿qué pasa contigo? - se paró a escuchar – Vaya, ¿haciéndote la princesita conmigo, zorra? - se rió-. Vale, está bien. No vaya a ser que se te rompan las uñas y no puedas arañarle a Jason ese culito glorioso que tiene – dejó el teléfono y me miró suspirando-. Sook, amor, ¿serás tan amable de entrar en casa e ir preparando la mesa y lo que sea necesario mientras la señorita Ravenscroft y yo vamos a ayudar a Tara? No tardaremos...
_ Claro, Laf – me reí aunque la referencia al culo de mi hermano martilleaba en mi cabeza, sobre todo después de haber visto el vídeo esa mañana...
Salí con la ayuda de Pam, que el vestido era incompatible con el corvette, volvió a sentarse en el asiento delantero y salieron pitando. Llegué a la puerta y cogí la llave que escondía detrás del gnomo azul. La casa de Laf estaba débilmente iluminada, unas velas crepitaban delante de su altar y había algunas más repartidas estratégicamente por la sala. Me extrañó que estuviesen encendidas, me pareció temerario dejárselas prendidas cuando no estaba. Una vez que mis ojos se acostumbraron a la luz tenue de la habitación, algo llamó poderosamente mi atención. Alguien estaba sentado en la penumbra. El corazón comenzó a latirme con fuerza. En la mesa delante del sillón en el que estaba sentado, había una botella enfriando y dos copas. Mi "anfitrión", sin salir de la penumbra, extendió la mano, cogió la botella y llenó las dos copas y me tendió una.
_ No te quedes ahí, amante, ven aquí conmigo.
