Estos personajes han nacido de la imaginación de Charlaine Harris. Gracias por prestárnoslos para jugar con ellos.
20.
Para cuando salimos del restaurante habían elaborado un plan, yo diría que descabellado. Le iban a montar una despedida de soltero a Bill. Laf quería que fuese una juerga salvaje pero Jason decía, con razón, que Bill no era tan tonto, que nunca se dejaría pillar en medio de algo así, que se olería algo. Así que pensaron hacerlo de forma sutil. Ahí debía de ser donde aparecían las putas y el tal Jesús. No sé, aunque era vital para mí, en un momento determinado desconecté. Mi cabeza dejó de estar operativa. Pam me miró y se dio cuenta de que algo no iba bien y dio por concluida la primera parte de la reunión.
_ Lo vamos a dejar aquí, que a mi niño le está dando un vahído – todos se volvieron a mirarme-. Alcide, venga – ordenó-, nos vamos. Lafayette, en cuanto lleguemos a casa te llamo y concretamos eso de lo que hablamos antes.
_ Uhm, rubia – se rió Laf dándole dos besos al aire-, esa va a ser una jugada maestra.
_ ¿Qué jugada? - se interesó Jason.
_ Dejemos que se vayan antes de que al guapito de cara le dé algo y ahora te cuento – le dijo Lafayette-. Luego nos hablamos. Seguid pensando como putear a Sosoman, entre todos tenemos que hacer que no olvide el sábado...
Se fueron y nosotros nos encaminamos a casa. Lo único que me apetecía era tirarme en la cama y dormir hasta el sábado. Si no funcionaba lo que planeaban, y creía firmemente que no lo haría, el sábado me pensaba plantar en la boda y en cuanto el oficiante preguntase si había alguien que objetase esa unión, iba a gritar que sí, que yo tenía una muy buena razón para impedir la ceremonia. Como que me llamaba Eric Northman.
_ A ver, ¿qué te pasa?
_ Estoy muy cansado, Pam... - respondí de mala gana.
_ No me vengas con gilipolleces, Northman, que nos conocemos. ¿Estás abandonando?
_ Claro que no, pero tampoco le veo solución – confesé.
_ ¿Vas dejar que ese mindundi se salga con la suya?
_ Ese mindundi tiene a Sookie cogida, por más que nos moleste, si ella accede a su chantaje no hay nada que hacer. Es su vida, es lógico que no quiera que nada la enturbie – el cansancio hizo presa en mí e intenté dar la conversación por zanjada-. Nadie va a poder hacer cambiar eso, aunque lo intentemos.
_ Si lo de Jesús, las putas y toda la parafernalia no funciona – Alcide me miró por el retrovisor-, ¿qué vas a hacer?
_ Habrá que ir a montarla a la boda, claro, aunque se acaben casando igualmente, pero tiene que saber qué quiero de ella.
_ ¿Qué quieres de ella? - preguntó
_ Lo quiero todo.
Me retrepé aún más en mi asiento y me metí aún más dentro de mí mismo. Lo quería todo, sí, el lote completo, pareja bajo las circunstancias que ella impusiera y si eso implicaba pasar por el altar, el juzgado o el rito balinés, por mí estaba bien; hijos, los que ella estuviese dispuesta a tener, que yo no los iba a tener que parir; pelearnos para poder reconciliarnos después, compartir cada momento del día que pudiésemos juntos y envejecer juntos, ser una de esas parejas de jubilados que viaja por todo el mundo, disfrutando de la compañía del otro, haciendo uso y abuso de la viagra. Tampoco era tanto pedir, ¿no?
En cuanto llegamos a la casa, me encerré en mi habitación. Me tiré sobre la cama y me quedé mirando el techo hasta que Pam entró al cabo de un rato. No dijo nada, se quitó los zapatos y se acomodó contra mí. Permanecimos así, abrazados en silencio. Era algo muy nuestro, cuando no nos encontrábamos en nuestro mejor momento, abrazarnos. Era muy reconfortante saber que aunque el mundo se hundiera, íbamos a estar ahí el uno para el otro.
_ ¿Mejor? – susurró al cabo de media hora.
_ Sí, ya lo sabes...
_ Bien, son más de las seis, tienes que empezar a prepararte.
_ ¿Para qué, Pam? – dije con cansancio.
_ Bueno, digamos que Laf y yo te vamos a hacer un regalo – sonrió misteriosamente-, pero para recibirlo, vas a tener que ser un niño bueno, darte una ducha y ponerte guapo. No olvides echarte la colonia que te compré.
_ ¿Dónde vamos esta noche?
_ Tú vístete como para que te coman y, si eres un buen chico y lo deseas de todo corazón, puede que lo consigas – levanté las cejas ante unas palabras que escondían semejante promesa -. Vamos, Northman – volvió a su tono imperativo-, que no tenemos toda la tarde...
Pam salió no sin antes sacar del armario la ropa que quería que me pusiera y de empujarme hacia el baño. Al cabo de una hora, volvió para hacerme una inspección, era como un sargento pasando revista, ¡Dios!, se fijaba hasta en el último detalle. Alisaba mi camisa, ajustaba mi corbata, me miraba los calcetines, los calzoncillos, me mandaba cambiar de zapatos, me olía..., no fuese a salir sin su visto bueno a la calle, que era de la opinión de que mi aspecto hablaba bien de ella también. Suspiré con alivio cuando me sonrió y fue indulgente con mis botas, pese a todo, había pasado su examen.
Abajo nos esperaban Laf y Tara junto a Alcide.
_ Hola, otra vez... - me extrañé.
_ Vikingo – ronroneó Laf aspirando el aire a mi alrededor-, hueles para comerte de arriba abajo...
_ Gracias... – murmuré tirándole un beso.
_ Las que tu tienes, rubio – me guiñó un ojo y volvió a ponerse en plan profesional-. Bueno, ya sabéis como va esto. Alcide, tú con Jason, Eric, tú con Tara, y tú, Pammy, reina, conmigo.
No me dio tiempo ni a preguntar, Tara me cogió el brazo y me llevó hasta su coche. Ni que decir tiene que me dejó con la boca abierta, lo último que hubiese esperado era un Porsche, y si ya me caía bien, tengo que reconocer que se ganó aún más mi admiración. Durante el trayecto hablamos de muchas cosas, del coche, del negocio que tenían entre los tres, de Europa, de mi trabajo, de todo menos de Sookie, a quien ambos evitábamos a conciencia, pero, pese a todo, el viaje se me hizo corto y ameno. Nos detuvimos en una casa de una planta, no muy grande y con un jardín frondoso y muy cuidado alrededor. Levantó un gnomo azul y cogió la llave, volviéndola a colocar en el mismo sitio. Decir que la casa era peculiar era ser suaves a la hora de describirla. Era una explosión de color y una mezcla, apabullante pero en la que todo encajaba a la perfección, de distintos estilos y con objetos de todo tipo. Sacó unas velas y las repartió por la sala. Me tendió un encendedor.
_ Empieza a encenderlas.
Obedecí sin decir nada. El efecto final era hermoso, la luz era tenue y acogedora, y sólo un pequeño rincón quedaba en la penumbra, imaginé que deliberademente. Se perdió por un lateral y volvió a entrar con una botella en un cubo para que conservara el frío, y dos copas. Las colocó sobre la mesa delante del sillón que quedaba en la oscuridad y se volvió para dar un vistazo y comprobar el efecto de la decoración. El móvil le sonó brevemente y lo miró. Me llevó al sillón y me empujó con suavidad para que me sentara, se inclinó y besó mi mejilla y murmuró con una sonrisa cómplice.
_ Diviértete...
Salió a toda prisa por la puerta de la cocina mientras la oía hablar por teléfono y cerraba la puerta del coche y se iba a toda velocidad. Me quedé quieto más que nada por el asombro y estaba a punto de levantarme cuando oí un coche en la entrada que paraba y volvía a irse, y un taconeo que se dirigía a la puerta y parecía repetir nuestros movimientos previos con el gnomo. Entró y su figura se recortó con la luz de las velas. Dejé de respirar, ahí estaba, hermosa y radiante en la penumbra, mirando alrededor sorprendida, mientras que yo lo único en lo que podía pensar era en quitarle ese precioso vestido. Qué cabrones, así que era esto de lo que hablaban con tanto misterio. Sonreí como un tonto. De repente, reparó en mi presencia. Y, bueno, ya que estaba allí, ¿por qué no jugar un rato? Llené las copas y le ofrecí una a mi invitada.
_ No te quedes ahí, amante, ven aquí conmigo.
_ Eric... – susurró y, Dios, cómo me gustaba oírle decir mi nombre.
_ Pasa, amor, es un placer verte...
_ ¿Qué..., qué haces aquí?
_ Lo mismo que tú – me reí-, sorprenderme.
Me levanté y me acerqué a donde estaba. Le di su copa y me agaché para besar su mejilla. Olía a gloria y me dí cuenta de que ella también tomaba aire con fuerza en mi cuello y cerraba los ojos con deleite. Sonreí para mí, esa Pam...
_ Así que tú tampoco sabías nada de esto... – se recompuso un poco y recobró la compostura.
_ Ni siquiera sé dónde estoy. Me ha traído Tara y me ha puesto a encender velas. Recuérdame que mañana le mande flores – acaricié su mejilla y cogí un mechón de su pelo y lo puse detrás de su oreja.
_ No debería estar aquí – musitó débilmente.
_ No, este es el lugar en el que deberías estar siempre – me miró fijamente-, a mi lado – acaricié con un dedo el pequeño apósito de su frente y lo besé-. ¿Cómo te encuentras?
Sonrió ante mi gesto, como si mi beso pudiese curarla o hacerle sentir menos dolor.
_ Mucho mejor ahora.
Supongo que esa era la frase que daba pie a todo. Le cogí la copa a la que apenas si había dado un sorbo y la puse con la mía en la mesa. Mis manos cogieron su cabeza y la acercaron hasta la mía, haciendo pequeños amagos como dos imanes que se resisten hasta que nuestras bocas se encontraron y se unieron. Fue todo lo que necesité para dejar atrás todas mis dudas, toda la apatía y la resignación que se había adueñado de mí desde que la noche anterior se me echara de su lado.
_ Sookie, amor... – murmuré contra su boca- Creí que no podría verte más y me estaba matando.
Su boca se deslizaba por mi mandíbula en dirección a mi cuello y de ahí al lóbulo de mi oreja. Comenzó a mordisquearlo como si supiera que eso me volvía loco, y dejé escapar un gemido.
_ Uhm – su voz reverberó contra mi piel-, ¿te gusta esto?
_ Me gusta cualquier cosa con tal de que la hagas tú – la cogí por los hombros y la separé un poco de mí para su mayor confusión-. Ahora me vas a tener que decir cómo de lejos quieres llevar esto, porque ponerme esta vez cachondo para dejarme a medias, no.
_ Muy directo, Northman – soltó una carcajada.
_ Es lo que hay, Stackhouse. Yo ya estoy más que preparado – mis ojos se fueron hasta mi bragueta y con mi gesto, los suyos-, ahora hace falta saber si tú también lo estás...
_ Bonita erección – bajó la mano y la cubrió con ella acariciándola-, ¿es por mí?
Su tono juguetón me sorprendió. No era la misma mujer del sábado, aquella con un par de margaritas de más que pensó "¿por qué no?, nunca más le voy a ver", ni la prometida que se veía en una situación más que difícil y tenía que luchar contra su deseo. En ese momento era una mujer que sabía lo que quería y cómo lo quería. ¡Por fin!
_ Y toda tuya – nada más oír mis palabras sus manos se ocuparon de mi cremallera y se perdieron dentro de mi pantalón acariciándome-. Y si sigues así, es fácil que no lleguemos ni al sofá...
_ ¿No? ¿Me vas a arrancar el vestido y me vas a follar aquí mismo, sobre la alfombra? - susurró contra mi boca.
_ Cállate... – dije asaltando su boca con desesperación.
Era increíble la sincronía que su lengua y su mano tenían y que me estaban llevando al límite. Intenté concentrarme en algo para no irme como un adolescente, busqué la cremallera del vestido y la bajé, me separé un poco para mirar cómo hacerlo y conseguí quitarle los tirantes y dejar que cayese al suelo. Mala idea, Northman, pensé, ante mí, en toda su gloria, Sookie resplandecía en ropa interior, voluptuosa y sensual, con su pecho generoso subiendo y bajando con agitación. Por suerte, comenzó a desabrocharme la camisa, lentamente, atrapando mi mirada en la suya, mostrándome con sus ojos todo el deseo que sentía. Y empezó a besar cada centímetro de mi pecho que quedaba al descubierto, bajando poco a poco en dirección a mi bragueta. Si la dejaba llegar estaba perdido, así que la paré y la cogí en brazos.
_ ¿La cama...?– fue lo único que pude decir.
_ La segunda puerta a la derecha, por ahí – jadeó y señaló hacia un pasillo a la derecha de la entrada-. Deprisa...
