Estos personajes han nacido de la imaginación de Charlaine Harris. Gracias por prestárnoslos para jugar con ellos.
Supongo que es ahora cuando debería anunciar que este capítulo tiene contenido sexual, ¡por fin!, debería añadir...
Ya era hora.
21.
Entre la premura por llegar a nuestro destino y su lengua en mi boca, que me tenía loca, atinar con el pomo de la puerta resultó un desafío. Allí íbamos, Rhett y Escarlata, sin escaleras pero a lo mismo. Me dejó sobre la cama con suavidad y se apartó unos instantes para mirarme. La sola intención que revelaba su mirada, hubiese sido suficiente para hacer que me corriese allí mismo sin necesidad de que me tocase. Me enfermaba lo que llegaba a desear a ese hombre y, ni siquiera saber lo que me esperaba me quitaba la angustia de pensar que, al final, me tendría que levantar de esa cama, dejar su cuerpo cálido y volver a la mediocridad. Algo debió reflejarse en mi cara porque frunció el ceño levemente.
_ ¿Qué te preocupa? ¿Has cambiado de idea...? – se encogió sólo de pensarlo.
Le miré unos segundos casi disfrutando de su ansiedad, del poder que parecía tener sobre él, mientras se mordía el labio con incertidumbre. Le cogí del pantalón y tiré de él hacia mí.
_ Tú no te me escapas hoy vivo de aquí, guapo, ni lo sueñes...
_ Ah... – soltó el aire con alivio-, gracias a Dios.
_ No te tomaba por un creyente – me senté en la cama acercándome a su boca.
_ No lo soy – abrió su boca invitándome a entrar.
Le empujé de modo que cayó sobre su espalda y me coloqué entre sus piernas para quitarle los pantalones.
_ Dame tiempo...
No sabía de donde salía ese descaro. Era verme a través de sus ojos lo que me hacía sentir adorada y sentirme poderosa, aunque no fuese real. Así que tomé el control.
_ Ahora vengo...
_ ¿Dónde..., dónde vas? – le oí preguntar confundido mientras salía.
Me paré en el salón y me giré buscando mi bolso. Cuando lo vi, lo cogí y salí pitando de vuelta a mi recién descubierto paraíso. Volví a colocarme entre sus piernas y procedí a quitarle los pantalones y los boxer, y los tiré junto a la camisa que ya yacía en el suelo. Me miraba con media sonrisa mientras apuntaba hacia mí mostrándome lo contento que estaba.
_ Termina de desnudarme, amor, no queremos estropear el efecto estético final, ¿verdad? – me extrañé y seguí la dirección de su mirada hasta sus pies. Los calcetines-. Mejor, no querría que se te bajara la líbido bajo ningún concepto...
Solté una risita y terminé de desnudarle. Ahora era todo mío. Rebusqué en mi bolso y saqué el móvil. Me miró cuestionándome pero no dijo nada, sólo levantó una ceja y sonrió.
_ Quiero probar algo – le dije-, ¿crees que serás capaz de mantener el plano...?
_ No – se rió-, pero lo puedo intentar. ¿Qué quieres que haga?
_ Quiero que grabes algo... – le dí el móvil con la cámara puesta y comencé a acariciar su pene.
_ Que quieres que... - le silencié con un beso y fui bajando por su pecho.
Levanté la vista cuando llegué a mi destino y le sonreí ronroneando con picardía.
_ Cuando quiera, señor DeMille, estoy lista para rodar...
En los siguientes minutos mi boca estuvo demasiado ocupada para hacer ningún tipo de comentario más y creo que mi actividad acabó incapacitando la suya. Me dediqué a lamer, succionar y juguetear con su polla como si fuera un helado de chocolate, umm, mi favorito. Eso, sí, ni que decir tiene que acabó apelando a Dios... Cuando más entusiasmada estaba, me cogió la cabeza y me paró. Le miré un poco confundida, sus ojos tenían una expresión salvaje que me dejó sin palabras. Me levantó hasta su boca y me besó como nunca lo había hecho hasta ese momento, dejándome sin aliento y sin fuerzas para nada que no fuese acatar sus deseos.
_ Ya habrá tiempo para eso, ahora te toca a tí – me dio la vuelta y me quitó el sujetador -. Dios, me vuelve loco tu pecho.
Se arrodilló en la cama y agradecí que en vez de arrancarme las bragas me las quitara con delicadeza, levantándome las piernas y besando el recorrido que hacían por ellas. Me sentó a horcajadas sobre su regazo. Dedicó tiempo a mi boca, a mi cuello, a mis lóbulos. Comenzó a descender dándole la atención que merecían a mis pechos. Luego me tumbó con cuidado, como si fuese algo valiosísimo, y su cabeza se perdió entre mis piernas. ¿Qué puedo decir? Dios siempre ha formado parte de mi vida y en ese momento el ángel que me había enviado me estaba mostrando el edén con sus dedos y su boca.
Una suerte que Laf no tuviera vecinos alrededor porque el grito que solté cuando me corrí hubiese hecho que llamaran pidiendo ayuda.
_ Dios... – musité cuando pude recuperar la voz.
_ Para tí, Eric, amor... - se rió por lo bajo contra mi boca.
Sonreí pero no me dio tregua, se puso sobre mí y entró sin avisar pero no por ello sin ser bienvenido. Comenzó a moverse lentamente, con unos movimientos lánguidos y pasmosamente agonizantes. Mi mente, que hacía rato que había perdido toda capacidad de raciocinio, me pedía que le apremiase pero era incapaz de verbalizar nada a esas alturas, cuanto más algo que excediera de su nombre o el de Dios. Poco a poco incrementó el ritmo y cada vez sus embestidas se hacían más rápidas y urgentes. Susurraba mi nombre, susurraba incoherencias sobre lo que haríamos cuando nos fuésemos de allí, musitaba pequeñas palabras de amor que yo bebía con ansia. Así hasta que ninguno de los dos pudimos controlarnos más y explotamos.
Cayó sobre mí dejando caer el peso sobre sus antebrazos. Me besó recuperando el aliento, me cogió por la cintura y consiguió girarnos con un movimiento hábil y rápido. Ventajas de que tu pareja fuese, como decía Laf, un hombre. Punto. En un abrir y cerrar de ojos estaba echado sobre su espalda y yo encima, descansando sobre su pecho.
El puñetero teléfono volvió a sonar. Durante la última hora no había dejado de hacerlo. Me hacía una idea bastante aproximada de quién era y eso me ponía furiosa. Dejé que sonase, a la mierda con Bill. Eric me acariciaba la espalda mientras me daba pequeños besos en la frente. No necesitábamos palabras, hablar, a veces, está sobrevalorado, él sabía, lo mismo que yo, lo que necesitaba y lo que quería, y el entendimiento al que nuestros cuerpos habían llegado era mucho mayor de lo que las palabras podían expresar. Al menos, no en ese momento. Así que nos quedamos abrazándonos en silencio hasta que el teléfono volvió a sonar.
_ ¿No lo coges? - preguntó con precaución.
_ No.
_ Va a estar llamando hasta que se lo cojas, lo sabes, ¿verdad?
_ Me da igual – me encabezoné.
_ Ya, me imagino, pero acabamos de empezar el viernes, ¿quieres que esté así todo el día? - razonó.
Me apoyé sobre mi codo y me incorporé para mirarle. Una sonrisa se curvó en mis labios.
_ ¿Qué tal la toma, señor DeMille?
_ ¿La toma...? – repitió confundido y, de repente, cayó en lo que preguntaba-. Oh, pues en su mayor parte, creo que válida, aunque hubo un momento que se me cayó de las manos – se rió-. ¿La vemos...?
Busqué el móvil entre el revoltijo de sábanas y miré con desagrado las diez llamadas perdidas de Bill. Puse el vídeo y estuvimos viendo nuestra actuación. Bueno, nombre de actriz porno ya tenía y cualidades no me faltaban, si las cosas no me fueran bien en el negocio, ya sabía a qué podía dedicarme, eso sí, siempre y cuando mi pareja fuese él, mi dios nórdico.
_ Guau... - murmuré viendo las imágenes.
_ Ya te digo, está despertando algo en mí – levantó una ceja llevando mi mano libre hasta su nueva erección.
_ ¿Ya?
_ ¿Qué quieres que te diga? Me pones – se rió.
_ Ya veo, sí – ronroneé contra su boca mientras Bill volvía a llamar- ¿Sabes que te digo? - dije enfadada y él negó con la cabeza-, que se acabó.
_ ¿Vas a contestar?
_ Voy a hacer algo mejor.
Busqué el vídeo y el número y le dí a enviar. Una felación. Perfecto.
_ ¿Se la has mandado...? – me miró con los ojos como platos y una sonrisa llena de esperanza.
Inmediatamente me sentí culpable, la mirada de Eric escondía tanta ilusión que el hecho de que, pese a todo lo que acababa de ocurrir, de todo lo que me hacía sentir, no fuese a cambiar nada me hacía sentir mala y mezquina. Como si le hubiese utilizado para mi satisfacción en lugar de darle el lugar que le correspondía junto a mí. Me levanté con intención de ir al baño, salí de la habitación escuchando como decía mi nombre con tono temeroso. Al cabo de unos segundos salió tras de mí.
_ ¿Sookie...? - me cogió por los hombros-. Por favor, háblame.
_ ¿Para qué Eric? Ni siquiera yo quiero oír lo que tengo que decir.
_ No, no, no... - negó débilmente- No me digas que esto ha sido sólo un polvo, los dos sabemos que no ha sido así, que no lo fue el primero y que, ni mucho menos, lo ha sido esta vez.
_ Eric... - me aprisionó contra la puerta.
_ No, Sookie, no ignores lo que tenemos.
_ ¿Qué tenemos, Eric? ¿Sexo?
_ ¿Esto es sólo sexo? - sus labios se acercaron a mi boca y la esquivaron en beneficio de mi cuello.
_ ¿No lo es...? - jadeé intentando mantener cierto control.
_ Es mucho más, lo sabes – me cogió y mis piernas se ajustaron a sus caderas, como si fuese su sitio.
_ No, no lo sé – me negué a admitirlo mientras mis caderas empezaban a tener vida propia.
_ Entonces, ¿por qué lo haces? - me susurró en el oído y yo me resistí a responder-. Contesta – murmuró deslizando su boca por mi cuello mientras entraba en mí otra vez.
_ Porque... - empezó a embestir y esta vez ninguno de los dos íbamos a durar mucho.
_ ¿Si, Sookie? - su boca estaba a punto de alcanzar la mía y se detuvo.
_ Yo..., Dios, Eric..., por favor...
_ Contesta, Sookie – ordenó con un gemido.
_ Porque te quiero – levantó los ojos asombrado, joder, yo estaba asombrada con mi confesión-, porque mañana me caso y quiero que lo sepas...
Embistió contra mí una y otra vez, con fuerza, con rabia hasta que terminó y dejó caer su peso contra mi cuerpo recuperando el aliento entre jadeos. Aún me tenía en brazos, sujeta contra la puerta, besándome con abandono, se escondió en mi cuello y rogó con un susurro casi inaudible.
_ Quédate conmigo, por favor, no te cases...
Espero que os haya gustado, estos capítulos no son fáciles de escribir. Divertidos, sí, pero complicados, también.
Se agradecen los comentarios, mucho, de verdad.
