Título: El llanto de España

Personajes/Parejas: España y Romano (obviamente), otros personajes sólo mencionados

Advertencias: Ninguna


Hambre. Romano tenía hambre, muchísima hambre. Dado que sabía de sobra que nadie le daría de comer en aquella maldita casa, no tuvo más remedio que ir él mismo a la cocina en busca de cualquier cosa que lograse saciar su apetito. Justo cuando se disponía a entrar, notó un sonido bastante extraño procedente del interior. ¿Qué podría ser?

Parecía que alguien estaba llorando.

El pequeño permaneció concentrado, pensando en quién podría estar dentro de la cocina sollozando de tal manera. Entreabrió la puerta y asomó su cabecita, observando la figura temblorosa de España. De vez en cuando se secaba la cara con las mangas de su camisa y continuaba con su llanto. A Romano se le heló el corazón. No se podía creer que España, aquel que siempre sonreía sin importar lo que sucediera, considerado por muchos la alegría personificada, estaba llorando solo en la cocina. El niño no podía asimilarlo, pero tampoco quería. Prefería pensar que el español idiota estaba llorando de la risa o algo así.

Pero la realidad era distinta y cruel. Italia del sur se adentró en la cocina, con un nudo apretándole el pecho y agarrotando todo su ser. No soportaba ver a España llorando, por muy tonto e inútil que fuese el chico aquel de sonrisa ahora apagada. Sintió cómo la melancolía se apoderaba de su pequeño cuerpo nada más ver un torrente de lágrimas recorriendo el rostro del mayor. Sus ojos estaban rojos como tomates y zollipaba a cada momento. Romano quería decirle algo, tranquilizarlo y lograr que aquel imbécil volviese a ser el de siempre. ¿Pero qué podría hacer él? Ni siquiera sabía el porqué de aquel llanto incesante. Quizás era que España en realidad no siempre era todo sonrisas. Quizás estaba triste y dolido por el abandono de Holanda. Quizás le atormentaba pensar que podría suceder lo mismo con Bélgica… O con el mismísimo Romano. Quizás sufría al ver cómo su poder de imperio no le traía más que sangre y lágrimas. Quizás, sólo quizás, España era un joven como otro cualquiera, con sentimientos. Él también necesitaba abrazos, caricias y que alguien querido le dijese que todo iba a estar bien.

No supo en qué punto empezó a llorar él también en el más infernal de los silencios. Romano era un niño caprichoso y egoísta y siempre esperaba que España fuera el jefe fuerte, valiente y jovial que lo protegiese. Nunca se llegó a imaginar que el español podría ser frágil. Y qué frágil… Seguramente la vida del muchacho de mirada verde sería mucho más sencilla si Romano se portase bien, hiciese las tareas del hogar y fuese la mitad de adorable que su hermano. Nunca quiso darse cuenta de los problemas que le acarreaba al español y lo poco que hacía por él.

De pronto, la vista del italiano vio que las manos de España sujetaban ni más ni menos que un cuchillo. ¿Qué estaba haciendo aquel inconsciente? ¡¿Y si planeaba quitarse la vida? El pequeño se quedó paralizado, en vilo y sin saber qué hacer. El idiota no se podía morir así. ¡Su idiota no se podía morir así!

— ¡Detente, España! — Gritó, corriendo hacia el español y aferrándose a su pierna — ¡N-no voy a consentir que hagas una locura! ¿Q-qué haría y-yo sin ti? ¡Tonto!

Los ojos llorosos de España se clavaron en el chiquillo que zollipaba sin interrupción. El mayor se secó las lágrimas para poder ver mejor a su italiano y dejó el cuchillo y otro en la mesa para tener las manos libres y alzarlas para demostrar que no iba a hacer nada extraño. No sabía qué estaba sucediendo, pero Romano estaba desconsolado y diciendo cosas muy raras.

— ¿Qué te pasa, Roma? — Preguntó preocupado, aún con las manos en alto — No entiendo lo que dices.

— ¡Que no te mates, imbécil! — Seguía agarrando los pantalones del español como si fuera su última esperanza — ¡No consentiré que te mueras!

España miró el cuchillo que acababa de tener en las manos segundos atrás. Volvió a mirar a su secuaz. Relacionó ambos conceptos y logró llegar a una deducción más o menos acertada.

— ¡Roma, tonto! — Se agachó y secó las lágrimas del pequeño, al igual que las pocas que seguían brotando de sus propios ojos — ¿Cómo me iba a matar? Nunca te dejaría solo.

— ¿E-en serio? — Se sorbió los mocos.

—En serio — Sonrió.

Romano sintió que su corazón empezaba a latir con normalidad. La sonrisa de España— la alentadora y dulce sonrisa de España — había regresado. Le dirigió al mayor una mirada aliviada y éste, enternecido por la preocupación de su pequeño, lo abrazó con ternura.

— ¡Pero qué mono eres! — Se rió, con un ligero rubor adornando sus mejillas.

— Dime al menos por qué llorabas… — Murmuró, intentando ignorar el comentario absurdo de su guardián.

— Estaba pelando una cebolla — Explicó como si fuera la cosa más normal del mundo.

— ¿Qué? — Una mueca de estupefacción no tardó en aparecer — ¿Una cebolla?

— Sí, una cebolla.

Si la ira pudiera hacer estallar el cuerpo de una persona, Romano ya habría explotado y destruido todo lo que le rodeaba. ¡España no estaba triste, sino pelando una cebolla! Furioso, le propinó un gran cabezazo al español — ¡ahora sí que lloraría por un motivo decente! — y se marchó de la cocina, echando humo. Ahora ya no tenía hambre. El maldito español se la había quitado.

Llegó a su habitación y, tras dar un portazo, se echó en plancha en su cama. ¡Maldito español, siempre haciéndole rabiar! Aunque se sintió feliz al saber que España no estaba triste. Por muy tonto que fuera aquel hombre, deseaba verle sonreír como siempre.

— Encima que me preocupo por él… Español idiota… — Murmuró fingiendo enfado, a pesar de que realmente estaba esbozando una discreta sonrisa.


¿Dónde diantres estaba aquel maldito español? Romano estaba harto de buscarlo por todas las habitaciones de su apartamento y no encontrarlo. ¡Ni que aquel piso fuera infinito! Justo después de comprobar que España no estaba en el cuarto de baño, se fue a la cocina. Allí estaba él, pelando una cebolla y con unos lagrimones rodándole por las mejillas. Romano suspiró y se acercó a él.

— Conque aquí estabas — Dijo el italiano, cruzándose de brazos.

—Estoy preparando gazpacho — Respondió entre sollozos, aunque intentaba sonreír. La imagen era ciertamente patética. — ¿Luego querrás tomar un poco?

—Deja la cebolla esa y vámonos ya — Se apresuró a decir —. ¿Te recuerdo que la película empieza a las cinco y media? Ya son las cinco y a este paso no nos dará tiempo a comprar las palomitas.

España se secó las lágrimas y miró el reloj. ¡Pues sí que pasaba rápido el tiempo! De pronto sintió la mirada incómoda de Romano sobre él. El italiano parecía molesto, pero no por el hecho de que fueran a llegar tarde al cine.

— ¿Te pasa algo, Romano?

— Sécate las lágrimas… — Le pasó la bayeta —Así estás más feo que de costumbre.

— ¿Cómo pretendes que me seque con una bayeta?

— ¿Secándote, quizá? No es que te merezcas algo más suave para lavarte la cara.

— Roma, cuando eras pequeño siempre te preocupabas tanto por mí cuando me veías llorando… Qué mono eras — Protestó con amargura —. Ahora eres un borde.

El italiano pudo comprobar que España estaba aprovechándose de sus lagrimillas para ponerse melodramático y dar pena. Romano ya estaba tan acostumbrado a estos brotes de idiotez por parte de su nov… amigo que ya ni se inmutaba. No le parecía ni gracioso ni patético, simplemente lo consideraba normal.

— ¿Me vas a estar recordando eso toda la vida?

— Seguramente — Contestó con una gran sonrisa y limpiándose los lagrimones —. No lo puedo evitar.

El otro joven le lanzó una mirada desaprobadora. Ya estaba harto de que España siempre estuviese estancado en el pasado y recordándole lo "mono" y "adorable" que había sido en otro momento. ¿Ahora era feo o qué? Aunque lo que más le molestaba — y no reconocería — es que el rostro del español siguiera manchado por aquellas lágrimas tan horrendas. Impaciente, Romano las limpió con su dedo pulgar, evitando centrarse en la mirada perpleja de su parej… antiguo cuidador. A pesar de que el italiano no era famoso mundialmente por su cuidado, había ocasiones en las que podía actuar con fragilidad y esos momentos sólo estaban al alcance de España.

— Estúpidas cebollas — Masculló Italia del sur, dando por terminada la sesión de limpieza facial.

No recibió ni un mísero «gracias» por parte del otro, sino un simple beso en la mejilla. Romano, como de costumbre, bufó. Siempre pasaba lo mismo cuando el autoproclamado país de la pasión pelaba cebollas. No obstante, a España le encantaba pelarlas ya que siempre obtenía algo parecido al cariño por parte de su italiano. ¡Lo que tenía que hacer por conseguir un poco de mimitos!


Notas: Como España es más simple que el mecanismo de un chupete, le parece romántico y "cuqui" que alguien le limpie las lágrimas con el pulgar :D Vale, no xD Es un final malo, pero no se me ocurría nada y pensar no es lo mío~

En fin, en esta historia lo que se pretende demostrar (?) es que no importan los años que pasen, que a Romano siempre le molestará ver el rostro sollozante de España~

Y ahora a los reviews~

Moonplata: ¿A las siete de la mañana en verano? D: Pues yo ya prefiero no decirte lo que habría hecho yo xD Aunque pobre primo tuyo xD ¡Muchas gracias por el review!

TheFannishaUsui: Yo creo que Roma te prefiere a ti antes que al coco, ¿eh? xD ¡Oh, me sigues! *A* ¡Muchas gracias por el review!

GoreHetare: Me encanta la expresión "hermosa jaqueca andante" xD ¡Si es que Romanito es tan lindo y tierno~! Holanda es la típica persona que debería mantenerse alejada de los niños ò.ó ¿Has traumatizado a un niño pequeño? xD No te preocupes, yo te comprendo: he tramatizado a un perro (¡y aún me siento culpable! ;A;) ¡Muchas gracias por el review!