Estos personajes han nacido de la imaginación de Charlaine Harris. Gracias por prestárnoslos para jugar con ellos.
23.
No nos íbamos tarde, apenas si eran las doce, porque Laf insistía en que necesitaba sus horas de sueño, que su belleza, si bien natural, necesitaba de ayuda, que ya tenía una edad. Me abracé a Eric, me resistía a dejarle. Había sido, con diferencia, el mejor día de mi vida. Y ahora tocaba empezar el más triste. Me aferré a él y le besé, varias veces, enganchando un beso con otro para no dejarle ir. Él se reía contra mi boca animándome a seguir mientras sus manos se agarraban a mí. A esas alturas de la noche, sus manos ya eran una prolongación de mi culo, y yo estaba más que encantada. En una esquina, Laf, Tara, Alcide y Pam se reían y nos animaban a seguir en un hotel, que la noche era joven. Perfecto, lo que necesitaba, que me tentaran. Me moría de ganas por tenerle otra vez entre mis piernas, la parte de su cuerpo que él creyese conveniente, que no me iba a poner delicada. Laf tenía razón, era un putón verbenero.
_ Vaya – oí a mi espalda y me quedé helada-. La parejita feliz...
_ Joder... – dijo alguien a nuestro lado, creo que fue Lafayette.
_ Bill... – saludó Eric educadamente sin poder quitarse la sonrisa de la cara.
_ Ya veo que tú y la puta de mi novia hacéis muy buenas migas – Eric se puso tenso y lo tuve que parar antes de que se fuera para él-, qué gran pareja, sí señor.
_¿Qué quieres, Bill? - pregunté con hastío-. Me obligas a casarme contigo, no tengo porqué quererte...
_ ¿Y a él le quieres? – me sonrió con condescendencia-. ¿Te has preguntado qué es lo que realmente sabes de él?
_ Bill, no sé...
_ No, en serio – me interrumpió-, ¿has pensado qué es lo que sabes de él? Quiero decir, aparte de lo que él quiere que sepas.
_ Ya está bien, Compton – intervino Alcide-. Déjalo ya.
_ ¿Por qué? ¿Qué interés tienes tú en que no siga, Alcide? - le dedicó una mirada divertida.
_ Está borracho, no le hagas caso. Bueno, no deberías hacerle caso nunca, sobrio tampoco, pero tiene que haber gente para todo – sonrió Pam intentando sacarme de ahí.
_ No entiendo, ¿qué pasa? - Tara se acercó hasta mí.
_ He estado con Jason y con alguien más..., bueno, no viene al caso ahora, de despedida de soltero. Nos hemos divertido, para qué negarlo, hemos acabado en un club que se llama Hooligans.
_ ¿El club de Claude? - me extrañé.
_ ¿Ves? Eres una puta – Bill apretó la mandíbula con desprecio-, ¿de qué conoces tú a ese tío?
_ Es su primo, gilipollas – le espetó Tara-. ¿Siete años juntos y no sabes nada de ella?
_ Es igual, me importa una mierda – dijo arrastrando un poco las palabras, sí, borracho.
_ Estás bebido, Bill, deja que te llevemos a casa – intenté ser conciliadora pero él se rió.
_ Pero si estamos teniendo una conversación muy interesante.
_ ¿Estás seguro? - preguntó Pam.
_ Cállate, tú no eres nadie – dijo empujando ligeramente a Pam.
Eso fue todo lo que Eric y Alcide necesitaron, se fueron para él con intenciones de arrancarle el brazo y golperle con él en la cabeza.
_ Mira, los amiguitos... - eso, sorprendentemente, pareció detenerles.
_ Déjalo, Bill – esta vez fue Lafayette el que intervino-. No pierdas la poca dignidad que te queda.
_ Yo, al menos, la quiero...
_ Tú me estás obligando a casarme contigo – le reproché-, ¿eso es amor?
_ Porqué no preguntas a tu precioso Eric – hizo una mueca desagradable al decir su nombre-, venga, pregúntale, pídele que te cuente la verdad.
_ ¿De qué coño hablas? - me giré a mirar a Eric que se había quedado paralizado- ¿De qué habla...?
_ Venga, sí, guapito, díselo. Cuéntale qué hacías en Nueva Orleans...
_ Sookie – me cogió por el brazo e intentó sacarme de allí-, por favor...
_ ¿De qué habla, Eric...? - cada vez estaba más confundida y más atemorizada por lo que fuese que iba a escuchar.
_ Oh, de verdad, ¿tu amorcito te ha mentido? - chasqueó la lengua mientras negaba con la cabeza-. Muy mal, Eric, muy mal – soltó una carcajada.
_ ¿Qué pasa? - volví a preguntarle y le vi intercambiar una mirada con Alcide.
_ Vamos, vikingo – escupió con desdén mientras casi se caía sobre Alcide-, ten huevos y cuéntale.
_ Compton, eres despreciable – Al le empujó un poco apartándolo de él.
_ Sí, claro – se rió y me miró-. Ay, cariño, qué mal escoges a tus hombres...
_ Si tienes algo que decirme, hazlo ya, no tengo toda la noche – intenté ser altanera y hacerle ver que no me doblegaría, menuda ingenuidad por mi parte.
_ Anoche, después de que mandaras tu vídeo pasaron muchas cosas, entre ellas que Jason apareció y me había preparado una fiesta – levantó las cejas-. Sí, la boca que no puedes mantener cerrada cerca de la polla de este cabrón, la mantuviste cerrada con tu hermano y no le contaste nuestro pequeño secreto – soltó una carcajada como si hubiese sido una gracia lo que había dicho-. Hooligans es un gran club, sí..., pero no quiero hablar de eso. Tu hermano y el vodka no hacen buenas migas, no. Menuda borrachera pilló el tío – volvió a reírse-, y me contó algo muy divertido – sus ojillos mezquinos se fueron hacia Eric – Vamos, guapo – le tiró un beso con asco-, comparte con mi prometida lo que ocultas.
_ Eric, por favor – le supliqué aunque a esas alturas ya estaba segura de que lo que me tuviese que decir me rompería el corazón.
_ Sookie, no es como él piensa. No es malo...
_ ¡Por favor, me estás asustando! Dime ya lo que sea.
_ Por favor, ven conmigo. Nos sentamos en algún sitio y te lo cuento tranquilamente – me tomó por la mano e intentó que le siguiera. Me resistí.
_ No, aquí y ahora, Eric...
_ Yo...
_ ¿Te ayudo? - sonrió con malicia- Dile qué hacías en Nueva Orleans, dile quién te mandó y para qué...
_ Cállate, Compton – rugió Eric-. Por favor, te lo contaré todo, pero cuando estemos sólos.
_ Oh, vamos, dile que tu amiguito Alcide te mandó a buscarla a Nueva Orleans, que te pidió que la liaras para que no se casara conmigo, dile que te acostaste con ella porque te lo pidieron...
Ya no dijo más, Eric le dio un puñetazo a Bill que se reía como un loco borracho sin poder parar. Fue lo último de lo que fui consciente, no es que perdiera el conocimiento ni nada de eso, me quedé quieta, mirando a Eric mientras mi corazón se rompía en mil pedacitos. Mi cabeza reproducía sus palabras una y otra vez, se había acostado conmigo porque Alcide se lo había pedido. La fantasía del jardín, sus palabras hermosas y tiernas, las que hasta me habían hecho llorar por el sentimiento que parecían esconder, sólo eran eso, palabras. Me quería morir, me había enamorado de él y todo había sido mentira.
_ Sookie – oí decir a Eric-, por favor, no es así. Alcide nunca me pidió eso, pero aunque lo hubiese hecho, no cambiaría lo que siento por tí, te quiero – intentó tocarme y me revolví-. Amor, por favor, tienes que escucharme...
_ No me toques – le dije entre dientes-. No vuelvas a acercarte a mí, lo digo en serio. No sé cómo he podido creerte...
Me tenía que ir de allí, no podía permanecer ni un minuto más con él. Miré a Tara y a Laf que comprendieron en seguida lo que pasaba por mi cabeza. Se pusieron a ambos lados y me sacaron de allí. Me volví para verle por última vez y vi como Bill le dedicaba una sonrisa de triunfo. Pam se fue para él y le propinó un rodillazo en la entrepierna que lo dejó tirado en el suelo y se fue para consolar a Eric que estaba de rodillas en el suelo con los ojos llorosos fijos en mí.
Me cuesta decir cómo fue que acabé en mi cama, las lágrimas nublaron mi vista todo el trayecto de vuelta a casa, sólo sé que Laf y Tara acabaron en mi cama, abrazados a mí, y yo con un antifaz de gel frío en los ojos, para bajar la hinchazón.
Abrí los ojos y suspiré. Sábado, era sábado. El aire llegaba con dificultad a mis pulmones, ya había llegado con dificultad a mi cerebro la noche anterior. Se me hizo un nudo en la garganta sólo de recordarlo. Alguien llamó a mi puerta y estuve tentada a darme media vuelta, taparme la cabeza y dejarme morir en mi cama para no tener que hablar con nadie ni tener que levantarme hasta el lunes, por lo menos. ¿Si fingía que estaba enferma podría quedarme ahí, calentita y ajena a lo que pasaba fuera? ¿Podía ignorar el hecho de que el cabrón de mi futuro marido me estuviera extorsionando?, ¿podía fingir que el hombre al que quería no me había mentido y me había destrozado el corazón?. No, tenía que levantarme y hacer frente a lo que me esperaba. Me había metido yo sola en esa trampa y ahora tocaba lidiar con ella.
_ Sookie, cariño, ¿estás despierta? - dijo mi abuela desde el pasillo.
_ Sí, abuela, pasa – no me quedó más remedio que decir.
La puerta se abrió y entró llevando una bandeja con mi desayuno. La puso sobre la cama.
_ Buenos días, Sook – me saludó con un beso y una sonrisa.
_ Buenos días, abuela – miré el contenido de la bandeja y estómago lo aprobó con un rugido.
_ Tara y Laf se han ido hace un rato – me miró y bajó el tono para hacerme una confidencia-. Creo que Tara ha dormido con Jason – soltó una risita- ¡Por fin! Mira que le ha costado a esa chica estar con tu hermano – sonreí, mi pobre abuela.
_ A ver en qué queda eso, abuela – respondí con tono apagado-, vamos a esperar un poco, que ya conocemos a Jason...
_ ¿Y a tí que te pasa?
_ Nada – murmuré.
_ ¿Tiene que ver con cierto rubio?
_ No quiero hablar de eso, abuela, por favor – dije al borde de las lágrimas.
La abuela se sentó en la cama y cogió una taza y me la tendió. Cogió la suya y me miró por encima del café humeante.
_ Hoy es el gran día, ¿no? - no pude evitar estremecerme al notar el tono levemente irónico de su voz.
_ Si.
Fue lo único que pude decir, no era como si no fuese verdad, claro, pero no me salió nada más y mucho menos, algo que expresase entusiasmo ante lo que me esperaba de ese día en adelante. La abuela sonrió y me tendió una tostada. La mordisqueé mientras pasaba el tenedor por los huevos revueltos, con menos apetito del que, en realidad, tenía, por momentos estaba empezando a temerme lo peor.
_ Vamos, come, no juegues con la comida. El desayuno es la comida más importante y tu día va a ser movido – soltó una risita como si supiera algo que yo, no.
_ Supongo...
_ ¿Por qué esa apatía, Sookie? - esa era mi abuela, directa a la yugular.
_ No es apatía, es que estoy cansada – mentí.
_ ¿Pero qué hiciste ayer con tus amigos, hija? - me atraganté y ella sonrió y no supe descifrar esa sonrisa.
_ Pues..., ya sabes...
_ Divertirte – me apuntó con una sonrisa.
_ Si, divertirme, también... – en conciencia, era absolutamente cierto. Mi abuela soltó una risita- ¿De... de qué te ríes?
_ De nada, cariño, me gustan tus amigos... - mordió su tostada y me miró sonriendo-. Especialmente, Eric – me atraganté con la tostada y me bebí el café de un trago para pasarla mientras mi abuela sonreía-. Sí, ya sé que a tí también...
No supe qué decir a eso. Intenté cambiar de conversación, quitarle importancia a lo que acababa de decir mi abuela, y pretender que, pese a todo lo que había pasado la noche anterior, eso no era cierto. El resto del desayuno se nos fue en una charla insignificante pero yo no podía evitar tener la impresión de que sólo era la calma antes de la tormenta. Cuando terminamos, la abuela cogió la bandeja y la dejó sobre el tocador, volvió a mi lado y esta vez se quitó las zapatillas y se acomodó junto a mí. Apoyé la cabeza en su hombro, como cuando era niña. Las lágrimas volvieron a fluir, como cuando nos vinimos a vivir con ella y lloraba por haber dejado toda mi vida detrás y, como entonces, su voz dulce me decía que todo se podía arreglar, que sólo tenía que saber lo que quería e intentar conseguirlo. Así de fácil. A cuatro horas de encontrarme con Bill en el altar, a cuatro horas de eliminar de mi vida, que nunca de mi corazón ni de mi cabeza, al único hombre que quería a mi lado. Estaba tan absorta en mi tristeza por todo lo que dejaría atrás que casi no me dí cuenta de que hablaba, lo hacía con un tono muy bajo y una voz extrañamente débil y llena de añoranza.
_ Se me hace difícil después de todos estos años pensar en él, todavía duele y no sé qué duele más, si haberle perdido o haber sido cobarde. Ya sabes que vivía en Shreveport, trabajaba en una perfumería y solíamos ir a comer a una cafetería que estaba junto a una obra, por lo que también iba una cuadrilla de hombres que trabajaban en la carretera. Te pareces mucho a mí, mucho más de lo que sospecharías – dijo para mi sorpresa-. Yo también era una mujer guapa y voluptuosa, como las que se llevaban entonces. Un día, aquellos hombres se propasaron conmigo y apareció él – pensé que hablaba del abuelo y entonces, siguió hablando-. Conocí a Fintan un mes antes de mi boda con Earl. Era el hombre más bello que había visto nunca, tan rubio, tan alto y con el acento más sexy que había oído nunca. Era galés y estaba temporalmente trabajando en la refinería. Salió en mi defensa y me acompañó hasta la mesa que mis compañeras y yo solíamos ocupar. Nunca había sentido un vacío en el estómago tan grande como cuando se despidió de nosotras, la mera idea de no volver a verle no me dejaba respirar. Pero tuve suerte, al día siguiente estaba ahí, esperándome, para defenderme de esos gañanes, dijo con una sonrisa como nunca había visto...
_ ¿Y qué pasó? - apenas si me atrevía a preguntar.
_ Nos veíamos todos los días, robando minutos al trabajo, al sueño, a tu abuelo... A escondidas, en la trastienda de la perfumería, en restaurantes y cafeterías apartadas, en su apartamento... Cualquier lugar era bueno para dar rienda suelta a lo que sentíamos el uno por el otro – confesó con un hilo de voz-. Era brillante, divertido, encantador e increíblemente guapo, lo tenía todo, todo menos a mí. No pude hacerlo, Earl era un buen hombre, habíamos sido novios desde el colegio, había luchado tanto por tener algo que ofrecerme, para que pudiésemos tener un hogar – dijo señalando alrededor-, me ofrecía una estabilidad y una seguridad que Fintan nunca me brindaría, sobre todo porque yo sólo era una dependienta guapa y él un ingeniero, porque él era arrollador y hermoso y siempre que no estaba donde pudiese verlo, me moría de celos. Él lo intentó, hizo todo lo que pudo para que no me casara, me suplicó, me lloró, incluso, me amenazó con contárselo a Earl. Pero yo tenía miedo, pánico a dejarlo todo y que lo nuestro no funcionara. Ya ves, tu abuela, Adele Karenina – intentó reírse mientras se llevaba una mano al pecho.
_ ¿Abuela...? - murmuré mirando su mano.
Abrió la mano y me lo mostró lo que escondía, una vieja foto ajada por el tiempo y la contemplación, con el rostro sonriente de un hombre muy guapo. Lo entendí todo, reconocí sus rasgos. Eran los de mi padre.
_ Volvió cuando tu padre tenía tres años, evidentemente, en cuanto lo vio, lo supo, y esa vez si que estaba dispuesta a irme, pero ya era demasiado tarde, a los pocos días me enteré que estaba embarazada de nuevo, de Linda.
_ ¿Y no volviste a saber de él?
_ No volví a verle pero no podía apartarle de Colbert, durante años nos escribimos para que pudiese seguir la vida de su hijo desde la distancia, hasta que poco después de que nacieras dejé de tener noticias suyas.
_ Lo siento, abuela – lloré amargamente por todo lo que ella había perdido, por todo lo que yo había perdido.
_ No llores, hija – me cogió la cabeza entre sus manos obligándome a mirarla-. Ya sé que nadie escarmienta en cabeza ajena, pero no cometas el mismo error que yo. La seguridad no lo es todo... Yo tuve miedo a lo que pudiesen decir de mí, ojalá no hubiese sido tan estúpida y no hubiese dejado de lado al hombre que quería. La vida es algo que no puedes dejar que pase de largo, yo lo hice. No me malinterpretes, a diferencia de Bill, que te voy a confesar que nunca me ha gustado, Earl me hizo la vida agradable y con algo parecido a la felicidad a ratos, aquellos en los que conseguía olvidar que Fintan era el hombre que yo quería a mi lado... Si Eric es lo que quieres, vete con él. No mires atrás, los que te queremos lo vamos a entender y los demás..., a los demás que les den morcilla.
