Hola, que tal, chicas —sí, dije "chicas"... si ofendo a "algun macho" por ahí, ¡Gomen, gomen, gomen! Pero, ¿como he yo de saber de ustedes si no hay testimonio suyo? No soy adivina—. Estoy muy contenta porque finalmente he tenido la inspiración para empezar a escribir de nuevo. Lamentablemente esta historia está llegando a su fin... ¡Pero ya tengo ideas y bosquejos para una nueva... bueno, en realidad dos: una más de Twilight y un Crossover Harry Potter+Twilight! ¡Estoy tan, tan... tan, tan... tan... tan... tan, tan... tan... tan... tan, tan... tan... tan... tan, tan... —¿"Misión Imposible"? ¬¬...— taaaaan, emocionada... que deliro!
Mi abuelita paterna —¡que Dios la tenga en su santa gloria!—, solía decir: "Un saco vació no se puede parar, y un saco lleno no se puede doblar".
Se preguntarán: ¿Y eso qué tiene que ver con el capítulo?... Pues absolutamente nada. Solo es para que se den una idea del descomunal esfuerzo que hago en estos momentos para publicar este capítulo justo despues de cenar... ¡Soy un saco lleno! ¡Buaaaaa! ¡Me duele la pancita!
¡Oh, casi olvido lo más importante!
ADVERTENCIA: El presente capitulo es clasificación XXX —y no porque mencione a Vin Diesel o Ice Cube, ¿eh?— significa que su contenido NO es apto par menores.
"Soprano"
By Ninie
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Capítulo 31: Despedida.
Después de una extenuante sesión de karaoke con Alice, caí completamente rendida.
Embry fue uno de los valientes que se atrevieron a tomar el micrófono. Sus compañeros de inmediato se cubrieron los oídos, mientras uno de ellos —creo que su nombre era Jared— no dejaba de gritarle que mejor entrara en fase.
—¿Y eso a qué viene? —pregunté a la novia de éste por lo bajini (o la que supuse era su novia, ya que estaban tomados de la mano).
—Así ha de ser más afinado —comentó insegura… o tal vez sorprendida porque no me vio acercarme.
—¡Oh! Puede que —dije dubitativa, y sonrió—. Por cierto. Soy Mina —me presenté.
—Kim —respondió estrechando mi mano.
—¡Mucho gusto, Kim!
Recuerdo vagamente que Sam se acercó para presentarse debidamente en su forma humana, y al mismo tiempo conocí a su prometida Emily. También tuve oportunidad de conocer a la hermana mayor de Jacob, Rachel, y la niñita que tanto cuidaba Quil respondía al nombre de Claire y era sobrina de Emily.
En general me había abstraído contemplando la basta variedad de concurrentes: cinco humanas —incluyendo a la niñita—, diez licántropos, doce vampiros y yo: una semivampira… ¡era como el casting de una película de horror! Aun así lo que no puedo sacar de mi cabeza es el momento en que sorprendí a Felix devorando una hamburguesa… e incluso chuparse los dedos. ¡Nunca dejarían de sorprenderme sus rarezas!
Cuando el sol empezó a declinar, los muchachos de La Push tuvieron que retirarse, y con ellos las chicas humanas —incluida Bella—, pero quedaron de volver al día siguiente para despedirnos antes de partir al aeropuerto.
Pensé que la partida de nuestros amigos significaría el fin de la celebración… ¡no podía estar más equivocada!
En momentos como ese deseaba ser totalmente vampira, así podría seguirles el paso. Por desgracia no lo era, y por eso no me era posible mantenerme tan fresca como ellos. Al final de cuentas terminé de mosca, entre Carlisle y Esme, recostada en el regazo de la vampira mientras escuchábamos cantar a los gemelos. Ese momento, para mí fue como escuchar la canción de Jigglypuff.
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Cuando recobré la conciencia ya no estaba más en el claro, ni en los maternales brazos de Esme.
Permanecí recostada en la comodidad del colchón —exageradamente grande para mí sola—. No abrí los ojos, un solo respiro bastó para orientarme sobre dónde me encontraba… y quién estaba ahí conmigo.
—¿Acabó la "fiesta"? —pregunté sin moverme un ápice.
—En realidad… todos siguen allá —me respondió con su aterciopelada voz.
Suspiré hondo y me decidí a salir de la cama.
—¿Cómo te sientes? —estuvo sentado a mi lado en un parpadeo. Su mirada era preocupada.
—Mejor. ¡Ya recuperé mis fuerzas al cien! —traté de sonar animada, pero fracasé—. ¿Qué hago aquí? —pregunté rápidamente como distracción.
—Heidi me pidió que te cuidara.
Rodé los ojos. ¡A veces mi hermana es demasiado exagerada! Además… ¿por qué tenía que pedírselo a él?
—Te lo agradezco, ya estoy mejor —me puse en pie y empecé a estirarme, estaba completamente agarrotada—. Deberías volver con los demás.
El colchón rechinó de la velocidad con la que se levantó.
—¿Y tú a dónde vas?
—A hacer mis maletas —respondí con obviedad caminando hacia la puerta.
—Heidi las hizo el viernes.
—¿Ah, sí?...
—¡Quédate un poco más!
Mi mano estaba sobre el picaporte, a punto de girarlo me detuve al percatarme de esa nota de ansiedad en su voz. Algo no iba del todo bien con Edward, y no me sentía a gusto de dejarlo así.
Regresé y me senté en su sofá favorito.
—¿Qué ocurre?
Cabeceó un poco. Se tomó su tiempo para responder mientras se sentaba a mi izquierda dejando caer la cabeza en el respaldo.
—Terminó —suspiró cansadamente.
—Sí —lo imité y me sorprendí al ver hacia arriba.
Ahí, en el techo, sobre nuestras cabezas, estaba el dibujo que hice la mañana que ingresé al instituto, firmado por mí. Ignoro como diantres hizo para fijarlo ahí y en esa posición con todo y marco —¡tal vez con "cola-loca"!—.
—Tu sentido de la decoración es realmente original —comenté cuando pude hablar.
Sólo se encogió de hombros.
—¡Perdón, Mina!
—Está bien —dije todavía admirando mi obra—. En mi recámara tengo un poster de Orlando Bloom pegado en…
—No —interrumpió—. ¡Perdón por no haberlo pensado antes! Jane tiene razón, era de suponerse lo que Victoria quería. ¡Debí darme cuenta por la forma en que se esforzaba por centrar su atención en Bella, era para no pensar en ti! ¡Fui un idiota…!
—¡Oush! ¡Ya cállate! —de un movimiento me puse de rodillas en el sofá con mi palma cubriendo su boca—. ¡No es tu deber saberlo todo ¿OK?, no eres omnisciente, nadie lo es (Aunque sin duda al tío Aro le encantaría)!... A todos nos tomó con la guardia baja. Y en tal caso cualquier peligro al que estuviera expuesta, fue por mi propia elección… ¡Además, ya nada de eso importa! ¡Porque… se acabó! —mis ojos fueron atraídos por la marca en su cuello, la perfecta y casi imperceptible media luna de los dientes de Victoria—… Acabó.
Antes de que me diera cuenta mi mano estaba sobre su cuello palpando la marca con las yemas de los dedos.
Me pregunté como habría sido todo de saber el plan de Victoria desde un principio. De inmediato comprendí que no importaban las circunstancias, si veía a Edward en peligro no dudaría en volver a lanzarme como kamikaze. Lo que no entendía era por qué —o tal vez no quería entenderlo, porque una vez que lo hiciera, no habría vuelta a atrás—.
—¿Mina?
Me sobresalté cuando sentí el tacto gélido de Edward al tomar mi mano, y cometí el reverendo error de verlo a los ojos, en ellos había preocupación y desconcierto… pero no tanto como en mí al verme reflejada en ellos. Viéndome a mí misma, comprendí su desconcierto.
La confusión en mi interior se expresaba transformada en dolor. Dolor porque acababa de comprender que lo que más me esforzaba en evitar, ya había sucedido; aquello de lo que tanto deseaba escapar, me había alcanzado irremediablemente…
Veía sus labios moverse, llamándome. Pero era como si no pudiera comprender lo que decía. Era incapaz de siquiera moverme, abrumada, petrificada por esta importante revelación.
Ahora que estaba segura de lo que sentía, temía que él también pudiera descifrarlo…
—Du…¿duele mucho? —pregunté tratando de ver a la herida en su cuello en lugar de a sus ojos.
Por su expresión, asumí que no esperaba esa pregunta.
—Es…escuece un poco al principio. Pero ya no duele.
—Tuve miedo —confesé.
—También yo.
—Lo sé —recordé su expresión horrorizada cuando Victoria me atrapó.
Sin esperarlo, me atrajo por los hombros y me abrazó.
Correspondí a su muestra de afecto, pero cinco segundos después lo solté, y él se apartó —obviamente— confundido.
Temía ser demasiado expresiva, demasiado evidente. No podía cambiar mis sentimientos, pero tampoco tenía por qué incomodarlo con ellos. Al menos era bueno saber que no podía escucharme si yo no lo quería. Sabía lo difícil que le resultaba tratar con esa vampira de Denali… ¡yo no sería otra Tanya!
Su mano derecha recorrió mi mejilla y levantó mi rostro suavemente por el mentón, buscando mis ojos. Entonces ya no pude rehuir a su mirada. La chispa dorada de sus orbes me volvió a atrapar.
Sabía que tenía que hablar, decir algo, lo que fuera, para desviar la atención. Pero apenas intenté… balbucear —pues no tenía ni idea de lo que saldría de mi boca—, su mirada se centró en mis labios, no pasó ni medio segundo y los suyos estaban sobre los míos.
Literalmente dejé de pensar. Sólo podía sentir… sentirlo a él y disfrutar su sabor.
Esta vez el beso era mucho más apasionado que el de aquella noche en la cabaña de Esme. Sus labios reclamaban los míos con desesperación, ansiosos, e incluso me atrevería a decir… agresivos. No le fue difícil profundizar el beso, yo no estaba oponiendo resistencia.
Su mano se había deslizado hacia mi nuca, atrayéndome. Pero no hacia falta eso, yo tenía tan pocas ganas de apartarme como él. Mis brazos pasaron sobre sus hombros enredándose a su cuello, mis manos entre su cabello, me impulsé hacia arriba hasta sentarme en su regazo con una pierna a cada lado de su cadera. Sus manos se escurrieron bajo mi blusa, y apenas me aparté un poco tomando aire, me despojó de ella.
Rápidamente volvió a besarme, con mucho cuidado me tomó en brazos y me cargó hasta la gran cama. Me recostó quedando sobre mí, soportando su propio peso con los codos marcó un camino de besos suaves desde mi mandíbula hasta el borde de mi sostén.
Incapaz de siquiera razonar lo que estaba haciendo, suspiré deleitándome de sus caricias.
Sentí cuando repentinamente se tensó, y con dificultad se apartó apenas lo suficiente para verme a los ojos.
—"No quiero hacer algo que tu no quieras… ¡Pero no soy tan fuerte!"
Podía ver el esfuerzo que le suponía decir esas palabras —o pensarlas— y tratar de mantener la mente fría mientras su cuerpo le pedía otra cosa.
Yo podía sentir perfectamente su excitación —tanto emocional como física—. Sus ojos estaban completamente oscurecidos por el deseo. ¡Y aún así me estaba dejando la decisión final a mí! Me deseaba, de eso no tenía dudas. Pero el amor y el deseo no siempre van de la mano.
De pronto me di cuenta que nada de eso importaba. Este no sería un error… la otra noche quizás sí, pero no ahora, porque esta vez estaba completamente segura de mis sentimientos, y lo que sentía por él bastaba y sobraba para asegurarme de que era lo correcto. Porque no importaba si Edward no sentía lo mismo por mí, no había forma de que me arrepintiera después… pues yo ya le pertenecía.
Tomé su rostro entre mis manos, sin dejar de verlo a los ojos, con ellas recorrí el contorno de su rostro, bajé hasta llegar al cuello de la camisa, y empecé a desabotonarla.
Me sostuvo la mirada mientras mis dedos —algo torpes por los nervios— descendían abriendo su camisa y exponiendo su marmóreo torso.
Me detuve cuando llegué a la parte que estaba fajada en el pantalón, y titubee mordiendo mi labio, aún más nerviosa cuando toqué el cinturón.
Se le dibujó una encantadora sonrisa traviesa —obviamente divertido con mi bochorno— y él mismo lo desabrochó antes de atacar mis labios nuevamente con pasión.
Me perdí a mi misma. No sabía ni que era arriba o abajo, o en que jodido planeta estaba. ¡Ya nada importaba… excepto Edward!
Todo sucedía tan rápido que aun me cuesta definir si lo hizo él sólo o yo ayudé, pero en menos de dos segundos ambos estábamos completamente desnudos. No tuve que ver hacia abajo para comprobarlo. Mientras Edward besaba mi cuello podía sentir su dura y fría piel contra la mía.
Una vez más se detuvo a contemplar mis ojos, presumo que para comprobar que no me había arrepentido. Su rostro era tan perfecto como el de un ángel. Un hermoso ángel que me arrancaba suspiros con tan sólo un roce. Y no pude evitar preguntarme cómo sonaría mi voz al decirle: "¡Te amo!" Sonreí ante la sola idea de poder gritarlo a viva voz.
Me besó con dulzura y sentí como lentamente entraba en mí. Mi cuerpo se tensó instintivamente presagiando el dolor que le secundaría cuando cruzara "esa" barrera. Al traspasarla, hundí mi rostro en el hueco de su cuello, mordiendo mi labio para contener un lamento, pero no pude evitar que una lagrimilla traicionera resbalara por mi mejilla. ¡Dolía demasiado!
Él se dio cuenta y al instante se detuvo, preocupado.
—¡Sigue! —jadeé dolorida, pero no se movió. Sacando fuerza de quién sabe dónde, yo misma empujé mis caderas contra él, gemí y besé su mandíbula—. ¡Sigue! —susurré en su oído.
Muy lentamente empezó a moverse, mi respiración se acompasó con la suya y al vaivén de sus embestidas. Pronto el dolor fue sustituido por nada más que placer. Llegó un momento en que verdaderamente creí que mi corazón se detendría, todos los músculos de mi cuerpo se tensaron, y una sensación cálida se extendió en mi vientre bajo llevándose mis fuerzas entre espasmos.
Repentinamente me sentí algo incómoda, había demasiada humedad entre nosotros. Edward se apartó notoriamente preocupado, entonces, al enderezarme comprendí su expresión…
Sangre… abundante sangre.
Imaginé que el encanto había terminado cuando me vi en la necesidad de tomar una ducha y deshacerme de los residuos de mi inocencia.
Maravillosamente, me equivoqué…
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Recuerdo que era entrada la madrugada cuando Edward nos metió —su cuerpo y el mío— bajo las sábanas. Me pegó a su cuerpo —sorprendentemente cálido— ordenándome en un susurro al oído, que descansara. Sus brazos me envolvieron y me acurruqué contra su pecho, completamente exhausta.
Desperté abrumada por el exceso de luz, había amanecido. Sentí algo sobre mi abdomen, y al bajar la vista comprendí que Edward tenía su brazo derecho en mi cintura sobre las mantas, y con su palma unida a mi palma izquierda. Su cabeza descansaba sobre mi pecho, como si estuviera durmiendo.
Antes de darme cuenta de lo que hacía, mi mano derecha estaba acariciando su sedoso cabello cobrizo.
—¿Qué haces? —pregunté con voz apagada. Tenía la garganta un poco seca.
—Escucho —respondió en un suave murmullo con su oído pegado a mi pecho.
Se sentía cálido. Su mejilla había absorbido calor de mi cuerpo, más en ese momento en que lo único que separaba su piel de la mía, era la delgada sábana con la que estaba cubierta. En cuanto tomé conciencia de que estaba completamente desnuda bajo la sábana, sentí algo de pena y, contra mi voluntad, me ruboricé aún más nerviosa porque sabía que los escandalosos latidos en mi pecho me delatarían —¡un vergonzoso círculo vicioso!—.
Levantó la cabeza sin dejar su posición y me dedicó una tierna sonrisa. Le respondí de la misma manera —aunque con el rostro encendido—, y al observarlo con más detenimiento reparé en que él ya estaba vestido.
No tenía idea de qué hora era, pero había demasiada luz como para ser medio día. Mis hermanos no tardarían en buscarme, si no es que ya lo habían hecho, y si me encontraban así… ¡no quería ni imaginarlo!
—¡Tranquila! ¡Respira! Tu hermana sigue con Rosalie y Alice discutiendo "el proyecto"; Felix llevó de caza a Demetri a Goat Roaks; y los gemelos fueron de paseo con Seth.
—¿Volví a pensar en voz alta? —inquirí confusa.
—No —respondió en el acto, aunque sorprendido agregó:—. ¡Te conozco mejor de lo que crees!
No supe si me lo decía a mí, o a sí mismo.
—¿Y cómo sabes todo eso?
—Jasper llamó hace un rato…
Ambos nos distrajimos con el, ya conocido, "solo de violín".
—¿Tienes hambre, o te has comido un gato? —preguntó, burlón mirando hacia mi estómago.
Con mi mano todavía enredada en su cabello, le dí un tirón —no muy fuerte—, y el soltó una suave risita burlona.
—¿Le apetece el desayuno en la cama, signorina? —ofreció, con repentina amabilidad, mientras se enderezaba.
—¿Para qué, si ya me he comido un gato? —respondí mordaz, y volvió a reír.
Lo imité y me enderecé hasta quedar sentada —sin dejar de cubrirme hasta el busto con la sábana—. ¡Me dolía hasta el cabello! Sentía como si me hubieran usado como saco de pelea.
—¿Estas bien? —se acercó preocupado acariciando mis hombros.
¡Así debe sentirse un pollo deshuesado! Pensé, pero no lo dije. En cambio de eso, procuré sonreír y disimular.
—¿Alguna idea de dónde acabó mi ropa? —pregunté con humor recorriendo la amplia habitación con la vista.
¡Funcionó! Sonrió, desapareció y volvió rápidamente con la mochila que yo había llevado al campamento el viernes —debió haber ido por las cosas en algún momento de la tarde anterior—.
—¿Esto sirve?
Asentí complacida. Tenía un cambio de ropa en esa mochila. La abrí, y comprobé que todo estaba ahí, incluida la laptop —aunque yo la había dejado tirada en la tienda tratando de escapar con Bella y Seth—.
Debió percatarse de mi pudor al enrollarme en la sábana, porque besó mi frente y se encaminó a la puerta.
—Estaré abajo, si necesitas algo —dijo antes de salir y volver a cerrar tras de sí.
Envuelta en la sábana me dirigí al cuarto de baño con la mochila.
Moverme me estaba costando horrores, de verdad que me sentía molida —un pequeño error de cálculo al olvidar mi mitad humana—. Pero tuve razón en algo: ¡No me arrepentía de nada!
Sintiéndome un tanto robotizada, solté la sábana y me metí en la ducha.
Estaba feliz como nunca antes en la vida, porque estaba completamente segura de que no había sido un error. ¡Entregarte a quien amas no puede ser un error!
Ya ni siquiera dolía saber que no era correspondida… bueno, tal vez un poquito, pero se volvía nada cuando le veía sonreír. ¡Sé que suena patético y es una frase más que trillada!... pero su felicidad era mi recompensa. ¡Y no tenía dudas de que lo había disfrutado tanto como yo! —aunque fuera por una vez, no lamenté ser empática—.
Solté un alarido cuando distraída giré la llave y recibí el chorrazo de agua.
—¿Mina? —Edward llamaba al otro lado de la puerta, alarmado.
—¡QUEMA, QUEMA, QUEMA! —chillé desesperada volviendo a cerrar el agua.
Le escuché reír.
Tan ensimismada estaba que en lugar de abrir primero el agua fría, —como hacía siempre— abrí la caliente.
Volví a intentarlo. Giré la llave con la letra "C", y gradualmente fui abriendo la "H" mientras la probaba con una mano para evitar otra sorpresita. Cuando adquirió una temperatura aceptable, volví a meter mi cuerpo, y sin querer se me escapó un suspiro al sentirme reconfortada.
—¡Deja de burlarte! —sisee hacia la puerta cuando escuché que Edward volvía a reír.
—¡OK! ¡OK! —dijo, todavía se escuchaba como que reía.
Oí un suave clic y entendí que había dejado nuevamente la habitación.
Traté de retomar el hilo de mis pensamientos. Pero un recuerdo nuevo vino a mi mente.
La noche que el clan de Denali estuvo de visita, Tanya le había preguntado si yo era su "clavo". En esa ocasión yo me ofendí un poco. Pero ahora se me antojaba útil el ejemplo, y sentí una punzadita en el pecho al llegar a la conclusión de que comparada con Bella, yo apenas sería una triste "chinchetita". Sonreí amargamente.
¡Sí, yo era una chincheta!... Ahora.
Mi papá amaba a Didyme —siempre había sido así y al parecer siempre lo sería— pero eso no le impidió darse una nueva oportunidad con mi mamá, ella también fue una "chincheta" en algún momento —ella lo sabía, y no por eso lo amó menos—, pero él realmente la quiso, si no, no me querría a mí. ¡Y mi padre me amaba! Eso lo tenía más que claro.
Tal vez, así como mi padre, en algún momento Edward se daría una oportunidad. Si eso sucedía, y si tenía la dicha de que me eligiera, estaría ahí para él. No importaba que no fuera ahora, si algo nos sobraba era tiempo. Sería paciente —un concepto totalmente nuevo para mí— y esperaría… después de todo ¿qué más podía hacer, si estaba… destinada —"condenada" no me pareció un término apropiado— a amarlo?
Terminé de ducharme, salí y me vestí con la blusa sin mangas y el short de mezclilla que llevaba en la mochila. Me eché la misma al hombro y me dirigí a la planta baja, sonriente, con un nuevo objetivo: dejar las cosas fluir y no ser una carga para su conciencia.
Al llegar al final de las escaleras, escuché movimiento en la cocina, y fui hacia allá.
¡Nunca de los nuncas imaginé ver a Edward cocinando! Pero lo que más me perturbaba, era que estuviera usando el delantal de Esme. Apreté los labios para no soltar una potente carcajada cuando se volvió hacia mí —sartén en mano—.
Él me miró sonriente, mientras vaciaba el omelet en el plato junto a unas tiras de tocino, y me invitaba a sentarme con un gesto de mano.
—Al menos no soy "la mejor mamá del mundo" —dijo interpretando mi mueca.
—¡Por supuesto, "madre sólo hay una"… y es Felix! —reí al tiempo que me sentaba y tomaba un bocado.
Sirvió un vaso de jugo de naranja y se sentó frente a mí, esperando el veredicto.
—Mmm… Le falta sal —dije para molestarlo.
—¿Sí? —se levantó de un salto e iba por el salero, pero lo sujeté del brazo.
—¡Tonto! Sólo jugaba… ¡es perfecto!
Volvió a sentarse fingiéndose molesto, pero pronto se le olvidó. Seguía contemplándome mientras comía.
Todo sabía muy bien. Sentí una punzadita de envidia, no era justo que teniendo un humano sentido del gusto yo fuera la única incapaz de cocinar algo decente. ¡Tendría que pedirle a Felix que me enseñara!
—¿Qué cosa? —preguntó de pronto, interesado.
—Qué cosa, ¿qué? —me confundí.
—¿Qué quieres que te enseñe Felix? —cuestionó arrugando ligeramente el ceño.
—¡Lo volví a hacer! —mascullé molesta conmigo misma, ¡ya no me daba cuenta de cuando se me iba la lengua!—. A cocinar —respondí—. Es humillante que ustedes dos cocinen tan bien y a mí… ¡se me queme hasta el cereal! —refunfuñé.
Le dí una mordida al pan tostado, pero cuando lo escuché reír —se burlaba de mi rabieta— lo vi a los ojos y me olvidé de masticar. Ese extraño brillo dorado de la noche anterior, seguía presente, como si siempre hubiese estado ahí, sólo que me había tomado demasiado tiempo notarlo.
—¡Mina!
Tragué el bocado entero, exaltada, cuando escuché la voz de Jane seguida de un portazo.
—¡Ah, aquí estás! —exclamó en cuanto me vio desde la puerta de la cocina.
—No. Soy un sueeeeeño —dije sarcástica con la voz ahogada—. ¡AUUU…!
—Eres real —dijo satisfecha después de darme un buen pellizco.
—Se supone que te pellizques tú, no a ella —dijo la voz de mi amigo.
Seth acababa de entrar, seguido de Alec. Al parecer esos tres se estaban llevando muy bien.
—Heidi fue a buscarte a la cabaña, pero no te encontró —continuó diciendo el moreno.
—¿Será porque está aquí? —dijo Alec sarcástico.
Seth lo ignoró. Miraba de Edward a mí con sospecha, pero no dijo nada.
—Los demás ya vienen para acá —informó Jane.
—Pero no te preocupes, nosotros hemos traído tus maletas —afirmó Seth, recuperando el habla.
—Están en el recibidor —apuntó Alec—. ¿Con melón o con sandía?
—¿Ah?
—¿Con quien vas? —preguntó lentamente como si hablara con una retardada.
Y tal vez lo era, porque ni así entendí.
—¿Que si con quién vas al aeropuerto? —explicó Jane—. Con Carlisle y Esme en el mercedes; con Rosalie y Heidi en el convertible; con Emmett y Jasper en el Jeep;… ¿o piensas ir con Edward? —lo miró a él repentinamente interesada.
Tardé en procesar las opciones, abrí la boca dispuesta a decir algo al azar ya que no me decidía, pero Edward se me adelantó diciendo: "¡Conmigo!"
Jane se encogió de hombros.
—Entonces nosotros vamos con Emmett —dijeron los tres a la vez, y asintieron entre ellos.
—"¡Vaya trío!"
Edward asintió en silencio concordando conmigo.
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Felix llegó con Emmett y Jasper, poco después de Seth y los gemelos. Inmediatamente después de ellos llegó el "club de Wedding Peach" —Alice, Heidi y Rosalie—, estaban de muy buen humor. Cuando Esme y Carlisle llegaron, empezó la distribución del equipaje en los vehículos. Al parecer habíamos hecho bastantes adquisiciones durante nuestra corta estancia, y eso que yo sólo fui de compras una vez.
Mientras Emmett y Heidi debatían sobre qué iba dónde, me vi una vez más arrastrada cual peluche, fuera de la casa. Esta vez no me quejé, los extraños arranques de Edward ya no me molestaban en lo absoluto.
Cuando me depositó en suelo firme, estábamos al otro lado del río que pasaba por detrás de la casa. Esperé en silencio a que me diera una razón para ese sorpresivo acto. Pero lo único que hizo fue estirar su brazo derecho y posar su fría mano contra mi ardiente mejilla. Sonrió levemente pero su mirada parecía torturada… empecé a temer lo peor, pero me mantuve estoica.
—"Mina. Lo que pasó anoche…"
Puse un dedo sobre sus labios. Pude ver que empezaba a sentirse culpable. Temí que abriera la boca y me arrebatara el mejor momento de mi vida diciendo que había sido un error… ¡no lo era! ¡Ambos merecíamos esa oportunidad! Aunque fuera sólo por esa noche.
—"Todo está bien" —empecé a decir lo más tranquila que pude retirando mi índice—. "No sientas que me debes algún tipo de explicación, ni nada" —toqué su mano en mi mejilla y la aparté suavemente tomándola entre las mías—. "Lo que pasó fue algo… pues… normal, creo" —me ruboricé un poco al pensar en eso y desvié mi atención hacia nuestras manos—. "No estoy esperando que repentinamente sientas algo más por mí, sólo por 'eso'… lo hice porque quise… y creo que también tú. Así que, ¡pasó y ya!"
Solté su mano y alcé el rostro plasmando una sonrisa amistosa en mis labios.
Él me veía con una evidente expresión de asombro.
—¡Estoy muy avergonzado! —dijo en un murmullo casi sin mover los labios. Mi ceño se arrugo. ¿Cómo avergonzado?—. "No imaginé que pudieras pensar…"
—¡Allí están!
Los dos volteamos exaltados al escuchar el grito de Embry al otro lado del río. Quil, Jacob y Bella estaban con él. Lo que más llamó mi atención fue la forma en que Bella me veía, directamente, enarcando una ceja. No resistí preguntar "¿Qué?", telepáticamente. Ella simplemente sacó del bolsillo trasero de sus jeans, una libretita pequeña de color azul y un bolígrafo a juego, y se puso a garabatear.
Intrigada me adelanté a Edward y crucé el río de un solo salto para llegar a ella primero. Me di cuenta de que aún me sentía medio molida, cuando —vergonzosamente— estuve a punto de perder el equilibrio en el aterrizaje. Por suerte, Edward me había alcanzado a tiempo para sostenerme.
Bella me miró extrañada. Dobló la hojita hacia arriba, la arrancó y me la dio al tiempo que nos saludábamos con un beso en la mejilla, comentando el alivio que sentía de haber llegado a tiempo antes de que me fuera. Los muchachos también se acercaron a saludarme y me extrañó un poco que Embry y Quil arrugaran un poco la nariz, pero no le di importancia… hasta que fue el turno de Jacob. Éste, sin vergüenza alguna, se inclinó sobre mi oreja izquierda mientras los demás saludaban a Edward…
—Mina… ¡Apestas! —susurró en mi oído, de camino a la casa.
Retrocedí con gesto de indignación. ¡¿Cómo se atrevía a decirme tal cosa?... Pero cuando sonrió y me guiñó un ojo, entendí lo que quería decir: ¡El olor de Edward estaba impregnado en mí! Habría sido sencillo fingir demencia si mi rostro no se hubiera encendido como calabaza de Halloween, eso sólo provocó que Black riera sueltamente llamando la atención de los demás. Aunque seguramente los muchachos ya habían escuchado su comentario crítico, no me simpatizaba mucho picar la curiosidad de Bella.
Ella, sin embargo, no preguntó nada. Sólo me miró y con sus ojos me indicó que viera la notita que me había dado.
La extendí y leí en silencio:
"¿Cambiaste de opinión?"
Suspiré y rodé los ojos.
—Creo que no —dedujo, cabizbaja—. Pero no perderé la esperanza.
¡Quizá yo tampoco! Pensé para mis adentros, sonriendo con disculpa.
—¿Con qué? —inquirió Embry y trató de tomar el papelito en mi mano.
Me escapé rápidamente y pensé en la opción más rápida de esconderlo o destruirlo. Pero como obviamente pensar no es lo mío, terminé tragándomelo ante sus atónitos ojos.
—¡No es justo! —se quejó.
Cuando llegamos a la altura de la cochera, ya todo estaba listo para el viaje a Seattle.
El único que faltaba era Demetri, no se le veía por ningún lado… pero sí podía escucharlo. Estaba con Leah en una zona apartada de la casa, dentro del bosque, y parecían estar teniendo una discusión. Estaban tan lejos que apenas y podía descifrar menos de la mitad de lo que decían, pero a lo que entendí, Leah temía de los problemas que su relación podría acarrearle a mi primo. Ella quería acompañarlo pero, a su vez, él temía de la reacción de los maestros… bueno, él no dijo eso exactamente —obviamente no quería asustarla más— pero yo me di una idea. Para cuando llegué a esta conclusión, ellos ya estaban dentro del auto de Edward, junto con Alice y Jasper en el asiento trasero. —De verdad que mi cerebro estaba más lento de lo normal esa mañana—.
La duende era tan menudita que fácilmente se acomodó en las piernas del rubio, mientras que la morena de La Push iba sentada entre éste y Demetri —no se dirigían la palabra—.
—"¿Qué esperas?" —preguntó el dueño del volvo, con la puerta del copiloto abierta.
—"Que mi cerebro despierte" —respondí entrando en el auto.
No dijo nada, pero su mirada era estudiosa.
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Apenas cinco minutos en la carretera, y los tórtolos ya parecían haber olvidado su pequeño desacuerdo.
Pero yo seguía pensando en lo sucedido entre ellos… ¿y si Leah tenía razón? Confieso que también tuve miedo, tal vez ahora que había admitido —a mi misma, claro— que amaba a "alguien", me identificaba más con la ansiedad que ella transmitía. Por supuesto que con mi "nuevo" don, era mucho más fácil ponerme en sus zapatos.
Entre el gozo de Jasper por llevar a Alice en sus piernas, y la vibra de embeleso de la "pareja dispareja", me resultaba difícil mantener mi mente ocupada; y no ver de repente a Edward con ojos de borreguito a medio morir.
Se me ocurrió echar un vistazo atrás. Jasper rodeaba la cintura de Alice con ambos brazos desde atrás y descansaba el mentón en su hombro. Ella —reclinada en su pecho— tenía una mano sobre las de su esposo y la otra en la mejilla de éste. Ambos tenían los ojos cerrados, disfrutaban de un momento romántico. ¡Cualquier otro día, esto me habría parecido repugnantemente meloso! ¡Pero no ahora!
Al lado de ellos, la pareja más rara que podía haber existido en este mundo, estaba en su propia nube. Cada uno perdido en los ojos del otro, en completo silencio, no parecían necesitar palabras. Un cálido rubor inundaba el rostro de Leah. Parecía imposible de creer cómo esos dos estaban predestinados a pertenecerse uno al otro. Tan opuestos, enemigos naturales, hielo y fuego… y pese a todo esto, enamorados.
Contemplar a esas dos parejas, tan distintas y a la vez tan parecidas, me abrió los ojos por primera vez sobre dónde me encontraba. Resultaba ilusorio saber que siempre habían estado ahí. Heidi y Felix; Alice y Jasper, Esme y Carlisle; Rosalie y Emmett; Bella y Jacob; y ahora, Leah y Demetri. Estuve expuesta a ese bombardeo sentimental todo el tiempo, y recién lo estaba descubriendo.
¿Cómo es que no pude ver antes la admiración, ternura y devoción con la que esas parejas se miraban? Parejas tan perfectas cada una de ellas.
—¡Llegamos!
Y ahora es que recuerdo por qué no me gusta pensar. Se me da fatal, y cuando lo hago empiezo a divagar perdiendo por completo la noción de espacio y tiempo. De no ser por el aviso de Alice, bien podía haber salido del trance cuando ya estuviera en Volterra.
A final de cuentas la despedida no fue tan lacrimógena como la esperaba. Carlisle prometió que pronto nos harían una visita en Volterra y eso pareció menguar la urgencia de Esme por ponernos grilletes —resultó que no sólo se había encariñado con Felix y con migo, sino también con Heidi, Demetri y hasta los siameses… que diga: gemelos (es que son tan unidos que no sabes donde acaba uno y empieza el otro)—. Pero no sólo Esme estaba feliz, también yo… y estaba cien por ciento segura que en cuanto lo supiera el tío Aro, se pondría bailar de alegría —anteriormente lo había escuchado decir unas mil veces (sin exagerar) que extrañaba mucho a su viejo amigo—.
Quizá lo más difícil fue decirle adiós a mi única amiga y segura (muy segura) confidente, Bella. Pero podía confiar en que seguiríamos en contacto por otras vías, además de que tenía ciertos planes en mente que involucraban más comunicación en el futuro con los quileute.
Dicen que cuando se está a punto de morir ves pasar toda tu vida frente a tus ojos… bueno, pues para mí, tomar ese avión de regreso a casa, fue el equivalente a agonizar. Al despedirnos por última vez, en la sala, recorriendo el estrecho corredor que nos conducía directamente a la puerta del avión, mi cabeza estaba llena de imágenes y recuerdos nostálgicos de todos los momentos —gratos, y también incómodos— que viví junto a los Cullen. Había aprendido mucho estando con ellos, tanto del mundo real —no el que solía imaginar en mi alcoba tras las gruesas paredes fortificadas del castillo— como de las personas en él —humanos, vampiros y hasta hombres lobo— e incluso de mí misma.
Mirando por la ventanilla una vez que encontré mi asiento, atrapé mi propio reflejo en el cristal. Era exactamente la misma chica pálida de ojos grises y cabellera marrón que llegó hace unas semanas, al menos en el exterior. Pero algo más que mi corte de cabello, había cambiado. Ahora sabía que no tenía el estómago para soportar un descuartizamiento; sabía que los tacos "de castor" en realidad eran "al pastor"; que los vampiros si pueden cocinar decentemente —no como yo—; que los licántropos no huelen mal; que Demetri tiene sentimientos después de todo; que Jane no me odia como yo creía; que Alec no es… no, definitivamente él jamás dejará de ser raro. Pero lo más importante, ahora sabía que Forks no me volvía idiota, ni había perdido la cordura, simplemente… ¡me enamoré de Edward Cullen!
Lo sé, tiene todo para pasar por el capítulo final... pero, ¡tranquilas, no lo es! Aun falta uno, mas el epílogo.
¡Ahaha! ¡Qué dijeron: ¿se olvidó de nosotras?... ¡Pues no! Anfitrite, Maryroxy para ustedes un enorme ¡ARIGATO! Porque no se olvidan de comentar al final de cada capítulo, y su constante presencia me motiva como no tienen idea. ¡Gracias, chicas! ¡Las quiero!
¿Que no quieres que se acabe, Mariroxy?... Yo tampoco, hace ya casi dos años que empecé con esta publicación y francamente no sé como haré para sacarme a la Mina de dentro de mi cabeza. Si antes de que ella existiera, yo ya empezaba a manifestar multiples personalidades... ¡Ahora añádele una semi-vampira otaku y neurótica! Jajajaja... Pero como dijo el solemne Mufasa: "Es el ciclo de la vida"... ¡Cuanta sabiduría hay en Disney! Jajajajaja... ¡De nuevo estoy delirando! Mejor me voy a dormir, que ya me han dado las 3:00am.
¡Ciaito! ¡Se me cuidan!
Beshitos, Ninie.
