¡Perdón! ¡Perdón! ¡Perdón! ¡Perdón! ¡Por favor, no me maten! Juro que no era mi intención demorarme tanto con el final... pero, bueno, yo no contaba con quedarme sin internet, y recién acaban de pagar la cuenta. No imaginan lo desesperada que estuve de no poder comunicarme —al menos me dio tiempo de leer las siete novelas de "House Of Night" que tenía en el olvido XD... y por cierto, ¡Sigo prefiriendo "Twilight", los vampiros de Meyer son los mejores, sí que sí! No sé que opinen ustedes, pero a mí me parece que esa Zoey Redbird tiene "demasiadas" virtudes—.

Pero bueno, ¡a lo que vine!

Anfitrite, Maryroxy... ¡Muchas gracias, chicas! ¡Nunca me fallan! Y no imaginan cuanto he llegado a apreciarlas. ¡Gracias por todo su apoyo!

A continuación, el capítulo 32 que pone fin a esta laaarga cadena de divagues míos... e inmediatamente enseguida, un pequeño Epílogo.


"Soprano"

By Ninie

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Capítulo 32. Recuerdo de Forks.

Amanecía otro maravilloso día en Volterra. Cálidos rayos solares se colaban desde la puerta abierta del balcón hasta mi cama —la cual aún no se me venía en gana abandonar—, y las sábanas empezaban a sofocarme.

Un portazo y pasos ligeros fueron presididos por una fuerte sacudida a mi colchón.

—¡Arriba dormilona, ya amaneció!

—¡Déj…ame, Jane! Hoy…no…pienso…salir…de aquí —dije entrecortada a causa de sus saltos en la cama.

—¿Por qué no, si hace un día precioso? —cesó el zangoloteo e intentaba quitarme las mantas, pero me hice rollito—. ¡Miiinaaa!

—¡Déjame! ¡Me siento horrible!

Alguien más entró, acompañado de un suculento aroma. Reconocí la voz de mi hermana cuando preguntó:

—¿Horrible como si una docena de Felix te arrollaran uno tras otro; o como que Oliva la de Popeye, salida de un pantano cubierta de fango y lama, se ve sexy comparada contigo?

Después de pensarlo por tres segundos…

—¡Oliva! —admití, acongojada haciendo un mohín que ellas no pudieron ver. Y sin saber porqué, sentí la imperante necesidad de ponerme a llorar.

—Ya se estaba tardando… debe ser el síndrome premenstrual —resolvió.

¡Estaban riendo! Las muy ingratas disfrutaban de mi pena.

Pero yo simplemente no me sentía con ánimos para salir otro día más y fingir que todo era perfecto. Menos porque ya casi se cumplía una semana desde que no tenía noticias de él.

Conversaba con Bella —mediante messenger— todas las noches; y a veces también con Seth en las tardes. Pero a ninguno le había preguntado en concreto por Edward. Bella me hablaba del instituto en manera general, de Jacob y Alice —con quienes tenía mayor contacto diariamente—; y Seth me mantenía informada sobre los progresos de Demetri con su nueva dieta —el tío Caius reaccionó mejor de lo esperado a su relación con Leah, después de intentar matarlo dos veces, a la tercera aceptó su renuncia y le dio su bendición—. ¡Curioso! ¡Ahora Demetri era lo que llamábamos por acá: un "Cullen honorario"!

Como fuera, Edward nunca aparecía en nuestras conversaciones. Y yo me negaba a dar el primer paso. Si demostraba el más mínimo interés ante Bella, de ahí se colgaría para instarme en que volviera. Y peor aún, cualquier pregunta que le hiciera a Seth, el mismo Edward la vería en su mente. ¡Era un callejón sin salida!

—¡Vamos, ya, chipilona! —dijo mi hermana. Y entre las dos me desenrollaron por la fuerza.

Ver de pronto tanta luz —contando los destellos que el sol provocaba sobre ellas— era abrumador.

Encandilada y renegando, salí de la cama. Pero en cuanto intenté ponerme de pie, perdí el suelo y me fui de lado. A tiempo me abracé a uno de los postes de la cama, ya que ellas ni siquiera intentaron agarrarme.

—¡Ya! ¡No dramatices! —dijo Jane con aburrimiento.

Iba a gruñirle molesta, pero una arcada me atacó y tragué con fuerza para reprimirla. Era igual que la vez que perdí esa apuesta con Heidi y tuve que beberme toda una botella de vodka.

Cuando pasó la sensación, tomé un fuerte respiro para recuperarme, y volví a captar el delicioso aroma que había llegado con mi hermana…

—¿A qué huele?

—¡La que lo huele, debajo lo tiene!

Trabé los ojos en dirección a Jane. De dónde sacó eso, no lo sé. La ignoré y olfatee más decidida.

—¿Qué traes ahí? —pregunté a Heidi cuando encontré que el olor provenía de ella.

Extrañada, sacó de su túnica una pequeña bolsa con una manguerita de plástico —como las que se usan en los hospitales— llena con líquido rojo y algo espeso.

—Es del primer lote —dijo tendiéndome el paquete de sangre.

—¿El primero ya? —dije evitando tocarlo—. ¡No creí que estuviera tan pronto! —estaba sorprendida de la rapidez con la que papá y los tíos habían aprobado mi propuesta de un "Banco de Sangre"—. ¡No habrán dejado a nadie anémico, ¿o sí?

—¡Claro que no! —respondió Jane ofendida—. Tuvimos mucho cuidado de dejarle la tarea a los profesionales, sólo extrajeron lo posible.

—Más les vale… —murmuré, y me perdí viendo a Heidi sacar la punta de la manguerita y llevársela a la boca para succionar. Se me estaba haciendo agua la boca—. ¿Y qué tal?

Ni siquiera sé para qué pregunté.

—¡No está mal! —parecía satisfecha pese a que estuviera unos cuantos grados por debajo de lo normal—. ¿Quieres probar?

—¡No! —respondí automáticamente, mientras trataba de convencerme a mí misma de que así era.

—¡Vamos! ¡Nadie tuvo que morir para obtenerla!

—¡Es completamente legal! —opinó Jane.

Heidi y yo la miramos con incredulidad.

—Sí, claro. Porque todo el mundo sabe que el mercado negro es un negocio perfectamente legítimo —dije con ironía, apartando, a duras penas, la vista del tentador líquido.

Jane rodó los ojos, y sacudió la mano sobre su cabeza como si estuviera espantando moscas.

—¡Detalles minúsculos! —dijo despreocupada—. ¡Sólo prueba! —ordenó arrebatando la manguerita a Heidi y metiéndomela en la boca… ¿a quién me recordaba?

Su acción fue tan inesperada que no tuve tiempo de reaccionar. Ahora, con la esencia del exquisito líquido —que había pasado por el tubito de plástico— impregnándose en mi paladar, ya no pude contener el deseo de probar. Y una vez que la primera gota tocó mi lengua, ya no me pude detener.

Sabía que mi hermana y Jane me veían con ojos como platos. Pero ya poco me importaba lo que pudieran pensar. En ese momento lo único que quería era beber. ¡Necesitaba esa sangre desesperadamente!

No fue sino hasta que el último trago se deslizó por mi garganta, que el remordimiento empezó a escocer. Remordimiento porque era sangre humana la que había bebido; decepción porque siempre me había sentido orgullosa de mi abstinencia; culpa porque dejé a mi hermana sin su almuerzo; y vergüenza porque a pesar de todo, aun no estaba satisfecha.

—¡Perdón!

—¡No…no…no… no te p…preocupes! —tartamudeó Heidi, notablemente perturbada—. ¡Wow! ¡Sí que tenías sed!

—¿Quieres más? —preguntó Jane, con una mirada que me pareció algo sospechosa.

Negué frenéticamente con la cabeza, porque mis labios se morían por decir: ¡sí!

—¡No tiene nada de malo! —insistió.

—¡No! ¡No está bien!

—¿Por qué no? ¡Eres una Volturi!

—¡DIJE QUE NO! —exploté furiosa.

—Lo dicho. ¡S.P.M.! —afirmó Heidi retrocediendo hasta la puerta—. Y créeme, Jane, lo más prudente por ahora es mantener la distancia. Lo digo por experiencia.

—Bien —Jane se encogió de hombros, indiferente—. Entonces iré a decirle a Felix que tomarás el desayuno aquí.

¡¿Me habían sacado de la cama para nada?

—No —la detuve cuando estaba por salir—. Déjalo, ya voy.

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Por primera vez desde que tengo memoria, salí de la torre en camisón sin siquiera haber tomado mi acostumbrada ducha matutina. Con Heidi y Jane pisándome los talones, crucé el florido jardín de Athenedora tropezando con algunos nuevos reclutas —supuse que eran nuevos porque no reconocí ningún rostro— que deambulaban cerca de ahí. Estos desviaban rápidamente la mirada… no supe si porque comprendían que iba algo ligera de ropas, o porque temían ser convertidos en piedra —mi cabello debía lucir algo así como ese personaje mitológico: Medusa—. También los ignoré y fui directamente hasta la gran cocina —que ahora era algo así como la "baticueva" de Felix—,¡Tenía un hambre atroz! Y las chicas ya se habían percatado del concierto de cuerdas en mi estómago.

—¡Buen día, Conejita! —me saludó el grandullón en cuanto entré. Me abrazó y besó mi frente—. ¿Chiquita, qué has hecho? —exclamó arrugando la nariz cuando olió la sangre en mí.

—¡Tranquilo! Sólo probó un poco —dijo Heidi en mi defensa—. Estábamos evaluando los resultados de su proyecto.

Murmurando un ligero "¡Oh!", se apartó de mí para ir a sacar un par de pechugas rellenas, del horno, y servirlas acompañadas de puré de papa y ensalada. Después dejó el plato en mi lugar de la mesa.

Se veía sumamente delicioso —como todo lo que cocinaba desde que Esme lo instruyó—, sin embargo no me resultaba tan apetitoso como otras veces. Aún así me senté y empecé a comer en silencio mientras Jane se marchaba —era lo único a lo que no se acostumbraba aún: a verme ingerir alimento humano—, y Heidi me servía algo de jugo de naranja. Después ella también se marchó, dejándome sola con mi cuñado, quien no dejaba de verme desconcertado.

Haciendo un gran esfuerzo por tragar sin hacer gestos desagradables, limpié la mitad del plato. Pero mi estómago no parecía estar de cooperar.

Felix me miró aún más extrañado cuando aparté el plato medio lleno —o medio vacío dependiendo de la postura filosófica de cada quien—, usando la débil excusa de que no tenía mucho apetito. Por fortuna no insistió y me dejó retirarme, aunque sé que se dio cuenta de que mi estómago seguía ronroneando.

Más exhausta de lo que jamás creí que pudiera dejarme la larga escalinata de la torre, llegué hasta mi recámara nuevamente, dispuesta a ponerme más presentable. Fui directamente al baño y antes de entrar en la ducha, opte por cepillarme los dientes. Ya me había empezado a cepillar, cuando me di cuenta de que el nuevo tubo de pasta dental, no era de menta.

¡Y yo odio la canela!

Me enjuagué rápidamente, pero de nuevo las arcadas regresaron, y esta vez no pude contenerlas. Apenas y tuve tiempo de quitar la tapa al inodoro y desplomarme de rodillas frente a él.

Para cuando logré dejar de vomitar, contemplé con asombro, asco y cansancio, que mi desayuno se había vaciado al cien. ¡Ahora tendría que volver a comer!... Claro, cuando las nauseas pasaran.

Regresé al lavabo y por suerte encontré que en el viejo tubo aún quedaba algo de pasta de menta, y con esa me lavé para después entrar finalmente en la ducha.

Como siempre, el agua conseguía relajarme. Todo iba bien hasta que sentí algo que en definitiva no estaba ahí antes. Mientras me lavaba el cuerpo, encontré algo extrañamente duro bajo la piel, en la zona de mi vientre.

Rápidamente vino a mi mente una idea de lo que era, casi tan rápido como la deseché. ¡Era ridículo!... ¿O no?

Mientras mi aletargado cerebro seguía procesando datos y buscando una respuesta coherente, el agua seguía azotando sobre mí, inmóvil. Después de sabrá Dios cuantos minutos —por culpa de mi procesador "Lentium"— finalmente pude reaccionar… medianamente.

Todavía atarantada, salí del baño —sin cerrar el agua, las puertas, o siquiera ponerme una bata— y fui directamente hasta el espejo de cuerpo completo que tenía junto a mi closet.

¡Ok! ¡Tal vez lo que dije antes sobre Oliva la de Popeye, era una exageración! Pero dejando de lado el hecho de que mi autoestima ya no era tan decadente como en la mañana. Observé que me seguía viendo como siempre… al menos hasta que giré a un costado y encontré que había un pequeño e imperceptible —al ojo humano— bultito en el área donde sentía mi vientre duro.

El momento en que puse mi mano sobre él, comprendí lo que estaba pasando, estaba completamente segura de ello… ¡y me sentí infinitamente feliz! Probablemente debía estar asustada, aterrada… pero no. Ahora sabía que esa ultima y maravillosa noche con Edward me había dejado algo más que sólo un agradable recuerdo. Había dejado en mí, una parte de él.

—¡Lo imaginé!

Asustada salté hacia atrás pegándome a la pared con las manos frente mi abdomen. ¿Por qué? No lo sé, fue un mero reflejo.

—Es de Edward, ¿verdad?

Cuando comprendí que era Jane la que estaba recargada en la puerta del balcón, me relajé y resbalé hasta quedar de rodillas en la alfombra.

Ella terminó de entrar, cerró las puertas —de vidrio reforzado—, soltó las cortinas y en menos de un parpadeo fue al baño, cerró el agua, tomó mi bata y la colocó sobre mis hombros. Yo seguía mirándola intrigada, había acertado demasiado fácil.

—Sólo él… o algo de él, podría arrancarte una sonrisa babosa como la que tenías hace unos segundos —explicó, mientras pasaba los brazos por las mangas y ella me sacaba el cabello del cuello de la bata—. Tenía curiosidad por ver cuanto tardabas en descubrirlo.

—Tú… ¿Cuándo lo supiste? —pregunté.

—Bueno… Ya es casi una semana desde que se quedaron solos toda la noche en la mansión, la forma poco emotiva en que se despidieron ya me había hecho suponer que algo había pasado. Los dos últimos días te he notado algo indispuesta, me has recordado mucho a Mabel cuando estaba esperándote. Pero esto en concreto, lo sospeché cuando te volviste irascible, esta mañana —respondió—. Creo que Heidi también lo pensó, pero por alguna razón prefirió buscar otra explicación. Tal vez imaginar a su hermanita embarazada es demasiado para ella —aventuró—. Lo cual es absolutamente farisaico teniendo en cuenta lo que ella y Felix te han hecho pasar a ti en el pasado.

—Mmm… No tanto —musité distraída, recordando la noche que nos encontró a Edward y a mí en el sofá de la sala en la cabaña. Su cara era algo que sobrepasaba y por mucho a lo traumatizada que yo podría haberme sentido por su causa.

—¡¿Alguna vez los vio… hacerlo?

—¡Nooo!... Pero, casi —concluí apenada.

Se quedó pensativa un largo rato, y yo aproveché para levantarme y buscar algo con qué vestirme. Encontré unos jeans y una blusa holgada de tirantes con cordones bajo el busto que se ataban detrás.

—Supongo… —empezó a decir, dubitativa, mientras me ayudaba a atar los cordones de la blusa en a la espalda—. Supongo que hay cosas que una hermana jamás debería ver.

¿Qué quiso decir con eso?

—¿Acaso tú has cachado a Alec igual? —me era difícil imaginarlo en una situación así… ¡y mejor no intentar!

—¡Peor! —respondió y su rostro se ensombreció dramáticamente—. En 1993 lo encontré… —tragó fuerte, y yo con ella, debatiéndome entre la curiosidad y la ignorancia (esto podría cambiar mi perspectiva del enano)—… ¡lo encontré jugando con muñequitas JI-Joe!

—… —parpadeé.

—… —no dijo más.

—… —volví a parpadear.

—… —seguía esperando mi reacción.

—¡No son muñecas, son figuras de acción! —exploté.

—Él dijo exactamente lo mismo. ¡El punto es que, no he sido la misma desde entonces!

—¡Jo! ¡Seguro! ¡Cúlpalo a él! —rodé los ojos.

Resopló fastidiada. Fue hasta la cama y se echó un clavado. Los muelles crujieron, pero no pasó a más, estaba bien hecha para soportar —como todo el inmobiliario del castillo—.

—Cambiando de tema… —dijo con aburrimiento—. Los maestros no tardarán en notar como crece esa barriguita, y sería bueno ir buscando un buen médico.

—¿Dónde? Nunca he leído el anuncio "médico vampi-obstetra" en la guía telefónica —ironicé.

Me miró con cansancio, pasando de mi chiste volvió a hablar con tono serio:

—Yo estaba pensando en llamar al Dr. Cullen.

—¡¿Carlisle? Pero…

—Pero, ¿qué?... Es la mejor opción… La única, de hecho si queremos mantenerlos a los dos con vida.

—Pero… Edward…

—¿Qué? ¿No ibas a decirle?

—No sé… no lo había pensado.

—Pues, no es por presionarte, ¡pero no tienes mucho tiempo para pensar! No necesito decirte lo rápido que es el progreso de un embarazo de este tipo.

No dije nada al respecto, sabía que ella tenía la razón. Pero simplemente no sabía que hacer. No es que no quisiera compartir lo feliz que me hacía esta noticia, pero no sabía como lo tomaría él. ¿Y si se sentía comprometido? ¿Y si estaba aún más arrepentido?

—Es el padre. ¡Tiene derecho a saber! —insistió Jane ante mi silencio—. Sólo dile. Lo que decida hacer depende de él, pero al menos dale la opción.

¡Diablos! ¡Jane tenía la maldita boca retacada de razón!

—Me agradabas más cuando eras una arpía, insufrible, egoísta y melindrosa.

—¿Qué es "melindrosa"?

—No lo sé pero me gustó como sonó —respondí, y rió.

Después de unos minutos volvió a ponerse seria.

—No tenemos tiempo, Mina. Es mejor si se entera por ti y no por terceros. Así que ve asimilándolo, porque voy a llamar a Carlisle.

Sentí que toda la sangre de mi cuerpo descendía hasta mis talones abruptamente. Me tambalee, pero Jane rápidamente me sujetó.

—¡Te has puesto pálida… eh bueno, más de lo normal! ¡Deberías comer algo!

—Ah, sí. Todo mi desayuno se fue por el caño —recordé, vagamente.

—Iré a traerte algo —me encaminó hasta la cama y salió veloz como un rayo.

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Mientras esperaba, decidí trasladarme al piso de abajo —mi pequeña sala multiusos—, bajé con mucho cuidado aferrándome del parapeto de la escalera, y suspiré aliviada cuando ya estuve a salvo en uno de los sofás. Pero casi al mismo tiempo di un respingo sorprendida por el portazo —Jane se había pasado de largo hasta la recámara—.

—¿Mina?

—¡Aquí!

Volvió a bajar inmediatamente.

—No te vi —dijo y rió apenada—. Ten —me entregó un paquete de sangre como el que le había quitado a Heidi temprano, luego sacó otros tres de su túnica y los metió en la pequeña nevera donde normalmente guardaba gaseosas.

Miré la bolsita con una extraña mezcla de deseo y repugnancia. Sólo recordar el sabor me hacía empezar a salivar, pero no era propio de mí ceder a esos impulsos con tanta facilidad. Mordí mi labio con desesperación, y el sabor de mi propia sangre me hizo ansiar aún más el contenido de aquella bolsita.

Jane se sentó a mi lado.

—La cosita linda lo necesita— insistió tocando el bultito duro con ternura.

Creo que no fue consciente, pero yo vi como una sonrisa dulce —no psicópata como las de antaño— se instaló en sus labios mientras veía mi vientre. Comprendí que ella tenía razón y empecé a beber. Pero algo más me inquietaba…

—¿"Cosita linda"? —casi escupí la manguerita.

—De alguna forma habremos de llamarle —dijo encogiéndose de hombros—. Y es imposible saber el sexo como para ponerle nombre desde ya.

—Pero… ¿Cosita linda? —repetí, incrédula.

—Prefieres… mmm… ¿Criaturita?

—¡Nooo! Eso me hace pensar en pequeñas bolas con rostro cubiertas de largas espinas venenosas —chillé aún más alterada.

—Sí… yo también vi esa película, la única en la que me simpatiza Leo Di Caprio, de hecho —dijo pensativa—. ¿Qué tal "Bebé"?

—¡Hurra, cuánta originalidad! —bufé antes de seguir bebiendo.

—¡Capullito!

—¡No es un gusano! —esta vez sí escupí la manguera, salpicándole la cara de sangre.

—¡Pues no te veo aportando ideas! —masculló limpiándose con una mano, luego se la lamió asemejando a un gato tomando un baño de lengua.

—¿Ju…nior? —dije a lo tonto distraída con ese gesto tan felino, pero sin dejar de beber.

—¡Uta! ¡La originalidad es de familia!... —me la devolvió—. Además me viene a la mente Schwarzenegger embarazado… ¡Mejor "Retoñito"!

Tragué rápidamente el último sorbo.

—¡No es una col!... Y suenas como "el abuelo Pickles".

—Cierto.

—¿Qué tal: Querubín?

—¡Demasiado cursi! —espetamos a la vez, antes de darnos cuenta que había una tercera persona en la sala—. ¿Tú que haces aquí? —hablamos nuevamente a dueto.

—Sentí curiosidad cuando la vi haciendo ese retiro —respondió Alec apuntando a su hermana y luego a la nevera—. Así que… ¿voy a ser tío? ¡Ya quiero ver la cara del maestro Marcus… de los tres, la verdad! ¡Me has superado! Yo sólo les traje pisapapeles y llaveros de La Push como recuerdito —se soltó riendo de su propio chiste.

—¡¿Recuerdito? —repitió Jane emocionada.

—¡Noooo! ¡Ni lo pienses! —gruñí, completamente mosqueada. Pero ya ninguno me prestaba atención.

De pronto entre los dos me tomaron desprevenida, y empezaron a hacerme cosquillas.

Cuando me liberaron, todavía agitada, alcancé a ver a Alec sonriendo de oreja a oreja mientras le ponía la tapa a un marcador rojo. Alterada, revisé mi vientre y encontré, con la pulcra caligrafía de Alec, la leyenda: "Recuerdo de Forks".

—¡CORRE! —gritó Jane alterada y ambos salieron disparados.

Salí tras ellos agitando mi puño y gritando al más puro estilo de Homero Simpson: "¡PEQUEÑOS DEMONIOS!". Los perseguí por más de medio castillo —desde la torre norte, cruzando la explanada hasta la torre sur, pasando por el estanque koi de Sulpicia en el ala este, y el invernadero de Athenedora, en la oeste—, pero al llegar al atrio del edificio principal, los perdí de vista. ¡O ellos se habían vuelto más rápidos, o yo demasiado lenta!

Me percaté de que varios vampiros curiosos me observaban desde el segundo y tercer piso, mientras permanecía al centro del atrio, petrificada con un puño en alto, como una antigua estatua. Empecé a sentirme boba.

—¿Mina?

Reconocí esa voz instantáneamente. Me sentí lívida, bajando el puño giré 180 grados para encontrarme con ese rostro amoroso de ojos dorados. Después todo se puso negro.

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—¡Ya está despertando! —escuché la voz de tía Sulpicia en un suave susurro.

Empezaba a recobrar la conciencia. Estaba recostada en el pasto y mi cabeza descansaba en el regazo de alguien que me hacía mimos. Abrí lentamente los ojos para encontrarme con esa cálida mirada de topacios.

—¡Esme! —me enderecé rápidamente y abracé a la vampiresa. ¡No había sido un sueño, Esme estaba ahí!

—¡Mi niña! ¿Te sientes bien? —preguntó devolviendo el abrazo.

Asentí.

—Creo que me emocioné —dije tratando de parecer casual—, eres la ultima persona que esperaba ver el día de hoy.

—¡Ay, hija! De verdad que eres la antítesis de tu padre —comentó mi tía, con una sonrisa comprensiva.

Sin querer recordé el mareo de esa misma mañana al salir de la cama, y después como casi me desvanezco mientras discutía con Jane.

—¡Bien dicen que la tercera es la vencida! —se me escapó.

Las dos me miraron, confundidas.

—Eh… ¿Cómo va todo en casa? —pregunté directamente a Esme, tratando de salvar la metida de pata.

—Al parecer igual que aquí, las sorpresas no terminan —respondió repentinamente divertida.

Tía Sulpicia y yo la miramos con curiosidad. Entonces nos explicó que Rosalie y Emmett se habían "fugado" para casarse en Las Vegas, porque según ellos, querían hacer algo nuevo y completamente diferente a sus anteriores enlaces.

¡Por supuesto! ¡Porque obviamente fugarse a Las Vegas y que los case un ministro obeso, peinado a lo Jimmy Neutron, y vestido como árbol navideño con más luces que un torero, es súper originalísimo!

Mi tía y Esme empezaron a reír.

—¿He dicho algo?

—Me parece lo has dicho todo —respondió una voz aterciopelada detrás de mí. Esme le sonrió al dueño de aquella voz, y me volví muy lentamente para encontrarme, después de toda una semana, con esos hipnotizantes ojos dorados. Mi corazón se aceleró—. ¡No pierdes la costumbre de pensar en voz alta, Fiorella!

—¡Mou! ¡Es algo superior a mí! —me lamenté.

Mi tía y Esme, rieron aun más divertidas.

—¿Qué opinas si continuamos con el recorrido, Sulpicia? —propuso, Esme levantándose del pasto—. Me parece que Mina ya se encuentra mejor.

—¡Definitivamente! El que no se desmayara al ver a Edward es un buen indicio —coincidió mi tía, siguiéndola.

—¿Desmayo? —preguntó Edward desconcertado, y se tumbó de rodillas para examinar mis pupilas tomando mi rostro con ambas manos.

—¡Estoy bien! ¡Sólo me sorprendí al ver a Esme!

Su ceño estaba arrugado. Estaba preocupado.

Busqué un poco de apoyo, pero ellas ya se habían marchado. Como si deliberadamente pretendieran dejarme sola con él.

—¡Relájate! ¿Quieres? —supliqué apartando sus manos con delicadeza.

—No puedo —dijo apenas en un murmullo, desviando la vista a otro lado—. No estoy acostumbrado a que me dejen completamente sordo.

—¿Ah?

—¿Qué estas haciendo? —me miró acusadoramente, intrigado.

—¿Yo?

—Dejé de escuchar a Esme y Sulpicia cuando se acercaban a ti, y ahora que estoy aquí contigo, no puedo escuchar a nadie… ¿Qué estas haciendo? —volvió a preguntar desconcertado.

—No…creo… ser yo… —dije dubitativa.

¡Pero tal vez "alguien" dentro de mí, sí! Era probable. El tío Aro no podía ver los pensamientos de mi madre cuando yo empecé a desarrollarme dentro de ella.

Me concentré con todas mis fuerzas en llamar a Jane o Alec, pero me sentía rara, y por más que gritaba mentalmente, ellos no venían.

¡Estaba muda! Intenté concentrarme en algo más, pero tampoco mi escudo funcionó.

—…¿Mina?... ¿Mina?

—¿Eh? ¿Sí? ¡Perdón! Me desconecté… ¿Decías?

Suspiró, se sentó a mi lado y estiró las piernas.

—No sé ni por donde empezar —dijo pensativo mirando al cielo… o mejor dicho a las copas de los árboles.

—Pues… —me acomodé igual que él viendo hacia arriba— mientras lo decides, qué tal si me cuentas como va todo en el instituto.

—Angela y Jessica preguntan por ti a diario… a mí no, claro, a las chicas. Pero eso seguramente ya te lo ha dicho Bella.

Asentí sin verlo.

—Preguntan si volverás.

—Me gustaría mucho—dije en un murmullo. Con mi visión periférica le vi voltear a verme—, pero no puedo —ahora menos que nunca podía volver a Forks, en mi estado actual llamaría demasiado la atención.

Hubo un largo silencio, hasta que él mismo lo rompió precipitadamente…

—¡Te extraño! —lo dijo tan rápido y tan bajito, que por un momento creí que lo había imaginado—. La razón por la que estoy aquí, es porque cometí un terrible error en Forks.

De inmediato me tensé y contuve la respiración. Si vino hasta mí para decirme que se arrepentía de lo que sucedió "esa noche", jamás podría decirle del bebé. ¡No, no lo haría!

—Fui muy cobarde, Mina. Porque te dejé ir sin aclararte que estás equivocada —giré la cabeza hacia él, confundida y me tomó por el mentón—. Yo no lo hice sólo porque sí… y sé que tampoco tú.

Tragué saliva ruidosamente, y él sonrió de lado. Sus ojos estaban fijos en los míos. De nuevo tenían ese misterioso brillo.

—Sé que muchas veces el amor y el deseo no siguen el mismo camino… pero para mí sí.

—E…eso… ¿Eh? —pregunté aturdida.

—¡Vaya que eres miope! —sonrió, y yo lo miré ofendida—. ¡Por Dios, eres empática! ¿Y ni así has podido ver lo que siento por ti?

—Bueno… yo… tu… —balbuceé, en parte sorprendida de poder sentir sus emociones, aun cuando mis otras habilidades se habían dado a la fuga; y en parte embelesada por lo que significaban.

Acaricio mi mejilla, yo no podía más que verlo descolocada. Acercó su rostro al mío y me besó con suavidad.

—¡Te amo! —susurró con su aliento aún sobre mis labios.

Sentí que me derretía como un dibujo animado de la Warner.

—Yo… ¡también te amo!

—Lo sé —dijo con seguridad. Demasiada para mi gusto.

Retrocedí un poco, la distancia suficiente para admirar la expresión traviesa en su rostro.

—¿Cómo es eso? —pregunté con desconfianza, mirándolo a traves de mis ojos convertidos en dos finas rendijas.

Se tomó su tiempo antes de volver a hablar…

—Te escuché —débilmente—. Escuché lo que estabas pensando. Te preguntabas cómo se escucharía si me decías en voz alta: "Te amo"… Fue entonces que me di cuenta de cuanto yo te ne…

—¡Para, para, para…! ¿Cómo que me escuchaste? ¿Pensé en voz alta? —traté de hacer memoria.

—No. Yo —parecía avergonzado—… debí decírtelo antes…

—¿Decirme qué?

—Cuando me besas… no proteges tu mente —confesó al fin.

Me quedé boquiabierta. No supe qué decir, y no recordaba con exactitud que tipo de pensamientos había tenido en esos momentos. Lo que fuera, con toda seguridad serían cosas vergonzosas.

—Bueno, ya me he confesado. ¡Ahora te toca a ti! —dijo de pronto, mirándome con reproche—. ¿Me puedes explicar qué pasó entre tú y Alec?

—¿Eh? —vagamente recordé. El primer beso con Edward (en el centro comercial), lo había comparado con el enano—. ¿Recuerdas el experimento que mencionó el tío Aro por teléfono?

Prácticamente muerta de vergüenza, tuve que contarle la historia. Como era de esperarse, se rió a más no poder. Lo veía tan alegre, que pensé que sería un momento apropiado para decirle lo de mi "recuerdito", antes de que Jane se topara con Carlisle y todo se fuera al traste.

—Edward… —dije y tragué duro, él me miró con atención sin dejar de sonreír. Mi bochorno le estaba resultando muy divertido—… Hay algo más… Yo…

—¡MINAAA!

Ambos dimos un bote cuando escuchamos el grito efusivo de Alice. Nos separamos, y apenas pude ver la silueta de Jasper cuando su "monstruito aterrador" se lanzó de plancha sobre mí tumbándome en el césped.

Alice estaba de verdad emocionada, y no necesitaba de mi empatía para confirmarlo.

Repentinamente la enana se apartó de mí asustada.

—Mina, ¿qué tienes ahí? —preguntó alarmada.

Su mano revoloteó hacia mi vientre, pero conseguí apartarla y sentarme nuevamente.

Edward me veía desconcertado y Alice enfurruñada, creí que la había librado… hasta que miré a Jasper. El rubio se había petrificado mirando directo a la zona de mi vientre.

—¿Ahí decía "Recuerdo de Forks"? —murmuró, atónito.

Sentí que los colores me subían al rostro y empecé a sudar frío. Maldije a Alec y su afición al graffiti, mentalmente… creo —porque últimamente ya no me daba cuenta de cuando se me iba la lengua—.

—¿Cómo? —murmuró Alice, levantándome de súbito la blusa.

Miré a Jasper directamente, y me devolvió una mirada de disculpa. Tomó a Alice, se la echó a la espalda y desapareció con ella.

Edward se acercó, y puso una mano en mi vientre.

—¿Yo…? —intentó hablar, pero se quedó mudo.

Lentamente me volví para verlo, muerta de vergüenza. Una espléndida sonrisa iluminaba su rostro.

—Sí —asentí nerviosa y roja como tomate.

Con su otra mano me tomó del mentón y volvió a besarme con ternura. Se recostó a mi lado sin quitar su mano de mi vientre acariciando el pequeño bultito. ¡Estaba feliz, tan feliz como yo!