Capítulo 2: Emma

Emma:

Recuerdo lo que sentí la primera vez que me vi al espejo. Era... increíblemente hermosa. Mi pelo castaño caía en suaves rulos sobre mis hombros. Mi cara ya no era tan redondeada como antes y mis facciones eran más definidas. Mis ojos cielo habían sido remplazados por ojos color carmesí. Mi cuerpo parecía esculpido por Miguel Ángel, con buen busto y cadera pero una fina cintura. Era simplemente perfecta y poderosa, una diosa. Rápida, fuerte. De cuerpo ágil. Sabía que era diferente a como era antes, pero solo caí en la cuenta cuando sentí ese ardor insoportable en la garganta. Entonces Vladimir se había presentado ante mi.

Pobre de mi. Inocente y tonta. Realmente había creído en la bondad de Vladimir, en sus ganas de ayudarme. Pero no me había dado cuenta de que sus ansias de poder eran mucho más importantes que cualquier otra cosa en el mundo. Él solo quería un numeroso y poderoso ejército y yo era la guardia perfecta, con mi don de poder ocultar mi esencia de cualquiera, incluyendo a Demetri Volturi. Los Volturi estaban tras nosotros y yo les era de mucha ayuda. Sin mi no lograrían nada más que escapar.

Nadie me preguntó si yo quería esa vida. No quería vivir en la corrupción, el mal, escapando, luchando por mi vida. Quería otra cosa. Quería poder elegir mi destino. Es por eso que escapé, lejos de todos ellos, Volturis y Rumanos.

Hasta aquí me trajo mi huída, los Volturi y los Rumanos pisándome los talones y yo a duras penas creo que había llegado a Inglaterra. Sí, efectivamente estaba en las afueras de Londres. Y esa chica Rosalie me miraba. La acababa de hallar junto a su esposo Emmett. Me habían temido al principio, cuando llegué con los pelos alborotados, la ropa razgada y totalmente fuera de mis cabales. Mas ellos escucharon, se interesaron en toda mi historia de principio a fin. Claro que no nombré ni a Volturis ni a Rumanos ni que el huir era algo literal. No quería más problemas. Por ahí no eran almas bondadosas como yo había pensado y decidían atraparme y entregarme a Volturis o Rumanos, según el que ofreciera mayor recompensa.

-Oh, Emmett. Mírala. No parece tener más de quince años. Es tan pequeña y se ve tan indefensa. ¿Si la llevamos con nosotros? Podríamos adoptarla. Mírala, se ve tan asustada-rogó la rubia a su esposo en voz baja, fallando en que yo no la escuchara.

Sí estaba muy asustada. Horrorizada diría yo, y eso que no me estaba viendo en el espejo. ¿Quién podía salvarme de esto? No quería volver a las filas de un ejército donde me conocieran sólo por mi don y mi vida -si se le puede llamar así- no valiera nada. Necesitaba ayuda de quien fuera. Huír era muy agotador y yo aún era una neófita que no podía mantener su don activo por mucho tiempo. Cada media hora o cuarenta minutos este cedía y en mi mente podía ya imaginar a los rastreadores viniendo a capturarme.

Emmet estaba indeciso.

-De acuerdo Rosie pero...

-Por favor, Emmett...-suplicó el ángel de rubios cabellos. -Sabes lo mucho que me recuerda a ella... a mi hermana. Por favor.

-Está bien, está bien. ¿Quieres venir con nosotros Emma? Podrías fingir ser nuestra hija. Tenemos una gran familia en Estados Unidos y podemos mantenerte a salvo de tu pasado.

Se hizo un silencio expectante. ¿A salvo de mi pasado? ¡Sí! La historia de Vladimir podía esperar.

-Así que... ¿cuándo nos vamos?