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Capítulo 2. Un compañero de juegos
Hermione se fue directa a su habitación. No sabía adónde ir ni qué hacer y no podía recurrir absolutamente a nadie. Entró e inmediatamente se despojó de toda su ropa y la lanzó con violencia dentro del cesto de la ropa sucia. Hubiese querido quemarla pero no sabía si los elfos llevaban un recuento de sus uniformes. Se dirigió al baño, donde permaneció bajo la ducha durante más de 20 minutos. Al principio, restregó todo su cuerpo hasta enrojecer su piel, como si con ello se fuera la sensación de las manos del profesor sobre ella. Había sido una estúpida, estúpida, estúpida. No paraba de repetírselo.
Maldita la hora en que se le ocurrió poner un pie en ese maldito lugar.
Sentía el agua correr sobre su piel llevándose todo rastro del encuentro que acababa de tener pero, ¿cómo lavaba su corazón de la impotencia que sentía? ¿Cómo lavaba su autoestima que se sentía maltratada por el sometimiento que debía acatar durante casi un mes? ¿Cómo lavaba el dolor de separarse de Harry durante ese tiempo? ¿Y si le perdía definitivamente durante ese mes? No podría soportar perder a Harry. Podría con cualquier cosa, menos con esa posibilidad.
No bajó a cenar. No quiso encontrarse con sus amigos para fingir una normalidad que estaba muy lejos de sentir. Se escabulló directo a la cocina y consiguió un sándwich con un vaso de leche. Tampoco es que tuviera mucha hambre pero no dejaría de comer por ese cretino. Se encerró en su habitación, se tomó una dosis de poción para dormir sin sueños, se metió en su cama y corrió las cortinas para no ser molestada por absolutamente nadie.
Tenía varios viales acumulados porque sus problemas para dormir habían sido persistentes desde el inicio de las clases, hasta que dejó de luchar contra su deseo de dormir arropada a Harry. Sus entradas furtivas al cuarto de los chicos solo eran del conocimiento de sus compañeros, que jamás los delatarían, y de la Directora McGonagall, quien se hacía la desentendida con esa situación. Total, eran dos de los tres héroes de guerra más importantes. Y para ella, los dos eran ya mayores de edad y el permitirles dormir juntos era un privilegio que se habían ganado durante la guerra al librarles de Voldemort.
Pero Madame Pomfrey no lo sabía, así que había continuado suministrando la poción a Hermione como si ella siguiera su tratamiento para el insomnio al pie de la letra. En este momento, daba gracias a Merlín que no había seguido la sugerencia de Harry de tirarlos por el retrete porque ahora sí que los necesitaría con urgencia. Sin Harry, no tenía otra forma de conciliar el sueño que con la ayuda de la poción.
Al día siguiente, se levantó y preparó temprano con la vana esperanza de salir de la sala común antes de que Harry se despertara.
Fue un esfuerzo frustrado porque Harry ya la estaba esperando en uno de los sillones. Tenía la pinta de quien se ha pasado gran parte de la noche en vela.
—¿Dónde estuviste? —le preguntó a quemarropa. Estaba de muy mal genio y Harry nunca había sido muy hábil disimulando sus estados de ánimo, mucho menos con ella que lo conocía como la palma de su mano.
—Buenos días para ti también —respondió ella, tratando de mantener la calma aunque por dentro tenía el estómago hecho un nudo—. Estuve en mi habitación, me sentía bastante cansada y por primera vez en meses pude conciliar el sueño sin problemas.
Harry la observó detenidamente y ella comenzó a ordenar sus papeles y pergaminos. Sentía sus ojos clavados en ella pero continuó arreglando sus cosas como si nada pasara, ignorándole.
—No te creo.
—Ese es problema tuyo, Harry.
—¿Qué te sucede? ¿Por qué estás tan cortante conmigo?
Ella suspiró. Era ahora o nunca. Si en ese momento no encontraba el valor de terminar con Harry nunca lo tendría. Y debía hacerlo o se atendría a las consecuencias con Snape. Y de verdad que no quería descubrir lo que la mente retorcida de Snape tenía pensado hacer para castigarla si ella hacía algo indebido.
—¿Qué es lo que te molesta realmente, Harry? ¿Que ya no te necesito como antes? —respondió retadora.
Harry se echó hacia atrás como si ella lo hubiera abofeteado. Estaba tan sorprendido por su reacción que el enojo se le esfumó en un santiamén. Ella nunca le había tratado de esa manera. Jamás.
—Dios Santo, Hermione, ¿qué te sucede? —le preguntó extrañado—. Ésta simplemente no eres tú. Estamos juntos, ¿recuerdas? Decidimos no hacerlo público hasta que termináramos la escuela. Eso es lo que habíamos acordado.
—Pues las cosas han cambiado, Harry, al menos para mí. Necesito mi espacio y necesito tiempo. Tenemos los ÉXTASIS casi encima y me urge estudiar para obtener las más altas calificaciones...
—¿Estás terminando conmigo?
—¿Se puede terminar algo que ni siquiera ha comenzado?
—¿Disculpa?
—¿Cómo puedo terminar contigo si ni siquiera soy tu novia? ¿Dejamos de ser amigos para ser amigos de nuevo?
—Si lo que quieres es que hagamos público que tenemos una relación, yo no tengo problemas con eso, Hermione. Yo no quiero que estemos alejados —le aseguró Harry. Realmente se miraba abatido.
A Hermione le estaba costando muchísimo mantener la actitud seca y distante que se había propuesto. Lo que quería era tirarse a sus brazos y gritarle lo que le estaba sucediendo para pedir su ayuda. Sentía físicamente cómo su corazón se rompía en mil pedazos. No pudo evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas y aunque él trató de tocarla, ella dio dos pasos atrás evitando todo contacto.
—Es demasiado tarde, Harry —afirmó ella con la voz un poco sofocada—. Como ya te dije, necesito mi espacio y necesito tiempo. No sé si más adelante pueda cambiar de parecer, pero en este momento te necesito lejos de mí. Me siento como si solo fuera un parásito tuyo, incapaz de pensar o de actuar por mí misma. Necesito saber que puedo yo sola. ¡Yo sola, Harry! Sin nadie encima de mí diciéndome qué hacer.
Con esas palabras había salido de la sala común, dejando a Harry boquiabierto. Se sentía completamente herido y bruscamente apartado de la vida de su mejor amiga y amante. Pero todo era tan repentino, que simplemente allí había algo que no encajaba. No era posible que la mañana del día anterior habían despertado juntos para hacer el amor y esta mañana ella le dejara con ese pretexto de que necesitaba espacio. Definitivamente, a Hermione le sucedía algo y no quería decírselo.
¿Existía otro chico que le interesaba? ¿O estaba metida en algún lío?
Con el ceño fruncido y viendo hacia la puerta por donde ella había salido, Harry tomó la determinación de que averiguaría qué era lo que en verdad estaba sucediendo.
Tomó sus cosas y se dirigió al Gran Comedor para desayunar.
Durante la primera semana, ella se presentó tres noches en el salón de pociones e hizo cosas con el profesor que creyó eran imposibles de realizar. Sí, era verdad lo que él le había asegurado la primera vez y era lo que suponía para ella su cargo de conciencia: sí lo estaba disfrutando, no podía negar que siempre alcanzaba sendos orgasmos, pero el hecho de hacerlo como un acto de sometimiento a ese hombre hacía que se le revolvieran las entrañas del puro asco. Porque Snape no permitía que ella olvidara que él tenía el poder y él controlaba la situación. Ella solo podía responder "Sí, profesor".
Sus compañeras y profesores comenzaron a darse cuenta que algo le sucedía. Andaba alterada y nerviosa todo el tiempo. Las manos comenzaron a temblarle por el puro estado de ansiedad en el que se encontraba. Para colmo, Harry no se daba por vencido. Estaba empecinado en que algo le sucedía y ella no quería contarle nada. Pero esa tenacidad en su amigo, que en otras ocasiones le había parecido cosa de admiración, ahora que estaba dirigida completamente hacia ella le estaba provocando grandes dosis de estrés y angustia de ser descubierta.
Su único consuelo esos días fue el susto que al parecer se había llevado su profesor de pociones al descubrir que su pareja secreta era Harry. A estas alturas, todos sabían que algo había sucedido entre ellos. Ya no se sentaban juntos en clase ni en el Gran Comedor. No compartían horas de estudio en la biblioteca, ni siquiera cruzaban palabra por los pasillos. Ron se sentía dividido entre los dos, pero trataba de llevar la fiesta en paz con cada uno por separado. Sus compañeros de "octavo" estaban extrañados de ella, ya no llegaba a medianoche con cualquier pretexto para dormir con Harry y el Salvador del Mundo Mágico andaba de un humor de perros, tan enojado andaba que todos evitaban ponerse en su camino para que no desahogara su ira con quien no debía.
—¿Por qué no me dijo que su pareja era Harry Potter? —preguntó Snape ese viernes, después de la respectiva sesión de sexo.
—Usted no me lo preguntó —respondió ella, mientras recogía su ropa de donde había quedado plegada.
—Le ordené que terminara con su pareja.
—Y eso fue lo que hice pero usted ya sabe lo terco que Harry se pone a veces —replicó Hermione. Snape frunció todavía más el ceño. Por supuesto que sabía que el chico era más obstinado que una mula cuando algo se le metía en la cabeza—. Si él me sigue constantemente buscando una reconciliación, es algo que yo no puedo controlar.
—¡Pues rechácelo con más ahínco!
Hermione hizo lo posible por evitar reírse en la cara de su profesor. Maldito bastardo. Por momentos deseaba que Harry se enterara de lo que estaba sucediendo para que se lo hiciera pagar caro. Pero en el fondo, era lo que le provocaba más miedo de perderle. La situación de por sí era tan delicada que simplemente no sabía cómo reaccionaría Harry al saber la verdad: si con lástima, con furia o con rechazo. Y ninguna de esas posibilidades le hacía ninguna gracia.
—Sí, profesor —dijo cuando terminó de vestirse. Se quedó de pie junto a la mesa esperando la orden de Snape.
—Ya puede retirarse.
Ella dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la puerta. Siempre salía con paso mesurado. Por mucha urgencia que sintiera por salir de allí, nunca apresuraba el paso. Cuando colocó su mano en el pomo de la puerta, escuchó de nuevo la voz atronadora del profesor.
—El lunes por la noche la espero de nuevo por acá, señorita Granger.
—Sí, señor.
Ese lunes, Hermione llegó al salón de pociones con el estómago encogido. Simplemente no deseaba estar allí. Cerró la puerta con cuidado. Sabía que al profesor no le gustaba que azotaran la puerta por entrar precipitados. Cuando se giró, vio con sorpresa que otra persona estaba dentro de la habitación. Un joven pálido, rubio y alto estaba de pie frente al escritorio del hombre. Ya se encontraba desnudo y aunque le daba completamente la espalda solo un ciego sería incapaz de reconocer ese cabello.
—Acérquese, señorita Granger —la convidó—. Mire qué le he conseguido: un compañero de juegos.
Ella pudo ver que los músculos del chico se ponían todavía más rígidos. Hábil Slytherin era el profesor al introducir a un tercero en la ecuación, de esa forma si Harry averiguaba algo, así fuera la punta del iceberg, todo se enfocaría a la nueva persona que estaba en el salón. O al menos eso pretendía.
—Ya sabe lo que tiene que hacer —dijo Snape.
Ella se acercó con el corazón un poco acelerado. A cada momento que pasaba, sentía que las cosas se ponían peor de lo que ya estaban. Ahora tendría que compartir su más oscuro secreto con una persona que no solo la detestaba sino que siempre la había mirado por encima de su hombro. No podía negar que Draco Malfoy no se había metido con ellos durante esos meses de colegio, pero tampoco podía esperar simpatías de su parte.
Comenzó a desnudarse, en el fondo esperando que Snape los conminara a jurar entre ellos que no revelarían nada de lo que allí sucedía. Pero cuando se colocó de pie junto a Draco y eso no sucedió, le quedó claro que la intención del profesor era que se destruyeran entre ellos. Esperaba que Malfoy fuera lo suficientemente inteligente para reconocer eso y que al menos no usara esa situación en su contra. Se daría por bien servida, si el Slytherin se olvidaba de ella cuando pasara la Pascua.
Los dos estaban tensos. El profesor Snape siguió sentado detrás de su escritorio como pensando qué era lo que realmente quería hacer con ellos.
—Señorita Granger, colóquese sobre la mesa y ábrase lo más que pueda. Señor Malfoy, usted le chupará el coño hasta hacer que ella tenga su orgasmo.
La expresión de sorpresa de Draco era más que evidente. Y no pudo evitar una mueca de disgusto.
—Profesor, usted sabe que yo... —comenzó a hablar.
Snape se puso de pie enfurecido.
—¡Hará lo que yo ordene, señor Malfoy! No estoy negociando nada con usted. Sé cuáles son sus particularidades —dijo con cierto retintín—. Y sepa que me tienen sin cuidado.
Hermione pensó que Draco estaba poniendo reparos debido a su condición de hija de muggles, pero ignoró por completo tanto la protesta de Malfoy como el estallido de Snape. Se encaminó a la mesa y se colocó de la forma en que el hombre le había indicado. Si comenzaban rápido, terminarían más pronto con lo que les tenía preparado.
Draco se acercó todavía dudoso adonde ella se encontraba. Su mirada no indicaba ni asco ni miedo. La impresión que le dio a Hermione es que a pesar de ser los dos mayores de edad, era la primera vez que Draco estaba con una mujer y simplemente no sabía por dónde comenzar. Situación que entre más la pensaba, más inverosímil le parecía. Si de algo siempre había gozado el heredero Malfoy era de una horda de estúpidas admiradoras, tanto de su físico como de su dinero. Eso no había cambiado a pesar del revés que había tenido su familia durante la guerra.
—Debería aprender de la docilidad de la señorita Granger —le recomendó Snape.
—Sí, profesor —respondió el chico, mientras se inclinaba sobre Hermione.
La lengua de Malfoy sobre su piel más sensible se sentía muy diferente a la lengua de Snape. Al menos no sentía su cuerpo tan mancillado como cuando era Snape quien la tomaba. Poco a poco, Draco comenzó a seguir al pie de la letra todas las instrucciones que el profesor le estaba dando. Ella desconectó su mente y comenzó a disfrutar de las placenteras sensaciones que el Slytherin le prodigaba. Sintió su lengua húmeda acariciarla a conciencia y tres de sus dedos penetrarla hasta que alcanzó su culminación.
Todavía sentía las piernas un poco temblorosas cuando escuchó que el profesor llamaba a Draco. Snape estaba sentado de la misma forma que cuando estuvo con ella la primera vez, pero Draco no estaba frente a él sino dándole la espalda.
—Colóquese junto a mí —le ordenó Snape.
Iba ella caminando, cuando vio que Draco hacía una mueca y luego se sorprendió al ver que el profesor colocaba un cono anal lubricado sobre el escritorio. Draco se apoyaba sobre la mesa, tenía el torso inclinado de forma que era su culo lo que quedaba a nivel del rostro de hombre. Hermione trataba de mantenerse tranquila pero nunca había tenido contacto con ninguna muestra de amor gay, mucho menos a relaciones sexuales entre dos hombres. ¿Sería esa la particularidad de Draco a la que se había referido Snape? Porque en esos pocos días había aprendido que a Severus Snape le fascinaba ejercer su poder, pero nunca hacía nada que a su sometido no le gustara.
Cuando la chica se paró junto a él, el profesor estaba ya penetrando a Draco con dos de sus dedos y el joven gemía suavemente.
—¿Le gusta, señor Malfoy? —preguntó.
—Sí, profesor.
—¿Qué le gusta más? ¿Que yo lo toque o que la señorita Granger observe?
—Las dos cosas, profesor —respondió Malfoy.
Hermione observaba fijamente esos dedos que entraban y salían del cuerpo de Draco. No pudo evitar que esa vista la pusiera muy caliente. Descubrió que ver a dos hombres teniendo algún tipo de acercamiento físico la excitaba un montón. La atronadora voz de Snape la sacó de su abstracción.
—¿Quiere unirse, señorita Granger?
—¿Disculpe?
El hombre se rió por lo bajo. Al pasar los días, ella había aprendido a odiar esa risa porque nunca presagiaba nada bueno.
—Quiero que meta un dedo junto con los míos.
Ella dudó por unos segundos.
—No sea tan remilgada, señorita Granger. El señor Malfoy está completamente limpio, me aseguré personalmente de eso.
Hermione se ruborizó por esa aclaración y a juzgar por el enrojecimiento repentino en la nuca de Draco, el chico también se había ruborizado a más no poder.
—No es eso, profesor. Es que nunca he metido mis dedos en el trasero de nadie.
—Usted se considera una buena alumna, ¿no? Siempre es bueno aprender cosas nuevas, aunque no sean académicas.
Acercó su mano a las nalgas de Malfoy y las acarició suavemente mientras acercaba los dedos al culo del muchacho. Siguiendo las indicaciones de Snape, Hermione introdujo su dedo medio profundamente. Ahora eran tres dedos los que le penetraban. El dedo de la chica se movía al ritmo que imponían los del profesor. Entonces, le ordenó que con su otra mano acariciara la polla de Draco y ella se sorprendió de encontrarla completamente erecta. Por alguna razón, pensó que las caricias en el culo no podían haberle estimulado lo suficiente pero sí que estaba excitado. Movió su mano de arriba a abajo, también siguiendo el ritmo con que le penetraban.
—No se corra todavía —le dijo, pero Draco ya respiraba con dificultad.
—Estoy casi al límite —le confesó el Slytherin.
Seguro de que no aguantaría mucho tiempo, Snape le indicó a Hermione que se sentara en el borde del escritorio. A Draco le dijo que la penetrara y la follara. Una vez que el joven lo hizo, los dos escucharon que el hombre se abría los pantalones. Ella sintió como su "compañero de juegos" se tensaba un poco más y comprobó que su grasiento profesor no solo estaba presionando sus límites sino también los de Malfoy. Se colocó detrás del joven y éste volvió su cabeza evidentemente para objetarle lo que estaba por hacer, situación por la que ella ya había pasado con lamentables consecuencias. Sin pensarlo, clavó sus uñas en los bíceps de Draco y cuando él se volvió a verla con el ceño fruncido, ella solo negó levemente con la cabeza advirtiéndole con la mirada de que no le convenía decir nada.
Un profundo gemido brotó de la garganta de Draco cuando Snape le penetró. No pudo evitar inclinarse un poco sobre Hermione, apoyando la frente sobre uno de los hombros de la chica.
—No es bueno cuestionar —dijo ella al oído en un susurro. Él hizo una leve presión con su cabeza y Hermione supo que le había comprendido. Severus estaba tan distraído penetrándole que no se dio cuenta de nada.
Los tres se quedaron estáticos. Aunque había usado el cono anal ese día y había sido distendido con propiedad con los dedos, el profesor se quedó quieto unos segundos, permitiendo que el culo del Slytherin aceptara su polla sin problemas. Y entonces comenzó a follarlos con fuerza, puesto que Draco la penetraba a ella al ritmo que imponía Snape.
Draco aferró a Hermione contra su pecho y dejó salir varias exclamaciones que al principio le sorprendieron, pero a juzgar por la entusiasmada polla que ella tenía dentro, no era nada que al joven le estuviera causando ningún dolor. Al contrario, más pronto de lo que esperaba se encontró inundada de su semen y Snape se derramó tres embestidas más tarde.
—Ahora los dos son míos —rugió el hombre, todavía entre jadeos.
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Ahora Draco también es parte de los juegos de Snape! Como siempre, sus comentarios son bienvenidos!
Un abrazote.
Clau
