Espero que no hayan sufrido mucho esperando este capítulo, así que no las retraso más, solo agradecer los reviews de Thunderlara-Boomslang, Andely Malfoy, malfoy19dani, luna-maga, kary992, MonoChronus, paula, LuaL y Ao0i.

Capítulo 4. Escondido bajo la capa

Harry estaba petrificado viendo a Hermione inconsciente al pie del graderío.

—¡Hermione!

El grito desesperado que sonó en el pasillo de abajo le hizo reaccionar. Bajó corriendo la escalera y cuando llegó junto a ella comprobó sorprendido que quien había gritado era Malfoy. La preocupación en el rostro de los dos también era evidente. En medio de todo Harry comprobó extrañado que Malfoy, por inverosímil que pareciera, estaba realmente consternado de ver a Hermione inconsciente en el piso. En cuestión de segundos, se encontró presionado contra la pared por un furioso Draco Malfoy.

—¿Qué le has hecho, Potter? —siseó, sus ojos grises estaban acerados, en una mezcla de rabia, dolor y angustia a partes iguales. Que Harry fuera el Salvador del Mundo Mágico y destructor de Voldemort en ese momento le tenía sin cuidado.

—Nada. Ella perdió el equilibrio...—respondió tomado por sorpresa.

Varios estudiantes y profesores salieron del Gran Comedor para ver qué sucedía. Y el cuadro no podía ser más confuso: Draco peleando con Potter, a quien sorprendentemente tenía aprisionado contra la pared y Hermione inconsciente en el piso.

Cuando los estudiantes salieron al pasillo y el murmullo comenzó a hacerse más fuerte, Draco soltó a Harry con renuencia. Y ambos jóvenes trataron con mucho esfuerzo de mantener la compostura. Los dos sabían que por el bien de Hermione debían llevarla rápido a la enfermería y tratarlo todo como un accidente. Madame Pomfrey salió del Gran Comedor avisada por los demás estudiantes. Levitó a la chica con cuidado y se la llevó al ala hospitalaria para examinarla cuidadosamente. McGonagall pidió a Harry y a Draco que la acompañaran.

Todos observaron cómo la enfermera colocaba a la chica en la última cama, la del fondo, para evitar que fuera víctima de miradas curiosas e incluso colocó un biombo para separarla del resto, para trabajar con más libertad mientras le quitaba el uniforme, le colocaba una sencilla bata y comenzaba a pasar su varita sobre su cuerpo, haciendo su diagnóstico. La vieron dejar caer un par de hechizos sanadores antes de irse a su despacho en busca de otros medicamentos.

—¿Qué ha sucedido? —les preguntó McGonagall a los dos, siguiendo con la mirada todos los movimientos de Madame Pomfrey.

—Yo solo la vi caer. No sé qué pasó entre ellos —respondió Draco, tirándole toda la responsabilidad a Potter, quien le lanzó una mirada acusadora de la que se hizo el desentendido. Si la había lastimado, debía pagar por ello.

—¿Estaban discutiendo? —preguntó McGonagall directamente a Harry.

—No —mintió él con aplomo—. Veníamos caminando juntos para el almuerzo y ella perdió el paso en el primer escalón. Todo sucedió tan rápido que yo no pude detener su caída.

La directora pareció satisfecha con su respuesta. Draco pensó que eso se debía a que era San Potter quien estaba dando su versión de los hechos. Si hubiera sido a la inversa, seguramente en ese momento él estaría en la Dirección enfrentando la acusación de haber agredido a Hermione con premeditación, alevosía y ventaja. Se sorprendió cuando vio que McGonagall se dirigía de nuevo a él.

—Parece usted muy afectado, señor Malfoy —dijo con cierta sospecha.

Bien, era demasiado pedir que la directora le dejara ir sin desconfiar de su palabra. Draco suspiró. Parecía que no podía quitarse de encima su estigma oscuro.

—No sé usted, profesora McGonagall, pero ver caer a alguien por la escalinata no es un espectáculo agradable a la vista —respondió con ironía.

—No, seguramente no lo es —convino la directora.

Madame Pomfrey se acercó a ellos.

—En este momento está dormida. Tenía fractura en el codo y muñeca derecha, y contusiones en el resto del cuerpo pero nada grave. Lo que me preocupa es que está excesivamente cansada y algo la tiene deprimida y bastante angustiada. Es más grave su problema anímico que la caída que acaba de sufrir.

—Harry, ¿será por lo que ha pasado entre ustedes? —preguntó la directora.

—Probablemente —respondió él—. Pero también ha estado estudiando mucho, preparándose para los Éxtasis.

Draco pensó que lo más prudente era retirarse, antes de verse envuelto en las conjeturas de Potter y la directora. No quería que la atención se volviera hacia él. Puso un pretexto cualquiera y salió de la enfermería aliviado de que Potter no lo hubiera puesto en evidencia ni le hubiera seguido presionando por una explicación sobre la relación que había desarrollado con Hermione en los últimos días. Harry lo observó salir, deseando irse tras él para obligarlo a hablar y que le confesara qué demonios era lo que estaba pasando. Malfoy lo sabía, estaba seguro. Ahora ya nada lo detendría para llegar al fondo del asunto.

Lo primero que hizo al salir de la enfermería fue irse a su habitación a buscar a Ron. Los dos habían estado preocupados por el extraño comportamiento de Hermione, pero su incipiente relación con Luna había desviado su atención en los últimos días. Harry estuvo aliviado cuando lo encontró solo, porque de esta forma no perdería tiempo buscando un lugar privado para hablar.

Ron estaba recostado en su cama leyendo una revista de quidditch cuando lo vio entrar con esa expresión determinada que solo le había visto durante los días previos a la batalla final e inmediatamente supo que su amigo había llegado a un punto crucial en su vida. Dejó la revista en la mesa de noche y se dispuso a escuchar. Observó cómo Harry abría con violencia su baúl y sacaba la capa de invisibilidad la ponía junto al mapa de los Merodeadores. Harry se quedó de pie, rígido junto al baúl y le observó fijamente.

—Necesito tu ayuda —le pidió.

Mientras Ron se cambiaba de ropa, Harry le explicaba con detalle todo lo que había sucedido, todo lo que Hermione había dicho y hecho, lo que había descubierto ese día que involucraba a Malfoy y el accidente en la escalinata. No omitió ningún detalle. Hasta ese momento, Ron se había mantenido al margen ante lo que consideraba era una discusión de enamorados, pero después de escuchar a Harry convino con él en que allí había algo raro y consideró que las sospechas de su amigo no eran producto de la paranoia de postguerra que sufrían algunos.

Juntos se encaminaron a la enfermería, se echaron encima la capa de invisibilidad y se colocaron hechizos que amortiguaban sus pasos y sus cuchicheos. Se ubicaron discretamente frente a la cama de chica, para vigilar todo lo que sucedía dispuestos a quedarse toda la noche. Habían llegado después de la cena, antes de que la enfermera cerrara el ala hospitalaria para las visitas. Varias personas llegaron para ver a Hermione y saber cómo estaba. Ginny y Luna estuvieron junto a su cama un rato. McGonagall llegó para saber si había algún cambio. La señora Pince hizo una visita rápida y dejó un libro en la mesa de noche para cuando ella despertara. Al parecer todo estaba dentro de lo normal.

Ellos permanecían sentados en el piso. Solo esperando.

Las luces del pasillo y de la enfermería se apagaron. Todo quedó en silencio. Afuera solo se escuchaban los pasos de los prefectos que hacían sus rondas de vigilancia.

La puerta de la enfermería se abrió con suavidad y unas pisadas amortiguadas se escucharon. Harry y Ron se pusieron de pie, varitas en mano, para ver quién era el visitante nocturno. Era Draco Malfoy y Harry le hizo señas a Ron de que esperaran a ver qué hacía. El joven se acercó a la cama de Hermione y ella ni siquiera tuvo necesidad de voltearle a ver para saber quién era. Cosa que sorprendió a sus dos amigos. Aparentemente estaba dormida, tendida sobre su costado con el rostro hacia la pared, pero en cuanto sintió las pisadas acercarse abrió los ojos.

—¿Draco? —susurró.

Ron, ofuscado, buscó a Harry con la mirada, su intención era caerle encima al Slytherin y obligarle a confesar todo, pero Harry hizo un gesto con la mano. Tenían que esperar. Si era lo que Harry temía, aunque lo molieran a golpes, el otro no podría revelarles nada.

Draco se sentó en el borde de la cama, junto a las caderas de la chica y estando ella todavía de costado acarició lentamente la línea de su cintura, en un gesto que se adivinaba normal y cotidiano entre ellos. Harry sintió la punzada de los celos. ¿Le había dejado por Draco Malfoy? ¿Por el elitista que siempre la había despreciado por ser poca cosa comparada con él y su linaje sangre pura? Poco a poco Hermione se incorporó y se sentó en la cama. Para asombro de ambos, un solícito Draco le acomodó las almohadas en la espalda para que ella se sentara sin problemas.

—¿Te encuentras bien?

—De la caída sí, pero... oh, Merlín, Draco... Harry casi descubre todo y yo... y yo... —desesperada, apoyó su frente sobre el pecho de Draco y comenzó a sollozar—. No puede darse cuenta, ¿me entiendes? No puede. No sé qué hacer. Creo que sospecha que tú y yo nos tenemos algo, no sé si dejar que crea eso o dejarle ver lo que está pasando sin entrar en detalles... ¡No sé qué hacer, Draco! No quiero perderlo. No soportaría perderlo.

Ron y Harry estaban cada vez más confundidos. Tanto Draco como Hermione se comportaban como si entre ellos existiera una relación más íntima que una simple amistad pero ella hablaba de Harry en términos amorosos.

—Tenemos que aguantar, ya te lo dije —insistió Draco, acariciando su cabeza. La mano de Draco bajaba desde su coronilla hasta su espalda y volvía a subir en un movimiento lento y tranquilizador—. Dimos nuestras palabras de bruja y mago... ese imbécil nos tiene atados de manos. Un pequeño desliz puede costarte muy caro. Tenemos que sobrevivir hasta la Pascua, solo nos queda una semana.

El corazón de Harry dio un vuelco con la confirmación de sus temores. Estaban juntos en eso y se apoyaban por puro instinto de conservación.

—Si las cosas siguen así, en una semana habré tenido un colapso nervioso o habré perdido la cordura completamente. Ya no quiero que juegue con nosotros, no quiero tener que seguir sus órdenes, no quiero que me toque, me da asco, me doy asco...

—No digas eso, Hermione. Tómalo como un aprendizaje sexual avanzado. Sé práctica y disfrútalo —la instó Draco. Ron dio un jadeo sorprendido y el corazón de Harry se apretujó más cuando escuchó esto. No solo era de hacer cosas que no querían, era de hacer cosas en el ámbito sexual, un lugar donde solo él había tenido el derecho de estar y al parecer, si Hermione había permitido que otro u otros lo estuvieran había sido bajo coacción.

—¿Cómo puedes decirme eso?

—Simple y llano instinto de supervivencia. Ya te lo dije esta tarde, no sobreviví a Voldemort para que ese hijo de puta me destruya con sus perversiones.

Harry estaba más tenso que la cuerda de un violín. ¿Perversiones? ¿Palabra de bruja? ¿Hasta la Pascua? Ya no quiero que me toque, había dicho Hermione, pero ¿quién sería capaz...? La puerta de la enfermería se abrió de nuevo con suavidad. Los pasos firmes sonaron con claridad en la habitación. Y los cuatro, sin excepción, reconocieron a quien pertenecían. Ron agarró a Harry firmemente de su muñeca derecha, con la que empuñaba con fuerza la varita y que parecía a punto de soltar una maldición. Ahora fue el pelirrojo quien lo contuvo para no precipitarse.

Vieron cómo Draco y Hermione intercambiaban una mirada y se ponían más tensos de lo que ya estaban. El Slytherin se puso de pie y se colocó junto a Hermione, que siguió sentada en la cama, solo se limpió con rapidez las lágrimas que bajaban por sus mejillas. Snape llegó hasta la cama de Hermione y se detuvo a sus pies. Con la misma expresión hermética de siempre y sus brazos cruzados en el pecho.

—Qué estampa más tierna —dijo Snape con ironía—. Supe de su pequeño accidente, señorita Granger. Es bueno saber que no ha sido nada grave.

Los jóvenes permanecieron en silencio. Ni siquiera cruzaron una mirada. Pero Snape no había llegado para hacer una simple visita de cortesía, sino a dejar en claro que era él quien mandaba y quien tenía la autoridad sobre ellos. Sobre todo ahora, que acababa de comprobar que ellos se miraban también fuera del salón de pociones y lo más importante, que ella había desobedecido la orden de tomarse la poción.

—Bésala —le ordenó a Draco.

—Profesor, ella no está en condiciones de...

—¡Haz lo que te ordeno! —gruñó, pero Draco permaneció inmóvil. Sabía a lo que se arriesgaba pero jugar esa noche simplemente le parecía más allá de cualquier límite. Snape comenzó a caminar hacia donde estaba Draco—. Ustedes me pertenecen. Los dos. "Haré lo que sea" me dijeron cada uno en su momento y yo solo les tomé la palabra literalmente. Me hicieron un juramento y si me da la gana que en este momento ustedes follen sobre esta cama de hospital, ¡tendrán que hacerlo! —rugió acercando su rostro peligrosamente al joven Slytherin.

Ron y Harry estaban asqueados bajo la capa de invisibilidad y vieron cómo Snape tomaba a Draco de los huevos y los apretó con la fuerza suficiente como para infringir dolor pero sin hacerle gritar. Draco se encorvó adolorido y de su garganta brotó un gemido ahogado.

—Ustedes son míos hasta la Pascua y harán todo lo que yo diga, ¿de acuerdo señor Malfoy?

—Sí, profesor —respondió Draco con la voz constreñida. Snape soltó su agarre.

—¿De acuerdo señorita Granger? —preguntó acariciándole el rostro. Comenzó con lo que se miraba una tierna caricia pero pronto deslizó su mano sobre los senos de la chica, tocándolos impúdicamente.

—Sí, profesor —respondió ella, de manera automática y sin ninguna emoción en su rostro.

Ni Ron ni Harry pudieron seguir observando. Con la coordinación que les daba sus años luchando juntos, los dos salieron de debajo de la capa con rapidez. Ron lanzó un Expelliarmus a la varita de Snape, que salió disparada de una de las mangas del profesor sin que éste pudiera hacer nada por evitarlo. El hombre se volteó sorprendido, para recibir de lleno en el pecho el Crucio que salió de la varita de un furioso Harry Potter.

Draco dio un respingo asustado al verlos surgir de la nada y a Hermione se le llenaron los ojos de lágrimas pues su mayor temor se estaba haciendo realidad. Harry había escuchado todo. Harry sabía lo que estaba pasando. Harry sabía que en esas semanas, ella había estado sexualmente con dos hombres más y se asustó de ver que estaba tan encolerizado que le importaba un comino lanzar una imperdonable a uno de los profesores. Mientras tanto, Ron insonorizaba la enfermería y sellaba todas sus puertas y ventanas, para evitar que alguien entrara. Snape quedó jadeando en el piso cuando la maldición cesó.

—¿Cómo se atreve...? —Snape comenzó a hablar indignado, tratando vanamente de imponer su autoridad de profesor, pero un segundo Crucio de Harry lo volvió a dejar sin habla. Se sacudió en el piso sin poder reprimir los gritos de dolor. Con el segundo hechizo comprobó dos cosas: que Harry Potter estaba realmente cabreado y que un Harry Potter cabreado era igual o más poderoso que el mismo Voldemort.

—¿Que cómo me atrevo pregunta el grasiento bastardo? —dijo Harry irónico—. Me atrevo porque no te importó mancillar lo que más amo, maldito imbécil.

Harry se inclinó para tomar a Snape de una de las solapas de su túnica y ponerlo de pie. Los Crucios de Harry habían sido tan fuertes y poderosos que el cuerpo del profesor temblaba visiblemente, toda su pesada túnica vibraba al compás de los espasmos que se producían en sus músculos adoloridos. La nariz comenzó a sangrarle. Pero Harry lo conocía demasiado bien. Sabía que no debía dejarlo reaccionar porque de lo contrario todos estarían perdidos y envueltos en la telaraña que el otro pudiera tejer.

Tomó la diestra del hombre con la suya.

—Sé mi testigo, Ron.

Draco estaba sorprendido por la sangre fría de los dos Gryffindors y comprendió que la guerra no lo había afectado solo a él. Todos habían aprendido algo, bueno o malo, en esa época. Una de las cosas principales era garantizar la supervivencia a toda costa. Luego, Draco y Hermione se sorprendieron cuando Harry comenzó con el encantamiento del Juramento Inquebrantable.

—¿Juras liberar a Hermione Granger y a Draco Malfoy de las promesas que te hicieron? —preguntó. Draco estuvo aliviado de escuchar que era incluido por Harry en el juramento; después de que el Gryffindor lo viera tratando de proteger a Hermione, éste no había vacilado en liberarlo de la situación en la que estaba.

Snape permaneció en silencio, desafiando a Harry con la mirada, diciéndole tácitamente y lleno de odio que trataría de no actuar bajo coacción. Como Harry ocupaba su varita para el Juramento, Ron colocó la suya en el cuello del profesor.

—Tal vez otro Crucio lo persuada —sugirió el pelirrojo.

—No podemos arriesgarnos a perder la Inquebrantable —dijo Harry.

Entonces, Draco se sorprendió a sí mismo y a todos al sacar su varita y colocarla al otro lado del cuello de Severus Snape. El hombre se puso más tenso. Siempre pensó que Draco estaba igual de sometido que la chica, pero estaba comprobando que había subestimado al Slytherin. Él no estaba ni por cerca quebrado ni en pánico de actuar en su contra.

—Tengo prohibido hablar y revelar lo que sucede entre usted y yo —habló Draco en un siseo peligroso—, pero en ningún momento nos prohibió usar nuestras varitas en su contra.

Harry aprovechó el momento y repitió la pregunta.

—Lo juro —aceptó al fin. Hermione comenzó a llorar quedamente de puro alivio, el mismo que Draco sentía recorrer todo su cuerpo. Se habían librado de una semana de juegos con Snape, pero ¿cómo reaccionaría el profesor en los días siguientes? Harry le dio la respuesta.

—¿Jura no acercarse a ellos a menos de quince metros de distancia y eximirlos de sus clases lo que queda del año escolar, hasta los Éxtasis, donde obtendrán un Extraordinario?

—Lo Juro.

—¿Jura que no intentará ningún tipo de represalia, chantaje o agresión en contra de ellos, sus familias y amigos? —añadió Harry, quien estaba tratando de pensar en todas las posibilidades. No podía desperdiciar esta oportunidad y tenía, debía cubrir todos los flancos posibles para evitar que ese bastardo se acercara a ellos con cualquier pretexto.

—Lo juro.

—¿Jura que no tratará de comunicarse con ellos ni verbal, ni por escrito, ya sean cartas o libros, ni usando mensajeros ni elfos ni ninguna otra manera de comunicación incluyendo la telepatía y la legeremancia? —preguntó Harry y Draco le vio sorprendido. El chico era mucho más paranoico que él y eso que se consideraba un caso grave.

—Lo juro.

—¿Jura que no intentará esto de nuevo con ningún otro estudiante, asistente o aprendiz? —Harry no quería que eso volviera a suceder. Obviamente ni Hermione ni Draco le deseaban a nadie que pasara por eso.

—Lo Juro.

—¿Jura que confesará sus acciones a las autoridades de la escuela antes de que termine el año escolar y acatará las sanciones que le impongan? —Draco sonrió satisfecho en cuanto Harry terminó de formular la pregunta. Lo que había hecho no quedaría impune. Dudaba mucho que McGonagall le permitiera continuar enseñando en Hogwarts después de que confesara su delito.

—Lo Juro.

El Juramento se completó y en cuanto terminó, Harry soltó la mano con rapidez como si le quemara.

—Hágalo ya —le ordenó.

Snape le lanzó una mirada asesina. Ron le devolvió su varita pero era improbable que la usara contra ellos, pues eran tres las varitas que lo apuntaban. La movió con presteza liberando a Draco y a Hermione del juramento que le habían hecho.

Draco se acercó a abrazar a Hermione. Al fin eran libres.

Entonces Ron y Harry sacaron el Gryffindor que llevaban dentro y sin poderlo evitar ni reprimir se le echaron encima a golpes. Ambos tenían acumulado cierto grado de angustia junto con altas dosis de ira e impotencia. Tanto que para ellos se volvía imposible e impensable que solo le permitieran retirarse de la enfermería como si nada hubiera pasado. La varita de Snape se le soltó de las manos en cuanto Ron le asestó el primer puñetazo en el rostro. A puños y patadas desahogaron su cólera. Fue Ron quien al final apartó a Harry y arrastró al vapuleado profesor fuera de la enfermería y lo dejó tirado en un rincón.

Cuando regresó, vio que Hermione había salido de la cama y se había tirado a los brazos de Harry. Ya no sollozaba, sino que lloraba amargamente, liberando todos los sentimientos que había reprimido en esas semanas.

—Perdóname, yo no quería terminar contigo, pero él... pero él...

—Lo sé, cariño, tranquila. Ya hablaremos después con más calma. Ahora debes descansar.

Ron se acercó a ellos y sin que Harry aflojara su abrazo, pasó uno de sus brazotes sobre los hombros de la chica de manera cariñosa.

—Respira hondo, relájate. Ese bastardo no volverá a tocarte, nos encargaremos de eso... —dijo viendo de Harry a Draco y viceversa—... los tres. Bueno, yo me retiro, Luna me está esperando.

—¿No te quedas? —preguntó Draco extrañado.

Ron sonrió con malicia, viendo de nuevo a sus dos amigos y al rubio Slytherin.

—No —respondió—. Creo que Hermione tiene suficiente con dos chicos. Un tercero solo lo complicaría todo —dijo en son de broma.

Los tres se sonrojaron y se vieron unos a otros con incomodidad, mientras un sonriente Ron se acercaba con sigilo a la puerta de salida y se iba por el pasillo evitando ser descubierto. Allí, se topó de nuevo con Snape que apenas comenzaba a incorporarse. Ese hombre le revolvía las entrañas por lo que había hecho. No pudo reprimir una última patada en el estómago como si estuviera pateando un balón de futbol y lo hizo con tanta fuerza que escuchó el tronido de las costillas de Snape, quien solo lanzó un gemido ahogado. Se inclinó para hablarle al oído.

—Vuelve a tocarla y te aseguro que eres hombre muerto —le amenazó. Vio de nuevo a ambos lados del pasillo. Menos mal estaba desierto, tampoco era de ganarse una expulsión de primas a primeras. Además, Luna lo estaba esperando en su Sala Común y él le había prometido pasar antes de irse a su habitación en la Torre de Gryffindor.

Cuando Ron salió, Harry condujo de nuevo a Hermione a la cama. La arropó con ternura. Ella estaba bastante alterada, por lo que los chicos se sentaron a ambos lados de la cama, cada uno tomándole una mano. Harry se inclinó y depositó un suave beso en sus labios tratando de calmarla. Draco sintió una pequeña punzada de pérdida en el pecho. Muy probablemente ella cortaría todo lazo con él, ahora que toda esa experiencia con Snape había terminado, por eso se sorprendió cuando ella acercó sus manos entrelazadas a su rostro y besó el dorso de su pálida mano.

Harry le lanzó una mirada que no supo interpretar. Pero definitivamente allí no había ni celos ni indignación, que eran las reacciones que había esperado que se produjeran en Potter.

Pasado un momento, fue evidente que Hermione no podría calmarse sin la ayuda de una poción. Pero no querían despertar a nadie para que no iniciaran las sospechas sobre lo ocurrido esa noche. Se dirigieron al despacho de Madame Pomfrey y acordaron con Hermione que ella diría que lo hizo en un momento de desesperación a causa del insomnio. No les extrañó encontrarlo cerrado y con algunas protecciones encima; sin embargo, la enfermera colocaba las protecciones previsibles para estudiantes en formación, no para veteranos de guerra.

—Aguarda —dijo Draco, poniendo levemente su mano en la muñeca de Harry cuando terminó de eliminar las protecciones principales y dirigía su mano hacia el pomo de la puerta. Fue un contacto ligero y rápido pero que lanzó una pequeña corriente eléctrica entre los dos. Ambos se vieron intensamente a los ojos—, déjame ver si no hay alguna alarma o alguna otra cosa específicamente en la manilla que le indique a Madame Pomfrey que se abre la puerta.

Efectivamente, esa era la última protección que había por quitar.

—No se me hubiera ocurrido —comentó Harry sin pizca de malicia.

—Llegas a hacerlo por inercia cuando tienes un honorable huésped en tu casa y no quieres interrumpir una sesión de tortura ni nada de ese estilo —explicó Draco. Hermione se estremeció por la confesión y Harry le vio sorprendido—. ¿Qué? ¿Creen que estuve de fiesta todo ese tiempo?

—No —respondieron los otros dos al mismo tiempo.

—Mejor busquemos la poción. Necesito descansar —exhaló Hermione. La debilidad de su cuerpo era evidente.

Los tres se movieron lentamente por toda la habitación, revisando lo que allí estaba guardado. Las pociones medicinales estaban en unos estantes cerca del escritorio de la enfermera. Hermione lanzó un Accio con su varita y el pequeño vial de la poción para dormir sin sueños salió del estante hasta llegar a sus manos. Alcanzó a ver que Harry hacía unas florituras con la suya.

—No quites mis trazos mágicos. Que queden como evidencia de que yo abrí la puerta.

Fue el turno de Draco de verles con sorpresa.

—No se me habría ocurrido —dijo, pero no pudo evitar que le saliera en un leve tono de mofa al repetir las palabras de Harry.

Los Gryffindors sonrieron.

—Lo llegas a hacer por inercia cuando eres el indeseable número uno y no quieres que te localicen —explicó Harry, quien no pudo evitar seguirle el juego a Draco y lo dijo también con un leve tono de mofa— ¿Qué? ¿Crees que estuvimos de campamento solo para alargar nuestras vacaciones de verano?

—Lo siento, chicos, me voy a la cama —anunció Hermione, mientras salía de la pequeña oficina.

Draco y Harry la siguieron. Ella se tomó la poción todavía caminando. Puso el vial en la mesa de noche que estaba junto a su cama y se metió bajo las sábanas. La ayudaron a acomodarse y la arroparon.

—¿Segura que no te quieres ir a la Torre? —preguntó Harry.

—Me siento lo suficientemente mal como para no querer moverme de aquí —le confesó—. Pero sí quiero que le pongas una protección a la puerta. No deseo llevarme una sorpresa cuando despierte.

Pronto, Hermione se quedó dormida.

Dormido el lazo en común entre los dos chicos, Harry y Draco se encontraron en la enfermería en una situación incómoda y sin saber qué decir. Harry se puso de pie y recogió su capa de invisibilidad, que había quedado tirada a media enfermería desde que sorprendieron a Snape. Se volvió hacia Draco.

—¿Quieres que te acompañe a las mazmorras?

—Yo no necesito protección, Potter.

—Tampoco te la estoy ofreciendo —replicó Harry con hastío—. Pero mi capa de invisibilidad puede serte útil para llegar a tu habitación sin ser descubierto.

Draco le vio el punto práctico al ofrecimiento y aceptó. Harry todavía se acercó a Hermione y le dio un último beso en la frente antes de colocar la capa sobre ellos para salir de la enfermería. Al cerrar la puerta, el Gryffindor se volteó y con un movimiento de varita colocó una protección tan potente que si Snape trataba de acercarse a la chica, muy probablemente acabaría pulverizado y todos sus restos cabrían en un tintero. Draco estaba impresionado por la fuerza de la magia de Harry. Claro que él sabía que su compañero de estudios era el vencedor de Voldemort pero muy en el fondo siempre había creído que Harry contaba con elevadas dosis de buena suerte y la ayuda de otros magos.

Por el pasillo se toparon con un inconsciente Snape, a quien no dedicaron más de dos miradas. Estaban ambos lo suficientemente furiosos como para preocuparse por el hombre.

Avanzaron en silencio por los pasillos del colegio y a medio recorrido, Draco se había arrepentido de haber aceptado el ofrecimiento y no era precisamente porque le repeliera ir junto a Harry. Era exactamente lo contrario. Caminaban con sus cuerpos estrechamente pegados para evitar que la capa descubriera alguna parte de sus cuerpos, y todos los sentidos de Draco estaban inundados por Harry. Su cuerpo se sentía firme contra el suyo, su olor (esa esencia masculina) inundaba su olfato y se mezclaba con el olor de su cabello, cuyas puntas le cosquilleaban en la mejilla, iban tan cerca que pudo observar a su antojo esos ojos imposiblemente verdes y las largas pestañas que se escondían detrás de las gafas... y para su decepción, llegaron demasiado rápido a su destino.

—Gracias, Potter.

—Creo que ya superamos esa etapa... Draco.

—Está bien. Gracias, Harry —dijo y extendió su mano, tal y como lo había hecho cuando tenían once años.

Esta vez, Harry no solo respondió al ofrecimiento de su mano sino que permaneció unos segundos más sosteniéndola y se quedó mirándole, como esperando algo más. Por Merlín, la atracción casi podía palparse. Draco ladeó su cabeza y comenzó a inclinarse hacia Harry, pero al segundo de hacerlo reaccionó sobre el repentino deseo que tenía de besar al otro chico. Lo más sorprendente era que Potter se había quedado con los labios entreabiertos, al parecer deseando exactamente lo mismo.

No podía ser.

Acababa de salir de un embrollo descomunal. No podía meterse en otro. Era lo más estúpido que podía sucederle en ese momento.

Dio las buenas noches de manera sofocada y prácticamente huyó de debajo de la capa para entrar a la Sala Común de Slytherin. A pesar de la penumbra, pudo ver que Harry se había ruborizado hasta la raíz de su alborotado cabello, como si recién se diera cuenta de lo que acababa de suceder.

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Un abrazote

Clau