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Mentira nº 2: En la misma batalla puede haber victorias vergonzosas y derrotas con honor.

Cayó de rodillas.

Se le iba la vista y la sangre bombeaba frenéticamente en sus sienes. Se había quedado sin aire. Estaba agotado. Descargó todo su peso en los brazos para no derrumbarse en el suelo, pero no podía levantarse. El cuerpo de Ace apenas le respondía. Teach era… más fuerte de lo que se había imaginado. No… era la Fruta. Su Akuma no Mi tenía… más poder del que había llegado a sospechar. A parte de que era un hombre excepcionalmente fuerte y robusto, se había hecho con una habilidad verdaderamente inhumana. Sus pulmones le ardían… Cerró los ojos esforzándose por recuperar el aliento. El sudor le nublaba la vista. Notaba el sabor metálico de su propia sangre en la boca. Tenía que levantarse… Por Thatch, por Barbablanca, por Luffy… No había llegado tan lejos para caer así. Intentó incorporarse de nuevo y uno de sus brazos le falló, dejándole en tierra. Una neblina de manchas rojizas pasó ante sus ojos brevemente y luchó de nuevo por ponerse en pie. Ante la oscuridad todo era inútil… Toda su fuerza, todas sus habilidades eran engullidas por las sombras de Teach…

-¡Eres fuerte! ¡Y tienes un gran poder! – le escuchó decir. Estaba a unos cuantos metros de él. Fatigado, pero en pie -. ¡Ace! ¡Únete a mí!

Su proposición le arrancó una sonrisa amarga. Sacó fuerzas de flaqueza para echarse hacia atrás y levantar la vista hacia él. No lo sabía, pero la expresión con la que miraba a Teach era seguramente la más peligrosa con la que jamás había mirado a nadie. Estaba loco si de verdad creía que iba a aceptar. La simple invitación era un insulto a su honor. Aquel desgraciado se creía que todo el mundo tenía una moral como la suya, pero el precio de su lealtad hacia Barbablanca estaba por encima de su propia vida. Antes muerto que traicionar al hombre que reconocía públicamente como Padre.

-Si someto mi poder ante ti, entonces no tendrá sentido haber nacido hombre – escupió con todo el desprecio de su alma -. No viviré con remordimientos. ¿Lo has entendido, imbécil? – Teach chasqueó la lengua con fastidio.

-Tsk. ¿Cuánto tiempo crees que puedes sobrevivir en este mundo con esa filosofía? Es una lástima, Ace – la oscuridad tras él onduló violentamente, elevándose como una nube sombría más y más voluminosa, más grande y amenazadora -. ¡Muere en la oscuridad entonces!

Se puso en pie. Si tenía que morir, no moriría arrodillado. Lucharía hasta el último aliento. Jamás se arrepentiría. Jamás suplicaría. Y jamás de los jamases entregaría su vida en vano. Hundió los pies firmemente en el suelo.

-¡Gran Comando de Llamas! – el infierno se desató a su alrededor. Sintió un dolor atroz atravesarle el cuerpo al transmitir toda su energía a las llamas, pero lo arrinconó y siguió generando más y más llamaradas. Más grandes, más ardientes… Un gigantesco cúmulo de fuego rugiente cobró forma en su mano, tan grande y aterrador que su vista no podía abarcarlo. Era su técnica más poderosa, la más destructiva… Invocar aquel gigantesco sol ardiente le dejaría exhausto, seguramente inconsciente, pero aquello era un todo o nada. Todo o nada, y Teach no obtendría jamás nada de él -. ¡ENTEI!

No eran muchas las ocasiones en las que había invocado el Emperador de las Llamas. Sólo había podido practicarlo en islas sin población por orden de Shirohige, y no habían sido muchas. Ni siquiera Marco había podido permanecer cerca de él mucho tiempo aún envuelto en sus propias llamas azules. Su habilidad regenerativa no podía protegerle lo suficientemente rápido de aquel calor abrasador capaz de carbonizarle por completo. Teach rió como un histérico ante la visión del comandante del segundo escuadrón de Barbablanca erguido como un rey ante él, sosteniendo sobre su cabeza aquel monstruoso orbe de llamas que eclipsaba la luz del propio sol. Siempre lo había sabido, que aquel muchacho enclenque que llegó al Moby Dick casi dos años atrás superaría al resto de comandantes. Con ese nivel seguramente sólo Marco y el propio Barbablanca podrían hacerle frente. Una auténtica desgracia que tuviera que terminar así.

-¡El sol o la oscuridad! – exclamó enloquecido - ¡Sólo habrá un ganador!

Ace le miró. Le miró con una serenidad profunda y tranquila, solemne pero desafiante.

-Haré a Shirohige… el Rey.

Eso fue todo. Después de aquello se lanzaron el uno a por el otro con todo lo que tenían. Ace gritó con toda la fuerza que pudo sintiendo cómo le ardían los pulmones mientras Teach y su gigantesca nube de oscuridad se cernían sobre él. El impacto de su choque sacudió la isla Banaro entera, y el encuentro de aquellas dos tremendas voluntades fue visible desde millas y millas de distancia. Una gigantesca onda de energía liberada se expandió llegando a alcanzar la costa y más allá mientras toda la población gritaba aterrorizada. Después de aquello, un viento, una brisa… que fue desvaneciéndose, marchitándose… hasta expirar de muerte en las rizadas olas del mar.

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