Heyyyy!^^ la semana ha pasado volando! Todavía debo unos cuantos reviews que contestar, pero los responderé a lo largo del día de hoy! Saludossss!

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Mentira nº 7: Lo más doloroso de nuestros errores no es ser castigado, sino que el castigo sea más grande que nuestro error.

-¡Eh! ¡Mirad! ¡Viene alguien!

-Es imposible. Sólo nosotros estamos en la isla, besugo.

-¡Pues venid a verlo, vamos!

Unos cuantos piratas se asomaron a la balaustrada con curiosidad al oír las voces de sus compañeros. La solitaria persona que se acercaba con paso lento al barco gemelo del Moby Dick se detuvo al pie de la pasarela tendida y levantó la vista desde allí, mirándoles. Llevaba un abrigo de viaje oscuro y un par de mochilas amarillas con una extraña sonrisa visiblemente abultadas. Su pelo negro azabache revuelto por la brisa marina le entorpecía la visión e impedía que los piratas pudiesen distinguir su rostro en la distancia. Entonces empezó a subir, y a medida que subía los piratas de Shirohige fueron encontrando algo más y más familiar en él. De alguna manera se hizo el silencio y los que estaban asomados contuvieron el aliento sin acabar de creerse lo que estaban viendo.

-No puede ser – musitó alguien.

-¡Pero si es…! ¿No es…?

-¡Sí, sí que lo es! – otro pirata se abrió paso hasta la pasarela seguido de muchos más -. ¡Es… Ace!

-¡Es un milagro!

-¡¿No lo reconociste?

-¡¿Y YO QUÉ COÑO VOY A SABER?

-¡ACE HA VUELTO!

-¡COMANDANTE! ¡ES NUESTRO COMANDANTE!

-¡ACEEE!

Ace casi corrió el último tramo del puente y arrojó a un lado las mochilas para fundirse en un abrazo con todos los piratas que estaban allí gritando de alegría y llamando a todo el mundo. Durante cinco minutos sintió que se podría morir de felicidad mientras todos sus compañeros se arremolinaban en torno a él con un alborozo como nunca les había visto. Se quitó la pesada capa y la dejó por allí justo en el instante en el que Stefan, el perrito de Barbablanca, se le echó encima empezando a lamerle la cara sin control arrancándoles carcajadas a todos los presentes. Entonces Ace se levantó de nuevo con el pequeño cachorro en brazos y una radiante sonrisa. Llevaba una camisa negra, desabrochada como siempre solía en los viejos tiempos. Su pecho y brazos estaban envueltos en finas vendas blancas y en su rostro dolorido había grabado un cansancio infinito, pero también una felicidad sin límites.

-Chicos, ¿dónde está Padre? – preguntó alegremente -. Quiero verle a él también.

De repente se hizo el silencio. Nadie le respondió. Todos pensaban que Ace ya debía saberlo, por los periódicos, o la radio… Nadie se atrevió a decirle directamente la verdad, pero él lo leyó en sus ojos. Su radiante sonrisa comenzó a menguar hasta desaparecer y la sombra del temor inundó su mirada. Dejó a Stefan en el suelo sintiendo la inquietud crecer lentamente en su corazón.

-…Decidme que no es lo que estoy pensando – les rogó.

-Ace, nosotros…

-¡Decídmelo!

El grito del comandante del segundo escuadrón sacudió toda la cubierta, exigente, pero sus compañeros sólo negaron con la cabeza tristemente y bajaron la mirada. Ace se negó a creerles. Subió corriendo al castillo de popa en dirección al camarote del capitán… sólo para encontrarlo vacío. Su mundo se tambaleó.

-¡Es mentira! – les gritó, temblando -. ¡No es cierto! ¡No es verdad! ¿Dónde está Marco?

Tampoco hubo respuesta. Ace sintió algo crecer más y más frío dentro de él hasta que comenzó a arder. La angustia le dominó.

"No… Marco no… Marco no puede haber…"

Echó a correr hacia la escalera de los camarotes de la tripulación en busca de la habitación del primer comandante antes de que nadie pudiera decirle que era el peor sitio al que podía ir y que no pusiese un pie en aquel cuarto. Cuando llegó, escuchó petrificado los gritos y golpes que salían de él. Alguien estaba muy enfurecido y gritaba sin control. Ace se detuvo en seco ante la puerta al reconocer la voz. ¿Marco estaba… gritando? Nadie jamás le había visto alzar la voz así a menos de que físicamente no se le escuchase o fuera una situación de riesgo extremo. Y Ace tenía muy malos recuerdos de la última vez que le había oído gritar.

-¡CÁLLATE! ¡¿QUÉ COÑO ES LO QUE NO ENTIENDES? ¡YO HABRÍA DADO MI SANGRE Y MI ALMA PORQUE ESTUVIERAN AQUÍ!

-¡Pero no lo están! ¡Afróntalo! – reconoció la voz de Vista. También él gritaba con evidente irritación -. ¡Sé cómo te sientes, pero…!

-¡TÚ NO TIENES NI PUTA IDEA DE CÓMO ME SIENTO! – el resto de la tripulación empezó a llegar a la carrera al pasillo con la evidente intención de impedirle entrar. Ace abrió la puerta con brusquedad -. ¡TÚ NO HAS PERDIDO LO QUE YO HE…!

-…Marco…

Su voz detuvo a Marco en seco, jadeando presa del calor sofocante de la furia y todavía con el rastro húmedo de unas ardientes lágrimas grabado en la piel. Vista y él se volvieron hacia el umbral del camarote, descubriéndole. Ace les devolvió la mirada con los ojos desencajados y llenos de unas lágrimas todavía sin derramar. Fue muy duro. Fue muy duro el tener que adivinar por qué su mejor amigo estaba gritando de frustración como lo hacía. Vista tardó unos segundos en poder procesar lo que veían sus ojos y salvar la escasa distancia que le separaba del recién llegado para fundirse en un abrazo con él.

-¡Dios mío, Ace…! ¡Estás vivo…!

El chico moreno dejó que el comandante del quinto escuadrón le diese uno de sus tremendos abrazos de oso, pero sus ojos negros estuvieron todo el tiempo clavados en el hombre rubio que había más allá. Marco retrocedió un par de pasos apoyándose pesadamente en la pared de su decrépito camarote porque sus piernas parecían incapaces de sostenerle más tiempo. El siempre impecable, impasible y seguro Marco se había quedado mudo, incapaz de reaccionar. Estaba desaliñado, pálido, sin afeitar, ojeroso… Eran pocos los calificativos para describir al hombre derrotado que estaba ante él. Y si Marco estaba así de mal, entonces…

"…Es verdad".

Empezó a temblar en brazos de Vista, que se separó de él preguntándole qué pasaba. Izou también se acercó, pero fue incapaz de contestarles.

"Padre ha muerto… Los piratas de Shirohige han… desaparecido. Todo es… verdad".

Ace no pudo contener las tremendas y dolorosas lágrimas que se escaparon de sus ojos. Se cubrió la cara en un esfuerzo por dominarse cuando gimió con desesperación. Su cuerpo se dobló hasta caer arrodillado al suelo sin energía, incapaz de levantarse. Con un estremecimiento rompió a llorar desconsoladamente, golpeando el piso con tanta fuerza que la madera se quebró y sus puños sangraron ligeramente. Su llanto era alto y desesperado, escapando de su pecho en alaridos de angustia.

-¡Mierda…! – gritó con la voz rota por el dolor -. ¡Mierda! ¡Joder…! ¡Mierda, mierda, mierda…!

Se le cerró la garganta. Notaba que le faltaba el aire por mucho que abriese la boca para respirar. Vio unas manchas borrosas acercarse a través de sus lágrimas, pero no pudo distinguirlas. Se apoyó pesadamente en ellas, conmocionado. Un dolor tremendo le apuñalaba el pecho. Todo empezó a moverse y arremolinarse en torno a él. Se quedó sin aliento. Las voces amortiguadas de la tripulación hacían eco en sus oídos, pero no las entendía. El aire no le llegaba, no podía respirar, se mareaba. Ace cayó fulminado sin remedio en brazos de los que estaban allí al perder el conocimiento.

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