¡Saludos a todo el mundo! ¿Cómo andáis? XD no me ha pasado nada especialmente interesante esta semana, así que os dejaré los capis sin mas XD

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Mentira nº 9: Los que fueron hombres buenos tienen tumbas eternamente lloradas.

"Las personas que mueren nunca regresan…"

Una brisa rizada impregnada del penetrante olor a yodo del mar llegaba desde la costa cercana. Los primeros albatros del día graznaban en los acantilados cercanos, sobrevolando playas y despeñaderos junto a otros pajarillos y gorriones que picoteaban alegremente el suelo en busca de semillas y ramitas para sus nidos. Aquella isla de Grand Line era pequeña, tanto que apenas transmitía un magnetismo que los Log Pose comunes pudieran detectar. A menudo pasaba desapercibida en las rutas, sin suponer un interés mayor del de un islote de siete millas escasas. Era aparentemente insignificante, pero hacía falta un Eternal Pose para llegar hasta ella. Sólo los que tenían uno de los apenas veinte que existían podían conocer su localización exacta, y con ellos, todo aquel que quisieran traer consigo.

Una isla deshabitada, un pequeño remanso de paz; virgen, fértil y salvaje. Aquél era el sitio que Barbablanca estableció como su cuartel general. Un refugio desconocido y seguro para él y los suyos, un lugar para descansar.

El mismo en el que, ante el acantilado más espléndido y orgulloso, se erguía su tumba.

Ace contempló en silencio el colosal monolito de mármol blanco con todos los títulos y méritos de su capitán. Finos y ondulantes hilos de delicado incienso se elevaban lentamente antes de desvanecerse en el viento dejando tras de sí el tenue aroma amargo de las varillas a los pies del monumento. Sintió un escalofrío cuando la suave brisa marina empezó a resultarle mucho más fría y desapacible de lo que realmente era. De su imponente alabarda clavada en la piedra pendía el enorme abrigo blanco que siempre llevaba, meciéndose ahora de forma solitaria en aquel lugar desde donde toda la isla y el mar podían divisarse. Transmitía toda la paz y serenidad que sólo las tumbas de los seres queridos pueden dar, pero Ace sólo sentía una triste melancolía contemplando aquel túmulo de flores y espadas. Los sables de sus compañeros caídos junto a su capitán. Que dieron la vida por él. Por rescatarle. Por salvarle… Agachó el rostro, abrumado al reconocer algunas de las armas que estaban durmiendo allí el silencioso sueño en el que el óxido corrompería sus nobles corazones de acero.

Aquellos eran compañeros a los que tampoco volvería a ver.

Se agachó para prender una nueva varilla de incienso junto a las demás, observando durante un instante la mortecina llama que no se apagaría hasta consumirse por completo. Se levantó con esfuerzo, sintiendo un punzante dolor en el pecho por el esfuerzo de haber subido hasta allí por su propio pie. Las heridas de su cuerpo aún tardarían en sanar, pero en ese momento eran las heridas del alma las que le ocasionaban verdadero dolor. Se giró lentamente hacia la tripulación que estaba tras él en solemne silencio.

Nadie habló. Tal vez porque Ace era el más joven, tal vez porque transmitía una alegría y vitalidad especial que le convertían en alguien al que sólo se le podía querer con la vida. Lucharon con diente y garra para proteger al compañero que igualmente habría dado la vida por ellos. Como un auténtico hermano. El más joven y especial miembro de su gran familia… aquel era Ace para ellos, y le querían igual. Todos se sentían así. No le odiaban por lo ocurrido, aunque todos sabían que su segundo comandante jamás lo aceptaría.

-…Estaba listo, cuando me condenaron – comenzó, mirándoles sin ocultar el sufrimiento de su mirada -. Lo acepté y me sentí preparado, pero luego os vi… Todos vinisteis a buscarme. Todos quisisteis salvarme. Luchabais por mí, y yo… yo – vaciló ante los rostros que le miraban. No se sentía digno. No sentía que sus disculpas fueran suficientes para los compañeros que tanto habían dado por él. Apretó los dientes esforzándose en seguir -… Me hicisteis desear vivir… vosotros me queríais… Me devolvisteis la esperanza a pesar… – Ace no pudo contener las lágrimas que se escaparon de sus ojos. Se cubrió la cara en un esfuerzo por dominarse cuando le falló la voz -. A todos vosotros… yo… Gracias…

Sintió que no podría seguir, y entonces Marco se acercó y le abrazó con una fuerza terrible. Delante de todos, sin importarle. Con un estremecimiento Ace rompió a llorar desconsoladamente, aferrándose a él. Su llanto fue alto y desesperado. Toda la tripulación de las divisiones de Barbablanca les observó en silencio con la emoción contenida al ver a su segundo comandante derrumbarse.

-¡Os debo tanto…! ¡Tanto! – gimió.

Marco sintió su camisa humedecerse repleta de lágrimas. Vista estaba más allá. Asintió al mirarle, sonriendo con tristeza. El rubio tomó la cabeza de Ace y acarició su pelo azabache dándole unas suaves palmadas en la espalda.

-Vamos, comandante – le llamó -. Vamos, Ace…, vamos… Ya está…, ya pasó…

No se dio cuenta de que también él lloraba. Se quitó las lágrimas con el dorso de la mano pero no le sirvió de nada porque fueron sustituidas inmediatamente por otras. Tenía los ojos cerrados para no tener que encarar la vergüenza de que sus subordinados le viesen llorar, así que nunca vio cómo todos ellos eran también incapaces de contener las lágrimas.

Las personas que mueren nunca regresan. Barbablanca no regresaría, Thatch no regresaría, pero Ace… estaba allí. Había vuelto. Había vuelto del borde de la muerte. No… de la mismísima muerte.

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