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Mentira nº 10: El perdón a menudo empieza por el perdón de uno mismo.
Marco se lo notaba. Desde que había vuelto, Ace les evitaba. Estaba triste, desconsolado. Cada vez resultaba algo más evidente que sufría en silencio sin querer admitirlo ante nadie. Ni siquiera ante él mismo. La pérdida de Barbablanca le había afectado muchísimo más que al resto. Los sentimientos optimistas que pudiera tener se habían volatilizado con su alegría al llegar al Moby Dick y descubrir la verdad. Marco sentía que le había decepcionado. Era igual que con todos los demás. Él como comandante veterano del primer escuadrón debería haber hecho algo. Debería haber sabido qué hacer para evitar aquel desastre. Era lo que se esperaba de él, la prueba estaba en que Ace esperaba que todo hubiera estado como siempre al volver.
Marco sabía lo que le torturaba. La culpa no le dejaba descansar, alimentando las cada vez más oscuras ojeras que hundían su mirada. No importaba lo que los demás pudieran decir. De nada le servía el perdón ajeno si él mismo no se perdonaba. De no haber sido por él quizás las cosas habrían sido diferentes, es cierto, pero ellos no podían saberlo el día en que le dejaron ir tras Teach. Todos seguían diciéndole que no era culpa suya, y aun así, ¿cómo iba a creerlo? Nada de lo que pudieran decir cambiaría la realidad, pero Marco no soportaba verle sufrir. Por eso estaba ahora allí, en el pasillo ante su cuarto. Era hora de obligarle a perdonarse antes de que su propio rencor le destruyese. Llamó suavemente a la puerta del camarote del comandante de la segunda división sin recibir respuesta. Llamó de nuevo. Silencio. Giró el pomo y abrió ligeramente.
-¿Ace?
Imaginaba que estaría cansado, quizás dormido. No era su intención molestarle, aunque se moría de ganas de verle. El sentimiento le pudo más y abrió la puerta. Quién le habría dicho hace dos años que algún día llegaría a actuar así. Se acordó de Thatch con tristeza. Él seguro se lo habría imaginado. Ojalá estuviera allí, aunque fuera para reírse de él. Era un amigo más que había perdido, pero no volvería por mucho que lo desease. En cambio, Ace lo había hecho. Había escapado de la muerte, y Marco nunca podría agradecerlo lo suficiente. Entró y cerró suavemente a su espalda. No vio al segundo comandante por ningún lado.
El camarote de Ace era sencillo como el suyo propio. Los comandantes no tenían preferencia ante los demás hermanos. Ninguno se sentía superior a ellos, así que no tenían por qué tener más comodidades que el resto de la tripulación. Generalmente conservaban la misma habitación desde que entraron en la banda, y era raro el que prefería cambiarla. Se quedó de pie, mirándola. Ace estaba cabreado con su situación personal. Se notaba por el aspecto caótico de su cuarto. Era joven, es cierto, pero no había sido nunca especialmente desordenado. La cama deshecha, el armario abierto de par en par, el contenido de su mochila disperso por una mesa cercana. Ropa en las sillas… Era la primera vez que veía su habitación en un estado tan deprimente. Su vista se paseó por allí mientras dirigía sus pasos hacia la cama después de comprobar que no estaba en el pequeño baño del camarote. En la mesilla de noche había una colección de frascos con píldoras de varios colores. Cortesía de Law, seguramente. Para que Ace hubiera accedido a llevarse aquella legión de medicamentos, Trafalgar debía haber sido bastante explícito en las consecuencias si no se cuidaba como era debido. Marco se prometió a sí mismo que velaría por ello. Se sentó en la cama al estar todas las sillas ocupadas con las cosas que Ace había dejado por allí y cogió uno. Parecía medicina artesanal. A saber qué hacía cada una de aquellas cápsulas. Devolvió el frasco a su sitio y apoyó los codos en las rodillas pensativamente dispuesto a esperarle allí. No estuvo solo mucho tiempo. Apenas veinte minutos más tarde la puerta del camarote se abrió y Ace entró trayendo consigo unas cuantas manzanas.
"Tampoco pensaba cenar con nosotros esta vez."
Marco se sintió ligeramente afligido y molesto ante el pensamiento. Ya llevaba tres días allí y apenas si salía de su camarote. Le recordaba demasiado a sus propias semanas de enclaustramiento. No deseaba aquello para Ace. Observó en silencio cómo dejaba la fruta en la mesa y maldecía en voz baja al recordar que no podía usar su Mera-Mera no Mi cuando fue a encender la mecha de la lámpara de aceite con los dedos. Obviamente no estaba acostumbrado a usar cerillas, pero la escena en lugar de hacerle sonreír le apenó aún más.
-Estoy seguro de que a los chicos les encantaría que comieras con ellos al menos una vez. Son muchos los que no te han vuelto a ver desde el primer día y están empezando a preocuparse por ti.
"Y yo también". Añadió en silencio.
Ace dio un pequeño respingo y recorrió alarmado el cuarto con la mirada hasta encontrar al primer comandante sentado a oscuras en su cama. Se le cayeron las manzanas de las manos y se agachó a recogerlas evidentemente fastidiado.
-Vete, no quiero ver a nadie – le contestó sin mirarle.
-No tengo ninguna intención de irme.
-He dicho que te largues.
-No – Marco se puso en pie y se cruzó de brazos apoyándose en el poyete de la claraboya después de abrirla para ventilar aquel antro -. Vamos a hablar.
-¿Qué te crees? ¿Que porque tengas casi veinte años más que yo puedes obligarme a aguantarte el sermón? – rezongó Ace elevando la voz. Marco le sostuvo la mirada antes de contestar lentamente.
-Tú, con casi veinte años menos que yo, viniste a gritarme a mi propio cuarto una vez – Ace contuvo de golpe la réplica que parecía a punto de decir -. Y a mí no me importó la edad que tuvieras.
-N-no quiero hablar de ese día – Marco contempló perplejo cómo su rostro parecía encenderse a pesar de la penumbra incipiente de la noche.
"Estupendo, Marco. Ahora no sólo está cabreado. Ahora está cabreado y además, incómodo."
-…Lo siento, no era mi intención molestarte.
-Pues lo has hecho.
-Lo siento de veras, Ace.
-¡Deja de disculparte!
El grito de Ace hizo un ligero eco en las paredes dando paso a un tenso silencio. Se pasó una mano por el pelo negro nerviosamente y comenzó a dar vueltas en círculos como un animal enjaulado.
-¿Es el dolor lo que te hace estar de mal humor? – Ace levantó la vista hacia él. La pregunta le había pillado desprevenido.
-Puedo soportarlo, ése no es el problema.
-Entonces te duele.
-¡Sí, pero se irá pasando! – exclamó con irritación. ¿Por qué tenía que pensar que el dolor físico podía mortificarle tanto? Ya había pasado por cosas así, y Marco lo sabía -. Sé a qué has venido. Quieres que deje de actuar raro, ¿verdad? ¡Pues lo siento! No tengo ganas de subir ahí arriba y soportar vuestras caras de lástima. Sobre todo la tuya – apuntó deteniéndose un momento. Cuando Marco parpadeó con sorpresa pareció arrepentirse de haberlo dicho y retomó el nervioso monólogo apartando la mirada -. Me habéis perdonado demasiado pronto. Eso es lo que me pasa. No sé cómo podéis…
Marco suspiró pesadamente al ver confirmarse sus pensamientos. La rabia y la frustración de Ace no eran de otra cosa que la culpabilidad que le corroía.
- No fue culpa tuya.
-¡Sí, sí que lo fue!
-Ace, fuimos a rescatarte porque eres uno de nosotros, parte de nuestra familia. No importa lo estúpido que seas a veces, eso no va a cambiar nada de lo que pasó.
-¡Si os hubiera hecho caso, esto no habría…!
-Ya basta – Marco le miró con dureza, empezando a estar cansado de su severidad autodestructiva -. Deja de culparte de una vez. No harás más que destruirte.
-No lo entiendes, ¿verdad? – preguntó con amargura -. Lo tuve aquí. ¡Aquí delante! – insistió, poniéndose una mano delante de la cara -. Tuve a Teach a un palmo de mí y fui incapaz de hacer nada. Yo fui… demasiado débil.
-Los poderes de la Yami-Yami no Mi no estaban a tu alcance, Ace. Nosotros también lo vimos. En Impel Down, ante el cadalso.
-¡No lo entiendes! – exclamó absolutamente frustrado mirándole con desesperación -. ¡Ese bastardo debería haberme matado! ¡Si lo hubiera hecho nada de esto habría pasado y todos estaríais bi…!
Marco atravesó el cuarto de dos zancadas y le cubrió la boca con su mano derecha mientras hundía su otro puño en la pared de madera junto a la cabeza de Ace.
-No vuelvas… Jamás, vuelvas a insinuar una cosa así. ¿Me has oído? – Ace no se movió. La fuerza de la mano de Marco inmovilizaba totalmente su cabeza contra la pared le impedía hablar. Consiguió asentir ligeramente -. Ya he tenido suficiente con perderte una vez… No me obligues a pasar por eso de nuevo. No podré soportarlo.
Ace le sostuvo la mirada con los ojos muy abiertos, sorprendido ante la confesión. Los ojos de Marco le devolvieron la mirada sin ocultar la amargura que había en ellos. Deseó no haberlo hecho, aquellas palabras dejaban demasiado que traslucir. Ace había sido la única persona a la que le permitió verle cuando finalmente se rompió de dolor después de todos aquellos meses de tormento, después de haber sido testigo de la muerte de Barbablanca. Su capitán... Su padre... Con su mera presencia Ace le había rescatado del abismo de la desesperación, y de alguna forma Marco tenía la sensación de que era consciente de eso. Por desgracia, también parecía pensar que era responsable de su sufrimiento, y él no podía negarlo por mucho que lo desease. Notó entonces que todavía le mantenía mudo y arrinconado. Le miró a los ojos, y vio la incertidumbre brillar en ellos. Retiró la mano con la que había aprisionado sus labios y después de un instante en el que se quedó mirándole, él mismo cerró los ojos y se hizo un lado. Acabó por ir a la ventana e inspirar una profunda bocanada de aire apoyado en ella, intentando serenarse.
Ace se quedó inmóvil viendo cómo Marco se alejaba de él en silencio. Tragó con dificultad, notando cómo las mejillas le ardían y los latidos su corazón se había acelerado considerablemente. Suspiró con frustración abriendo un par de veces la boca sin saber qué más decir. Vio cómo la cabeza de Marco se hundía entre sus hombros con agotamiento, mostrándole de nuevo aquella estampa de derrota que se reflejaba inconscientemente en su postura. Ace se sentó en la cama y ambos se quedaron en silencio durante un par de minutos, cada uno sumido en sus pensamientos. Entonces Marco suspiró profundamente y se acercó de nuevo con resolución. Se agachó hasta estar en cuclillas ante sus ojos antes de que el chico sentado en la cama pudiera reaccionar. Ace se quedó ligeramente descolocado. No le esperaba tan cerca. Marco en cambio simplemente le dedicó una pequeña y cálida sonrisa, consiguiendo ahuyentar el pesar de su espíritu antes de empezar a hablar.
-…Escúchame, Ace. Nunca me has fallado. Ni a mí ni a nadie de este barco. Todos nos sentimos orgullosos de haber ido a buscarte, y lo haríamos de nuevo si hiciera falta. No es algo de lo que debas avergonzarte, es algo de lo que tienes que sentirte orgulloso.
-Pero, Teach – uno de los dedos de Marco cubrió sus labios, impidiéndole interrumpirle.
-¿Kurohige? Bendito sea su negro corazón, porque decidió dejarte con vida cuando te derrotó y gracias a eso estás aquí después de todo. Lo único que queremos es que seas feliz, te perdones y vuelvas a sonreír. Y necesito que me prometas que al menos vas a intentarlo, Ace – aquellas últimas palabras dejaron al que fue segundo comandante en vilo -. ¿Lo intentarás por mí? – preguntó.
-Yo… – su estómago bramó en ese preciso instante de una forma muy cómica. Ace se encogió ligeramente maldiciéndose en silencio. Pero qué forma más imbécil de quitarle todo el encanto a la situación. Una mano de Marco en su mejilla le obligó a sostenerle la mirada.
-No te me distraigas – añadió, reclamando toda su atención. La intensidad de su mirada le dejó la boca seca.
-L-lo intentaré – la sonrisa de Marco se amplió enormemente y sus ojos resplandecieron con alegría inundando a Ace de una calidez especial.
-Entonces venga, vamos a comer algo con los demás. Son un poco efusivos, pero acabarás por acostumbrarte a ellos – bromeó.
La calidez del comentario consiguió hacerle sonreír un poco. Ace asintió y se puso en pie saliendo con él de su cuarto. Después de su viaje, la humillación, las lágrimas y el dolor, en apenas unos minutos Marco tenía el don de consolarle y envolverle con aquella calma protectora y serena que sólo él conseguía hacerle sentir. Caminando junto al primer comandante, sintió renacer en él un sentimiento largo tiempo olvidado por culpa de todas las penurias que la vida le había obligado a encarar. Era una sensación fuerte, latente, profunda, verdadera, sincera. Iba más allá de la confianza, más allá de la amistad…
Más allá de Marco y de él, pero sólo para ambos.
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…qué sentimiental todooo XDDD
¡Muy bien! ¡A partir de ahora se han acabado oficialmente los capítulos de pena! Toca echarse unas risas (risa perversa). ¡os espero n el siguiente! Byeee! =)
