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Mentira nº 12: Puedes amar en silencio, pero si no actúas el silencio te ganará.

Se había levantado un viento alegre del sur y traía consigo una brisa fresca y vigorizante que unida a la perfecta temperatura, invitaba a relajarse y descansar sentados en cualquier parte. Marco y Ace estaban juntos en cubierta, acomodados en un rincón de popa cerca de un corrillo de piratas que jugaban al mus. Ace había estado entretenido con ellos hasta hacía apenas un rato, pero como no paraba de perder acabó por dejarlo e ir junto a Marco simplemente para sentarse allí con él. El primer comandante estaba hojeando la prensa del día y Ace se dedicaba a mirar distraídamente las nubes tumbado a su lado medio adormecido. Ahora que había afrontado su congoja y Marco le había ayudado a librarse de aquel pesar que le corroía, estaba empezando a levantar cabeza y volver a ser el que era. Todavía tenía que seguir llevando camisa y estaba cubierto de vendas, pero la alegría empezaba a devolver a sus ojos el brillo especial que tenía su mirada y todos se habían esforzado por hacerle sentir tranquilo y acogido. Unos alegres ladridos interrumpieron la línea de pensamientos del primer comandante, haciendo que el chico con pecas se sentase como un resorte y recibiera en sus brazos al perro de Barbablanca que llegó correteando en su busca. Marco se quedó contemplando con una enternecida sonrisa cómo Ace le dedicaba unos efusivos elogios y le cubría de caricias comentando lo regordete y bonito que estaba para regocijo del pequeño animal que parecía entender todo cuanto el joven muchacho le decía. Desde que había vuelto hacía una semana escasa, le dedicaba generosamente todo su cariño y se deshacía en carantoñas con él. Era una imagen muy tierna.

Stefan recibía todas las atenciones y mimos de la tripulación. Seguramente la mascota más querida, mimada y consentida de toda Grand Line era aquel perrito blanquito de grandes bigotes. Pasaron semanas desde que Barbablanca murió hasta que dejó de gimotear de pena hasta quedar afónico, pero aun así a veces le veían en la puerta del camarote del que fue su dueño, sentado con la mirada triste y la cola baja. Todos sabían que seguramente aquel perrito notaba la ausencia de su amo más que nadie, pero ahora que Ace había vuelto, Stefan prácticamente no se separaba de él en ningún momento. A veces parecía que los ojitos negros le chispeaban de felicidad con las cariñosas atenciones que el segundo comandante no escatimaba en darle acompañadas de una voz suave y dulce. Estar juntos les hacía más llevadera a ambos la ausencia del ser querido que habían perdido, era casi como una especie de consuelo, y los piratas de Shirohige se alegraban de comprobar que el regreso del muchacho al que tanto querían era capaz de devolver la alegría y la vitalidad a la criatura a la que ni ellos mismos habían sido capaces de animar. Era imposible no quererlo… Igual que a Ace.

-¡Aceee! ¿Alguien lo ha visto? ¡Tenemos que revisarle! – unas suaves voces femeninas interrumpieron en ese momento la calma de cubierta con una ligerísima nota de irritación.

-¡Sí, claro, estaba por allí con Marco! – señaló alguien en dirección a popa.

-Oh, mierda.

Ace se encogió junto al primer comandante como si intentase volatilizarse entre él y la balaustrada en la que estaba recostado. No era ningún secreto para nadie que había estado rehuyendo a las insistentes enfermeras para que supervisaran su recuperación desde que había llegado. Se había obstinado en decirles que estaba siguiendo todas las recomendaciones y tomando todos los medicamentos que Trafalgar Law le había prescrito, pero ninguna de ellas se dio por satisfecha. Por desgracia, eran tan testarudas como él. El vivo taconeo de sus pasos ya sonaba peligrosamente próximo y aunque paseó la vista a la desesperada por cubierta no encontró ningún sitio donde esconderse. Entonces tuvo una idea brillante. Ace se echó hacia atrás en el suelo dejándose caer de cualquier manera cuan largo era, aparentemente presa de un fulminante ataque de narcolepsia. Stefan dio un brinco a su lado sobresaltado y Marco reaccionó justo a tiempo sujetando sus hombros para impedir que se golpease la cabeza contra el suelo. Las enfermeras aparecieron a la vuelta de la esquina en el preciso momento en el que le dejó suavemente en su regazo.

-¡Al fin damos con él! Ésta vez no tiene excusa para irse – rieron -. ¡Venga, Ace, arriba!

-…Parece que se ha dormido – comentó Marco lentamente elevando una de sus finas y elegantes cejas. La verdad es que se había llevado el susto de su vida temiéndose lo peor al verle desplomarse, pero ahora que lo pensaba bien era más que sospechoso. Las enfermeras pusieron mala cara.

-¡Pues despiértale! No es bueno que lleve tantos días sin que ningún médico le revise esa herida.

-Sabéis que es narcolépsico, no es recomendable despertarle así como así…

Chasquearon la lengua con fastidio, pero tuvieron que reconocerle que llevaba la razón.

-¡Este chico desde luego que no tiene remedio! – comentó una de ellas con una pequeña sonrisa al ver la expresión tranquila de su rostro dormido en el regazo del primer comandante.

-Mira que dormirse así de cualquier manera…

-Por favor, Marco, dile cuando vuelva en sí que mañana sin falta se pase por la consulta. Sabes que es importante que se haga un chequeo.

-Claro, se lo diré en cuanto despierte – respondió con aparente normalidad volviendo a coger el periódico.

Ace se aplaudió silenciosamente a sí mismo felicitándose por sus cualidades interpretativas cuando por fin las sintió alejarse. Estaba a salvo de ellas una vez más, por ahora. No había contado con que Marco reaccionase tan rápido cuando se dejó caer, pero ya que estaba se acomodó en el regazo del primer comandante aprovechando estar "dormido" para seguir cerca de él. Marco estaba en silencio, tranquilamente sentado igual que antes con la única diferencia de tener la cabeza de Ace acomodada en su cintura. Se preguntó qué podía estar haciendo, hacía rato que no escuchaba el suave crujido del pasar de las hojas de su periódico. Entreabrió un ojo con curiosidad. Tenía los papeles que ojeaba igual que antes, pero sus ojos no se movían. No estaba leyendo. Le extrañó bastante que estuviese tan quieto, y en ese preciso momento su mirada se desvió hacia él. Ace cerró rápidamente los ojos para que no descubriese que le había estado mirando. Se había dejado caer sin pensarlo, pero quedarse en el regazo de Marco quizás no era buena idea. Podría rodar hacia un lado y deslizarse hasta cubierta. No creía que fuese a notarse mucho el… De repente sintió los dedos de la mano libre de Marco hundirse suavemente entre los cortos mechones de su flequillo y luego avanzar hacia atrás, acomodándose en su cabeza y masajeando la piel sensible que había debajo sólo con los dedos. La ternura y delicadeza del contacto le pilló desprevenido y tuvo que esforzarse para no reaccionar, pero las placenteras caricias de las yemas de sus dedos le relajaron con fulminante rapidez. Marco era muy bueno haciendo aquello, y Ace descubrió en ese momento que le encantaba que le acariciasen el pelo, más aún si eran las manos del primer comandante las responsables de tan placentera sensación. Se relajó sintiéndose indescriptiblemente afortunado y se alejó poco a poco de la realidad.

Mientras estaba viajando en busca de Teach había tenido mucho tiempo para pensar y ordenar sus ideas. Ser amigo de Marco era genial, pero… hacía tiempo que no pensaba en él con el afecto de la amistad. Ellos siembre habían estado juntos, él siempre había estado ahí y siempre le había tratado… de forma distinta a los demás. Thatch lo había dejado caer entre sus bromas más de una vez, pero Ace nunca le había dado la mayor importancia. Hasta ahora. Descubrirse a sí mismo mirando al rubio medio embobado, persiguiéndole con la mirada… Cada vez que no podía evitar un estremecimiento al reconocer su figura en la distancia la verdad le acosaba como un cazador a su presa. Reconocería a Marco en cualquier parte. Ya no era sólo por su característico corte de pelo. Era su cuerpo, su manera de caminar, sus gestos… Sencillamente sabía que era él. Cada vez que estaba a punto de lograrlo, cada día que decidía que sería el último de buscarle con la mirada, siempre había algo que le volvía incapaz de hacerlo. Se encontraba con que cuando no estaba con Marco, pensaba en él todo el día, y entonces se cabreaba aún más consigo mismo por ello. Ace se volvía insoportablemente irritable y para cuando se daba cuenta era demasiado tarde. Generalmente ya había soltado más de un corte o sido borde con alguien que evidentemente no se lo merecía.

La incertidumbre le corroía. Marco era un hombre. Un señor hombre, preocupantemente más mayor que él. Y él… Bueno, él no sabía dónde meterse ni qué hacer con su vida cuando se cruzaba con el primer comandante. Sin embargo y a pesar de su tortura personal, Ace no se sentía desgraciado. Muchas veces la felicidad de uno mismo está inspirada por la de la persona que más quieres, y si Marco estaba con él, siempre sonreía. Solía reír a carcajadas con sus bromas. Su simple presencia le hacía inconfesablemente feliz. Qué pena estar fingiendo que era sólo amistad, cuando el afecto que sentía por él iba más allá. El cariño que sentía por el rubio era toda su grandeza… y también toda su miseria cuando recordaba que era inalcanzable para él. Sintió que el corazón se le encogía con tristeza. Volvió a echar un vistazo y casi le dio algo al encontrar a Marco todavía mirándole fijamente, pero entonces vio la tierna sonrisa digna de adoración que asomaba a sus labios y la expresión indescriptiblemente dulce de su mirada. Ace se quedó totalmente desarmado. Durante un instante le pareció el hombre más atractivo de la tierra, y el saberse totalmente embrujado por aquel pensamiento le hizo abrumadoramente feliz y desgraciado al mismo tiempo. Porque estaba dispuesto a aceptar que le quería más de lo debido a pesar de no ser correspondido, pero era imposible que estuviera triste si Marco le sonreía así.

-¿Y esa sonrisita?

Los ojos del primer comandante se desviaron durante un segundo hacia un lado, como si quisiera esconder la mirada antes de contestarle. Ace se asombró al descubrir que le daba vergüenza que le hubiera descubierto.

-…Podría pasarme toda la mañana así, pero de todas formas creo que deberías ir a enfermería tarde o temprano – comentó Marco, recuperándose.

-¿Cómo lo has…?

-Sé de sobra que sólo caes dormido cuando estás comiendo – Ace pestañeó sin ser capaz de disimular su sorpresa.

"¿Él sabía… sabía que estaba despierto y aun así me ha acariciado?" Sus mejillas tomaron un ligerísimo tono rojizo.

-Perdona. No quería incomodarte, no lo volveré a hacer.

-No, no es por eso… Es que me ha gustado… ¿Quieres seguir?

Marco pestañeó. Esperaba cualquier cosa de él menos eso, y su perplejidad no pasó desapercibida al sonriente muchacho que le miraba desde su regazo con irresistible picardía. Tragó saliva. Dios, Ace no tenía ni idea de lo apetecible que estaba así. Sabía que era atractivo. Sólo había que echar un vistazo a la mitad de los hombres de la tripulación para darse cuenta, pero ahora que lo tenía tan cerca… Podía sentir el tibio calor de su cuerpo contra el suyo y un delicioso estremecimiento le sacudió ligeramente al ser consciente de ello. La sonrisa socarrona de Ace empezó a desaparecer de su rostro al no recibir respuesta del aparentemente serio comandante. Iba a disculparse pensando que quizás había sido pedir demasiado, pero entonces los dedos de Marco se hundieron de nuevo entre las suaves ondas de su cabello, masajeándolo al tiempo que su vista volvía a estar enfrascada en la lectura dando la conversación por zanjada. Ace se extrañó de su brusco silencio, pero no tardó en adormecerse en su regazo por el efecto sedante de sus dedos y al final suspiró con profunda satisfacción acomodándose contra él completamente dormido. Sólo entonces Marco se concedió relajarse de nuevo.

Desde hacía días sentía la fuerza de una energía ardiente revitalizando su pecho con cada latido. Allí estaba la oportunidad perdida que había dejado pasar. Estaba vivo. Ace estaba vivo, y quizás ahora podría saber… podría dar el paso que entonces no se atrevió, porque él… no quería perder de nuevo a la persona que más quería. Era tan simple como eso, pero Ace no parecía esperar nada más de él que su cariño y su consuelo, y él debía estar a su lado y no fallarle. Se lo debía. Él sabía lo que quería, y aunque era cierto que de ninguna manera quería herir o incomodar a Ace después de lo que ya había tenido que pasar, sentía que no podría seguir así mucho tiempo más. Temía que le rechazara, temía perderlo… pero prefería el sufrimiento que queda tras haberlo intentado que el de nunca haberlo hecho. Las palabras de Vista sobre los sentimientos que Ace pudiera tener hacia él le esperanzaban casi tanto como le torturaban, fortaleciendo aquella secreta ilusión de ser correspondido.

"…Pero hay mucha diferencia de edad entre nosotros…" Pensó con tristeza contemplando la relajada expresión del muchacho tranquilamente dormido en su regazo. "Él es demasiado más joven que yo. La realidad es que aunque me correspondiera, moralmente yo debería… evitarlo."

Porque claro, cuando Ace tenía trece años, él ya contaba los treinta. ¡TREINTA PUTOS AÑOS, JODER! Era enfermizo. ¿Y qué, si ahora tenía veintiuno para veintidós? ¡Pff! Él ya iba para los cuarenta, coño, que podría ser su padre… Un puñado de años más y ya estaría peinando canas cuando Ace apenas estaría en la plenitud de su vida mientras a él bien podía decirse que se le habría pasado el arroz, pero le quería tanto… Se llevaban diecisiete años. Ace confiaba plenamente en él. Tenía una fe ciega en la integridad del primer comandante y él lo sabía. Le consideraba su mejor amigo, Marco era consciente de ello. Era consciente de todo.

…Pero para él tener su amistad simplemente no era suficiente.

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O sea, que todo esto sólo puede ir en una dirección… HACIA DELANTE! XDDD

Nos vemos, gente! Cuidarse! XD