Cortejo

Al llegar al hotel me fui corriendo a mi cuarto dirigiéndome a la nevera con mi deseada sangre. Bebí desesperada y al sentir el sabor, mi sed se fue calmando lentamente. Al acabar guardé el frasco en mi bolso de viaje y me tiré en la cama, aún era temprano y recordé que no había cenado. Estaba tan desesperada por beber sangre que tenía miedo de lastimar a alguien hasta matarlo y temí que ese alguien fuera Edward. ¿Qué habrá pensado de mí en ese momento? Me dirigí nuevamente al pueblo a comprar comida rápida para calentarlo en el microondas o comprar lo que fuera. Fui a pies, no quise sacar el auto, la noche estaba estrellada y había una luna preciosa rodeada por algunas nubes. La fiesta seguía en el pueblo, pero no me interesé. Entré a un minimarket que se encontraba no muy lejos de esa fiesta. Compré un poco de golosinas, una bebida, comida congelada para hoy y mañana, y shampoo. Después de comprar pasé por pequeñas tiendas turísticas a comprar algo que me interesara para poder matar el tiempo. Ya pasaban de las una cuando me dirigí al hotel y al llegar lo primero que hice fue sacar una de las comida para calentarla y la otra la metí en la nevera junto con la bebida. Mientras la comida se cocía un buen rato en el microondas me fui al baño y lavé mí largo cabello. Llené de agua la bañera de hidromasaje para relajarme y la alarma del microondas comenzó a sonar, por fin mi cena estaba lista. Llevé el plato al baño junto con la bebida y las puse al lado de la bañera, me metí y comencé a disfrutar de la tranquilidad de ese momento. Una vez terminada de cenar, me salí de la bañera y sequé mi cuerpo y me puse el pijama de seda que Alice me había elegido el día de mi transformación. A pesar de que yo era una criatura de la noche, me sentía exhausta, me dirigí a la cama y me dormí.

A la mañana siguiente desperté de un sueño horrible… soñé que mataba a Edward porque no pude aguantar mi sed, sentí miedo a que eso pasara, me recordó aquel hombre que Esme me dijo que matara, me sentía fatal. Elegí mi ropa y me metí a la ducha, había transpirado anoche, debió ser por aquel sueño. No elegí ropa muy abrigada, ya que había sol y no creía que el tiempo cambiaría. Miré por la ventana y hay había un grupo de pequeños alces alimentándose, era hermoso. Bajé para servirme mi desayuno y elegí un pequeño pastel y panqueques de jengibre con salsa de limón, acompañado de un buen té. La señora que me había atendido el día anterior se acercó a mí.

-¿Cómo dormiste querida? – me preguntó curiosa como toda vieja de su edad.

-Muy bien, gracias. La cama y la habitación en sí, son estupendos. – traté de no exagerar demasiado.

-¿Te quedarás más días?

-Aún no lo sé, pero le avisaré con tiempo. – me percaté que algunos hombres que se alojaban ahí me estaban mirando.

-Está bien. El día está precioso, hará mucho calor hoy. – me sonrió y se fue.

Ya había terminado de comer y me dirigí nuevamente a mi habitación. Al salir, Edward me estaba esperando, me sorprendí un poco

-Hola Bella. – su saludo fue animoso y después me examinó de arriba abajo viendo mi vestimenta y como me quedaba en él. Me sonrojé.

-Hola Edward.

-¿Lista para salir? – volvió su vista a mi rostro.

-¿Adónde iremos?

-Es una sorpresa.

Sonreí.

-Está bien, pero… ¿me esperas un minuto?

-Sí. – entré y lo primero que hice en "ese minuto" fue ir a la nevera y tomar un frasco de sangre, mientras lo hacía tomé mí cartera, me dirigí al baño para pintarme un poco, lo único que hice fue delinearme un poco los ojos y sería. Seguí tomando mí sangre y lavé mis labios que estaban cubiertos de mi comida que saciaba mí sed. Antes de salir me dirigí a la nevera y puse uno de mis frascos en la cartera, por si las dudas y cuando estuve lista, salí.

-¿Lista?

-Sí.

Me subí en su auto y manejó a un lugar que no tenía idea.

-¿Dónde vamos? –pregunté de nuevo.

-Es una sorpresa. – no quiso decirme dónde íbamos pero nos dirigíamos fuera de la carretera ciento once. No quería admitirlo pero me tenía ansiosa.

-¿Te dije que te ves muy linda hoy? – me sonrojé.

-No.

-Am… bueno te ves muy linda. – sonrió.

-Gracias. –sonreí avergonzada.

Al fin leí algo en medio de la carretera. "Bienvenido a Rides lluvia caballo del bosque"

-¿Caballos?

-Ajá.

-¿Este es tu campo? – estaba entusiasmada.

-Así es. ¿Te gustó la sorpresa?

-Me encantó. – se estacionó fuera del lugar y saludó a todos los que trabajaban ahí.

-Espérame iré a buscar algo. – me quedé parada mirando a todos con una sonrisa, me sentía tonta, no sabía qué hacer.

-¿Haz montado antes? – me preguntó cuándo regresó.

-La verdad es que no… - dije asustada.

-Es fácil, yo te enseño. – me tomó de la mano y me llevó afuera. Fue a buscar un caballo, pero algo pasó… me tenía miedo, quizás era verdad que los animales percibían ciertas cosas. El caballo apenas me vio comenzó a volverse como loco. Edward sujetó las cuerdas y trató de calmarlo pero fue inútil.

-Quizás es mala idea… - le dije un poco preocupada. Quería irme de ahí antes que descubriera la razón del porque el caballo actuaba de esa forma.

-Es extraño que actúe así. Iré a buscar otro que no esté tan agitado. Espérame.

Tomé las riendas del caballo y le tomé su hocico.

-Shhh tranquilo, no te aré daño. – le dije mirándolo a los ojos. Sólo bastó unos minutos cuando el caballo al fin se había tranquilizado. Comencé a serle cariño para que me tomara confianza. Una vez que el caballo ya dejó de gritar y de tenerme miedo, me subí a la silla de montar, siempre haciéndole cariño para que no se asustara. – No me delates caballito, por favor no me delates, confía en mí…

-¡Vaya, pudiste dominarlo que impresionante! – me gritó desde lo lejos trayendo otro caballo y al ver que ya tenía mi caballo dominado, se subió al que traía. Vino corriendo con el caballo a mi dirección.

-¿Ahora qué hago? – le pregunté una vez que ya estaba a mi lado. Comenzó explicarme paso a paso lo que tenía que hacer y como seguridad le puso otras riendas al caballo para que él lo dirigiera y no saliera corriendo por ahí.

-¿Lista?

-Sí.

Comenzamos a mover a los caballos y me fui al lado de Edward.

-¿Dónde quieres ir?

Pensé un momento.

-Al lugar que tenga la mejor vista. – mi voz fue entusiasmada.

-Entonces vamos al hermoso valle Solduc. – me sonrió y después su expresión cambió - ¿Te sientes bien?

-Sí… sólo… no sueltes la cuerda. – dije un poco asustada.

-No te preocupes Bella, no la soltaría jamás, pero no debes preocuparte, estos caballos están entrenados hasta para llevar niños. – sonrió.

Habrá pasado unas dos horas cuando por fin vi una hermosa vista del lugar. Me quedé contemplándolo un buen rato.

-Podría estar aquí todo el día si quisiera. – dije dando una gran sonrisa. Abrí mis brazos, tiré mi cabeza hacia atrás y cerré mis ojos para sentir la brisa del viento. – sentí a Edward ponerse al lado mío, casi rozando los caballos para poder tener un roce de mí. Sabía que me estaba observando pero aun así no quise mirarlo, por desgracia me acordé de esa pequeña frase dándome vueltas por la cabeza, "no te enamores". Al recordar eso, tomé las riendas del caballo y lo hice andar para seguir con el camino.

-¿Vez esas nubes de allá? – cambió el tema.

-Sí.

-Es posible que se acerque una tormenta.

-¿Tú crees? – dije casi pasmada por su conocimiento.

-Sí. Estoy seguro, las nubes están muy negras.

-Pero si habían dicho que el tiempo de hoy sería muy lindo y que habría calor. – mi voz fue de decepción, no quería que esas estúpidas nubes me arruinaran el día.

-Aquí es así… llueve cuando uno menos se lo espera por el clima oceánico.

-¿Hay que irnos?

-No… podremos estar un tiempo más, quizás la dirección del viento cambie y aleje esas nubes negras. – eso me alegró un poco. Me adelanté un poco.

-Entonces no perdamos tiempo. – dije entusiasta. – Aún me queda mucho por ver.

-Ya que te gusta el bosque – dio una pausa. – Vamos allá ¿te parece?

-¡Sí! – estaba tan feliz que podría reventar.

Edward no dejaba de mirarme, me ponía nerviosa.

-¿Qué me miras tanto? – no quería ser pesada pero quería saber que pensaba.

-Es que por lo general descifro a una mujer en cinco minutos, pero contigo es todo un desafío, no puedo descifrarte ni siquiera un poco, eres tan impredecible de repente que no sé qué pensar. Me frustras demasiado, además de eso eres muy misteriosa.

-Es bueno tener sus misterios de repente, no encuentro que sea malo. – sonreí sin mirarlo.

-Dime algún secreto.

-Si te lo contara ya no sería un secreto.

-Entonces dime algo de ti.

-Soy una asesina. – comencé a reírme y a pesar de que le decía la verdad, él también se reía pensando en que era una broma.

-No te tengo miedo.

Ya veremos pensé.

-¿A qué le tienes miedo?

-A la soledad y a la muerte. – sonreí. – Ríete si quieres pero es la verdad.

-¿Y qué pasaría si alguien llega y te ofrece la eterna juventud? – quería oír su respuesta.

-Esas cosas no pasan Bella.

-Ponte en el lugar de que si pasara… ¿La tomarías o la dejarías?

-Si existiera esa posibilidad, no sabría que responder.

-Pero acabas de decir que le tienes miedo a la muerte. – estaba confundida.

-Sí, viéndolo en ese punto sería una buena opción tomar la eterna juventud pero si la tomo es posible que en un futuro esté completamente solo y ahí es donde tendría mi otro miedo. – tuvo un buen punto. No supe que responder, con eso me dejó claro que no debía enamorarme de él, que tenía que alejarme.

-Entiendo.

-¿Dije algo malo? – me sorprendí.

-No… ¿Por qué?

-No sé, te sentí extraña. – a veces quería matarlo por percatarse de mis estados de ánimo.

-Nada que ver, estoy bien. – le di una sonrisa. – Fue producto de tu imaginación. – volví a sonreír. Traté de sacármelo de encima con esas preguntas que me hacía. – Que hermoso es ese árbol, mira su forma. Son… enormes.

-Estos árboles son viejos.

-¿Dónde estamos?

-Este camino se llama Oregón, pronto nos encontraremos con más árboles como estos y saldremos hacia un río en dirección hacia por esta dirección. – seguimos nuestro camino por los árboles que me tenían encantada. Edward comenzó a reírse.

-¿De qué te ríes? – pregunté curiosa.

-De tu rostro. – Fruncí el ceño. – No me veas así, es solo que te veo tan emocionada y excitada, que me recuerdas a mí cuando visitaba esta parte por primera vez. Como esto es casi una rutina para mí, había olvidado lo hermoso que era esto y lo recordé contigo. – sonreí. Al mirar al frente quedé anonadada por lo que vi.

-No puede ser…

-¿Te gusta?

-Es… muy bello. – había una hermosa cascada, de línea muy fina, era muy hermoso. Quería poder escalar los árboles y ver la vista, pero no podía por Edward. A veces sentía las ganas de decirle la verdad, pero tenía miedo a que huyera de mí asustado. Estaba tan pensativa en ese momento que no escuché lo que me dijo Edward.

-¿Y qué me dices?

-Sobre qué.

-Sobre comer algo… - me miró un poco confundido.

-Claro, por supuesto.

Sacó ciertas cosas del bolso que llevaba cargando el caballo y me dio comida. Comenzamos a comer mirando la hermosa cascada. Una vez que terminé, me dirigí a la orilla del agua.

-Hace calor ¿no crees? – le pregunté tratando de disimular mi estado corporal.

-Sí. – vi a Edward sacándose su camisa y zapatillas, dejándose puesto su pantalón. Su abdomen estaba perfectamente marcado por los músculos, estaba en muy buena forma. Di un suspiro.

-¿Qué haces?

-Voy a meterme al agua. – me sonrió y se metió de un zambullida al pequeño laguito que formaba aquella cascada. - ¿No vienes?

-No. – no había traído la ropa adecuada para mojarme.

-Qué pena… disfrutaré de esto yo solo. – me dijo tratando de molestarme.

Al decirme esas palabras sentí que me desafiaba, asique me saqué solo mis zapatos y me metí al agua. Pasé por el lado de Edward sin decirle nada, pero sonriendo en forma desafiante y me dirigí donde el agua caía. Al darme vuelta Edward se dirigía hacia donde estaba yo. Traté de evadirlo.

-¿Por qué te alejas?

-Porque te estoy evitando. – sonreí.

-Ven acá. – se rió y comenzó a nadar velozmente para tratar de alcanzarme, pero no hice nada veloz para no asustarlo, me moví como cualquier mujer delicada que se mueve en el agua. Comencé a reír cuando Edward puso sus manos en mi espalda.

-Te tengo. – dijo victorioso y riendo. Me di vuelta y lo miré a los ojos. – Pareces una sirena.

-¿Una sirena? – reí, ¿cómo me podía comparar con una sirena? Ellas no eran asesinas y chupasangre como yo.

-Sí… - dio una pausa. – Es increíble como el agua hace ver tus ojos más hermosos. – lo miré confundido. – No digo que cuando estás en tierra son feos… es que… nunca había visto tus ojos tan de cerca y el agua le dan un brillo especial. – reí.

-¿Ese es un cumplido?

-Sí… algo así. – me dibujo esa sonrisa que tanto me gustaba.

-¿A qué le tienes miedo Bella?

-¿Por qué me haces esas clases de preguntas? – me alejé un poco de él.

-Curiosidad…

-A nada.

-Sé que le temes a algo.

-¿Por qué dices eso?

-Porque todos tenemos algún miedo.

Sonreí.

-Bueno… le tengo miedo a las arañas… ¿eso cuenta?

-Un poco. – me sonrió. Mordí mi labio, sentí unas ganas enormes de besar a Edward en ese momento, pero fui fuerte con mis sentimientos y me alejé de él dirigiéndome a la orilla para salir del agua. - ¿Qué pasó? – estaba confundido.

-Tengo que secarme… me dio un poco de frio. – mentí, pero se las creyó. Después de todo yo era buena mentirosa. - ¿Regresamos?

-Claro. – Ambos nos vestimos y nos fuimos de ahí.

Tardamos horas en llegar al rancho de Edward y la neblina comenzó a bajar hasta nuestro nivel, si hubiera utilizado mi velocidad ya estaría allá, pero debía privarme de ciertas cosas como vampira y eso me ponía de mal humor, pero no podía demostrarlo. Al llegar ya estaba oscuro y nosotros ya estábamos secos.

-Está muy oscuro.

-Deben de ser las nubes que vimos en la mañana. – dio una pausa. – Hay que apresurarnos, está haciendo mucho frio. – si no me hubiera dicho que había frio yo no me hubiera percatado de eso.

-¿Estás bien? – estaba preocupada.

-Sí, pero no sé cómo tú no tienes frio. – debía pensar en algo rápido.

-Si tengo frio, pero no lo demuestro. – me miró extrañado. - ¿Sabes que el frio es psicológico?

-Sí.

-Entonces piensa en el sol. – sonreí.

-No quiero que sea mañana… - su tono de voz cambió, fue triste.

-¿Por qué?

-Porque te irás… - tenía razón… pensé en irme a primera hora mañana. No dije nada durante un par de segundos.

-Bueno… si me dices un panorama para mañana es posible que me quede. – le sonreí.

Nos subimos a su auto y comenzó a manejar de vuelta al pueblo.

-¿Qué tal si te llevo a almorzar con a mi familia? – lo miré sorprendida.

-¿Qué?

-Vamos te van a adorar. Además aremos una parrillada.

-Es que… no sé…

-Vamos, te reto a hacerlo. – me reí.

-Eso no pasará de nuevo como hoy, pero… ¿y si no les agrado?

-Te amarán.

-Está bien.

-Te recogeré a las doce mañana. ¿Te parece?

-Bueno.

-¿Te parece si cenamos? Ayer no me diste la oportunidad de cenar contigo. – reí.

-Vamos.

Fuimos a uno de los restaurantes del centro y nos sentamos en una pequeña mesa.

-¿Qué quieres pedir?

-¿Pizza?

-Perfecto. ¿De peperoni?

-¿Y doble queso? – mis ojos se agrandaron.

-Fantástico. – rió. – Casi tenemos el mismo gusto. – me sonrojé. Llegó la camarera y Edward pidió la pizza y las bebidas. Llegó la camarera con las bebidas y al dar un sorbo, comencé a oler el olor a sangre de Edward y de las personas a nuestro alrededor.

-Voy al baño. – me fui lo más normal que pude y me metí adentro del tocador. Abrí mi cartera y saqué mi frasquito de sangre, bebí sin detenerme a respirar. Guardé el frasco nuevamente y salí. No estaba sola.

-Disculpa, estás sangrando del labio. – me dijo la mujer casi de mi edad.

-Sí… tuve un pequeño accidente. – lamí la sangre y le sonreí. – Gracias. – y me dirigí a la mesa.

Con Edward, comenzamos a hablar de la vida, lo que queríamos en el futuro, nuestras ambiciones, familias, anécdotas, nos reímos mucho y por primera vez me di cuenta que con Edward teníamos casi la misma forma de pensar, coincidíamos en muchas cosas, gocé mucho con su compañía. Al terminar nos dirigimos a mi cuarto de hotel y paró el motor casi al lado de mi auto.

-Gracias… la pasé muy bien. – sonreí.

-Gracias a ti. – ambos nos sonrojamos. – Te pasó a buscar mañana.

-Bien. – di un suspiro y me bajé del auto. Edward no se fue hasta cuando entré a mi habitación. Era tarde y al estar todo el día en actividad me hacía estar muy cansada. Amaba mi anillo.

Me saqué la ropa que aún estaba un poco húmeda y me estiré en la cama comiendo mis golosinas. Repasé todo lo del día en mi mente y sonreía sola. Me saqué el maquillaje e hice mi aseo personal. Al terminar me estiré nuevamente en la cama y me dormí tranquila… feliz, hasta cuando comencé a ponerme nerviosa por lo de mañana.