¡Otro más!
Capítulo 25
Sentado en la cama, como un niño pequeño, abrí la libreta, pasando hojas y hojas, hasta que llegué a ese punto que estaba buscando. Mi fiesta de cumpleaños.
Había sido una fiesta sorpresa, en casa de Danny, organizada por Tom. Todo era perfecto, mis amigos, todos reunidos en una misma casa. Recuerdo que cuando entré de lo primero que me di cuenta fue de la ausencia de Danny. Tuve muchas felicitaciones, muchas sonrisas, abrazos, pero me seguía faltando él. Le busqué con la mirada y Tom se dio cuenta de ello, me dijo donde estaba y con quien.
Que Danny no hiciera de anfitrión ya era raro, pero que estuviera con su hermana, encerrados en el estudio, eso era demasiado raro. Le pregunté a Tom si estaba Danny bien, su boca dijo sí, sus ojos un claro no.
Dejé de perderme en mis recuerdos y baje los ojos leyendo la primera página. Me parecía que estaba invadiendo su privacidad, colándome en sus más íntimos pensamientos. Narraba en primera persona, explayándose en los sentimientos. Leí página tras página hasta que llegué al momento en el que Danny bajó del estudio para "unirse a la fiesta".
Cuando levanté los ojos del papel y los note anegados de lágrimas. Un nudo se había instalado en mi estómago. Había leído lo que sentía Danny, cómo lo sentía, había leído su miedo, su confusión y le entendía.
Seguí leyendo sabiendo lo que vendría a continuación. No recordaba todo nítidamente, pero lo sabía, sabía lo que había pasado. Me deje llevar de nuevo por los recuerdos, recordando como Danny había estado desaparecido toda la fiesta o como Tom, Gi o Harry entraban y salían de la terraza, sin él.
Danny no entró en toda la noche, una parte de mí le añoraba, otra no quería enfrentarle. Pase toda la noche con la misma copa en la mano, sin beber. Recordaba cómo no había sido capaz de prestar atención a Frankie en toda la noche y cuando todos se fueron, mi novia incluida, nos quedamos solos en la casa.
No sé de donde saqué la fuerza para tener esa conversación. Pero la tuvimos y no me arrepiento de haberle dicho te quiero. Porque lo sentía y sabía que ese era el momento.
Baje de nuevo los ojos y seguí leyendo. Esta vez desde el punto de vista de Danny. Era desgarrador leer como se expresaba, su forma era clara, concisa. Un escalofrío recorrió toda mi espalda al recordar esas últimas frases que nos dijimos en el salón. Era asombroso ver como Danny recordaba todo perfectamente, como si de una película se tratase, lo relataba, lo contaba todo, con pelos y señales.
- Creo que estoy enamorándome de ti – susurro Danny sin cortar el contacto visual.
Esas palabras resonaban en mi cabeza, en un bucle constante. Se repetían, veía su mirada, sus ojos temerosos, sus labios moviéndose, pronunciando esas 6 palabras que descolocaron todo mi mundo.
Levanté la vista del papel. No me hacía falta leer nada más, a partir de ese momento recordaba todo perfectamente, como si hubiese ocurrido solo horas unas horas atrás y no meses. Su miedo, mi miedo, la primera vez, esa que nunca olvidas, mi primera vez con él. Con la persona que quería y deseaba.
Había sido perfecto, lento, cuidadoso, cariñoso. Todo eso que deseas y esperas de La Persona. Porque Danny era La Persona. Esa que buscas y buscas toda tu vida, que a veces tienes delante y no eres capaz de encontrar, porque a veces estamos ciegos, nos cegamos.
Buscamos la perfección, la perfección absoluta. Lo que todos quieres para ti, lo que todos esperan de ti. Esa era Frankie. Frankie era la novia que todo el mundo deseaba que tuviera, la novia perfecta para la sociedad. Yo odiaba que me impusieran las cosas. Yo no quería la perfección, quería todo lo contrario y tenía un nombre y apellido: Danny Jones.
Un gilipollas con mucho carisma, risa escandalosa, pecas, inmaduro, infantil, superficial, cariñoso, atento, fiel, leal. Era todo y nada a la vez.
Llamaron a la puerta, dos toques, suaves.
- ¿Dougie? ¿Estás bien? – preguntó un Danny al otro lado de la puerta.
Sacudí la cabeza, intentando despejar mi mente, salir de esos recuerdos, de aquella noche, de La Noche.
- Si estoy bien – contesté cerrando la libreta y escondiéndola debajo de la almohada.
- ¿Puedo pasar? – preguntó.
Me acerque a la puerta, sin abrirla y apoye mi frente en ella. Escuchaba su respiración al otro lado.
- ¿Doug? – volvió a preguntar, esta vez girando el pomo de la puerta.
No contesté, lance un suspiro.
- ¿Por qué estás encerrado? – preguntó preocupado.
Cogí el pestillo de la puerta y dude entre abrir o no. Mi cabeza estaba hecha un lío y no creía que ver a Danny ayudara mucho.
- Doug, en serio, me estoy empezando a asustar – murmuro pegando su cabeza a la puerta – Se que estás pegado a la puerta, puedo escucharte.
- ¿Danny? – murmuré.
- ¿Qué pasa enano? – preguntó casi en un susurro.
- Tengo miedo – contesté
- ¿Miedo de que? – volvió a preguntar
- De abrir la puerta – susurre
- Eh, enano, en serio, abre, me estoy empezando a preocupar – murmuró.
Decidí abrir la puerta, cogí el pestillo y lentamente lo quite. Abrí la puerta poco a poco. Ahí estaba, di un paso hacía atrás, dejándole pasar. No miramos, solo una mirada, pero una que dijo muchas cosas.
- ¿Qué más has recordado? – preguntó leyéndome la mente.
Me di la vuelta, andando hasta la ventana, no podía mirarle a la cara y decirle que recordaba como habíamos follado. Era demasiado brusco, sonaba demasiado mal y decirle que recordaba haber hecho el amor. Todavía peor, sin duda.
Abrí las cortinas y mire a la calle, la noche ya había caído. Había pasado toda la tarde encerrado en mi habitación. Escuche como Danny se acercaba por detrás.
- No te acerques más o no podré hablar, ni pensar – murmuré sin despegar mi vista de la calle.
- De acuerdo, me quedo aquí, pero habla – rogó.
- No sé por dónde empezar, no sé qué decirte Danny – susurré.
Me dejé llevar por los recuerdos, por los recuerdos de aquella noche, era duro estar enamorado de tu mejor amigo, pero si encima los dos teníais pareja, era todavía peor.
- El día de mi cumpleaños, cuando me dijiste todo lo que dijiste… ¿Hablabas en serio? – murmuré.
- Oh. – contestó con un deje de sorpresa en su voz – Así que ya has llegado a ese día.
- Sí, creo que ya podemos hablarlo todo. A no ser que haya algo más gordo, cosa que me parece imposible – contesté
- Hay algo más, pero en otro sentido – murmuró.
- Bueno me da igual, quiero hablar de esto, de aquella noche – dije dándome la vuelta.
- No entiendo que es lo que quieres comentar, si te acuerdas de todo, no hay nada que decir – contestó mirándome fijamente a los ojos.
Agache la mirada, me sentía cohibido cuando me miraba así, como si pudiera entrar dentro de mí y ver mi interior sin esfuerzo.
- Es complicado abrir los ojos y recordar que te has acostado con tu mejor amigo, cuando los dos teníais novias – murmuré.
- Bueno, fue el momento, creo que ni tú, ni yo pensamos en eso. Por lo menos yo no lo hice – contestó dando un paso hacia mí.
- Cuando estaba todavía en el hospital, tú dijiste que habías dejado a Georgia poco tiempo antes de que despertara, por lo que después de aquella noche, tú seguiste con tu falsa realidad y ¿yo? ¿Dejé a Frankie? – pregunté enfrentándole.
Tardo en contestar, bajó la mirada y con esa bajada de ojos me contestó.
- De acuerdo, era algo que ya sabía. Yo dejé a mi novia, porque estaba enamorado de mi mejor amigo, con el cual había tenido sexo y puedo apostar que más de una vez. Mientras que él seguía con su novia y hacía de mí un amante. ¿Me he equivocado en algo? – pregunté con rabia.
No contestó. Otra vez bajo la mirada, avergonzado y eso me cabreo, quería que me diera la cara.
- Odio que hagas eso Danny. Quiero que me mires a los ojos cuando hablo y más si de lo que hablo es de nosotros.
Levanto su mirada y clavó sus ojos azules en los míos.
- No sé qué decirte Dougie, solo te puedo ofrecer que leas lo que yo sentí. A lo mejor así dejas de creer que solo fuera un calentón.
- No hace falta, ya lo he hecho – murmuré siendo yo el que ahora bajaba la mirada.
- ¿Lo has leído? ¿Cuándo? – preguntó.
- Esta tarde, cuando he recordado todo, necesitaba comprobar si era real – susurré al cuello de mi camiseta.
- De acuerdo, pues entonces si que no tengo nada que decirte.
- ¿Nada? – pregunté incrédulo.
- No. Tú has leído todo, supongo que entonces sabrás lo que sentía antes y después, no me puedo ocultar y no quiero hacerlo.
- ¿Y lo de Georgia? – pregunté de nuevo.
- ¿Tú que crees? ¡Por dios Dougie! Que me acosté con mi mejor amigo, me enamore de él y descubrí mi sexualidad a los 24 años, no, no estaba preparado para todo eso. – contestó casi gritándome.
Di un paso atrás, sin despegar mis ojos de los suyos.
- Pues sí, no deje a Georgia, pero tampoco la volví a tocar. Se convirtió en una amiga, era incapaz de poner una mano en su cuerpo. Porque sí, estaba enamorado de ti, no de ella – acabó diciendo dando un paso hacía mí.
No supe que hacer, estaba diciéndome demasiadas cosas que necesitaba analizar, valorar, pensar. No sé, simplemente sabía que era demasiado. Pero no, no me dejo tiempo para pensar porque cuando iba a hablar sus labios me acallaron.
No era para nada un beso lento o suave. Era agresivo, fuerte, intentando invadirme y yo, no puede negarme. Correspondí, le empuje hasta que caímos a la cama, sin separar nuestros labios ni un segundo.
Sus manos se enredaban en mi nuca, acercándonos más y más. Empezaba a hacer demasiado calor y mis pulmones gritaban por oxígeno. Separe mis labios de los suyos, buscando aire y le mire. Tenía los ojos brillantes, una mirada de deseo que mando un escalofrío por todo mi cuerpo y su sonrisa, su amplia sonrisa, solo para mí.
Cerré los ojos y volví a pegar mis labios a los suyos, esta vez en un beso más suave, más relajado, explorándonos, marcándonos. Sus dientes mordieron mi labio inferior y un gemido se escapó de mi boca, sin poder controlarlo. Levanté la cabeza y volví a mirarle, seguía sonriendo, baje mis labios a la altura de su cuello y empecé a darle tímidos besos, mientras sus manos abandonaron mi nuca y empezaron a marcar un camino de fuego por toda mi espalda.
Le mordí, mordí su cuello, sin apretar demasiado, justo debajo de su oreja y escuche su gemido contra mi oreja. Me dio fuerzas, ganas de no parar nunca, quería escucharle de nuevo, contra mi oído.
Volví a levantar la cabeza. Ahora era yo el que no podía parar de sonreír. Y lo supe. Le quería ahí y ahora. Sin pensar en nada más, solo los dos. Juntos.
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