Porras, olvidé que estaba colgando esto, menos mal que nadie lo lee si no me tendría que dar cargo de conciencia... y no tengo de eso
Capítulo I.
"Los dilemas del maestro"
El primer día de investigación no les aclaró demasiado sobre las revueltas de los mexicanos. Su misión era detener al que había iniciado las revueltas, en principio, un hispano que había atacado al hijo del ganadero más influyente de la zona.
Kane era experto en esos asuntos, no era la primera razia que le habían querido colgar. A alguien influyente le estorbaban los mexicanos por algún motivo no confesable y si lograba implicar a los Rangers con su fama de disparar primero y preguntar después, conseguiría lo que quería sin que nadie se opusiera.
El hijo del general Kane no aceptaba esos trabajos, si le habían enviado allí era porque al igual que había poderosas personalidades que no dudaban en provocar masacres para favorecer a sus amigos también quedaban restos de decencia entre alguno de sus superiores que preferían llegar al auténtico motivo de las revueltas.
Por eso habían enviado a Jared con él. El chico era un idealista que le secundaría con profesionalidad en la investigación.
Brownsville era la ciudad fronteriza por excelencia. Dos ganaderos rivales tenían a su servicio al noventa por ciento de la población blanca. Los esclavos liberados serían aproximadamente la mitad de blancos y los mexicanos quintuplicaban a ambos números.
Había una zona neutral formada por la posada, el salón y la escuela. En ese tipo de ciudades, esos establecimientos (salvo la escuela, de las que no solía haber apenas) solían estar regidos por pistoleros retirados o mujeres que habían logrado abandonar la mala vida.
El único elemento que no solía ser muy frecuente tenía un titular también poco frecuente. Los maestros o maestras de esos territorios fronterizos solían ser personas de bastante edad que sólo estaban cualificados para enseñar a leer, contar y poco más. Un hombre de unos treinta como mucho (según habían calculado por su aspecto), atractivo y aparentemente sin ningún problema físico era algo extraño incluso en las grandes ciudades.
Y ¡no llevaba armas! Jared no había conocido a nadie mayor de dieciséis años que no las llevase. Hasta las mujeres llevan armas en la Frontera. Pero había algo más, algo que le inquietaba cada vez que el maestro lo miraba.
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Los hombres de Wayne llegaron al pueblo como acostumbraban las tardes de los viernes. Era una rutina que a esas horas ya no hubiese nadie por las calles esperando que el grupo de entre veinte y treinta cowboys se atrincherase en el salón a gastar su recién cobrado sueldo semanal.
Normalmente no molestaban a los ciudadanos de Brownsville a menos que alguno de ellos hubiese marcado a alguien porque le mirase mal, o simplemente porque no le gustase su cara. Ese día buscaban a Antonio Cruz, el herrero de origen mexicano.
El comedor de la posada estaba lleno esa noche. Los dos Rangers cenaban en una retirada esquina desde la que se dominaba todo el establecimiento. El maestro había sustituido su levita por un pequeño delantal y hacía las funciones de camarero cuando los cinco miembros de la familia Cruz con su patriarca al frente entraron haciendo que el murmullo de las conversaciones cesase de repente.
- No queremos mexicanos aquí Dalila – protestó el médico del pueblo
La mujer hizo una seña a los recién llegados y se los llevó a la cocina después de cruzar una mirada de advertencia con su socio. Los Rangers no se inmiscuyeron en los asuntos de los pueblerinos, el tal Cruz había sido muy explícito con el lugar dónde podían meterse sus preguntas. Pero en lugar de salir del comedor al terminar su cena decidieron prolongar la sobremesa con un café.
Cinco minutos después llegó el sheriff Beaver. Preguntó por Dalila y se metió en la cocina con el beneplácito del camarero. La posada se fue quedando vacía poco a poco, hasta que varios de los vaqueros de Wayne entraron.
Unieron un par de mesas y tomaron asiento. Para cualquier forastero podía parecer que venían a cenar tranquilamente. Jensen se acercó y les preguntó que tomarían.
- Los lechuguinos del Este sois muy curiosos – musitó el segundo capataz apoyando con chulería las botas sucias sobre la mesa, arañándola con las espuelas - ¿no os parece chicos? Deja que su mujer se líe con el sheriff mientras él sirve las mesas.
- Si no vais a tomar nada mejor os largáis de aquí – advirtió el maestro ignorando la evidente provocación.
- El cornudo ni se inmuta ¿has visto jefe? – remachó uno de los vaqueros, un jovenzuelo rubicundo y desgarbado que decía ser alumno del mismísimo Kid Dallas – Quizás sea cierto que no le van las mujeres y que la puta esa es una tapadera
Jared hizo ademán de levantarse, su primo le retuvo "no te entrometas Jay, espera". Los empleados del poderoso ganadero no se habían dado cuenta de que ambos Rangers estaban sentados en la mesa más oculta del local.
- El local está cerrado, será mejor que os marchéis – sin perder la calma, el maestro se cruzó de brazos frente al grupo de desilusionados cowboys que lo que realmente querían era una pelea.
Dos de los más veteranos se levantaron y se fueron sin decir nada, su gesto preocupó al camarero, pero no lo dejó translucir. Los dos que se iban solían frenar el ímpetu de sus colegas y el que salieran sólo podía significar que habían entrado con la intención de destruir la posada. Retrocedió un par de pasos en dirección a la barra. Allí había un rifle, era la única arma que había tocado en más de cinco años.
- Tío Jensen mamá dice que si puedes ir un momento a la cocina – la pequeña Mary había elegido un momento delicado para interrumpir, dio un grito de advertencia cuando el segundo capataz de Wayne hizo ademán de sacar su arma
Kane y Padalecki apenas pudieron intervenir en la fugaz y contundente pelea, si creían que iban a salvar al maestro de los cinco matones, se llevaron una sorpresa. Aquel hombre parecía perfectamente capaz de defenderse de cinco tíos armados sólo con los puños. Bueno, y las piernas también, pues de una patada rompió la mano del capataz que apenas rozaba la culata de su pistola.
El segundo herido, sólo se había movido en su dirección cuando le rompió la nariz de un puñetazo. El tercero se había arrojado contra él de cabeza y se quedó KO al romper con ella la escupidera de latón cromado que el maestro cogió nadie sabe cuándo. El cuarto trató de escudarse en la pequeña y no pudo tener peor idea, pues a juzgar por los espasmos y el horrible ruido de su garganta le había roto la tráquea.
El niñato que lo provocó al principio fue el más inteligente, cuando vio cómo el codo del camarero se hundía en la garganta de su compañero, huyó como alma que lleva el diablo.
- ¿Estás bien? ¿no te han hecho nada? – Jensen se arrodilló frente a la pequeña que lloraba de miedo – Mary, ya vale, ya pasó
La cogió en brazos ocultándole la visión del hombre que agonizaba en el suelo. "Está cerrado" advirtió fríamente a los dos Rangers que se acercaban al desastre impresionados. El más joven lo miró directamente a los ojos como si le conociera, esquivó la mirada, y llevó a la niña a la cocina.
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- ¿Qué edad tendría? – el ruido del atestado salón no impidió que Kane escuchase la pregunta de su sobrino, lo miró a los ojos, volvía al mismo tema de siempre.
- Tiene que haber muerto Jared, hace más de siete años que no se ha oído nada contrastado y más de cinco sin que se escuchen ni rumores – la verdad que aunque comprendía que no pudiera olvidarlo, era un tema, que por lo repetido en el tiempo, le hastiaba
- ¿Treinta y siete o treinta y ocho? – insistió el más alto
- Puede, puede que menos – se rindió resoplando y apartándose el largo y rubio cabello del rostro – por lo que sabemos el hijo de Carlson tendría esa edad y Dallas andaría por ahí.
- Menos – musitó el joven Ranger – no tendría los veinte cuando mató a mi padre
- Esa gente vive rápido y muere más rápido aún Jay, venga, debe haber muerto – observó con preocupación cómo el quinto whisky de la noche parecía afectar al ánimo de su compañero
- ¿te dije que tenía los ojos verdes?
- Ya está bien, volvamos a la posada
- Pues tenía los ojos verdes más bonitos que he visto nunca, y los más fríos también, como los de ese maestro – gruñó el castaño apurando el vaso
- ¿Su amigo está bien? – Preguntó risueño el barman recogiendo los vasos vacíos
- Tiene mal beber – sonrió Kane correspondiendo a la amabilidad inusual del propietario del local - ¿me echarás a patadas si te hago una pregunta?
- Dispara Ranger
- ¿Conoces al Maestro desde hace mucho tiempo?, es que aquí a mi amigo le suena su cara – no le pasó desapercibida la sombra de preocupación que nublo durante una décima de segundo el rostro del barman
- Si, es casi como mi hermano, prácticamente casi toda mi vida
- Entonces habéis vivido aquí siempre
- Tanto como siempre… - replicó Carl Stevenson rellenando los vasos de los dos agentes de la Ley – monté este local hace cinco años
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La iglesia estaba vacía. Jensen se dejó caer en el último banco y apoyó la frente en el reclinatorio. Había vuelto a matar a un hombre. Puede que no hubiese dudado en matarle a él o en hacer daño a la pequeña, pero era algo que no dejaba de atormentarle en los últimos años.
No era más que el monstruo que se había jurado no ser. Puede que en algún lugar hubiese varios chicos dispuestos a recoger el fruto de la venganza sembrado por él tantas veces. El sacerdote tomó asiento a su lado, no necesitaba verlo para saber que no habría odio, sino comprensión en los ojos azules del padre Collins.
- Puedo sentir tu dolor y tu arrepentimiento hijo – musitó el religioso intentando confortarle.
- Es un pecado mortal, padre, no merezco perdón – contestó si variar su posición
- Eres un hijo de Dios Jensen, para ser perdonado sólo hay que arrepentirse sinceramente. Tú no querías matar a ese hombre, lo sé.
- No vacilé ni un segundo, sólo quería pararlo pero que se acercara a Mary me nubló…
- Mi propuesta sigue en pie hijo.
- No puedo abandonarlas, me necesitan
El sacerdote se incorporó y poniendo una mano en su cabeza murmuró una bendición y una absolución. Conocía la historia de aquel hombre, de sus propios labios, desde que llegó a ese pueblo de la frontera dejado de la mano de Dios. Si había un pecador que mereciera ser salvado era él.
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El viejo Wayne entró en el local seguido de sus hijos y su capataz. Se hizo el silencio, todos sabían porqué estaba allí. El seguro del Winchester73 chasqueó entre las manos de Stevenson cuando el último de los hombres del ranchero puso sus pies dentro del salón. Al contrario que su amigo, el dueño del "Oasis Frontier" siempre tenía un arma a mano.
- ¿hoy no hay música Carl? – preguntó Isaías Wayne padre acercándose a la barra e ignorando el rifle que lo apuntaba directamente a la cabeza.
- Mi pianista ha tenido un contratiempo y no vendrá esta noche – sonrió fríamente el barman – pero eso ya lo sabía Wayne.
- Escúchame Stevenson, ya hemos tolerado demasiado a ese maestrucho y sus curiosas amistades, dile que ésta vez el ir desarmado no va a impedir que le dé la lección que anda pidiendo a gritos – amenazó el viejo – mañana al medio día le estaré esperando frente a la oficina del sheriff, si en algo te importa dile que vaya armado.
- No le conviene enfrentarse a él, Wayne, el que no lleve armas no significa que no vaya a usarlas – Aunque no era alegre, el del wínchester no perdió la sonrisa - ¿se va a enfrentar a él? ¿Usted?
- Has oído los rumores, y son ciertos, Kid Dallas trabaja para mí, él se enfrentará a tu amiguito, y no le importará que vaya desarmado, yo ya he cumplido advirtiéndote Stevenson.
El aludido bufó incrédulo, pero no dijo nada al ver cómo el más alto de los Rangers se tensaba en su asiento inspeccionando los rostros de todos los hombres del ranchero. En la calle un grupo de treinta o cuarenta mexicanos armados formaban corrillos silenciosos hasta que Wayne y sus cowboys dejaron el pueblo.
Durante un rato Kane observó a su compañero mientras se terminaba su copa. Podía adivinar lo que estaba pensando. Era la primera vez que estaban tan cerca del pistolero, la mano del más joven rozó la culata de su 45 inconscientemente. Eso le preocupaba, pues aunque sabía que Jared era rápido, según había escuchado, Kid Dallas era un demonio con un colt en las manos.
El castaño pagó las bebidas y sumido en sus propios pensamientos volvió a la pensión, Chris pidió otro trago. "Esto está muy triste sin música Stevenson, ¿su amigo es el único que toca el piano?" El barman asintió pensativo.
- No es política de los Rangers meterse en disputas privadas, pero si es cierto que Kid Dallas intenta atacar al maestro, le detendremos, es un criminal peligroso y sigue estando en nuestras órdenes de búsqueda y captura – quiso tranquilizar al rubio, le caía bien y su amigo también empezaba a caerle simpático.
- No es necesario, no he mentido cuando he dicho que Jensen sabe defenderse – sonrió irónicamente Carl, sirvió otro whisky al agente – a ésta invito yo Ranger
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Era ya entrada la noche y Jared necesitaba refrescar sus ideas. Hasta unas horas antes había llegado a creer que un hombre desarmado podía ser el tipo que llevaba buscando toda su vida. Ahora por fin tenía una pista relativamente cercana en el tiempo. Mañana al medio día tendría al hombre que asesinó a su padre ante sus ojos.
No le valía que dijeran que fue un duelo justo. Si eres un maldito mago de las armas, un duelo no es más que una ejecución, y un pistolero no es más que un asesino. La noche era relativamente fresca, anduvo a la luz de la luna recorriendo las polvorientas calles del pequeño pueblo que allí llamaban pretenciosamente "ciudad".
Junto a la herrería del mexicano había un hombre sentado en el brocal del abrevadero acariciando un precioso caballo, tan negro que no lo había visto de primeras. Al acercarse más se dio cuenta de que era el maestro. Quizás tenía miedo y por eso no podía dormir. Se acercó con la intención de tranquilizarlo.
Los movimientos de aquel hombre eran pausados, casi felinos, precisos. Se quedó embobado observando cómo el animal aceptaba las caricias. Siempre le habían gustado los caballos, no era tan entendido como Kane, pero sabía distinguir un buen ejemplar cuando lo veía, y aquel era magnífico.
- ¿Ya le han dicho lo ocurrido en el salón? – dijo a modo de saludo cuando sintió que era observado a su vez.
- Si – inconscientemente Jensen se incorporó buscando una ruta de escape - ¿quería algo Ranger?
- No, nada. Sólo estaba dando un paseo para bajar un poco el whisky – sonrió sinceramente el más alto sentándose en el brocal y acariciando a su vez el morro del animal
- Es curioso, "Runagate" no suele dejar que nadie lo toque salvo yo – la penumbra le impedía ver el color de los ojos del maestro, pero sí la brillante sonrisa que dedicó al de Austin – mi nombre es Jensen
- Lo sé, escuché a la pequeña de la posada – el Ranger le tendió la mano – el mío es Jared, Jared Padalecki.
El maestro vaciló al estrechar su mano, Jared notó el leve titubeo y lo adjudicó al duelo que tendría lugar el día siguiente. Había decidido que ese hombre misterioso no era quien buscaba y volcaba toda su voluntad en salvar su vida.
- Es difícil no darse cuenta de que no llevas armas, ¿puedo preguntar? – la luna llena comenzó a ocultarse, en unos minutos la noche sería tan oscura que no sería capaz de volver a su habitación sin alguna luz o alguien que le indicase el camino
- Puedes preguntar lo que te dé la gana Ranger, otra cosa es que te conteste – comentó jocosamente el misterioso tipo – de acuerdo me siento hablador esta noche, si me acompañas de vuelta te contesto.
Era una jodida casualidad, lo reconoció la primera vez que vio esos ojos rasgados y cambiantes al darle el recado en el salón de Steve, no quiso hacer caso a su primera impresión pero su nombre no dejaba lugar a dudas. Ese era el día en que su pasado lo había atrapado al fin, el día que llevaba temiendo desde que comprendió que el fin de su venganza significaba el comienzo de otras muchas contra él.
- Cuando era joven solía llevar armas – contó al muchacho que lo acompañaba – comencé a usarlas con ocho o nueve años, no recuerdo exactamente. Sabía disparar, y no dudaba en usarlas si creía que era necesario.
- Todos hemos matado a alguien – susurró el altísimo Ranger, y eso que él no era pequeño precisamente
- Ese es el problema, siempre me enfrenté a mis rivales cara a cara, pero, piensas que si estás equivocado una sola vez… has matado a alguien que no merecía morir, y no puedes hacer nada por solucionar ese error. No hay vuelta atrás - ¿Y si le decía que él era el asesino que buscaba? Estaba tan cansado, quizás fuera la manera de acabar ya con todo – la única forma de no equivocarse en algo así es no matar, no llevar un arma.
- Creo que comprendo tu punto de vista, pero también creo que es una postura un poco cobarde – se le escapó, no quería ofender a quien no le había hecho nada, pero había algo tan diferente en ese hombre, algo que le provocaba, que le hacía sentir cosas que no creía que pudiera sentir
Cobarde. Había oído tantas veces esa palabra que casi ni le molestaba. Se había convertido en un cobarde por huir del mundo y esconderse en su último rincón. ¿Qué contarían las novelas por entregas si mañana moría? Se rió suavemente. Le gustaba el chico, si no hubiese matado a su padre (Al hombre que sujetó a un niño de seis años mientras un teniente de la Unión degollaba a una cría de dos años y ordenaba el fusilamiento de su padre; para después abandonarlo sin comida junto a los cadáveres y las ruinas de una granja quemada hasta sus cimientos) quizás hubiesen llegado a ser amigos.
Continuará...
