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En el beso de un amante, una botella de sake vacía se derrama sobre mi cuerpo. Rojos capullos de azucena herida, con aroma a altoccotochol e incienso.tocEsostocnotocerantocamantoctes, etocsos no eran besos, tú me lo enseñaste una noche vieja,tocacomtocpatocñados potocr untocacoptoca detocluntoca lletocna. Toc, toc, toc, toc, toc, toc…
-¡Si no te abren es porque no hay nadie!
Mihawk contempló el torbellino de nervios que arrasara la puerta, inmune al rosa fulminante de la muchacha. Las curvas de sus cejas la encararon con aspereza.
-Acabas de refutar tu suposición-contradijo el moreno.
-¿¡Qué quieres!-inquirió fastidiada.
No respondió. Apresó con su penetrante mirada la expresión nerviosa de la pelirosa y la sometió a un letargo contemplativo, reprendiéndola en silencio. Pellona entendió que estaba molesto. Se cruzó de brazos y desvió la vista en un instante, en un gesto derrotado y altivo. Pasó un minuto.
-¿Qué quieres?-inquirió, esta vez, con la voz contenida.
Mihawk suspiró, los parpados cerrados.
-Nosotros nos iremos, te quedaras sola en el castillo.
-Bien.
-Comerás sola el almuerzo.
-Bien.
-Compraré las cosas de tu lista para la despensa.
-Bien.
-¿Quieres algo más?-preguntó a la muchacha que seguía sin dignarse a mirarlo. Notó cómo su capricho amenazaba con traicionarla.
-Nada.
-Entonces, me voy. Volveremos para la cena.
Sin más, volteó rumbo a la puerta principal. La capa de viaje ondeaba tras él, Pellona observó el balanceo de la Kokutou Yoru; y sintió una brisa de aire frío en el pecho.
-¿Estará bien? No sirve para orientarse, de seguro te causará problemas y no durará mucho sin ser visto, ¡es tan inútil!-soltó de repente en un audible murmullo.
El Shichibukai la observó con atención por sobre el hombro, detenido su andar. Ella no consiguió mantener el contacto por mucho tiempo, y se concentró en un punto cualquiera del pasillo.
-Cuidaré de él.
-Siempre obligando a los demás a estar pendientes de él…
-¿No quieres que te traiga algo de fuera?
-Nada…
-¿Segura?
-Bueno, hay algo…- Obsequió al moreno una acuarela de miradas furtivas, antes de decidirse a hablar. Sin embargo, él no parecía reacio a escucharla-. Necesito felpa para los peluches, relleno, estambre para los pompones, de colores surtidos, hilo blanco…- De pronto, olvido su inhibición. Enumeraba los artículos con los dedos, sumida en el regocijo de lo que podría hacer al obtenerlos-. Y quizá puedas encontrar parches bordados con motivos kawaii, tela… ¡Ah! También quería una aguja de croché más gruesa… ¡Y una máquina de coser! He estado leyendo en la revista… ¡revistas! ¿Sabes cuales, verdad?
De soslayo, la expresión inmutable del Shichibukai era ensombrecida por el ala ancha del sombrero que usara en cada salida al exterior. Pellona reflejó cierta ansiedad ante tanto silencio por su parte.
-Puedes no traer las revistas…-intentó negociar.
-Veré qué puedo hacer.
La pelirrosa se cruzó de brazos y frunció ligeramente el ceño, insatisfecha con la respuesta. Pero no era su intención volver a molestarlo.
-Bien-expresó, con el propósito de sonar indiferente.
-Entonces, me voy.
El eco de las botas al alejarse la sacaba de quicio.
-¡No vayan a dejar enfriar la cena, que no la calentaré! ¡No piensen que me preocuparé por que lleguen a cualquier hora!- gritó cuando el moreno doblaba por una esquina, y cerró su habitación de un portazo.
Ya dentro, corrió hacia la cama y se arrojó sobre el blando colchón en el que descansaba el libro, otra vez, interrumpido. Abrazó a Kumashi hecha un ovillo. ¿Por qué tenían que irse sin ella? A pesar de que insistió en acompañarlos… ¡Como si pudieran arreglarse sin ella! ¡Estúpidos espadachines!
...
Una isla solitaria coronaba la aparente mansedumbre del mar. La depresión vertical de sus costas hundía al azul marino en una profundidad abismal, los afilados acantilados se erguían poderosos e inexpugnables; adentrarse por el terreno delimitado y verde, era ascender por el escarpado montañoso, soberbio, de una inclinación inflexible. En el cenit del terreno empinado, se alzaban los recios muros de una fortaleza. Impiadosa rigidez, sombría grandeza. Las murallas, en su ambición por tocar el cielo, demolían la distancia con la tierra.
-No da la impresión de ser un sitio con cartel para visitas.
Como un grano de arena enfrentado a la cruel realidad de estar rodeado por la inmensidad de millones de granos de arena iguales a él, el barco de Mihawk se mecía tranquilo sobre las olas. Observar esa obra colosal de la naturaleza desde sus mismísimos pies, imponía. Sin embargo, Roronoa Zoro no se iba a dejar intimidar.
-¿Lo escalamos?
Una curvada sonrisa asomó a los labios del Shichibukai sin ser detectada, oculto su rostro bajo el ala del sombrero, inclinada de forma que fuera propicio tomar una siesta. De seguro, ese muchacho era capaz de hacerlo.
-Si escalas el acantilado, serás tomado como un intruso.
Y el aspecto lo tenía. Capa cerrada con capucha, color pardo; rasgos disimulados en lo siniestro del misterio. Este personaje de dudosas intenciones se hallaba erguido a un costado del único asiento del barco, ocupado por la figura reclinada del moreno, cruzado de piernas y enlazadas las manos. No daba señales de mostrarse inquieto por el detalle de que de seguir recto chocarían con las rocas. Zoro no había realizado el viaje de pie, pero tomó posición cuando su maestro le avisó de estar prontos a arribar, desocupando su sitio tras el mástil, apoyada la espalda al lado posterior del mismo. Un prominente bostezo escapó por su boca.
-¿Entonces? ¿Dónde está el puerto?
-¿No alcanzas a ver una gruta en forma de arco?-inquirió su interlocutor, la cabeza gacha, sin interés por alterar la comodidad de su postura.
Zoro buscó con la mirada. No la encontró. Desde que subieran al barco, no había querido señalarle al Shichibukai la singularidad de su método de navegación: abordó, soltó el amarre y se echó una siesta. Era como exclamar al cielo: ¡Allá sea!... Le pareció que navegaban sin rumbo, y en ningún momento su maestro dio a entender lo contrario. Sin embargo, nada dijo. Confió en él, ¿qué sabía él mismo, después de todo, de navegación? Y, al final, llegaron, sin saber muy bien el cómo. Así que esa gruta debía de estar por algún lugar. Pasaron unos minutos de hartazgo, el peliverde barrió una y otra vez el horizonte en una ráfaga ocular. Ahí estaba. Tenía que ser. Una hendidura oscurecida, como boca de garganta; tímida y disimulada.
-La veo.
-Nos estarán esperando.
-¿Pueden vernos?- No distinguía la silueta de ninguna embarcación o persona.
-No son cortos con la vigilancia.
-¿Por qué tantos recaudos?, ¿No es mejor que un sitio como ese sea más accesible?
-Si lo fuera, sería tan fácil entrar como salir. La isla está pensada de tal modo que los que viven adentro no puedan salir y los que vienen de fuera no puedan llevarse nada consigo a la vuelta.
-¿Qué trafican?-preguntó, intuía la respuesta.
-Mujeres. Las mujeres de esta isla son famosas por sus cualidades y muy codiciadas en el mercado, el tráfico es algo que acontece a cualquier burdel con buena fama, todos protegen su mercancía, pero este sitio es especial ya que cuenta con la protección del Gobierno Mundial, al igual que la venta de esclavos en el Archipiélago Shaobondy. Sé que te hallas al tanto de eso.
-Sí, he estado ahí-expresó con gravedad.
-Aunque claro, nunca falta un incauto capaz de pensar que puede pasar por encima las medidas de seguridad. Y a veces, tienen suerte. Sin embargo, hace mucho que no sé de ningún caso.
El lóbrego interior de la húmeda cavidad se cernía sobre ellos. El peliverde divisó el cuerpo cambiante de las llamas, hundido en el fondo. Teas ardiendo en las paredes. Unas sandalias apuraban su andar, para recibirlos, cual masa de oscuridad encarnada en una persona.
-¿Dices que los nobles mundiales acuden a este lugar?
-Todos lo hacen. Sin embargo, aquí no es como en el Archipiélago; los negocios y el status se tratan con disimulo. Mientras tengas dinero, eres un cliente. Eso es lo único que importa en este lugar. Cuando todavía tenía un precio por mi cabeza, no me exponía de esta manera. Sin embargo, podía acabar en el mismo burdel que un almirante, sin que eso comprometiera mi secreto. El dueño cuida a su cliente, por una cuestión de intereses, claro. Siempre se manejaron en la más absoluta discreción. Te darás cuenta de eso cuando lleguemos a la ciudad.
La Isla del Mundo Flotante, contaba con cuatro accesos según los cuatro puntos cardinales.
El puerto principal, la entrada del sur, era la sede preferida del tránsito. Se trataba de un desembarcadero para los clientes legales y los barcos de carga dedicados al comercio para con la ciudadela. Sin embargo, el puerto, una construcción sólida e impertérrita sobre el oleaje del mar, no comunicaba de forma directa con la ciudad. Un entramado de redes subterráneas conectaban con la superficie de la misma a lo largo de kilómetros y kilómetros de dura roca.
Los túneles databan de hace mucho tiempo y fueron perfeccionándose a lo largo de las décadas; su adquisición más reciente, en términos de importancia y edificación, fueron las capsulas de ascenso, administradas por el científico a cargo de los avances de la marina, lo cual, acabó con las interminables escaleras o la lentitud de los ascensores, que a pesar de sus inconvenientes, jamás incidieron en la falta de la sufrida clientela.
Mucho se hablaba de salas subterráneas y de las actividades que habrían de realizarse en ellas. Dichas salas existían, escondidas en la profundidad laberíntica del incognito. Treinta años atrás se tuvo constancia de uno de los atentados de trata de mujeres más temerario hasta el momento: se construyó una serie de pasadizos no autorizados con el objeto de saquear la mercancía. Estuvo vigente por dos años, hasta ser descubierto; se dio muerte a los culpables y se selló ese pasaje para siempre.
Además del puerto principal, en el sector este se hallaba un muelle escondido en el abovedado interior de las rocas, al que se accedía a través de una puerta maciza y enorme. Ofrecía refugio a los barcos cuya intención era pasar desapercibidos, en su mayoría, piratas. Era una construcción impresionante. Sin embargo, la contribución en dinero por el anclaje era demasiado alta. Por eso mismo, algunos barcos preferían anclar en las mediaciones de la Gruta del Norte y transportarse en botes hasta allí. El sitio estaba capacitado para albergar barcos pequeños; estos eran conducidos por el pasillo recto y sombrío de la caverna hasta la zona de amarre, siempre sobre el nivel del mar, infinitamente negro.
Las estalactitas y estalagmitas se adivinaban en el juego de luces llameantes así como en el goteo húmedo y constante.
La entrada del oeste no estaba abierta a los clientes. Se sabía que era por donde pasaba la mercancía.
El hombre que fuera a recibirlos, amarró, finalmente, el barco a una saliente del terreno rocoso que bordeaba el agua salada en un trazo amplio y circular.
Varios botes acompañaban al barco del Shichibukai. Al parecer, el sitio se abría hacia otras secciones con la misma función, de hecho, habían sido conducidos hasta allí por un desvío, pasando por otras zonas de desembarque. Un saludo lacónico aconteció entre su guía y el hombre apostado en la única silla del lugar. Situado en el centro divisor de dos rejas empotradas a la roca con sendas palancas en la cara interna de sus costados, fumaba tranquilo su pipa. Tranquilo y atento a la figura imponente del moreno, ajeno a cuanto sucedía, sumido en el reposo.
Zoro pisó roca.
Observó la afanosa tarea de su guía, que habiendo abierto una de las rejas, procedía a destrabar el mecanismo de una especie de capsula de hierro. Desatendió la labor del guía para reparar en la imagen estática de su maestro, ¿cuánto tiempo pensaba seguir con eso? Lo sacaba del sueño pero él ni siquiera abría ojo… Abrió los ojos. El soberbio perfil de Taka No Me brilló a la luz del fuego. Su mirada llameaba.
Zoro se reprendió con vehemencia al sentir el fulgor de un escalofrío. No fue miedo. La mirada de ese hombre provocaba… respeto. Al menos en él, ese sentimiento era respeto. Por un duelista, por un enemigo, por un guerrero. En el hombre que tosía humo y sorpresa compulsivamente, incitaba otra cosa. Miedo.
Al tiempo que Mihawk descendía del barco, se hizo oír el sonido metálico y ronco de ese extraño cacharro de hierro. Para asombro del peliverde, el interior de la cosa lucía bastante cómodo y limpio. Por dentro se hallaba revestido por una capa de tela mullida, color salmón.
-Señor Shichibukai y compañía, la capsula está lista, tengan a bien subir.
El moreno encabezó la marcha, y se introdujo sin más. Zoro lo secundó. Recorrió con la vista la mullida decoración hasta detenerse en la nueva labor del guía, ocupado en ajustar unas correas adheridas a las paredes del recubrimiento almohadillado en los brazos y piernas del Shichibukai. El peliverde reaccionó con curiosidad.
-¿Para qué es eso?
-¿Es su primera vez en una capsula señor?-preguntó el guía, encarándolo para comenzar su labor, esta vez, con él.
-Sí.
Había algo raro en esas dichosas correas, algo que no podía definir.
-Pues, no tiene usted nada de qué preocuparse-empezó a decir, ubicándolo de espaldas contra la pared-. Estos dispositivos, instalados en las correas, se ocuparan de que la gravedad alrededor de su cuerpo no se vea alterada por la fuerte presión que genera la succión-explicó, colocando la primera en el brazo derecho-. Deben estar las cuatro colocadas o no tendrá efecto.- Dirigió su intención a ajustar el brazo izquierdo, pero se halló con una traba, oculta bajo la capa. Debía hacerla a un lado para poder proceder. - Cuando lleguen sólo tendrán que…
-¡OYE!
Zoro bramó indignado al sentir el roce íntimo de un completo desconocido abrigando con el puño su objeto más preciado. O más bien el intento, porque al leer la intención de los movimientos hostiles, por instinto, empujó al hombre, desequilibrándolo con facilidad. Sin que éste supiera qué o cómo sucedió, antes siquiera de consumar el pecado capital contra el alma de un espadachín, fue impulsado hacia atrás, chocó contra la puerta de hierro, tropezó cual desgarbado en el aire, y ya sea por la desesperación momentánea de aferrarse a algo, accionó la palanca, a la vez que caía al piso. Mayor fue la desesperación cuando se dio cuenta de lo que había hecho.
-¡No, Señor! ¡Espere!
Mihawk guareció el reproche de su mirada en la oscuridad de sus parpados, la expresión fruncida, al mismo tiempo en que la puerta concluyó cerrarse por sí misma.
...
La tarde era un parloteo; el de sus compañeras, otro.
Se hallaban en un piso superior, sin nada que hacer. Al contrario de ellas, las calles atestadas de la ciudad confesaban el devenir de gente atareada.
Corrida la ventana shoji, la imagen estilizada y elegante de dos mujeres enmascaradas apareció en el escenario de la callejuela como si ellas mismas fueran una representación de los actores de Kabuki, y se fundió en el silencio de la mirada que las observaba desde las alturas. Gallos agitaban sus alas en un rapto inútil, atadas sus patas al palo que dos muchachos cargaban sobre sus hombros. Pasaron cual muda amargura, nacida del último cacareo de la mañana.
Yarite-baba había traído una niña nueva, y las yuujo coloreaban su imaginación con un tinte rojo y pavoroso: ese día le tocaba iniciarse.
Debía de tener catorce o dieciséis años, la edad que ella misma tuviera en ese entonces. Serían siete días de preparación antes de ser lanzada al ruedo cotidiano. La niña nada sabía de lo que le esperaba, y el miedo por lo desconocido hacía mella en la voz temblorosa con que hacía las preguntas. Las risas sonoras de sus compañeras, ponían nerviosa a la niña. No entendía que para ellas no fue una grata experiencia.
Para mujeres como ellas, la palabra destino estaba escrita en cada trozo de piel acariciado por el instructor.
-¡Midori! ¿No le está quedando bonito?
Comentó una de las entretenidas mujeres que componía el círculo de la reunión.
La habitación se conectaba a otra más pequeña, a la que se accedía a través del shoji abierto. Sobre el tatami, boca abajo, una mujer desnuda.
El maestro hiroshi, hincado de rodillas, con una mano presionaba la zona de la piel que trabajaba con la derecha, manipulando el hari con un ritmo y precisión los cuales su concentración no desatendía un momento. La tinta negra se escurría por las agujas constituyéndose en el contorno de lo que serían dos carpas koi, aleteando sus escamas en un río de matices impresos en la piel fresca y joven.
Midori apartó su vista de la ventana para contemplar la detallada labor.
-Tú ya has pasado por todo eso, que afortunada… ¡Midori tiene un horimono cubriéndole todo el cuerpo!-informó la yuujo a la niña-. Tú podrás hacerte uno más adelante para estar más bonita para tus clientes. ¡Si eres más bonita te elijarán más!
Tenía un dragón en su espalda. Muchas veces lo observaba en la cara de un espejo, admirada de los colores de su piel entintada. Había llegado a pensar, cuando los hombres hacían de ella objeto de amor, que a quien en verdad penetraban con sus deseos era a la mujer tatuada, no a ella.
-Si te conviertes en una yuujo muy bonita-remarcó otra- podrás llegar a ser una Tayuu y rechazar a los clientes que te disgusten. Deberían haber visto al último cliente que tuve ayer-agregó con una risa escabrosa- ¡tenía pelos por todas partes! Estaba segura de que si tiraba de uno, saldrían muchos más en su lugar.
Risas. Una de las mujeres del círculo decidió salirse de él y acomodarse junto a Midori, de nuevo atenta al mundo tras la ventana.
-Cuando el cliente tiene mucho dinero no se lo rechaza, aunque quisieras-dijo, ajena al humor reinante, sólo para la otra muchacha.
-Resulta penoso que todavía crea que puede convertirse en Tayuu. Pero tiene razón en algo, cuanto más bonita más cotizada.
-No he conocido a ninguna yuujo a la que eso le sirviera de algo.
-Yo tampoco.
-La deuda con el destino es algo que no se termina de pagar jamás.
...
Acomodó sus desilusiones en el hueco del pecho del guerrero y sintió un calor extraño. Su voz rasgó los entramados de su historia. Le relató cómo manos extrañas la tomaban a la fuerza, cómo intentó resistirse, lo inútil que había sido. Describió la falta de emoción en el rosto severo de su padre y el sobresalto de su venta cuando hasta esa tarde todo había sido como cualquier otro día.
Era niña entonces, pero supo adonde la llevaban. Si nacías mujer, sólo existía un destino. Pellona cerró el libro. Recostada, lo abrazó contra su pecho, y al girar la cabeza, sus ojos tropezaron con la cara de Kumashi. Un grano de arroz, pegado a la barbilla de felpa.
Esas bestias insensibles…hacerla comer sola. Cocinaría lo que menos les gustase para esa noche… ¡y habrían de comérselo igual! Decidida, volcó su ánimo de guerra en la lectura. Su amante retuvo su cuerpo desnudo y frío tensando los brazos de guerrero. El rumor de los brindis alentados por las cuerdas de un samisén, le recordó al artista de ukiyo-e que le había pedido de posar para él. Imaginó las pinturas de esas damas ocupadas en entretener a sus clientes, unas sirviendo el sake tal como se les había instruido, otras, perdidas entre los pliegues de su kimono desarreglado, entregadas a la tarea para la cual habían sido vendidas y no menos instruidas, y una arrastrando el bachi con resignada elegancia. Lloró amargamente.
-Huiremos juntos.
-Eso no puede ser, es imposible para una yuujo escaparle a la sombra de las murallas…
-Entonces, tú serás la primera.
Al contemplar el fuego en las pupilas de su amante, comprendió que a lo único que le temía, era a perder para siempre esa mirada.
...
Una manzana roja se deslizó rodando entre sus congéneres, quebrando la armonía de la unidad y lo establecido, y cayó al suelo. El comerciante no se percató del acto descarado de su mercancía, ocupado como estaba en conversar con su vecino. El ajetreo de la plaza del mercado se hallaba concentrado en sí mismo. Aislada, en una ilusoria serenidad, al ser el tramo de calle menos transitado, la parada de los subterráneos coronaba, sostenida por sus columnas, la negrura íntegra del vacío. No sucedía lo mismo con su parada amiga.
Abatido por la gravedad, padeció el revolcón de su vida. Lo padeció. Tendido en el suelo del interior de la capsula, el aspecto desquiciado de su postura alertó al cuidador de turno. Agarrado de los pelos con ambas manos en la cabeza, el hombre contemplaba con los ojos como platos el cuerpo inerte de un manojo de trapos. Roronoa Zoro veía todo negro.
Para espanto del cuidador, el otro abordante en el que no había reparado se trataba, nada menos, que de Taka No Me en persona. Confundido, lo vio pasar por encima del cadáver del que fuera su compañero de ascenso, como si en vez de ser un alma por la cual rezar fuera un trasto cualquiera puesto ahí por descuido. Zoro hizo a un lado la capa revuelta sobre su cara al tiempo que el hombre que penaba su muerte retrocedía sin saber qué decir o qué pensar ante el Shichibukai.
-¿Los recibe a todos con el mismo trato descortés?
Raudo del pánico, el hombre extendió sus brazos a los costados de la prominente cintura y adquirió una posición sumisa.
-Lo siento, señor…la capsula…usted…-alternó descolocadamente. Fue consciente del peso de su mentón cuando diviso la silueta viva del encapuchado que se arreglaba las ropas como si una brisa lo hubiera sorprendido al andar-. ¡Señor!-su perplejidad fue tal como para pasar por alto la figura del Shichibukai-. ¿¡Está…está usted bien!
-¿Eh?-gruñó el aludido, concentrado en flexionar las partes doloridas de su cuerpo.
El hombre no respondió enseguida. Su expectación fue absorbida por la ejercitación del milagro en cuestión. Al terminar, el peliverde interpeló con una ceja al rostro pasmado que le devolvía la mirada.
-Las correas…usted no tenía puestas…
-Tuve un inconveniente-sentenció.
La fuerza de convencimiento de ese hombre era tan terrible que el cuidador no se atrevió a comentar al respecto. Y se fue sin más. Dejando tras de sí a un hombre perdido en la estela de lo inexplicable. Brazos cruzados, expresión severa, el peliverde alcanzó los pasos adelantados del Shichibukai y la fiereza del contacto ocular incineró los centímetros de distancia entre ellos.
-Lo sucedido en la capsula, queda en la capsula-segunda sentencia.
Mihawk sostuvo la tensión de la mirada sin mostrarse afectado por ella. Casi con curiosidad.
-Te dije que te sujetaras a mí-dijo, liderando la marcha.
-¡Es por eso mismo…!-exclamó al tiempo que un repentino sonrojo cubría sus mejillas-. ¡TÚ TIENES LA CULPA!
¡Ese hombre…!
-¿Yo?-inquirió por sobre el hombro-. Eras tú el chimpancé que se daba golpes contra las paredes.
-¡Tú…!
Le sacaba de quicio.
-¿Yo…?-inquirió de nuevo, con susurrante suavidad. No perdía detalle de las expresiones contrariadas en el rostro de su aprendiz.
Se contuvo. Avanzó a la par de su maestro.
-A la vuelta, tomaremos capsulas separadas-solucionó.
-Como quieras. Pero nada de eso hubiera pasado si no te hubieras mostrado tan ansioso-expresó, acentuando la delicadeza de sus palabras.
A propósito.
La plaza del mercado se abría en dos hileras sobre una calle ancha. Bullía actividad.
Atravesando el rumor de los precios, la lisonja y el regateo, Zoro cayó en la certidumbre de no ser el único sospechoso de la ciudad. Las capas y las caras cubiertas parecían ser sinónimo de extranjero.
Sujetos solitarios se deslizaban entre la multitud, concentrados en sus asuntos, que adivinaba, debían de tener una sola dirección.
Llegó a vislumbrar una máscara de Noh, con el rostro de un anciano bonachón, arrugadas sus facciones de madera en la expresión verosímil.
Siguió a su maestro doblando por una calle para darse cuenta de que las máscaras eran imitaciones vendidas en las esquinas. Dejado atrás el mercado, los comerciantes no mermaron. Puestos ambulantes, vendedores de artículos arraigados al suelo, tiendas. Un hombre lo persiguió para venderle un supuesto talismán milagroso. Arrasó con él cuando su existencia se convirtió en un estorbo, aquejado de mal talante, y fue entonces, cuando reparó en los barrotes de madera.
Mihawk pisó la callejuela del desvío que llamara la atención del peliverde, conectada a su vez, a un puente arqueado que no era sino uno de los tantos que permitían el acceso a la zona reservada para las casas más renombradas de la ciudad, y aquél lo secundó.
Frente a ellos, lo que antes fuera un jirón de realidad cobró su dimensión real. Elegantes mujeres, ataviadas con sedosos kimonos y elaborados peinados, eran expuestas del otro lado de las varas espaciadas entre sí, permitiendo entrever el decoro sumiso de la espera a ser elegidas. De rodillas, una al lado de la otra, radiantes de belleza y envueltas por un encanto sutil, eran entregadas a la primera mirada de los posibles clientes.
Mihawk encontró el burdel; mientras que el amante encontraba el punto de reunión.
...
Lo vio y su nervio removió inquieto la ansiedad en su fuero interno.
Los asuntos no marchaban mal, pero en esa clase de negocios no podías fiarte de nadie; cada cual codiciaba su parte y un poco más; si no mantenías los ojos alertas, podías morir en el intervalo de un suspiro.
Ese hombre fustigaba su recelo, tenía algo en sus maneras que le desagradaba hasta el punto de helar su vertebra y desear, en silencio, empuñar el filo de su puñal hacia el corazón cuyo latir lo asomaba al borde de la desesperación. Noches enteras se descubrió repasando los detalles de un asesinato furtivo; cacerías imaginarias aplacaban el insomnio y se multiplicaban en cada roce lunar.
Lo deseaba muerto. Pero de nada le serviría a sus intereses matarlo en ese momento. Le gustara o no, lo necesitaba.
Era el bar un local atestado de bebedores empedernidos. Risas bizarras azotaban el desparrame de oraciones sueltas, arrojadas con el alcohólico furor de un ebrio deshilvanando la retorica; para ser un lugar con ese buen talante, el dueño tenía demasiada cara de pocos amigos.
Desentendiéndose de una invitación a beber a la salud de unos desconocidos, a los que seguramente habría de pagarles el trago de aceptar, olvidó la mirada suspicaz en el rellano de la entrada y se encaminó hacia el negocio, entremetido en el hueco de un rincón apartado.
Sobre la mesa, una máscara de Noh; frente a él, un hombre sin rostro.
Tomó asiento, no saludó, a ninguno le importaban las formalidades. Él quería el dinero, el otro también; nada más afín ni contrapuesto. El otro, cubierto de la cabeza a los pies por una túnica azul, dejaba entrever únicamente sus ojos grises a través de la vestimenta. De los pocos encuentros que tuvo con él, siempre guareció en su profundo desprecio esa mirada muda y persistente.
Dos vasos y una botella sucia, de la que no bebió.
-Será esta noche- afirmó convencido. Desvió su atención a los pliegues del pañuelo que cubría el rostro de su víctima y verdugo.
Las cosas no eran fáciles para el contrabando. Era arriesgado, siempre lo era.
El muchacho era inexperto, negligente, un truhán de poca monta. Estaba acostumbrado a tratar con imprudentes como ese, rehuirles era imposible. Todos querían un pedazo del pan. Tratando con ellos, él mismo era igual de imprudente. Pero el tráfico pagaba bien, en especial si sabías con quién tratar, y él lo sabía. Sin embargo, con los años comenzó a sospechar que ya no lo hacía por el dinero sino por la dificultad; el riesgo, que tanto quería evitar.
No era un muchacho codicioso que probaba qué urdir para salir al trote luego de tantas apuestas, era alguien que no conocía otra vida ni otro placer. Amargo placer.
El muchacho lo encontró casi por accidente y le hizo la propuesta con un jarro de cerveza a medio tomar.
Excitado, los ojos brillantes, le habló de la yuujo, no sin comentar sus dotes con el esmerado detalle de un vividor. No sabía de dónde sacaba ese joven el dinero para pagar por ella en ese burdel, tampoco le interesaba. Se habían llevado las tratativas correspondientes, y la mercancía en cuestión era ganancia factible.
El tráfico era un mecanismo furtivo, más arrojado a la suerte que a la planificación. Él había conseguido sacar la mercancía en contadas ocasiones, pero obtenerla se convirtió en otro problema. Su ocupación era hacer entrar la mercancía para el comercio, y de esa forma encubría el robo; pero la seguridad de la isla continuaba siendo así como imprevisible, impiadosa. En una ocasión las circunstancias lo obligaron a deshacerse de la futura ganancia, eso, o él y los que trabajaban a su lado hubieran sido ejecutados.
Los eventuales proveedores de mercancía, como ese muchacho, incrementaban el riesgo de ser delatados o sorprendidos en la faena a razón de un imprevisto. Pero la ganancia, era buena. El muchacho parecía tener muchas deudas de las cuales huir, por eso la ansiedad.
-Estaremos preparados-. La voz monocorde asaltó los nervios del joven, quien intentaba mantenerse imperturbable. Pero sus ojos inquietos lo traicionaban. No confiaba en el hombre tras el anonimato, y el otro lo sabía-. No es de mi incumbencia cómo consigas llegar hasta el punto de encuentro- una portezuela que conducía a una sala subterránea, muy alejada de las murallas, entremetida en el follaje del terreno empinado. Fue construida para esas circunstancias, pero la sala del subsuelo, cercana a la superficie, era uno de los tantos pasajes olvidados a los que se accedía a través de kilómetros de peldaños. Por supuesto que se valdrían también de las capsulas para llevar a cabo el traslado-, pero sellaremos la trampilla a la menor señal de alarma.
El sitio lo sofocaba.
Sentía cómo las pulsaciones tensaban la temperatura de su cuerpo, y cómo esta subía hasta la garganta, como si quisiera escupirle brasas a su interlocutor.
Su plan estaba trazado, era todo o nada. Llegaría. Estaba seguro. El que fuera amante y a la vez traidor, sirvió de aguardiente su vaso.
-Será esta noche-repitió.
