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Arrimado a la mesa, piernas cruzadas, Zoro aguardaba junto a su maestro. No llevaba el rostro cubierto por las sombras, le habían despojado de la capa para su comodidad. La mujer que los atendiera, madura y vetusta, lo recibió, no con terror, sino casi contenta. A pesar de las palabras del moreno, no se esperó tal recibimiento. Vino y Sake, y algún que otro aperitivo, sólo para quitarse el sabor del viaje. Mihawk rechazó la compañía. Al rato, presta a brindarles la debida atención, la anfitriona regresó seguida de una hilera de cinco mujeres, todas bellas, indistinguibles una de otra.

-He elegido a las muchachas más bonitas- empezó a decir en un tono agudo que buscaba ser agradable-. Sin embargo, siempre hay algo mejor; no dude en hacerme saber sus deseos; porque estoy segura de que sabré encontrar a la más adecuada para usted.

Zoro amagó a enarcar una ceja. ¿Por qué se dirigía exclusivamente a él? El brillo cómplice y la sonrisa obsequiosa lo confundían. Sin proponérselo, sus ojos acabaron en las cuencas ambarinas de su acompañante, interrogador. Taka No Me capturó esa mirada.

-Yo ya he acordado con quién la última vez que estuve aquí- dijo a manera de respuesta a la pregunta no formulada.

Ah, verdad. Debía de ser asiduo del lugar, un cliente regular. Por eso la mujer no se sorprendió al recibir al Shichibukai.

-¿Ve algo que sea de su gusto?-insistió la anfitriona.

Cabellos sedosos, piel de porcelana, kimonos elegantes… No veía nada que fuera de su disgusto, tan sólo no entendía qué debía elegir cuando una de esas muchachas era todas esas a la vez. Pero una tenía que ser.

-La del medio-indicó, indiferente.

-Ha hecho usted una buena elección, no hay duda de que tiene usted buen ojo, señor-celebró la mujer-; retírense- ordenó a las demás para luego volver a dirigirse al cliente en su tono condescendiente -. La muchacha lo acompañará a su habitación, si fuera usted tan amable…

Zoro se puso de pie. El moreno lo secundó.

-Señor Shichibukai, usted acompáñeme por aquí, por favor… Estoy segura de que será usted muy bien complacido, señor- dijo por último al peliverde.

Sutil, la penumbra, pensaba las luces cual ligera ensoñación.

La espalda que lo guiara por los pasillos de madera, desnuda ante él, ofrecía la vívida imagen de un sueño cuando su nitidez se confunde con la realidad.

Una acuarela de sentidos barnizaba la sensualidad de una piel tersa, recorrida por las fauces ardientes de un dragón, que en su majestuosa dimensión corrompía el silencio llano de un cuerpo sujeto a la belleza de su sexo. La voluptuosidad de la carne, ceñida al trazo de una fantasía, expelía suavidad y fragancia.

Desde la naciente de los hombros, y cubriendo las nalgas, Zoro bebió tintura fresca y femenina.

Era participe de un ritual, entre la yuujo y su cliente.

Sus espadas ya no estaban consigo.

Erguida a un lado del lecho; confidente y delator a la vez; desviada la cascada de sus negros cabellos, ella, y ninguna, exponía su sexo a la sed que a él comenzaba a sofocarle en la entrepierna. Sedosa caricia, los kimonos en el suelo.

...

-¿Qué crees que hará ese hombre cuando te saque de este lugar?¡Te venderá a otro burdel! ¿Crees que eres la única a la que han acariciado con palabras bonitas para después olvidarse de sus juramentos de amor al terminar el regateo por tu precio? ¡Ilusa de ti!, ¡y malagradecida! Todo este tiempo has estado guarecida bajo el techo de este burdel, ni siquiera sabes lo frías y crueles que pueden ser las calles de esta ciudad, y piensas en viajar dejando atrás sus murallas al lado de un hombre que cuando se dé cuenta de las arrugas en tu rostro te cambiará por cualquier otra… porque tu belleza es algo fugaz, una mentira que se borrará frente a la verdad del tiempo-. No consiguió evitar el agarre de la matrona, enfurecida por la provocación. La asió del rostro, presionando con violencia-. Una mujer como tú sólo tiene valor en estos lugares mientras dure su belleza, luego, cuando la edad las violenta con su látigo, son arrojadas a la calle o al cementerio … Inútiles, pobres y desgraciadas mujeres. Tú serás una de ellas, te lo aseguro, pero no tienes el derecho de lanzarte por ti misma cuando significas una ganancia para este burdel, ¿¡lo has entendido! Aferraba el libro con mudo desespero, los ojos bien atentos. Pellona temió… temió por el destino de esos dos enamorados.

...

Era esa misma tarde. Sin embargo, no se hallaba entusiasmada por ello.

Entre los espasmos remanentes de un orgasmo, Midori se preguntaba si acaso fuera mejor no presentarse a la cita. En realidad, no había pensado en acudir. Pero estando tan cerca de la hora estipulada, sus pensamientos se hacían más densos y unilaterales.

Un hombre la amaba, un hombre que podía salir de las murallas de la ciudadela… y que la invitaba a irse con él, a su propio riesgo. No era la primera vez.

Cada tanto recibía promesas de amor de clientes que veían en ello un romanticismo fiero y aventurado, saciaba sus espíritus desanimados, los hinchaba de un engañado placer. Pero ese muchacho era distinto. El ardor en su mirada era sincero… Al menos, eso creía… no lo suficiente para escapar con él.

Porque ni tan cerca de la hora ella creía que pudiera escapar de esas murallas. La deuda con el destino es algo que no se termina de pagar jamás.Tenía razón.

La cama se hundió a su lado. El cliente había acabado.

Contempló la espalda fornida… Esos músculos me han costado lo suyo, pensó. Había clientes que eran desagradables, asquerosos, violentos… él no lo era. Pero la pulsión sexual de su libido parecía haber estado presa por mucho tiempo; quizá fuera algo natural en él. Estaba exhausta.

-¿Quiere que lo ayude, señor?-inquirió al verlo en la faena de vestirse.

-Puedo vestirme solo.

No se lo reprochó. Sin embargo, instó a sus huesos cansados a levantarse. El roce de la madera era confortable y liso.

-No lo hagas.

Detuvo su andar. A dos pasos, las espadas que llevara el cliente en su cintura, antes de quedar atrapados en el sudor y la piel, se apoyaban contra la pared. Le extrañaba que fueran tres.

-¿Es usted un fuerte espadachín, señor?

Zoro esbozó una sonrisa blanca y afilada.

-Seré el más fuerte- dijo a manera de contestación. Cruzó a paso lento el campo de visión de la mujer dragón, encaminándose hacia sus espadas, y cayendo en la cuenta de que en ese lugar, quizá no se supiera demasiado del mundo exterior.

-¿Es su destino serlo?

El peliverde la observó, serio. No se esperaba la pregunta.

De pronto, vio en ella… a ella misma.

-Quien sabe.- Ante la perplejidad de la muchacha, procedió a ajustar las katanas a su cintura-. Si caigo en una batalla antes de cumplir mi meta, significará que aquél no era mi destino- sus dedos se movían por costumbre, prestos a la tarea -, pero cuando decidí mi meta, acordé conmigo mismo no renunciar a ella. Si he de morir, sea. Moriré con mi sueño a cuestas.

_ ¿No tiene miedo a morir?

Sonó cual quejido. Su voz se tornó en un murmullo débil, de un pavor claramente audible.

_Morir no tiene absolutamente nada de ilógico-contrarrestó al desconcertado temor de su oyente-, lo ilógico sería vivir una vida sin metas.

De pronto, vio en él… a ella misma.

Mihawk salió del burdel preocupado por el avance de la tarde.

Había pedido que le avisaran cuando su aprendiz acabara… Y era temprano, tal como lo previó. Tras él, el susodicho se dejó guiar por los pasos entendidos de su maestro. Cruzaron el puente que coronaba una fosa profunda y seca.

-Todavía tengo algo que hacer aquí-anunció el Shichibukai.

-Bien- consintió-. ¿Adónde vamos?

-Eso ya lo veremos.

Prefirió no indagar en el tema.

...

Apresuró el andar, apremiada por el miedo de ser descubierta, en cuyo caso nadie sospecharía nada. Pero ella iba a escapar, y sentía sus intenciones grabadas en la piel. Sólo tenía que mezclarse con la gente atareada, arrojarse a la calle, como otras veces. Esta vez se hallaba en horas de trabajo y no volvería. Lamentaba no poder despedirse. Paralizó su marcha en la esquina del pasillo, cortado por otro pasillo algo más ancho; era la voz de la matrona; asomó su mirada con sigilo. Iba acompañada por la niña nueva, y sostenía un cuenco de madera con un huevo dentro en una mano.

-No pongas esa cara cuando vaya a presentarte-exigió Yarite-baba-. Sé educada.

Pero no consiguió demoler la inquietud de esos ojos tiernos.

Se detuvieron ante un shoji cerrado, en medio del pasillo que Midori ansiaba atravesar sin ser vista. La matrona se arrodillo en el suelo para abrir la puerta corrediza según las formalidades.

Era su momento, de espaldas a ella, no se percataría de su silueta intentando alcanzar la boca continua a su camino. Era un tramo corto, sin riesgos… avanzó.

Como si fuera sensible al miedo, la niña giró su cabeza hacia ella. Midori mantuvo el roce ocular; en esos segundos, se abandonó a la contemplación de ella misma. Lo era y no lo era.

Ella había estado allí, en su lugar. Empatía.

-He traído a la niña, la dejo a su cuidado… Vamos, siéntate-incitó contrariada.

Acató lo que le ordenaban. Un hombre arrugado por los años, áspero a la vista, posó su atención en ella. Llevaba gafas que empequeñecían sus ojos, de un destello oscuro, y en apariencia, inofensivos. Demasiado atentos.

-¿Cómo se dice?

-Por favor, cuide bien de mí.- Reaccionó de forma tardía, provocando un reproche gestual en la matrona, e inclinó su cabeza, sumisa.

-Bien, los dejo solos- anunció, colocando el cuenco en el suelo-. Asegúrate de comportarte- dijo antes de desaparecer tras el shoji.

El hombre le sonrió. Estaba aterrada.

...

No pensó que su pecho saltaría desbocado al verlo. En esos instantes, en los que su libertad era foco proyectual de una ardiente esperanza, lo amó. Estrechada con firmeza al pecho de su amante, comprendió que el riesgo hacía de su existencia, trascendencia. Recorrería una vida nueva, y asentaría sus raíces en el libre albedrío, de ella serían las elecciones. Y empezó por elegirlo a él, estaba feliz por ello. Una lágrima solitaria, húmeda de regocijo, se deslizó por su mejilla.

Hundidos en la discreción de la esquina de un callejón, resguardados de miradas impertinentes y amparados en el ajetreo cotidiano; Midori fue envuelta en una alargada capa y su rostro cubierto por la máscara de un regordete contento. Su amante, efusivo en su calor, besó sus labios antes de sellar su belleza. Al lado de un demonio, la yuujo que ansiaba la libertad, comenzó a caminar.

La ciudadela era, desde el mismo centro de sus entrañas, una oda al movimiento; comerciantes y personajes del divertimento se aglomeraban allí, donde los forasteros circulaban en rededor de los burdeles más prestigiosos y caros del lugar. Sin embargo, a medida que se acortaba el camino hacia las murallas, se distinguían sectores. El bullicio se reservaba y se hacían frecuentes las casas, añejas, agrias, en su mayoría pagadas por las yuujo que se disimulaban en las esquinas; los locales de los prestamistas; lóbregos bares. Otras casas eran de índole muy poco clara.

Bajo la máscara, Midori tembló débilmente. En una callejuela aprisionada entre una serie de viviendas enmohecidas, la vestimenta de un guardia. El hombre, sumido en el lento y entrecortado movimiento que no conseguía pestañeo alguno de la yuujo oprimida contra la pared, no les prestó atención. La mujer llevaba la cara pintada y cubierta de polvos, pero bajo sus ojos se veían dos grandes manchas negras y sangraba desde la comisura del labio. Su amante instó a que apurara la marcha, y Midori lo siguió.

Al pie de las murallas, un sentimiento sobrecogedor la invadía. El amante abrió la puerta de hierro, encajada a la roca maciza. Apenas se introdujeron a la miserable penumbra del otro lado, la máscara de demonio expiró.

-Puedes quitártela tú también.

No había nadie. Era la primera vez que le disgustaba tanto el silencio.

-¿Estás seguro?-preguntó en un susurro siguiendo sus pasos.

-Quédate con la capa.

-¿Por qué no hay nadie aquí?

Los muros encerraban sendas angostas que morían en la oscuridad, violentada por la lumbre. En los márgenes sombríos se adivinaba el serpentear de una escalera, teas sin encender en las paredes. Una rata se escurrió vertiginosa pasando frente a ellos.

-He pagado a los guardias, por eso la puerta estaba abierta-contestó, antorcha en mano-. En las murallas no hay tanta protección como en la zona del subterráneo, después de todo, confían demasiado en el terror de los acantilados.

Caminaron largo rato. Midori se aferró al brazo de su guía y esperanza. Las paredes llameaban una soledad espantosa, pero su respiración hallaba eco en el latir de su compañía.

Si tenía éxito, ella recompensaría sus pérdidas y más todavía. Es por eso que no le preocupaba el dinero. En el fondo estaba seguro de que lo conseguiría. Así era también en las apuestas, cuando se arriesgaba, era a todo o nada. El batir grotesco de la resonancia le dio a entender que estaban llegando a la salida. Risas y orín. La pestilencia inducía al vomito. Llevaba el monto prometido en monedas bajo las ropas, tal como habían acordado. Una primera parte antes, y una segunda después.

Ya no había necesidad de antorcha. Una estrecha hendidura en la pared, de cara al exterior, intentaba simular un tragaluz. Era sólo un agujero por el que se colaban los rayos de la tarde, todavía radiante, pero que no era suficiente para hacer respirable el ambiente. Notó cómo su brazo era tironeado por un escalofrío. Tenían la puerta delante de ellos, pero, entremetidas en el costado izquierdo del pasillo, las voces de los guardias hacían mella en el suspenso de la situación.

-No te preocupes-calmó en voz baja.

Y avanzó. Resultaba irónico que el sitio más putrefacto del lugar fuera el único iluminado. Se trataba de un espacio reducido, accidental. Una mesa y tres hombres desgarbados sentados alrededor, ubicados contra la pared inmediata al pasillo del que él acababa de aparecer. Un cuarto, parado en el vértice opuesto, meaba a la pared. El líquido dibujaba en la roca sombras que discurrían con abundante gloria hasta el suelo. Las botellas desparramadas por doquier eran testigo del derrame de su contenido. Pero sus ojos se detuvieron en la baraja de Hanafuda que asistía el juego de los guardias. Un brillo intenso se apoderó de él. Koi Koi, el juego de las apuestas.

El ambiente no se tensó por la llegada de los dos intrusos; miradas curiosas, adornadas de lascivia, los contemplaron sin interrumpir su hacer, sin un ápice de inquietud. El destello de una sonrisa sarcástica titiló imperceptiblemente.

-¡Eres tú muchacho!-exclamó con bebida jocosidad el guardia de la vejiga vacía-. ¡Ya pensábamos que no vendrías! ¿No, muchachos?- Los aludidos emitieron un murmullo de carcajada. -¡Y qué preciosidad has traído contigo!-decía a la vez que enfilaba sus pasos hacia ellos, dientes por medio.

-¿Dónde está el Manco?-inquirió, firme.

Mote que hacía honor a la falta de la mano derecha.

-Ha ido arriba-respondió el otro, señalando el marco de la pared que le seguía verticalmente a la mesa, y donde nacía una escalera-. Puedes darme el dinero a mí ¿sabes?

-He arreglado con él, a él se lo daré.

-Como quieras, mientras, ¿por qué no nos presentas?

-¿Quieres sentarte aquí, dulzura?- invitó uno de los jugadores, palmeando sus piernas abiertas.

Risas. La yuujo ladeó el rostro, ofendida. Y asustada. El muchacho tomó una decisión. Sujetó a su mercancía del brazo y la llevó hasta la puerta.

-¿Y tú?

Alarmada, cayó en la cuenta de que su amante no amagaba a salir con ella al exterior. La luz le daba en la cara y renovaba sus pulmones. El aire sabía a libertad.

-Estaré contigo enseguida, te lo prometo-aseguró-. Debo dinero a estos hombres, pagaré e iré por ti. ¿Ves?- señaló el terreno verde y empinado. Muy al fondo de la depresión abrupta y boscosa, un circulo de arboles, inclinados por las tormentas, hacían de las sombras agrestes un hoyo-, corre hasta esa zona y no pares, no pares-susurraba en su oído-. Verás un manzano. No te acerques a él y ocúltate hasta que yo aparezca.

Ella lo miró, preocupada. El muchacho besó sus labios con suavidad, y la estrechó contra su cuerpo. Ella quedó enredada a esa calidez. Comentarios obscenos atiborraron el recinto, pero ella no les hizo caso. Una última mirada y se deslizó a través de la salida.

El silencio subsiguiente fue penetrado por el sarcasmo insistente de las sonrisas, ya no disimuladas. Uno de los jugadores ahogaba la risa como si se tratara de una enfermedad crónica. La tranquilidad de los guardias abofeteaba el ánimo impaciente del muchacho. Pero esperó. Al final, llegó, el ruido de las escaleras denotó su pronta presencia. Alto, sucio, y con muñón en vez de mano.

-¡Ey, Manco! Aquí está. Dice que no nos dará la plata a no ser que te la entregue en mano…la que no tienes.

El aludido esgrimió un golpe a la nuca del hablante con el miembro ileso.

-Todavía me queda esta, imbécil.

Risas. El muchacho le tendió una bolsa pequeña de cuero, que sin comentario intermedio, el Manco volcó sobre la mesa, donde los jugadores hacían sus apuestas. Carcajeó, cual mofa.

-Es todo, ahí lo tienes. Me voy.

Pero el imbécil le bloqueaba la puerta. Sintió pánico. Una rabia indómita se daba contra los nervios de su cuerpo.

-Apártate-dijo, con acento en la advertencia. Su mano, rauda, palpó el mango del puñal.

-Verás, chico-habló el Manco. El nombrado se volteó hacia él, apoyado al borde de la mesa-. La paga no es suficiente.

-Si quieres más, iré a por él.- Rojo de cólera, el sudor le brillaba en las sienes.

-No, no lo entiendes. Tú dinero lo aprovecharemos bien, lo que no es suficiente es la paga de un guardia. Pero si les entregamos a un traficante… sería distinto. ¿Dónde está esa yuujo que decías de traer contigo, eh?

-¡Maldito…- Elevó el puñal en el aire, pero este cayó.

Bullía en él una rabia desaforada, bullía en la sangre que manaba de los bordes del filo clavado en su costado. Observó con pavor la mueca de su atacante, hasta que éste se echó hacia atrás.

La herida escupió sangre, como si la muerte intentara succionarlo, esa que siempre rondaba cerca.

Por unos segundos, permaneció aturdido.

Contempló sus manos, inútiles en el esfuerzo de retener la hemorragia. Jamás sintió tanto miedo en su vida. Un latigazo, cual gélido resplandor, atenazó sus fibras desde los dedos de los pies hasta las raíces de los cabellos. Pero sentía algo más: rabia.

Desprevenido, el Manco fue tomado del cuello y derribado al suelo. Lo asfixiaba. El gesto patético y descompuesto de su víctima no pudo ser llevado al final. Un golpe seco en la cabeza.

Muchas manos, puños. Fue dado vuelta, y el imbécil con la vejiga vacía le infringió un tajo en la garganta.

-¡Maldición! ¿A quién querías ahorcar, eh?-decía el agredido mientras cacheteaba el cadáver insistentemente, repetidamente, en un arranque de ira. Los ojos vidriosos oscilaban sin ver.

El ambiente, en cambio, no parecía afectado. Entre risas socarronas, los guardias retomaron sus lugares.

-¿Dónde está la yuujo, bastardos?- Estaba fuera de sí.

-El muchacho quiso que se fuera primero-comentó el guardia, limpiando su puñal.

-¿¡Qué has dicho!¿¡La han dejado salir de la muralla!¡Imbéciles!- pero el insulto no detuvo las risas. En su bronca, avanzó hasta el único en pie y descargó una piña en su rostro feliz.

-¿Y cuál es el problema? Los de arriba se harán cargo.- Escupió sangre, sin olvidar la sonrisa.

-¿¡Cuál es el problema, dices! ¿¡Qué tienes tú en los pantalones! ¿¡Sabes siquiera para qué sirve!

-Vamos, Manco, no te sulfures- intervino uno de los jugadores, atento a sus cartas -. Como esas hay por todos lados.

-¿¡Y a quién crees que culparan cuando vean al intruso!

-Sólo tenemos que decir que se nos escapó, los de arriba se encargarán. Sabes que cuando se escapan, nadie las quiere de vuelta. Ya ves, preferimos delegar el trabajo en otros.

El Manco resopló enfadado y pateó el cuerpo inerte para canalizar su exasperación.

...

Zoro no hizo preguntas. Y el dependiente tampoco parecía atreverse a hacerlas.

Todo allí le resultaba familiar. Desde la lana que recubría las paredes, pasando por todo tipo de materiales de costura, hasta el osito que saliera de la caja y que lo mirara con aire bobalicón. La caja estaba llena de eso.

Tomó nota mental de los sucesos.

El Shichibukai, sin emitir palabra, lo llevó a recorrer de cabo a rabo la ciudadela hasta el punto que le dio pie para mofarse de él por haberse perdido. Le sentó bien poder desquitarse con su falta de orientación, cosa que al otro lo ponía de mal humor y a él le inflamaba el pecho. Pero su deleite duró poco, porque encontraron el dichoso lugar… Ni bien entrar, se dio cuenta de que no era el único perplejo. El dependiente no se había animado a abordar al Shichibukai sin un titubeo impregnado de suspenso y debida cautela. Sin embargo, a medida que los paquetes iban cobrando tamaño, fue recuperando el color, al tiempo que Zoro lo iba perdiendo. Pero eso era el colmo. Carraspeó.

-¿Sucede algo?-Mihawk concentró sus pupilas en él.

-No llevaremos eso.

El dependiente se mostró confundido.

-¿Perdón? ¿Desde cuándo tú decides eso?-indagó el mayor con evidente dureza.

-Desde que a Pellona se le ha ocurrido hacer de costurera con mi ropa con las cosas que tú-remarcó, fuego en la mirada- le compras.

-¿Y eso te molesta?-inquirió de forma desinteresada-. Es ella la que cose tu ropa andrajosa con las cosas que yo-remarcó con suavidad - le compro.

-Sabes a qué me refiero.

-No, no lo sé.

-¡El oso!

-Tenemos también otros modelos…

-¡No queremos ninguno!

El problema tembló en las manos del dependiente.

...

Sus hombres tenían la orden de aguardar por el muchacho en la sala subterránea, que a esas alturas, se hallaba muy por encima de él. Sin embargo, los esperaba con dos capsulas dispuestas.

No había seguridad en que el muchacho lo consiguiera, pero descartar una posibilidad no era su costumbre. Oportunidades, todo se trataba de eso. Oportunidad y riesgo.

Sintió un estremecimiento, y volteó a ver. El cuidador, pipa en mano, se acercaba a él con una sonrisa, casi agresiva.

-Que desconfiado es usted-dijo a modo de broma-, nunca, en todos estos años, me ha dejado acercarme a usted por la espalda.

Su voz era afilada y lacerante al tímpano. Como placas de metal que se raspan entre sí.

-Los amigos no se acercan por la espalda-contrapuso.

-Usted no debe de tener muchos amigos-comentó, apoyándose contra el muro, de cara a su interlocutor.

Se hallaban en la boca de un pasillo cavernoso. Las antorchas flameaban cual agitada estampida. Una brisa helada se colaba por algún lugar, susurrando notas gélidas en la piel. Los ojos grises no perdieron cuidado en atender los movimientos del otro, de reojo, los brazos cruzados. No contestó.

-Cierto es-empezó a decir, con ánimo de seguir la conversación-, que la línea entre amigos y enemigos se hace muy difusa. Hace usted bien en ser como es, es evidente que la vida le ha enseñado mucho… como a mí. ¿Sabe? Somos muy parecidos, aunque usted me caiga mal, y yo le caiga mal a usted. Somos ratas de alcantarilla, ¿no le parece? No importa lo sucios que seamos, nos adaptaremos, de una u otra manera, a ese feo lugar que es la alcantarilla. La meta es vivir.

El fuego pareció temblar al estallido. Espantoso fue el eco. Abiertos de par en par, los ojos grises delataban una muda sorpresa. El tiro fue certero, el cuerpo yacía inerte. El asesino caló de su pipa, revolver en mano, sonrisa en los labios. Arriba, los guardias ya habrían acabado.

...

Corrió cual gacela llevada por la vertiente de su más crudo recelo. Los pies descalzos. El mundo prisionero en el hueco de una esperanza. Los latidos golpeaban con violencia su respiración, y él… él la estaría esperando. Se detuvo dos veces para recobrar el aliento, pero el cansancio se hacía más agudo e irrespirable. Había escrutado el camino a sus espaldas, anhelante, intentando discernir la silueta del único hombre al que había llegado a amar, pero su corazón le devolvió latidos hirientes.

Sin embargo, él lo prometió… y ella confiaría en esa promesa. Si no te hubiera conocido… Encerrada en el sino de mi sexo, tras las rejas del burdel, no comprendí que por encima de eso, puedo darlo todo por un motivo. Y que la mujer, la yuujo, la amante, tu amante, quien corre ahora con el desespero por corazón… constituyen un motivo, uno por el que quiero luchar…De no haber oído sus palabras, no hubiera caído en la cuenta de que escuchar a su libertad era razón suficiente para estar vivo. Que la opresión, era el mal absoluto. No importaba lo fatigoso que fuera el camino, mientras fuera ella quien lo eligiera. ¡Ella tenía una meta! ¡Ser libre!

Las ramas cedieron al peso de su cuerpo. Quebraron. Midori parpadeó confundida, el dolor escocía sus sentidos. Un disparo. Había sido un disparo. Haciendo acopio de fuerza y de valor, consiguió voltear su cuerpo, de cara al cielo. Las murallas atentaban la inmensidad.

Contrariamente a lo que su espíritu entusiasta creyó, la distancia entre ella y la gran muralla no era demasiada. Sí perfecta para un tiro al blanco.

Sus ojos lloraron sin que ella sintiera tristeza. Divisó en la espesura el carmesí de sus plantas desnudas. Su amante. Los brazos del guerrero la estrecharon con fuerza; hacía daño, la hacía feliz. Soy una mujer libre, pensó. Un hombre la había amado con toda la sinceridad de sus sentimientos, ella misma lo amó. Tuvo la elección, la tomó. Su vida como yuujo fue igual a una moneda de una sola cara, pero en esa tarde brillante se había entregado a la libertad, a la vida como tal fuera del estanque. Había valido la pena sentirse ella misma contra la marea. En una casita, modesta pero feliz, dieron luz a una familia. En esa casita puede hallarse una mujer que obtuvo su libertad. Pellona cerró el libro, con los ojos llenos de lágrimas.

...

Las entrañas vacías le pasaban factura. Zoro tenía hambre. Mucha.

Ya en el castillo, los dos espadachines se dirigían directo a la cocina. Esperaba encontrar algo preparado, cualquier cosa, o comería lo que fuera, le daba igual.

Mihawk abrió las puertas.

Se trataba de una cocina comedor, de unas dimensiones tan cómodas y justas, en su proporción y utilidad, que seguramente al baboso del cocinero le hubiera gustado.

Su paladar se regodeó de contento, aunque no lo exteriorizó. Delante de ellos, la única mesa se hallaba servida. Dos platos enfrentados, ambos cubiertos para mantener el calor; vino y sake, y un zumo de naranja. La pelirrosa cabeceaba en sueños, abrazada a Kumashi, y sentada a la mesa, en lo que parecía ser una larga espera.

Zoro tomó asiento, sin más, acuciado por una necesidad fisiológica primordial, mientras que su maestro bordeaba la mesa. Uno de pie, otro reposados los cuartos traseros; como en un acuerdo tácito, descubrieron la comida al mismo tiempo, y al mismo tiempo arquearon una ceja inquisitiva.

La expresión que los miraba desde el plato era claramente de reproche. Zoro esgrimió una sonrisa y atacó su plato.


"Una vela no pierde su luz por compartirla con otra."


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Asai Ryoi, "Cuentos del mundo flotante". (Cita del primer capítulo)

Al respecto de la última cita, no me queda muy claro de dónde o a quién pertenece.

Y sobre las palabras de Zoro:

"Morir no tiene nada de ilógico, lo ilógico sería vivir una vida sin metas."- Kiba, Wolf Rain.

Opiniones, impresiones, correcciones, estoy abierta a todo ello. Espero que hayan disfrutado la lectura!^^

Nota cortita: Hay un extra y su advertencia es lemon.


Bueno, he de dar a conocer ciertas acotaciones que considero de importancia (lamento la lata). Primero que nada, el fanfic, se basa en la sociedad de Japón, allá por el Período Edo, en donde los llamados "barrios del placer" (tomemos, como ejemplo, a Yoshiwara) eran moral y legalmente aceptados (lo cierto es que en Japón, la prostitución y la legalidad, creo yo, constituyen una ambigüedad) Me impresionó la noción de objeto y mercancía que se tenía de la mujer, no sé por qué, la verdad (tampoco hay que trasladarse al oriente, ni siquiera siglos atrás, para ver eso), y quedé cautivada con esas mujeres míticas de las que tanto se habla pero que poco y nada hay para decir en tanto que personas.

Acotaciones:

*Cuando el amante traidor dice: "Será esta noche", quiere decir, en efecto, que la huida de la isla sería esa noche. Midori muere en una tarde radiante y hermosa. Pero piensen que, luego de descender el entramado subterráneo, el plan consistía en escapar en un barco que comerciaba para con la ciudadela y que debía de cumplir ciertos requisitos de inspección y demás. En fin, la noche los sorprendería cual muerte prematura.

*¿Qué carajo es eso del cuenco con el huevo adentro? Pues, lubricante (?) El huevo-crudo-, hace de lubricante. He de decir en este punto, que saqué el dato de un libro: "Japón: el país de la espada y la flor" (online). Y, admito que, lo que leí no me gustó nada. En primera instancia, las niñas primerizas (vendidas por sus familias) eran iniciadas en el arte del sexo. Según mi informante (XD), la iniciación era de siete días, en los cuales la cándida niña era manoseada y obligada a adoptar ciertas posturas como si estuviera en el mundo del caramelo. Las pelotas, la mina tenía que estar cagada. ¿Un viejo/hombre mayor, un desconocido, toca tus partes más íntimas y vos no te sentís siquiera un poco humillada? Quizá se sintiera muy rico… pero quizá eso lo hacía todavía más terrible.

*Sobre el término "Yuujo", con él, me refiero a "prostituta profesional" y abarco con el término a todas las que ejercen la profesión. Confieso que he pecado: no sigo al pie de la letra lo que dice la wiki. Por ahí dicen que Oiran hace referencia a las prostitutas de mayor calidad (albergadas en los burdeles), y estas, se dividen en rangos, siendo la Tayuu la de mayor escalafón. La wiki especifica que las Yuujo son las del penúltimo escalafón, y yo, sin embargo, por una cosa y la otra, y porque hay más contradicción de la que pueden llegar a imaginar sobre distintos temas, utilizo "Yuujo" en un sentido amplio y general. Si alguien con plena sabiduría sobre la cuestión se atiene a iluminarme, bienvenido sea.

*¿Cómo encajar la vela con los sucesos? En algún lugar leí que durante el coito, entre yuujo y cliente, se encendía una vela; para cuando acababa, el servicio llegaba a su fin. Este dato fue el origen de toda la historia. Por eso, me encapriché con el título. También podría relacionarse la vela con una vida que se extingue, el ardor de un sueño, ser descartable, lo fugaz, etc.

* La recreación de las formalidades dentro del burdel no son un retrato fiel. ¡Vamos, que es ficción! (¬¬^^') Más que nada, utilicé las escenas a mi antojo.

*La Yarite-baba (o matrona) era una vieja (XD) que estaba a cargo de las yuujo y de su dirección, se encargaba de que las cosas marcharan satisfactoriamente para el burdel, es decir, a través de amenazas y engaños se ocupaba de que las yuujo se quedaran en su sitio e hicieran su trabajo, y cosas de ese estilo.

Puede que me olvide de decir algo más, en cuyo caso, lo completaré luegoXD