Under the moonlight, a kiss of blood
Capítulo 4:La tragedia del cazador
"Cavada una tumba para dos", es uno de los tantos refranes que entre cazadores y vampiros se repite. ¿Por qué? Porque se dice que cuando uno de ellos dos nace, arrastrara a otro a la oscuridad, su némesis. El vampiro se hará la razón de existir del cazador; el cazador, será la razón de existir del vampiro, aunque no es obligatorio que el sentimiento sea reciproco. Es uno de esos tantos refranes fundados en la experiencia y la repetición continua de la misma historia en diferentes versiones, todas ligadas siempre al mismo dolor y pérdida. Un ejemplo claro de esto, es lo que le ocurrió al joven Mukuro Rokudo.
La historia de Mukuro es simple, pero no por ello menos traumática que la del resto de cazadores o vampiros, o de lo contrario, es muy probable que nunca hubiera siquiera pensado en pisar el campo de batalla delimitado entre ellos a partir del crepúsculo.
Mukuro, era un adolescente común, con una historia familiar que prefería no contar o cortar con un sencillo "mi padre está muerto". Estaba profunda y locamente enamorado de otro chico, pero eso no le significaba ningún problema. Su madre y sus hermanos, eran de la idea de que lo importaba era la felicidad más allá del género, la posición social o lo que fuera que quisiera interponerse, y lo apoyaban incondicionalmente tomara la decisión que tomara, amara a quien amara. De forma tal que el único problema en su futuro inmediato a sus 17 años, era el hecho de que su amado, era algo lento para captar las indirectas que le lanzaba, por más descaradas y directas que fueran, haciendo que Mukuro se diera cuenta de que si deseaba que se diera por enterado de sus sentimientos, no le quedaba de otra que un ataque frontal. Días antes de la graduación –en invierno-, despertó con las pilas puestas y convencido de que era el día prometido, el día en que solo aceptaría un "si" por parte de Tsuna, de SU Tsuna. Empero… la vida no es justa ni oportuna ni mucho menos predecible, y el castillo de piedra y canto que creyó construir con cimientos de hierro, se vino abajo como un castillo de naipes erigido en el aire, apenas llegó a la escuela. De los murmullos que lo rodearon como urracas abalanzándose sobre la carroña de su felicidad, logró captar cuatro fatídicas palabras: "Sawada Tsunayoshi fue asesinado."
Lo cruel no fue que su persona especial muriera antes de poderle decir lo que sentía por él, cuanto lo amaba, cuanto deseaba tomar su mano, tener una cita con él, protegerlo de su propia torpeza, rodearlo con sus brazos, besarlo. Lo cruel, era que el mayor motivo de luz en su vida, se extinguió por la misma razón que alimentaba su oscuridad: vampiros.
De inicio hasta ahora, la madre de Mukuro era una figura efímera cada día más delgada que trabajaba doble turno en el hospital para mantenerlos, y que como podía, se dividía entre sus labores como pilar económico y moral. Aquella señora de sonrisa cansada pero inquebrantable espíritu, daba la apariencia de estar por desaparecer, como la llama de una vela que consume los milímetros finales del pabilo. Mukuro odiaba por eso a su padre, por no estar ahí ni para su madre ni para ninguno de sus dos hermanos –Ken y Chikuza- y menos para él. Su padre era un cazador, un irresponsable que tomó el camino más fácil, olvidándose de su familia en pos de ir tras el pasado para saciar su sed de venganza por la muerte de su mayor orgullo, su primogénita –Chrome-, quien fuera asesinada por un vampiro a los 6 años. Por eso, para él y para cualquiera que preguntara, su padre estaba muerto, y él había jurado miles de veces que nunca seguiría sus pasos… hasta que vivió el infierno de perder a un ser amado a manos de un engendro de la noche, en carne propia.
Después de la muerte de Tsuna, lo que antes fuera una maldición –tener un padre cazador- se transformó en una bendición, porque más que injusta, inoportuna e impredecible, la vida es una maldita sádica que goza jugando, uniendo y desuniendo los rieles del destino a su antojo.
Su padre, un hombre atormentado por una doble culpa –abandonar a su familia y no poder proteger a su hija-, al abrir la puerta de la habitación del hotel de mala muerte donde se hospedaba, una noche lluviosa de otoño, y descubrir los ojos inyectados de odio puro de su hijo, aquel que le cerró la puerta en la cara y con justa razón lo negó como progenitor, no pudo negarse a su petición de ayudarlo a convertirse en cazador, pese a saber serlo era peor que la muerte. La muerte libera, la vida en los territorios de la noche eterna, en uno y otro extremo del ring, sujetan de tobillos y muñecas con grilletes al rojo vivo, y el alma, a una pesada bola de pesadillas, forjada en culpa, aderezada con odio y rematada con sufrimiento.
Rápido, Mukuro pasó de ser un aprendiz que seguía a un maestro fatigado por su propia carga, a un maestro solitario, un genio en el arte sangriento de la casería; o bien un demonio lleno de un rencor tan grande y feroz, que empujaba una osadía, agudeza y obsesión de venganza comprable a la genialidad.
Un irónico golpe de suerte fue que el asesino de su amado, fuera un vampiro, tirando así por la borda su convicción de no seguir los pasos de su padre.
De la misma forma en que se enteró de la muerte de Tsuna, captó de la conversación entre dos cazadores de los tantos reunidos en Namimori para el exterminio anual en masa de los vampiros residentes en la ciudad, que pasaron por su lado sin hacer el más mínimo caso de su mar de llanto y aflicción, la pista con la que su condena daría comienzo. Los cazadores hablaban de un adolescente de ojos avellanados de apellido Sawada, que tuvo la desgracia de cruzarse en el camino de un vampiro novato que le clavó los colmillos dos veces, conduciéndolo directo a la muerte antes de que otro compañero suyo pudiera darles alcance y rescatarlo. De la víctima quedó el cuerpo y la fila de deudos; del victimario solo la sombra y un "sensei" en los moribundos labios del chico que entregó su último suspiro a la noche, en brazos del cazador. Dar con la identidad del vampiro no le llevó mucho tiempo a Mukuro: Yamamoto Takeshi. Lo que le costó trabajo, fue encontrar una pista que lo guiara por el camino correcto a su neófito cuello. Para cuando Mukuro consiguió acercarse, Yamamoto había escapado de la ciudad con sus vampiros maestro, quienes probablemente le explicaron cuan peligrosa era la situación actual en la ciudad para los de su tipo.
En los años siguientes, sin dar tregua en su búsqueda, sin olvidar, Mukuro intercaló instantes de gloria en los que prácticamente podía oír las suplicas de Yamamoto, o sentir su tridente clavándose en su pecho (más efectivo que una estaca); con etapas de consternación al creer que le perdía la pista. A pesar de lo que se acercara o alejara de su objetivo, Mukuro era consciente de que sin una carnada convincente, atrapar a ese vampiro le tomaría al menos otra década, y cada día la desesperación crecía mas y mas. El tiempo, no era un lujo.
Desafortunadamente, los padres de Yamamoto habían muerto poco después que su hijo. No tenía hermanos ni primos, parientes cercanos o parejas a las cuales pudiera utilizar, por más que había indagado ¡ni siquiera un amigo! En vida, Yamamoto conseguía encajar a donde quiera que fuera, pero al parecer esa misma habilidad lo obligó a cerrarse en cuanto a relaciones interpersonales profundas que pudieran conservar eslabones al transformarse en un inmundo asesino. Interrogó a sus compañeros de trabajo, a sus conocidos y siempre era la misma respuesta: "Era un hombre muy bueno. Es una lástima que muriera tan repentinamente antes de encontrar la felicidad."
Ya fuera porque realmente no era un genio, o solo porque su paciencia se agotaba, que no fue sino hasta que la fortuna le dio una mano, que pensó en una posibilidad, remota, pero posibilidad al fin y al cabo: un alumno, al que se rumoraba, el profesor le tenía especial cariño, pero al que había descartado por la simple y llana diferencia de edades y por la automática relación profesor-alumno. Dicha posibilidad apareció en su horizonte con un resplandor a cada segundo más y más notable, luego de visitar la tumba de Tsuna, cercano a su decimo aniversario luctuoso. Como cada año, tras visitar la tumba de su amado, iba al rio de Namimori para recostarse hasta caída la noche, y dormitar a expensas de los fantasmas del pasado. Un ritual de sanación o de autoflagelación.
-¿Lo escuchaste?
-¿El rumor?
-Si. "Ese" rumor. El que dice que el fantasma de un antiguo profesor de Namimori se apareció anoche en el decimo aniversario de su muerte, en uno de los departamentos de los edificios de por aquí.
-Mi madre me dijo que ahí vivía uno de sus alumnos.
-¿Y si lo mató él y por eso vino a llevárselo, pero no contaba con que se mudó?
-Ya. Claro. Un fantasma al que no se le notificó el cambio de domicilio.
-Podría ser.
-Pero mi madre dice que ese sensei murió por una enfermedad. Me dijo que era una lástima porque era una persona muy amable.
-¿Tu madre lo conoció?
-Fueron compañeros mientras daba clases en Namimori.
-Oh.
Parte del triunfo de Mukuro residía en escuchar las conversaciones correctas, era un don, una "suerte especial", y esa del par de niños regresando a casa tras un largo día de escuela, era algo más que correcta.
…PRESENTE EN TOKYO...
¿Peor que despertar con el desquiciante "ring, ring" del teléfono? Que al contestar, molesto, con su llamado que desgarraba las paredes de un sueño reparador y bien merecido, y somnoliento, la mecánica grabación de:
-Estimado usuario. Seguramente por motivos ajenos a su voluntad, no ha podido realizar el pago correspondiente a este mes… -bla bla bla bla ¡te taladre la paciencia y estrelle los fragmentos contra la muralla de la desesperación! ¡Eso era peor!
Maldita compañía telefónica.
-Esperamos su pago. Gracias por su preferencia.
¡¿Así o más hipocresía?
Gruñí. ¡Y yo que tenía pensado aniquilarle los tímpanos al simple mortal que había osado interrumpirme el sueño, gritándole cuanto improperio conociera y pudiera inventarme sobre la marcha, en pago!
Caminé arrastrando los pies de regreso a la habitación, dispuesto a dormir otras tantas horas más antes de que la noche llegara y Takeshi despertara. Desde su regreso de la tumba –literalmente- a mi lado, habían pasado ocho días de vida nocturna a la que apenas estaba acoplándome, y no es que fuera desagradable, solo cansado en principio, lo que quedaba sobradamente recompensado con solo estar con él y disfrutar finalmente de los planes que quedaron varados en la orilla del "nunca".
Bostecé ruidosamente recargándome en uno de los sillones.
-Gris.
Me paralicé.
-Hace décadas que no veo el cielo de día, y jamás pensé que aun siendo el cielo invernal, sería tan hermoso.
Despacio, giré la cabeza hacía el ventanal de la sala. En todo el departamentos las cortinas estaban corridas para evitar que la luz, mortal para Takeshi, se filtrara. Además de ese modo era más fácil para engañar a mi cuerpo y obligarlo a descansar a deshoras.
-¿Quién eres? –Pregunté advirtiendo la figura de un intruso rubio recargado en el marco, oteando hacía el exterior por un resquicio que abría con dos largos y finos dedos.
-¿No vas a preguntar, qué somos? –Dejó la cortina en paz, introduciendo su carmín mirada en la habitación en penumbras, señalando con un movimiento de cabeza la otra figura que se camuflaba perfectamente con las sombras en el extremo contrario.
-¿Qué son? –Apreté los puños, buscando sigilosamente cualquier objeto a mi alcance que pudiera usar como arma.
-Lo mismo que el herbívoro que tienes en tu habitación. –Respondió despectiva la segunda sombra que rompió el silencio en el que permanecía.
-Vampiros. –Di un paso hacia atrás, acercándome a una repisa de donde podría tomar un abre cartas- ¿A que han venido?
-Alto ahí. –Ordenó el rubio.
Mi cuerpo se detuvo. Mis pensamientos pararon. Podría jurar que de haberlo ordenado, incluso hubiera dejado de respirar.
-No hemos venido a hacerles daño. Solo a advertirlos.
Por más que Takeshi se esforzara en ocultármelo, no necesitaba ser adivino para intuir que algo andaba mal en la ciudad, algo que lo ponía en grave peligro. Ya no era un niño como para tragarme la idea de que todo estaría bien de ahora en adelante. Sabía que mi felicidad al lado de Takeshi se estaba esfumando como lo hacía la noche al llegar el alba. Lo que no sabía, es que decir, que Takeshi se había ido a meter directo a la boca del lobo, era quedarse corto, porque Tokyo, es mucho más que la capital de uno de los países asiáticos más poderosos del mundo, es la sede mundial de los cazadores de vampiros. Y del mismo modo en que las brujas se reúnen para hacer su aquelarre, los cazadores, en estas fechas, se reúnen en Tokyo para llevar a cabo todo tipo de "congresos", "reuniones" y "competencias". Una fiesta sangrienta y sádica donde es fácil preguntarse cuál es la peor parte de ser vampiro: vivir una eternidad huyendo y atacando humanos, o ser presa de sanguinarias criaturas que se creen humanos, pero que de humanos conservan mucho menos que los mismos vampiros.
¿Quería una muestra grande y convincente de cuan idiota era Takeshi? No podía haber prueba más grande y convincente, ni de que me amaba con locura desmedida, que el haber venido a Tokyo precisamente en esta época del año, solo para encontrarme.
-La casería anual de vampiros iniciará en dos días. –Dijo gravemente Dino- Y ustedes, están fichados.
Notas de la autora:
Con esto llegamos al penúltimo capítulo del fic. Mil gracias por sus rewius, en verdad, mil gracias.
Espero que haya sido de su agrado este cuarto capítulo, y recuerden: 8059 4ever love~
