Under the moonlight, a kiss of blood
Capítulo 5: Over night
En un callejón frío como la soledad, su mano sostenía la mía, un efímero haz de luz que se esfumaba con el entumecimiento de mis dedos que restaban sensación de las yemas hacia las muñecas, gradualmente.
La noche nos consumía, sin luna que guiara nuestros pasos, con las vaharadas grisáceas de las alcantarillas ocultándonos fugazmente antes de cruzar a la siguiente calle. En mitad del invierno, éramos una pareja, un par de tortolos enamorados que huían de las miradas, esporádicas y risueñas. En mitad de la cacería, éramos una trágica diana en movimiento que se escurría de un sitio a otro, para diversión de quienes desde las sombras, jugueteaban con sus presas en una cruel carrera por saber quien ganaría el cuello del los idiotas, que sin soltarse, se internaban en un abarrotado centro comercial en un desesperado intento por desvanecerse en la multitud invernal, cercana a navidad.
-Ya… Yama… -Calculé la mitad de la callejuela de escaparates para rogar un respiro, que si bien él no lo necesitaba, yo si. Los pulmones me dolían por la gelidez que les obligué a inhalar con apresuración, y por el poco oxigeno que podían captar de paso en paso, cada vez más rápido. Mi condición física no era le mejor, aun así me las habían ingeniado para seguirle el ritmo, sin desfallecer, por el puro deseo de permanecer a su lado hasta la eternidad. Aun si esa eternidad se reducía a esa noche, a una historia sin final feliz.
Yamamoto se detuvo tras un pilar, ofreciéndose como escudo en tanto recargaba mi espalda en el congelado granito y tragaba aire, conteniendo la tos y las consiguientes nauseas.
-¿Puedes continuar? –Preguntó serenó, queriendo ocultar un leve tono de apremio.
Cerré el puño sobre mi pecho y asentí, tendiéndole mi mano de nuevo. Apreté los dientes cuando me sostuvo con la suya, helada como hielo… sin vida.
-Vamos. –Dije, pegándome a su pecho cuando se dio la vuelta para comprobar que el camino estaba despejado, lo que no sería verdad. Aun yo, alcanzaba a sentir los pinchazos burlones que se ceñían sobre nosotros.
La huida dentro de la trampa, se reanudaba.
…
-¿Fichados? –La voz de Yamamoto sobresaltó a Gokudera, quien a penas se hacía a la idea de dos vampiros irrumpiendo a su apartamento, como para evitar pegar un salto, al sentir la mano fría de su pareja posándose en su hombro.- ¿Qué significa?
Dino soltó un suspiro, y tomó asiento en un sillón, con los codos apoyados en los muslos, recargando el mentón en el dorso de sus dedos entrelazados. Los miró un momento, sin decir nada, y sonrió con pesar y sinceridad. Nunca creyó que Yamamoto consiguiera lo que tanto anhelaba: estar al lado de Gokudera. En esos diez años en los que no le escuchó hablar de otra cosa más que de esa persona que tanto había amado en vida, y lo seguía haciendo aun transformado en un demonio, ni un segundo confió en que lo fuera a lograr. Para él, su hijo (porque en eso se había convertido) soñaba demasiado, y estaba bien apoyarlo unos años, hasta que la realidad cayera sobre sus hombros y aplastara sus ilusiones al encontrar a Gokudera con otro, feliz, lejos del recuerdo doloroso del profesor que había amado, y que ahora solo era eso, un recuerdo. La existencia de los humanos era tan volátil, que le costaba creer que uno de ellos pudiera aferrarse con la misma tozudez que Yamamoto, a un sentimiento, cuando en la distancia la esperanza era una estrella extinta. Al verlos juntos maldecía su falta de fe, y el que, habiendo vencido tantas penas, tras la dicha, viniera un ejercito de Cazadores a quienes no les interesaba en lo mas mínimo su historia.
-¿Y nosotros somos las bestias? –Preguntó Hibari como si leyera sus pensamientos, sacándolo del sopor en el que se sumergió, sin importar que los otros dos no entendieran a que venia el comentario.- Fichados, significa, par de tortolos, que los Cazadores los han descubierto, y están marcados para ser presas de la casería anual.
-Que es mañana. –Completó el rubio.
…
A donde dirigiera la mirada, en un rostro anónimo encontraba un enemigo. Cruzar por las calles de Tokyo, nunca fue tan… aterrador.
-Ya casi llegamos. –Mintió Yamamoto al sentir la flaqueza de mis piernas, aunque tal vez para él podía ser verdad, si estuviera solo, sino tuviera que arrastrarme a mí, un simple mortal.
-¿Te he dicho hoy que… -tiré de su brazo para detenerlo. No tenía la fuerza suficiente ni en mis mejores condiciones para obligarlo, pero el entendió y pausó.- que eres un idiota? –Una pregunta estúpida en una situación como la nuestra. Sonrió sin prisas, tomando mi rostro en medio de la calle, sin importarle las miradas estupefactas y puntillosas de los transeúntes (¿podía importarle en realidad a un ser que tenia la eternidad por delante?), suscitando un beso, suave, dulce. Entre la gente, los Cazadores solo se limitarían a vernos para no armar un alboroto.
-No, pero estoy feliz de que lo hicieras. –El dorso de sus manos bajó por la piel de mis mejillas heladas, hasta encontrar mis manos, entrelazar nuestros dedos y subirlos hacia sus labios, dejando un beso en cada una.
-Conviérteme. –Una petición no razonada.
El vampiro incoherentemente moreno pese a su palidez, dio un respingón.
-Conviérteme. –Volví a repetir, consciente de lo que quería.
-No puedo. –Musitó, como si le hubieran arrebatado de tajo su alma inmortal.
-¿Por qué? –Pregunté exasperado, intentando que las personas que pasaban por nuestro lado no escucharan.- ¡Si lo haces…! Po… podremos estar jun... –Bajé la mirada, ahogando mi orgullo para poder hablar con sinceridad.
-Lo sé. –Me sujetó de los hombros.- Sin embargo… no podría pedirte que sacrificaras tu vida mortal por mí. –Respondió despacio, cada palabra le pesaba toneladas en el alma.- Que sacrificaras… un día en el campo, la oportunidad de tener una familia, de tener una casa, de estar en un solo sitio sin temor a que te asesinen, un beso de buenos días, una conciencia… sin muertes. –Deslizó sus manos hacía las mías.- Te he metido en un gran peligro por mi egoísmo, por querer verte sin pensar antes en las consecuencias, y mi meta es sacarte de aquí, ponerte a salvo y… -Sus labios temblaban cuando me atreví a buscar sus ojos granita.
-¿Y después irte?
¡Silencio! ¡Una mierda de silencio que gritaba: "si"! ¡"Te volveré a abandonar"!
Lo que dijo, aunque en parte era lo que deseaba para mí, esos instantes que da la vida y que llenan con felicidad las memorias, era lo que en verdad hubiera querido conmigo. Lo sé, porque tiempo atrás, en alguna conversación casual que terminó en un golpe en su cabeza de friki cursi, lo mencionó. El ir juntos a un día de campo, formar una pequeña familia, tener una casa, seguridad, calor, un beso de buenos días. ¿Qué le contesté entonces? ¿Solo el golpe?
-Idiota… -Murmuré soltándome.- ¿Es que acaso después de tantos putos años, de una mierda de rencuentro, aun no entiendes la razón por la que… estoy aquí?
-¿Cansados de huir? –Inoportuna, una socarrona frase interrumpió.
Yamamoto se tensó, bajó la cabeza con los ojos granita entornados, y sujetándome de la muñeca izquierda con fuerza, me obligó a colocarme entre las paredes de un edificio gris y su espalda, en una posición protectora, defensiva y primitiva. Los costados de los labios le temblaban, alzándose para dejar al descubierto unos feroces colmillos blancos.
Salimos del departamento una hora atrás. Dino y Hibari, se habían ofrecido a ir por delante para actuar de señuelos y deshacerse de la mayor cantidad de enemigos posibles, en tanto Yamamoto se encargaba de protegerme. La idea de no ser más que una carga, era detestable, aunque nada podía hacer para remediarlo en mi condición meramente mortal. De eso me di cuenta al cruzar la puerta del departamento, internarnos en la noche, y encontrarnos con el primer Cazador, un inexperto e imprudente chico de 20 años que sostenía una espada.
El intercambio de insultos o amenazas fue innecesario. De vampiro a Cazador y viceversa, solo hubo una chispa de odio mutuo, previo al combate. Fue la primera vez que vi los colmillos de Yamamoto, que saltan a la vista cuando su instinto se desata, cuando la parte bestial domina y se elige entre sobrevivir o perecer.
La espada, lo rozó en tres ocasiones. La primera, fue una embestida acertada y magistral que apuntaba a su estómago, y que Yamamoto esquivó haciendo gala de su velocidad sobrenatural; la segunda, fue cuando me sirvió de escudo ante un ataque del Cazador, que pretendía utilizarme, y atravesó su pulmón derecho; y la tercera… en la tercera ocasión la sangre del Cazador se derramaba por la comisura de los labios de Yamamoto, con su cuerpo sacudido por espasmos distantes, y la espada clavada en el muslo de quien fuera su presa.
Su boca, aun conservaba el sabor metálico de vida, cuando nuestros labios se encontraron al acercarme, haciendo caso omiso a su negativa, a su insistencia de que había visto lo que era en verdad (¡Un monstruo!, decía él). Para mí, seguía siendo el mismo idiota. ¿Cómo era posible si acababa de matar, y así sería, o había sido, hasta el final de los tiempos, sin importar si era una persona inocente? Supongo que en ese tenor, también soy un monstruo. Eso, es lo que aun no entiende, que seguir a su lado esa noche, sin soltarlo, pidiendo que me convirtiera en uno de ellos, no era ignorancia o confusión, sino la resolución de estar con él. Por 10 años de sufrimiento, de muerte en vida, podía dar una eternidad de culpa y soportar el infierno si algún día llegará el fin, si estábamos juntos.
Él dormía, cuando me miraba al espejo en el baño repasando las ojeras con la yema de los dedos. ¿Por qué no lloras por la victima de la noche anterior o de esta noche?, ¿por qué no huyes o lo matas, (correr las cortinas… y ya) si es un asesino? Mañana tras mañana, las mismas interrogantes y la misma pregunta final: ¿valía la pena dar vidas en sacrificio por mi felicidad? Una pregunta innecesaria, conociendo la respuesta de antemano, aunque no pudiera aceptarla fácil. El mundo entero podía odiarme con libertad. Para mí, la respuesta era un "SI" rotundo, que se concretaba en una sola palabra, una petición a la que se negaba a acceder Yamamoto:
-Conviérteme. –Insistí por tercera ocasión. Su cuerpo vibraba amenazante.
-No. –Volvió a negarse. En su semblante, se mezcló la rabia del animal acorralado y la congoja humana.- No puedo permitir que tu…
-¡Maldición, Takeshi! -¡Al diablo con el Cazador! Me coloqué frente a él, sujetándole de la camisa.- ¡¿Qué planeabas hacer después de encontrarme? ¿Solo decirme "hola", pretender que éramos felices unos días, y luego desaparecer de mi vida de nuevo, destrozándome por segunda ocasión? -¡Entiéndelo! No soportaría perderte… otra vez.
A tu lado, encontré mi lugar, y lo perdí justo cuando pensaba que podría ser feliz, sentirme humano, no una alimaña a la que tienen confinada en una esquina, con agua y comida suficientes para que sobreviva y no cause problemas. ¿Qué hago para que lo entiendas?
Rodeas mi cuerpo con tus brazos.
Lo sabes. Lo que sucede es que tienes miedo de que me arrepienta, o en la eternidad, me canse de ti. Estas, inseguro. Si me quedo como un mortal, cuando muera solo te perteneceré a ti, me mantendrás vivo en cada recuerdo en una cárcel perpetua, en un calabozo en el que ni siquiera tu podrás alcanzarme, repitiéndote que fue lo mejor, cuando sabrás que en realidad fuiste un cobarde enamorado.
-Goku… -Tu mirada se encuentra con la del Cazador. Azul y rojo.
La calle sigue abarrotada, la gente ignora al vampiro que me abraza, y al Cazador en el otro extremo de la acera, formando una delgada barricada humana entre nosotros. Tu abrazo se cierra dolorosamente al darte cuenta de que en el callejón a sus espaldas, una figura resbala por la pared hasta el suelo, quedando como un vagabundo o un ebrio. En el techo de un edificio hay otra figura, imperceptible a ojos humanos, que cuelga inmóvil. No muy lejos, en una cafetería, un tercer Cazador yace muerto, recargado contra el vidrio como si durmiera. ¿Cuántos son? ¿Cuántos Cazadores ha matado este Cazador, para reclamarnos como sus presas?
-Linda pareja. –La misma voz de antes, burlona, se alzó sobre las cabezas inocentes.
-Gracias. –Respondió Yamamoto.
-¿No creen que se les hace tarde? –Señaló su reloj de pulso, golpeando el cristal por cada segundo.
-Llegaremos. –La silaba final fue escupida como un gruñido intimidado.
La meta era la Torre de Tokyo. En el juego perverso de los cazadores y los cazados, los Cazadores daban a sus presas un bastión de chocolate cuya ubicación era rebelada a un par de insignificantes vampiros, que corrían la voz, para luego ser asesinados. Este año, el emblema de la salvación para los vampiros, y de burla para los Cazadores, era la Torre de Tokyo. Quienes llegaran a este punto durante la cacería, recibirían como premio a su buen desempeño un día de ventaja para salir de la ciudad. Ese era el lugar al que queríamos llegar.
Y tener a Mukuro en nuestra contra, podía significar o una ventaja, si como era visto pretendía ser nuestro único persecutor; o una desventaja, al haber salido de las sombras en las que ellos, tanto como los vampiros, ocultan su contienda, ampliando el terreno de batalla.
Como pudimos, esquivamos su disimulado ataque, lanzado tras sortear el mar de gente con displicencia.
Las piernas me dolían. El cansancio y el frío hacían mella en mi resolución y fuerza, sacando ventaja de la pausa que hicimos. Temía no poder lanzar otro paso luego del siguiente, desplomarme o simplemente desmayarme. Si lo hacía, el problema ni siquiera era mi vida, sino que Yamamoto, terco, no me dejaría atrás y me arrastraría, haciéndome un talón de Aquiles más grande del que ya era.
Forcé a mis piernas a responder.
-¡Conviérteme, maldito idiota! Si lo haces, llegaremos más rápido. –Volví a insistir, encolerizado por su negativa.
Yamamoto se detuvo a mitad del Parque Shiba. Observó a su alrededor, con un deja vu en la mirada. Los arboles con sus formas espectrales, la pequeña vereda empedrada con farolas a los costados, y debajo del baño de luz blanca y cónica, bancas de fierro en la soledad de una noche cruda. Una imagen típica de cualquier parque en esta época. Una persecución, vampiros, un mortal, muerte y separación o muerte en vida, eran los aditivos a la formula que hacían que su mano temblara. Pestañeó con una sombra vino naciente entre sus parpados. Eran lágrimas de sangre.
-¿Así fue?
Yamamoto asintió, cerrando su puño entorno a mis dedos, dándose cuenta a tiempo de que con la fuerza que aplicaba, me haría daño. Presentí que si le obligaba a contarme la historia, podría encontrar un hilo del cual sujetarme para tirar y obligarlo a acceder a transformarme. Di un paso hacía adelante, él pensó en echar a andar guardándose el recuerdo de una elección que aún no definía si fue la correcta o una completa equivocación, e interceptando la intensión de ambos, un tridente surgió de la oscuridad con rumbo al corazón del vampiro idiota que dejaba al descubierto su punto débil.
Sumido en sus pensamientos, Yamamoto no lo advirtió. Mi reacción fue instintiva: me interpuse entre ambos.
Tres pinchazos agudos se hundieron en la carne de mi pecho, proseguidos de un dolor tan fuerte que mi cuerpo no reaccionaba o lo identificaba. Me pesaba respirar y mantenerme en pie, como si mi cuerpo y yo nos desconociéramos.
Voy a estar bien, me decía. Voy a estar bien.
Aspire hondo. Debíamos seguir. La Torre de Tokyo no estaba lejos. Teníamos que cruzar el parque, andar un par de cuadras más y listo. Podríamos dormir en un resquicio oscuro de la Torre. No. Antes le golpearía por no escucharme cuando pedí que me llevara detrás de la línea de la inmortalidad, le diría que quería estar a su lado sin importar las vidas que costara, que estaba dispuesto a compartir su condena, que no se esforzara por ser más idiota, diciendo que no. Es probable que Hibari y Dino, sus "padres vampíricos" –por lo que entendía-, intervinieran para tranquilizarme, y yo aprovecharía para saber quién de ellos fue el que me arrebato al pedazo de bastardo japonés durante 10 largos años. Al anochecer del día siguiente, saldríamos de la ciudad. Para entonces, sujetaría la mano de Yamamoto hacía un tiempo indefinido.
Eso haría.
-¿Qué… haces? –Yamamoto llora. Sí. Son lagrimas rojas que caen en mis mejillas, en mi frente.- ¿Por qué… esa cara…? –Pregunto, adormecido. Que insensatas mis ganas de tomar una siesta…, los ojos me pesan, y con el clima glacial que hace, atrapado en sus brazos, tal vez sea lo mejor descansar para continuar. Solo unos minutos. Unos minutos y podre ponerme en pie y seguirlo, como lo he hecho desde que era mi estúpido profesor, el de la sonrisa bobalicona.- Je… nunca pensé… verte… con una cara… como esta. –Me burlo, creo que sonriendo. No siento mis dedos, mis piernas, mi rostro.- Me harás… ponerme cursi… idiota. –Cómo puedo, alcanzo su mejilla, acariciando su helada piel.- Todo este tiempo… espere que vinieras por mi… -Toso. Mierda. Es un mal momento para enfermarse, porque ese "felices por siempre" que me metió en la cabeza cuando era un niño, esta a la vuelta de la esquina...- que vinieras para llevarme… -10 años, y finalmente, llegaste.
...
Epilogo
10 años después - Italia
-Kyouya… deberíamos aprovechar esta noche para hacer "cositas de padres"… en otro lugar. –Sugirió Dino en un lujurioso tono, sujetándole por detrás, de la cintura.
El mayor se estremeció de pies a cabeza al oírle, soltándole un tonfazo, y girándose al tiempo que Dino caía de rodillas, doblado del dolor y abrazándose el estómago. Sus ojos granita relucían intensos, tanto como sus mejillas, en una de las antiguas mansiones de las que aún era dueño Dino, y que ocupaban en muy contadas ocasiones para evitar ser localizados por los Cazadores.
-¡Ite!… Kyouya, no tienes idea de cuánto duele tu "dulce" amor. –Continúo jugándose el cuello con sus comentarios el rubio.
En respuesta, una feroz mirada lo atravesó, advirtiéndole que un comentario más como ese, y pasaría los siguientes años buscando los pedazos de su cuerpo que hicieran falta, cuando se los arrancara a mordiscos y los arrojara al océano.
-Vamos, Kyouya. –Pasó de la invitación perversa a la súplica.- No creo que sea buena idea quedarnos esta noche.
-¿Por qué "no sería buena idea"? –Exigió una explicación, apretando el mango de las tonfas, con el cosquilleo que el aliento de Dino le produjo, haciendo de las suyas, aun.
-¡Sabes porque!
Y si, efectivamente, lo sabía. En cuanto pasara lo que tenía que pasar, la mansión se llenaría de sonidos que ninguno de los dos deseaba escuchar –benditos oídos vampíricos-, por mero pudor. Tal vez si el sitio donde el "suceso" se desarrollara, no quedara tan cerca, habría menos problema, pero desde donde estaban y tratándose de una mansión pequeña en comparación al resto de las que Dino poseía, las posibilidades de ser escuchas de honor, eran muy altas y no gratas. Aun así, a Hibari, la "madre", no le complacía la idea de irse y dejar al "pequeño retoño" de la familia de vampiros que se había negado tajantemente durante siglos a formar, y que ahora poseía, a su suerte. Claro está que no lo admitiría.
-Mamá debe dejar que el polluelo vuele. –Comentó Dino, en pie, acercándose para convencerlo y consolarlo.- Papá también siente que su polluelo crece demasiado rápido. –Se lamentó, estirando los brazos para rodearlo, con un segundo tonfanzo lanzándolo directo a la lona.
-¿A quién llamas "mamá"…, -Lo sujetó de la parte trasera del cuello de la camisa blanca, arrastrándolo hacía la puerta y de ahí por el oscuro pasillo. No quería irse, y tampoco escuchar cómo se desarrollaba un reencuentro que él mismo había esperado, pues conocía la pequeña posibilidad que germinaba por fin, y por la cual había obligado a Yamamoto a seguir, sin decírsela, albergando la esperanza de los tres.- papá herbívoro?
…
Cerró los ojos, reviviendo las escenas de hacía 10 años: Hayato, en sus brazos. El calor de su sangre extendiéndose por su ropa, goteando hacía el empedrado. Sus preciosas esmeraldas, apagándose lentas, conforme la vida le abandonaba. Su cuerpo laxo. Su voz. Su aroma. Sus labios temblorosos y el débil arco que formaban, con sus últimas palabras brotando, como si no supiera que estaban por separarlo con el "para siempre", que deseaban que los uniera.
El tridente en el suelo. Las pisadas retumbando en su dolor. Una burla, una carcajada y el reproche:
-Este es el mismo dolor que yo sentí cuando me lo arrebataste. –Era consciente del dolor que causaba en los demás al alimentarse, y aunque le pesaba, había logrado a hacerse a la idea, porque tenía un motivo para sobrevivir, el mismo motivo que ahora tenía para asesinar.
¿Qué siguió? Una encarnizada batalla… que sin importarle si salía avante o su cabeza rodaba, ganó.
El cuerpo de Mukuro quedó tendido en el pasto, destrozado, hasta el día siguiente en el que un desafortunado niño lo encontró. En las noticias, nacionales e internacionales, se informó de un asesinato brutal, atroz. Y bajo un cerezo, del otro lado del parque, la tierra fue removida para albergar el cuerpo inerte de un profesor que sería reportado como desaparecido.
Yamamoto recuerda el fracaso de sus intentos por traerlo de vuelta. El sabor de su sangre, más dulce que ninguna. Lo suave de su piel. Nada sirvió. Y en el tiempo sin fin que le quedaba por delante, el sufrimiento se arrellanaba cómodamente, en una estancia que prometía la eternidad. "Si lo hubiera transformado", se repetía, ya sin intentar convencerse de que eso fue lo mejor.
Apretó los parpados, y una lágrima fue liberada. Una perla roja que trazaba su camino por los surcos de su piel.
-Pensé que solo te vería así de patético una vez…, Takeshi.
Al salir de sus recuerdos, buscó desesperado el origen de la voz.
-¿Qué sucede? ¿Te volviste más idiota en estos años?
Una sombra se recortó a sus espaldas del resto de la habitación, avanzando hacía Yamamoto, que aún no encontraba el valor suficiente para voltear, y afrontar la posibilidad de que su imaginación, o la locura, le jugarán una mala pasada. En cambio, cerró los ojos con fuerza, negándose a ver, si no era posible no escuchar las ligeras pisadas que lo rodeaban y quedaban frente a él, o acallar su ruego interno de que fuera verdad.
-¡Mírame, jodido imbécil!
Con un puntapié, dos pares de miradas granita colisionaron. Yamamoto con la rodilla en el suelo, sujetando su espinilla.
-Hayato… -Murmuró, con incredulidad en la voz.
-¡No lo digas como si fuera un fantasma! –Le reclamó apretando el ceño.
-P-pero…
-Hibari… -No lo llamaría "suegra", como Dino aconsejó antes de pedirle que le llamara "padre", cuando se encontraron en el recibidor, ellos listos para atacar, creyendo que podría ser un intruso.- me explicó un detalle que tú omitiste: convertirse toma 24 horas. –Fue un sutil reclamo, con los brazos cruzados.- Si me lo hubieras dicho, no habríamos perdido tanta energía en el tema, idiota.
Yamamoto, que aun permanecía en el suelo, incrédulo, no escuchaba lo que Gokudera decía, solo lo miraba, de punta a cabo. Las mismas manos de dedos largos y finos. La cintura varonil y delicada. Su cuello largo y blanco. La piel más clara de lo que podía haber imaginado. La punta de su nariz, que rogaba por un beso que bajara a sus labios carnosos y rosados. La profundidad salvaje de sus ojos, alguna vez esmeraldas, ahora rojos. Era Gokudera, y al mismo tiempo, ya no era Gokudera, porque ya no era un humano, aunque eso… carecía de importancia.
-Hayato…
Un impulsó bastó, para que los 20 años transcurridos, desaparecieran.
Un posesivo abrazo, un ansioso, temeroso y apasionado beso.
-¿Sabes? No te perdonaría si se hace costumbre esto de abandonarme 10 años. –Dijo Gokudera al separarse, mostrando los colmillos, en una seria amenaza.
Yamamoto soltó una sonora carcajada.
-¡No es para que te rías! ¡Te lo estoy diciendo en serio! –Reclamó irritado el joven vampiro, golpeándole en el pecho.
Los labios de Yamamoto, volvieron a cubrir los de su tierno neófito, con una suave sonrisa, hasta que cedió.
Aun no entendía cómo era posible tener a Gokudera de nuevo en sus brazos, y aunque le intrigaba, esa noche era una promesa que tardó años en cumplirse, un "happy end", que no pretendía opacar con detalles menores si esa persona estaba ahí.
Necesitó perderlo, para darse cuenta de que sus miedos fueron en vano, y que el infierno al que creyó atarse, compartido, era el paraíso.
-Sé que es en serio. Por eso me rio. Porque estoy feliz por la amenaza. –Repartió besos por todo su rostro, luchando con las manos que intentaban detener lo que Gokudera llamaba "babosear".- Y porque no voy a volver a alejarme de ti, ni en 10 años ni 100 ni nunca.
-¡Demonios! -Desvió el rostro para evitar otro beso.- Pasan los años y tú solo te haces más rosa.
-Es porque te amo, y porque sé que me amas.
Las mejillas del albino adquirieron una furiosa tonalidad rojiza, acentuada por su palidez. Yamamoto tenía toda la razón.
A dos días de su supuesta muerte, despertó en su tumba de tierra, desorientado y aterrado. Tal cual lo sospechaba Hibari por viejas leyendas, el par de herbívoros enamorados tenía una oportunidad de sobrepasar la adversidad que se presumía definitiva, si Gokudera era una de esas contadas personas que aun después de cruzar la frontera de la muerte, podían ser transformados en vampiros. De su especie, a lo sumo serían una decena los que sabían de dicha probabilidad, y no fue sino hasta que Yamamoto pudo hablar de lo ocurrido, de sus infructuosos intentos por convertirlo cuando su corazón estaba detenido, que la sopesó.
El margen de esperanza era corto, casi nulo. Y aun así por tercera vez, ese par superaba las expectativas del destino que parecía empecinado en interponerse. Primero, superando la barrera de la relación profesor-alumno. Más tarde, venciendo los límites de la noche. Y al último, vapuleando a la misma muerte.
Sus dedos se entrelazaron. Sus miradas se sostuvieron. Y en los labios unidos en un beso de sangre, la noche nacía con luz de luna, y llegaba a su fin para siempre dichosa.
Notas de la autora:
Este capítulo ya estaba terminado desde hace semanas, pero tras una serie de problemas tuve que reescribirlo, y me costó bastante. Entre otras cosas, mi vida es un medio caos actualmente, y pues… se hace lo mejor que se puede para sacar tiempo, tanto para despejarme y evitar que me explote la cabeza, como para escribir y divertirme haciendo estas cositas.
Terminado este fic, que la verdad pues si les gustó aunque sea un poquito, ya es ganancia, y agradeciendo su paciencia y que lo hayan seguido hasta el final, me paso a dar continuación a otro fic, en esta ocasión de la pareja Lucky, que es un TykixLavi (-Man). A la par, estaré subiendo una pequeña recopilación de one shots sobre la vida en familia de Yamamoto y Gokudera, a modo de continuación de un one shot que tengo en mi blog, llamado Baby, Baby. Y a ver qué pasa.
De nuevo, mil gracias porque llego al final de otro ff gracias a ustedes, aunque mucho tiempo después de lo planeado.
P.D: ¡8059 4ever! Y que cursi soy xD
