"Mantén la cabeza en alto y la vista fija en el premio. Nunca pierdas la emoción. El mundo está lleno de ese tipo de personas. Si juegas bien tus cartas, siempre serás el más rápido".
Guy Moshe; Bunraku
Veintiuno de septiembre de 2023
Base de la Fundación
Hibari tiene jaqueca. Kusakabe ha sugerido hace un rato jugar una partida de ajedrez como distracción, aunque hace mutis por el foro después de haberle sido dada una cortés aunque tajante negativa. Tetsuya también se ha encargado de comprar un teléfono móvil nuevo para suplir el que su jefe despedazó; Kyouya juraría que ha sonado un par de veces, pero no se acuerda de dónde lo ha puesto exactamente y tampoco le apetece buscarlo. Sólo piensa en ajedrez e igual que todo-absolutamente-todo en las últimos ocho días, le recuerda a Dino.
Fue Dino el que le enseñó a jugar cuando tenía veintitrés años, esgrimiendo un argumento del estilo "no piensas mucho las cosas antes de hacerlas, Kyouya, así que esto te vendrá bien para mejorar tus estrategias". Si a Hibari se le pasó por la cabeza que las piezas serían de cristal pulido, como las que utilizaba uno de los capos de "El Caso Slevin" se equivocaba. Era un juego de los más baratos: pequeño, de plástico, porque por lo visto la idea se le había ocurrido en el aeropuerto y lo compró a última hora en el duty free. Kyouya le dijo que era un cutre y Dino sonrió, señalando sarcástico que había avanzado mucho con la jerga coloquial.
Dieciocho de diciembre de 2019
Domicilio de Hibari Kyouya
Aquella tercera partida se perfilaba ya como una nueva victoria flagrante a favor del italiano. Kyouya había perdido todos sus peones, una torre, los dos alfiles y un caballo solitario miraba de reojo a su reina negra. Las piezas blancas de Dino se encontraban dispersas por el tablero, estratégicamente dispuestas según su particular y agresiva forma de jugar.
En otras palabras: el panorama era desolador.
Cavallone tenía en la mano uno de esos cigarrillos negros a los que tanto se había aficionado en los últimos tiempos y el humo que se enroscaba en torno a su muñeca olía a vainilla. Le tocaba mover. Dio una profunda calada y sacrificó una de sus torres, deduciendo que Kyouya movería el caballo y le dejaría una vía desprotegida para quitar de en medio a su reina.
No se equivocó. En cuatro movimientos más había hecho jaque mate. Kyouya chasqueó la lengua, molesto.
—¿Te has fijado? —cuestionó Dino, empujando el malogrado rey negro con el índice.
—¿En qué?
—En tu manera de jugar. Siempre eliminas lo primero que ves en lugar de considerar tus posibilidades, Kyouya; no utilizas una estrategia.
—Es la primera vez que juego —se defendió el otro.
—Precisamente por eso —una cortina de humo perfumado ascendió, desdibujando momentáneamente sus labios—, deberías tomarte más tiempo para pensar.
—Detesto no ser capaz de ganarte.
Dino soltó una breve carcajada.
—Bueno, al menos eres sincero —Kyouya le vigiló atentamente mientras se inclinaba en su dirección, contemplándole con un brillo indescifrable en esos ojos que parecían casi de petróleo bajo la luz artificial—. Te diré un truco: no utilices tus piezas. Sé tus piezas.
—Qué ridiculez.
—Vamos, cariño —Hibari entornó los ojos, fulminándolo con la mirada. No le gustaba nada que le llamase así. Dino siempre pronunciaba la palabra con un deje sardónico que le hacía pensar que se estaba burlando de él—, ¿cuándo te he dado yo un mal consejo?
Cavallone dejó la pregunta en el aire mientras seguía dando cuenta de su cigarrillo. Hibari bajó la vista al tablero, más por descansar la vista en algún sitio que por cualquier tipo de interés. Dino actuaba de un modo extraño desde que había llegado; estaba siendo mucho más taciturno que de costumbre y Kyouya podía apostar la cabeza a que, si le pinchaba una arteria, la ironía saldría antes que la sangre. Le ponía de los nervios.
Los dedos tatuados del capo aparecieron en su campo de visión, reptando por el tablero de una forma muy similar a la que empleaba para recorrer su piel. Se cerraron en torno a la reina negra, jugueteando con ella distraídamente.
—¿Sabes? Siempre me ha dado la impresión de que eres como la reina —Kyouya le clavó las pupilas, exigiendo una explicación en silencio—. La reina puede hacer todo cuanto quiera, moverse cuánto le apetezca en la dirección que prefiera. Un poco como tú, Kyouya, tan libre...
—¿Y tú eres el caballo? —Dino sonrió ante el intento de broma.
—No creo. Soy más como...
Con una lenta floritura tomó una de sus propias piezas, ocultándola en su palma. Kyouya ladeó la cabeza cuando el otro abrió la mano para mostrársela.
—¿El rey?
—Ajá... —Dino dio una larga calada y expulsó el humo pausadamente. Se humedeció los labios en un gesto inconsciente cargado de sensualidad—. El rey alrededor del cual todos se mueven. La pieza más importante, y también... —dejó entrever los incisivos en una sonrisa mordaz—, la más inútil.
Una vibración cálida contrajo los abdominales de Hibari. La susurrante voz de Dino parecía lamerle el cuerpo, enroscarse despacio en torno a su vientre. El corazón le latió fuerte un instante.
—Al rey las normas no le permiten hacer demasiados movimientos. Sin él no hay partida, pero no puede actuar como quisiera para proteger a sus súbditos y a sí mismo —mientras hablaba hacía rodar lentamente las figuras en su mano. Cuando se encontraban, producían chasquidos como de porcelana—. Un rey que necesita a su reina y resulta vulnerable si acaban con ella.
Kyouya cerró los puños encima de las rodillas. La mirada del otro sobre él era fuego negro y quemaba más que la brasa del cigarro.
—Y la envidia —continuó Cavallone, aplastando la colilla contra el cenicero—, porque a diferencia de ella, sólo puede moverse poco a poco... poco a poco.
Se observaron fijamente durante unos segundos. La respiración de Hibari había aumentado de frecuencia. Sus ojos parecían imantados a los labios del italiano.
Era como si con aquellas palabras Dino hubiese evidenciado lo que más odiaba: saberse dependiente de alguien, recordar que su existencia perdía sentido sin su némesis. Sentía unas inmensas ganas de destruirle para probarle que no era cierto.
Cavallone dinamitó el muro de contención con sólo posar las piezas sobre el tablero. Parecía imposible que una acción casual pudiera resultar tan sugerente, pero así era. Y fue una suerte, porque si hubiera atacado en lugar de acariciar a Hibari con una mirada lánguida, la lucha habría sido a muerte. Sin embargo, lo que Kyouya hizo fue empujar la mesilla baja a un lado y alargar una mano para tirar bruscamente del cuello de su camiseta. Estaba dispuesto a arrollarle, a demostrar su supremacía, a romperle la boca a besos. Dino le abrazó y sujetó su trasero con ambas manos, levantando al guardián en peso para situarle en su regazo. Kyouya, fuera de sí, batallaba ya por arrancarle la ropa. El rubio, cuya actitud un tanto distante contrastaba con la desabrida vehemencia de la que era objeto, le instó calladamente a ponerse de pie y acarició su entrepierna sobre la tela antes de abrirle la yukata.
—Mi reina... —susurró, y se metió el miembro semierecto del guardián en la boca.
De eso Kyouya recuerda que tuvo que abrazarse a su cuello porque la lengua ardiente del capo le hacía deshacerse, que por sus venas corría una síntesis explosiva de pasión y furia y que Dino aceptó sumisamente todo cuanto quiso hacerle, desde abrirle la piel a mordiscos hasta enterrarse en él sin preparación suficiente. Recuerda que su interior era estrecho y cálido a extremos inimaginables, que fue el mismo Dino quien se masturbó mientras Kyouya lo penetraba y que eso le excitó tanto que tuvo que detenerse, porque si no se corría y deseaba seguir viendo esa turbia agonía en los ojos del otro. Más que ninguna otra cosa recuerda que Dino le besó lentamente al terminar, mientras yacían jadeantes y exhaustos sobre el tatami, y murmuró en voz muy baja que le quería. Kyouya no supo responder, pero pasó los dedos por los anchos huesos de su tórax hasta que se le apagó la rabia y consideró que tener aquel rey en concreto no era tan malo.
Fue en ese momento cuando empezó a pensar en Dino como su amante.
Echando la vista atrás, Kyouya puede darse cuenta de que el auténtico origen de su estallido no fueron las palabras de Cavallone. En absoluto. Eso fue sólo el detonante.
Hasta ese episodio su relación había sido un compendio de violencias. Con excepción de aquella lluvia de estrellas, no es capaz de remontarse a una sola ocasión en la que no estuviesen discutiendo, luchando o teniendo sexo (la cual, incluso ahora, no deja para él de ser otra forma de batalla). Lo que Cavallone había hecho durante años era concentrar la furia de Kyouya, llevarle hasta el límite y presionarle para que la liberase de golpe contra él. Estaba tan acostumbrado al Dino manipulador, cínico, que había terminado por subestimar su espíritu de sacrificio.
A partir de entonces se produjo una auténtica digresión entre el Kyouya adolescente y el adulto. Y aunque nunca abandonaron del todo la agresividad inherente que les caracterizaba, Dino no volvió a ser receptor directo de sus iras.
Al menos, no sin merecérselo.
Veintiuno de septiembre de 2023
Base de la Fundación
Hibari se tumba en el tatami boca arriba y cierra los ojos. En algún rincón, su teléfono vuelve a sonar. Lo ignora. Quiere dormir.
El cansancio hace presa de sus extremidades y parece elevarle lentamente, sumergiéndolo en una suerte de somnolencia sin pesadillas. Su respiración se ralentiza. Por unos fugaces instantes, se siente flotar.
Cree escuchar un "¡Kyo-san!" preñado de asombro y urgencia antes de que el silbido del shoji hienda su adormecimiento. Escucha el golpe sordo de alguien arrodillándose a su lado y unos dedos cariñosos se pasean por su cabello. Sonríe casi sin darse cuenta.
—Llevo siglos intentando ponerme en contacto contigo. ¿Por qué no me coges el móvil?
—Oh —musita Hibari—. ¿Eras tú?
—¿Quién iba a ser si no?
Sus párpados tiemblan, pero no los abre todavía. Con lo mucho que le gustan sus ojos, pocos castigos son más adecuados que impedirle verlos.
—Así que al final ha salido como esperabas.
—Ajá. Tenías razón; las ilusiones de Chrome han sido de mucha ayuda.
—¿Le has descubierto? —el roce en su pelo cesa. Las yemas endurecidas de esos dedos se deslizan por su sien, sus labios, su mentón; rodean su cuello y allí se detienen, acariciando su garganta.
—Está muerto.
—Bien... —Kyouya suspira, y el peso de los recuerdos deja por fin de asolarle—. Bien.
Arquea el cuello todo lo que puede y abre lentamente los ojos al escuchar la risa suave. Su mirada asciende poco a poco, reparando en cada detalle. Las rodillas dobladas que reposan frente a su cabeza, allá donde el otro se ha agachado, cubiertas por un pantalón sastre de color negro. La camisa blanca, sin corbata. Las gafas de sol redondas colgando del cuello abierto de ésta, bañándola de amatista a causa de la luz que atraviesa los cristales tintados. La barbilla marcada, los pómulos angulosos, los ojos oscuros. Sus ojos.
Kyouya alarga la mano y le toca la mejilla.
—No llamaste a la hora que me habías prometido.
—Lo siento. Es difícil utilizar el teléfono cuando se supone que te están sacando de un edificio dentro de una bolsa para cadáveres —ahora es Kyouya el que se ríe bajito. El otro le coge la mano que reposa sobre su cara y la acaricia—. ¿Estabas preocupado?
—Creí que habías muerto de verdad. No te hubiera perdonado que fueses y murieras en alguna parte donde yo no esté.
—Ya, ya —su sonrisa florece e ilumina la habitación—. No iba a dejarme matar. Ese es un privilegio que te reservo... Kyouya.
Hibari tira de su mano. Su intención es que se tumbe a su lado; en cambio, lo que hace es colocar las piernas a sus costados y tenderse sobre él. El peso de su cuerpo sobre el propio después de lo que parecen décadas le resulta reconfortante.
—Cuéntamelo todo.
Antes de empezar a hablar, Dino le besa despacio.
Doce de septiembre de 2023
Base de la familia Argento en Milán
Nala llamó una semana más tarde. Habían detectado movimientos sospechosos en uno de los hombres de Dino, un tal Federico Treschi.
—Nos ha vendido a Coppola —sintetizó, compartiendo cigarrillos y café negro con Dino en su base.
—¿Nos? —ella le lanzó una mirada oblicua tras su largo flequillo ondulado—. ¿A Argento también?
—Lux hizo una tontería y nos expuso —rezongó ásperamente—. Ahora estamos todos en el mismo saco y más nos vale colaborar si queremos salir de ésta.
Dino apretó los dientes. Si bien se sentía aliviado de que ninguno de sus más allegados hubiera tomado partido en la intriga, no le gustaba la idea de colaborar con Argento. Había visto caer las suficientes cabezas por culpa de Nala y los suyos para no querer fiarse; era peligroso deber algo a aquella familia.
Los ojos sombreados de la chica le contemplaron como si compartiese sus pensamientos.
—Oye, Dino, a mí tampoco me gusta esto, pero Coppola es una mala hierba. Llevamos observándoles desde aquel lío con la dama blanca en Sicilia, ¿te acuerdas? —el rubio asintió. Había sido él mismo quien había bloqueado la emergente ruta de tráfico de cocaína de la cual Giulio Coppola estaba al mando—. Están tomando mucho poder en la isla —continuó Nala, apagando la colilla y encendiendo otro cigarro—. Es mejor quitárnoslos de encima antes de que nos jodan vivos a todos.
Sus palabras provocaron que algo encajase en el diagrama mental del capo.
—Lo sabías desde el principio, ¿verdad, Nala?
—¿Que uno de tus hombres pensaba darte por culo?; no, eso no. Pero tendría que ser muy tonta para no saber jugar mis cartas. No me mires así —Dino frunció aún más el ceño—. Las cosas se están poniendo muy feas por aquí abajo, Dino, y Cavallone es prácticamente la única familia que se centra en la mafia de verdad en lugar de en esos juguetitos vuestros.
—Tú también tienes guardianes de la Llama en tus filas —señaló él.
—Y mira de lo que me sirven —repuso Nala con un deje burlón en su voz de contralto. Señaló a alguna parte de la habitación con el pulgar—. Lux es ilusionista y lo único que hace es mantener una fachada permanente sobre este sitio. Desde la calle, este edificio es un bloque de pisos normal y corriente. Koge está más centrado en los últimos avances en nanobots para las escuchas que en aprender a utilizar la llama del Rayo, a Erin se la suda todo lo que no tenga que ver con enseñar el harakiri, y así. No, Dino; nos va mucho mejor haciendo lo de siempre. Y lo de siempre significa acabar con amenazas externas como Giulio Coppola.
—¿A dónde quieres ir a parar?
—A ver, resumo —Nala dio una calada larga y se inclinó, apoyando los codos en los muslos separados. Su brillante melena cobriza se desparramó a un costado—. El error de Lux fue dejar la base sin protección. No preguntes. Nos han descubierto; este sitio ya no me vale para nada. Giulio me debe favores; si está ahí es por mí.
—No me digas que fuiste tú la que le ayudó a trepar —ella se encogió de hombros, dejando caer un despreocupado "más o menos". Dino chasqueó la lengua—. Joder, Nala, deberías aprender a pasar un poco el filtro.
—Oye, me pagan y yo hablo. Lo que se haga con esa información no es cosa mía —replicó la otra con ligereza—. Pero déjame terminar. Giulio sabe que si no salda la deuda que tiene conmigo y digo todo lo que sé de él, va a acabar bastante perjudicado. Piensa dar un golpe ejemplar: según ha sabido Koge, nos atacará dentro de dos días. Si le sale bien, además de quitarse Argento de en medio, será como decirle al resto de las familias que tengan cuidadito con él. Cargándose uno de los mayores bancos de información de la mafia se pondrá en uno de los puestos más altos del escalafón. Ya sabes cómo va el tema.
—Sin rodeos, Nala.
Ella alzó las manos frente al cuerpo.
—Tranqui, que ahora voy. Era para ponerte en situación. La cosa es la siguiente: ayúdame a acabar con Coppola y yo te ayudaré a acabar con Treschi.
Dino se reclinó en su asiento, sosteniendo la mirada de la joven sin parpadear. Nala hablaba mucho, pero aún quedaba un cabo suelto.
—No entiendo para qué me necesitas. Por lo visto lo tienes todo muy bien planeado.
—¡Pero si ya te lo he dicho! —una sonrisita se perfiló en los labios de Nala. Sus rasgos, de un agresivo atractivo, se iluminaron con un entusiasmo infantil y, a todas luces, fingido—. Coppola te tiene rencor por lo de Sicilia. Después de acabar con nosotros, cuando tenga poder suficiente, irá a por ti. Por eso se ha aliado con Treschi: para atacar Cavallone desde dentro. ¿Me sigues? —Dino asintió. Resultaba bastante obvio—. Si en dos días tú casualmente estás aquí, Coppola tendrá la oportunidad de matar dos pájaros de un tiro. Con tu infantería y la mía, las posibilidades de cargarnos a ese hijo de puta son de un ochenta por ciento. Decimal arriba, abajo.
—¿En serio crees que se presentará él mismo?
—Ni de coña. Por eso nos vienen bien las ilusiones. Diezmamos a sus colegas, nos infiltramos en su base y le pego un tiro. Con un poco de suerte el amigo Treschi estará allí también; no creo que quiera quedarse en casita a esperar a que le pillen por haber vendido al jefe. Yo dejo claro que con Argento no se juega, tú das el ultimátum de que el jefe Cavallone tiene los cojones bien puestos, y todos contentos.
Dino tuvo que reírse. Pese a que Nala hablaba del tema como quien planea una juerga de sábado noche, sabía que iba muy en serio. Era el tipo de tía capaz de mutilar a uno con una cucharilla de postre.
—Siempre te ha gustado mucho complicarte la vida —apuntó, no sin cierta diversión—. ¿No sería todo mucho más fácil si me quitase de en medio a Treschi y te dejase a ti con el resto?
—Pero, ¡Dino! —Nala exhibía ahora una sonrisa casi sorprendida y un brillo duro en sus ojos castaños—. ¿Y perdernos el espectáculo?
—Eso ya lo sabía —corta Kyouya, posando ambas manos en las caderas de Cavallone—. Cuéntame lo que viene después.
Dino le besa tiernamente el cuello y delinea las formas de su torso, cubierto por la yukata, como si se tratase de algo precioso y largamente añorado.
—Perdona —murmura.
Después de acordar con Nala los términos de su temporal alianza, Dino se había dirigido al hotel que Kyouya y él regentaban en Milán. Encontró al guardián dormido en la cama king size. Le despertó con suavidad, acariciándole la espalda desnuda por debajo de las sábanas. Ambos dedicaron un breve pensamiento a cierta ocasión, un año atrás, en la que Hibari había informado a Dino del plan de Irie para recuperar los anillos Vongola y vencer a Byakuran. Los papeles habían estado invertidos entonces.
Kyouya se dejó abrazar en silencio mientras Dino le contaba con lujo de detalles todo cuanto Nala y él planeaban hacer. Cavallone aún no se explica cómo diablos disuadió tan fácilmente a Hibari de acompañarle, pero tenía claro que, aun sabiendo lo fuerte que era, no le permitiría luchar por él esa batalla. "Se trata de una cuestión de estatus, Kyouya", explicó, mirándole a los ojos. "Lo que intento evitar es que Cavallone quede desprestigiada. Si pido ayuda a alguien que no esté involucrado, como Vongola o la Fundación, sería como decir que no tengo poder suficiente para lidiar con el asunto por mi cuenta. Sería contraproducente, ¿lo entiendes?"
Obviamente, ese no era el único motivo que tenía para mantener alejado al guardián de la peor faceta de Dino Cavallone; pero sabía que, si se trataba de orgullo, Hibari lo comprendería. Dino estrechó fuerte al japonés contra su pecho cuando éste, en un inusual arranque de preocupación (aunque nada en su lenguaje gestual lo demostrase), le obligó a prometer que le llamaría para informar de su estado y que no entraría solo en terreno enemigo.
—Llévate a Chrome Dokuro —había, prácticamente, ordenado—. Su nivel como ilusionista es alto, os servirá de ayuda.
—Ya te he dicho que no quiero involucrar a Tsuna y a los demás en esto.
—Y yo te he dicho que sólo te la lleves a ella. Sawada no tiene por qué enterarse.
—Kyouya...
—No permitiré que salgas de mi jurisdicción, Dino. Es ella o yo.
Sólo pudo ceder. Chrome se personó en Milán al día siguiente, ciertamente renuente a llevar a cabo aquella operación sin conocimiento de su jefe ni de Mukuro Rokudo. Pese a contar ya con veinticuatro años y una mayor autonomía, su lealtad seguía profundamente arraigada a aquellos dos hombres.
En el aeropuerto no hubo despedidas grandilocuentes. Los hombres de confianza de Dino y Chrome, conscientes de la intolerancia de Hibari a las multitudes, habían preferido quedarse a la salida del aeropuerto en lugar de acompañarles. Ya en la zona de embarque, Kyouya pretendió despedirse con un parco "nos vemos", pero apenas pudo darse la vuelta antes de que Dino le cogiera del brazo y tirase de él para robarle un último beso. Tras un largo abrazo que incomodó un tanto al resto de los pasajeros, Kyouya subió al avión y partió rumbo a Namimori sin echar una sola mirada por la ventanilla. Si las cosas salían mal, no volverían a verse.
Cuando fue Tsuna y no Dino quien le llamó, la furia, ya desprovista de trabas, volvió a hacer acto de presencia y destrozó su teléfono de un golpe.
—En realidad fue bastante sencillo —explica Dino, regando besos leves por los hombros del guardián—. Los hombres de Coppola entraron en la base de Argento justo cuando Nala y Koge habían predicho. Eran bastante fuertes teniendo en cuenta que luchaban con armas de fuego comunes, todo hay que decirlo, pero nosotros contábamos con las cajas. Las ilusiones combinadas de Chrome y Lux les despistaron el tiempo suficiente para acabar con ellos. Pero... —aquí, el cuerpo del capo tiembla de rabia—, Romario e Iván salieron heridos. Por suerte uno de los Argento, Taya, maneja la llama del Sol y pudo estabilizarles. Fue una tortura verles así, Kyouya, te lo juro. Bono y Brutus tuvieron que sujetarme para que no me cargase a los hijos de puta que les dispararon en vez de seguir con el plan.
—Te creo —musita Hibari, sujetando entre los dientes el pulgar con que Dino le acaricia el rostro. El rubio sonríe antes de continuar.
—Infiltrarnos en la base de Coppola fue sencillo una vez Lux se encargó de que llevásemos sus caras. Chrome se quedó en la base Argento para mantener una ilusión corpórea de mí. Me alegro de haberte hecho caso, Kyouya; fue un acierto llevarla. Fue ella la que informó a Tsuna de la situación. La línea de Nala estaba pinchada, así que llamó por su teléfono para que Coppola se confiase. Si de algo pecaba ese tío era de vanidad, Kyouya; hay que estar muy ciego para no ver detrás de un plan tan simple. Supongo que por eso fue tan efectivo.
Quince de septiembre de 2023
Base de la familia Coppola
No supuso ninguna dificultad tomar, al día siguiente, un vuelo a Sicilia. Nala había hecho bien sus deberes e identificado a los hombres de confianza de Coppola. Caracterizados como ellos Dino, Bono, Brutus y Michael, acompañados por Nala y Lux Argento, caminaron por la mansión enemiga abriendo fuego a discreción. A su favor contó que Giulio Coppola hubiera confiado tanto en su suerte, pues sólo quedaban en el lugar un puñado de desgraciados que perecieron rápida y piadosamente bajo sus manos.
Resultó tan fácil que casi daba risa. El látigo de Dino se enroscaba en torno a los cuellos de quienes tenían la mala fortuna de intentar interceptarle, quebrándolos de un tirón cual muñecos viejos. "Era como una función de teatro, Kyouya. Como si llevásemos tanto tiempo ensayando cada uno de los movimientos que no tuviéramos que pensar para realizarlos".
No tardaron ni veinte minutos en llegar a las dependencias de Giulio Coppola. En secreto profesional quedaría que no fue Nala, sino Dino, quien disparó el tiro de gracia al capo como venganza por los daños causados a sus subordinados. Si cierra los ojos, Cavallone aún puede escuchar los intentos de Federico Treschi por excusarse segundos antes del estampido del revólver.
Parece como si Dino hubiera perdido el resuello durante su explicación, porque enmudece. Alguno (Tsuna, por ejemplo) lo atribuiría a los remordimientos; porque en teoría no le gusta mucho matar, al menos cuando lo piensa después del frenesí del momento. Sin embargo, otros (como Squalo, que le conoce mejor) sabrían que eso no es del todo cierto.
Aunque en este momento, más que en hablar o psicoanalizarse, Dino está más ocupado utilizando los labios y la lengua en recorrer el cuello del guardián; besando, lamiendo, mordiendo despacio, refrescando en su memoria el sabor y la textura de esa piel. Ya no lleva camisa y hace rato que la yukata de Kyouya se halla abierta.
No son tan diferentes al fin y al cabo, piensa, arañando el hueso de su cadera con los dientes. La lucha les excita. Y Dino no piensa mostrarle a Kyouya cuán similares pueden llegar a ser dependiendo del escenario, porque, como suele decirse, si lo hiciera tendría que matarle, pero nada le impide divertirse un poco a costa de esa parte oscura de sí mismo. Por eso, mientras acaricia la erección del guardián por encima de la ropa interior, menciona como de pasada lo mucho que habría podido entretenerse con él en la mansión Coppola.
Y a Kyouya le molesta, pero no lo suficiente.
—Tiene gracia que digas eso cuando te negaste a que te acompañara —replica, con una voz que parece más un ronroneo que un reproche. Dino le coge una mano y entrelaza sus dedos.
—No te lo tomes tan a pecho, amor —contesta, jocoso, y otra vez ese tonillo de burla—. Ya sabes que me gusta tanto pelear contigo como contra ti.
Kyouya le tira del pelo para besarle. No con ímpetu, como cuando tenía veinte; no para que duela. Más que tirar, empuja hacia arriba. Justo cuando está a punto de rozar sus labios, desvía la vista al hombro izquierdo de Dino y se encuentra con una desagradable sorpresa.
La huella de un balazo.
—¿Qué es esto? —sisea, tocándolo.
—Daños colaterales —responde Dino mientras le besa el cuello—. Tuve suerte; el disparo no tocó la subclavia por poco.
—¿Te duele?
—No.
De haber sido una sanguijuela, Kyouya no se hubiera prendido con más empeño a la cicatriz. La muerde, succiona fuerte, tanto que hace daño y deja marca en la piel ligeramente bronceada del italiano. Dino le pasa los brazos por detrás de la espalda arqueada y le abraza, elevándole un poco más para pegarlo totalmente a sí. Una íntima fricción de sus entrepiernas les hace estremecer.
La intensidad con que Kyouya cubre el balazo con su propia firma contrasta con las caricias, casi delicadas, de Dino a la parte posterior de su cabeza. Ambos piensan que ésta será uno de esas vivencias que atesorar en la memoria. Kyouya por fin se aparta para mirar al otro a los ojos. La cicatriz presenta ahora una coloración rojiza; Dino puede verla si baja la vista. Suelta una carcajada queda.
—No hace falta que me lo recuerdes, ¿sabes? —sonríe, divertido. Kyouya le devuelve la mitad de esa sonrisa.
—No es para ti. Es para advertir de que mis propiedades no se tocan —embiste suavemente contra la erección del rubio y vuelve a tomarle de los cabellos, acercándolo a su rostro sin violencia—. Eres mío, Cavallone.
—Claro, Kyouya. Claro...
Y ya no hablan más, porque prefieren batallar por el dominio de la lengua ajena. Pero no cierran los ojos mientras se besan, comunicándose sin palabras. La mirada de Dino es juguetona, rayana en lo inocente, cuando se vuelve con elocuencia hacia el pasillo. "Kyouya, dúchate conmigo". Los ojos de Hibari se entornan y es brutal al embestirle de nuevo, una sola vez. No sugiere: exige. "Sólo si follamos".
Y Dino sonríe para sus adentros, porque sabe que en su particular idioma de silencios eso viene a significar algo así como "demuéstrame que te encuentras bien".
Además, que Kyouya nunca falle en hacer lo que él quiere resulta bastante revigorizante.
N/a: it's trolling time! Dino vive. Sep. El bastardillo es difícil de matar... y ya he dado una pista para el siguiente capítulo. El fic ya está terminado; lo subiré dentro de un par de días. O no. Dependiendo de los reviews. Sí, soy una cabrona. Pero es que a todos los fickers nos gusta que opinen sobre lo que escribimos; y especialmente cuando es la trama más trabajada que se ha currado una en la vida.
E.
