"Siempre hay alguien más poderoso que tú".
Guy Moshe; Bunraku

Los pasillos de la Fundación son demasiado largos, decide Dino cuando Kyouya le estampa contra la pared de hormigón y le clava los labios en la boca. Que no es que eso le disguste ni mucho menos, pero ya es como la tercera vez que lo hace y la espalda empieza a picarle por los costalazos. Los dedos del japonés se aprietan contra su estómago, hostigan y Cavallone piensa que es culpa suya por provocarlo. Kyouya puede haber triplicado su autocontrol en los últimos años, pero en lo que se refiere al sexo sigue tan salvaje como siempre. Es la única faceta suya que Dino no ha domado de una forma u otra, aunque tampoco ha querido. Es mucho más entretenido así.
Sonríe al enredar la mano en el cabello de Kyouya y atraerle hacia él por el trasero.

—Espero que a ninguno de tus hombres le dé por ir a buscar un vaso de agua —comenta en voz baja, socarrón, aludiendo a la semidesnudez manifiesta de ambos.

No hay duda de que Dino sabe dónde pinchar para llamar al orden al superlativo pudor nipón de su compañero, porque de inmediato Kyouya se envara y mira a ambos lados del corredor volviendo apenas la cabeza. Cavallone se ríe un poquito y le acaricia los labios con la lengua, sin prisa.

—Anda, vamos —ronronea, sobornando al otro con un beso venéreo y un roce incitante entre caderas. Sus labios al separase producen un nimio chasquido carnoso.

Entre intentos de asalto, risas ahogadas y algún que otro "te dejaré hacerme lo que quieras, Kyouya, pero para ya de deslomarme", logra conducirle hasta el cuarto de aseo. Es el mismo Dino quien, tras cerrarla, emplea su propio cuerpo para aprisionar a Kyouya contra la puerta y besarle con fervor, dando rienda suelta a todo aquello que han estado conteniendo desde que se separaron ocho días atrás en Milán.

Viéndoles, resulta bastante evidente que lo de aguantarse las ganas no va con ninguno de los dos. Dino traza los confines de la silueta de Kyouya con sus manos; le sujeta por los muslos y lo eleva un par de centímetros. Se miden con los ojos unos instantes, los justos para verificar que no apetece mucho seguir separados, y vuelven a lanzarse el uno contra el otro sin demasiados remilgos. Hincando los dedos en las nalgas de Cavallone, Kyouya frota apremiante su miembro con el del capo.

De haber alguien rondando aún por el pasillo, seguro que ha salido en desbandada, porque el ruido que hace la espalda de Hibari cada vez que impacta en la madera es de todo menos discreto. Dino tiene que ponerle una mano detrás de la cabeza para evitar que siga golpeándose en su afán por morderle la boca. Al hacerlo, el guardián se desliza nuevamente hasta el suelo y le tira a Dino del cinturón.

Ese es el momento en que el italiano, sabedor de que si empiezan por ahí no para, aprovecha y pide paz; abre el armario del baño y extrae un frasquito de lubricante. De plástico el envase, resistente al agua el gel, para que no les dé problemas. Lo apoya con cuidado en la esquina que hace la repisa de la bañera con la pared, abre el grifo y después se vuelve lanzando a Kyouya una mirada que podría abastecer de combustible a Namimori entera durante varios días. Pero el guardián le quiere sólo para él, y le toma por el cuello de la camisa para seguir comiéndoselo a besos con un hambre que ni el iluminado al que se le ocurrió que los caracoles podían ser un apto stock alimenticio.

Se quitan la ropa a toda prisa mientras el agua se calienta. Las manos de Dino están por todas partes y Kyouya se deja conducir de forma más o menos (más menos que más) dócil hasta la bañera. La cual, por cierto, es jodidamente incómoda para tumbarse, porque no caben, pero se conoce que Cavallone es tan bueno poniéndole a mil como jugando al Tetris y en un cerrar y abrir de (piernas) ojos les acomoda.

Ahí la cosa se hace más lenta. No mucho, la verdad, pero la falta de espacio ayuda. Dino baja la vista, su pelo empapándose por momentos, y contempla sus propios dedos recorrer el intrincado tatuaje que se extiende por el muslo y la cadera de Kyouya pensando que no fue muy difícil convencerle de que se lo hiciera.


Cuatro de julio de 2018
Base de la Fundación

Lo primero que hizo Dino al llegar al cuarto que Hibari y él compartían en la Fundación fue deshacerse de sus ropas, extender el futón y tumbarse encima sin miramientos. Tras un considerable puñado de horas de vuelo, el tour de visitas habituales y la pelea de rigor, Dino se sentía físicamente acabado. El guardián pareció ignorarlo mientras se quitaba la corbata y colgaba la americana en el perchero, quedándose sólo con los pantalones y la camisa purpúrea. Cavallone le contempló desde su posición, reparando en que Kyouya siempre vestía igual. Era como si hubiera decidido sustituir el uniforme de la escuela Nami por aquella indumentaria.

—No me gusta estar aquí sin ti, ¿sabes? —dejó caer, palmeando ligeramente las sábanas.

—Jódete —replicó el guardián sin mirarle. Dino sonrió.

—Oye, esa boca —Hibari chistó ante el desenfadado reproche—. Cualquiera diría que me has dado tonfazos por mucho menos, Kyouya.

—Eso era porque no estaba permitido decir palabrotas en terreno escolar —aclaró el japonés, sentándose a horcajadas sobre sus piernas.

—Lo que tú digas.

Dino desabrochó lentamente los botones de la camisa, deslizando luego las manos bajo la suave tela sin más intención que sentir la piel de Kyouya contra la suya. Éste le hizo tumbarse sin brusquedad y posó una mano en su estómago, cerca de su tatuaje. Incluso en la semioscuridad, Hibari pudo apreciar que las líneas eran menos claras y la tinta comenzaba a perder color.

—Se está borrando —señaló.

—Hmm... —Cavallone dejó escapar un murmullo de asentimiento, más concentrado en el roce casi delicado de los dedos de Kyouya sobre su costado. Aunque tenía la piel algo dura, las yemas estaban muy desgastadas. A veces Dino se preguntaba si era a causa de la manipulación de armas o intencional, para evitar dejar huellas dactilares—. Tengo que ir a repasármelo en cuanto vuelva.

—¿Por qué te tatúas?

—¿Y por qué no?

—¿Qué sentido tiene añadir a tu cuerpo algo que por naturaleza no está ahí?

Eso hizo que Dino abriese los ojos y apoyara los antebrazos en las sábanas para incorporarse. Tomó aire despacio mientras sus pupilas resbalaban por el torso de Kyouya hasta detenerse elocuentemente en su entrepierna. El quedo chasquear de su lengua antes del suspiro pareció casi indulgente.

—¿En serio tengo que explicarte eso? —musitó con una voz tentadoramente baja, mordiéndose de un modo más que insinuante el labio inferior. Tan pronto como había llegado, el cariz sugerente de su expresión se evaporó dejando apenas un sutil acento obsceno en su tono—. Tienes que ir a Italia dentro de poco, ¿no? ¿Qué te parece si me acompañas y ves cómo me lo hacen? —arrastraba apenas las palabras, haciendo que sonasen casi como una afrenta—. Quién sabe; a lo mejor incluso te dan ganas de tatuarte también...

Kyouya bajó los párpados. La idea de que alguien hiciera algo a Cavallone en su presencia no le era especialmente grato, pero conocía los rumores que corrían en torno a los lugares donde se realizaban tatuajes. Bajo su vigilancia, se aseguraría de que aquel torpe no fuera contagiado de alguna enfermedad por culpa de una aguja mal esterilizada y, de rebote, le contagiase a él.
Y hablando de agujas... ¿cómo se vería el rostro del Haneuma bajo su acción? Ahora que lo pensaba, no era algo que le apeteciera perderse.

—¿Alguna sugerencia? —repuso, sonriendo no sin cierto sadismo.

Dino alzó las cejas y le observó con la barbilla gacha. El gesto podría ser catalogado como de incredulidad de no ser por la sombra de lujuria que jaspeó su mirada.

—De momento... —se inclinó para ceñir a Kyouya por la cintura y besar su abdomen, recostándose después sobre la almohada. Se humedeció los labios, curvados en una media sonrisa canalla—, ¿qué tal si te quitas la ropa?

—¿No estabas cansado? —cuestionó un Hibari mordaz, quien retiró sin embargo la camisa abierta y se estiró sobre el otro para besarlo.

—¿Cansancio? —susurró Dino mientras ladeaba la barbilla del guardián y presionaba los labios contra su mandíbula—. ¿Qué es eso?


Un par de semanas después Kyouya observaba fijamente el rostro animado de Cavallone, aparentemente ajeno a la aguja que avasallaba su dermis, en tanto bromeaba con el tatuador como si fuesen amigos de toda la vida. Su gozo en un pozo, dijo Hibari para sus adentros; lo único que pareció molestar al capo en alguna ocasión fue el zumbido de la máquina.

Dino decidió, como quien no quiere la cosa, añadir una figura más a la red de dibujos que decoraba su cuerpo. La silueta de una alondra. El moreno encontró inexplicablemente atrayente el modo en que las alas del pájaro se perfilaban poco a poco sobre esa piel dorada por el sol veraniego, así como las sugestivas miradas que Cavallone le dedicaba cada vez que la aguja actuaba cerca del hueso de su cadera. Si a él parecía incluso gustarle, ¿por qué no probar? En fin; en caso de no quedar satisfecho con el resultado, siempre existía la opción de borrárselo y morder hasta la muerte al artífice del desastre.

Solicitó papel y lápiz y puso en funcionamiento la destreza caligráfica que desde años no empleaba. Al terminar la sesión, ya con la camiseta puesta, Dino admiró interesado el diseño que Kyouya mostraba al tatuador, comentando que le recordaba un poco a las serpientes de luz de una lámpara de plasma. No pasaron muchos días hasta que fue el mismo Hibari quien se halló tumbado en la camilla, encontrando sorprendentemente agradable el ardor punzante en su muslo derecho y echando mano de todo su autocontrol para no empalmarse, porque entre unas cosas y otras la mirada deflagrante con que Dino pretendía abrasar su cuerpo le estaba haciendo mierda el cerebro.


Kyouya se impacienta un poco al notar que el italiano parece haberse quedado perdido en sus pensamientos.

—Deja de perder el tiempo, Haneuma —espeta, apretándose un poco más contra él. Dino parpadea, algo desorientado, pero sonríe y le muerde suavemente el cuello.

—¿Te he comentado alguna vez que me encanta cómo me lo dices? —apunta, refiriéndose a su apodo, y tiene que reír ante la respuesta.

—Un par de miles de veces —el guardián frunce el ceño—. Sigue.

—Lo pillo, lo pillo...

Al alargar la mano para coger el lubricante, tropieza con algo y un bote de champú le cae a Hibari en la cabeza. Y Dino no quiere, de verdad que no, pero automáticamente se descojona. La expresión homicida en el rostro del guardián no se hace esperar. Le castiga mordiéndole el labio cuando intenta besarlo a modo de disculpa; Dino compone su expresión más cándida porque sabe que ni siquiera el duro e insensible Hibari Kyouya es capaz de resistirse al tono entre suplicante y juguetón que le sale cuando dice "vamos, ¡no te enfades!".
Aunque tal vez la descripción no sea la más correcta. La de Kyouya. Porque duro lo está, pero lo que es insensible... pues no. A lo mejor por eso cede un tanto cuando Dino envuelve su erección con la mano y la recorre con una precisión digna de un relojero suizo: arriba, abajo, prestando especial atención en frotar el glande con el pulgar y en presionar la base, ascendiendo despacio antes de bajar de repente y percutir de forma rápida y enérgica hasta que le siente derretirse entre sus dedos.

Cuando parece que Hibari ya le observa con algo menos de odio reconcentrado le pasa la lengua por el cuello y abre el dichoso frasco, vertiendo el lubricante en su diestra. El japonés chasquea los dientes por el contraste entre el agua caliente, la cual resbala desde el cuerpo de Cavallone, y el frío de la sustancia que acarician de forma simultánea el esfínter. Dino traza círculos pausados alrededor de su entrada; Kyouya le propina un mordisco apremiante en la muñeca izquierda, que es lo que tiene más cerca, y uno de esos dedos largos entra; entra y por lo visto no es suficiente, porque eleva las caderas y le gruñe que meta otro. El capo se ríe y le complace, le besa el cuello, lo mira; espetan a la vez un "tenía tantas ganas de verte" y sonríen los dos. Se besan. Otra vez. Saboreándose mutuamente como no quieren cansarse de hacer.

Llegado un punto Hibari tiene tres dedos moviéndose dentro, gime un poco y Dino ya no se ríe. En esa bañera se está apretado; no hay sitio para bromas. Es el mismo Kyouya quien rescata del olvido el lubricante, lo calienta despacio entre sus palmas y Dino respira fuerte y aprieta los dientes porque llevaba casi desde el principio muriéndose de ganas de que el moreno diera a su erección algo de cariño. Tiene que apartarle las manos porque siente que se corre y todavía no es hora de bajar la bandera.

Le penetra despacio, casi sin encontrar resistencia. Se entierra hasta el fondo y entonces para y suspira, se tumba sobre el otro y posa los labios en su oreja.

—Dios, cómo te quiero —susurra.

La voz le tiembla un poco. Todo su cuerpo tiembla, de hecho. Kyouya no contesta (nunca lo hace), pero la forma en que lo abraza habla por él. Sisea de complacencia cuando Dino inicia un cadencioso vaivén, y las oleadas de placer que le recorren son tan sincopadas que sospecha que se han pasado con los preliminares. El ambiente comienza a saturarse de vapor y respirar presenta un mínimo de dificultad. Buscando distraer a ambos lo suficiente para durar un poco más, dice lo primero que se le pasa por la cabeza.

—Todavía no me explico... por qué te gusta tanto hacerlo aquí —Dino se inclina hacia él, manteniendo el ritmo de las embestidas largas y rítmicas que sabe le hacen enloquecer.

—Ya te lo he dicho; es el agua... —sisea, porque Kyouya acaba de contraerse de forma involuntaria y la presión ya empieza a ser demasiada—, las gotas... —joder, cuesta ser coherente cuando el japonés le muerde el cuello de esa forma—, como cientos de manitas acariciándote, así... —trata de reforzar su argumento pasando las manos por el torso de Hibari, pero el calor se concentra en su vientre y destierra su paciencia y le hace arremeter contra su cuerpo buscando clavarse en él lo más hondo posible. Kyouya gime; sujeta sus caderas y le aparta, se lo saca de dentro cortando en seco un orgasmo inminente.

—Todavía no he acabado contigo —replica con voz áspera; el comentario le ha molestado—. No necesitas más manos que las mías, Cavallone.

Y que lo diga. Dino recuerda bien cierta ocasión en que Kyouya le pilló mirándole el culo a Squalo. De poco valieron las excusas de que su intención era comprobar si los rumores que corrían sobre Superbi y Yamamoto eran ciertos, evaluando los andares de su amigo de la infancia después de uno de sus entrenamientos; Hibari le arrastró hasta el cuarto más cercano (estaba vacío, por suerte), le empotró contra la pared y se lo folló a lo bruto, sin permitirle cerrar los ojos y mirándole como si le odiara.

Después de aquélla, Cavallone no pudo cruzar cómodamente las piernas en dos días (lo cual era a todas luces una desgracia, porque, ¿qué clase de jefe mafioso no se repantiga en su butaca con las piernas cruzadas?) y procuró no volver a lanzar miradas lujuriosas a trasero alguno mientras Kyouya pudiera verle.

Sabe que no eran celos. Se trataba, simplemente, de que si estaba con él, estaba con él. Kyouya es demasiado absorbente como para permitir que Dino piense siquiera en otra persona cuando él anda cerca.

Todo eso se le pasa al italiano por la mente mientras Kyouya desliza las piernas entre las suyas. Dino se lo permite porque sabe que le ha ofendido, que haga lo que haga va a buscar vendetta, que es mejor dejarle hacer y disfrutar. Tal vez incluso lo haya buscado.
Contempla con expresión de niño travieso cómo Hibari lleva el brazo hacia atrás; el agua haciendo relucir su piel mientras tantea en busca del lubricante, se impregna los dedos y le mete uno. Despacio. Vigilando. Escudriñando cada una de sus reacciones. Dino suelta un resoplido que bien puede ser de apremio como de exasperación.

—Kyouya, no me jodas —pero enseguida rectifica—. O sea, sí, jódeme.

Y Kyouya sonríe burlón, casi como diciendo "¿En qué quedamos?", pero adivina a qué se refiere y al minuto siguiente son tres los dedos que Dino tiene dentro y le hacen suspirar y jadear y retorcerse porque la polla le duele de excitación y tiene las manos demasiado enredadas en el cuerpo de Kyouya, entre sus huesos; en esas caderas perfectas, en esas costillas que apenas se insinúan estando de pie, pero que sobresalen al hallarse en posición horizontal y se le clavan, que le encantan, como para que se le ocurra darse alivio.

—Déjalo ya —y parece que le cuesta tomar aire. Entreabre los labios para gemir cuando Hibari le roza la próstata y un poco de agua le humedece la boca reseca—. Ya está.

Dicho y hecho. Kyouya le sujeta al instante por las nalgas, porque también está que no se aguanta, pero en cuanto empieza a hundirse en él mientras le masturba siente que algo no va bien; que Dino tiembla demasiado, que aprieta fuerte los párpados y el puño con el que se sujeta al grifo y su garganta se quiebra con un sordo lamento.

—Dios; para, para, para —y él se detiene.

—¿Te duele? —murmura por segunda vez en la... ¿tarde?, ¿noche? Ya no lo sabe. Tampoco es como si le preocupara. Se incorpora para besarle el tatuaje del pecho. La respiración de Dino bajo sus labios es agitada, excesivamente acelerada; levanta la vista y lo ve mirándole con una ambigua expresión en el rostro.

—Me corro, joder —suelta, y Kyouya casi sonríe. Tanto teatro para eso.

Desanda lo andado sólo para introducirse en su interior de a una, valiéndose una exclamación ronca por parte del otro. Hibari lame el agua que se desliza por su clavícula y susurra un "muévete" con el que Dino, vibrando, se muestra de inmediato acuerdo. El guardián reprime un gemidito y le clava las uñas en las caderas.

—Sí que estabas necesitado —comenta, envalentonado. Cavallone lo coge del cuello y le lame los labios. La lengua de Kyouya sale de inmediato al encuentro de la suya, rozándola esquiva; la toma entre los dientes y la chupa, se la mete en la boca y lucha por doblegarla en acciones idénticas a los que Dino usa con él. Incluso en eso han sido alumno y maestro—. Sólo ha pasado una semana —y es curioso que lo diga, porque probablemente sea él para quien más lentos han pasado los días. Pero no puede dejar que el otro se dé cuenta.

—La más larga de mi vida —asegura Dino, mirándole fijamente a los ojos justo antes de cerrarlos, porque Kyouya acaba de alcanzar su próstata y la vista ya no se le emborrona sólo por el vapor—. Otra vez... ahí.

El agua se enfría un poco mientras Dino se empala a sí mismo entre sonidos ahogados y balanceos circulares de cadera. Kyouya le ayuda empujándole hacia abajo, llevándolo a su encuentro en colisiones como de choque de trenes o de lucha de titanes o cualquier gilipollez de esas que se dicen para adornar actos violentos. En algún momento a Dino se le olvida todo y empieza a hablar en italiano; pero no importa porque su tono suena igual de sensual, igual de apremiante, y hace mucho que Kyouya ha dejado de guiarse por la gramática.

Ambos tienen el pelo chorreando. Kyouya suelta una mano para retirarle a Dino el suyo de la frente al tiempo en que éste hace lo mismo, acunando su rostro entre las palmas con una ternura en otros tiempos aterradora, y le besa. Un beso profundo y lento que contrasta con la rapidez cada vez mayor del ritmo que marcan al unísono. Pierden el resuello en la boca del otro, su aliento se confunde; sus pieles se erizan bajo el agua caliente y sus labios no dejan de tocarse ni siquiera cuando gimen a la vez, más cercanos de lo que les gustaría al momento crítico del orgasmo.

—Kyouya —suspira Dino, y le enreda los dedos en el cabello—. Kyouya...

El italiano resopla y gime más fuerte y le muerde la mejilla e Hibari recuerda que la primera vez que el Haneuma se lo hizo pensó que le desgarraba, que le abría; que era demasiado grande o él era demasiado pequeño para contenerlo dentro y eso le puso furioso y le impidió disfrutar.
La segunda fue mucho mejor, pero únicamente porque Dino se tomó su tiempo en aflojar a Kyouya las cuerdas. Le acarició despacito, a conciencia; justo como le gusta que le hagan a él. Le besó el cuello, el pecho, se entretuvo acosando con la lengua sus pezones (igual que Hibari ahora, sólo que con menos dientes de por medio) hasta que el moreno lo miró con rabia contenida y le tiró del pelo y le espetó "deja de jugar, hijo de puta"; y Dino se rió mientras Kyouya le conducía vientre abajo para que le comiera la polla con más ganas que sapiencia.

Kyouya empezó a acostarse con otras personas después de aquello, sobre todo en las temporadas que Dino pasa sin poder salir de Italia. Necesidad básica, instinto primario, impulso humano de buscar cabellos rubios y cuerpos esbeltos y follárselos como le ha sido enseñado en una cama de motel; si bien no tanto para desfogarse como para comprobar si es igual tener sexo con Dino que sin él.
No lo es.

Cavallone tiembla espasmódicamente por el esfuerzo combinado de continuar penetrándose mientras se traga las ganas de correrse. El guardián apoya la frente en su hombro y siente sus movimientos cada vez más irregulares, más mecánicos; como los de un robot mal engrasado. No tiene más remedio que continuar él mismo la faena, cubriendo los dedos de Dino con los suyos sobre el grifo para hallar un punto de apoyo que le permita elevar las caderas sin peligro de resbalar por la lisa porcelana. Dino se aprieta contra su abdomen. Le abraza fuerte, muy fuerte; lo mira y Kyouya cree que si Sawada y su panda de omnívoros vieran la expresión que asoma a los ojos de Dino cuando está con él, se lo pensarían dos veces antes de llamarle "hermano mayor". Aunque no lo dice. Por si se cumple, más que nada, y pierde la patente.

Y antes de enterarse siquiera de lo que está pasando, parece que el agua de la ducha se ha aliado para formar una marea que se lo lleva por delante; un remolino incandescente que le obliga a enterrar las yemas de los dedos en la espalda contraria y murmurar "Cavallone" sabe Dios cuántas veces. Esos, distingue Kyouya en un destello de cuestionable lucidez, son los pequeños detalles que no encuentra en sus polvos esporádicos. Los brazos de Dino le comprimen tan estrechamente que parece imposible que no le haya quebrado ya alguna costilla. Siente la caricia tenue de sus labios en la mejilla cuando todo pasa y se ve capaz de salir a flote.

Transcurre apenas el tiempo justo para recuperarse antes de que Dino rodee a Kyouya con sus brazos, lo obligue a tumbarse de cara al suelo de la bañera y se le eche encima, pegando el pecho a su espalda. Hibari se remueve, notando aún cierta molestia cuando Dino le mete dos dedos de golpe. La boca del italiano roza su oreja. Si no le conociera bien, diría que eso que se cuela en su voz ronca es angustia y no necesidad.

—No puedo parar —le jadea al oído mientras trata de volver a dilatarlo a toda prisa—. No quiero parar.

—Dino...

—Te he echado tanto de menos —confiesa, y se masturba rápidamente para endurecer aún más su miembro antes de penetrar de una larga acometida el cuerpo esbelto y pálido que lo ansía tanto como él—. Kyouya, Kyouya...

No importa. No es como si Kyouya quisiera o, más bien, pudiera negarse, porque Dino siempre ha sido especialmente bueno ajustándole las correas.
Los dedos del italiano en su piel cierran nudos marineros; hilo cortante que le atraviesa la epidermis cuando intenta alejarse demasiado. Lo cierto es que Kyouya disfruta de ese dolor. Sabe que le gusta dejar que Dino serpentee con la lengua por su cuerpo, infectando heridas invisibles con saliva. Colonizando cada resquicio de su ser. Y lo que es aún mejor: Dino sabe que lo sabe. Dino sabe demasiado. Maneja los miembros del otro en calidad de titiritero y es consciente de que, en algún rincón atávico de su mente, Kyouya lo intuye aunque prefiere actuar como si fuese al contrario; como si Dino gravitara en torno a él en lugar de limitarse a tirar discretamente de sus cuerdas. Marioneta y director a la vez.

Kyouya se maldice a sí mismo por no haber tenido el juicio de instalar una barandilla de ducha para inválidos, o al menos unos patitos-almohadilla, porque patina y no le queda otra que hincar codos para no irse de boca. Dino entrelaza sus manos y se agacha y le muerde el antebrazo y es como si bebiera el agua que le baña la piel, jadeando, y Kyouya tiene que gemir porque le parece lo más erótico que ha hecho el capo en toda su vida sexual.


—Dime la verdad.

Tumbado de costado en el futón, Dino alza la vista del tatuaje de Kyouya y enfrenta su mirada, en la cual se adivina el familiar destello de curiosidad que parece licuar un poco el acero de sus iris. Da una calada al ya agonizante cigarro "de después", sabor cereza en esta ocasión, y le propina unos toquecitos con la uña del pulgar para echar la ceniza en un platillo lacado. Asiente una sola vez indicándole que le escucha.

—¿Por qué no informaste a Sawada desde el principio? —Dino esboza una sonrisa carente de cualquier tipo de buenas intenciones.

—Venga, Kyouya —replica, jocoso—, conoces mejor que nadie lo contundente que queda dar un buen golpe de efecto en el momento adecuado de la trama.

Kyouya bufa, pero un gesto clónico se ha formado en su rostro. Rueda hasta quedar boca arriba, con una pierna pegada a las de Cavallone, y levanta una mano para posarla en su muslo.

—Eres maquiavélico, Haneuma.

—Puede —concede el rubio, arrellanándose contra él. Un destello insinuante titila fugazmente en sus ojos oscuros—. No, ahora en serio. Me hubiera gustado contárselo todo a los chicos, al menos para ahorrarles el mal trago, ¿sabes?, pero cuanta menos gente supiera del asunto, menos posibilidades habría de que algo se filtrase.

Kyouya asiente. Eso ya se lo figuraba. Dino echa el humo hacia arriba y le regala una suave carantoña detrás de la oreja. Tras masacrar la colilla contra el improvisado cenicero, su mano busca la de Hibari y éste la acepta, acomodando sus dedos entre los del capo. Aguarda unos segundos, esperando a que se confíe, antes de formular la pregunta que realmente quiere hacer.

—¿Sólo eso? —la fingida expresión irritada del italiano le indica que ha dado en el clavo.

—¿A ti no se te puede esconder nada? —Hibari se encoge un tanto al sentir a Dino picarle las costillas. Le da una palmada de advertencia en el hombro para que se esté quieto—. Pero tienes razón. Morir es muy útil para saber quién te es leal y quién no.

—Y, ¿cuál es la conclusión?

—Que soy popular de la hostia —ríe Dino—. Ni un solo movimiento en contra de Cavallone en la semana crítica.

Wao —ironiza Kyouya—. Eso es un logro.

—Lo es —y lo peor es que es verdad—. Hemos conseguido acojonarlos. Nala puede ser una hija de la grandísima puta, pero si algo hay que concederle es que sabe organizar buenos circos.

—¿Sigues en contacto con Argento? —Dino se encoge de hombros—. Pensaba que no querrías más tratos con ella.

—Y no los quiero. Pero sería muy descortés por mi parte no pasarme a saludar, ¿no crees?

Kyouya pone los ojos en blanco y gira la cabeza para que el italiano tenga mejor acceso a su cuello. Los besos que deposita en él son leves, ligeros; más un colofón que el inicio de un capítulo nuevo. Sin embargo, no bastan para distraerle de lo mucho que le irrita que, mientras Dino está al tanto de todo cuanto le concierne, él mismo no conoce ni una tercera parte de lo que ocurre entre bambalinas en la vida del capo. Y vale que antes no le importase una mierda, pero después de once años ni él puede evitar sentir un poquito de intriga por la persona que oculta tantos cadáveres bajo su propia cama.

—Jugaré en tu terreno antes de morderte hasta la muerte de una vez por todas, Cavallone —jura, y no por primera vez—. Tu secretismo me tiene harto.

Dino sonríe y asiente, aunque lo que resuena en el ínterin es una carcajada sarcástica ante la idea de mostrarle a Kyouya los ases que se guarda bajo la manga. Tiene claro que, de ser así, su ex alumno no se detendría hasta ganarle la partida y no puede permitirlo. Está en riesgo el sutil entramado de hilos que da sentido a su vida; la apuesta es demasiado alta como para permitirse fallos. Además, no tiene la más mínima intención de soltar las cuerdas.

Antes de que Kyouya le bese, su memoria se remonta al error de subtítulos que desencadenó la función que ahora mismo tiene entre manos y piensa que es cierto eso de que los hombres honestos, aun con dificultad, terminan muriendo.
La ventaja, al menos para él, radica en que Dino Cavallone no es un hombre honesto.

"—Eh, ¿quieres pasar un buen rato?
—Siempre."
Guy Moshe; Bunraku


N/a: este capítulo fue un auténtico parto. Quienes siguieron el fic por Amor Yaoi pueden atestiguarlo. Me costó horrores. Pero, en fin, aquí está y tengo que decir, modestia aparte, que me encanta el resultado. Después de mi gran fracaso personal, aka "Heartbeat", este fic me ha dejado muy buen sabor de boca.

En esta última parte he forjado una primera versión del que me gusta llamar Mafioso!Dino. El Dino cabrón e hijo de puta, el Dino manipulador que se entrevé en la serie sin terminar de asomar del todo la cabecita. Love him.

E.

P.D. He descubierto una fijación personal con el troll!sex. Y que nadie me diga que escriba algo sobre Fran, que os veo venir. Ese hombrecillo para mí es asexual hasta que se demuestre lo contrario.