Capítulo 4: Miedo
Acurrucada en la reconfortable cama que compré unos meses atrás me encontraba tapada con la sabada y un par de mantas cubriendo mi rostro impregnado de lágrimas que no cesaban en su trayectoria. Las horas pasaron y cayó la noche acompañada con una gran tormenta. Todo era perfecto para la escena de un drama y yo era una de las protagonistas y en el fondo deseaba que no fuera la única protagonista.
Las gotas de agua golpeaban el cristal de la ventana de mi habitación con fuerza como si quisiesen entrar y acompañarme en mi soledad. Ni teléfonos, ni timbres, lo había quitado todo; no quería a nadie. Había creado un mundo donde nadie podía entrar, el pase, sólo lo poseía yo.
Mis párpados acabaron cerrados del cansancio introduciendome en un sueño del que deseaba no despertar. Podía ver en él aquellos ojos celestes que tanto me cautivaban e hipnotizaban y tus labios dijeron algo que no logré entender del todo y tus últimas palabras... no me alcanzaron. Aquellos orbes de canica de hielo se volvieron fríos y distantes, tu sonrisa se volvió sarcástica y macabra y con un pequeño movimiento me tiraste al suelo para darme la espalda y desaparecer. Aquel suelo era frío, todo era frío y con un estruendo se rompió en mil pedazos. Mis ojos se cegaron y un nuevo estruendo volvió a sonar destrozandome por dentro.
Mis ojos se abrieron de golpe y efectivamente, aún estaba en mi habitación acurrucada en la cama. Mis mejillas estaban secas había dejado de llorar hacía horas, pero aún la tormenta seguía haciendo su trabajo. Por momentos esta habitación oscura se iluminaba molestando mis ojos con gran afán, pero en el fondo toda esta escena me parecía realmente hermosa vista desde fuera.
Ya no lloraba, me había cansado de llorar y ya me daba igual todo y todos, pero aún así, al recordar aquellos ojos fríos y distantes me entraba el pánico. Perdí la mirada en un punto de la habitación y así me quedé hasta que todo amainase.
Los primero rayos del día atravesaron los cristales húmedos de la ventana posandose en las blancas racholas que formaban la superficie de mi cuarto. Una larga noche había pasado dando paso a un nuevo día encapotado de grisaceas nubes, el frío se palpaba en el ambiente y yo mostraba un abatido rostro, algo habitual en estos días. Mi cabeza daba vueltas a esas dos palabras que pronunció "segundas oportunidades" y, por supuesto, a lo que no alcancé a escuchar.
— Sólo ha sido un sueño, sólo un sueño... nada más...
Deseaba, rogaba, intentaba creerme que mis própias palabras eran totalmente ciertas, pero aún así el miedo que perturbaba mi interior no desaparecía. Escondí mi rostro entre mis rodillas y fuertes golpes golpeaban la puerta de casa como si intentaran abatirla. Con más fuerza me encogía a cada golpe dado en la puerta.
—¡Miku abre la puerta! ¡Sé que estás ahí! ¡¿Te has vuelto a deprimir verdad?— gritaba tras la puerta la joven Kagamine. Pretendía no escuchar sus palabras como si fueran sordas, pero Rin Kagamine no era tonta, ni mucho menos — ¡No sé que te ha pasado, pero actuando así sólo muestras ser una cobarde que no sirve para nada! — Rin gritaba sin parar —¡¿Piensas que conseguirás algo estando incomunicada con la gente? ¡Eres una egoista! Hay gente que se preocupa por ti, ¿sabes? Y con esa actitud sólo provocas más sufrimiento a personas que te aprecían sin merecer ese sufrimiento.
— ¡Rin! ¡Tranquilizate así no vas a conseguir nada y lo sabes! — dijo Len.
— Me pone enferma cuando se pone así.
— Miku, soy Len, todos estamos preocupados. No has avisado que irías a faltar y además no podemos contactar contigo. Somos amigos tuyos si tienes algún problema puedes contarnoslo y te podemos ayudar...
— Déjala Len es una cobarde.
— Miku... aquí tienes todo lo que hoy hemos hecho, te lo dejo delante de la puerta.
— Vamonos Len, no sirve de nada estar aquí.
Las palabras de Rin eran las más correctas para describirme, cobarde, esa era mi palabra. Cobarde sabía que lo era desde siempre y siempre acabo hundiendome por mi misma. Volvía a hundir mi rostro entre mis brazos queriendo despertar de una realidad que para mi era como el infierno y las palabras de Rin yacían grabadas en fuego en mi mente. Apretaba con fuerza los dientes para poder aliviar este torbellino de sentimientos negativos, si existía el infierno, ahí estaba. Todo se volvía oscuro a mi parecer y se repetía como un bucle sin fin.
La salvación me llegó de la persona menos esperada, su voz como de hilo de agua me abrió las puertas a la realidad. Cuando me di cuenta estaba parada delante de la puerta y el pomo en mi mano y delante mío a la chica albina que conocí anteriormente.
—¿Puedo pasar? — dijo con timidez. Me abrí paso delante de ella sin abrir la boca y con sutileza pasó delante mío. Colocó los libros y deberes que Len dejó en la puerta encima de un mesa y se quedó contemplando mi estancia — Es como Luka dijo, pequeña pero acogedora.
Ante las palabras de Haku me puse nerviosa y la agarré con fuerzas.
—¿Qué dices? ¡¿Qué te ha dicho? — una repentina ansiedad recorrió mi cuerpo entero — ¿Dónde esta?
— Miku... no sé que es lo que ha pasado entre tu y Luka, pero... ¿crees que escondiendote aquí conseguirás algo? Esta actitud es sólo...
— Cobarde, lo sé — aparté la mirada con resignación.
Haku agachó la cabeza.
— Te entiendo Miku y el sentimiento de escapar, de echarlo todo a perder. Yo te entiendo Miku y más de lo que puedas creer. Soy una persona con un autoestima muy bajo y suelo esconderme detrás el alcohol cuando no aguanto más, me podría llamar débil mental. Me rio de mi misma y de mi actitud siempre que lo pienso y me doy ánimos para seguir adelante, pero estrepitosamente caigo no una, sino dos y más veces.
Las palabras de Haku me impactaron, eramos iguales y a la vez tan diferentes que no podía creerlo. Aquella adolescente con una mirada tan pérdida y con carencia de fuerza, ahora delante mío tenía sentido.
—¡Así que Miku levanta el ánimo! —reí al escuchar sus palabras.
— Es fácil decirlo cuando no eres tú, además este dolor de cabeza no se me pasará en poco tiempo, creeme — dije con ironia.
— Eso me recuerda que Luka me dio esto, unos calmantes — me extendió la mano.
— ¿Y por que no ha venido ella? — dije con algo de resentimiento.
La mirada de Haku se entristeció de golpe, el cual me llamó la atención.
— Ella no es como tú o como yo, aunque le duela las cosas se levanta día a día y muestra una sonrisa a las dificultades escondiendo lo que siente o le hace sufrir, pero aún así ella se preocupa por ti. Así que aceptalos.
— No quiero, si quiere darme algo que me lo dé por ella misma. Dices que no es una cobarde que se levanta día a día y enfrenta las dificultades, entonces dime... ¿Porqué no ha venido ella y te ha enviado a ti?
— ¿No crees que decir eso es egoísta? — no contesté a su pregunta, me limité a quedarme en silencio — Luka... tenía otro compromiso, sino si que hubiese venido ella en persona.
—¡Ya, claro! ¡Pues no me lo creo! ¡Si quiere decirme algo que me lo diga! ¡Joder que venga en persona! — grité con todas mis fuerzas golpeando la mesa con rabia. Haku se encogió un poco asustada por mi reacción.
— Luka es una persona adulta y tu Miku eres una adolescente como yo, claro está que Luka tiene muchos problemas de que ocuparse, no estás sólo tú.
— ¿Ah sí? Pues dimelo, venga — me encaré a Haku sin que ella tuviese la culpa. Estaba perdiendo el norte. Haku me desvió la mirada mordiendose el labio inferior, la estaba poniendo en una mala situación.
— Yo... no puedo decirtelo, no soy quién para contarle las cosas a la gente.
—¡Idiota! — grité y salí corriendo sin cerrar la puerta dejando a Haku en casa.
El viento acariciaba mi rostro con fuerza y sin vacilar mientras corría con los puños apretados. Más que tristeza y dolor, ahora sentía rabia, desesperación, inquietud, todo un remolino de sentimientos negativos hacia la mujer que me estaba volviendo loca en todos los sentidos. Ya ni sabía si la amaba o la odiaba, si la apreciaba o despreciaba, todo era confuso entorno a ella.
¿Es que acaso aquellas caricias que me regalo eran en realidad una mentira? Aquellos labios que se posaron en mi piel, ¿eran mentira también? ¿Qué era verdad y que era falso? Megurine Luka era quién tenía todas las respuestas a mis preguntas y a esta relación que me estaba haciendo perder el juicio.
Las fuerzas me abandonaron de golpe, caí rodillas al suelo y el aliento me faltaba por segundos. Era normal después de salir corriendo sin destino alguno como alma que lleva el diablo. Alcé la mirada y contemplé que tanto a mi derecha como a mi izquierda se alzaban una hilera de arboles y a lo largo un camino de tierra que conducía a un parque. Me levanté ya más tranquila y comencé a andar, toda la adrenalina que vino de golpe se fue también por el mismo camino por que vino. Visualicé un banco y me senté a recuperar el aliento y observé. Aquel sitio estaba impregnado de parejas que paseaban cogidos de la mano entre risas y cariños.
— Menudo sitio he tenido que llegar a parar — reí por no llorar. Contemplé a las parejas con una pizca de envidia, yo también quería estar como ellos, así de enamorados, al lado de la persona que más aprecias y deseas.
Volví a dejar caer la mirada cuando una determinada tonalidad de cabello me atrapó nuevamente. Aquellos cabellos rosados provinientes de la mujer de ojos azules se encontraba a unos metros delante mío sentada en otro banco acompañada de un chico. Su cabella yacía apollada en el pecho del chico, pero su rostro no parecía estar alegre o placentero. Aquel hombre de cabellos púrpura y ojos del mismo color cogían la mano de Luka con suavidad y ternura. Parecía como si se tratase de un príncipe con su princesa, digna escena para una fotografia. Sus ojos se ajuntaron con los ojos celestes de ella y poco a poco sus rostros fueron ajuntandose hasta que sus labios se encontraron. Como una escena de película estaban ellos dos en un ambiente romántico, la pareja protagonista eran de todas las que habían en este parque y la que más odiaba.
El príncipe y la princesa hicieron de mi corazón mil pedazos dejandome de nuevo vacia como lo había estado hasta ahora. Muñeca me hubiese gustado ser porque en este instante estaba siendo destrozada por aquel beso que para mi era peor que mil agujas clavadas en mi pecho.
