Capítulo 6: Reunión

Nos separamos lentamente, pero aún estabamos unidas por un hilo de saliva. Los ojos de una se habían perdido en la otra, pero no sabría decir quien estaba más sorprendida. Sus ojos brillaban con intensidad y con una pizca de desconcierto. La atraje hacía mi con brusquedad para unir mis labios con los suyos nuevamente y saborear el embrujo en el que había caído. Esta vez, las tornas eran distintas, la dominante era yo y ella, la dominada.

Nos volvimos a separar, pero esta vez ningún hilo nos ajuntaba. Esto era algo que deseabamos desde hacía tiempo, al menos yo, verme reflejada en aquellos orbes celestes, acariciar estos cabellos rosados y que todo aquel ser fuera sólo para mi y de nadie más. Algo no andaba bien, lo podía ver en su rostro aflijido y no entendía el porqué. Mi expresión describía a la perfección mi desconcierto.

-Perdoname Miku, no debía haberte gritado de esa forma – dijo haciendo más grande la distancia entre las dos con las manos – Y menos haberte besado.

-¿Te disculpas por haberme besado? – hice una mueca desagradable - ¿Acaso no sientes lo mismo por mi o es sólo un simple juego tuyo?

Estaba enfadada con ella y conmigo misma, porque creía saber la respuesta que me iba a dar.

-Soy tu profesora y tú mi alumna, yo soy adulta y tú una adolescente – cerró los ojos – De aquí no puede salir nada bueno.

Lo sabía, por eso estaba enfadada conmigo misma por ser quien era, por ser una estudiante de este instituto y por ser una adolescente.

-Esa es tu respuesta, ¿no? Me parece muy bonito – contuve las lágrimas – Ahora resulta que una adolescente no se puede enamorar y tampoco un adulto.

-Sí se pueden enamorar, pero no una estudiante de su profesora. Y además yo…

Se quedó en silencio desviando la mirada hacía uno de los rincones de la habitación. Mi silencio se quebró por unas pequeñas lágrimas perdidas.

-Yo ¿Qué? Sigue con lo que estabas diciendo, ya que empiezas terminalo, no des las cosas por partes.

-Me voy a casar, ya lo sabes. Así que olvidate de todo lo que ha podido pasar aquí.

Lo dijo sin vacilar, sin dudar y con total firmeza que incluso imponía. Sus ojos eran serios y su voz rebosaba de seguridad, no bromeaba en lo que había dicho, eran palabras totalmente ciertas y frías a la vez.

La puerta se abrió de golpe dejando ver a una mujer de cabello corto esmeralda que con convicción se posó delante de Luka arrojandole un golpe en la mejilla. En aquella escena no había papel que puediese protagonizar, ni siquiera lo que estaba sintiendo.

Un duelo de miradas se inició entre ellas, la incoherencia contra la verdad y yo esperaba ver la vencedora con desasosiego. Suspiró Luka, agarró su bata y se retiró, se resignó ante la verdad de Gumi cerrando la puerta.

-No se lo tomes en cuenta, Miku. Ni ella misma sabe lo que esta haciendo – se acercó a la ventana – Tiene miedo porque su mente le dicta una cosa y su corazón otra.

Un llanto ahogado desde mi garganta se liberó por aquellas palabras que me brindó Gumi. Sus brazos me acobijaron y lloré en su pecho sin siquiera conocerla apenas.

Gumi, me había dado la impresión de que era una mujer despreocupada sin ningún tipo de problema que se lo pasaba todo riendo e infantil, pero al parecer tiene dos caras, como Luka. Ahora me doy cuenta, todo ser humano tiene siempre dos caras y que a primera vista no se puede juzgar a nadie por la apariencia que tenga, porque un adulto es más que problema tras problemas y solución tras solución y esa experiencia hace el adulto.

Caminaba molesta por la calle con mi móvil en la mano sin apartar la vista de la pequeña pantalla y de nuevo choqué con ella. Esto ya parecía un estupido juego del destino, siempre chocaba con la misma persona con cabello albino y piel pálida.

-Perdona, andaba distraída y hemos chocado. ¿Estás bien? – extendió su mano hacía mi.

-¿Otra vez tu? ¿Cúantas veces me voy ha tener que chocar contigo? – dije molesta aceptando su oferta.

-Perdona.

Su voz era casi imperceptible y su presencia igual, si no tuviese ojos no la notaría en absoluto, era como un fantasma etéreo que si no fuera por nuestro contacto visual, juraría que no existía.

-Siempres vas disculpandote, haber si te fijas un poco más – bufé molesta aunque en parte también era cupa mía por estar mirando el móvil a todas horas.

Estuvimos andando juntas en silencio, una detrás de la otra, nos dirigíamos al mismo sitio al parecer. Yo estaba molesta por mi madre que me había obligado a salir a comprar cuando ella estaba cómoda en casita viendo la televisión. Ser menor es injusto siempre debes cumplir con lo que te mandan los adutos, estoy deseando ser mayor de edad y desaparecer de esa casa de una vez por todas.

-Por cierto, ¿A dónde te diriges?

-Voy al supermercado a comprar los ingredientes para preparar la cena de esta noche – dijo con una pequeña sonrisa tímida.

-Tus padres te han obligado a salir, ¿verdad? Que asco de adultos.

-No, yo no tengo padres. Vivo sola junto a mi hermano en una pequeña casa y esta semana me toca a mi hacer las labores.

-Vaya , perdón – sus palabras me sorprendieron un poco y a la vez sentí tristeza.

-No tienes por qué disculparte, no lo sabías – rió un poco.

A poco a poco la conversa entre ella y yo se iba haciendo más amena, el enfado que traía conmigo había empezado a desaparecer y pude desprenderme un poco del móvil. Esta Haku Yowane me estaba empezando a ser agradable en cierta forma, aunque su desbordada inseguridad en todo me llegaba a molestar, sus palabras carecían de firmeza y fuerza.

Nos despedimos al llegar a mi casa, decía que le venía de paso, no soy tan mala persona para decirle que no. En mi rostro se dibujo una pequeña sonrisa al verla como se alejaba, la despedía con la mano.

-Mamá ya llegué. Aquí tienes la compra – grité desde la entrada sin mucho ímpetu.

-Dejala en la cocina que ahora voy para allá - contestó desde el salón.

Subí las escaleras hacía mi habitación sin darle más vueltas a los muchos asuntos que una adolescente como yo podría tener, pero de algo no me había dado cuenta hasta llegar a mi habitación y haber comenzado mis deberes y era que no le había pedido el número de teléfono a la albina.

Un nuevo día comenzaba para mi, y hoy era un día bastante especial. Me vestí rápidamente, pero elegantemente, ir con prisas no es escusa para no arreglarse. De almuerzo me hice unas cuantas tostadas y un vaso de leche, almorzaba mientras veía las noticias por la tele, cada día el mundo iba a peor, ver las noticias llegaba a ser deprimente.

Por segunda vez, me lavé el rostro, no había pasado una buena noche, demasiadas cosas sucedieron el día anterior y con el buen humor que traía no quería recordarlas. El timbre sonó y salí corriendo.

-Toma – me pasó uno de los cascos – Menuda cara que llevas hoy, Luka – dijo Gumi burlandose de mi.

-No es mejor la tuya, créeme – me puse el caso y me monté en la moto.

Cierto, entre Gumi y yo el día de ayer parecía haber sido una pesadilla, un mal sueño, pero que lo retomaríamos tarde o temprano, eso lo sabíamos ambas era sólo que por el día de hoy no queríamos hablar de esas cosas.

Me agarraba con fuerza a la espalda de Gumi mientras ella corría con la moto, teníamos suerte había poco tráfico por la hora que era, las seis y media de la mañana. A esa hora sólo se podía ver los coches de las personas que se iban a trabajar y algún autobus repleto de gente haciendo su rutinario trayecto. Las luces de las farolas aún alumbraban la calle, normal el cielo aún era negro con centelleantes estrellas. Nos paramos en un semáforo en rojo y Gumi hacía rugir al automóvil de dos ruedas.

-Abrochate la chaqueta que dentro de poco entraremos a la autopista.

-Lo sé, lo sé – dije subiendo la cremallera de la chaqueta.

Volvió arrancar pegandome un pequeño susto del cual se río un rato molestandome un poco. Entramos en la autopista y acceleró y me aferré a ella con más fuerza, ya faltaba poco, estábamos por llegar un rato más y ahí estaríamos y eso lo estaba deseando desde hacía días. El viento nos atravesaba y jugueteaba con mi cabello, era una sensación que amaba, la sensación de ser libre y de no pensar en ninguna otra cosa que gozar del momento.

Finalmente, mis pies llegaron al suelo, habíamos llegado a nuestro destino. Gumi buscó sitio para aparcar la moto y se reunió conmigo poco después.

-¿Qué hora es?

-Casi las siete, faltan cinco minutos – miré varias veces el reloj – Será mejor que no le digas nada de Miku, todavía.

-Lo sé, no queremos que el primer día tenga ya dolor de cabeza, la pobre – río en voz baja.

-Pues a mi no me hace grácia.

-Estoy deseando ver la cara que pondrá al vernos. Ahora si que estaremos todos de verdad.

-Sí, muy cierto.

Nos sentamos en una de las sillas que habían disponibles del area del aeropuerto que estábamos y sólo faltaba esperar. La espera no se hizo pesada, Gumi y yo cruzabamos palabras como siempre lo habíamos hecho, como dos amigas que eramos y sobretodo, sin tocar el tema referente a Gakupo o Miku. No queríamos entorpecer el ambiente que había y menos delante de aquella persona.

Dieron las siete y media pasadas y a lo lejos se aproximaba una mujer alta de largos cabellos dorados y grandes ojos celestes, de figura esbelta y su paso era como una pluma al caer. Arrastrando dos maletas consigo, una en cada mano, al verla nos levantamos y gritemos su nombre repetidas veces y Gumi alzaba con entusiasmo la mano saludandola. Parecía de alguna forma sorprendida, en cierto modo.

-¡Sorpresa! – gritemos al unisono.

-Sí, sorpresa… desagradable – hizo una mueca de incordio.

-Tú siempre tan simpática, Lily – puse una mano en su hombro – Alegrate un poco mujer que hemos venido a buscarte al aeropuerto.

-No sabes lo feliz que estoy, mira hasta salto de la alegría – dijo con su habitual tono grosero.

- Como en los viejos tiempos – sonrió Gumi de oreja a oreja.

- No sabes tu bien, ya tuve suficiente de vosotros que ahora me toca aguantaros de nuevo. Sólo espero ahorrar de nuevo para irme a cualquier otro sitio a vivir que no sea aquí.

-Exagerada ni que hubiese sido una pesadilla haber pasado la adolescencia con nosotras – reí dándole con el codo.

-Pesadilla no, era un infierno – siguió andando pasando de nosotras mientras la seguíamos.

-Pues entonces aún sigues en el infierno, pues estamos todos como profesorado en el mismo instituto – Lily se paró en seco mirandonos dubitativa.

-¿Yo que he hecho para merecer esto?

En todos estos años Lily no había cambiado nada de nada, era la misma que recordaba, la tan desagradable y borde mujer que siempre tenía palabras para todo, pero que en el fondo quería mucho. Era una gran amiga que a la hora de la verdad podía contar con ella, sólo espero que siga siendo también igual en ese aspecto, porque es el que más admiro de ella, al fin y al cabo, ella tiene esa fuerza que a mi, por desgracia me falta.