0.2 – Negro.
Y es que el día amanecía para todo el mundo, y a pesar de que viviesen en la penumbra de una oscura habitación, la poderosa luz del astro rey era capaz de penetrar hasta por la más gruesa cortina, cualquier pequeño recoveco olvidado era perfecto para pasar.
Hacía ya varios minutos que el despertador sonó, y oyó como sus padres le avisaban de que era hora de ir al instituto. ¿Por qué seguían con esas? La mitad de las horas se las saltaba, no asistía a clase a no ser que afuera hiciese un frío de mil demonios, donde hasta su cigarrillo eterno se congelase, entonces entraba en clase, simplemente para disfrutar de la calefacción y para echar una siestecita de media mañana antes de volver a casa.
- Vamos, Georgie, cariño, es hora de levantarte, o no llegaras a clase – oyó la voz de su madre hablar tras la puerta, avisándole de nuevo de que era su deber levantarse e ir a aquel infierno donde se suponían culturizaban a los jóvenes para que el día de mañana fuesen ciudadanos de provecho para esta sociedad que regentaba. Una mueca de total desagrado y asco se dibujo en su pálido rostro, pero por no oír más a aquella mujer, se levanto de la cama y vistió.
No tenía mucha ropa que elegir, pues toda era del mismo color, negro. Aunque tenía algún que otro jersey gris, pero esos apenas los usaba, los dejaba a un lado para alguna emergencia, por si toda su ropa estaba sucia o algo de eso.
Salió por fin de su oscura habitación, cual ser de la noche recién despertado de su averno, caminando con pasos pesados y lentos hacia el baño, donde volvió a encerrarse.
Para los padres de Georgie la actitud que este tenía era normal, y dentro de la 'anormalidad', por decirlo de alguna forma sencilla, en la actitud de su hijo, no podían quejarse demasiado. No parecía meterse en problemas graves, y si no estaba en su habitación encerrado, estaba con su habitual grupo de amigos, que para los adultos, ya eran más que conocidos.
Intentaban ver lo positivo de la negativa actitud del adolescente.
Y mientras, en el baño, el joven de pelo negro se peinaba con lentitud, tenia suerte de tener el cabello liso, no tenía que peinárselo demasiado, y no le era necesario pasarle la plancha del cabello para que se quedase en su posición. Observó su rostro descubierto al completo por unos largos segundos, con aquella expresión neutral completa y enteramente, sin sentimientos, tal como cada mañana, cada tarde y cada noche. Cerró los ojos y negó con la cabeza, peinándose para ocultar, como siempre, la mitad de su rostro con aquel largísimo flequillo.
No le gustaba aquello de mostrar al resto del mundo su rostro, era una forma de mostrar a los demás su no conformismo, el no querer ver el mundo con ambos ojos, era innecesario, si lo que le rodeaba era solo dolor y sufrimiento ¿Para qué necesitaba ambos ojos? Con uno era más que suficiente.
Cuando se digno a salir del baño, con pasos lentos, sin ganas de salir a la escuela, tomó sus cosas y se marcho. No, no desayuno, ya comería algo por el camino, o cuando se saltase alguna clase, tenía tiempo para comer aun, era pronto en la mañana, pero para lo que no era tarde era para un cigarrillo.
Una vez encontrándose en el camino que le llevaba a la escuela, sacó una cajetilla de cigarrillos del bolsillo de su pantalón, atrapando uno con sus labios y prendiéndolo rápidamente. El humo inundo sus pulmones y la dosis de nicotina le relajo bastante, bajándole el mal humor mañanero que se traía desde que piso el frío suelo de su habitación.
Mientras caminaba vio como a lo lejos dos figuras conocidas parecían ir con bastante prisa hacía la escuela.
¿Eran…?
Sí, Georgie sabía perfectamente quien era aquella singular pareja, donde un muchacho de chaqueta roja le sacaba como una cabeza de altura a su acompañante, vestido en su totalidad de celeste.
Una mueca se dibujo en sus labios al verles charlar con tanta naturalidad, reír y demás asuntos normales que los adolescentes corrientes y conformistas hacían. Acabó viendo como estos echaban a correr y miró el reloj de su muñeca, era tarde, muy tarde, pero inconscientemente echo a correr él también
¿Hacía a donde corría? A Georgie no le importaba llegar tarde a clase, saltárselas tampoco le preocupaba, más al ver a aquellos dos compañeros de clase hacerlo, él también lo hizo.
Dylan se lo dijo; estaba comportándose de una forma un tanto extraña, hacía cosas que para el grupo de góticos eran impensables y estrafalarias para el modo de vida que todos llevaban. Sí, como echarse a correr porque llegaba tarde a clase. Pero lo grave no era aquello, sino que él mismo desconocía la razón, o más bien, no deseaba admitirlo.
Sin darse cuenta acabó casi alcanzándoles, apenas yendo unos metros alejados de ellos, acabó tirando el cigarrillo, era molesto llevar algo en la mano mientras corría.
- ¿Qué demonios estoy haciendo? – Acabó frenando bruscamente, respirando aceleradamente, el pecho le subía y bajaba, y jadeaba a causa del esfuerzo de la carrera. El tabaco estaba haciendo estragos ya en su joven organismo.
Vio como Ike se giraba al oír como frenaba y dejaba de correr, este le hizo una señal con la mano para que continuase, animándole en silencio de un modo u otro.
Y estuvo a punto de volver a reanudar la carrera, pero simplemente hizo un mal gesto y dirigió sus pasos hacia la parte trasera de la escuela, lugar donde solían reunirse los suyos.
De reojo observó como el canadiense y aquel otro chico acaban por entrar en la escuela a tiempo justo en el que la campana daba la última señal a los alumnos para que fuesen a sus clases.
Y Georgie, tan tranquilo, caminaba hacia las escaleras traseras, en las cuales tomó asiento, estaba solo por el momento, ninguno de sus amigos estaban aun allí; supuso que llegarían a la siguiente hora como de costumbre, lo extraño era que él se encontrase ya allá, claramente no les diría que llegó pronto, no, eso daría pie a las quejas de Dylan sobre su extraño comportamiento que desde hacía unos meses estaba dejándose ver. Comportamiento que tampoco quería admitir. ¡Era tan de conformistas! No, nunca, no se rebajaría a ese nivel, si desde que era pequeño había sido de ese modo. ¡Porque algo le estuviese perturbando no iba a cambiar!
Agachó la cabeza y cerró los ojos con lentitud, relajando los hombros y lanzando un largo suspiró con cierto deje de frustración.
¿Por qué a él? ¿Por qué él?
